
Diálogos Revista Electrónica de Historia ISSN 1409- 469X
Volumen 6 Número 2 Agosto 2005 - Febrero 2006.
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Artículo Relacionado: Carlos Hernández Rodríguez La memoria auscultada: Alvaro Montero Vega, de la evocación a la
historia de vida Dirección web: http://historia.fcs.ucr.ac.cr/articulos/2005/biogra_chernand.htm
( páginas 207- 286-) p.
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No importando los cambios de gobierno y autoridades, la represión era terrible. Una vez
recuerdo que en Finca Puntarenas me pidieron que charláramos, que hiciéramos una reunión y yo
respondí: “Muy bien, lo vamos a hacer, pero deben garantizarme que, si viene la guardia, ustedes van a
impedir que me saquen detenido de aquí”. Accedieron y, ya estando en la reunión, llegó un grupo del
resguardo fiscal, armado hasta los dientes. Entraron de golpe, dispuestos a disolver la reunión que era
en casa de un trabajador, y dijeron: “O entregan a Alvaro Montero o deshacemos esto a cincha”.
Los trabajadores no querían acceder, no sólo por mantener su palabra, sino por una cuestión
de principios. Yo, viendo la situación, les dije que era preferible que me llevaran a mí preso, a que se
armara un zafarrancho, hubiesen más detenidos y hasta despidos del trabajo.
Les dije: “Yo voy a aceptar que me lleven”. Algunos, sin saber qué decir, se quedaron
viéndome cuando salía de la casa y, cuando los del resguardo me montaban en el motocar, un grupo
muy decidido se paró en frente, impidiendo el paso. Tuve que hablarles y pedirles que por favor
dejaran salir el vehículo, que avisaran a la dirección del sindicato y al día siguiente se vería qué hacer.
Me llevaron hasta Palmar, y ahí me hicieron dormir en un cuartucho dispuesto para los presos.
A la mañana siguiente, muy amablemente me dieron desayuno y luego me llevaron a la Alcaldía de
Puerto Cortés, donde el alcalde, un hermano de don Enrique Guier, al ver que se trataba de mí,
exclamó: “¡Diay! ¿Pero por qué traen este a hombre?”. A lo cual los guardas respondieron: “Es que
estaba haciendo una reunión”. Hubo un momento de congojoso silencio y luego el alcalde dijo: “Bueno,
déjenlo ahí” y, después de que mis captores se fueron, me dijo: “Que vergüenza mas grande. Te vas
para tu casa o con tus amigos. Esto no es motivo para una detención”.
Esos procedimientos eran normales. Aunque los guardas fiscales eran funcionarios del
gobierno, las órdenes las daba directamente la Compañía. En el momento que llegaba un dirigente
sindical a una finca, el mandador o algún paniaguado de la empresa llamaba por teléfono al resguardo
y simplemente decía: “Aquí anda un dirigente comunista haciendo bulla, vengan rápido para que lo
detengan”.
Todas estas arbitrariedades contaban en buen grado con la simplicidad del gobierno.
Por conversaciones que en esa época sostuve con el Presidente Orlich y el Ministro Carro