https://revistas.ucr.ac.cr/index.php/antropologiaCuadernos de Antropología ISSN Impreso: 1409-3138 ISSN electrónico: 2215-356X

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Valorizando los efectos de las emigraciones y las remesas: Una comunidad costarricense ante la (re)estructuración de jerarquías de género y clase

 

 

Leila Rodríguez

 

Departamento de Antropología, Universidad de Cincinnati, Cincinnati, Estados Unidos

leila.rodriguez@uc.edu

 

 

 

Resumen: Este artículo se basa en una investigación descriptiva sobre la percepción que tienen los residentes de un pueblo rural en Costa Rica sobre el efecto de la emigración internacional en su comunidad. En particular, examina la economía moral –las valoraciones morales de miembros actuales de la comunidad ante los cambios socioeconómicos que las emigraciones conllevan. Basado en entrevistas cualitativas con no-migrantes y migrantes de retorno, los resultados demuestran que el patrón migratorio con mayor aceptación por parte de la comunidad es el temporal, de corto plazo, y que genere remesas que sean invertidas en actividades productivas en la comunidad. Se concluye que la economía moral desarrollada reproduce el guion idealizado de una comunidad rural igualitaria (re)producida por la familia tradicional.

Palabras clave: Economía moral; migraciones internacionales; cambio social; remesas; cambio rural.

 

Evaluating the effects of emigration and remittances: A Costa Rican community in the face of restructuring class and gender hierarchies

Abstract: This article is based on a descriptive research project about the perception that residents of a rural Costa Rican town have about the effects of international migration on their community. Specifically, it examines the moral economy – the moral evaluation that current community members make in the face of the socioeconomic changes that emigration brings about. Based on qualitative interviews with non-migrants and return migrants, the results show that the most widely accepted migratory pattern is temporary, short-term, and that generates remittances that are invested in productive activities in the community. I conclude that the moral economy developed reproduces the idealized script of an egalitarian rural community reproduced by the traditional family.

Keywords: moral economy; international migration; social change; remittances; rural change.

 

 

 

Introducción

 

Este artículo se deriva de una investigación en un pueblo rural del cantón de Pérez Zeledón, Costa Rica. Realicé entrevistas con no-migrantes (individuos que no han residido en el extranjero) y migrantes de retorno (individuos que habitaron en el extranjero y en el momento de la investigación habían regresado a vivir en el pueblo) para entender sus percepciones sobre cómo la emigración internacional y las remesas (envíos de dinero de los emigrantes a sus familias) han alterado la comunidad. En particular, en este artículo examino qué valores les asignan a distintos comportamientos migratorios y remeseros, y por qué.

 

Según el Censo Nacional de Población del 2011, casi un 10 % de los emigrantes de Costa Rica origina de un solo cantón: Pérez Zeledón (PZ). En esta región, que tradicionalmente ha producido café, la emigración internacional ha sido una estrategia empleada por los hogares campesinos como seguro ante las frecuentes fluctuaciones en el precio internacional del café, así como de cambios en la producción, causados por factores ambientales.

 

En este artículo, empleé el concepto de la economía moral para examinar los preceptos morales que la comunidad ha creado para regular el comportamiento individual asociado a la migración y a la generación y consumo de remesas. Basándome en las entrevistas cualitativas, concluí que los cambios en las jerarquías de género y clase causados por la emigración son asociados con varios resultados negativos; asimismo, la comunidad ha generado una economía moral normativa para regular el comportamiento individual y asegurar la inversión de los emigrantes en la producción y reproducción social de la comunidad.

 

 

Metodología

 

Este artículo se deriva de entrevistas realizadas en Pérez Zeledón, en un pueblo localizado en el distrito de Rivas, aproximadamente a 10 kilómetros de la ciudad de San Isidro de El General. Rivas es uno de los distritos de Costa Rica con mayor porcentaje de emigración (Rodríguez, 2014). Este alberga varios pueblos, y entre todos ellos la población total suma poco más de 6 500 personas (INEC, 2012). Por tratarse de una comunidad pequeña, para mantener la privacidad y anonimidad de sus residentes, no utilicé el nombre del pueblo específico en este artículo y remplacé los nombres de las personas por pseudónimos. La zona se caracteriza por su carácter rural, donde la población se dedica principalmente a la actividad agropecuaria, en particular la siembra de café, además de otros cultivos y a la ganadería lechera. Dada su cercanía al Parque Nacional Chirripó, poco a poco ha aumentado también el desarrollo del turismo en este distrito.

 

Durante un mes, realicé 25 entrevistas cualitativas con miembros de la comunidad para conocer sus opiniones acerca de los efectos de la emigración internacional en su comunidad. De esas 25 entrevistas, 14 las efectué con migrantes de retorno (todos hombres), y 11 con no-migrantes (todas mujeres). La mayoría de los migrantes de retorno se dedicaban a la agricultura al momento de su partida, con la excepción de cuatro hombres quienes trabajaban como cocinero, en una fábrica de muebles, profesional en una cooperativa, y en ventas. Las otras 11 entrevistas las ejecuté con mujeres que nunca han emigrado. Una de ellas es maestra, y las demás se autodenominan amas de casa o consideran que se dedican a la agricultura; de igual manera que sus esposos u otros familiares. De las 11 no-migrantes entrevistadas, 9 tenían familiares inmediatos (hijos o hermanos) en Estados Unidos. Todas conocen otras personas de la comunidad que han emigrado.

 

La mayor parte de las entrevistas las efectué a modo de conveniencia: recorrí las calles del pueblo en la mañanas y de nuevo en la tardes, y toqué las puertas de todas las casas que pude abarcar. Cinco de los entrevistados fueron referidos por otras personas.

 

 

Pérez Zeledón como foco de las emigraciones costarricenses

 

A pesar de no ser tan extensa como la de otros países en la región centroamericana, la emigración internacional costarricense es cada vez más reconocida. Estimaciones actuales calculan que más de 125 000 costarricenses viven en el extranjero (Banco Mundial, 2010; Brenes, 2011), de una población total de unos 4,8 millones de habitantes.

 

Las siete provincias del país se subdividen en 81 cantones y 473 distritos. Según el Censo Nacional de Población del 2011, el 65 % de todos los emigrantes costarricenses proviene de tan solo 20 cantones. Estos corresponden a tres regiones: la Gran Área Metropolitana (GAM), las ciudades cabeceras de provincia (excepto Liberia, Guanacaste) y las zonas sureñas productoras de café, incluyendo el cantón de Pérez Zeledón (Rodríguez, 2014). La importancia de las zonas cafetaleras como fuente de la emigración costarricense ha sido documentada en múltiples estudios (Brenes, 2011; Vargas, 2004). No es sorprendente que gran parte de la emigración costarricense provenga de allí.

 

El café es el cultivo mediante el cual el país se insertó en la economía global durante la primera mitad del sigo XIX. Transformó el uso y distribución de la tierra en el territorio nacional, creó una élite de dueños de beneficios y exportadores, pero también una clase media de agricultores y un sector de campesinos sin tierras que trabajaban como jornaleros (Sick, 2008b). Se cultivó primero en el Valle Central, y se fue expandiendo por todo el territorio nacional. A Pérez Zeledón llegó relativamente tarde, cuando el gobierno invirtió en carreteras y otra infraestructura para aliviar la presión poblacional en los valles centrales (Sick, 1997).

 

En 1989, la Organización Internacional del Café (OIC) no logró reanudar su acuerdo sobre la compra y venta de este, lo cual resultó en un mercado inestable y cada vez más competitivo, y en precios más bajos para los agricultores (Babin, 2012; Sick, 1997; Weese, 2008). En Costa Rica, las estrategias adoptadas por los agricultores para enfrentar esta inestabilidad incluyen la participación en redes de comercio justo y la adopción de técnicas de producción agroecológicas (Babin, 2012). Hay poca evidencia de que el comercio justo haya mejorado significantemente las condiciones para los agricultores (Babin, 2012; Sick, 2008a), y la intervención estatal, particularmente en la reducción de los costos de los insumos externos, ha tenido un efecto más positivo (Babin, 2012). Mientras que dichas estrategias se emplean para perpetuar la producción cafetalera, otras alternativas se continúan explorando, incluyendo la diversificación de cultivos, búsqueda de trabajo asalariado, establecimiento de pequeñas empresas, y la emigración internacional (Sick 2008a; Sick 2008b). Los cambios que afectan a estas comunidades no parecen detenerse: una mayor contracción del sector cafetalero es probable debido a los efectos del cambio climático en el mundo. Un estudio reciente en Tanzania, por ejemplo, comprobó que incluso un leve aumento en la temperatura es asociado con una reducción en el rendimiento de las plantas de café (Craparo et al., 2015).

 

 

Migraciones transnacionales y (re)estructuración de género y clase

 

Las comunidades que son afectadas por las migraciones internacionales constituyen espacios transnacionales donde las jerarquías de clase y género, entre otras, son producidas, reproducidas, contestadas y negociadas (Caamaño, 2012). En parte, estos cambios son afectados por lo que Levitt (1998) llama las “remesas sociales”, o las ideas, comportamientos, identidades y capital social que fluyen de las comunidades recipientes de inmigrantes a las comunidades expulsoras. Estas remesas son transmitidas por los inmigrantes durante las conversaciones telefónicas con sus familiares, los viajes de visita, o cuando regresan de nuevo a vivir en sus comunidades de origen. Sin embargo, no todos los cambios se deben a las remesas sociales.

 

Cuando las personas emigran, el vacío que dejan en su comunidad obliga a quienes permanecen a reestructurar sus vidas. El mismo acto de salir físicamente de la comunidad, así como la distribución desigual de las remesas financieras, afecta también la reconstitución de estas jerarquías de género y clase. Los intercambios entre personas geográficamente distantes ocurren en unión con construcciones culturales intersubjetivas (Caamaño, 2013). Una de estas construcciones intersubjetivas se relaciona con un sistema normativo que define, al enfrentarse a esta circulación de personas y remesas, qué comportamientos asociados al emigrar (y al no-migrar), y al envío y uso de remesas financieras se consideran correctos y cuáles son negativos.

 

En el resto del artículo empleo el marco de economía moral para examinar cómo la comunidad de Pérez Zeledón estudiada construye un sistema moral para regularizar los efectos de las migraciones.

 

 

Economía moral

 

La primera (y más citada) articulación del concepto de economía moral remonta al historiador británico E. P. Thompson (1971), aunque el término ya había sido empleado desde mediados del siglo XIV cuando en Europa Occidental se separó conceptualmente la moralidad de la noción de economía (Götz, 2015). Thompson (1971) definió la economía moral como un consenso tradicional de derechos comunales que fueron arrasados por las fuerzas de mercado (Götz, 2015). La conceptualización contemporánea sobre la relación entre economía y moralidad se ha desarrollado desde entonces de una forma dicotómica. Por un lado, hay quienes afirman que la moralidad de la elección individual está dominando en tanto que la globalización y la tecnología van disminuyendo las desigualdades históricas de oportunidad (Friedman, 2005); por otro, hay quienes argumentan que las economías neoliberales excluyen toda noción de moralidad y permanecerán así al menos que se haga un reenfoque deliberado de medidas de crecimiento económico a medidas de capacidades humanas y otras libertades (Sen, 1999). ¿Cómo reconciliar visiones tan dispares de la relación entre la moralidad y economía?

 

Una definición más amplia de la economía moral, aparte de la de Thompson (1971), permite analizar la relación entre economía y moralidad desde un nivel micro que tome en cuenta la experiencia vivida de las comunidades las cuales enfrentan los cambios económicos. Como herramienta analítica, la economía moral integra el análisis histórico con la percepción que las comunidades tienen de ellas mismas, resalta las variables político-culturales que median entre la estructura económica y las formas de accionar en sociedades las cuales se pueden definir con amplitud como rurales (Flórez, 1991).

 

Cabe resaltar que los términos “economía” y “moralidad” pueden a la vez definirse de muchas maneras. Para efectos de este análisis, defino la economía como los sistemas de (re)producción, distribución y consumo en la sociedad, y adopté la definición de Sayer (2004) de lo moral en cuanto a ser lo que concierne las normas, convenciones, valores, disposiciones y compromisos con respecto a lo que es justo y constituye buen comportamiento.

 

En mi análisis, seguí la caracterización de Lubkemann (2005) de la economía moral, en la cual:

1. Distintos valores son asignados a distintos comportamientos.

2. Estos valores miden la conformidad con lo que es socialmente prescrito como ideal.

3. La determinación de cada medida es socialmente contestada y negociada.

4. La asignación de valor tiene consecuencias para los actores sociales: les permite o restringe sus posibilidades de acceder a interacciones sociales y disponer de recursos sociales o materiales.

5. Los actores sociales son altamente sensibles a estos sistemas de transacción y los toman en cuenta al formular sus estrategias y realizar sus actos.

 

 

Resultados

 

En esta comunidad, el patrón más común ha sido que los hombres, solteros o casados, emigren solos. En algunos casos, la familia nuclear entera emigra, y en otros, la esposa e hijos emigran temporalmente y regresan a Costa Rica antes que el hombre. Es común que los varones envíen remesas financieras a sus esposas o, en algunos casos, a sus madres. No encontré ninguna instancia de un hombre remitiendo a padres, hermanos, hijos u otro hombre.

 

Se sabe que las remesas constituyen inversiones en relaciones sociales (Cliggett, 2005a) y no simplemente transferencias financieras o de mercancías. Incluso en contextos donde se crea poco excedente, los inmigrantes remiten pequeños regalos como estrategia para desarrollar alianzas sociales que ofrecen protección en ambientes socioeconómicos volátiles e impredecibles (Cliggett, 2003, 2005a, 2005b).

 

En Pérez Zeledón, el acto de remitir no satisface por sí mismo lo que la comunidad considera como la inversión social adecuada por parte de los emigrantes. La ausencia física de padres y otros modelos a seguir masculinos es asociada por la comunidad con cambios indeseados en la división de género de la producción y reproducción social de la comunidad. Asimismo, la recepción desigual de algunos hogares en cuanto a remesas financieras se percibe como responsable de crear brechas socioeconómicas que llevan a diversos problemas sociales. Es en este contexto que utilicé el marco de Lubkemann (2005) para examinar cómo los miembros de la comunidad determinan qué constituye el comportamiento migratorio y remesero adecuado y por qué lo asocian con cambios en las jerarquías locales de clase y género.

 

Los miembros de la comunidad comparten ampliamente los valores asignados a distintos comportamientos migratorios y remeseros. La emigración temporal y a corto plazo es preferida sobre la migración a largo plazo y permanente, o de duración abierta y desconocida. La emigración debe realizarse con una meta específica en mente, particularmente la compra de tierras o para pagar una hipoteca. La aventura no se considera una razón válida para abandonar la comunidad, y aunque se reconoce que los ahorros o préstamos familiares son necesarios para financiar el viaje, vender propiedades por ese motivo se considera un error. Como afirmó una señora de la comunidad, ama de casa quien vive en el pueblo desde niña,

 

Para ir (a los Estados Unidos) terminan perdiendo lo poco que tienen aquí, o lo venden. Venden todo, se van, y cuando regresan para poder tener un techo tienen que comprar otra casa. O lo logran o no, tiene poco sentido (Amalia Moya, comunicación personal, 2 de setiembre de 2010).

 

Existe la expectativa de que los emigrantes remitan o ahorren sus ganancias, y las utilicen con el fin originalmente propuesto de asegurar terrenos o casas. Los arreglos y mejoras a los hogares se perciben como beneficiosos para la comunidad, pero gastar las remesas en bienes de consumo excesivamente lujosos se considera presumido y como algo que incentiva lo que Stark y Taylor (1991) llaman la “privación relativa”; es decir, el estatus social inferior de una familia, no según algún término absoluto, sino en comparación con un grupo de referencia particular. Los hogares con mayor acumulación material hacen que los otros hogares reconsideren su situación socioeconómica.

 

Quienes no emigran y permanecen en la comunidad también son sujetos a expectativas conductuales. En particular, de las mujeres cuyos esposos emigran se espera que se mantengan sexual y emocionalmente exclusivas a sus esposos, y que esperen su retorno indefinidamente. Malgastar las remesas sin el permiso del remitente y formar una nueva relación romántica se consideran pésimos comportamientos.

 

Luz es ama de casa y no tiene familiares inmediatos que hayan emigrado, pero conoce muchas otras personas cuyos familiares sí lo han hecho. Ella recordó varios ejemplos de matrimonios que se disolvieron y estructuras familiares que se desintegraron o (siguiendo a Caamaño [2013]), se “reconfiguraron”:

 

Hay un hombre aquí que se fue con la esposa y una chiquita, creo… tal vez dos. Eventualmente regresaron. ¡Pero ahora no puede ni ir a su casa porque ella metió a otro hombre ahí! Él tiene que ver dónde come, dónde duerme. Es como si ir allá (Estados Unidos) a ellas se les mete ideas de que todo es igual (Luz Mora, comunicación personal, 27 de agosto de 2010).

 

Los valores asignados a las acciones tanto de los emigrantes como los no-migrantes dependen de qué tanto cada comportamiento refuerza el guion ideal de esta comunidad donde ha resistido en cierta forma el cambio y resiente la rapidez con la que ha ocurrido. Los miembros de la comunidad valoran su reproducción social en la cual la estructura familiar tradicional permanece intacta, y hay inversión en la comunidad mediante la construcción de viviendas, adquisición y mantenimiento de tierras, y producción rural agrícola o ganadera. Como se mencionó anteriormente, la producción cafetalera en Costa Rica, además de producir las élites que se desarrollaron en otras regiones centroamericanas, también creó una clase media de agricultores con una distribución de tierras relativamente igualitaria. El programa estatal “Regreso a la Tierra” de 1982 que distribuyó grandes áreas pertenecientes al gobierno a los pequeños agricultores contribuyó a este fenómeno (Poder Ejecutivo, 1983). Miguel, administrador en la cooperativa más grande de la zona, explicó:

 

Esta región ha tenido una de las mejores distribuciones de tierras si se compara con otras. A veces la distribución de tierras se concentra en una persona. Aquí, la mayoría de la gente, un 85 % de nuestros asociados, tiene en promedio 2 hectáreas de tierra, es nuestro promedio (Miguel Campos, comunicación personal, 31 de agosto de 2010).

 

El guion ideal del agricultor tradicional es visto como clave para rescatar este estado relativo de igualdad social. Walter, empleado de una cooperativa de unos 50 años de edad, sostiene que antes de la emigración internacional extensa que hoy se ve en la zona, la jerarquía social en la comunidad entre un número pequeño de rancheros y terratenientes adinerados y el resto la población campesina era aceptada y estable:

 

Esto empezó como un pueblo campesino de buenas costumbres, la gente vivía bien dentro de sus posibilidades, había buenas relaciones entre los que tenían plata y los que no, la sociedad estaba balanceada. Ahora no existe ese balance porque la gente quiere tener el mismo nivel que los demás, y como no pueden, recurren a la violencia, o el robo o las drogas. Antes, la sociedad vivía más en paz porque todos se ajustaban a las cosas como estaban, y uno progresaba poco a poco. Pero ahora la gente quiere progresar de un solo golpe. Había millonarios, sí, porque tenían plata por una herencia o tomaron las primeras tierras, o tenían ganado, y tenían buenas relaciones con los demás (Walter Valverde, comunicación personal, 31 de agosto de 2010).

 

El punto de vista de Walter demuestra que, si bien se puede debatir qué tan igualitaria ha sido la estratificación socioeconómica en esta zona, en la mente de muchos de sus residentes ese balance existía y se ha convulsionado.

 

A pesar de esta visión ideal de la comunidad, se reconoce que la economía política local, nacional, y global no satisface las necesidades de los miembros de la comunidad. Los caficultores enfrentan precios inestables e intentos de diversificar cultivos poco exitosos. Una pareja detalló lo difícil que ha sido subsistir del café, y cómo sus intentos de suplementar los ingresos con la siembra de plátanos no ha mejorado su situación. Como explicó Sandra, la esposa:

 

Vendemos el café a la cooperativa y después de pagar los peones no queda mucho. Nos pagan como 1 000 colones por fanega, digamos, usted echó 100 fanegas, le dan 100 000 colones, pero de ahí imagínese… Cuando llega la plata, ya se está debiendo por otro lado, ¿ve? Mi esposo trabajó con plátano también. Pero usted va y vende el plátano, por ejemplo, vale 100 colones. Algunos lo pagan a 50 colones, pero si usted va y lo compra en el mercado, cuesta como 300 colones. Mi hija ha comprado a 250 colones cada plátano, a nosotros no nos pagan, ¿ve, entiende? Mi marido, como dice, “se agüeva” (Sandra Rodríguez, comunicación personal, 25 de agosto de 2010).

 

Yendry, cuya familia ha cultivado el café por generaciones, explicó que la tenencia de tierra ya no es garantía de sustento económico:

 

La mayoría de la gente aquí tiene tierras, son muy pocos los que tienen que trabajar de jornaleros porque no tienen nada. Pero el café no vale nada y ahora son los indios que vienen a recoger el café, nadie más lo hace, y nos deja muy poca plata (Yendry Soto, comunicación personal, 3 de setiembre de 2010).

 

Los miembros de la comunidad también mencionaron las dificultades que enfrentan al comprar casa o pagar hipotecas, como Miguel, quien dice haber emigrado a los Estados Unidos porque “tenía una hipoteca que me consumía un 40 % o 60 % de mi sueldo y era un préstamo a 20 años”. La educación con frecuencia se considera un medio de movilidad social, pero en esta comunidad, o es difícil de acceder [ “Aquí no hay colegio, hay uno en el próximo pueblo (...) aunque la mayoría de los que terminan la escuela van al colegio, solo un 20 % termina”, mencionó una señora que se dedica junto con su esposo al café], o se considera que da formación a estudiantes que no se pueden emplear localmente. Carla, ama de casa, reflejó este sentimiento al discutir la situación de su familia:

 

(Mi esposo y yo) estamos aquí luchando a ver si (los hijos) salen buenos para estudiar. Aunque estamos viendo, que ahorita de nada está valiendo el estudio, porque si usted se da una vuelta por estos alrededores se encuentra por lo menos 20 bachilleres que están de brazos cruzados porque no hay trabajo (Carla Camacho, comunicación personal, 22 de agosto de 2010).

 

En este contexto, donde algunas alternativas al café no producen los efectos deseados, las hipotecas son caras, y la educación tampoco parece ser una solución, se reconoce que las circunstancias no permiten la adhesión al estilo de vida tradicional, y que la emigración internacional puede ser una solución temporal a estas limitaciones. Ya que es vista como una solución temporal al ideal de producción y reproducción social tradicional, se considera que la emigración debe ser temporal, a corto plazo, y realizada con una meta financiera específica en mente. Los emigrantes cuyos viajes son de corto plazo y quienes remiten sus ahorros cumplen efectivamente con sus obligaciones familiares y comunales, y quienes permanecen en la comunidad, en particular las esposas, deben reciprocar protegiendo esos ahorros y manteniéndose sexual y emocionalmente exclusivas a sus esposos.

 

Hay ejemplos de quienes cumplen con este guion ideal en la comunidad. Mireya, maestra escolar en un pueblo vecino, cita con orgullo la experiencia de su hijo como un ejemplo positivo de cómo la emigración puede ser una herramienta para que las familias y la comunidad superen sus retos:

 

Mi hijo mayor se fue a Canadá, y al poco tiempo se fueron la esposa y los dos hijos y se quedaron seis años. Ahora es ciudadano y gana bien. Incluso construyó una casa aquí (en el pueblo). Su esposa ahora está aquí con los niños y él viene a visitar cada seis meses. Dice que en tres años ya se va a regresar de fijo y va a abrir un negocio de lo que él hace allá (instalación de muebles de granito) (Mireya Granados, comunicación personal, 18 de agosto de 2010).

 

Josué, quien antes de emigrar trabajaba en una fábrica, también considera su situación como un modelo a seguir:

 

Creo que yo lo hice de la forma correcta. Me fui, ahorré, regresé, mis hijas fueron al colegio, compré más propiedades, tengo mis carros, maquinaria… creo que lo hice bien. Pero sabe, lo más importante es que los años que me fui mi familia y mi matrimonio estuvieron bien (Josué Chévez, comunicación personal, 20 de agosto de 2010).

 

A pesar de estos ejemplos de comportamientos migratorios y remeseros que se adhieren al ideal de la comunidad, fueron los ejemplos de personas quienes se alejaron del guion ideal lo que dominó mis conversaciones con los migrantes de retorno y los no-migrantes. Quienes regresaron después de un periodo de migración se quejaban de que los que no emigran no entienden lo difícil que es ganarse la vida en los Estados Unidos. Los viajes cortos se prolongan cuando los ahorros no se acumulan como se anticipó, e inevitablemente para algunos, el tiempo prolongado en el extranjero lleva al establecimiento de nuevos lazos románticos y familiares. Ramón es un hombre que trabajaba como cocinero antes de emigrar. Él explicó cómo su viaje de un año se convirtió en cinco:

 

Yo lavé platos, trabajé en una fábrica, trabajé en una panadería… en cinco años uno va viendo dónde le pagan más para poder regresarse lo más rápido posible. Originalmente yo me quería ir por un año. Cuando uno está aquí (en Costa Rica) uno dice que si gana $2 000 al mes, son $24 000 al año. Y dice “¡Uy sí, me voy de una vez!”, pero una vez que llega a los Estados no es tan así, es distinto, empezando por el problema del idioma, los sueldos no son tan buenos como le hacen creer a uno, apenas usted llega lo explotan, gana el sueldo mínimo o menos, pasa un año, y usted es buen trabajador pero no le dan aumento, y cuando se da cuenta, ya pasaron cinco años (Ramón Cruz, comunicación personal, 17 de agosto de 2010).

 

Tanto los no-migrantes como los migrantes de retorno recontaron historias de esposas y en algunos casos, madres, que malgastaron las remesas, algunas al punto que al regresar el emigrante, no quedaba nada de sus ahorros. Esto le sucedió a Melvin, un migrante de retorno quien remitía su dinero a su esposa:

 

Yo le mandé a mi esposa toda mi plata por Moneygram y se la robó. Yo quería abrir un negocio aquí. Le mandé como ȼ29 000 000 de colones porque en los Estados no se puede dejar uno plata. Apenas uno tiene plata la manda, porque si lo agarra la migra la plata se queda. Mi esposa todavía está en la casa pero se gastó la plata y ahora alquilo esta pulpería (Melvin Carvajal, comunicación personal, 29 de agosto de 2010).

 

Nancy, quien creció en la comunidad, concuerda que esto sucede con frecuencia:

 

Los que se quedan aquí a veces desperdician la plata. Claro que algunos de los que se van también desperdician la plata allá. Y cuando alguien sí es responsable, todo el mundo le anda pidiendo plata (Nancy Gamboa, comunicación personal, 16 de agosto de 2010).

 

Si bien tanto hombres como mujeres son partícipes del juicio severo de las mujeres que malgastan las remesas o que participan en relaciones extramaritales, ellas también resaltaron las dificultades enfrentadas cuando deben cumplir con todas las actividades productivas y reproductivas del hogar al irse los esposos. Carmen describió los efectos de la ausencia de su hermano en su familia:

 

Hace nueve años que mi hermano se fue y perdió el matrimonio. No regresa porque… bueno digamos que hizo su vida allá. La esposa también, pero tienen hijos que están sufriendo y eso nunca se va a arreglar. Es muy difícil porque se va su esposo y usted tiene que mantener la casa, la finca, todo. Cuando mi hermano, se fue por un tiempo tenían un jornalero que hacía el trabajo, pero no es lo mismo. Lo que ellos (quienes emigran) hacen lo afecta a uno (Carmen Zúñiga, comunicación personal, 21 de agosto de 2010).

 

Yorleni, quien junto con su esposo se dedica al cultivo de café, también discutió el aumento del trabajo de la mujer y los nuevos roles que deben tomar:

 

Cuando se fue mi esposo, las temporadas de cogida para mí eran trágicas. Hay veces que uno no sabe si hay café, hay que buscar quién jale el café, quién entregue el café, porque uno no se va a ir a hacer eso, y peones, y uno tiene que estar pendiente de todas esas cosas. Cuando él se fue, yo era quien pagaba todas las jaranas de él, yo me entendí con quien él le había quedado debiendo. Todo son cosas que se le vienen a uno (Yorleni Esquivel, comunicación personal, 22 de agosto de 2010).

 

Yendry reconoció que no se puede esperar que las mujeres esperen indefinidamente el regreso de sus esposos, quienes con frecuencia vuelven a emigrar al poco tiempo:

 

Mi hermana, su hijo tiene 17 años, el esposo se le fue a los Estados y nunca regresó. Haga cuentas, el hijo tiene 17 ahora y tenía tres años cuando el papá se fue. Y uno se pregunta, ¿dónde está? Nunca regresó, se quedó allá y la gente dice que tiene hijos y todo, y mi hermana aquí sola con el hijo… Se cansó de estar sola y se buscó otro hombre y ahora tiene una chiquita de tres años, pero usted no tiene idea de cuánto sufrió esa pobre. Y el papá de la chiquita tampoco le ayuda mucho… también hay una vecina allá abajo, ella tiene a su esposo en los Estados y lo único que él hace es tomar guaro. Ella dice que ya ni lo está esperando, la misma cosa, él abandonó la familia y ella está sola. Es jovencita y muy bonita y todo, pero él se fue (Yendry Soto, comunicación personal, 3 de setiembre de 2010).

 

Si bien la emigración dominada por hombres refuerza algunas normas de género tradicionales (los hombres se van, las mujeres se quedan), es evidente que también las altera, al tomar ellas múltiples roles en la producción que anteriormente no desempeñaban. Para algunas, estos nuevos roles en la producción se extienden a cambios en la reproducción, aunque con menor aceptación por parte de la comunidad. Los roles de los hombres también han cambiado. A pesar de que quienes remiten su dinero cumplen con sus obligaciones como proveedores, a la ausencia de la figura paterna en el hogar se le culpa de lo que la comunidad considera como una crisis que afecta a los niños y adolescentes. Como contó Andrea, ama de casa cuyo esposo se dedica a varios cultivos,

 

¡Ay cholitica! Si yo le contara…yo no lo he visto pero la gente dice que se puede contar con una mano el número de chiquillos aquí que no usan drogas, que todo está perdido de droga. Uno se asusta cuando le cuentan de otros muchachitos, digamos. Por ejemplo yo voy al centro, yo llevo a la chiquita al centro, y yo veo que hay tres sentados allá en el corredor del salón, y usted se pregunta ¿dónde está el papá? En los Estados Unidos. No trabajan, usan droga, no se sabe cómo usan droga, pero usan droga y entonces ahí está el resultado de Estados Unidos (Andrea Mesén, comunicación personal, 2 de setiembre de 2010).

 

Ninguna persona entrevistada relacionó la situación de los niños y adolescentes con la inhabilidad de las mujeres de disciplinar a sus hijos. Se considera que la responsabilidad recae exclusivamente sobre el hombre: “Uno no escucha a la mamá como al papá, siempre es el papá quien pone la mano dura en casa”. Ericka, ama de casa, comentó sobre su hermano:

 

Un hermano mío se fue hace nueve años y su matrimonio se deshizo. Mis sobrinos están molestos, odian a su papá, se rehúsan a hablarle. Estas molestos y se portan mal. Muchos adolescentes aquí usan drogas, no les importa nada. ¿Cómo hace uno para que los hijos se porten bien si no hay un hombre en la casa? Yo tengo suerte. Mi esposo no se quiere ir (Ericka Salas, comunicación personal, 5 de setiembre de 2010).

 

No solo las mujeres recalcaron la importancia de la figura paterna en el hogar. Róger, un migrante de retorno, recordó su experiencia:

 

Hace tiempo yo le decía a la gente que se fuera (a los Estados Unidos). Yo me fui hace como tres años y me quedé seis meses. La primera vez que fui fue en 1988 entonces por dicha yo tenía experiencia y fue más fácil encontrar trabajo. Pero ahora no se lo recomendaría a nadie. Digamos que uno gana mucho dinero pero pierde valores familiares. Mi hija menor siempre se queja, me dice que las veces que más me necesitó yo no estaba. Sabe que un día estaba llorando, diciéndome que cuando hizo su Primera Comunión, su “quinceaños”, cuando se graduó de sexto grado, yo me perdí todo eso (Róger Gómez, comunicación personal, 24 de agosto de 2010).

 

Alejarse del guion ideal tiene consecuencias para todos los involucrados, incluyendo ser culpado de los problemas de la comunidad, ya sean causados por los padres ausentes que se quedaron demasiado tiempo en el extranjero, abandonando a sus familias financiera o emocionalmente, o por esposas que malgastaron las remesas y traicionaron a sus esposos.

 

 

Conclusiones

 

Las migraciones internacionales afectan a las comunidades expulsoras de al menos dos formas: por el vacío que dejan quienes emigran, y por la recepción de remesas financieras y sociales por parte de algunos miembros de la comunidad. Los cambios producidos por estos procesos son sujetos a la valoración por parte de la comunidad, la cual construye una economía moral normativa para determinar cuáles comportamientos migratorios y remeseros son adecuados, y por qué razón. En este artículo, abordé la construcción de esta economía moral intersubjetiva según cómo la comunidad percibe que distintos comportamientos migratorios y remeseros alteran las jerarquías de clase y género tradicionales.

 

En la comunidad de estudio, la ausencia de los emigrantes, así como la recepción desigual de remesas, genera cambios en la producción, reproducción y consumo de la comunidad. Desde el punto de vista de la producción, al emigrar los hombres, las mujeres se ven obligadas a cumplir con roles que anteriormente no les correspondían, tales como encargarse de la cosecha y transporte del café, la contratación de mano de obra y la retribución de deudas financieras. Al remitir sus ahorros, los emigrantes desempeñan una nueva función productiva, y quienes cesan de hacerlo son considerados como incumplidos.

 

El acto de remitir dinero no satisface por sí mismo las expectativas que la comunidad tiene de sus emigrantes. Si bien las mujeres pueden efectuar los roles productivos de los hombres, se considera que el rol paterno en la reproducción social, particularmente como disciplinario de los hijos, no lo puede satisfacer la mujer. Quienes no migran, particularmente las esposas de los emigrantes, también son sujetas a expectativas por parte de la comunidad. No solo deben reemplazar a la parejaen sus actividades productivas, sino continuar cumpliendo con sus obligaciones productivas y reproductivas tradicionales.. Esto incluye el mantenimiento del hogar, la crianza de los hijos, y la exclusividad emocional y sexual hacia su esposo. Mediante estos cambios y continuidades en los roles productivos y reproductivos se reconstituye la jerarquía de género en la comunidad. El hombre cumple con un nuevo rol productivo al enviar remesas, pero se espera su pronto retorno para poder cumplir con su rol en la reproducción familiar. Por su parte, las mujeres adquieren nuevos roles en la producción y continúan con sus tradicionales roles reproductivos. Si bien en esta nueva economía moral se aceptan los cambios productivos, tanto a hombres como mujeres se les atribuyen características negativas al incumplir con sus roles reproductivos tradicionales: los hombres al no regresar y disciplinar a sus hijos; a las mujeres al no esperar a los esposos indefinidamente; y a ambos al establecer nuevos lazos sentimentales o sexuales.

 

Aparte de los roles de género, la emigración internacional también ha afectado la jerarquía local de clase. En la comunidad, la identidad de pueblo igualitario, donde la tierra está distribuida equitativamente, y la minoría adinerada se relaciona bien con los demás, se sigue manteniendo como el ideal. Al emigrar, algunas personas rompen con este esquema pues venden sus terrenos para financiar su viaje. Las remesas son también vistas como una amenaza a este orden. Es aceptado que se utilicen para cancelar una hipoteca, arreglar una casa, o para invertir en la producción agrícola, un negocio o educación, pero se rechaza su uso en bienes lujosos de consumo. Quienes compran –y exhiben– bienes de lujo con las remesas son sujetos a críticas, y se relaciona este consumo con alterar el balance socioeconómico de la comunidad, y con generar sentimientos de privación relativa, y búsqueda, incluso mediante el crimen y la violencia, de imitar esos niveles de consumo.

 

Ante los rápidos cambios en las jerarquías de clase y género, la comunidad ha desarrollado una economía moral, intersubjetiva y normativa, para minimizar los efectos negativos de las migraciones y las remesas, y maximizar los cambios positivos. Esto no quiere decir que esta economía moral sea universalmente aceptada. Su contestación yace precisamente en los emigrantes que reclaman su derecho a quedarse más años en el extranjero y a formar nuevas familias, y los no-migrantes que resienten sus nuevos roles productivos toman decisiones independientes sobre el uso de las remesas, y resuelven rehacer sus vidas sentimentales. Como todo sistema normativo, la nueva economía moral no es indiscutidamente aceptada y reproducida, pero es forjada para regular el comportamiento y, en particular, asegurar la inversión de los emigrantes en la producción y reproducción social de la comunidad.

 

 

Agradecimientos

 

La investigación de la cual se deriva este artículo fue posible gracias al financiamiento del Centro Charles Phelps Taft para la Investigación y el Consejo Universitario de Investigación de la Universidad de Cincinnati, EE.UU., así como de la participación voluntaria de los miembros de las comunidades entrevistadas, a quienes agradezco el haberme permitido conocer sus historias.

 

 

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Cuadernos de Antropología

Julio-Diciembre 2017, 27(1)

 

Revista del Laboratorio de Etnología María Eugenia Bozzoli Vargas

Escuela de Antropología, Universidad de Costa Rica

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ISSN 2215-356X

 

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