
Desgaste laboral emocional en profesionales de atención socio-sanitaria
Actualidades en Psicología, 34(128), 2020, 143-156
145
por la muerte, las crecientes demandas de las personas que no quedan satisfechas con los
servicios recibidos, la variación constante sobre las cargas de trabajo, entre otros (Lenta &
Pérez, 2011; Montross, Meier, De Cervantes-Monteith, Vashistha, & Irwin; 2013; Quick,
Wright, Adkins, Nelson, & Quick, 2013; Green, Savin, & Savva, 2013).
Estos factores actúan sobre el individuo y el grupo de trabajo, provocando un malestar
que puede manifestarse en fuertes cargas negativas, estrés e insatisfacción, lo que genera
una deficiente calidad de la atención hacia el enfermo y en el trabajador de la salud
puede producirse un estado de fatiga emocional y/o física (Gosseries et al., 2012; Haber,
Palgi, Hamama-Raz, Shira, & Ben-Ezra, 2013; Slade, 2014). Es el llamado síndrome de
Burnout, que aparece con mayor frecuencia en los profesionales de las organizaciones de
servicios que trabajan en contacto directo con clientes o usuarios. El padecimiento de este
cansancio emocional trae consigo una deshumanización defensiva, que se manifiesta en
conductas despersonalizadas, es decir, actuaciones frías y distantes con las personas que
reclaman constantemente nuestra ayuda (Bringas, Fernández, Álvarez-Fresno, Martínez,
& Rodríguez-Díaz, 2015; Rodríguez et al., 2015).
Se debe resaltar que los profesionales cuando experimentan su retención de capacidades
se debilitan y se transforman en seres vulnerables, especialmente para enfrentarse a
situaciones difíciles; se conforma una organización “tóxica” (Hamaideh, 2014; Kubicek,
Korunka, & Ulferts, 2013), una organización de baja producción, elevado coste añadido
y baja calidad de servicio, lo que tiene un efecto negativo en los usuarios. Esto último
es de especial interés en una sociedad post-moderna con protagonismo de los servicios
prestados en el sector terciario de los geriátricos (Butler, Brennan-Ing, Wardamsky, &
Ashley, 2014; Knopp-Sihota, Squires, Niehaus, Norton, & Estarbrooks, 2015; Reyes &
González-Celis, 2016), que se han convertido en una ocupación imprescindible en la
asistencia social y geriátrica.
La relevancia que adquiere la relación trabajador-usuario, como un factor de riesgo laboral,
se concreta con las repercusiones de salud física y psíquica en el trabajador (Cabanach,
Souto-Gestal, & Franco, 2016). La tendencia en los últimos años es vincular el burnout a
las variables propiciatorias para un enfoque activo y propositivo de la salud en el trabajo.
En nuestro caso se constata el fracaso y la miseria en un enfrenamiento cotidiano con
el sufrimiento, pobreza, crueldad, dolor, muerte, así como una preocupación por el
aumento de demandas legales por una mala práctica. Una actitud analítica y empírica que
se etiqueta como “modelo salutogénico laboral”, donde la realidad personal y laboral es
una variable dinámica y transaccional (Gil-Monte, Carretero, & Roldán, 2005; Naveiras,
2016). Igualmente, la salud es un derecho de todos y, en esa medida, los profesionales
deben estar disponibles para atender todas las necesidades que surjan como consecuencia
e integrar los polos de enfermedad y bienestar de la persona.
Este enfoque supone una ventaja para el desarrollo de la actividad laboral, puesto
que una organización salutogénica implica una reducción de costes (Olabarría &
Mansilla, 2007; Idris, Dollard, & Yulita, 2014; Espinoza-Díaz, Tous-Pallarès, & Vigil-
Colet, 2015; LeCheminant, Merrill, & Masterson, 2015) a nivel personal (insomnio,
ansiedad, depresión, adicciones, entre otros), organizacional (accidentes en el trabajo,
bajas laborales, ausentismo, presentismo, entre otros), social (costes a seguridad social,