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Repensar el estatuto epistemológico de los estudios literarios a partir de la comprensión hermenéutica: La apreciación como visión de la investigación en literatura

 

 

Revista de la Escuela de Estudios Generales, Universidad de Costa Rica

Enero-junio, 2017 • Volumen 7, número 1 • EISSN 2215-3934

 

 

Wilfredo Illas Ramírez

 

Docente en la Universidad de Carabobo, Venezuela.

Correo electrónico: illasw@hotmail.com

 

 

Recibido: 30-Julio-2016/ Aceptado: 05-Octubre-2016

DOI: http://dx.doi.org/10.15517/h.v7i1.27645

 

 

Repensar el estatuto epistemológico de los estudios literarios a partir de la comprensión hermenéutica: La apreciación como visión de la investigación en literatura

 

Resumen

 

El estudio, desde una perspectiva fenomenológica-hermenéutica, intenta develar un ámbito crítico, reflexivo y dialógico alrededor de dos propósitos. Primero, reconceptualizar el ejercicio de los estudios literarios desde una dimensión interpretativa que transversaliza su objeto y operatividad, suscitando una concepción más amplia para comprender los productos literarios desde la naturaleza estética que los constituye. Segundo, dimensionar los posibles cruces o articulaciones epistémicas que se demarcan entre las entidades conceptuales teoría, crítica, análisis e historia literaria, en consonancia con las tramas procesuales que se plantean para la concretud de la investigación literaria.

Palabras claves: Literatura, investigación literaria, epistemología, crítica literaria, interpretación.

 

Rethinking the Epistemological Status of Literary Studies based on Hermeneutic Understanding: The Appreciation as a Vision of Literary Research

 

Abstract

 

The study, from a phenomenological-hermeneutic perspective, tries to unveil a critical, reflexive and dialogical scope around two purposes: reconceptualize the exercise of literary studies from an interpretive dimension that transversalizes its object and operability, provoking a more Broad to understand the literary products from the aesthetic nature that constitutes them; and to size the possible epistemic crosses or articulations that are demarcated between the conceptual entities theory, criticism, analysis and literary history, in line with the procedural plots that arise for the concreteness of literary research.

Keywords: Literature, literary research, epistemology, literary criticism, interpretation.

 

 

 

Articulación de los estudios literarios

 

No es tiempo para rosas rojas es el título de una novela emblemática de la literatura venezolana, su autora Antonieta Madrid, ilustra no solo la reconstrucción de una convulsa realidad histórica caracterizada por el malestar social y la frustración política, sino que junto a ello, recrea la peculiar condición de la mujer venezolana, (que podría ser la realidad de cualquier mujer en diversos contextos y épocas), quien debía abandonar -en lo personal y en la militancia social- su posición decorativa, para asumir con armas y valentía el rescate de la dignidad nacional, y afrontar también la búsqueda de instancias interiores que reconstruyeran el mapa de la propia identidad.

De esta forma, ya no es tiempo para rosas rojas, es tiempo de la conquista de ideales, es tiempo de definir lo que se es, es tiempo de fraguar una realidad, cuyo centro sea la reivindicación de lo humano; en fin, es tiempo de arrancar sobre la base de las pocas certezas que quedan –si es que queda alguna- y desde allí tender posibles caminos para transitar las utopías, consolidando los ideales y dando forma a los ámbitos fundacionales y, a partir de ello, construir nuevos horizontes que develen un andar en la vida, en los afectos, en el conocimiento en la realidad.

Valga la metáfora para iniciar este documento, asumiendo por asociación y extensión, que en los estudios literarios tampoco es tiempo para rosas rojas, tampoco es momento para dilucidar tejidos conceptuales que vienen –“inocentemente”- a obstaculizar cualquier vestigio de avance; no es, en síntesis, el escenario para continuar con viejas disputas, por ejemplo esa noción latinoamericanista de negar todo lo externo; o, más ancestral, continuar (in) definiendo qué es lo literarios, cuyos debates, diluidos por el tiempo y por las nuevas configuraciones epistémicas, lejos de aclarar el panorama teórico-metodológico, desembocan en deslindes innecesarios, reiterativos y redundantes, repletos de lugares comunes, desgastados en una suerte de proyecto inconcluso, en intenciones apenas esbozadas e intrascendentes; en fin, en una (im)posibilidad que diluye todo esfuerzo por precisar el ámbito epistémico u operativo  en que se configura (o se configuraría) el concierto de la investigación literaria.

Asumamos entonces que los estudios literarios son el sistema, circuito, mecanismo, postulado o engranaje mediante el cual estudiamos con rigor y profundidad, los productos literarios y todos los elementos que actúan dentro de la esfera comunicativa suscitada en el fenómeno literario. Tradicionalmente, han sido asumidos como un término cercano –casi sinónimo- de investigación literaria, examen tanto de los componentes como de la operacionalización de los mismos dentro de la obra literaria; o,  sistema organizado de estudio literario, entre otros; las razones que justifican este abanico de entidades conceptuales, radican y señalan recurrentemente la existencia de tres rasgos fundamentales: objetividad, minuciosidad e interdependencia.

Así las cosas, actúan en el estudio profundo, detallado, riguroso y argumentado del comportamiento epistémico y contextual de los elementos que caracterizan a una obra literaria, tanto en su esfera interna como en su inserción externa dentro del tejido social, cultural e histórico en que dicha obra circula. Así mismo (y como todo sistema), implica la articulación e interdependencia del conjunto de instancias específicas (también realimentativas y complementarias) en que se puntualizará, precisará o discriminará el precitado estudio. En atención a una posible conceptualización o descripción de los rasgos característicos de los estudios literarios, nos dice Antequera (2002):

Hay sin embargo, tres conceptos que reúnen los elementos significativos derivados de los estudios literarios. Tales conceptos son: teoría, Crítica e Historia Literaria. Éstos, desde su específica forma de abordar la literatura, dilucidan y concretan el estudio particularmente general de los múltiples problemas literarios. La teoría literaria, como cuerpo conceptual, busca elaborar un esquema general mediante hipótesis, leyes y relaciones entre los elementos que conforman la creación literaria –elementos (autor, lector, texto y contexto) que estructuran la comunicación literaria-. Por su parte, la crítica literaria se define esencialmente como una aproximación o lectura más o menos rigurosa de una obra o período de la literatura. Es sin duda la crítica la más subjetiva de las reflexiones sobre la literatura y, en consecuencia, la que con mayor insistencia está subordinada a las consideraciones sociales y sus derivadas formas. En tanto que la historia literaria se encarga de los problemas surgidos en el momento de catalogar y periodizar bajo diversos criterios (cronológico y/o temático) las innumerables obras literarias, los autores, los variados estilos y los pormenores de los elementos constructivos que diacrónicamente sustentaron la aparición de una obra. Sin lugar a dudas, estas discontinuidades conceptuales en apariencia que están insertas en la actualidad dentro de los estudios literarios, son irrevocablemente interdependientes (p. 2).

Regularmente, se asume que los estudios literarios estarían conformados por tres ámbitos: teoría, crítica e historia literaria; sin embargo, para este desafío escritural, se asumirá un cuarto elemento que, en línea procesual, daría cuenta a modo de microscopio (alusión alegórica a la ciencia) de los múltiples elementos que conforman determinada obra literaria, estamos refiriéndonos específicamente al análisis literario. Y, señalando de una vez, se postularía como dimensión transversal, el carácter comprensivo-interpretativo, cuyo carácter  articula y posibilita la operacionalización de todos estos cuerpos conceptuales en un engranaje teórico y metodológico que, en resumidas cuentas, resulta ser el interés, la dirección, la forma de aproximación y consolidación de toda investigación literaria.

Es lo compresivo-interpretativo, en suma, lo apreciativo, aquello que nos conecta con la razón esencial de la naturaleza estética, con el estudio hermenéutico de las entidades productoras y receptoras del mensaje literario; y, con la posibilidad de adjudicarle sentidos y significados al texto para hacer que funcione entonces (según Iser, Jauss, Ingarden, Eco, entre otros)  el artefacto estético – verbal.

Entendemos por teoría literaria al estudio  de los principios generales de la literatura, de sus distintas categorías y formas de expresión, así como también a los diversos criterios con que puede valorársela. Para Wellek y Warren (1985) se define teoría literaria:

Al estudio de los principios de la literatura, de sus categorías, criterios, etc., y diferenciando los estudios de obras concretas de arte con el término de “crítica literaria”… Evidentemente, la teoría literaria es imposible si no se asienta sobre la base del estudio de obras literarias concretas… Pero, a la inversa, no es posible la crítica ni la historia sin un conjunto de cuestiones, sin un sistema de conceptos, sin puntos de referencia, sin generalizaciones… El proceso es dialéctico: una interpretación mutua de teoría y práctica (pp. 48-49).

De este planteamiento se puede inferir que la teoría literaria proyecta dos perspectivas o dimensiones: una que intenta explicar el sistema en que conviven los elementos de la producción literaria; la otra, de carácter práctico, que se concibe como la descripción de los procedimientos particulares y constituyentes del fenómeno literario. En ambos escenarios lo fundamental consiste en el estudio de las particularidades que definen el lenguaje literario o el significado poético. En el caso del estudio teórico, Gómez (1999) plantea:

La “teoría” considera, pues, a la obra como producto ya creado, de donde su dimensión puramente descriptiva… de los aspectos técnicos y materiales que se dejan percibir en el curso de la creación literaria (p. 17).

A este planteamiento, Gómez (ob. cit.) agrega que es posible dimensionar las vertientes de la teoría literaria en dos posturas: la que realiza el propio creador para reflexionar en torno a su propia creación, a las ideas estéticas de su época o a las posibilidades de la obra como respuesta a las demandas del marco referencial que le sirve como ámbito de producción. La otra postura es asumida por un profesional ajeno a la creación; pero que es capaz de reflexionar y valorar el fenómeno literario proyectado en determinada creación.

Para Walter Mignolo (1983), la teoría literaria se asume de dos modos: como una reflexión a modo de “ars” poética que realizan los propios escritores en las cuales se asumen definiciones fundamentales del aparato literario que desembocan en ulteriores soportes para la actividad interpretativa. Por su parte, el segundo modo que plantea este autor está más vinculado con el hacer científico (métodos, objetivos, teorías e hipótesis), advirtiéndose una “comprensión teórica” de principios generales de la literatura y como estos pueden aplicarse, desde una particular interrelación de conceptos, para explicar los textos particulares. En este sentido, nos precisa este autor lo siguiente:

Intuyo que estos dos niveles requieren elucidación. Mi tesis es que, en el primer caso, teoría es sinónimo de definiciones esenciales y se emplea en el paradigma de la comprensión hermenéutica; en el segundo caso, es sinónimo de sistema interrelacionado de conceptos, y se emplea en el paradigma de la comprensión teórica (pp. 5-6).

Es, ciertamente, en esta última vertiente, en que se ubican los manuales, libros e instancias académicas (teóricas-metodológicas)  de teoría y análisis literario, en virtud de que generan un espacio propicio para la reflexión en torno a la creación literaria y a las múltiples posibilidades de acercamiento y comprensión que proyecta el dominio teórico. En este sentido, los procedimientos técnicos derivados de enfoques teóricos, posibilitan el surgimiento de estudios que permiten re-construir de manera operativa el comportamiento epistémico de la obra literaria.

De allí que Oscar Sambrano Urdaneta (1969) afirme: “cuando [los] principios generales [teóricos] se aplican particularmente para interpretar los méritos o defectos de obras concretas, se hace entonces crítica literaria” (p. 116).

Avanzamos y ahora nos detenemos en la necesaria revisión del asunto de la crítica literaria, entendida como la expresión de juicios y comentarios en torno a la obra literaria. Como parte fundamental del análisis literario, la crítica remite a la evaluación y valoración de los productos literarios, procesos estos vinculados a las opiniones propias del juicio estético. Al respecto, la crítica literaria, luego de indagaciones teóricas, metódicas y reflexivas, permite el enunciado de un juicio con el cual se evidencia la posición que ha tomado el crítico frente a la obra. En este aspecto afirma Anderson Imbert (1980) lo siguiente:

Pero reservamos el nombre de “crítica literaria” a la comprensión sistemática de todo lo que entra en el proceso de la expresión escrita… la misión específica que debe cumplir la crítica es, precisamente, la de justipreciar el valor estético de una obra en todas las fases de su realización (p. 35).

De estas premisas, resulta evidente que la valoración del texto como construcción estética constituye el punto central del estudio crítico. No obstante, es válido reconocer que la propia naturaleza de la crítica literaria conjuga en su hacer el aporte de otras dimensiones del conocimiento, piénsese en la psicología, sociología, historia, filosofía, lingüística, pedagogía, entre otras. De allí que- como refiere Gómez (1999)- la crítica literaria “ofrece un pensamiento sistemático e integrador y un conjunto ordenado de reflexiones… sobre la literatura en todos sus aspectos” (p. 21).

Sin embargo, más allá del carácter complementario y valorativo con el cual opera la crítica literaria, es evidente que ella surge como consecuencia no solo de la aplicación de cuerpos teóricos o de la descomposición en partes a partir de  fundamentos epistémicos, básicamente es el resultado de un proceso hermenéutico que posibilita (con todo este equipaje conceptual-operativo) la interpretación de los complejos conceptuales, temáticos, contextuales, estéticos y de otros órdenes, con los cuales se asume la valoración y el juicio apreciativo del producto estético literario. Bien nos reseña en este punto el mismo Mignolo (ob. cit.) al afirmar:

En efecto, la crítica, en el sentido de descripción, interpretación y evaluación de obras literarias, se corresponde más con la comprensión hermenéutica que con la comprensión teórica… La comprensión hermenéutica de la actividad literaria… implica siempre una “poética” en la que se reúne la comunidad interpretativa. En esa poética se encuentran las normas del hacer literario y los principios de lectura y de interpretación. Si a esas poéticas podemos llamarlas “teorías” no debemos olvidar que su carácter es normativo y los enunciados que las constituyen son enunciados recomendativos que orientan la producción y la interpretación de obras literarias (pp. 16-17).

La presencia del concepto pensamiento sistemático o normas del hacer literario, nos remite a otro elemento de este estudio, análisis literario, el cual se entiende como la descomposición del todo en sus partes, tal como lo explica Fournier (2006) “el análisis literario consiste en descomponer los elementos que conforman la obra… Es imprescindible, además, tomar en cuenta el contenido de la producción literaria” (p. 20).

En este planteamiento encontramos una visión complementaria e intermedia que se da entre la teoría y la crítica literaria, expresada en el análisis de la obra, el cual remite a instancias descriptivas (teóricas), valorativas (críticas) en torno a las partes o elementos constituyentes de un discurso literario; y, analíticas (metodológicas) destinadas a deslindar cómo operan y se relacionan dichas partes en la producción de sentido y significado. Para Reis (1989):

No es posible proponer un esquema único de análisis aplicable de modo indiferenciado a cualquier texto… estamos convencidos de que un análisis que se precie de riguroso debe subordinarse, ante todo, a una perspectiva crítica definida; y esa perspectiva implica necesariamente diferentes operaciones, como implica también diversa valoración de los elementos constitutivos del texto literario (p. 32).

Desde esta dimensión el análisis literario superaría la sola descripción o descomposición de las partes que constituyen al texto; para complementarse con otra operación fundamental en la búsqueda de sentido como lo es la interpretación de la semántica del discurso, cuyo proceso interpretativo es entendido como la investigación, que fundada en la reflexión (teórica, crítica y analítica), se encargaría de atribuir significado al texto. Esta idea se sustenta en los aportes del mismo Reis (ob. cit.) cuando refiere:

Cualquier análisis que no desemboque en una semántica del texto analizado se definirá siempre como introducción incompleta y mutilante de la obra literaria. De este modo… la interpretación es esencialmente hermenéutica; como tal, procura, en última instancia, concretizar una penetración que se propone pasar de la mera comprobación de los elementos constitutivos del texto literario y revelar el sentido que esos elementos sustentan (p. 34).

En este sentido, el análisis de un texto literario se desplazaría de la capacidad lectora (decodificación de signos / comprensión) a un tejido más complejo, entendido como una actividad crítica que trasciende la tarea del escrutinio para develar las múltiples facetas de significación que subyacen la conformación textual. En consecuencia, si la obra literaria es un signo de múltiples sentidos y surgen para su estudio diversidad de procedimientos, resulta oportuno precisar que ningún método o movimiento se puede considerar dueño de la verdad y que su parcela se verá desbordada por la riqueza literaria del texto; es decir, ninguna metodología específica podrá resolver todas las cuestiones que suscita el acercamiento interior a los fenómenos estéticos y dentro de estos, a la obra literaria.

De lo antes expresado, surgen dos perspectivas: los  métodos de análisis literario son complementarios (entre sí y de manera inter y transdisiciplinar) y deben ser asimilados y entendidos desde esa complementariedad a los fines de que su propuesta interpretativa tenga un espectro de alto alcance para aproximarse a la comprensión del texto literario; y , el análisis literario no debe sustentarse en metodologías rígidas (que no dan cuenta de todas las dimensiones y posibilidades inherente al fenómeno literario dado que todo estudio es inacabado y solo nos aproximamos a una de las múltiples perspectivas de lectura que pueden derivarse de una obra literaria).

Por el contrario, en una aspiración flexible, deberá asumirse un equipaje de aproximación teórica -comprensión teórica, siguiendo a Mignolo (ob. cit.)- para privilegiar entonces los procesos críticos-reflexivos e interpretativos -comprensión hermenéutica- que proyecten en amplia dimensión, las múltiples perspectivas de lectura a las que el texto convoca. Al respecto, afirma Gómez (ob. cit.):

Ningún texto literario se deja aprehender en su totalidad no ya por una sola de estas corrientes críticas… la riqueza textual no se agotaría por mucho que fuera cercada por instrumentos y técnicas de la clase que sea… [ahora] examinar un texto mediante todas las perspectivas… configuraría… un sistema interpretativo radial, con múltiples facetas, que es el que… habría que intentar construir (p. 16).

Resulta absolutamente válido apelar a niveles de análisis más integrales, complementarios, aproximativos en amplio espectro y menos rígidos, que muestren en conjunto y con mayor amplitud, sino todos, muchos de los aspectos caracterizadores del texto literario. Paradójicamente, una síntesis de procedimientos y enfoques permitiría que el acercamiento al hecho literario sea interdisciplinar y multidimensional, y que además plantee con profundidad y rigurosidad las diversas significaciones que se suscitan en el escenario textual a la luz de un encuentro significativo y trascendente entre el lector y el espectáculo humano y artístico recreado en la obra literaria. Para Ceserani (2004), este tipo de aproximación:

Se ha considerado, a su vez, una forma de discurso, con su fuerza más o menos decididamente persuasiva, con capacidad de convertirse en interpretación de los textos literarios, con disponibilidad para entrar en contacto dialógico con otros discursos teóricos sobre la literatura y la interpretación (p. 18).

En atención a lo antes expresado, resulta pertinente apostar por un estudio literario que, en primer lugar, convoque un contacto entre el lector y el autor mediatizado por el texto; y, en segundo término, permita la sucesión de varios momentos: lectura (decodificación y comprensión), análisis(que implica el conocimiento complementario de las teorías para una posterior descomposición del texto en sus partes), y la valoración crítica de las redes semánticas (e históricas-contextuales) del discurso (reflexiones, comentarios, juicios y posiciones del crítico/lector en torno a la obra literaria), todo ello interpelado permanente y transversalmente por la interpretación y la subsiguiente comprensión hermenéutica (búsqueda de sentido y significado). Para Fournier (ob. cit.):

La interpretación literaria… consiste en profundizar en el significado del mensaje tanto en su forma externa como en su contenido [interpretación y valoración]… Por eso la obra literaria tendrá tantas interpretaciones como lectores haya tenido, ya que un rasgo importante es su ambigüedad… Creo… que todas las personas tienen la facultad de hacer su propia interpretación, pero basándose en las teorías y en el conocimiento de los diferentes métodos de análisis (pp. 20-21).

Es importante insistir en que el enfoque teórico o los métodos de análisis literario, si bien son el fundamento de la interpretación, no pueden desplazar ni ocupar el lugar del acercamiento cómplice e íntimo, tanto  efectivo como afectivo que debería producirse necesariamente entre el lector y la obra, siendo que este “objeto de estudio” antes de pasar por el lente problematizador, pasa por los sentidos propios del deleite estético que se suscitan en el lector en relación con la obra (Gómez, ob. cit.).

En tal virtud, el principal ejercicio de estudio se concentraría en comprender los factores que la producción literaria pone en juego; es decir,  en dar respuesta a los problemas que delinean la creación literaria, bien en cuanto al lenguaje, a la dimensionalidad del texto, al proceso comunicativo, a los roles de producción y recepción, a las significaciones y sentidos; en fin, a las perspectivas globales sobre la literatura, y en particular, sobre las diversas posibilidades de lectura e interpretación que subyacen al discurso estético-literario.

Parafraseando a Mignolo, si las teorías proporcionan diversos instrumentos para acercarse al objeto literario (lo que se ha denominado teoría y análisis literario), esto es solo un eslabón para llegar a la comprensión de los juicios, descubrir las hipótesis y apreciar/valorar el fenómeno estético, lo cual es la esencia y sustancia de todo contacto con la literatura. Esto, definitivamente, es de orden hermenéutico (se ubican en esta dimensión a la crítica e interpretación literaria, aunque esta última actúe de manera transversal, vehiculando el funcionamiento y la interrelación de todas las instancias constitutivas de los estudios literarios). Ambas perspectivas se realimentan y complementan y así, podría concluirse, tomando los aportes de Mignolo (ob. cit.), quien plantea:

La comunidad interpretativo-literaria necesita de definiciones esenciales de la literatura… Sin ellas no podrían establecerse los criterios necesarios para tomar decisiones con respecto a la adecuación de una obra a un universo de sentido, ni podrían tampoco asignarse valores. Las definiciones esenciales son, entonces, necesarias para la comprensión hermenéutica: toda escritura de una obra las presupone, como también las presupone la interpretación (p. 19).

Finalmente, la historia literaria se ocupa entonces del estudio evolutivo del pensamiento literario universal, su interés –desde una orientación comparatista- se centra en comprender diacrónicamente, la variación del hacer literatura desde un marco general; y, en una dimensión específica o particular, cómo se corresponde la producción de determinada obra con el escenario contextual en el cual se inscribe su surgimiento y recepción. De esta forma, la historia literaria se interconecta con el devenir de la cultura en diversas latitudes y épocas, lo que permite comprender la influencia recíproca de la tradición en las coordenadas “orientadoras” del proceso de recepción y producción del texto literario.

Si una obra tiene determinada génesis, ella a su vez se inscribe y contribuye a la evolución general del fenómeno literario. En cuanto a los estamentos que conforman el estudio histórico literario, nos dice Vodicka (1991):

Atendamos ahora a las tareas propias de la historia literaria que se derivan de que la historia literaria estudie las obras literarias en conexión con las realidades históricas literarias. El primer conjunto de tareas estará determinado por la existencia objetiva de obras literarias que forman una serie histórica en la que podemos observar los cambios en la organización de las formas literarias, en otras palabras: observar la evolución de la estructura literaria.

El segundo conjunto de tareas resulta de la aspiración a observar la génesis de la obra, a observar la tensión entre el esfuerzo literario del creador literario y la estructura literaria contemporánea de él, y a estudiar la intervención de las tendencias extraliterarias en la evolución literaria. Puesto que la obra es un signo orientado estéticamente en atención a la realidad, nos esforzaremos por dilucidar y reconstruir las relaciones entre la obra y la realidad histórica, entre el creador literario y la sociedad. El tercer conjunto de tareas está determinado por el hecho de que las obras literarias son percibidas estéticamente por el público sobre el fondo de determinadas usanzas literarias (normas literarias), de modo que así la apariencia y la interpretación del signo cambian (p. 5).

Mignolo (ob. cit.) también establece una división que, emparentada a la comprensión teórica, nos da cuenta de tres posibles instancias que resuenan en el tejido estructural que conforma la historia literaria. Para este autor, la teoría atiende: el conjunto de definiciones que organizan los sentidos generales del universo literario, el desplazamiento diacrónico de los conceptos de literatura en relación con el universo de sentidos que la obra despliega y el rol interpretativo para develar, en un esfuerzo hermenéutico, los múltiples universos que la obra proyecta en sintonía con la tradición.

Podríamos, en un desafío riesgoso de asociación, entender los tres conjuntos propuestos por Vodicka como escenarios con correspondencia en las tres cuestiones que Mignolo plantea en torno a cómo se asumen las definiciones esenciales (fundacionales) en la comprensión teórica. Esta correspondencia se justifica en las palabras de este mismo autor cuando afirma: “sin teoría ningún sistema histórico sería posible, puesto que no habría principio para seleccionar y conceptuar los hechos” (p. 24).

Para cerrar esta primera parte, es válido precisar algunas ideas centrales que se fueron dilatando en este primer tránsito epistémico: los estudios literarios no tienen una única forma de operar, tampoco tienen un orden exclusivo ni atienden una línea procesual rigurosa, antes bien, desde su carácter complementario de acción recíproca e interrelacionada, implican la existencia paralela de todos sus elementos constituyentes (al hacer teoría, también se hace historia, análisis y crítica; y, todo ello se moviliza, expresa y concreta a partir de  dimensiones interpretativas). Al respecto señala Mignolo (ob. cit.) lo siguiente:

La interpretación de las obras literarias será siempre un problema de comprensión hermenéutica; aun en el caso en que la interpretación se enmascare con conceptos prestados de las teorías. Por otra parte, la interpretación de una obra particular requiere mucho más de lo que una teoría específica puede ofrecer. Las interpretaciones desbordan las teorías (p. 26).

Desde estas premisas, podemos entonces, puntualizar las siguientes ideas: la comprensión teórica nos lleva como consecuencia natural a la comprensión hermenéutica, de esta forma, el terreno de los fundamentos se concibe como la llave maestra que despliega la puerta infinita, (trascendente y significativa) de la interpretación. Por su parte, la actividad crítica es el ejercicio, en esencia, de una comprensión hermenéutica, visto así, es posible acceder al razonamiento crítico, porque previamente se transitó por un horizonte interpretativo que posibilitó, obviamente, el establecimiento de categorías argumentativas para sustentar dicho razonamiento.

En cuanto al análisis, se asume que es un producto de orden procedimental que no se agota ni en el detalle ni en la caracterización, por el contrario, se asume como escenario propicio para la intersección de una comprensión hermenéutica que, aprovechando las “bondades” de la descomposición del entramado textual, posibilita la re-significación/re-construcción de la obra rescatando el efecto de esta en el lector. La revisión histórica permite descubrir, en plena práctica interpretativa, cómo la obra responde (y alimenta al mismo tiempo), a la evolución del pensamiento literario universal; en ese devenir hay un esfuerzo diacrónico por comprender, además, cómo las instancias de producción y recepción guardan correspondencia con el entramado contextual (histórico, social y cultural) en que dichas instancias se inscriben, tienen su génesis y desarrollo.

Hemos visto cómo la interpretación vehicula el funcionamiento de la compleja estructura en que se organizan los estudios literarios, sin embargo, lo trascendente no es solo que coadyuva con el funcionamiento de las instancias conceptuales y constituyentes del estudio literario, sino que se constituye en el hilo cohesionador (y en el objetivo fundamental) que transversaliza todo el funcionamiento del precitado estudio.

De esta forma, la interpretación o comprensión hermenéutica –según Mignolo- se advierte como principio y fin, esencia y finalidad cardinal de todo el tránsito de la investigación literaria, el cual, más que un medio para alcanzar el conocimiento, se constituye en el ideal, en la ulterior aspiración que convoca a un mismo impulso, el esfuerzo riguroso desde lo que podría ser la herencia objetiva del cientificismo con el deleite apreciativo visto desde una racionalidad centrada en las particularidades que delinea el propio proceso de lectura.

Nos acercamos a la literatura para comprender,  interpretar,  reflexionar, eso nos conecta con el placer que suscita el goce contemplativo de lo estético; sin embargo, estas mismas instancias nos permiten conocer, criticar, analizar, conceptuar y aprender. Hay así una doble articulación, el esfuerzo interpretativo se tiende como puente entre lo subjetivo y lo objetivo, entre la ciencia y la estética, entre la utilidad y el placer, entre la teleología y la ontología;  en fin, entre la posibilidad crítica y el ejercicio valorativo de las riquezas que el texto condensa, lo cual definitivamente será causa y consecuencia de una comprensión hermenéutica.

Si todo el engranaje de los estudios literarios se cohesiona y funciona desde la interpretación, entonces resulta válido apelar a que esta instancia interpretativa adquiera su dimensión estelar y  su posición vectorial y cardinal dentro de los estatutos de rigurosidad, amplitud y profundidad que se deben advertir en el concierto de la investigación literaria. Pensar en que la dimensión interpretativa asume su rango formal y por consiguiente su carácter fundamental dentro de las formas en que opera la investigación en literatura, es asumir tanto la legitimidad filosófica de los estudios literarios como su estatuto epistemológico, el cual se consolida en la tríada argumentativa apreciación-aprehensión-reflexión derivada de todo contacto con el arte en general y con el fenómeno literario en particular. Todo ello a la luz del carácter complementario, realimentativo, aproximativo e inacabado que limita el rigor de lo aprehensible dentro del terreno de lo literario.

Esta afirmación se ratifica en tres posibilidades legitimadoras: a) la interpretación cohesiona y organiza la operatividad de los estudios literarios, b) la interpretación posibilita el tránsito-articulación entre los mecanismos en que operan los estudios literarios y el desarrollo de las transiciones investigativas en literatura; y, c) la interpretación es el puente que se tiende entre las posibilidades apreciativas del hecho estético literario, reconstructivas de la realidad del texto en consonancia con los códigos simbólicos que construyen el imaginario de la vida cotidiana a través de un proceso que interconecta reflexivamente el mundo del texto con el mundo de la vida; y críticas que posibilitan el acercamiento riguroso y profundo a los productos literarios desde el lente que se obtiene de determinadas construcciones conceptuales.

Todo este complejo teórico se explica y opera desde la interpretación que desemboca en una comprensión hermenéutica, y esta actúa como instancia viable para alcanzar las dimensiones teleológicas, gnoseológicas, estéticas, epistemológicas y ontológicas que materializan tres ideales fundamentales derivados del contacto con lo literario, cuyos ideales son  bien conocidos: asumir una posición crítica y reflexiva ante los conflictos del hombre y ante las múltiples formas en que se expresa la condición humana, enriquecer el espíritu y el crecimiento intelectual en un posible encuentro entre razón y emoción; y, ampliar la visión de mundo al comprender las múltiples facetas en que se expresa la vida y el universo. Resultan en este punto válidas las consideraciones de Ricoeur (1995), cuando plantea:

El término interpretación se puede aplicar no a un caso particular de la comprensión… el de las expresiones escritas de la vida, sino al entero proceso que abarca explicación y comprensión. La interpretación como dialéctica de explicación… y comprensión… puede luego hacerse remontar a las etapas iniciales del comportamiento interpretativo ya en acción en la conversación… No se define por una clase de objetos –los signos “inscritos”, en el sentido más general del término– sino por una clase de proceso: la dinámica de la lectura interpretativa (p. 74).

Reivindicar la interpretación y demandar la comprensión hermenéutica como ámbito cohesionador de los estudios literarios es, por una parte, asumir la postura crítica que vislumbra el rol activo del lector en la reconstrucción de los sentidos y significados que el texto despliega; y, por la otra, reconocer que su estudio riguroso podría suscitar diversas visiones y mecanismos operativos para explicar el proceso de la investigación literaria desde un nuevo orden epistemológico cuyos niveles de fundamento apuesten por reconocer que la literatura esconde una belleza maravillosa e inatrapable y, en consecuencia, asuman el rigor teórico, metodológico y argumentativo como instancia subsidiaria de la muy evidente (pertinente) subjetividad.

En cuanto al ejercicio interpretativo y su trascendencia en la comprensión hermenéutica, nos dice Romo (2007) “la comprensión solo puede verse como resultado de un trabajo, el de la interpretación” (p. 49). De esto puede examinarse que la interpretación  es la base de lo que sería un nivel de trascendencia, es decir, de la comprensión hermenéutica que se consolida cuando el texto es asumido desde la multiplicidad de sentidos que despliega y puesto en funcionamiento a partir de los diversos significados que se adjudican a dichos sentidos.

Todo lo anterior se entendería como una visión fenomenológica (que viene de la interpretación) de transición hermenéutica (y desemboca en la comprensión) que se hace de los estudios literarios y de su inmediato correlato, la investigación literaria. Resultan a propósito las consideraciones de Romo (ob. cit.) en relación con estos planteamientos:

La proliferación de teorías de la literatura con más o menos voluntad explicativa condujo primero a intentar englobar la hermenéutica como una más… Y más recientemente ha llevado a la extensión difusa de una conciencia hermenéutica marcada más bien por la sospecha, alternativa a la filosófica… No cabe duda de que situar a la hermenéutica respecto de las disciplinas literarias se ve hoy facilitado por la actual tendencia al salto de fronteras en filosofía de la ciencia, que flexibiliza las contraposiciones rígidas mediante la admisión en el trabajo del científico de supuestos, filosofemas y metáforas no solo pedagógicas o heurísticas sino sustantivas y constitutivas de teoría; la aceptación de que no hay hechos al margen de la teoría y la interpretación; la admisión de generalizaciones débiles y complejidades del tipo de las que se registran  en las ciencias humanas o sociales; incluso la ruptura de las diferencias entre ciencias duras y blandas… Así que tal vez estemos hoy mejor situados para relativizar la oposición entre explicación y comprensión, entre epistemología y hermenéutica. Y muy bien podemos considerar a ésta, en cuanto saber reflexivo, como la epistemología al menos de los estudios literarios (p. 32).  

En la investigación literaria, la consistencia teórica no debería asumirse para emprender demostraciones, antes bien debería entenderse como ámbito propicio para cimentar los cristales particulares con los cuales se avizora el deleite apreciativo que se constituirá en una experiencia hermenéutica. Aunque aludimos a instancias distintas y a construcciones objetivables también diferentes, el desafío consiste en estrechar ambas dimensiones no con el único propósito de la cientificidad, sino con el amplio margen de la comprensión del fenómeno literario como respuesta, fundamentalmente, a unas demandas y a unos conflictos humanos y existenciales que no pueden ser silenciados a la hora de tener una visión amplia de la obra y de las condiciones contextuales que la edifican, suscitan o  remiten.

Es evidente que en esta aspiración reivindicatoria, cobra vital importancia, insisto, el rol activo del lector para asumir una conciencia hermenéutica que le permita actualizar la obra a través de actividades constructivas en las cuales gozo, comunicación y comprensión formen parte de un espíritu revelador de ese estatuto sustancial que circula por el torrente sanguíneo de los mundos posibles edificados en la obra literaria. Visto así, el acto interpretativo se desviste del objetivismo positivo adquiriendo la forma de una comprensión hermenéutica en tanto interpretación fenomenológica delineada en los moldes de la estética de la recepción.

Cultivar el conocimiento, periodizar los elementos y verificar a partir de procedimientos metodológicos, no son más que lugares posibles de equilibrio en los cuales las reacciones personales y la subjetividad mediadas por un modo de ser  interpretativo y comprensivo, instituyen con profundidad y rigurosidad el estudio o la investigación literaria. Se trata entonces del reconocimiento de la especificidad ética, estética y simbólica que proyecta el texto literario a través de un conjunto de planos de recepción en los cuales el carácter epistémico solo es posible en una relación hermenéutica objeto-sujeto, la cual es mediada por un ejercicio teórico, crítico, histórico y analítico susceptible de ser interpretado, mejor aún, rescatable a partir de la comprensión como entidad inmanente de todo interés productor y receptor de sentidos que se suscitan en el “horizonte de expectativas” que la obra proyecta y en el tránsito heterogéneo que se emprende como construcción investigativa.

Amplias e iluminadoras resultan en este aspecto las palabras de Maturo (1976):

Describir científicamente los elementos de una obra, sus técnicas, su articulación formal, no puede ser de ningún modo una meta sino apenas la fase preparatoria del trabajo crítico. Describir importa menos para nuestra perspectiva  que comprender. Y comprender es, intrínsecamente, relacionar la forma intencional del signo literario con la totalidad de los contextos en que se inserta, y descubrir su sentido… De tal manera, una literatura que no solo supera… el marco de la racionalidad y el empirismo, sino que se coloca abiertamente en actitud polémica frente al cientificismo europeo, está reclamando, por su lenguaje, actitud y configuración simbólica, la aplicación de una hermenéutica particular, capaz de moverse desde su propio contexto histórico-cultural y con el apoyo de categorías específicas… una crítica puramente científica, analítica, racionalista, preocupada por establecer las constantes de la “literaturidad” antes que captar el sentido que ellas mismas alcanzan, no es suficiente para abarcar el fenómeno literario (pp. 14-18).

En este punto es válido aclarar que resulta aberrante y hasta sinsentido que una obra literaria comience a adquirir los contornos que le demarca la comprensión teórica. Antes bien, y sin caer en justificaciones contrarias al espíritu de este documento en relación con el inmanentismo del paradigma cientificista, se apuesta porque sea lo contrario, y de esta forma, el molde epistémico (perspectiva teórica) se adecúe o ajuste a las aspiraciones que la obra demanda en su dimensión estética y en su estatuto eminentemente humano.

No importa asumir una visión heterogénea para este propósito dado que no se apela a un eclecticismo diluyente y fragmentario, sino a una posibilidad orgánica, integral y consistente orquestada a partir de la articulación y completitud derivada de lo interpretativo-comprensivo que se funda en las transiciones teóricas y metodológicas, en fin, en unos cuerpos epistémicos dinamizados en una aspiración de interés hermenéutico.

De esta forma, es válido asumir que en el terreno de la investigación literaria la demostración solo es posible en la medida en que nos aproxime a la pulsión, nos acerque al latido humano que resuena en cada creación artística literaria, al impulso inquebrantable del espíritu de quien lee. No hay fórmulas, en su lugar hay sensaciones y emociones; no hay racionalidad pura, hay también mucho de sensibilidad, gusto y pasión; es esta condición la que envuelve de honda y maravillosa complejidad de todo proceso investigativo en torno al fenómeno literario.

Vale afirmar que lo importante en el contacto con lo literario debe ser el disfrute y el deleite estético, de allí que  todas las coordenadas de los estudios literarios deben privilegiar este propósito primigenio, lo demás (la comprensión teórica y las transiciones históricas, críticas y analíticas) solo es válido mientras coadyuven con el precitado propósito de enriquecer el espíritu, ampliar la visión de mundo y propiciar lugares de encuentro para reflexionar en torno a la condición humana que subyace en toda creación literaria.

La interpretación o comprensión hermenéutica se construye desde una experiencia de lectura que se enlaza con una experiencia vital para develar cómo el mundo de la vida transita por el mundo del texto y como, en esa imbricación, ambos mundos posibilitan la re-creación, el re-descubrimiento; y, la re-significación como instancias de lucidez convocadas por el acontecimiento artístico y, dentro de este, por el hechizo de los productos del lenguaje. En este punto, y a propósito de una búsqueda hermenéutica en el ejercicio de la investigación literaria, son válidos los aportes de Romo (ob. cit.) quien nos plantea lo siguiente:

Reflexionar viene a ser lo mismo que interpretar; que puede producir su propia teoría, es decir, que la hermenéutica vendría a formar parte de la participación… Los esbozos clasificatorios de los teóricos incluyen la hermenéutica como una teoría o clase de teorías más; la hermenéutica de Heidegger y Gadamer, en tanto que ontológica, defiende con razón que si existir es comprender, la comprensión es universal y previa a cualquier consideración científica… Desde luego, no han faltado las tentativas de flexibilizar la polaridad entre epistemología y hermenéutica. Pues también los datos del físico habrán de ser interpretados… mientras que el teórico de la literatura construye sus categorías sobre textos cuyo significado previamente ha comprendido (pp. 26-28).

Pudiera pensarse que los estatutos puestos en discusión en este apartado son una instancia superada, un planteamiento diluido por el tiempo, un discurso desgastado en razones y resabios; sin embargo, las búsquedas y confrontaciones en el área humanística y, dentro de ella, en la literaria, no expiran y, precisamente, esa falta de caducidad obedece a que aun continuamos debatiéndonos entre la herencia del positivismo y unos nuevos órdenes de la ciencia que no terminan de ver su florecimiento en la investigación literaria.

Sin mayores adornos, seguimos investigando literatura desde el amarre a los paradigmas cientificistas como si estas fuesen las únicas instancias válidas para garantizar el ideal de rigurosidad y profundidad. Y, en los casos en los que supuestamente se da un salto cualitativo hacia la comprensión hermenéutica, se continúa haciendo una grotesca mezcla de dogmas y un pastiche de métodos y fórmulas con los que celosamente se intenta amparar “científicamente” el carácter comprensivo.

El sujeto investigador sigue sin voz propia, debe continuar caminando alrededor de demostraciones, teorías (literarias y prestadas) y largos discursos explicativos y contextuales en los que, la mayor de las veces, se diluye el texto, se invisibiliza el contacto con la obra, se desdeña el valor apreciativo que, como obra de arte, ha posibilitado el encuentro (humano y natural) entre autor-obra-lector.  

 

Los estudios literarios y sus transiciones prácticas dentro de los procesos investigativos en literatura. Una visión desde la comprensión hermenéutica

Todo el marco teórico asumido previamente, se aprovecha como terreno fértil para afirmar que la interpretación literaria –de base hermenéutica- es el elemento cohesionador mediante el cual opera el funcionamiento de los estudios literarios, los cuales desde una organización epistémica, remiten al ejercicio de la investigación literaria. Esta, sin enmarcarse a los moldes deshumanizantes heredados de los paradigmas positivistas, pero sin perder tampoco los estatutos de rigurosidad, profundidad, claridad y consistencia, podría replantearse desde cuatro tramas fundamentales que se articulan entre sí y que guardarían correspondencia con el engranaje operativo de los estudios literarios.

El nudo crítico (conocido como planteamiento del problema) sería entendido desde la trama de motivaciones, en la cual más que un problema, se esbozarían algunos intereses, sensibilidades, gustos y expectativas inherentes a la selección, búsqueda o investigación de determinada obra, emprendiendo – al igual que en la investigación científica- la reseña de unos propósitos o motivaciones, y la significatividad y trascendencia de los niveles de fundamento asumidos para el abordaje de la obra, del autor y del tema, visto no solo desde el complejo de expectativas y subjetividades individuales, sino desde la contribución que suscita el estudio para el concierto de la crítica literaria, destacando la posición de la obra en cuestión en el cuerpo histórico, social y cultural en que se mueve la tradición literaria.

En la trama teórica-contextual se develarían dos instancias específicas de los estudios literarios. Por una parte, se precisarían los enfoques propios de la teoría literaria que sirven como modelo para estudiar el objeto literario, serán entonces estos instrumentos conceptuales  los que adquirirían la forma de insumos metodológicos con los cuales nos aproximamos a la obra. Por la otra, se rescataría la herencia de la historia literaria para comprender el lugar que ocupa el autor, la obra, la temática y el constructo estético en el concierto de la evolución del pensamiento literario universal, continental, nacional y regional (teoría e historia literaria).

Actúa además en esta trama, la interdisciplinariedad que conecta a los estudios literarios con otras áreas del saber humano, e incluso, con otras herramientas metodológicas del propio terreno literario o de otros espacios con los cuales se establecería una relación interdisciplinaria. Esto se proyecta en la comprensión de aquellas cuestiones inherentes al tema o asunto que canaliza la lectura literaria; es decir, una configuración teórica del objeto de estudio que se construye a partir de la esfera inter y transdisciplinaria de la literatura, la cual coadyuva con la explicación de dicho complejo temático, algunos territorios posibles podrían ser los estudios culturales, la literatura comparada, la filosofía, la pedagogía, la historia, ética, estética,  entre otras.

Sinteticemos en un ejemplo: una investigación literaria centrada en el estudio de la obra “Si yo fuera Pedro Infante” de Eduardo Liendo, cuyo propósito sea develar la hibridez genérica a partir del estudio de los signos del imaginario musical inmersos en el imaginario colectivo que la obra reconstruye. Nos convocaría esta trama a realizar tres incisiones: a) comprender la hibridez genérica (concepto literario) en la ruta postmoderna que ha demarcado nuevas fronteras al territorio de lo literario, incluyendo además, cuál sería  el cristal teórico/metodológico (perspectiva teórica) con el cual será examinada la obra (sub trama teórica), b) estudiar la propuesta estética de Eduardo Liendo y cómo esta responde o instaura nuevas perspectivas generacionales en la edificación de una tradición literaria nacional; y, cuáles además han sido las influencias y cómo la obra restituye valores artísticos de un contexto universal (sub trama histórica-contextual), y c) interpretar el tema de lo musical (podrían ser otros temas, por ejemplo, la fragmentariedad de la identidad) reconstruido dentro del hacer cultural a partir de un conjunto de coordenadas semánticas y semióticas que permiten determinar cómo opera o cómo se configura el imaginario colectivo re-creado en el texto, recurriendo así a los aportes conceptuales del discurso musical en vínculo con una mirada bien semiótica o arquetipal, entre otras categorías y vínculos disciplinarios que podrían derivarse(sub trama temática).

Obviamente todas estas sub-tramas se imbrican, interrelacionan y realimentan. No son entidades parceladas sino terrenos que gestan posibilidades dialógicas en el ámbito teórico, histórico e, incluso, dan paso al ámbito metodológico para comprender cada desafío propositivo asumido en el contexto investigativo.

En la trama metodológica opera el interés de analizar la obra literaria; mejor aún, comprenderla; y es que, si el elemento integrador de todo el circuito investigativo es el interés interpretativo de orden fenomenológico-hermenéutico, en esta trama se consolida contundentemente este ideal dado que permite dimensionar en transiciones de correspondencia, completitud y comprensión, cómo se reflejan en la obra, recíproca y realimentativamente, los códigos asumidos de la teoría literaria y viceversa, cómo se manifiestan en el producto literario los rasgos escriturales, estéticos, históricos y culturales avizorados en el contexto de producción; y, cómo quedan develadas argumentativamente las categorías conceptuales que dialógica e interdisciplinariamente se suscitan en el cruce obra – tema/objeto de estudio.

Queda en evidencia, una vez más, el carácter interrelacionado en el cual operan los estudios literarios y por extensión, las tramas asumidas para abordar epistémicamente el circuito de la investigación literaria. Visto de esta forma, el concepto de análisis literario (en vínculo con la teoría y la historia literaria) quedaría trascendido por estudio, interpretación o comprensión hermenéutica. Esta fase de trascendencia implica la concretud del objetivo que rige metodológicamente la investigación.

Es precisamente esta trama la que posibilita el encuentro de la tríada relacional teoría-historia-análisis en un todo cohesionado por un espíritu de comprensión hermenéutica en el cual la mediación e interlocución es ejercida por un sujeto investigador que es al mismo impulso, elemento que activa los procesos comprensivos en los que funciona el texto; en fin, un ser humano que aprecia, por el goce estético, las dimensiones estéticas, ficcionales y emocionales (gusto por la lectura, placer por la recreación a la que apuesta el texto y encuentro humanizador que devela vivencias) que subyacen a la obra literaria. Afirma Maturo (ob. cit.):

La búsqueda del sentido, la actividad de la comprensión, actividad humana por excelencia, no puede ser emprendida desde los marcos de ninguna de las disciplinas científicas que se abocan a campos objetales delimitados. Su propia constitución y alcance le exige el salto hacia un nivel relacionante que se encuentra por encima de aquéllas. Tal búsqueda de sentido… es postulada como una disciplina filosófica (Paul Ricoeur), y más al fondo de ésta, como una actividad fundamentalmente poética… La hermenéutica literaria, vista en esta perspectiva, adquiere un valor muy destacable ya que es el instrumento aplicable a un campo privilegiado de sentido como lo es el lenguaje, y dentro de éste a su reservorio plenamente significante: la poesía. Ésta pasa a ser clave de comprensión de la realidad toda... nuestra propuesta es que a la conversión de los escritores latinoamericanos debe corresponderle, para cerrar el abrazo de la comprensión, la conversión hermenéutica, el desarrollo de una crítica comprometida con los presupuestos de lo poético… la presencia de una conciencia filosófica que valoriza el acto de la comprensión, hace posible establecer sobre firmes bases las posibilidades de una hermenéutica literaria, y el acceso a una verdadera crítica de la literatura (pp. 27-42).

Finalmente se ubica la trama valorativa, expresada por un interés aproximativo que se concibe como una posible lectura dentro de las múltiples perspectivas que genera el horizonte de expectativas, el cual ha tensado sus códigos para completar transitoriamente la reconstrucción de los sentidos y significados desplegados por el texto. El asidero teórico-metodológico actúa para suscitar instancias de rigurosidad, consistencia y profundidad en las cuales se encontrará el piso argumentativo de juicios, valoraciones, críticas o particulares posturas subjetivas que en torno a la obra va tejiendo y destejiendo el sujeto investigador, que ante todo es un sujeto lector, re-creador de sentidos a la luz de las múltiples proyecciones que el texto asume dentro de su mundo posible.

El interés demostrativo se desplaza y en su lugar se erige un interés comprensivo que es capaz- hermenéuticamente- de generar espacios para que esas motivaciones iniciales se consoliden en un complejo vínculo que fragua relaciones simbólicas, significativas y realimentativas entre el lector, tema-obra-autor. Para Pío del Corro (1976) un proyecto metodológico que, en crítica literaria, reconozca la contextualidad implícita en la obra, se desplazaría a través de un cuerpo de metodización expresado en cinco instancias:

1) Metodización del análisis de la estructura interna de la obra… que permita establecer una economía de procedimientos cuyo punto de convergencia sea siempre el sentido de la obra… 2) Metodización del procedimiento de integración del sentido de una obra en el sentido de la obra total de un autor… 3) Metodización del procedimiento de integración del sentido de la obra total o principal de un autor en la obra de una “generación” literaria… 4) Metodización del procedimiento de integración del sentido de un corpus literario colectivo (generacional) en el complejo cultural (nacional)… 5) Metodización del procedimiento de incorporación de la relación… discurso literario-discurso histórico en la diacronía histórico-cultural (pp. 55-56).

Este cuerpo de metodizaciones tendría como punto de encuentro el ejercicio comprensivo y, como ámbito conceptual cooperante, se ubicaría la teoría, el análisis, la crítica y la historia literaria en un solo cuerpo orgánico cuyo engranaje funcionaría en una estrecha interrelación metodológica (interpretación) que es, al mismo tiempo, teórica y crítica. Visto así, los juicios que derivan de esta trama parten de tres compromisos fundamentales: integralidad de los estudios literarios, interdisciplinariedad de las construcciones conceptuales asumidas y cohesión interpretativa de las tramas investigativas, actuando como un discurso articulado que centraría sus propósitos tanto en el sentido recostructivo de la experiencia apreciativa del fenómeno literario, como en el ejercicio realimentativo que, en la búsqueda de sentidos, es desplegado como puente relacional entre el campo de los estudios literarios y el desarrollo procesual de la investigación literaria.

Aunado a ello, resulta inaplazable afirmar que la trama valorativa sería un apartado de doble articulación: permite materializar el ideal de profundidad y  rigurosidad que ha regido el estudio; y, permite propiciar ante la comunidad interpretativa, un diálogo en torno a determinadas categorías teóricas o códigos metodológicos que guardan correspondencia con unos particulares intereses, sensibilidades, gustos, emociones, motivaciones, inclinaciones individuales o posiciones subjetivas. Esta trama, en tanto juicio y valoración, se reservaría a la crítica literaria mediada por la interpretación y fundamentada en el ámbito relacional que se tiende entre teoría, análisis e historia literaria. Sin embargo, su esencia, de naturaleza hermenéutica, es constructora de sentidos y significados en torno a la obra literaria y a la propia naturaleza del proceso  investigativo en tanto posibilidades de hallazgo.

Es válido, en este punto hacer un conjunto de señalamientos que amplíen el funcionamiento de las tramas investigativas en vínculo articulatorio con los estudios literarios.

En todas las tramas operaría la comprensión e interpretación como posibilidad apreciativa de corte emocional/subjetivo – racional/objetivo –fenomenológico/hermenéutico – filosófico/literario que no puede invisibilizarse en el estudio de las ciencias humanas y, dentro de estas, de las ciencias del espíritu. Funciona en esta construcción, insisto, un tejido filosófico que se fragua a la luz de una racionalidad que articula el estudio, propicia la rigurosidad y consolida instancias profundas  de reflexión, indagación y construcción de saberes válidos que, aunque son aproximativos, inacabados y complementarios, no dejan de propiciar, con sobrada minuciosidad, una posibilidad de verdad entre las miles de posibilidades de verdades que, a partir de los vacíos del texto (apelando a la estética de la recepción y al efecto que proyecta la obra), se postulan como desafío comprensivo y como resultado de una experiencia totalizadora de lectura.

En investigaciones literarias, considero, sería arriesgado hablar de conclusiones, menos lícito sería referirse a resultados o recomendaciones, razones obvias aludidas en este trabajo justificarían tal supresión. Es válido además recalcar que en ningún caso el contacto comprensivo/apreciativo con el texto puede verse desplazado por el predominio del aparato teórico, metodológico o contextual. En este punto, resultan esclarecedoras las consideraciones de Rojas (2006):

Ni tampoco se llega a una interpretación cabal del texto, porque en la “aplicación” de las teorías se pierden las cualidades específicas del material analizado… todo estudio de la literatura pasa necesariamente por la práctica interpretativa, pues su materia es un conjunto de discursos (pp. 254-257).

Toda esta redimensión epistémica derivada de transiciones conceptuales y operativas en torno a los estudios literarios y, por extensión académica, en relación con la investigación literaria, encuentra su asidero fundamental en un interés fenomenológico y hermenéutico cuya dimensión transversalizadora sería la estética de la recepción. Asumiendo como ámbitos fundacionales: la visión de que el texto es un artefacto que funciona cuando un lector lo enciende, la reivindicación del rol activo del lector en la reconstrucción de sentidos y en la búsqueda de los significados desplegados por el texto; y, la posibilidad de rellenar los vacíos de la obra a partir de elementos “tentadores” con los cuales esta cautiva a su lector.

Queda claro que la interpretación se asume desde una triple articulación: como elemento cohesionador de los estudios literarios, como el eje dinamizador de cada trama en que se organizaría el carácter procesual de la investigación literaria; y, como ámbito articulatorio de la investigación literaria en lo inter(transiciones con los estudios literarios) e intradimensional(transiciones del propio tejido investigativo), siendo estos el fin de la crítica y, por amplitud, de la investigación literaria.

Pensar en una reconceptualización epistémica de los estudios literarios en correspondencia con el ejercicio investigativo en literatura, por lo menos desde un aliento latinoamericano, abarcaría instancias teóricas y metodológicas que den cuenta de las especificidades propias de nuestra literatura, lo cual exigiría, no cerrarnos al aporte de aquellos insumos que, venidos de otras fronteras, sean estas geográficas, disciplinarias o estéticas, puedan coadyuvar a una comprensión más completa de los marcos caracterizadores de la experiencia literaria como una realidad totalizadora y de los matices específicos con los cuales se ha diseñado el complejo lienzo de nuestra literatura latinoamericana.

Para Palermo (ob. cit.), no podemos estar ajenos a los aportes metodológicos que se construyen en otras latitudes, antes bien, debemos estar atentos a la adecuación de éstos a los propios requerimientos que nos convoca nuestra realidad histórica, cultural y literaria. Ya bien formulaba, hace unas cuantas décadas, esta misma inquietud el investigador Castelli (1976), quien al respecto manifiesta:

Contra los enceguecidos partidarios de rígidas ortodoxias en ambos campos, creemos, con Segre, que vivimos en un momento de necesario epigonismo y eclecticismo, entendiendo como tal la exigencia de lograr una integralidad de enfoques que aprovechen de cada corriente lo mejor y útil. Y, más en nuestro plano continental y en relación con la consideración de nuestra propia problemática crítica, no debemos tener miedo de usar terminologías o métodos que provengan de cualquier área cultural, siempre que los mismos nos sirvan para mejor dilucidar nuestra preocupación y profundizar las esencias de nuestro propio mundo simbólico y mítico. Qué importa el “europeísmo” o “eslavismo” de ciertos procedimientos, si lo que nos angustia es nuestra materia literaria; la autenticidad nacional o latinoamericana surgirá del enfoque y de la interpretación, no de las técnicas que usemos para desmontar la estructura profunda de un texto y desde allí lanzarnos a la aventura hermenéutica (p. 131).

Es necesario rescatar de estos aportes y advertir en esta propuesta epistémica de investigación literaria, no solo la articulación de procedimientos o el funcionamientos de métodos dentro de los circuitos investigativos; antes bien, interesa ver la mirada o los puntos de vista con los cuales: a) se están construyendo mecanismos (complementarios, inacabados, dinámicos, flexibles e integrales) para el estudio literario, b) se está adecuando, desde una perspectiva fenomenológica y hermenéutica, una nueva mirada de la investigación literaria que equilibre, pero que a su vez trascienda, la relación dicotómica ya planteada por Mignolo (ob. cit.) en torno a la comprensión teórica y a la comprensión hermenéutica; y c) se está pensando en formas de aproximación al fenómeno literario centradas en las particularidades contextuales, en las especificidades del propio producto estético, en los genuinos roles del lector demarcados en cada nueva experiencia de lectura; y en un “romántico” interés que se suscita en el vínculo literatura y vida (ficción-emoción), el cual no deja de ser imprescindible para legitimar esas instancias inherentes a los actos comprensivos, interpretativos y explicativos del fenómeno literario a partir de los múltiples sentidos que  lo constituyen y de los numerosos significados que de el se despliegan.       

Las instancias conceptuales de los estudios literarios operan entre sí y se articulan en la investigación literaria a partir de la interpretación que es de orden hermenéutica, la cual puede entenderse desde estamentos filosóficos que posibilitan un espíritu comprensivo para aproximarse a los textos. Este constructo epistémico plantea tres desafíos perentorios: propiciar nuevas rutas o formas para construir el circuito de la investigación literaria, reforzar las categorías hermenéuticas que permiten apreciar y comprender los textos literarios; y, desarrollar nuevas formas de entender y explicar la investigación literaria a partir de perspectivas que den cuenta real de un nuevo orden de la ciencia o de una racionalidad verdaderamente cualitativa. Valgan aquí, las afirmaciones de Palermo (1976) cuando plantea:

Cada creación exige una forma de enfrentamiento crítico como metodología de análisis. A la vez, el estudioso debe tener presente que el método, o los métodos que elija, le debe permitir el acceso al mundo que abre la obra literaria y la recosntrucción del universo de significados que la definen y la constituyen como tal… Trabajo de la crítica es develar todas las significaciones ocultas que la obra cobija para aproximarse lo más adecuadamente posible a la interpretación de su más profundo sentido (p. 60).

Rescatar el sentido humano y sensible inherente a la lectura literaria, es reivindicarlo también en las elaboraciones producto de la investigación literaria. Sin embargo, es necesaria en este punto una actitud lúcida, responsable y rigurosa para conjugar goce estético, lugar de entretención (propia del encuentro con la literatura) con postura crítica-reflexiva (inherente de los procesos investigativos). Aunque resulte redundante, ambas se imbrican, ambas se complementan ¿acaso no nos distraemos investigando, acaso no reflexionamos leyendo? La experiencia humana recreada en el texto literario se desnuda, irrefutablemente, en la experiencia hermenéutica. He allí la verdadera trascendencia del fenómeno literario.

 

Aportes para sustentar el ejercicio de comprensión hermenéutica en la investigación literaria

Esta aproximación se inscribe en las propuestas filosóficas que hicieran dos notables pensadores de la contemporaneidad como lo son Hans-Georg Gadamer y Paul Ricoeur. En ambos, la tendencia hermenéutica es una clara expresión del circuito interpretativo que se da, así como en la vida, en las producciones del arte, y dentro de ellas, privilegiadamente, en la creación artística-literaria.

Al respecto, y a propósito de la comprensión hermenéutica propuesta como origen y fin de lo que sería la investigación literaria, es válido hacerse cargo del pensamiento de estos notables filósofos alrededor de cuatro ejes fundamentales: a) el valor del contexto en la articulación autor-obra-lector y por ende en la apreciación literaria; b) el poder del lenguaje como instrumento de construcción y reconstrucción de mundos posibles y de instancias teóricas y metodológicas perfiladas en las transiciones que se suscitarían entre los estudios literarios y el ejercicio investigativo, c) la experiencia hermenéutica como tránsito para la comprensión y explicación del amplio horizonte de sentidos y significados que proyecta el texto literario; y d) finalmente, la vivencia como ámbito semántico para la racionalización (creación-recepción) de la experiencia, entretejiendo así lazos indisolubles entre los propósitos de la argumentación profunda y racional que se teje entre el circuito estudio-investigación; y, las dimensiones motivación-emoción que se suscitan en el encuentro literatura y vida, ambas mediadas por el vector interpretación/comprensión.

En cuanto al contexto, Gadamer (1988) reconoce que las acciones humanas no pueden ser comprendidas fuera del contexto cultural en el que se encuentran insertas, en tal sentido concibe el texto (artístico) como experiencia del mundo en el mundo. Ricoeur (1975), ya postulaba que la lectura literaria pone en juego un acuerdo implícito de ubicar el texto en el tiempo y espacio; es decir, creación/recepción así como comprensión/explicación del discurso implican necesariamente la inclusión del entorno sociocultural del escritor y del lector.

En tal sentido, Ricoeur reconoce que el texto literario se hace puente hermenéutico entre el individuo y su realidad circundante, en tanto símbolos, significados, asociaciones y estructuras para la creación y recepción de la obra se balancean en el trajinar histórico y cultural del imaginario individual y colectivo que bordea al ámbito comunicacional literario, desplazándose dialógicamente de la acción investigativa(previa el estudio) a la experiencia textualizada(previa apreciación/interpretación). Al respecto afirma el mismo Ricoeur (1972) en una entrevista con Charles Reagan, lo siguiente:

Sin embargo, no todo es texto en el sentido de que los textos mismos son el producto de una cultura y tienen no sólo un origen, una verdad, sino también implicaciones y efectos de y en la vida y la acción humana (p. 105).

Desde esta perspectiva, se hace evidente que el hecho literario (aún con la creación ficcional, asociaciones arbitrarias, lógicas fragmentadas, motivaciones y emociones), de por sí, es un producto que se crea y recrea en el contexto cultural, el cual le sirve de marco no solo como materia de composición, sino además como entorno experiencial o enciclopédico para la comprensión. Nos dice el mismo Ricoeur “toda lectura de un texto… se hace siempre dentro de una comunidad, de una tradición o de una corriente de pensamiento viva” (2008, p. 9).

De esta forma, en la experiencia de comprender un texto literario, se reconoce, por un lado, el acervo cultural como soporte semántico de la creación estética; y, por el otro, se toman las pre-figuraciones del mundo circundante con las cuales se construirán los pre-juicios interpretativos, entendiendo por pre-juicio –según Ricoeur (1972)-, los conocimientos previos que  sirven de enciclopedia al lector para que comprenda tanto los complejos temáticos que se debaten en el texto, como el devenir histórico de la cultura, la sociedad, la condición humana y el complejo semiótico de sentidos y significados que dialogan y se develan en la propia obra literaria.

Seguidamente, en cuanto al lenguaje dentro de la creación y reconstrucción de los mundos posibles -entendidos como noción de posibilidad para la existencia de mundos ficcionales en tanto construcciones conceptuales y abstractas cercanas o lejanas al mundo real (Pavel, 2005)- retratados en la creación literaria, es evidente su poder dado que permite escribir y comprender, en una dinámica de textualización, la articulación permanente que se suscita entre el texto y la realidad. 

Visto así, pueden advertirse dos perspectivas: el lenguaje desde un tratamiento artístico, necesario en la construcción del discurso literario; y el lenguaje como pieza fundamental para establecer las relaciones de significado que derivan a partir de la interpretación/comprensión hermenéutica. Estas relaciones de significación conseguidas desde las fronteras del lenguaje, no solo hacen viable el funcionamiento de la dupla estudio-investigación literaria a partir de transiciones teóricas y metodológicas, sino que permiten racionalizar la experiencia investigativa en literatura a partir de tres bloques semánticos fundamentales: a) objeto de estudio o tema, b) categorías conceptuales e instancias metodológicas; y, c) contexto histórico y literario de recepción y producción.

Estas instancias epistémicas son asumidas y expresadas, tanto en los estudios literarios como en la consecuente investigación literaria, solo desde el horizonte lingüístico. De esta forma se evidencian dos perspectivas unidas inextricablemente: el lenguaje como elemento simbólico para la construcción del discurso literario, cuya materialización se concreta desde la palabra; y como pieza fundamental para descifrar las relaciones que se establecen en el texto a partir del proceso hermenéutico comprensión/interpretación que sería la apuesta que vehicula las dimensiones estudio-investigación literaria. Para Ricoeur (1984) el lenguaje representa la más genuina y completa expresión de la interioridad humana, de allí que se constituya como elemento mediador entre el hombre y el mundo.

En función de ello, es oportuno deducir que el lenguaje actúa como herramienta interpretativa para desplegar el mundo reflejado en la obra desde una doble articulación: como causa y consecuencia. De tal suerte que no solo se recogen las experiencias del hombre en su devenir existencial y vivencial, sino que se reconocen múltiples posibilidades de lectura en las cuales se estrecha el mundo del autor con el del texto, y este con el mundo del lector. De esta forma, el lenguaje es el objeto o realidad de estudio; pero además, es el entramado que se constituye en pretexto comunicativo para explicar las múltiples asociaciones proyectadas desde el horizonte textual.

En la investigación literaria sustentada en la comprensión hermenéutica como puente articulatorio y como centro del ejercicio crítico, el lenguaje hace posible: reconocer la realidad problematizada(teoría, metodología, tema, contexto, antecedentes), el objeto reconceptualizado(análisis e interpretación) y las respuestas emergentes(crítica, hallazgos, cruces y significados); todo ello contextualizado por el mundo-del-texto que conjuga a un mismo tiempo y desde múltiples voces, las instancias de producción y recepción literaria.  Gadamer (ob. cit.), en analogía con Ricoeur, considera que el lenguaje es la condición que no solo hace posible el entendimiento, sino que además concentra un fuerte poder creativo y generativo. En tal virtud, los procesos sociales, la acción e interacción humana, la experiencia histórica y la comprensión del mundo se dan en la esfera del lenguaje. Al respecto, afirma Gadamer, citado por López (2006):

No hay una experiencia sin palabras que después se subordine al lenguaje, sino que la experiencia humana está estructurada lingüísticamente; es más: no hay cosa donde no hay lenguaje… no hay experiencia de la realidad ante de expresarla en palabras: hablar y pensar, palabra y cosa constituyen una unidad indisoluble (p. 5).

En el ámbito del estudio-investigación literaria cuyo sustento cardinal resulta ser la interpretación/comprensión, el tema del lenguaje ocupa un lugar privilegiado. Gracias a el se establece una relación dialéctica entre el individuo, sus semejantes y su propia condición. Además, cada pieza literaria recoge con palabras las imágenes, temas, complejos culturales y mundos posibles que recrean desde la ficción los matices caracterizadores de la cotidianidad. En este sentido, el lenguaje como elemento mediador entre los productos literarios vistos desde la creación y los estudios/investigación asumidos como mecanismo para la comprensión; se convierte en depositario: tanto de los rasgos distintivos de una comunidad, como de una visión de mundo cristalizada en la experiencia literaria y concretada en el terreno de la palabra a partir del vector intersubjetivo que asume, como desafío, la posibilidad generadora de saberes, propuestas y miradas diversas en torno al texto literario.

El lenguaje despliega esas perspectivas interlocutorias en las cuales se estrecha: literatura y vida, teoría y metodología, sentidos y significados, estudios e investigación, ficción y emoción, rigurosidad y sensibilidad, entre otros vínculos necesarios que hacen posible la investigación y en torno a los cuales se vehicula la comprensión hermenéutica de la obra literaria.

Cuando un investigador encara el acto de la producción literaria, (se) reconoce en el valor creador del lenguaje, se capta a sí mismo y al mundo en los temas y símbolos  que caracterizan el entramado sociocultural de su colectivo, comprende los múltiples contornos de la condición humana delineados desde la palabra; y, en un gesto de identidad, valora las expresiones y manifestaciones de la cultura inmediata como fuente inagotable de apreciación, reflexión, socialización y conocimiento en cercanía a una especie de laboratorio vivencial.

Reconoce en el lenguaje una riqueza mágica, creadora, simbólica, imaginativa, lingüística y filosófica que sirve de insumo ontológico para el ser mismo de la creación literaria, riqueza además necesaria tanto en los trasiegos de estudio e investigación como en la ulterior dilación de procesos cognitivos, afectivos y sociales vinculados a una relación dialógica bidireccional que permite “interpretar/comprender” el texto literario desde una experiencia vivida, elemento este inaplazable, en lo que será el ejercicio investigativo (aproximativo, complementario, inacabado, flexible y permanentemente realimentativo)  entendido desde la aplicación de un trayecto estructurado del cual nos hacemos cargo a través de diversas tramas: motivacional, teórica, metodológica, contextual y valorativa.

Visto así, el lenguaje adquiere una connotación de “puente interpretativo” que enlaza el horizonte pasado y el presente; y, en la fusión de ambos, surge el proceso de la comprensión. He aquí el tercer aspecto, la experiencia hermenéutica como bastión para la recepción y producción del texto literario. Según Gadamer (ob. cit., p. 23) “la hermenéutica es el camino al fenómeno de la comprensión y de la correcta interpretación de lo comprendido”. De allí que se apueste no solo por la comprensión/interpretación de textos como instancia epistémica, sino como evidencia de “la experiencia-humana-en-el-mundo”.

Para Gadamer la persona desde su propio horizonte de interpretación puede comprenderse y comprender su contexto; es decir, todo conocimiento es causa y efecto de un proceso interpretativo que interpela, constantemente, la realidad. Al respecto afirma Jorge Larrosa (2003) lo siguiente:

La tesis fundamental de Gadamer es que la hermenéutica; en tanto que impulsada por una exigencia de universalidad, concierne a la totalidad de nuestro acceso al mundo en tanto que el lenguaje y su forma de realización (el diálogo) soporta no sólo la representación de las cosas o la comunicación entre los hombres sino también la aparición de las cosas que constituyen el mundo y la posibilidad misma de los hombres como seres-en-el-mundo (p. 74).

A partir de estas consideraciones conviene puntualizar tres ideas centrales: la función de la hermenéutica vendría a convertirse en estamento para generar relaciones dialógicas/interpretativas multidimensionales entre hombre, mundo, texto, lenguaje y vida; en segundo lugar, y dentro de la referida dialogicidad, el lenguaje se constituye en modo fundamental para comprender, interpretar y expresar la experiencia del hombre en el mundo; y, finalmente, prevalece un evidente encuentro crítico tanto en el terreno de la cientificidad como en la asimilación de los múltiples perfiles que caracterizan la existencia humana(emoción-motivación) y que, por consiguiente, generan diversas perspectivas, escenarios y lecturas posibles para acercarse, comprender, interpretar y explicar la realidad en un espíritu fenomenológico y hermenéutico. Para Ricoeur (2008):

Si un texto puede tener varios sentidos, por ejemplo, uno histórico y otro espiritual, es necesario recurrir a una noción de significación mucho más compleja… ella pone en juego el problema general de la comprensión. De hecho, ninguna interpretación relevante puede constituirse sin tomar prestados los modos de comprensión disponibles en una época dada: mito, alegoría, metáfora… Este vínculo de la interpretación… con la comprensión… es confirmado por uno de los sentidos tradicionales de la palabra “hermenéutica”… hay hermeneia porque la enunciación es una captura de lo real por medio de expresiones significantes (pp. 9-10).

Desde estas premisas, lo que le da un carácter epistémico a la hermenéutica no es solo el acto de comprender (Ricoeur, 1984). Lo explicativo se convierte en una experiencia humana sustentada en la rigurosidad teórica-metodológica, de tal suerte que al contexto se lo comprende como un laboratorio vivencial, no solo porque actúa como referente del mundo, sino porque resume la experiencia en el mundo. Esto en producción de sentidos y significados a través del texto literario – según Ricoeur (ob. cit.)-, es fundamental, ya que el referente que sirve para situar la obra en el escenario histórico y comprender sus complejos temáticos, también se usa como materia o insumo de creación y como instancia válida en el recorrido investigativo que desembocará en el ámbito propositivo.

En otras palabras, la obra en su intra-mundo refiere un escenario socio-cultural que guarda estrecha relación con la experiencia total del extra-mundo que circunda a su alrededor. Entre ambos polos actúa el lenguaje como elemento mediador y cohesionador; y, todo en suma, forma un circuito analítico, reflexivo e interpretativo que se plantea como objetivo buscar el sentido del texto, el cual convoca en un mismo acto a un observador, que es además investigador, lector, productor de significados, diseñador de rutas metodológicas para asumir el recorrido investigativo y aproximarse a las múltiples miradas y lecturas posibles derivadas del texto; también genera formas teóricas de asumir la obra, formas contextuales de explicar su funcionamiento en el aparato cultural y formas valorativas de justipreciar el producto artístico-literario.

Todo lo anterior sin olvidar la supremacía del contacto humano que este sujeto lector/investigador establece con la obra, esa motivación y afecto que sustentan su gusto, los cuales legitiman para sí su goce y que le suscitan un placer por la lectura del texto literario. Se trata de un placer que viene cargado, además, de un abanico de sentidos y significados que enriquecen su espíritu, amplían su visión de mundo y le posicionan ante esa (su) condición humana recreada en la obra.

El último núcleo temático por analizar es el valor de lo cotidiano. Gadamer, al igual que Ricoeur, reivindica lo inmediato por considerarlo el escenario natural en el que lenguaje y la vida se mezclan en una genuina y plena relación. Es decir, un diálogo permanente que, además de hacerse comprensible a los seres humanos, también permite comprender a éstos.

Ricoeur (1984) entre sus ideas, plantea que el texto guarda vínculos indisolubles con la actualidad societal, sociocultural, socio histórica y existencial que lo rodea. En este sentido, para este autor, la obra literaria plantea una búsqueda de congenialidad entre el alma del autor y la del lector, de tal forma que se convierte en lugar privilegiado para la interpretación de la existencia humana.

Si trasladamos esta explicación al discurso investigativo en literatura, tenemos una doble articulación: el enlace entre su equipaje cultural y experiencial con los horizontes que proyecta el texto; y, la posibilidad de que ese vínculo se organice a partir de ámbitos teóricos y metodológicos a los fines de generar instancias valorativas,  cuyo aliento epistémico sea la construcción de formas aproximativas e inacabadas, en tanto múltiples posibilidades lectoras, para estudiar, comprender y  argumentar los diversos modos de significación que derivan del texto. En este sentido, es importante no perder de vista para cualquier desafío investigativo que la experiencia literaria viene dada por una re-creación que se ha hecho, regularmente, en la vivencia interior de quien escribe y de quien lee. Al respecto, afirma Schökel (1969) lo siguiente:

La obra literaria ilumina y descubre nuestra interioridad, nuestra profundidad, nos la hace consiente. Leyendo, nos conocemos a nosotros mismos, a la luza del autor o de la obra; y conociéndonos, podemos pasar a la acción o corrección propias (p. 149).

En la investigación literaria, no solo hay que hacerse cargo de una disposición dinámica y flexible de los estudios literarios en articulación permanente con tramas investigativas que le adjudican a este ejercicio un carácter verdaderamente cualitativo,  acercándolo a la naturaleza propia de las ciencias humanas; sino que, debemos asumir, sin más rodeos, dos ideas: el aparato investigativo se sustentan en la comprensión hermenéutica que deriva a su vez, de la interpretación; y, la motivación o el carácter afectivo no solo es el primer puente que se tiende entre una obra y su lector; es además la sustancia que subyace el estudio, es la huella imborrable que deja el investigador al desplazarse por el camino “diseñado” en el texto literario.

La investigación no solo derivará en un riguroso y amplio nivel argumentativo para sustentar posibilidades lecturas; básicamente, debe conducir a examinar la riqueza estética de una obra, a reconocer los destellos de revelación que la obra irradia para develar la esencia interior de lo que somos; en fin, para legitimar la valía de lo cotidiano en el desarrollo de procesos críticos, analíticos y reflexivos activados originariamente en el placer por la lectura, el cual se ha desplegado desde el contacto afectivo y estético con el texto. En este sentido, Ricoeur considera que en la comprensión del texto median la fuerza y el sentido; es decir, la relación entre la vida portadora de significados y el espíritu capaz de entenderlos y organizarlos. En consecuencia si la vida no es originariamente rica en significados (contextos culturales, existenciales y relacionales) “la comprensión se vuelve imposible” (Ricoeur, 2008, p. 11).

Pareciese que el vector cardinal (o transversal) de la investigación literaria es comprender al hombre, al mundo y a la vida que resuena en cada obra. Para Ricoeur (ob. cit.) el referente textual posee el poder de remitir a una realidad que está fuera del lenguaje, lo cual no es más que el poder para redescubrir dicha realidad. De cualquier forma, resulta apropiado asumir que, en el proceso hermenéutico, la literatura se teje con los hilos que le proporciona la realidad mediante entidades semióticas y complejas relaciones indisolubles que plantean una inextricable imbricación entre el mundo real y el mundo textual.

Sea cual sea la estrategia: rebelión, creación de mundos posibles, reflejos o distanciamientos en torno a lo cotidiano que el texto asuma de forma solapada, queda claro que la imaginación, en muchos casos, actúa como camuflaje de esas pinceladas humanas que se traslucen en la obra, adquiriendo una multiplicidad de formas delineadas por el amplio poder de sugerencia al que permanentemente apuesta la lectura.

Ese proceso hermenéutico, deslindado por Ricoeur como arco hermenéutico (comprensión/explicación) se asume desde la instancia de la comprensión, no para conocer sino para ser; y es que el lector, es, existe en la medida en que comprende; es decir, en la medida que es capaz de interpretar los significados y reflexionar en torno a los múltiples sentidos que proyecta la comprensión del discurso, los cuales son susceptibles de explicación dentro de los espacios demarcados por la investigación. En el intercambio recíproco e integrativo de la comprensión hermenéutica hay un ser vivo que asume horizontes y expectativas desde su mundo y a partir de intenciones que son en sí mismas un mundo. En otras palabras, para que ocurra el desplazamiento del comprender al explicar es necesario describir la constitución en sí misma del texto y luego proyectarla a los mundos-de-vida que se constituyen en equipaje referencial para la búsqueda y significación de los sentidos que este proyecta.

Para Gadamer (ob. cit.) el concepto de mundos-de-vida (relacionados por supuesto con las consideraciones fenomenológicas de Husserl), apunta básicamente al horizonte viviente que sustenta toda acción; ámbito histórico e intersubjetivo generador de  producciones culturales que se constituyen más adelante en “certezas originarias” para entender la circulación que hace la literatura en las precitadas producciones culturales. Visto así, el o los mundos-de-vida constituyen un ámbito comunicativo constructor de experiencias que ensanchan los contextos y enriquecen la interpretación hermenéutica.

No obstante, este circuito hermenéutico se complementa con la relación entre el enfoque semántico y el enfoque reflexivo. Así el sujeto no solo interpreta los signos, sino que se interpreta a sí mismo, descubriendo un modo de existir en el cual la reflexión lo guía hacia las raíces ontológicas de la misma comprensión. Todo este marco interpretativo y comprensivo circula desde las fronteras de la propia vivencia y a partir de los insumos que suministra el contexto experiencial. Para Ricoeur (2008):

Entendemos que la interpretación tiene una historia y que esa historia es un segmento de la tradición misma, siempre se interpreta desde algún lugar, para explicitar, prolongar y, de ese modo mantener viva la tradición misma en la cual estamos… Toda tradición vive por la gracia de la interpretación (p. 31).

Vistas de esta forma, las cuatro dimensiones examinadas no solo representan el fundamento epistémico por el cual se desplazaría la comprensión, sino que, entendidas estas desde la postura fenomenológica y hermenéutica, son los vectores que permiten vehicular el tránsito  investigativo para articular permanentemente el hacer teórico con el hacer metodológico de los estudios literarios en una suerte de elaboración discursiva que le permite al investigador comprender para explicar en espiral continuo hasta desembocar en una trama valorativa que nos es más que el interés fundamental de la investigación literaria.

En consecuencia, la construcción epistémica asumida, desarrollada y emergente, (léanse fundamentos teóricos, principios metodológicos en articulación teórica y  propuesta de lectura que se consolida desde el vínculo teoría-metodología) es el elemento cardinal que cohesiona el recorrido; pero que también resignifica los posibles puntos de llegada. De esta forma los estudios literarios se articulan en una dimensión teleológica y comienzan a marchar hacia la consecución de un proyecto investigativo que tendrá como origen, naturaleza y consecuencia el interés de interpretación, comprensión y crítica en torno al producto literario que es a un mismo tiempo objeto de estudio e instancia de apreciación.

Los estudios literarios serían el fundamento de las tramas investigativas, el cruce y funcionamiento de ambos se da desde la comprensión hermenéutica, la cual también se constituiría en el resultado de este circuito para aproximarnos al estudio de un texto literario, cuyo examen se daría desde un interés de rigurosidad y amplitud que no deja de reconocer el carácter inacabado, flexible y complementario de todo proceso investigativo en ciencias humanas; y que tampoco, descuida el valor afectivo y emocional que condiciona todo acercamiento a la obra artística literaria.

La Figura 1 nos permite concluir estas ideas y ver, en un todo articulado, el funcionamiento de los estudios literarios en relación con diversas tramas que operan para concretar el proceso investigativo en literatura, todo ello mediado y puesto en funcionamiento a partir de diversos ámbitos que concretizan la comprensión hermenéutica.

 

Figura 1. Propuesta de investigación literaria desde el cruce con los estudios literarios a partir de puentes epistémicos desplegados por la comprensión hermenéutica.

Fuente: Elaboración propia.

 

El texto es un fragmento de vida prefijado por la escritura, el cual proyecta varios sentidos y significados. Su comprensión e interpretación se expresa en lenguaje desde la doble articulación: como producto lingüístico y como mundo posible entendible también desde el terreno lingüístico.                     Sin embargo, la vida que contextualiza y resignifica los ámbitos comprensibles, es también una instancia de interpretaciones permanentes. La realidad de la vida al igual que la realidad del texto son escenarios mediados, cohesionados, integrados, transversalizados, comprensibles e interpretados solo desde el lenguaje. Ricoeur (2008) al referirse a la interpretación afirma que esta:

Es el trabajo del pensamiento que consiste en descifrar el sentido oculto en el sentido aparente, en desplegar los niveles de significación implicados en la significación literaria… hay interpretación allí donde hay sentido múltiple, y es en la interpretación donde la pluralidad de sentidos se pone de manifiesto… la interpretación parte de la determinación múltiple de los signos (pp. 17-18).

Esta definición no solo clarifica el circuito interpretación (descifrar sentido)/ comprensión (conocer-ser-estar), sino que evidencia la importancia del lenguaje como herramienta mediadora de este tránsito y como pieza fundamental de creación, apreciación, posesión y expresión de los mundos recogidos en el texto literario y de las formas que, desde la vida, permiten la resignificación de los horizontes posibles de lecturas proyectados por este. Dice Ricoeur (ob. cit.) “es el lenguaje donde el cosmos, el deseo y el imaginario acceden a la expresión; siempre es necesaria una palabra para retomar el mundo” (p. 18).

Es evidente el vínculo con Heidegger (1998) quien afirma “el lenguaje es la casa del ser” (p. 9). Estas referencias permiten considerar que el lenguaje sirve para desnudar los sentidos, uno primario y literal; y otro, figurado, espiritual, existencial, ontológico, es aquí donde el ser es en sí mismo cuando interpreta y se interpreta, cuando comprende y se comprende, cuando escribe el mundo y se escribe para sí en ése mundo, en fin,  cuando el ser se hace en sí mismo un tejido de apreciación y estudio, de texto y discurso a partir de las coordenadas lingüísticas y, dentro de estas, las literarias que fraguan tanto la condición humana proyectada por la obra como su vínculo con la emoción y experiencia que constituyen el fuero íntimo.

Ricoeur y Gadamer coinciden entonces en que el texto conforma un todo que proyecta y desmonta al mundo. De allí que lo estético teje un tapiz ficcional y emocional en el que espejean imágenes y visiones de una realidad transformada con los mismos impulsos en que se mueve el mundo y la vida. Esto se convierte en un verdadero reto para el examen de los estudios literarios como elementos fundamentales para el desarrollo de un ejercicio investigativo que se articula, funciona y produce significados solo desde una comprensión hermenéutica.

Todo producto literario vertido en discurso investigativo, en cierto modo, cristaliza, articula o condensa el contenido de la vivencia (Gadamer, ob. cit.), o como afirma el mismo Ricoeur (1991) que el hecho literario al constituirse como registro simbólico privilegiado de la cultura, se precisa mediador, en virtud de que el lector se acerca a la historia de su propia vida y a la realidad de su entorno. Puede comprenderse a sí mismo tanto individual como colectivamente. Al respecto Valdés (1998) afirma lo siguiente:

Esa alternancia entre comprensión y explicación que Ricoeur define como la base de la interpretación desde la publicación de Le conflit des interprétations (1969) tiene un fundamento constitutivo de una teoría de la literatura, y es que explicar más es comprender mejor… No sólo interpretamos textos como parte del proceso de hacernos al mundo sino también para compartir nuestras interpretaciones; y al compartir tenemos que explicar. El texto, como los acontecimientos de nuestra vida, se interpreta y ésta interpretación se hace a través de una dialéctica de explicación y comprensión. La materia de interpretación es la relación de referencia al mundo, de comunicación entre sujetos hablantes y de la reflexión de sí mismo del lector (pp. 58-59).

Hermenéuticamente hablando, Ricoeur (1969) considera que el acto de comprender es un proceso auto-configurativo que le permite al lector/investigador comprenderse/apropiarse de la propia vida a través de un mundo que no es real pero que se constituye en posibilidad para la apropiación del mundo del texto ante el texto mismo, y con ello, apropiarse además de lo cotidiano circundante a partir de la referencialidad del discurso.

Específicamente en el texto literario lo apreciativo e investigativo como ámbitos de complementariedad, no solo se cohesionan con los momentos problematizadores, teóricos, metodológicos y propositivos; sino que la articulación deseada entre todos esos ámbitos a través de la consistencia argumentativa, subsiste gracias a una coherencia discursiva que se convierte en encuentro y concretud tanto de los estudios literarios como de todo el carácter procesual de la investigación y por ende de la emocionalidad del sujeto investigador con la cual ha transitado, construido y edificado todo el trasiego epistémico que le permite aproximarse desde la racionalidad  y el afecto al texto literario.

 

 

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¿Cómo citar este artículo?

Illas, W. (Enero-junio, 2017). Repensar el estatuto epistemológico de los estudios literarios a partir de la comprensión hermenéutica: La apreciación como visión de la investigación en literatura. Revista humanidades, 7(1), 1-72. doi: http://dx.doi.org/10.15517/h.v7i1.27645

 

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