
Diálogos Revista Electrónica de Historia, 24(1): 1-33. Enero-junio, 2023. ISSN: 1409-469X · San José, Costa Rica2626
de pensamiento y conducta unidimensional en el que ideas, aspiraciones y
objetivos, que trascienden por su contenido el universo del discurso y la acción,
son rechazados o reducidos a los términos de este universo. (1993, p.42)
Cuando se recupera de la golpiza y regresa al trabajo, el hombre-palabra
comienza a consumir cosas (radio, televisor, tocadiscos, discos, consola, grabadora,
libros) para llenar el hueco que deja su soledad; se endeuda para comprar esas cosas
y, al verse incapaz de afrontar las deudas y los embargos del salario, comienza a
robar en su trabajo para empeñar lo que se roba y obtener dinero. En todo momento
él achaca su conducta a su soledad y a su necesidad de sentirse acompañado, aunque
sea por las cosas que adquiere y por el ruido que generan esas cosas.
Su hombría, su masculinidad de hombre moderno y citadino, se ve aún más
cuestionada cuando comienza a quedarse calvo al comenzar los 30; la pérdida del
cabello lo hace parecer ante los otros como un hombre más viejo y esto lo deprime,
así que incrementa los robos para poder pagar tratamientos estéticos que le permitan
recuperar su pelo, cosa que nunca sucede.
El jefe del protagonista descubre que él es el ladrón y lo entrega a la policía;
es llevado a la cárcel y condenado. Después de sufrir múltiples vejaciones, y cuando
ya se estaba acostumbrando a estar encarcelado, descubriéndose a sí mismo en la
soledad del encierro, es puesto en libertad sin recibir mayores explicaciones. El
hombre-palabra interroga a todos los que puede para saber por qué lo están liberando
si está claro que él es un criminal y se da cuenta de que fue su madre, la mujer que
lo abandonó y a la cual no se atrevió a odiar, la que pagó sus deudas y su anza. Él
intenta localizarla, pero no lo consigue, de manera que continúa en el abandono.
Queda libre, pero sin trabajo y sin un lugar donde vivir. Se convierte en un
sintecho, un hombre de la calle, un despojo de la sociedad, alguien que nadie quiere
y que es echado de todas partes, pero al verse libre de las ataduras sociales y de la
necesidad de aparentar y ante la absoluta imposibilidad de seguir consumiendo todos
aquellos objetos que no podía costear, comienza a sentirse nuevamente humano:
Una limosna. Cayó al azar. (…) Esa es una de las ventajas que se tiene al no
ostentar representación alguna, ser apenas un residuo. Está uno completamente
liberado, no lleva ningún hábito, es lo que sus andrajos dicen que es. (…) Es
uno auténtico en plenitud con sus más sentidas ganas. Uno elemental y por qué
no: uno puro, desnudo, desalojado de supercialidades, brutalmente humano,
a la fuerza de las necesidades exigentes. Un estado envidiable si es verdad que
hay alguien que todavía aprecia la pureza.(1968, p.136)
Recibe las limosnas porque ha perdido la vergüenza y usa el dinero recogido
para emborracharse en un bar. Alcoholizado, se desinhibe y toma la palabra, ante
todos los presentes en el bar, para reexionar sobre la vida y sus durezas, con base en
su propia experiencia, en su cansancio, en sus miserias: “Estoy hecho de palabras sin
rima, sin buena ortografía, carentes de sintaxis. No contengo el brillo de la forma, ni
la audacia del concepto. No soy comparable ni vendible. Un hombre palabra desen-
tonada, mal construida, cobarde, inhábil, incapaz” (1968, p.139).