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LAS ESCRITORAS SALVADOREÑAS A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX:
EXPECTATIVAS Y PERCEPCIONES SOCIO-CULTURALES
Dra. Sonia Priscila Ticas
Profesora de Lengua y Literatura Latinoamericana
Linfield College, Oregon USA
RESUMEN
Este artículo traza aspectos de la historia cultural, social y educativa de las mujeres
salvadoreñas a principios del siglo veinte. Se enfoca en la literatura de mujeres y los
discursos contenidos en ella con el fin de dilucidar cuáles eran las preocupaciones de las
intelectuales ymo usaron la escritura para ubicar el tema de la mujer en la esfera pública.
Asímismo se da un contexto sobre la educación y el ambiente socio cultural en que se
formaron muchas de estas escritoras tomando en cuenta las percepciones que en la época se
tenían sobre el feminismo.
Descriptores: Mujeres. Escritoras. Percepciones socio-culturales. El Salvador. Principios
siglo XX.
INTRODUCCIÓN
El entorno social y cultural de las mujeres salvadoreñas a principios del siglo veinte
se regía en su mayoría por la indiferencia sobre la necesidad de hacer de este sector de la
población un actor social activo. A las mujeres, como era de esperarse, se les seguía
consignando al espacio privado del hogar donde pudieran desenvolverse en su papel de
madre y esposa. Esta ideología se revela tanto en la educación así como en los medios de
comunicación y en la literatura escrita por miembros de ambos sexos. Las escritoras e
intelectuales que proponían una agenda femenina más consecuente con la realidad
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cambiante de la época enfrentaron una serie de obstáculos para llegar a tener cierta
visibilidad en la esfera cultural y social. No se podía hablar de feminismo pues el término
equivalía a bancarrota familiar e inmoralidad. Fue necesario entonces buscar discursos
alternativos para denunciar la opresión y discriminación de la mujer. El presente trabajo
propone examinar la situación socio cultural de la mujer salvadoreña a principios del siglo
veinte poniendo especial énfasis en las décadas del veinte y treinta, época en que se
sentaron las bases para un movimiento feminista que había de florecer a mediados del
siglo. Nos enfocamos en la figura de la mujer escritora pues debido a su cultura letrada es
quien tuvo un mayor acceso a la arena pública.
1. EL OFICIO DE ESCRITORA: RETOS Y OBSTÁCULOS
Al dar inicio el siglo veinte había pocas mujeres que se dedicaban al quehacer
literario. Su acceso a la esfera cultural era doblemente difícil pues debido a su sexo se les
inculcaba la vida doméstica y familiar en vez de los estudios académicos. En la sociedad de
fin de siglo diecinueve siempre estuvo el quehacer cultural en manos de grupos élites como
"La juventud salvadora" que se crearon precisamente para estimular las letras entre los
jóvenes universitarios (Gallegos 1996: 62), lo cual excluye casi por completo a las mujeres,
pues eran contadas las que en la época asistían a la universidad.
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A pesar de los obstáculos
presentes, sin embargo, hubo mujeres que publicaron sus creaciones, aunque de manera
esporádica, en periódicos o revistas. Luis Gallegos Valdés y David Escobar Galindo en su
Antología de poesía femenina salvadoreña (1975) identifican, por ejemplo, a cinco poetas
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decimonónicas cuyos poemas son conocidos gracias a compilaciones como la Guirnalda
salvadoreña y el Parnaso salvadoreño.
Publicar ha sido problema común tanto a hombres como a mujeres en el país, pues no
siempre se ha contado con los recursos para fomentar el cultivo de las letras nacionales.
Cuando los escritores lograban darse a conocer, solía ser a través de periódicos pero
raramente por medio de un libro, a menos que se tratara de alguien con mayores recursos
económicos. Este es precisamente el caso de Claudia Lars (1899-1974), la más destacada
de las escritoras del siglo veinte, para quien transcurre toda una década de publicaciones en
revistas y periódicos locales tanto como regionales antes que su primera obra poética,
Estrellas en el pozo, viera la luz pública en 1934.
Más allá de su talento, Lars necesi del padrinazgo y el apoyo de figuras importantes
de las letras centroamericanas como Joaquín García Monge, director del Repertorio
Americano, revista de gran circulación en todo el continente, y el poeta nicaragüense
Salomón de la Selva quien le sirvió de maestro cuando recién comenzaba a dar sus
primeros pasos en la poesía. Demás está decir que no todas las mujeres escritoras de la
época tuvieron este tipo de guía intelectual, ni contaron tampoco con los medios
económicos ni la cultura literaria que les permitieran dedicarse por completo al oficio
poético como sí lo hizo Lars en sus inicios. Y aún cuando las escritoras tuvieran estos
factores a su favor, la expectativa general era que su producción se enmarcara dentro de los
parámetros temáticos pre-establecidos para la escritura de mujeres; es decir, el mundo de la
casa con sus experiencias maternas y el amor romántico (Carrera 1956: 230). De no ser así,
era poco probable que fueran aceptadas en un medio donde la mujer servía más de musa
que de creadora.
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La limitada presencia de figuras femeninas en el ambiente cultural nacional es
evidencia de que no se ha considerado a la mujer como sujeto capaz de contribuir al
desarrollo cultural del país. El resultado más grave de esta situación es que hay huecos
profundos en el conocimiento de lo que produjeron las primeras poetas y las condiciones en
que lo hicieron. Las antologías de la literatura de fin de siglo de tipo Guirnalda y Parnaso
parecen indicar que la producción femenina fue escasa, pues no se mencionan más de dos o
tres poemas dignos de ser publicados, según los criterios de los compiladores. Este trato
que ha sufrido la mujer escritora es común en toda la historiografía literaria
centroamericana aún en el siglo veinte como apunta Janet Gold (2000):
…No es sorprendente observar cómo aparecen las mujeres en esas clásicas historias.
En algunas simplemente son invisibles y, además, su ausencia ni se menciona. Otras
reconocen la existencia de mujeres que escriben y de musas; sin embargo, son
incapaces de integrar esta presencia en una visión abarcadora de lo que es o lo que
hace la literatura en el contexto centroamericano. Como consecuencia de esta miopía
histórica y de nero, las mujeres se vuelven apéndices, un capítulo al final de un
libro, o un párrafo al final de un capítulo, como si el historiador de repente recordara
al otro sex