Inteligencia emocional y salud en el envejecimiento:
beneficios del programa PECI-PM
*
Resumen. El entrenamiento de la inteligencia emocional en personas mayores, ha demostrado su efectividad en la mejora
de la calidad de vida. El objetivo es analizar los beneficios en salud, de un programa de estimulación cognitiva e inteligencia
emocional para personas mayores (PECI-PM). La muestra estuvo formada por 28 alumnos de la Universidad de Mayores
de Almería, que completaron la primera fase del PECI-PM. Para la evaluación (pre-post) de la salud, se aplicó la versión
española del SF-36. Los resultados mostraron puntuaciones significativamente más elevadas, tras la intervención, en las
dimensiones de salud: Función Social, Dolor Corporal, Vitalidad y Función Social. La primera implementación del PECI-
PM, revela efectos positivos del entrenamiento emocional sobre la percepción de la salud, en personas mayores.
Palabras clave. Inteligencia emocional, cognición, salud, mayores, PECI-PM.
Abstract. Training emotional intelligence in the elderly, it has demonstrated its effectiveness in improving the quality of
life. The aim is to analyze the health benefits of a program of cognitive stimulation and emotional intelligence for older
people (PECI-PM). The sample consisted of 28 students of the University Senior Almeria, who completed the first phase
of PECI-PM. For the (pre-post) assessment of health, the Spanish version of the SF-36 was applied. The results showed
significantly higher scores after the intervention, the dimensions of health: social function, bodily pain, vitality and social
function. The first implementation of the PECI-PM reveals positive effects of emotional training on perceived health in
the elderly.
Keywords. Emotional intelligence, cognition, health, elderly, PECI-PM.
Actualidades en Psicología, 30(121), 2016, 11-23
http://revistas.ucr.ac.cr/index.php/actualidades
1
María del Carmen Pérez-Fuentes. Universidad de Almería. España. Dirección postal: Ctra. de Sacramento, s/n (04120) Almería - España
E-mail: mpf421@ual.es
2
José J. Gázquez Linares. Universidad de Almería. España. E-mail: jlinares@ual.es
3
María del Mar Molero Jurado. Universidad de Almería. España. E-mail: mmj130@ual.es
4
África Martínez. Universidad de Almería. España. E-mail: amm521@ual.es
5
Ana Belén Barragán Martín. Universidad de Almería. España. E-mail: abm410@ual.es
6
María del Mar Simón Márquez. Universidad de Almería. España. E-mail: abm410@ual.es
*Este trabajo cuenta con la colaboración del Proyecto Almería Urban, conanciado por fondos FEDER y el Ayuntamiento de Almería.
María del Carmen Pérez-Fuentes
1
José J. Gázquez Linares
2
María del Mar Molero Jurado
3
África Martínez
4
Ana Belén Barragán Martín
5
María del Mar Simón Márquez
6
Universidad de Almería, España
Emotional Intelligence and Health in Aging: PECI-PM
Program Benefits
ISSN 2215-3535
DOI:
http://dx.doi.org/10.15517/ap.v30i121.24048
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.
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Pérez-Fuentes, Gázquez, Molero, Martínez, Barragán & Simón
Actualidades en Psicología, 30(121), 2016, 11-23
Introducción
En la actualidad, los cambios sociodemográficos, y
la evolución en las necesidades, actitudes e intereses
de la población que envejece (Gázquez, Pérez-
Fuentes, Mercader, & Molero, 2011), requieren de una
revisión del modelo de salud y los factores asociados
(Organización Mundial de la Salud, 2015). Hasta
hace tan sólo unos años, el interés sobre la salud de
la población mayor se centraba fundamentalmente
en los procesos de enfermedad y en los factores
de riesgo (Gonzalo & Pasarín, 2004). No obstante,
desde el paradigma del Envejecimiento Activo, como
marco de referencia (Lopesino, López-Ceron, Muñoz,
y Echanagorría, 2011), la atención exclusiva hacia
los factores de riesgo asociados a la enfermedad
resulta insuficiente. Por tanto, se plantea la necesidad
de reorientar el interés de la investigación hacia los
factores que influyen positivamente, no solo en la
prevención de la enfermedad, sino en la promoción de
la salud (Ramírez, Ortega, & Martos, 2015).
Entre las diferentes líneas de actuación en
envejecimiento activo, las Universidades de Mayores se
presentan como una de las iniciativas con mayor auge
en España. La participación en este tipo de actividades,
además de restar valor a los estereotipos sobre la vejez
(Gázquez et al., 2009), tiene una repercusión positiva
en la integración social, en la salud física y mental de
los alumnos (Gázquez, Pérez-Fuentes, & Carrión,
2010), así como en el mantenimiento de las funciones
cognitivas (Plaza, Requena, Rosario, & López, 2015).
De los beneficios derivados de las diferentes iniciativas
para la mejora de la calidad de vida en personas mayores,
se extrae la necesidad de identificar nuevos elementos
para el diseño y la promoción de intervenciones
eficaces (Díaz-Prieto & García-Sánchez, 2015).
Por otro lado, es importante señalar el valor que
las personas mayores otorgan a la salud, como una de
las dimensiones más relevantes de su calidad de vida
(Fernández-Ballesteros et al., 2010), además del peso
determinante que tiene sobre la percepción del propio
proceso de envejecimiento (Pérez-Fuentes et al., 2015).
En los últimos años, se ha prestado especial interés al
bienestar emocional, en el ajuste psicosocial durante
todas las etapas de la vida (Salguero, Fernández-
Berrocal, Ruiz-Aranda, Castillo, & Palomera, 2011),
y a la forma en que éste puede contribuir a un
envejecimiento óptimo (Arias & Iglesias-Parro, 2015).
El concepto de inteligencia emocional, fue utilizado
como tal por Salovey y Mayer (1990) para hacer
referencia a las habilidades y capacidades para percibir
y producir emociones que posibiliten el pensamiento,
para entender esas emociones y regularlas, con una
clara función adaptativa del individuo.
En 1991, Lazarus hace referencia a la valoración
de un estímulo externo o de una situación, como
uno de los factores cognitivos más influyentes. Según
este autor, tendrían lugar dos procesos de valoración:
uno que ocurre de forma automática, y otro que se
produce conscientemente. Así, cada emoción se evoca
por un patrón distinto de valoración, por tanto, los
estados emocionales se pueden diferenciar según los
componentes de evaluación que estén implicados, en
cada caso (Smith & Lazarus, 1993).
Goleman (1995), pone de relieve la importancia
de estudiar tanto la inteligencia como las emociones
de forma conjunta, reforzando el significado de
“ser inteligente” y otorgando mayor peso a las
emociones en el desarrollo vital del ser humano.
Posteriormente, en 1998, Goleman expone que las
personas con mayor nivel de inteligencia emocional
serán también más sanas, felices y productivas en su
vida diaria. En esta línea, también cobran sentido
otras propuestas como la de LeDoux (1996) que,
desde el contexto de las teorías multinivel, reconoce
la complejidad del sistema cognitivo, donde las
reacciones emocionales pueden ser desencadenadas
por procesos preatencionales o automáticos.
Por su parte, Bar-On (1997) utiliza la expresión
“inteligencia emocional y social” para hacer referencia a
las habilidades y capacidades (personales, emocionales
y sociales) que facilitan la adaptación e interacción con
el medio. Desde el modelo de Bar-On, este tipo de
inteligencia será la que facilite el éxito social y bienestar
psicológico, a lo largo del ciclo vital, con efectos
significativos sobre la salud física y mental (Bar-
Benecios del programa PECI-PM
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On, 2006). Precisamente, será una adaptación para
personas mayores (Pérez-Fuentes, Gázquez, Mercader,
& Molero, 2014) del instrumento desarrollado
originalmente por el autor (Emotional Quotient Inventory
EQ-i; Bar-On, 1997), la que fue considerada durante la
elaboración del PECI-PM y utilizada en la valoración
de los cambios en las dimensiones de Inteligencia
Emocional, tras la intervención (Pérez-Fuentes,
Molero, Gázquez, & Soler, 2014).
Hoy día, se sabe que la capacidad para regular
las emociones se mantiene estable, o incluso puede
mejorar con la edad, y que habilidades relacionadas
con el uso del humor pueden resultar una estrategia
eficaz (Harm, Vieillard, & Didierjean, 2014). En
otros casos, se ha incluido la función cognitiva en
el análisis de las habilidades emocionales (Broche,
Rodríguez, & Martínez, 2014). Suzuki y Akiyama
(2013), examinaron la influencia del envejecimiento
cognitivo sobre el reconocimiento de expresiones
faciales en las emociones básicas. Encontraron, que el
deterioro cognitivo relacionado con la edad, afectaba
negativamente al reconocimiento de emociones,
como la alegría, la sorpresa, el miedo, la ira, el asco
y la tristeza. Una prueba más de que los procesos
cognitivos, no funcionan de manera aislada (Clemente,
García-Sevilla, & Méndez, 2015; Sanz de Acedo y Sanz
de Acedo, 2013).
A pesar de la emoción y la cognición, tradicionalmente,
han sido considerados como aspectos independientes,
la evolución teórica de la inteligencia emocional,
y a pesar de tratarse de un concepto relativamente
joven, apoya la existencia de una interrelación de
ambos procesos. Aunque la inteligencia emocional
ha demostrado estar relacionada positivamente con el
bienestar, la salud mental y física, todavía sigue abierto
el debate sobre los procesos cognitivos subyacentes
(Gutiérrez-Cobo, Cabello, & Fernández-Berrocal,
2016). Precisamente, de estas cuestiones sin resolver
se derivan algunas de las dificultades identificadas en la
medida de las dimensiones de inteligencia emocional.
Muestra de ello es, por ejemplo, el efecto que tiene el
formato de respuesta (verbal/ imagen) en la medición
de la comprensión emocional (Delgado, 2016).
Inteligencia emocional y funcionamiento social
La emoción no puede ser concebida únicamente
como un fenómeno intrapersonal (Rimé, Mesquita,
Boca, & Philippot, 1991). El intercambio social de
experiencias es un componente fundamental en
la configuración de los procesos emocionales del
individuo (Azpiazu, Esnaola, & Sarasa, 2015; Del
Barrio et al., 2011). Así, trabajos como el de Krawczyk,
Lelek, Moroz, Kamenczak y Maj (2009), ponen de
manifiesto que la mejora en aquellas capacidades que
permitan el uso adecuado de la inteligencia emocional
en la resolución de problemas y el funcionamiento
social, serán un factor clave de programas terapéuticos
eficaces. Este es el caso de trastornos como la Fobia
Social Generalizada, caracterizada por un temor
excesivo a las situaciones sociales.
Las personas que padecen este trastorno presentan
un sesgo en la interpretación social, por tanto, dificultad
para percibir, comprender y manejar las emociones.
Al respecto, Jacobs et al. (2008), encontraron una
correlación negativa entre el nivel de ansiedad social
y la inteligencia emocional, en pacientes con Fobia
Social Generalizada.
Por su parte, Lakey y Orehek (2011) afirman que
el apoyo percibido es un factor asociado a un buen
estado de salud mental, cumpliendo una función
amortiguadora del estrés. En estudios previos (Schmidt
& Andrykowski, 2004), ya se planteaba la posibilidad
de que un alto nivel de inteligencia emocional, podría
reducir el impacto negativo de un ambiente social
dañino. De manera que, un adecuado procesamiento
cognitivo y emocional, facilita un ajuste positivo del
individuo ante experiencias traumáticas relacionadas
con la enfermedad.
La inteligencia emocional implica la interacción entre
el individuo y su entorno social más amplio. Así, hacer
frente a las situaciones adversas, requiere del desarrollo
de la capacidad de recuperación emocional (Schneider,
Lyons, & Khazon, 2013), pudiendo desarrollarse ésta
con el apoyo social necesario (Armstrong, Galligan,
& Critchley, 2011). En la actualidad, avalando el
papel de lo social en la salud de las personas de edad
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avanzada, continúa abierto el debate donde se discute
la evidencia empírica que avala los efectos beneficiosos
de las relaciones sociales para la salud (Iglesias-Parro &
Arias, 2015).
La inteligencia emocional en los procesos de salud-enfermedad
y percepción del dolor
La regulación de las emociones tiene consecuencias
importantes para la salud. En esta línea, existen
intervenciones eficaces que entrenan habilidades de
regulación emocional para la mejora de la salud, tanto
en poblaciones de riesgo como en individuos que ya
han sido diagnosticados (Jazaieri, Morrison, Goldin, y
Gross, 2015; Quoidbach, Mikolajczak, & Gross, 2015;
Zeidner, Matthews, & Roberts, 2012).
La inhibición de la expresión emocional ha sido
asociada con la incidencia y progresión de enfermedades
crónicas, como el trastorno cardiovascular (Montero,
Rueda, & Bermúdez, 2014). Las emociones negativas
se han asociado a un aumento de las tasas de muerte
cardiovascular y a incidentes cardíacos recurrentes
(Smith & Blumenthal, 2011). Por los efectos que
tiene en la calidad de vida de pacientes y familiares,
también en las enfermedades neurodegenerativas, se
ha examinado el papel de la emoción y su relación
con el estado de las funciones cognitivas. Bucks y
Radford (2004), observaron que, a pesar del deterioro
en la capacidad cognitiva general, el reconocimiento
de señales emocionales en la expresión facial en
pacientes con Alzheimer se encontraba relativamente
conservado. Más recientemente, Alonso-Recio,
Serrano-Rodríguez, Carvajal-Molina, Loeches-Alonso,
y Martín-Plasencia (2012), llevan a cabo una revisión
sobre el reconocimiento de la expresión facial de
emociones en la enfermedad de Parkinson. Aunque,
la mayoría de los estudios sugieren la existencia de
deficiencias en el reconocimiento de emociones, es
posible que dichas alteraciones estén relacionadas con
el deterioro cognitivo propio de la enfermedad.
Pero, el papel de las emociones no solo se limita
al curso y/o sintomatología de una enfermedad, sino
que también ha sido estudiado en relación a la práctica
de determinados hábitos relacionados con la salud
(Saklofske, Austin, Galloway, & Davidson, 2007). La
falta de sueño puede afectar a una gran variedad de
funciones cognitivas, pero ¿qué efectos tiene sobre
la inteligencia emocional percibida? Respecto a esta
cuestión, Killgore et al. (2008), encontraron que la
privación de sueño se asoció con puntuaciones más
bajas en inteligencia emocional, provocando además
cambios temporales en el metabolismo cerebral,
la cognición y el comportamiento. En otros casos
(McKenna, 2007), se ha hecho referencia a la actitud
hacia conductas saludables como la práctica de
ejercicio físico, donde la inteligencia emocional ha sido
relacionada positivamente con este hábito.
En cuanto al efecto de las emociones en la
percepción/regulación del dolor, existen trabajos
recientes que apuestan por el papel modulador de
los factores emocionales en enfermedades crónicas
(Bushnell, Ceko, & Low, 2013). Según Rhudy y
Meagher (2001), las emociones positivas atenúan
la sensación de dolor, mientras que la intensidad
de dolor percibido puede llegar a intensificarse
con las emociones negativas. En otros casos, se
han identificado estructuras cerebrales implicadas,
relacionadas a su vez con el aprendizaje emocional y la
memoria (Apkarian, 2008; Villemure y Bushnell, 2009).
De hecho, en relación a ésta última, recientemente se
argumenta sobre el efecto del envejecimiento sobre
la habilidad para reconocer información previamente
procesada (Ruiz, Suengas, Simón, & Pastor, 2015).
Inteligencia emocional y salud mental
El déficit en la percepción y regulación emocional se
ha estudiado como uno de los objetivos de tratamientos
en diferentes trastornos mentales (Garrido-Vásquez,
Jessen, & Kotz, 2011). Para Berking y Wupperman
(2012), la dificultad para hacer frente a las emociones
es una característica común en los pacientes con
sintomatología depresiva, en el trastorno límite de la
personalidad, en los problemas con el consumo de
sustancias y en trastornos somatomorfos, entre otros.
Por otro lado, los resultados obtenidos por diversos
autores (Hughes & Gullone, 2011; Markey & Vander
Wal, 2007; Watson, Steele, Bergin, Fursland, & Wade,
2011), ponen de manifiesto el papel de la emoción en el
Benecios del programa PECI-PM
Actualidades en Psicología, 30(121), 2016, 11-23
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desarrollo y mantenimiento de trastornos relacionados
con la alimentación, y en particular, sobre la dificultad
de estos pacientes para regular las emociones.
Por otro lado, los trastornos del estado de ánimo han
sido también objeto de estudio en población mayor
(Cardila et al., 2015; Gázquez, Pérez-Fuentes, Lucas,
& Yuste, 2008), atendiendo al papel de la inteligencia
emocional en el desarrollo y/o mantenimiento de
la sintomatología (Lombas, Martín-Albo, Valdivia-
Salas, & Jiménez, 2014). Hansenne y Bianchi (2009),
revelan niveles más bajos de inteligencia emocional en
personas que presentan sintomatología depresiva. Por
su parte, Lloyd, Malek-Ahmadi, Barclay, Fernández, y
Chartrand (2012), analizaron el valor de la inteligencia
emocional como factor predictor de depresión, en
población mayor. Estos autores encontraron que,
por cada punto positivo en inteligencia emocional,
el riesgo de desarrollar sintomatología depresiva
disminuía un 6%.
A partir de los diferentes estudios, se extrae la idea
de que procesos cognitivos y emocionales mantienen
una estrecha relación con la salud, concebida ésta desde
una perspectiva multidimensional e integradora, en el
desarrollo del individuo. Así, autores como Fernández-
Abascal y Martín-Díaz, (2015), encuentran que las
dimensiones de la inteligencia emocional son suficientes
para explicar diversos componentes de la salud
física y mental, así como para predecir determinados
comportamientos relacionados con la salud.
Los datos que se presentan a continuación,
vienen a completar los resultados obtenidos en un
análisis previo (Pérez-Fuentes et al., 2014), en el
que se examinan los cambios en las dimensiones de
inteligencia emocional tras la intervención con el
PECI-PM. En este caso, se encontraron mejoras en
las puntuaciones de las dimensiones Intrapersonal,
Interpersonal, Adaptabilidad y Estado de ánimo. Al no
encontrarse cambios significativos en la dimensión de
Manejo del estrés, se discute el peso de esta dimensión
en la inteligencia emocional, en población mayor.
Por la estrecha relación que, tal y como se ha visto,
mantienen los aspectos relacionados con la inteligencia
emocional y la salud, era de esperar que una mejora en
los primeros, revelara cambios en dimensiones propias
de la segunda. Por tanto, el objetivo que se plantea con
el presente trabajo es analizar los efectos de la primera
implementación de un programa de estimulación
cognitiva e inteligencia emocional, en la percepción de
la salud (física, mental, social, dolor,…), en personas
mayores de 65 años.
Método
Participantes
La población de estudio estuvo integrada por un
total de 67 sujetos que participan en un programa
de estimulación cognitiva e inteligencia emocional.
Los criterios para la selección de la muestra (N
=28), fueron: completar las 20 sesiones iniciales
del programa, y cumplimentar el cuestionario de
evaluación, pre-post intervención.
Las características sociodemográficas de los
participantes se resumen en la tabla 1. Se trata de 28
alumnos de la Universidad para Mayores de Almería,
con una media de edad de 69.18 años (DT = 6.31),
siendo el rango de edad de 60-85 años. Del total de la
muestra, el 92.9% son mujeres (N = 26), y el 7.1% (N
= 2) hombres, con una media de edad de 69.08 (DT
=6.51) y 70.50 (DT = 3.53) años respectivamente. En
cuanto al estado civil, el 42.9% (N = 12) son casados,
el 39.3% (N = 11) viudos, el 10.7% (N = 3) separados/
divorciados, y el 7.1% (N = 2) solteros. Finalmente,
según el nivel de estudios, el 14.3% tiene estudios
primarios (N = 4), el 17.9% con Graduado Escolar
(N = 5), un 32.1% estudios secundarios (N = 9), y el
35.7% tiene estudios universitarios (N = 10).
Instrumentos
Para la intervención, se aplicó el Programa de
Estimulación Cognitiva e Inteligencia Emocional para personas
mayores (PECI-PM) (Pérez-Fuentes, Molero, Osorio, &
Mercader, 2014). Este programa, dirigido a personas
mayores de 55 años, combina técnicas de estimulación
cognitiva y recursos para el entrenamiento de
habilidades propias de la inteligencia emocional. Sus
objetivos son: mantener y optimizar el rendimiento
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Pérez-Fuentes, Gázquez, Molero, Martínez, Barragán & Simón
Actualidades en Psicología, 30(121), 2016, 11-23
de las personas mayores en tareas que requieren la
puesta en marcha de las funciones ejecutivas, así como
potenciar el uso de estrategias efectivas en el manejo
de las emociones.
El PECI-PM, se desarrolla a través de una aplicación
informática desarrollada para Tablet. La tarea del sujeto
consiste en responder ante diferentes sesiones de juego,
manipulando los cubos que aparecen en la pantalla
táctil. El PECI-PM es una herramienta dinámica e
interactiva, que proporciona feedback inmediato a las
respuestas del jugador.
Para la evaluación de la salud, se administró la
adaptación española (Alonso, Prieto, & Anto, 1995) del
Short Form-36 Health Survey (SF-36; Ware & Sherbourne,
1992). El SF-36, consta de 36 ítems que evalúan estados
positivos y negativos de la salud. Incluye 8 escalas
(Función física, Rol físico, Dolor corporal, Salud general,
Vitalidad, Función social, Rol emocional y Salud mental)
e incluye un ítem (Transición de salud) que aporta
información sobre la valoración del cambio en la salud
actual con respecto al año anterior. Las respuestas se
organizan en escalas tipo Likert, con niveles variables
(desde dos hasta seis puntos) según el ítem. En todos los
casos, la puntuación para cada dimensión se encuentra
en un rango de 0 a 100 (donde 0= el peor estado de
salud, y 100= el mejor estado de salud). En este estudio
se utiliza la versión estándar, donde se cuestiona al sujeto
sobre aspectos relacionados con su salud, haciendo
referencia a las cuatro últimas semanas.
En cuanto a la fiabilidad del instrumento, Vilagut et
al. (2005) realizan una estimación a partir de diversos
estudios que utilizan el SF-36, obteniendo un α
.9 para las escalas Función física, Rol físico y Rol
emocional y valores α superiores a .7 en el resto de
dimensiones. Además, en nuestro país se disponen de
valores normativos del SF-36 para población mayor de
60 años (López-García et al., 2003).
Procedimiento
Tabla 1
Distribución de la muestra, según características sociodemográficas
Variables N %
Edad
60-69 años 17 60.7%
70 años o más 11 39.3%
Sexo
Hombre 2 7.1%
Mujer 26 92.9%
Estado civil
Casado 12 42.9%
Viudo 11 39.3%
Soltero 2 7.1%
Separado/ Divorciado 3 10.7%
Nivel de estudios
Estudios Primarios 4 14.3%
Graduado Escolar 5 17.9%
Estudios Secundarios 9 32.1%
Estudios Universitarios 10 35.7%
Benecios del programa PECI-PM
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El estudio se llevó a cabo de acuerdo con la
Declaración de Helsinki. Todos los sujetos firmaron un
consentimiento informado antes de su participación en
el estudio. En la Fase I del PECI-PM (Molero, Pérez-
Fuentes, Soler, & Mercader, 2014), los participantes en
el programa deben completar 20 sesiones de 45 minutos
dos veces por semana. En esta primera fase, el total de
los participantes forman parte del grupo experimental,
mientras que, para la segunda fase (sesiones de la 21 a
la 40), se incorpora al programa un grupo control. En
este trabajo se hace referencia a los datos obtenidos
durante la primera fase de implementación del PECI-
PM, de mayo a julio de 2014.
Para la evaluación, se aplicó una versión digitalizada
del cuestionario, integrada en la Tablet. La recogida
de datos se llevó a cabo en dos momentos: una
primera evaluación antes de iniciar las sesiones de
entrenamiento (pre); la segunda evaluación, una vez los
sujetos completaron las 20 sesiones (post).
Análisis de datos
Se utilizó el programa estadístico SPSS.19 para
el análisis de los datos. Los parámetros descriptivos
fueron realizados mediante análisis de frecuencias.
Para los análisis de puntuaciones medias, se aplicó el
test de Shapiro-Wilk que lleva a rechazar, en todos los
casos, la hipótesis de normalidad (p < .05), por lo que
se utiliza la prueba no paramétrica de Wilcoxon para
muestras relacionadas.
Resultados
Análisis de sobrevivencia
Para comprobar si existían diferencias que pudieran
explicar la permanencia de los participantes en el
estudio, se llevó a cabo un análisis de sobrevivencia.
Para ello, se tomaron datos disponibles pre-post de
las variables sociodemográficas recogidas (edad, sexo,
estado civil, nivel de estudios). A partir de los resultados
obtenidos, se detectaron diferencias estadísticamente
significativas solamente atendiendo a la edad (t = -2,09;
p < .05), siendo los sujetos que completaron todas las
sesiones los de mayor edad (M= 69.03; DT= 6.24)
frente a los que no continuaron con el programa de
intervención (M = 65.14; DT = 9.51).
Efectos de la intervención
Tal y como se observa en la tabla 2, tras las 20
sesiones, las puntuaciones obtenidas para la mayoría
de las escalas del SF-36 son más altas, en comparación
con las obtenidas al inicio de las sesiones (pre).
Estas diferencias entre las puntuaciones pre-post
intervención, resultan estadísticamente significativas
para Función Física (Z=-2.45; p < .05), Dolor
Corporal (Z = -2.02; p < .05), Vitalidad (Z = -2.43;
Tabla 2
Puntuaciones medias para las escalas del SF-36 (pre-post intervención) y puntuación total
Escalas SF-36
PRE POST
Z Sig.
M DT M DT
Función Física 72.50 19.97 81.80 20.91 -2.45* .01
Rol Físico 90.78 27.90 90.38 25.57 .00 1.00
Dolor Corporal 66.70 22.53 76.96 22.98 -2.02* .04
Salud General 54.50 14.85 65.22 16,29 -.85 .39
Vitalidad 63.04 14.90 71.73 16.24 -2.43* .01
Función Social 83.84 18.52 90.83 15.71 -2.10* .03
Rol Emocional 78.26 37.07 80.00 37.26 -.10 .91
Salud Mental 67.20 15.97 74.15 14.14 -1.90 .05
Total SF-36 72.77 16.49 77.63 9.44 -.53 .59
* p < .05
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Pérez-Fuentes, Gázquez, Molero, Martínez, Barragán & Simón
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p < .05), y Función Social (Z = -2.10; p < .05). Para
las dimensiones Salud General (Z = -.85; p = .39),
Rol Emocional (Z = -.10; p = .91) y Salud Mental
(Z = -1.90; p = .05), a pesar de no darse diferencias
significativas entre las puntuaciones pre-post, para
todos los casos se observa una mejora en la puntuación
media obtenida tras las 20 sesiones. Por último, el
único factor donde no se aprecia una evolución
positiva de la puntuación post intervención, es el Rol
Físico, con una media de 90.78 (DT = 27.90) al inicio
de las sesiones y de 90.38 (DT = 25.57), al finalizar la
intervención con la Fase I del programa.
Por otro lado, los sujetos de la muestra obtienen
una puntuación Total SF-36 más elevada tras su
participación en el programa (POST: M = 77.63;
DT = 9.44), en comparación con los resultados de la
evaluación inicial (PRE: M = 72.77; DT = 16.49). En
este caso, las diferencias entre las puntuaciones pre-
post no resultan estadísticamente significativas (Z =
-.53; p = .59). Finalmente, en cuanto a la percepción
del estado de salud actual con respecto al de hace
un año (ítem Transición de Salud), los sujetos de la
muestra obtienen una media de 53.12 (DT = 24.82)
antes de la intervención, y una media de 54.16 (DT
= 15.59), tras haber completado las 20 sesiones,
no resultando estas diferencias estadísticamente
significativas (Z = -.40; p = .68).
Discusión y conclusiones
A partir de los resultados obtenidos, se puede
concretar que el entrenamiento de las capacidades
cognitivas y de habilidades relacionadas con la
inteligencia emocional (Pérez-Fuentes et al., 2014),
tienen un efecto positivo en la valoración que hace
el sujeto sobre su salud (Zeidner, Matthews, &
Roberts, 2012).
Tras la intervención con el PECI-PM, la valoración
de la función física resulta significativamente más
positiva que al inicio de las sesiones. En este caso, los
participantes presentan una percepción más positiva
de su capacidad funcional para la realización de las
actividades de la vida diaria, tras haber completado la
Fase I del programa. No ocurre lo mismo, cuando se
le pregunta por los “problemas con el trabajo u otras
actividades cotidianas” (rol físico). Debido a que,
lo que se analiza en este caso, son los resultados de
la aplicación inicial del programa (20 sesiones), sería
necesario esperar a los resultados de la Fase II de
implementación, para comprobar si estas diferencias
entre Función Física y Rol Físico, se deben a la
especificidad de la primera, frente a la valoración más
general de la segunda.
Por otro lado, la mejora que se produce en Dolor
Corporal apoya la propuesta de otros trabajos, que
apuestan por el efecto modulador de las emociones
en la percepción/regulación del dolor (Bushnell et
al., 2013). Con el PECI-PM, se trabajan un amplio
repertorio de emociones, pero se hace especial hincapié
en las emociones positivas (Harm et al., 2014). De ahí,
que los resultados de la mejora en el procesamiento
de emociones positivas se reflejen en una disminución
en la sensación de dolor (Rhudy & Meagher, 2001).
Además, este efecto positivo de las emociones sobre
la percepción del dolor, en línea con las propuestas de
otros autores (Apkarian, 2008; Villemure, & Bushnell,
2009), puede verse potenciado por su relación con el
entrenamiento conjunto de las funciones cognitivas.
Estrechamente relacionado con la percepción del
dolor y de las limitaciones que supone, se encuentra,
la valoración del nivel de activación y energía que
dispone al sujeto para realizar las actividades cotidianas
(Vitalidad). Existen estudios que han analizado el
impacto positivo de las emociones en la práctica
de actividades saludables, como el ejercicio físico
(Saklofske et al., 2007), para las que se requiere un
cierto grado de activación. Y no solo a nivel físico, sino
también la percepción subjetiva de contar con energía
suficiente para su práctica (McKenna, 2007).
Por otro lado, de acuerdo con otros autores
(Arias & Iglesias-Parro, 2015; Rimé et al., 1991), el
funcionamiento social resulta un factor clave en la
mejora de la salud tras la primera intervención con
el PECI-PM. A pesar de tratarse de un colectivo de
mayores que asiste de forma periódica a clases en
la Universidad de Mayores, en muchos casos, han
declarado que su participación en el programa ha
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supuesto una mejora en el trato con otros compañeros
con los que anteriormente no mantenían relación.
Se pone de manifiesto que la mejora en las
capacidades que permitan el uso adecuado de la
inteligencia emocional en el funcionamiento social,
puede ser una estrategia eficaz para el desarrollo de
programas de promoción de la salud (Krawczyk et al.,
2009), la reducción de los efectos negativos del estrés
(Lakey & Orehek, 2011), o el desarrollo de la capacidad
de recuperación (Armstrong et al., 2011; Ruiz et al.,
2015; Schneider et al., 2013).
En este punto, resulta adecuado mencionar la
particularidad de la muestra de estudio que, pudiendo
esperarse un cumplimiento de los estándares propios
de un envejecimiento óptimo (nivel de funcionamiento
cognitivo alto, baja probabilidad de enfermar, nivel
socioeconómico y educativo superiores al promedio
de la población, etc.), realmente los criterios de
acceso a los Programas Universitarios para Mayores
no interfieren con la heterogeneidad del alumnado.
Es decir, no existen limitaciones o requisitos de
admisión a estos programas que den lugar a grupos
homogéneos, resultando adecuada para una primera
implementación del programa, que permita llevar a
cabo las adaptaciones oportunas, para su aplicación
posterior en otros colectivos.
Finalmente, a pesar de llevarse a cabo solamente la
implementación de 20 sesiones con el programa, los
resultados obtenidos en esta fase inicial, ya revelan una
mejora en la percepción de la salud de los participantes,
motivada por el trabajo conjunto sobre cognición-
emoción y reflejada en una puntuación total del SF-36
más positiva. No obstante, aunque en el diseño original
del programa ya se anticipaban cambios positivos en
algunas de las dimensiones de la salud (Bar-On, 2006;
Fernández-Abascal & Martín-Díaz, 2015), será necesario
ampliar la muestra y esperar a la implementación
de la Fase II del programa, para comprobar si los
resultados en algunas de las dimensiones analizadas
resultan significativos. Igualmente, una vez superada la
limitación del tamaño muestral, será posible el reporte
de resultados sobre las diferencias entre participantes,
atendiendo a variables sociodemográficas como el
género o la edad, aspectos que han sido de reconocido
interés en la literatura científica sobre el tema.
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