Comentario del libro: Jeffrey L. Gould

Portada_jeff.jpg

Gould, Jeffrey L., (2016), Desencuentros y desafíos: ensayos sobre la historia contemporánea centroamericana, Editorial de la Universidad de Costa Rica

Víctor H. Acuña Ortega

Una historia contemporánea ya no contemporánea1

Antes de referirme a este libro de historia contemporánea centroamericana, quisiera apuntar algunas palabras en relación con su autor. Estimo que Jeff Gould es una especie de mediador, intermediario o pasador cultural o intelectual (subrayo cultural para que no se me malinterprete, ya que un pasador es usualmente un contrabandista o, aun peor, un coyote que pasa clandestinamente personas a través de las fronteras) entre el mundo universitario estadounidense y el centroamericano y latinoamericano.

En efecto, a lo largo de su carrera profesional, Jeff Gould ha sido un mediador entre los historiadores estadounidenses que trabajan sobre América Latina y los historiadores centroamericanos y latinoamericanos. No en vano varios historiadores costarricenses han realizado sus estudios de doctorado en la Universidad de Indiana, como es el caso de David Díaz, director del Cihac. En esta labor, al poner a dialogar en un pie de igualdad el quehacer de los historiadores del llamado Sur Global con los del llamado Norte Global, Jeff Gould ha combatido consciente y sistemáticamente las desigualdades y asimetrías de la geopolítica de los saberes, según la cual hay historiadores y científicos sociales de primera, angloparlantes por supuesto, y otros que serían muy, pero muy de segunda.

En segundo lugar, por el tipo de investigaciones que ha realizado a lo largo de su carrera, en las cuales la historia oral ha desempeñado un lugar destacado, Jeff Gould ha fungido como un mediador entre los saberes y memorias populares y el saber académico y especializado de historiadores y científicos sociales. Precisamente, casi todos sus trabajos nacen de la confluencia de esas dos formas de saber y su resultado ha sido renovar en profundidad nuestros conocimientos sobre la historia centroamericana de los siglos XIX y XX. Evidentemente, este autor intenta cultivar una forma de lo que ha sido llamado historia de abajo hacia arriba.

En tercer lugar, por el tipo de investigación histórica que ha realizado, Jeff Gould ha tratado de ser un pasador entre historia y memoria, lo cual se ha expresado en sus intentos por hacer llegar sus resultados a las personas con las cuales ha trabajado y, en general, a un público más amplio. Por ejemplo, ha producido documentales, uno sobre el levantamiento de 1932 en El Salvador y otro sobre las comunidades eclesiales de base de los años 1970 y 1980 de ese país.

En fin, como se puede observar, Jeff Gould ha intentado establecer un puente entre la investigación histórica y las luchas políticas populares en Centroamérica. De este modo, su voluntad de ser un pasador entre saberes populares y saberes universitarios y entre historia y memoria, ha estado motivada por su opción consciente de establecer una relación entre historia y política, o entre investigación científica y compromiso político. Aquí, a los ojos del sentido común de la época, de su doxa dominante, Jeff Gould, un historiador comprometido, puede parecer un personaje bastante pasado de moda. En el prólogo del libro, intenta dar cuenta de sus opciones por medio del recuerdo de su peculiar historia familiar y de su historia personal, en donde subraya que antes de ser historiador fue militante sindical.

Precisamente, he titulado este escrito “Una historia contemporánea ya no contemporánea”, porque la lectura del libro de Jeff Gould me ha hecho experimentar una sensación incómoda y difícil de profunda lejanía entre esa historia que él cuenta, de la que somos muchos quienes fuimos testigos y de algún modo protagonistas, y el tiempo que nos ha tocado vivir. En verdad, entre 1990 y hoy, un cuarto de siglo apenas, Centroamérica y el mundo cambiaron de manera tan profunda que aquella historia que nos es contemporánea resulta en verdad sumamente lejana, como dice el bolero, ese que es un mundo de ayer es “un mundo raro”. Si aquellos fueron tiempos de utopías, los actuales son momentos de distopías. Entre las utopías menores, según el término utilizado por el autor, de las comunidades eclesiales de base y los movimientos de estudiantes de 1968, y el mundo distópico de maras y bandas del narcotráfico y de individuos colgados babeantes y embrutecidos de sus smartphones, la distancia no puede ser mayor. Al final, voy a retomar esta cuestión de cómo vivir en este mundo de distopías y si es posible o deseable restablecer una relación con ese mundo de utopías mayores y menores caducas o enterradas.

De acuerdo al desarrollo capitular, de esto trata el libro:

- Capítulo 1: Los indios de Matagalpa y el mito de la Nicaragua mestiza, 1880-1925.

- Capítulo 2: Dictadores indigenistas y los orígenes problemáticos de la democracia en Centroamérica.

- Capítulo 3: Camino a “El Porvenir”: violencia revolucionaria y contrarrevolucionaria en El Salvador y Nicaragua.

- Capítulo 4: “La palabra en el bosque”: documental y análisis histórico.

- Capítulo 5: Ignacio Ellacuría y la revolución salvadoreña.

- Capítulo 6: Solidaridad asediada: la izquierda latinoamericana, 1968.

Como se ve, las luchas populares y los movimientos sociales en Centroamérica en el siglo XX son los temas de los cuales el libro principalmente se ocupa. Se trata de la resistencia y la derrota de los indígenas centroamericanos, como ladinización y como exterminio, y también de sus adaptaciones a su derrota y las nuevas formas de resistencia que adoptaron, entre ellas, alianzas políticas e inserción en redes de clientelismo de los regímenes dictatoriales que dominaron el istmo en el siglo XX.

También se trata de las movilizaciones, insurrecciones y revoluciones populares de la primera y la segunda mitad del siglo XX que terminaron del mismo modo en derrotas. Es en el análisis de esas luchas populares y revolucionarias en donde el autor identifica lo que llama utopías menores, formas comunitarias de convivencia en la vida cotidiana, y desencuentros, los cuales, en su opinión, tienen como base una lectura opuesta o diferente de conceptos y nociones sociales por parte de grupos de clase media, como los estudiantes, la izquierda y sus vanguardias, frente a la de los sectores populares, campesinos y obreros. De este desencuentro no escapa la iglesia en su interior y en relación con sectores de la sociedad civil y las organizaciones político-militares.

El autor trata esta historia como desenlaces contingentes, no como resultados necesarios impuestos por tal o cual determinismo y, evidentemente, lamenta estos desenlaces en los cuales los proyectos de cambio social o de defensa de los intereses populares salieron derrotados. La noción de desencuentro parece ser la herramienta con la cual Jeff Gould trata de responder, melancólicamente, a la idea de que otro desenlace hubiese sido posible. Por supuesto, tiene razón al afirmar que lo ocurrido fue la consecuencia de una historia abierta y no de un determinismo cerrado. Por mi parte, no me satisface mucho la noción de desencuentro como desacuerdo lingüístico, ya que en mi opinión este es un asunto de posiciones o lugares en las relaciones sociales y de poder. La historia de los conceptos nos recuerda que los conceptos político-sociales son esencialmente terrenos en disputa.

Pero en términos más generales, considero que las izquierdas del siglo XX, embebidas del llamado marxismo-leninismo, nunca pudieron deshacerse de un ethos elitista y autoritario frente a las clases populares, lo cual desembocó en dictaduras, represiones y exterminios. Por eso, no pudieron ver o apreciar el alcance de lo que el autor denomina utopías menores. En verdad, no se puede negar que hay una línea de continuidad entre el mundo utópico del FSLN de los años 1980 y la caricatura distópica del gobierno de doña Rosario Murillo y de su esposo, en nuestros días.

Como se ve, aquí no está en discusión la posibilidad y la necesidad de hacer historia del pasado reciente y del tiempo presente, aunque ciertamente este tipo de historia presenta algunos desafíos particulares de tipo metodológico y de tipo ético-político, como intentaré mostrar. Este es el caso, cuando se hace historia oral, de la cuestión de cómo tratar con el testigo y de qué hacer con el testimonio. El autor señala que hay que evitar adoptar una actitud arrogante frente a lo dicho por el testigo, pero el testimonio, en el contrato de investigación de la historia, debe ser tratado como una fuente histórica más, es decir, debe ser sometido a las exigencias del método crítico. En tales condiciones, inevitablemente se produce una tensión entre testigo e investigador, entre historia y memoria.

Como ya se adelantó, la investigación en historia contemporánea hace más evidente, en la medida en que el observador es simultáneamente contemporáneo de lo observado, la cuestión sobre el desenlace constatado que retrospectivamente parece como inevitable y sobre otros desenlaces que hubiesen sido posibles. El asunto es aun más apremiante cuando se trata de desenlaces que el observador considera funestos. En este sentido, la reconstrucción detenida de la ruta de los procesos y sus sucesos se torna muy crítica y en forma irremediable la explicación del desenlace observado es más o menos provisoria. Por eso el autor, sustentado en un sólido y ejemplar análisis empírico, pone de relieve el carácter contingente de los fenómenos que analiza; por ejemplo, intenta identificar los factores específicos que desembocaron en la insurrección de 1932 o formula y trata de responder la pregunta sobre el carácter ineluctable de la guerra en El Salvador, a partir de 1980. En fin, aunque posiblemente se presenta en forma más crítica, esta cuestión no es específica de la historia contemporánea pues toda historia es reescribible o se reescribe porque, señala Koselleck, la historia, como experiencia y como saber, se nos presenta como conocimiento de sí misma, desde fines del siglo XVIII.

Es a la luz de estos problemas que el autor se sirve de la noción de desencuentros o intenta identificar lo que denomina utopías menores. En este punto, el análisis histórico se confunde con el análisis político en la medida en que el autor evalúa estrategias y cursos de acción adoptados por los actores de los acontecimientos. En tales circunstancias, el historiador da el paso riesgoso de decirles en forma retrospectiva a los protagonistas de su historia que pudieron haber actuado de un modo diferente. El asunto es complejo y la confluencia entre análisis histórico y análisis político se presenta como una tensión sin fácil solución o como una aporía insuperable. Por ejemplo, en mi opinión, las vanguardias revolucionarias centroamericanas de la segunda mitad del siglo XX, nunca se tomaron muy en serio el desafío de la democracia como marco institucional y el de la democratización, tanto en la vida de la sociedad civil como al interior de sus partidos.

Por ser historia contemporánea y por el tipo de historia contemporánea de la cual se ocupa, el libro de Jeff Gould en forma necesaria plantea problemas de tipo ético-político tanto a su autor como a sus lectores. Señala Gould:

Amarga e irónicamente, ese horrendo desastre natural [una avalancha de agua y lodo del volcán Las Casitas en Nicaragua acaecida en octubre de 1998 que sepultó dos cooperativas agrarias exitosas de la época sandinista, ejemplo de utopías menores, y que dejó mil muertos] puede simbolizar otro desastre humano: movilizaciones derrotadas, cuya profunda promesa emancipadora ha sido enterrada, no por el lodo, sino por sedimentos tóxicos de miedo, propaganda y cinismo acumulado.

En un mundo donde la misma idea de un cambio social fundamental se ha convertido en algo quimérico, donde las formas elementales de solidaridad humana parecen utópicas, esos numerosos “porvenires” [una de las cooperativas sepultadas se llamaba “El Porvenir”] que salpican el paisaje histórico de América Latina deberían ser excavados y recordados. (p. 97).

Evidentemente, aquí se escucha el lamento del historiador comprometido frente al mundo distópico que nos ha tocado vivir en el presente. Pero el libro no se queda en la queja, ya que sugiere una vía para hacer frente al tiempo presente por medio de lo que denomina el autonomismo, es decir, el intento de cambiar el mundo sin tomar el poder, en palabras de Holloway.

La dimensión ético-política del libro de Jeff Gould me interpela profundamente porque el problema a que apunta me ha obsesionado en los últimos tiempos. Como me refería al principio, su lectura me ha dejado un sentimiento de desamparo y me ha impuesto la interrogante sobre el lugar de la historia como saber en un mundo distópico, tan despiadado como lo muestra la respuesta europea a la crisis de los refugiados sirios o los delirios tanáticos de los militantes y combatientes del Estado islámico.

He encontrado algún esbozo de respuesta a mi malestar y a mis preguntas en la noción del filósofo marxista de extrema izquierda, judío francés, Daniel Bensaid, “la apuesta melancólica”.2 Según la perspectiva de la apuesta melancólica, reconociendo el paisaje que quedó al finalizar el siglo XX, se trata de actuar sin garantía alguna, en medio de la incertidumbre; actuar en contra de la dictadura de la llamada realidad; actuar por los derrotados, por los muertos injustamente muertos; actuar contra la condescendencia del presente frente al pasado, como dijo Walter Benjamin; actuar, a pesar de que la derrota puede volver a ser un desenlace posible. En fin, apostar sin ilusiones, ni falsas certezas, del tipo de las leyes de la historia, porque la duda es insoslayable, pero con convicciones; con la certeza de que utopías menores han existido y con el convencimiento de que su memoria no puede quedar sepultada.

En fin, no olvidemos, a pesar de su condición periférica, la centralidad de Centroamérica en la historia del mundo desde el siglo XVI: en la búsqueda del Estrecho Dudoso la época moderna, en esta parte del mundo, nació y con la derrota de sus revoluciones de fines del siglo XX, aquí murió. ¿Será una condena sin remedio que la Centroamérica del presente sea solamente uno de los tantos lugares distópicos que pueblan la superficie del planeta en nuestros tiempos?

Gracias a Jeff Gould por su contribución a la comprensión de la historia contemporánea de Centroamérica y por sus reflexiones sobre los retos y los imperativos del tiempo presente, y gracias a David Díaz y al Cihac por ponerlas a nuestro alcance.

NOTAS

1 Intervención en la actividad de inauguración de la colección Nueva Historia Contemporánea de Centroamérica del Cihac y de presentación de su primer libro de Jeffrey L. Gould, Desencuentros y desafíos: ensayos sobre la historia contemporánea centroamericana, celebrada en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica, el 16 de marzo de 2016.

2 Le pari mélancolique: méthamorphoses de la politique, politique des méthamorphoses, por D. Bensaid, 1997, Francia: Fayard.

Fecha de recepción: 18 de marzo de 2015 Fecha de aceptación: 30 de marzo de 2015

Victor H. Acuña Ortega Doctor en Historia por la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales Université de París-Sorbonne. Es profesor emérito de la Universidad de Costa Rica. Contacto: vhacuna@gmail.com