
Ramos-Noboa, Larzabal-Fernández, & Moreta-Herrera
Actualidades en Psicología, 34(128), 2020, 35-50
36
Introducción
La violencia escolar es un fenómeno arraigado en los sistemas educativos de diversos países
y cuenta con distintas formas de manifestación (di Napoli, 2016). Una de estas formas es
el bullying o ‘acoso escolar’, el cual comprende una forma específica de maltrato o violencia
psicológica, verbal o física, entre escolares en los centros de enseñanza. En el que se molesta,
hostiga y atormenta sistemáticamente a un individuo durante distintos períodos de tiempo
(Olweus, 1998) y con múltiples efectos negativos en las víctimas (Garaigordobil, 2011).
Entre las distintas modalidades de ejecución y debido al auge y al acceso que tienen las
tecnologías virtuales, existe el acoso escolar que se extiende al mundo cibernético. El
Cyberbullying (CB) o ‘acoso escolar cibernético’, comprende además, el uso de las TIC’s
(Internet, computador, Tablet, móvil, otros) para ejercer acoso, persecución y hostigamiento
entre iguales a través de la difusión de contenido específico de la víctima (Garaigordobil,
2015) con el fin de agredirla, humillarla o generar un efecto lesivo. Este fenómeno es uno de
los factores que a la larga, puede tener notoria en la elevación del riesgo en la salud física y
mental en escolares (Moreta, Reyes, Mayorga, & León-Tamayo, 2017).
El CB podría considerarse una extensión del bullying tradicional aplicado al aspecto virtual.
Sin embargo, existen diferencias que la tratan como una manifestación distinta de violencia
escolar. Por ejemplo, en el anonimato del acosador (Beckman, Hagquist, & Hellström,
2012), la extensión del acoso más allá del entorno escolar (Wachs, 2012), en la hora del día
(Tokunaga, 2010), y en el potencial del mensaje agresivo por medio de palabras, imágenes,
vídeos y otros; así como en la difusión del acoso a varias personas (García & Orellana, 2010).
Existen diversos tipos o formas de generar CB, siendo la única limitación la imaginación
del agresor y la pericia tecnológica para el uso del acoso (Garaigordobil, 2011). Así
tenemos: a) peleas online o Flaming; b) envío de rumores contra la reputación de alguien;
c) robos de cuentas de redes sociales para envío de mensajes que dañen a la víctima;
d) difusión de secretos por redes sociales; e) exclusión deliberada de grupos online; f)
envío repetido de mensajes amenazantes (Calvete et al., 2010); g) cargas en internet con
imágenes comprometedoras (reales o montajes); h) inscripción de las víctima en webs
clasificadoras de personas por sus aspectos negativos a través de votos; i) dar de alta la
dirección de e-mail de la víctima en webs para recepción de spam (Flores, 2008), entre otros.
Las consecuencias negativas en víctimas expuestas al CB se relacionan con problemas en
torno al rendimiento académico (Ortega-Reyes & González-Bañales, 2015); y psicológicos,
tales como: ansiedad, depresión, estrés, somatizaciones, suicidios, violencia (Garaigordobil,
2011; Fisher, Gardella, & Teurbe, 2016), soledad (Eden, Heiman, & Olenik, 2016), estrés
percibido (Larzabal-Fernandez, Ramos-Noboa, & Hong, 2019) y poca satisfacción con
la vida (You, Lee, & Kim, 2016). Mientras que, desde el lado del victimario se encuentra
relación con la reputación social y la generación de conductas antisociales (Buelga, Iranzo,
Cava, & Torralba, 2015).
En países europeos como España, las prevalencias del CB bordean el 30% en conductas
perpetradoras (Estévez et al., 2010; Garaigordobil & Aliri, 2013; García & Jiménez, 2010;
Buelga et al., 2015).Ya en los países de la región sudamericana, como Chile (Varela et
al., 2014) y Perú (García & Orellana, 2010), las prevalencias de conductas perpetradoras