La escucha psicoanalítica y los recursos psicodramáticos en un grupo
de hombres que experimentaron violencia infantil en Costa Rica
Resumen. Objetivo. Sistematizar los aportes de la escucha analítica con elementos psicodramáticos y corporales en un grupo
de hombres que experimentaron violencia durante su infancia. Método. Sistematización y análisis por categorías temáticas, a
partir de observación participante, registros escritos y de audio, del discurso verbal y corporal de 9 hombres en un grupo de
terapia psicoanalítica con técnicas psicodramáticas. Resultados. Se concluye que la violencia promueve una relación de maltrato
con el propio sujeto y la experiencia de dolor es inscrita en el cuerpo como posibilidad de expresión. El abordaje grupal facilitó la
reelaboración del sufrimiento psíquico mediante el uso del cuerpo para reconocer y verbalizar emociones de la escena traumática
en un encuentro de subjetividades.
Palabras clave. Violencia infantil, experiencia subjetiva, psicoterapia grupal, psicoanálisis, psicodrama, hombres.
Abstract. Objective. Systematize the contributions of the psychoanalytic clinic with psychodramatic and body techniques in
a group of men who experienced violence in their childhood. Method. Systematization and analysis by theme categories, based
on participant observation, written and audio recording, from the verbal and body speech of nine men in psychoanalytic group
therapy by using psychodramatic techniques. Results. In conclusion, violence promotes an abusive relationship with the person
himself, and the experience of pain is inscribed in the body as a possibility of expression. The group approach facilitated the
reworking of psychic suffering through the body to recognize and verbalize emotions from the traumatic scene in an encounter
of subjectivities.
Keywords. Childhood Violence, Subjective Experience, Group Psychotherapy, Psychoanalysis, Psychodrama, Men.
1
Rodrigo Zúñiga Araya. Posgrado en Psicología, Universidad de Costa Rica. Dirección postal: 10901, San José, Costa Rica. E-mail:
rodriaz29@gmail.com
2
María Laura Ortiz Arias. Posgrado en Psicología, Universidad de Costa Rica. E-mail: psiconsultmarialauraoa@gmail.com
Rodrigo Zúñiga Araya
1
https://orcid.org/0000-0003-1920-1964
María Laura Ortiz Arias
2
https://orcid.org/0000-0003-1815-8001
1,2
Posgrado en Psicología, Universidad de Costa Rica, Costa Rica
The Psychoanalytic Listening and the Psychodramatic Techniques in a
Group of Men Who Experienced Childhood Violence in Costa Rica
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.
ISSN 2215-3535
Recibido: 25 de octubre del 2020
Aceptado: 27 de abril del 2021
Actualidades en Psicología, 35(130), enero-junio 2021, 75-95
http://revistas.ucr.ac.cr/index.php/actualidades
DOI: 10.15517/ap.v35i130.44365
Zúñiga & Ortiz
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Introducción
La violencia infantil afecta al menos mil millones de niños y niñas alrededor del mundo,
la mitad de toda la población infantil (Naciones Unidas, 2019); dichas cifras coinciden
en Costa Rica donde casi la mitad de las personas menores de edad ha sido víctima de
violencia de acuerdo con el Ministerio de Salud, el Instituto Nacional de Estadística y
Censos (INEC) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, 2018).
Los estilos de crianza y la autoridad parental justifican muchos actos de violencia en
la infancia, en tanto que las figuras parentales los legitiman como formas de disciplina
válidas. Miller (1998; 2002; 2009) afirma que la validez social y cultural normalizan el
castigo físico que se reproduce y se transmite de una generación a otra. Se justifica y
tanto la persona menor de edad como la adulta no lo considera como violencia, aunque
los primeros guardan la queja.
En ese sentido, Uribe (2010) menciona que el maltrato como estrategia de crianza es inútil,
ya que el sujeto prioriza la queja sobre el daño causado en su cuerpo o sentimientos y
no reflexiona sobre la falta cometida. Por tanto, desde Freud se enseñaba que la violencia
intrafamiliar se origina en dificultades para tramitar la agresividad propia adecuadamente.
Si bien aún los psicoanalistas post freudianos no conceptualizan el maltrato como tal, sino
como traumas tempranos preedípicos por fallas de la función materna, estos generan
déficits en la formación del yo (Uribe, 2010); lo relacionan con frustraciones de demanda
de amor del niño hacia sus figuras paternas y el deseo de ser reconocido por el Otro
(el orden simbólico) (Uribe, 2010). Más aún, el maltrato infantil, físico y psicológico se
transmite sobre la base del miedo y afecta el desarrollo de herramientas psicoafectivas
relacionadas con la adaptación, la autonomía y el sentido de independencia necesaria
para la toma de decisiones y la acción (Rosabal, 2009; Cuervo, 2010).
Las víctimas de violencia en la niñez por sus cuidadores crecen pensando que tienen
alguna carencia y pueden culparse por el abuso sufrido, internalizando agresiones físicas
y verbales, además de presentar baja autoestima y dificultad para relacionarse (UNICEF,
s.f.; Organización Mundial de la Salud, 2020) y aumento de riesgo de comportamientos
autodestructivos en la vida adulta (Hardt et al., 2008; Evren et al., 2011; Carlson et al., 2013).
Se puede distinguir entre conducta autodestructiva directa e indirecta. El primero es un
comportamiento autolítico consciente y deliberado, como el suicidio; el segundo se refiere a
formas sub-intencionadas que podrían precipitar el riesgo de muerte de modo inconsciente,
como conductas temerarias (Clemente & González, 1996). Tsirigotis et al. (2013) plantearon
cinco tipos de estos últimos; a saber, transgresión y riesgo, mal mantenimiento de la salud,
negligencia personal y social, falta de planeamiento y pasividad e impotencia. A su vez,
encontraron que los hombres se caracterizan por alta “autodestructividad indirecta”.
Esto puede relacionarse con los patrones socioculturales de construcción de la
identidad masculina asociada con una alta predisposición a los comportamientos
autodestructivos indirectos, como comportamientos de riesgo y transgresivos, así
como un sentido de impotencia (Campos & Salas, 2002; Burin & Meler, 2004; Salas,
2005; Butler, 2007). Se trata de un modelo de masculinidad que enseña a no expresar
los sentimientos de vulnerabilidad (Campos & Salas, 2002) y a cumplir una serie de
marcadores de virilidad para medir a los hombres y dar prueba de su virilidad (Gilmore,
1994). Dichas exigencias pueden provocar “angustia, dificultades afectivas, miedo al
fracaso y comportamientos compensatorios potencialmente peligrosos y destructores”
(Badinter, 1993, p. 174).
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En efecto, en Costa Rica, los datos indican que por cada mujer que muere en accidentes
viales 7 hombres lo hacen, mientras que más del 80% de las víctimas por homicidio
son hombres (Comisión Técnica Interinstitucional sobre Estadísticas de Convivencia y
Seguridad Ciudadana, 2019). De igual forma, un 80.7% de suicidios corresponde a la
población masculina (Poder Judicial, 2019; Molina, 2019), cifra similar en todo el mundo.
En relación al cuerpo como destino de la autoagresión, Lema (2014) plantea que
aquello que no tiene lugar en la palabra se encuentra en el cuerpo en donde se
encuentran algunos posibles efectos del estrago materno, a saber: impulsividad,
toxicomanías, distorsiones de la imagen corporal, entre otros. Además, siempre ha
habido una inscripción simbólica y literal en el cuerpo que “producen y reproducen
cuerpos haciéndolos objetos de clasificaciones, categorizaciones, modas, prohibiciones,
prescripciones” (Fernández, 2001, p. 266).
Por tanto, el cuerpo del que habla el psicoanálisis resulta significativo, ya que se refiere
de un cuerpo que habla, o cuerpo hablado, al menos de un cuerpo que habrá de
manifestarse deviniendo palabra” (Fernández, 2001, p. 264). Se plantea que este cuerpo
del que se habla es uno que se hace presente en función de la aparición del síntoma,
como forma de lenguaje.
Precisamente, Freud planteaba que “la compulsión de repetición devuelve también
vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer, que tampoco en aquel
momento pudieron ser satisfacciones…” (1920/1976, p. 20). Así, el paciente repite lo que
no consigue recordar, de forma que repite/actúa lo reprimido como una vivencia actual
para no recordarlo (Freud, 1914/1976). La hostilidad o pulsiones destructivas hacia los
objetos exteriores retornan y se dirigen contra sí mismo (Freud, 1915-1917/1976; Miller,
1998; Miller, 2009).
Para Freud, el trauma “se trata de un acontecimiento que altera una regulación y no
puede explicarse” (1932, citado en García, 2005, p. 10); no lo refiere a algo extraño que
aparece de la nada, sino a lo familiar que se vuelve extraño ante un evento externo,
por lo cual plantea el concepto de lo ominoso, entre la familiaridad y la extrañeza. Es
decir, para Freud el trauma sería el encuentro de una fantasía interna anudada con un
acontecimiento del exterior (Freud, 1932 citado en García, 2005).
Por su parte, Lacan indica que en el trauma no hay motivación sino repetición y lo
describe como un evento que no ha sido articulado en un mito (2003, citado en
García, 2005); por cuanto, un acontecimiento actual o vivido será traumático conforme
toque lo real de un acontecimiento anterior. Se refiere a algo que, antes desaparecido,
irrumpe, reaparece, cambiando la organización simbólica que tenía. De esta forma,
para él el trauma es “un hecho real articulado en un lenguaje” (1992, García, 2005, p.
37). Nos habla de un agujero donde no hay palabras, no obstante, “hace hablar, ordena
el discurso” (García, 2005, p. 56).
Para Lacan, el trauma, como encuentro con lo real que irrumpe, solo puede cambiarse
mediante un forzamiento sobre el lenguaje, lo simbólico, para cambiar el sentido
imaginario (1993, citado en García, 2005). Más adelante, el autor afirma “el cuerpo, si
lo tomamos en serio, es el primero que puede llevar la marca propia que lo ordena en
una serie de significantes” (Lacan, 2012, p. 432.). Nos habla así de un anudamiento entre
lenguaje y cuerpo en relación con las marcas que deja el trauma.
Así, Freud señalaba que las palabras pueden estar ligadas a algunos afectos, por cuanto
buscaba desligar y volver a ligar cargas de afecto; desde una postura post freudiana, no
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solo surge la posibilidad de anudar lo simbólico, lo imaginario y lo real, sino la relación que
existe entre el lenguaje y el cuerpo en el trabajo en experiencias traumáticas (García, 2005).
En este sentido, se considera necesaria una escucha psicoanalítica que tome en cuenta el
discurso del sujeto, no obstante, pueda interactuar con terapias orientadas en el cuerpo
para poder trabajar en el trauma y el conflicto (Beutel et al., 2008) y advenir la subjetividad.
En términos técnicos psicoanalíticos, se parte principalmente de la asociación libre de
ideas, la transferencia, la atención flotante (Freud, 1913/1976), así como la interpretación
(Freud, 1914/1976) como ejes para llegar al insight. Freud resalta entonces el hacer hablar
al sujeto, regla fundamental, dar importancia a la transferencia en tanto resistencia y
comunicar o interpretar hasta que haya una transferencia operativa (Freud, 1913/1976).
En este sentido, la propuesta terapéutica a continuación, se basa en la psicoterapia breve
de orientación psicoanalítica (Braier, 1999), la cual define algunas normas en relación con
dicha técnica. La asociación libre se realiza limitándose a lo relacionado con los problemas
definidos para abordar y la interpretación se restringe a resistencias transferenciales.
A su vez, se proponen objetivos específicos o limitados y focaliza el abordaje a una
sintomatología o problemática determinada, así como a un tiempo fijado y corto.
Asimismo, se consideran igualmente las entrevistas preliminares (Miller, 2006; Aulagnier,
2003; Braier, 1999) cuyos objetivos son la evaluación diagnóstica, la introducción del
inconsciente, la localización y rectificación subjetiva en torno a la queja, así como la
instauración de la transferencia y el conocimiento de la demanda. Estos corresponden al
“tratamiento de ensayo” que Freud establecía como periodo de ensayo con un objetivo
diagnóstico (Freud, 1913/1976).
No obstante, no se parte de “el” dispositivo analítico como si fuera único, haciendo eco
de la reflexión de Rousillon sobre “una teoría general de dispositivos analíticos” (1995,
citado en Rache, 2015, p. 13); se apoya del saber del psicoanálisis y busca las posibilidades
de contar con nuevas clínicas que den cuenta igualmente del sujeto, por cuanto se toman
elementos psicodramáticos de orientación lacaniana (Herrera, 2009).
Rousillon plantea que “si la apropiación subjetiva por la simbolización representa la
‘finalidad’ del trabajo psicoanalítico, entonces el dispositivo debe poder ‘simbolizarlo’;
debe poder simbolizarlo ‘en acto, ‘de hecho, en su construcción y su utilización” (1995,
citado en Rache, 2015, p. 14). Por tanto, las técnicas psicodramáticas y corporales
funcionan como herramientas complementarias de la escucha analítica (Reyes, 2007). Así,
el registro de lo imaginario “se inscribe la práctica terapéutica del psicodrama, [mientras]
lo simbólico es en psicodrama, más que un medio, un fin, un producto” (Herrera, 2009, p.
2), como en el psicoanálisis.
El psicodrama se desarrolla a través de lo corporal, vincular, escénico, metafórico y creativo
para activar un cambio y una resignificación. Asimismo, hace uso de la “transferencia”
que, a pesar de algunas diferencias con el concepto freudiano, se refiere a la depositación
en el otro (el semejante), mediante el vínculo, de objetos primarios introyectados. Se
toma el cuerpo como texto verbal con memorias reprimidas y que pueden desplegarse
en lo escénico a través de la espontaneidad y de una serie de técnicas que conjugan lo
verbal y lo no verbal, la palabra y el cuerpo (Reyes, 2005).
El psicodrama implica un territorio, escenarios, ritualización y encuadre del dispositivo
con efectos de marca dramática: “es una terapéutica que intenta llevar al sujeto a ser
artífice de su propio texto, descubridor de su propia verdad” (Pavlovsky, 1991, p. 158).
Este autor trabaja la resistencia, por ejemplo, mediante concretización de imágenes
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(traer a escena miedos que obstaculizan), inversión de roles y el diálogo. En esa línea,
Buchbinder y Matoso destacan la temática del cuerpo y la fantasmática corporal (1993,
citados en Reyes, 2007) y desarrollan el trabajo con metáforas por medio de máscaras y
del mapa fantasmático.
Para Arévalo et al. (2016), mientras el relato puede generar una reflexión desde lo cognitivo,
con el cuerpo tal reflexión viene del movimiento mediante la transferencia; de este modo,
surge una memoria corporal y emocional reprimida o no apalabrada (Miller, 2009), por
cuanto se requiere pasar de la palabra al cuerpo y de este de nuevo a la palabra.
Método
El tipo de investigación es cualitativo y descriptivo, cuyo diseño es fenomenológico-
hermenéutico (Sampieri et al., 2014), que busca explorar la experiencia de maltrato vivida
por hombres en su niñez a partir de una propuesta de psicoterapia grupal.
Participantes
La muestra fue no probabilística y autoseleccionada debido a los propósitos de la
investigación, la cual se basa en la cantidad de 10 casos recomendados para estudios
fenomenológicos, según Sampieri et al. (2014). La muestra se conformó de manera
que se hizo una invitación abierta para hombres que asistían a los grupos de apoyo
del Instituto WËM en Costa Rica; de este modo, se anotaron 25 hombres, de los cuales
10 no contestaron o no asistieron a la entrevista preliminar, 4 tuvieron criterios de
exclusión y 2 no se presentaron a las sesiones grupales, así se conformó un grupo de
9 hombres en total.
Los criterios de inclusión fueron los siguientes:
- Ser hombre, mayor de 18 años.
- Tener una historia de violencia en su infancia por parte de sus figuras de crianza.
- Tener un mínimo de tres sesiones en el Grupo de Apoyo del Instituto WËM.
- No encontrarse en un escenario de crisis o emergencia actual.
- Estar anuente a participar de una entrevista preliminar.
- Tener disponibilidad de asistir a una sesión por semana.
Los participantes eran hombres de 25 a 58 años, de los cuales 3 se encontraban en relación
de pareja, 2 solteros y 4 separados, mientras que de ellos 6 eran padres. En el ámbito
laboral 2 eran administradores, 1 ingeniero, 1 informático, 1 estudiante universitario con
empleo ocasional, 1 diseñador digital y 2 del sector industrial (Tabla 1).
Diseño terapéutico
Se diseñó un plan terapéutico, el cual se basó en la psicoterapia breve de orientación
psicoanalítica (Braier, 1999). Se recurrió, además, del apoyo de elementos psicodramáticos
de orientación lacaniana (Lemoine & Lemoine, 1979, citados en Herrera, 2009) con el fin de
realizar un diseño que diera cuenta de lo grupal, lo verbal y lo corporal, así como de una
lectura psicoanalítica menos ortodoxa, al no existir un modelo breve que los integrara. En
ese sentido, a parte del discurso, se realizaba 1 o 2 ejercicios psicodramáticos por sesión,
los cuales surgían espontáneamente (Reyes, 2005) según la necesidad del grupo y a partir
de algún significante expresado; se consideró que una planeación anterior podría limitar
y sesgar el dispositivo psicoterapéutico.
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Los ejercicios psicodramáticos, los cuales son descritos brevemente en el apartado de
resultados, pretendían reproducir una escena actual, pasada o reparatoria. En cada
ejercicio se conjugaron varias de las siguientes técnicas psicodramáticas (Reyes, 2005),
intervenciones verbales como señalamientos, interpretaciones o confrontaciones; no
verbales como maximización, focalización, concretización y escultura; y otros recursos
como el uso del ego auxiliar mediante el doble, espejo, inversión de roles y soliloquio.
Cada sesión grupal tuvo una duración de 2 horas y se efectuaron una vez por semana,
mediante co-terapia (hombre - mujer). El terapeuta asumió la conducción principal
y la dirección de los ejercicios psicodramáticos; mientras tanto, la coterapeuta se
encargaba de la observación y el registro escrito, así como también de intervenciones
terapéuticas. En suma, se realizó una sesión individual con cada uno al inicio
(entrevistas preliminares), 8 sesiones de psicoterapia a nivel grupal y una sesión de
seguimiento un mes después.
En relación con las “entrevistas preliminares” en psicoanálisis (Miller, 2006; Aulagnier, 2003;
Braier, 1999), se realizaron 2 momentos preliminares al dispositivo terapéutico; es decir,
primero se efectuaron entrevistas individuales semiestructuradas (Anexo 1) por medio
de una guía de preguntas para conocer su demanda inicial, historia de vida y posible
estructura clínica como medio de verificación de los criterios de inclusión.
El segundo momento se dio con las personas seleccionadas durante la sesión inicial
del grupo al encuadrar el proceso y continuar indagando sobre la demanda, la historia
de violencia, la relación con el Otro y, siguiendo a Aulagnier (2003), la potencialidad
de análisis en el encuentro con lo grupal. Este segundo momento se acerca más al
“tratamiento de ensayo” de Freud (1913/1976), el periodo en el que buscaba definir
el diagnóstico diferencial del sujeto para dirigir la cura y si es apto para participar del
proceso psicoterapéutico.
Tabla 1
Descripción de los participantes
Seudónimo Edad Ocupación Dicultades en la vida adulta
“Iván” 53 años Comerciante Violencia en relaciones de pareja, alcohol, drogas,
ideaciones suicidas
“Isaac” 38 años Administrador Comportamiento impulsivo hacia los demás y ha-
cia sí mismo, drogas, ansiedad, ideaciones suicidas
“Camilo 29 años Ingeniero Violencia por parte de su pareja, incapacidad de
tomar decisiones
Antonio 52 años Administrativo Arrebatos de enojo y violencia psicológica en
contra de su pareja
“Francisco 33 años Informático Violencia por parte de su pareja y dicultad en la
toma de decisiones
“Rafael” 45 años Área industrial Intento de suicidio, alcohol, drogas y delincuencia
“Mateo 37 años Estudiante Depresión, ideación suicida, alcohol, drogas
“Leonardo 58 años Sector industrial Violencia a familia, intento de suicidio, problemas
con la ley, alcohol, drogas
Javier 25 años Diseñador Ansiedad, ira, ideación suicida
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Recolección de la información, sistematización y análisis
Se utilizaron entrevistas semiestructuradas en las sesiones individuales (entrevistas
preliminares) y en la post-sesión (evaluación), además de observaciones participantes
y grabaciones de audio de las sesiones grupales. La observación pretendía registrar
sucesos, eventos e interacciones (Sampieri et al., 2014) y el comportamiento verbal y no
verbal (Barker et al., 2002).
Para sistematizar el trabajo de cada sesión, se elaboraron tablas y estructuras esquemáticas.
Se registró la descripción de los hechos, intervenciones terapéuticas, reacciones/resultados
en los participantes e interpretaciones de los terapeutas, así como hipótesis clínicas, de
acuerdo con el registro de observación elaborado (Anexo 2). Adicionalmente, se realizaban
preguntas centrales al cierre de cada sesión para evaluar el proceso a nivel de insight.
La transcripción de las sesiones se efectuó en el momento posterior a estas, paralelo a la
guía de observación y se procedía a eliminar los audios. Posterior a cada una, el equipo
terapéutico compartió un análisis de los elementos transferenciales y contratransferenciales
en un estilo de “conversación en caliente” (Anexo 3).
Se contó con un consentimiento informado avalado por el posgrado en psicología que
sigue los lineamientos indicados por el Reglamento Ético Científico de la Universidad de
Costa Rica para las investigaciones en las que participan seres humanos (Versión Junio
2017). Este contempló la información, voluntariedad y confidencialidad del proceso, la
autorización para grabar las sesiones, las cuales serían eliminadas una vez transcritas y
para el uso de seudónimos.
Un mes después del proceso se desarrolló una sesión grupal de seguimiento que ofreció
a los participantes evaluar y asimilar su trabajo terapéutico, mediante una serie de
preguntas abiertas que se discutieron libremente (Anexo 4). Finalmente, se evaluó el
proceso grupal, se caracterizó y evaluó cada sesión junto con sus hipótesis clínicas y se
realizó una descripción clínica de los participantes y los tipos de violencia experimentados.
El tratamiento de los datos se realizó por medio de análisis por categorías, el cual
consistió en identificar núcleos temáticos en el discurso de los participantes durante
las entrevistas y el espacio de psicoterapia grupal, así como de las intervenciones
realizadas por parte del equipo terapéutico (Arévalo, 2009) y sus efectos. Por tanto, las
categorías de análisis fueron:
1. “Historias de violencia en la infancia” corresponde a la descripción de los hechos vividos
por cada uno de los hombres.
2. “Influencias de la vivencia infantil en la adultez” guarda relación con el significado de la
violencia y el efecto en los comportamientos de estos hombres.
3. “Aportes terapéuticos: la palabra y el cuerpo” consiste en la incidencia de la labor
terapéutica como de la transferencia y elaboración grupal.
De las entrevistas individuales y los textos transcritos de las sesiones grupales, se leyó
y distribuyó el discurso verbal como no verbal (observaciones) de los participantes y
equipo terapéutico en las categorías correspondientes para poder describir el proceso
realizado. Por último, se procedió a la unificación, revisión y análisis por cada categoría
de toda la información obtenida, por medio de la triangulación de datos entre los
distintos medios utilizados, entre el equipo terapéutico-investigador y entre este y el
equipo asesor del estudio.
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Resultados
El material sistematizado se revisó en función de una serie de categorías de análisis que
se extrajeron a partir del discurso de los participantes del grupo, como también de las
intervenciones efectuadas desde el equipo terapéutico. Por tanto, los resultados abarcan
la historia de violencia infantil y la influencia de la misma en la adultez de estos hombres,
así como los aportes terapéuticos en el dispositivo grupal.
Historias de violencia en la infancia
El proceso terapéutico permitió identificar elementos característicos del tipo de maltrato
infantil que estos hombres tuvieron por sus figuras parentales. Si bien dicho maltrato se
manifestaba de forma física en ellos, también solía presentarse de manera psicológica con
o sin agresiones corporales (Tabla 2), como se encuentra en distintos estudios (Naciones
Unidas, 2019; Ministerio de Salud, INEC., & UNICEF, 2018; UNICEF, s.f.). De este modo,
manifestaron haber recibido actitudes de rechazo y negligencia por parte de aquellas figuras:
ausencia física, verbal o bien afectiva, padres presentes pero ausentes emocionalmente o bien
totalmente ausentes, a la vez que hacían referencia a un contacto físico más bien agresivo. “Yo
también viví eso, agresiones, un papá ausente, una madre controladora” (Javier).
A partir del discurso de estos hombres, la madre se convierte en una figura ambivalente,
de modo que resulta difícil de integrar la figura de la que se espera amor y cuidado (en
unos se daba y en otros no) con la que se recibe agresividad en la forma que ejerce
disciplina. “Es muy cariñosa, pero si se ponía violenta… tiraba algo y si había algo que
no le gustaba…” (Antonio).
Es posible que estas actitudes y ambivalencias pudieran afectar su forma de vincularse,
la toma de decisiones y la búsqueda de aprobación, como se evidencia más adelante,
ya que el deseo de sus padres se mostraba excesivo e insaciable sin poder cumplir sus
expectativas: “Me dijeron ‘está mal hecho, ‘sos un inútil’, ‘no servís para nada’… me vine a
dar cuenta de ese fantasma que no me dejaba avanzar” (Iván).
Ya no solo se ignora o se deja de hablar, sino más bien se registra una palabra, pero violenta;
allá donde la falta/ la ausencia era agresión, ahora la expresión también lo es y delimita la
acción. Mediante el trabajo terapéutico fue evidente las marcas que este tipo de frases y
etiquetas hicieron en torno a la seguridad, la confianza, la toma de decisiones y su autoestima.
Tabla 2
Tipos de violencia experimentada
Manifestaciones Características Cantidad de participantes
afectados
Psicológica Violencia verbal, ofensas, amenazas, abu-
so de autoridad en la toma de decisiones,
disminución del autoestima y valor.
9 casos
Física Nalgadas, manotazos, chancletazos,
fajazos.
9 casos
Brutal/grotesca Cachetadas, golpes con objetos como pa-
los, escobas u otros artefactos, lesiones
corporales en ocasiones con sangrados.
5 casos
Sexual Abuso sexual 2 casos
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Ahora bien, puede decirse que el maltrato psicológico acompañado de agresión
corporal es la combinación que asegura el cerrojo, si funciona la analogía en relación
con sus dificultades emocionales. Entonces, no solo se da rechazo, sino que allí donde se
demanda afecto, se da otra cosa, se inscriben palabras y golpes en el cuerpo como única
posibilidad de recibir algo en algunos de estos casos, el único lazo posible con el otro:
“Fajazos, chancletazos o con lo que tuviera en la mano” (Mateo); “Patadas, cachetadas, no
violencia sexual, en mi caso. Tal vez lo normalicé, pero era bastante real” (Isaac).
Los episodios de agresiones corporales se realizaban ya sea como métodos de castigo
o como formas de descarga emocional; referían actos punitivos intensos, impulsivos y,
en algunos casos, desproporcionados con respecto a la conducta “sancionada” (Caja
Costarricense de Seguro Social, 2012). Ante la voracidad de estos actos, surge un deseo
de huida al haber una suerte de ser tomado como objeto por el otro, mientras que
paradójicamente era la única forma de ser alguien para estas figuras de crianza. Tres
hombres abandonaron la casa a muy temprana edad. “Desde los 11 años que me fui de
la casa, no pude enderezar mi vida” (Rafael).
Los que se quedaron reconocen que no había nada que pudieran hacer ante los eventos
de un otro tan devorador. Ante el miedo y la impotencia, asumían una posición de silencio
y resignación, se colocaban como una tortuga (Mateo), con un caparazón o armadura (
Leonardo), para protegerse de la agresión vivida en la infancia como del dolor y el miedo
en la adultez: “Cuando uno es niño, uno no puede correr, uno lo que siente es miedo,
uno se resigna” (Antonio).
Esta colocación impuesta los lleva a aceptar ese lugar desde muy pequeños, al punto de
justificar la violencia recibida. Se da una suerte de negación: “Es que fue huevonada mía…
cómo no le ayudé” (Antonio); “Yo ahora veo chamacos y no se pienso que tal vez les falta
faja (…). A ella le pegaron también de niña” (Mateo).
Existe una validación y justificación de lo que es considerado como “castigo, de forma que
se normaliza y resta importancia; no se ve como violencia sino disciplina. Se interpreta como
algo que se merece. Asimismo, expresaban culpa y merecimiento del castigo recibido, de
modo que se les dificultara cuestionar a la figura que ejercía el maltrato (Miller, 2009).
Influencias de la vivencia infantil en la adultez: experiencia subjetiva
A lo largo del proceso grupal, se fue encontrando también una serie de conflictos en
su vida actual con relación a elementos emocionales como comportamentales (Tabla 1).
Por ejemplo, en los participantes se presentaba la dificultad de reconocer y expresar sus
emociones (Campos & Salas, 2002). Se les escuchaba decir que no podían derramar una
lágrima, no sentían nada o bien lo ocultaban; no lograban conectar con lo que sentían o
huían de situaciones que implicaban tener que enfrentar alguna emoción. “En mi caso, en
veces he sentido que no siento nada” (Rafael).
La forma violenta en que las figuras de crianza se han vinculado con estos sujetos guarda
relación con los mandatos sociales de la masculinidad tradicional; no se les ha validado
ni permitido la expresión asertiva de sus emociones. Por tanto, no sorprende que se
les dificulte reconocer lo que sienten, pero resulte sencillo aceptar que se siente enojo
o ira. “Un sentimiento que me sale es ira, he camuflado mucho, me cuesta identificar
sentimientos, porque es lo que sale primero” (Camilo).
El espacio terapéutico permitió identificar otra emoción subyacente: el miedo. Dicho
descubrimiento resultó el darse cuenta cómo les había afectado. “Siento miedo, terror,
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pesadillas… en mi cabeza, pasa todo lo que vi, lo que escuchaba, trato muy mal a todos,
a los que más amo, se me sale el hijueputa” (Isaac).
El enojo sentido los ha llevado a la repetición de la violencia, mientras que el miedo
a la evitación de situaciones que interpretaran como amenazantes. No obstante, esto
significaba malestar por no actuar como debían hacerlo según los encargos de la
masculinidad, por ejemplo, ser autosuficiente; el conflicto deviene cuando se sienten
dependientes del otro: “Mi mamá siempre era la que tomaba las decisiones por mí (…).
Me cuesta mucho tomar decisiones, me da miedo, trato de evadir” (Camilo).
Algunos significantes que los hombres traían para dar cuenta de su actuar y su malestar
fueron: procrastinación, zona de confort, autosabotaje. Señalaron, por ejemplo, sentirse
cómodos en la incomodidad: “Eso me resuena, lo de moverme. Yo me quedo mucho
en la zona de confort, donde no me siento bien. Me siento muy cómodo en ciertas
posiciones” (Isaac).
Para ellos, el autosabotaje era una forma de impedirse alcanzar lo que se quiere,
reproduciendo la limitación y prohibición que sentían en su infancia, ahora por ellos
mismos. “Yo tengo una vara que me jode mucho, es el autosabotaje, me cuesta tomar
decisiones, por ende, me quedo atascado” (Isaac).
Además de la dificultad de poder tomar decisiones y acciones, también resaltaron muchas
veces la búsqueda de aprobación y aceptación del otro, así como cumplir sus expectativas.
“Hace poquito me separé, y estoy aprendiendo a no cumplir las expectativas de otros
(…) yo en mi adolescencia hacía todo por mi familia, me casé e hice lo mismo, siempre
buscando la aprobación de todo mundo” (Camilo).
Más adelante pudieron identificar que no consideraban merecer nada positivo,
autoevaluándose de forma negativa y negándose el disfrute.“ No merezco nada mejor que
esto (…) Ni me responsabilizo, ni me valoro (…) era un sentimiento de aprisionamiento, de
reducción como persona” (Francisco).
Todo lo anterior no solo afectó sus proyectos personales, sino también sus vínculos con
los demás y consigo mismos. De esta manera, han ejercido comportamientos agresivos
hacia otras personas, especialmente, dentro de la familia:“Pero también está la otra parte,
me dan celos… Sigo haciendo daño, termino pidiendo disculpas, mucho de ese veneno
que pasa por mi boca… y luego pido disculpas… El David Banner de los ochenta, el Hulk.
Cuando me cagué en todo, rompo cosas” (Isaac).
Hacia sí mismos, se evidenciaron comportamientos autodestructivos directos e indirectos
(Clemente & González, 1996). En relación con los segundos, se identificaron conductas
de transgresión y riesgo, descuido de la salud, negligencia personal y social, falta de
planeamiento y pasividad e impotencia; esta última se refiere a evitar o abandonar
actividades de involucrarse o tomar acciones, como ya se vio (Tsirigotis et al., 2013). En
los actos directos, se encontró en ellos ideaciones e intentos suicidas a lo largo de la vida.
“Yo desperdicié mi vida, desde los 15 años en drogas, paré el colegio, y de ahí en adelante
nada (…). La herida está sangrante, cuando tenía 20 me intenté suicidar” (Leonardo);
Tengo adicciones, me considero alcohólico, fumo mota… y a veces sí siento que me ha
afectado, tener patrones autodestructivos, emborracharme, hacer cosas peligrosas, que
no he estado preocupado por mi vida, por mi cuerpo, por mi salud” (Mateo).
En síntesis, en la vida adulta de estos hombres ha existido una serie de formas de
violencia que han reproducido en otras personas como en sí mismos, de forma directa e
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indirecta. También, se encontraron manifestaciones de impulsividad y falta de regulación
en sus actos y emociones, siendo frecuente los problemas de drogas e ideación suicida
en la mayoría de los casos, así como la presencia de violencia física o emocional en las
relaciones de pareja.
Aportes terapéuticos: la palabra y el cuerpo
El rumbo de la intervención acudió a señalamientos que apuntaron a localizar al sujeto en
la experiencia grupal y dimensionar el peso de las figuras cuidadoras en la construcción
subjetiva; se trajo a colación el conflicto del deseo y la desilusión por la mirada de los
padres. Las intervenciones e interpretaciones respecto al discurso de los participantes,
permitieron subrayar la posición de cada uno de ellos en cuanto a su historia de maltrato
y vida actual.
Las técnicas corporales y psicodramáticas (Reyes, 2007; Rache, 2015) apoyaron la escucha
psicoanalítica, permitiendo que la palabra atravesara el cuerpo. Cuando la palabra
parecía no moverse de lugar, se realizaba alguna de estas técnicas, utilizando algún
significante que se haya señalado. A continuación, se brinda un resumen de cada una
de los ejercicios realizados:
El ejercicio 1 fue una actividad entre lo estático y el movimiento, mediante esculturas y
maximizaciones; se representó la impotencia vivida en la niñez colocando al protagonista
en el centro de la escena y el resto de hombres alrededor de forma rígida como estatuas
imposibles de mover. En lo verbal y lo corporal se abordó la violencia física y la negligencia,
búsqueda de aprobación, manifestación de la ira y la escasa valoración.
El ejercicio 2 fue una secuencia de dos momentos (infancia y vida adulta) que dan
sentido a sus posturas corporales según lo narrado. Se profundizó en la violencia y las
emociones sentidas, se maximizó gestos como arquear la espalda y comprimir el cuerpo
como protección, y simbolizando la postura y qué emociones encierra. Se pasó de la
palabra a lo corporal y viceversa (Arévalo et al., 2016). El terapeuta colocó el brazo sobre
el protagonista y, como ego auxiliar, instaló reflexiones que permitieron apalabrar los
gestos corporales: “Antes no me podía defender, ¿y ahora? me pongo violento, agresivo,
enjachador… chistoso, analítico, ser buena nota (como defensa)” (Terapeuta).
El ejercicio 3 combinó lo corporal (la postura y la fuerza) con lo verbal (repetición de
frases en voz alta), de modo que los compañeros presionaban al protagonista hacia
abajo, mientras repetían frases recibidas en la infancia. Algunos señalaron que se vieron
ahí mismo, identificados con el discurso y la posición tomada. Resultó interesante que
Isaac dijo sentirse cómodo sosteniendo la fuerza física de los demás, aduciendo que
estaba acostumbrado. “Aguantar, aguantar, reprimir… gritos, ofensas, maltratos, hago de
esto mi vida” (Terapeuta).
El ejercicio 4 era realizar un círculo en el cual el centro, adentro, era aquello temido,
mientras los bordes la zona de confort, lo conocido. Se dieron cuenta que aún en esa zona
siguen recibiendo “golpes”, como si estuvieran aún a la espera de recibir un castigo y el
miedo no les permitía avanzar al haber asumido esa posición de víctimas y dependientes
de los demás. “Yo he resumido que lo que tengo es miedo de avanzar, ser feliz, de tener
cosas nuevas… miedo que si nadie me quiere, yo destruyo… pero sin embargo … una
parte de mi dice ‘deme’, ‘golpéeme’” (Iván).
Para el ejercicio 5 se formó un círculo alrededor del protagonista, diciéndoles “esta es la
prisión en la que viven”; mientras relataban con soliloquios lo que aquel estaría sintiendo, iban
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cerrando más el círculo. Se preguntó qué están ganando en esa posición y por qué bloquean
la salida; se denota la intención de representar el atrapamiento de sí mismos como acción
punitiva que contiene. Después se modificó con frases positivas para reparar la escena.
El ejercicio 6 pretendía representar la dualidad de la figura materna, que causa dolor
y a la vez mucho respeto. Se pidió tratar de representar esa figura e integrarla en una
sola escultura. El abordaje exploró la dificultad de integrar ambivalencias de las figuras
cuidadoras. Concluyeron que aún seguían buscando una figura de amor idealizada a la
que se aferran, quedando atrapados en relaciones de dependencia y violencia.
El ejercicio 7 fue de esfuerzo físico y visualización. Los participantes hicieron una
“fila india” donde cada uno jalaba hacia atrás al de adelante. Se preguntó cómo se
sentían, qué o quién representaba el de más atrás (el niño que fueron) y los de adelante
(sus etapas de vida). Se interiorizó qué parte de esa historia los sigue deteniendo y
a preguntarse (al niño) qué quería o quiere aún (Herrera, 2009). Se analizó cómo el
pasado jala hacia atrás y no deja avanzar. Se fue reelaborando un desplazamiento del
malestar y la culpa. “Perdonarme por la necesidad de ser perdonado… no ser tan duro
conmigo mismo” (Isaac).
El ejercicio 8 implicaba movimiento, concentración y seguir instrucciones entrelazados en
círculo. Se dieron cuenta que aún siguen instrucciones confusas que causan “cortocircuito,
posicionándose como ese niño recibiendo mensajes contradictorios y violentos.
El ejercicio 9 consistió en representar una escultura del miedo (o herida abierta)
mediante el cuerpo, sentir y observar sus posturas. Después debían deconstruir esa
imagen y formar una reparadora. Al “dar movimiento” a esa escultura, cambiaron de
posturas comprimidas, agachados y con el rostro oculto, a posturas abiertas, miradas
tranquilas o abrazándose.
El ejercicio 10 buscaba hacer conexión emocional con ellos mismos, de modo que cada uno
pudiera darse un abrazo y permitirse sentir ese contacto consigo mismos. Permitió realizar
un cierre emotivo con lo que sintieron a partir de ese encuentro con sus emociones desde
una posición distinta integrando todas las imágenes propias que abrazan estos hombres.
El dispositivo facilitó dar cuenta de la relación violenta y negligente con ellos mismos y con
los demás y el lazo que guarda con su propia historia. Dicho insight permitió la elaboración
y transformación de sus comportamientos en prácticas de autocuidado y de vínculos más
sanos con el otro; se dio un desplazamiento de lugar y de movilización del deseo. “Me
motiva cada vez más a sacar todo eso que hay ahí, a cambiarlo y a lograr una vida mejor
para mejorar una relación con los otros, primero necesito mejorar conmigo mismo
(Leonardo); “Fui al mall, al cine, me compré ropa, comí, me senté a ver la gente pasar,
disfruté mucho, un tiempo para mí” (Antonio).
Fueron elaborando la experiencia subjetiva al apalabrar el dolor vivido y resignificarlo
a través del cuerpo. El reconocerse como sujetos con una serie de aspectos positivos y
herramientas emocionales les permitió hacerse preguntas y descolocarse del lugar de
malestar, a través de la resonancia grupal y la validación de la experiencia vivida.
Discusión
La intervención clínica efectuada denotó que los participantes experimentaron violencia
de distintas formas durante su infancia, lo cual generó un impacto en su vida adulta.
Siguiendo a Rosabal (2009), se denotó un estilo autoritario en las figuras de crianza,
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quienes ejercían control y provocaban culpa en ellos. Fernández (2001) señala que el
poder de esta época es el poder disciplinario en torno al cuerpo y al control del deseo;
por tanto, la agresión y negligencia también podrían ser consideradas como formas de
control en estos hombres.
El discurso de ellos evidenció la normalización, aceptación y justificación de esas
conductas ejercidas por sus figuras de autoridad mediante el ejercicio del poder y
del miedo, además de reproducirlas en sus hijos e hijas, lo cual coincide con Miller
(1998; 2002; 2009). También, expresaron el sentimiento de culpabilidad ante el castigo
físico (Miller, 2009; Patronato Nacional de la Infancia, 2016), experimentan culpa al
hablar sobre el acto recibido, ya que implicaba cuestionar a quien lo ejerció. Habían
guardado reclamos para no sentirse culpables, tapando y sosteniendo la falta del
Otro (Lema, 2014).
Para estos hombres, la relación con sus figuras parentales, en especial la materna,
representa un conflicto al no poder integrar la madre afectiva y cuidadora, y la madre
violenta, pero incuestionable; se demandaba amor y se recibía rechazos y golpes, o
bien amor y golpes. El maltrato como forma de recibir algo parece el lazo imaginario
posible con esa figura para poder sostenerse (Uribe, 2010). No encontrar sentido ante la
violencia lleva al sujeto a llenar con un discurso más tolerable ese espacio vacío como
interpretación del castigo, acabaron justificando a los padres y culpándose a sí mismos
(Miller, 1998), velaron la pregunta sobre el deseo del Otro (Uribe, 2010), pero no el dolor.
El valor que tiene la madre en ellos como figura ambivalente atañe a la construcción
histórica del género femenino instalado en la mirada del patriarcado (Butler, 2007). Ante
dicha construcción, resulta interesante que, en la mayoría de estos casos, estas madres
estaban solas; no había una figura, un tercero que regulara el goce, como diría Lacan
(1932, citado en Lema, 2014), mientras que en otros el acto voraz era reflejo de la violencia
recibida por la pareja.
En este sentido, el vínculo que estos hombres han tenido con el otro y con su propio
cuerpo es de miedo y de protección. Se conjuga la pulsión de vida y de muerte (Freud,
1920/1976), de huida y de ataque como sobrevivencia, sin tener las herramientas
psíquicas adecuadas para actuar según la amenaza. Una primera consecuencia de
esto es el congelamiento, como el caso de la dificultad en la toma de decisiones, la
dependencia, la procrastinación, el autosabotaje, la búsqueda de aprobación y de
cumplir las expectativas del otro. No obstante, entran en crisis al no cumplir y dar
prueba de virilidad y autosuficiencia (Gilmore, 1994).
Si como indica Cuervo (2010), el apoyo y el afecto permiten un desarrollo cognitivo y
psicosocial adecuado en la infancia, el castigo físico y la negligencia pudieron afectar en
dicho desarrollo ligado a la aceptación de las figuras significativas. Aquella violencia se
instauró consumando una fragilidad yoica (Uribe, 2010), lo cual afectó sus recursos para
enfrentar problemas, tomar decisiones, adaptarse a los cambios y valorarse a sí mismos,
es decir, las herramientas psicoafectivas que señalaran Rosabal (2009) y Cuervo (2010).
El resultado ha sido la reproducción de medidas defensivas y evitativas que no les ha permitido
moverse de lugar a nivel simbólico al no contar con el desarrollo emocional necesario. Hay
algo en lo real que irrumpe (García, 2005), que da miedo y detiene, de modo que se protegen
de cualquier acto que pudiera ser amenazante para su yo frágil, tal es el caso mediante
la procrastinación, como forma de aplazar el deseo. A pesar del precio de displacer, estos
sujetos se cuidan de algo que interpretan aún más displacentero (Freud, 1920/1976).
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Una segunda consecuencia ha sido la reproducción de la violencia, de manera que
sostienen una relación de maltrato consigo mismos (Hardt et al., 2008; Evren et al., 2011;
Carlson et al., 2013). No solo se evidencian estos actos autodestructivos indirectos que
se resumen en la pasividad e impotencia que indicaban Tsirigotis et al. (2013), como
repetición de lo sentido en la infancia, sino también a conductas de riesgo y la falta de
autocuidado de la salud (Badinter, 1993; Salas, 2005; Butler, 2007). Asimismo, el uso de
drogas y los intentos de suicidio confirman este vínculo negativo con el propio cuerpo.
Así, se da una compulsión a la repetición (Freud, 1920/1976), donde la pulsión regresa
una y otra vez sobre estos sujetos. Se reproduce nuevamente el trauma, como algo
excesivo que reaparece sin motivación (Lacan, citado en García, 2005): el castigo por
parte de las personas cuidadoras, pero ahora por su cuenta, de forma que el objeto
pasa a ser el propio yo. El deseo de destrucción se redirige hacia ellos mismos en
lugar de un objeto externo que no puede ser atacado (Freud, 1915-1917/1976), las
figuras parentales causantes de dolor (Miller, 1998; Miller, 2009). Miller (2009) señala,
precisamente, que dicha experiencia permanece guardada en la memoria corporal y
emocional que le llevará a repetir el acto contra sí, lo cual refuerza la necesidad de un
abordaje en torno al cuerpo.
Asimismo, en el discurso de estos hombres se refleja el aprendizaje social por medio
de los mandatos de la masculinidad hegemónica que dictan ser fuertes, ser valientes,
defenderse, no mostrar las emociones (Salas, 2005; Campos & Salas, 2002). Esto parece
haber significado una herramienta o una vía para tramitar en el cuerpo el trauma vivido,
aun cuando se transforme en daños hacia ellos y otras personas. En efecto, desde la
masculinidad tradicional resulta censurable expresar las emociones, salvo el enojo,
mientras que se censuran las demás como el miedo o la tristeza, a la vez que socialmente
se validan las conductas agresivas. Frente a esto, brindar un espacio para la palabra y para
la escucha pudo permitir la queja y denuncia que había sido censurada desde muchos
frentes como la normalización de la violencia disfrazada como disciplina, justificación de
los padres y una masculinidad hegemónica.
Contar con una audiencia que escucha, no censura y valida el dolor, sirve de eco y espejo.
Freud (1921/1976) señaló que el fin de la identificación es configurar el yo frente a otro
como modelo, por cuanto el emergente dentro del grupo permitió un encuentro con
otro especular, lo imaginario (Herrera, 2009; Nominé, 2004), donde pudieron escucharse
a sí mismos a través de la identificación y el vínculo con el otro y su relato o la escena
que protagonizaba. Siguiendo a Kesselman, la escena individual conlleva la identificación
grupal (1996, citado en Reyes, 2007).
Lo anterior se promovió el verse y escucharse desde otro lugar distinto al que habían
sido colocados desde su infancia y, por tanto, se resignifica la experiencia subjetiva como
también la palabra que se va diciendo conforme es escuchada. Asimismo, posibilitó que
estos hombres pudieran movilizarse subjetivamente, en términos de Romero y Sauane
(1999), y apostarse por el deseo; esto por cuanto, aun desde el silencio, escuchar y ser
espectador puede tener efectos significativos en el sujeto que se mira en el espejo.
El síntoma fue dicho por medio del lenguaje y tuvo la posibilidad de ser escuchado por
él mismo, el grupo y el equipo terapéutico. Por tanto, no solo este último fungió de
testigo sino el grupo mismo, el cual facilitó y escuchó la denuncia y la queja de cada uno.
En este encuentro de subjetividades donde aparece la transferencia (Freud, 1913/1976;
Reyes, 2005), se produjo el espacio para una nueva escucha, por parte de los terapeutas
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(hombre y mujer). Así, teniendo cuidado de los lugares transferenciales de las figuras
de infancia del sujeto, como lo plantea Aulagnier (2003), se intentó plantearles cómo es
posible estar en otro lugar.
Se posibilitó una libre circulación de la palabra del sujeto y una lectura más allá de la
superficie del síntoma expresado y de la demanda; se trató no solo de no taparlos sino
de destapar algo más que subyace permitiéndoles hablar (Freud, 1913/1976). Aunque la
demanda del grupo era hablar de lo actual, era preciso hacer la asociación con lo vivido,
con lo traumático (García, 2005); había resistencia de revisar la niñez, como si se quisiera
trabajar su infancia sin tocarla, debido al dolor. Haciendo eco de Aulagnier (2003), se debía
analizar la relación del yo con el ello, el yo con el “antes” y los objetos de la demanda actual;
así, siguiendo dicha autora, se logró desmembrar las voces de figuras fantasmáticas de la
infancia y reconocer la voz de sí mismos, para deshabitar discursos avasalladores.
Más aún, se apuntó a encontrar el vínculo con la memoria no solo desde el lenguaje
verbal sino también desde la dimensión de lo corporal (Miller, 2009; Reyes, 2005); se dio
espacio para la lectura de dos tipos de textos, el discurso y el cuerpo. El primero se refiere
a lo verbal, mientras que el segundo implica que si se le permite al cuerpo expresarse
se puede encontrar con un discurso y una historia, no verbal, en función de un síntoma
(Fernández, 2001; Lema, 2014; Soler, s.f.). Se coincide con Lacan (Nominé, 2004; Soler,
s.f.) sobre la construcción del cuerpo desde lo simbólico y lo imaginario, por lo que
resultan clave en la práctica psicodramática psicoanalítica (Herrera, 2009) y la relación
entre lenguaje y cuerpo al abordar experiencias traumáticas (Lacan, 2012), donde está el
agujero, donde no hay palabras.
Arévalo et al. indican que “con el relato, la reflexión surge de un proceso cognitivo; con la
corporalidad, la reflexión surge del movimiento y la escenificación en un juego de roles”
(2016, p. 233). Surgieron así las voces del pasado y los recuerdos, así como la disposición
de dejarse observar y escuchar por el otro, de movimiento y complicidad, gracias a la
transferencia, en tanto repetición (Freud, 1914/1976) y depositación en el otro; afloró la
memoria corporal y emocional de lo que habría estado reprimido (Reyes, 2005), o bien
había estado consciente, pero sin poder apalabrarlo.
Se dio un juego que pasa de la palabra al cuerpo y del cuerpo de nuevo a la palabra,
mediante los recursos psicodramáticos que permiten las expresiones corporales y
verbales (Reyes, 2007; Rache, 2015). Estos surgieron a partir del relato de los hombres
y de la lectura e interpretación del terapeuta (Freud, 1913/1976), como forma de evocar
la vivencia y visualizar lo que no era consciente; podían mirarse desde otra posición por
medio del movimiento y al volver al discurso moverse nuevamente, con otra escucha y
con otra posibilidad de resignificar la experiencia vivida (Herrera, 2009). Se coincide con
Rache (2015) en poder simbolizar la apropiación del sujeto en acto, sin quedar solo en la
palabra o en el cuerpo, sino en acto.
Si bien las expresiones corporales solían ser de tipo esculturas (sin movimiento) (Reyes,
2007), entre otros recursos psicodramáticos, al plantear una palabra o una pregunta, un
cambio de escena o de protagonista, se generaba otro sentido de la escena traumática
y, por tanto, otra forma de mirarla, apalabrarla y escucharla; entonces se mueven. Se
convirtió en una especie de Ford-da (Freud, 1920/1976) en el que no solo hay un ir y
venir de la palabra al cuerpo y viceversa, sino que ahora hay un rol activo del sujeto
en el “juego”; se repite una acción que fue dolorosa y quedó atrapada en el cuerpo,
permitiendo ahora poder tramitarla para dejarle transitar libre y activamente.
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Asimismo, se abrió la posibilidad de conectarse con el cuerpo y con las emociones que no
habían podido explorar, debido a la dificultad de reconocer, identificar y verbalizar (Salas,
2005; Campos & Salas, 2002). Cabe resaltar cómo los participantes recordaban con base en
los ejercicios realizados para hacer referencia a la sesión anterior; por cuanto, el movimiento,
lo corporal, permiten una memoria y una mirada distinta para resignificar la experiencia y
traerla a la conciencia. La forma de memoria que resume una experiencia nueva y moviliza
el deseo no es más que este juego donde la palabra encuentra al cuerpo y viceversa.
De esta forma, este estudio logró tomar herramientas de la psicoterapia grupal, como
el compartir la experiencia y la identificación con el otro, además de elementos del
psicodrama como el uso del cuerpo, y del psicoanálisis, la escucha activa y la asociación
de ideas, con el fin de trabajar una temática muy excluida en hombres. Se difiere, en este
sentido, de otras prácticas que dictan un abordaje exclusivo del discurso verbal, solo
individual o que buscan anestesiar o eliminar en el cuerpo las sensaciones y emociones
sin dar voz a lo vivido. Resulta importante un método que dé cuenta del sujeto, del
valor de la palabra y de las identificaciones transferenciales, pero también de ese cuerpo
hablado, que permita la resignificación y un cambio de posición.
Este trabajo constituyó una sistematización de un proceso terapéutico grupal, la cual
cobra valor al no haber investigaciones y sistematizaciones en grupos de hombres en
Costa Rica, en especial abordando la violencia vivida en la infancia, a pesar de realizarse
muchas intervenciones en población masculina. La importancia de dicho estudio yace en
visibilizar la necesidad del trabajo en hombres que han vivido violencia infantil y que a su
vez pueden ser generadores de violencia; asimismo, aporta elementos básicos para su
posible abordaje mediante técnicas psicodramáticas y psicoanalíticas como una apuesta
de intervención, junto con un enfoque de género y de masculinidades positivas.
Resulta relevante poder profundizar en propuestas como estas que puedan brindar mayores
insumos e indicadores en procesos grupales con hombres. No obstante, se reconocen
las dificultades prácticas que implica realizar trabajos amplios en temáticas específicas,
en especial cuando hay una demanda actual que no pasa por la experiencia traumática
necesariamente. Cuando es posible abordarse, es limitado el seguimiento que se le da por
la fluctuación que suele haber en los grupos terapéuticos o de apoyo abiertos; sin embargo,
podría ser útil en terapias breves de grupos cerrados como lo es a nivel institucional. Se
insta a realizar propuestas que den cuenta del sujeto y del trauma vivido, sin dejar de lado el
aprendizaje social propia de una masculinidad tradicional que acompaña a estos hombres.
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Anexos
Anexo 1
Registro de entrevista preliminar
Datos personales Preguntas de la persona entrevistadora Criterio de la persona
entrevistadora
Nombre:
Edad:
Ocupación:
Domicilio:
1. Aspectos signicativos de historia de
vida:
2. Violencia en la infancia:
¿Quién? ¿Cuándo? ¿Cómo?
¿Qué piensa sobre lo que pasó y/o qué
consecuencias tuvo (cómo le afectó)?
3. Expectativas sobre el proceso
terapéutico:
4. Información adicional relevante
(actitud y comportamiento del
participante, facilidad/dicultad
para el manejo del grupo, ¿mues-
tra escenario de crisis?)
Anexo 2
Guía de observación
Descripción de hechos
principales
Intervenciones tera-
péuticas
Reacciones/resultados
en los participantes
Interpretaciones de
los terapeutas
Anexo 3
Aspectos transferenciales y contratransferenciales (conversación en caliente)
Terapeuta Coterapeuta
Inicio de la sesión: Inicio de la sesión:
Durante la sesión: Durante la sesión:
Después de la sesión: Después de la sesión:
La escucha psicoanalítica y los recursos psicodramáticos en hombres
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Anexo 4
Post-evaluación
Preguntas
1. Experiencia general: ¿Cómo ha sido este proceso psicoterapéutico para usted?
2. Cambios: ¿Cuáles cambios ha notado en usted mismo desde que inició la terapia?
3. Atribución: ¿A qué atribuye estos cambios?
4. Recursos: ¿Cuáles fortalezas o aspectos de su vida le ayudaron a afrontar este proceso?
5. Limitaciones: ¿Qué cosas sobre usted o de su situación fueron limitantes u obstáculos en este
proceso?
6. Aportes: ¿Cuáles han sido los aportes de este proceso para usted?
7. Aspectos difíciles:
- ¿Qué tipo de elementos sobre la terapia han sido difíciles, negativos o decepcionantes
para usted?
- ¿Hubo algo que le fuera difícil y no pudo trabajar en el proceso?
Nota. Adaptado de Elliott (2011).