IV.

CRÓNICA

Costica Bradatan

El fracaso en la filosofía(*)

Se dice que Diógenes el cínico (412 AC-323 AC) tuvo que dejar su natal Sínope pues se vio involucrado en un escándalo por falsificación de la moneda local. Sin embargo, logró salvarse dejando su pasado de falsificador para dedicarse a una carrera más prometedora como filósofo. Diógenes siempre recordaba con cariño sus tiempos de criminal. Estando en Atenas, años después, alguien le mencionó el escándalo de las monedas, y él le respondió con orgullo: “pero por ese motivo, desgraciado, vine a filosofar”. De hecho, las dos profesiones nunca estuvieron separadas, por ejemplo, Diógenes se jactaba de que su habilidad para falsificar monedas le fue de utilidad cuando emprendió el gran proyecto filosófico de reevaluar todos los valores de la sociedad ateniense.

Una vida en la indigencia puede que no sea el sueño de un falsificador de monedas, pero precisamente eso fue lo que Atenas le ofreció a Diógenes. No podía ser más irónico: ahí estaba él, en una de las ciudades más acaudaladas del momento, que ofrecía todo lo que el dinero pudiera comprar y aun así el viejo acuñador de monedas vivía en la pobreza, entre limosnas y desechos. Pero Diógenes era visionario y pronto descubrió que podía hacer de la miseria una expresión filosófica y de la mendicidad, una forma de arte y de esta manera, darle una probada a Atenas de su propia medicina. En una ciudad donde la excelencia era el valor más importante de cualquier empresa humana, Diógenes pudo sobresalir en el arte de no hacer nada: ser el mejor de los ociosos y un aristócrata entre los vagabundos. Con el culto al éxito que impregnaba todos los aspectos de la vida ateniense, debió haber entendido que podría hacer una fabulosa carrera en el fracaso. Con referencia a su maestro Antístenes, Diógenes expresó alguna vez con gratitud que él hizo de un hombre rico, un mendigo y de una casa grande, una tinaja. Según Diógenes, Antístenes merecía elogios por convertirlo en un fracaso social y, por lo tanto, en un gran filósofo.

Diógenes pensaba que Sócrates vivía demasiado apegado a las cosas efímeras y esto lo hacía débil, lo corrompía. Sócrates parecía complacido con su entorno y siempre cedía ante sus tentaciones: éxito, reputación, seguidores, apariencia social. Diógenes, el viejo acuñador de monedas, decía que Sócrates había vivido una vida de lujo y le había prestado demasiada atención a su pequeña casa, a su pequeño sofá y a sus sandalias. Por esto, Diógenes pensaba que Sócrates era un vendido y se dio a la tarea de llevar las ideas socráticas al límite, esa fue su misión. Puede que Platón haya dicho mucho más de lo que pretendía cuando llamó a Diógenes “el Sócrates loco”. Diógenes llevó a cabo mucho de lo que para Sócrates era posible solo en sueños. De Hipatia, pasando por Tomás Moro a Jan Patočka, es larga la lista de pensadores que han muerto como Sócrates; pero muy pocos, o ninguno, han vivido una vida como la de Diógenes. Que muchos de sus dichos y hazañas sean apócrifos no es relevante aquí, pues en todo caso, el hecho comprueba el protagonismo que esta figura ha tenido en nuestro imaginario y la veneración que le hemos hecho a su “fracaso”. Con firmeza, Diógenes colocó el fracaso en el centro de su proyecto filosófico. Fue su apuesta y no murió en el intento.

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Aceptémoslo, es por la naturaleza gregaria del ser humano que los filósofos fallan. Ya sea que lo sepamos o no, existe un viejo pero fuerte impulso en nosotros y nosotras que nos obliga a buscar la compañía de otros, a formar grupos y agrupaciones y a quedarnos ahí. El grupo ofrece protección, una sensación de seguridad y, de hecho, mucho calor humano. Mientras que seamos parte del grupo y nos sometamos a sus reglas, tendremos la posibilidad de sobrevivir. A cambio, cedemos parte de nuestra libertad, nuestra individualidad y nuestra autonomía, pero generalmente es un buen trato.

Por más arcaico que sea y aunque ahora podamos sobrevivir solos, todavía no encontramos nada peor que quedar fuera, que ser el cero a la izquierda. Difícilmente puede haber una situación más dura que no pertenecer a ninguna tribu: reclamado por nadie, expuesto a todo y, por lo tanto, condenado a la perdición. Lo sabemos instintivamente, quedar fuera del grupo es ser un fracasado social y haríamos cualquier cosa para evitar tal destino. Soledad es el segundo nombre del fracaso. Ya Solomon Asch mostró con claridad la medida en que nos ajustamos a las presiones del grupo, incluso en los detalles más pequeños.

Como grupo, los filósofos, humanos, demasiado humanos, también juegan en esta dinámica social. Siempre lo han hecho. Los -ismos a lo largo de la historia de la filosofía surgen tanto de la identificación del filósofo con un colectivo más grande de “mentes afines” como de la necesidad de pertenecer a un grupo de influencia; esto ofrece esa sensación de seguridad, protección y empoderamiento que solo un hogar puede dar. Es el caso de los antiguos estudiantes que se unían a una u otra escuela filosófica en búsqueda de sabiduría. También lo es de aquellos estudiantes del Medioevo o la modernidad temprana que seguían fielmente a su maestro de universidad en universidad. Inclusive en el siglo XX era usual que los profesores de filosofía en Alemania fueran seguidos por sus estudiantes de grado más cercanos cuando asumían puestos en otras universidades. Sin embargo, la naturaleza de la academia contemporánea ha hecho de esta dinámica social una dinámica particularmente intensa. Durante el curso del pasado siglo, el juego se ha transformado en uno más refinado y autodestructivo.

Los filósofos y las filósofas de la academia difícilmente aceptarían su gregarismo. Somos ferozmente independientes e intencionalmente iconoclastas. Nosotros entendemos que estamos juntos porque la filosofía se trata de debatir y argumentar, ¿o no? Y porque la búsqueda de la verdad es una empresa colectiva cuya naturaleza filosófica la hace dialógica. Nada más cierto. Pero un diálogo es una conversación entre iguales y aunque haya genuinos diálogos entre personas académicas, la interacción predominante se basa en feroces conversaciones sobre el poder, a veces gritadas, a veces susurradas y con la misma frecuencia, entre dientes. Conversaciones sobre quién tiene y quién no tiene el poder, sobre cuál es la mejor manera de obtenerlo y mantenerlo, sobre quién está adentro, quién afuera o similares. Lo llamativo de estas conversaciones es que son sumamente performativas. El poder se está produciendo, se pierde o se gana, se incrementa o se debilita mientras se da la conversación. Pudo haber comenzado entre iguales pero la conversación genera desigualdad: aumenta el poder de unos pocos en detrimento de muchos, vicia la interacción entre los involucrados y altera seriamente la naturaleza del filosofar mismo.

Este poder aplica a fondos, recursos, oportunidades, credenciales académicas, posiciones y reconocimientos; pero más sutil, y para desgracia de aquellos involucrados, aplica al significado de las palabras. En Memorias, Hans Jonas menciona que en una ocasión, cuando él y Hannah Arendt dictaban clases de filosofía en la New School for Social Research de Nueva York el decano de la Facultad le preguntó a unos filósofos analíticos de la Universidad de Chicago cómo trabajaban ellos los textos de Arendt y de Jonas. El decano, quien estaba muy orgulloso de sus empleados estrella, se llevó una sorpresa cuando uno de ellos tomó la palabra: “filosofía no es”, dijo, “es interesante, incluso deseable, deberían existir facultades que se ocuparan de eso. Lo secundo. Para empezar, habría que encontrarle nombre. Ignoro cómo deberíamos llamarlo. Pero de lo que estoy seguro es de que no es filosofía”. El poder de darle un nombre es de los mejores poderes que existen, bien lo saben las personas más desafortunadas. Aquello que hacemos y a lo que le dedicamos la vida entera o el nombre por el cual nos llaman es algo que quienes tienen este poder pueden decidir.

De igual modo, este poder define qué es el éxito y qué es el fracaso. El poder de nombrar es el poder de crear escalas y clasificaciones, listas de ganadores y perdedores. Para nosotros (las universidades, las revistas académicas, las editoriales y los organismos de financiamiento) mientras más cerca estemos del poder, mayor será el éxito que se nos conceda. Dado que nadie quiere ser considerado un fracaso, la dinámica social que estas definiciones y clasificaciones desencadenan es algo digno de contemplar: todos quieren ser poderosos. Y para lograrlo no hay precio demasiado caro, sacrificio demasiado pequeño o gastos que no se puedan cubrir. La mayoría de quienes participan en el juego de la academia son seducidos, al punto de la intoxicación, por el prestigio casi sobrenatural que conlleva este poder. Todo lo que surge de él parece verdadero, noble, valioso y digno de seguir. ¡Cuánta generosidad! ¡Qué poder tan maravilloso! Además de conferir identidad, da cuenta del propio valor, es una promesa de salvación. Es la manera perfecta de escapar de la peor pesadilla: la posibilidad del fracaso.

Y es precisamente ahí donde fallamos. A este rebaño le es extraño la genuina búsqueda de la verdad, falsifica la naturaleza de la filosofía y convierte al filósofo en cualquier otra cosa. Atrapado en el juego, se convierte en un político, un cortesano, un clan, un secuaz, un líder… pero jamás en un pensador. El juego político aparta a la persona de lo que es fundamentalmente filosofía, causando que lo que se dice (o gran parte de ello, en su defecto) sea dictado no por las exigencias de filosofar, sino por una fuerza extraña. El imán ya no es la verdad, es el poder.

Cuando esto sucede, más allá de los problemas existenciales u obsesiones filosóficas, el auténtico impulso de comunicar algo importante o de escribir, se convierte en una estrategia: es el intento de señalar la presencia del autor dentro de una estructura de poder, es su disposición para jugar y no causar problemas. Quien persigue el éxito trabaja en una serie de temas de moda, de mente abierta, flexibles, listos para doblarse y ajustarse según sea necesario, para cortejar a los que están en el poder, para complacerlos, para silenciar a los adversarios y ganar nuevos adeptos, para ser un buen soldado. Todo esto sucede entre líneas, caso contrario, la escritura trataría oscuros temas metafísicos o nuevos argumentos sobre el libre albedrío, la idea del bien en Platón o los últimos descubrimientos en filosofía de la mente. Pero este escribir es político, no filosófico. Fracasar es su éxito.

Esto, por supuesto, no es exclusivo de la filosofía. Académicos de otras áreas fallan de la misma manera, su trabajo es político en tanto que sirve a propósitos ajenos a la búsqueda de la verdad misma. Lo que hace abrumador al fracaso en la filosofía es que más allá de sus momentos de sociabilidad, la filosofía es en esencia un ejercicio profundamente privado. Es poco probable que la manera en que uno ordena sus ideas y lucha para encontrar sentido en un mundo sin sentido o se esfuerza por comprenderse a sí mismo y sus conductas, sea producto de nuestro gregarismo. Filosofar es posible cuando estamos en nuestro momento más íntimo y es vital que este encuentro se dé en el lugar adecuado. Michel de Montaigne habla de una trastienda (arrière-boutique) como el lugar perfecto para este proceso. Para él, este espacio es tan privado que no está disponible ni para miembros de la familia:

Hay que reservarse una trastienda completamente nuestra donde establezcamos nuestra verdadera libertad, nuestra soledad y retiro principal. Este es el lugar donde hemos de conversar habitualmente con nosotros, de nosotros a nosotros mismos, un cuarto tan privado que ningún comercio o comunicación ajena pueda tener cabida en él.

Fuera de esta habitación, la filosofía ocupa una posición social desde la cual aún puede operar auténticamente. Después de todo, los pensadores y las pensadoras buscan la compañía de los otros y las otras: la compañía en el quehacer filosófico es tan antigua como la filosofía misma. Sin embargo, este espacio está bien definido y es bastante estrecho. Una vez que el filósofo o la filósofa se ha salido de su círculo, los problemas pueden comenzar en cualquier momento, pues para ser auténtica, la filosofía tiene que ser crítica, franca y poco halagadora. Si el verdadero filosofar es “pensar contra sí mismo” sistemáticamente, sin piedad, sin seguridad y sin ruta de escape; entonces, ¿qué trato debería esperarse de quien filosofa? Es importante considerar que en la medida en que se está obligado a practicar la parrēsía (el ser franco), esta persona está condenada a encontrarse a sí misma, tarde o temprano, en una peligrosa posición: dando una extraña impresión, yendo contra la corriente, desolada, sin defensa y expuesta a todo. La persona filósofa es, generalmente, aquella a quien todos ignoran. Así, se convierte en un fracaso no por accidente, sino por mandato personal.

Entonces si la persona cede ante el poder del grupo, falla dos veces. Primero, falla porque en los ojos del otro ya es un fracaso, un débil, un marginado. Segundo, porque no sabe cómo ser un fracaso, cómo usar la posición privilegiada de forastero para fines intelectuales. En términos filosóficos, ser un fracaso es muy importante, es casi una bendición. Lejos de ser marginado por su fracaso social, podría dársele un excelente uso a su fracaso como herramienta para ganar perspectiva sobre el funcionamiento de la mente, para comprender los problemas de las sociedades humanas o el abismo del alma. Y suponiendo que sabe cómo usarlo, el fracaso en la filosofía puede hacer del pensamiento uno más rico, penetrante y original.

La principal víctima aquí es la originalidad. En este juego político, es menester ser modesto y evitar sobresalir; hay que ignorar idiosincrasias, rarezas personales, ideas extravagantes y esa pizca de locura tan vital y necesaria para el filosofar. Ya no interesa desafiar la sabiduría recibida, refutar y molestar. Siendo parte del juego, lo peor que puede pasar es ser objeto de la burla y la broma de sus colegas, ese sería el fin del juego. El resultado a largo plazo es que la filosofía académica se siente insípida y aunque la asistencia a las conferencias vaya en aumento, no deja de ser evidente y desalentador. El gregarismo en la filosofía viene con su propio castigo. No es posible ser filosóficamente original y políticamente audaz al mismo tiempo. No es posible ser íntegro y aprovecharse de sí mismo en simultáneo.

Es fácil entender por qué algunas de las figuras más originales e innovadoras del pensamiento moderno, como Spinoza, Kierkegaard o Thoreau trabajaron fuera de la academia. El entorno universitario literalmente enfermó a Nietzsche y dejó a Schopenhauer con una eterna aversión hacia los profesores de filosofía. En 1928, un grupo de distinguidos académicos de la Universidad Goethe le negaron la carrera académica a Walter Benjamin al rechazar su tesis de habilitación por no ser suficientemente próvida. Simone Weil opinaba que otras profesiones, como el trabajo de fábrica o la agricultura, por ejemplo, eran más gratificantes que la de la enseñanza universitaria. Con su característica ironía, Emil Cioran se matriculó en el programa doctoral de la Universidad de Sorbona con el único propósito de tener acceso a los cómodos precios de la cafetería de la universidad. Él dejó el programa cuando ya no le permitieron hacer uso de la misma. Todos estos fracasos académicos resultaron ser profundamente originales. Nos invitan a ver el mundo y a nosotros mismos con nuevos ojos. No somos los mismos después de leerlos. Pero ellos lograron su originalidad fuera de la academia, no gracias a ella.

No hace falta decir que una cantidad considerable de trabajo filosófico de calidad proviene del entorno universitario. En la academia se han producido textos fundacionales, así como importantes movimientos filosóficos producto de círculos universitarios. Sin embargo, cuando se considera el número de personas involucradas, el tiempo, los recursos, las oportunidades y el talento que tienen a su disposición, el resultado es bastante decepcionante. La Asociación Filosófica Estadounidense, por ejemplo, tiene más de nueve mil miembros activos, parecido en cantidad al ejército de Irlanda. Los antiguos griegos inventaron el campo y lograron formular casi todo lo esencial de la filosofía con solo un puñado de personas, menos que un pelotón.

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Seríamos afortunados si solo falláramos como pensadores o pensadoras en el ámbito social, pero nuestro fracaso va más allá, nos enreda más de lo que querríamos. El fracaso puede adentrarse en los aspectos más personales de la filosofía, se cuela, como un gusano, en el núcleo mismo del pensamiento.

Aunque la filosofía comienza como un impulso completamente privado o un llamado imposible de ignorar, cuando se trata de formularla y articularla, generalmente adoptamos un lenguaje que no es el nuestro. No importa cuán personal sean nuestra preocupación o cuán auténtico sea nuestro filosofar, la mayoría de pensadores, inclusive los mejores, no han logrado idear un lenguaje filosófico propio. En vez de ello, buscamos refugio en una u otra de las principales corrientes filosóficas existentes: platonismo, tomismo, hegelianismo, marxismo, positivismo lógico, fenomenología. La radical soledad del filosofar se vuelve tan opresiva que no se puede soportar, entonces la llevamos a un espacio en común, a un vocabulario filosófico compartido y ahí, nuestra soledad se une a las soledades de los demás y, por lo tanto, es más fácil de soportar.

Indudablemente, el problema no es propio de la filosofía, en cierto sentido, las disciplinas artísticas tienen que enfrentar esto a su manera y en sus propios términos. Harold Bloom es conocido por su texto Angustia de la influencia (1973), donde refiere a la carga que representa el pasado para cualquier joven poeta en formación. De acuerdo con Bloom, un nuevo lenguaje poético debe ser inventado cada vez que algún poeta “fuerte” surge. Esto es una tarea difícil de cumplir dada la abrumadora influencia de las expresiones poéticas previas. Siempre habrá una lucha feroz, un agón en el corazón del poeta, entre su propio universo poético y aquel que lo precede y en contra del cual él hará que su voz se escuche. Los fundadores de corrientes filosóficas son escasos y aislados pero su influencia es enorme, inclusive mayor que la de los poetas “fuertes” de Bloom. Ya sea que se “malinterprete” a los previos pensadores (tal como hacen los poetas, de acuerdo con Bloom) o se ayuden generosamente entre ellos o empiecen desde cero, estos grandes filósofos terminan posicionándose decisivamente contra los vocabularios existentes. Platón, Aristóteles, Kant, Hegel, Marx o Husserl, solo para nombrar pensadores que son importantes no solo por el valor intrínseco de sus ideas, sino también por sus distintivas expresiones filosóficas. Los universos conceptuales que crearon han sobrepasado sus vidas y perfilaron la historia de la filosofía directa e indirectamente. Cambiaron la manera en que las personas hablan, piensan y viven, inclusive personas que nunca han escuchado sus nombres. Estos son los irresistibles pensadores “fuertes”.

Una vez que el vocabulario filosófico se ha instaurado, se convierte en un lugar hospitalario para pensadores y pensadoras que buscan refugio, para quienes no sienten remordimiento al vivir en casas ajenas. El fracaso de no crear un vocabulario personal no parece incomodar a filósofos tal como incomoda a poetas. La mayoría parece no sufrir la “ansiedad de la influencia” y, aun así, desde Aristóteles separándose de Platón a Marx distanciándose de Hegel, es tradición en Occidente que los filósofos rechacen a sus maestros. Discontinuidad, ruptura y crisis son las palabras clave. Nietzsche, quien fue protagonista de una separación (de Wagner y de Schopenhauer), inclusive desarrolló una teoría de las separaciones filosóficas. En Así habló Zaratustra, el maestro les dice a los discípulos:

¡Ahora yo me voy solo, discípulos míos! ¡También vosotros os vais ahora solos! Así lo quiero yo.

En verdad, éste es mi consejo: ¡Alejaos de mí y guardaos de Zaratustra! Y aún mejor:

¡avergonzaos de él! Tal vez os ha engañado.

El hombre del conocimiento no sólo tiene que saber amar a sus enemigos, tiene también que saber odiar a sus amigos.

Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo. ¿Y por qué no vais a deshojar vosotros mi corona?

Nietzsche da un excelente ejemplo de una ruptura con sus maestros, o de cualquier maestro, escuela o -ismo. Él no fue padre de un vocabulario filosófico ni tampoco es pesado, técnico, escolástico o abstruso el lenguaje que usa. Parece que Nietzsche tropezó con el santo grial del estilo filosófico, es decir, el arte de formular las más difíciles tesis filosóficas en el lenguaje propio más elegante posible. Esto lo hace no solo inimitable, sino que también completamente evasivo. Uno de los filósofos más influyentes de la modernidad, fracasa al “hablar como filósofo”.

Usar alguno de los vocabularios filosóficos existentes no necesariamente disminuirá los alcances del pensador o de la pensadora. Algunos de los trabajos más finos han heredado su aparato conceptual y vocabulario filosófico de otros y han demostrado ser originales y duraderos. Hay tomistas brillantes que no son Santo Tomás, hegelianos que nunca conocieron a Hegel y marxistas que vivieron mucho tiempo después de Marx. Un -ismo puede ser un cimiento fértil para las ideas, un lugar para el pensamiento serio e inclusive, para la innovación. Y todo eso está bien. Las consecuencias reales de este fracaso se mostrarán en otros lugares y pueden ser excepcionalmente desagradables.

Conforme se avanza en la escala de la originalidad, desde los creadores del vocabulario hasta el final, cualquiera que este sea, en algún momento se alcanza ese umbral, que una vez cruzado, lleva a otro universo estilístico. Aquí el pensamiento ya no es personal, es puramente mecánico, el texto parece haber sido escrito por máquinas, antes que por autores de carne y hueso, similar a aquellos trucos generados aleatoriamente por una computadora. Se vuelve fastidioso y resulta difícil distinguir tecnicismos de la pura tontería; la jerga se hace cargo por completo, secuestra a la escritura y hace que el escritor desaparezca. Todo se torna su propia caricatura: el tomista se convierte en un gracioso escolástico, el hegelianismo se convierte en puros disparates, el marxismo pasa a ser pura basura propagandística y el posestructuralismo, un hazmerreír. Sabemos el resultado, todos hemos visto más veces de las que querríamos esas atrocidades ininteligibles que hacen de la academia desdichadamente notoria. Y va más allá de la filosofía, ocurre en estudios de literatura comparada y en estudios teológicos. No hay campo de las humanidades que se salve de este devastador fracaso.

No tengo duda alguna, esto es resultado de la desesperación. Humanos, demasiado humanos, no queremos ser ni rechazados o ignorados y mucho menos, desterrados. Debemos aborrecer y evitar el fracaso, por eso buscamos a través de los textos para unirnos a una gran comunidad de espíritus afines. Y aunque el texto producido muestre con claridad la alineación intelectual, por dolorosa que sea de leer o imposible de seguir, la compañía que estamos buscando al escribir de tal manera, resulta ser una ilusión, ilusión creada por la jerga que dirige nuestro pensamiento. Huimos de nosotros mismos, nos escondemos y nos enterramos bajo todo ese imponente montón de incomprensión. Y ahí es donde el fracaso nos espera. De nuevo, fracasamos justamente porque le tenemos miedo al fracaso.

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Sin embargo, es posible que todos estos vocabularios, los de creadores y los de sus seguidores, los genuinos y las imitaciones, los mejores estilos personales, así como los incomprensibles no sean nada más que la expresión de aquello que sería el mayor fracaso de todos: el fracaso de quedarse callado. Estamos condenados a lidiar con un silencio universal, no importa lo que digamos, no importa cuán bueno sea, pasará desapercibido. Nada de lo que podamos pronunciar marcará la diferencia. Todos nuestros intentos, nuestros ensayos, están condenados a fallar. El silencio humilde parece ser el gran éxito en la filosofía, el mayor logro de todos… pero, mantenernos callados demasiado tiempos sería autodestructivo.

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Se dice que un día un ateniense burlón le dijo a Diógenes, con un desprecio apenas disimulado: “sin ningún conocimiento filosofas” y podemos imaginar al cínico, con una sonrisa irónica y su respuesta aplastante: “aunque tan solo pretenda la sabiduría, también eso es filosofar”. Nuestra pobre esperanza es que, aunque estemos mal imitando a la filosofía tal como Platón, Aristóteles o Nietzsche la entendían, no es necesario abandonar el filosofar. Para pasar de la copia a lo auténtico, tenemos que resemantizar nuestra relación con el fracaso. Necesitamos domesticar el fracaso y colocarlo en el lugar donde pertenece: en el núcleo de lo que somos. Para lograrlo Diógenes resulta ser un excelente maestro, podemos aprender de él más que el vencer y vivir en el fracaso, podemos aprender cómo prosperar y no morir en el intento.

Nota del autor

* Este texto se publicó originalmente en inglés, bajo el título “Why We Fail and How” en Los Angeles Review of Books, el 24 de setiembre del 2017. Le agradezco muchísimo a Melissa Rivera Fallas, quien hizo un espléndido trabajo de traducción. También, al profesor Mario Solís por invitarme a presentar mi texto en la Escuela de Filosofía de la Universidad de Costa Rica. Espero que mi presentación en español no haya sido difícil para las personas presentes. Es un gran honor para mí que mi conferencia se haya celebrado en ocasión del 50 aniversario del Programa de Posgrado en Filosofía de la Universidad de Costa Rica.

Costica Bradatan (costica.bradatan@ttu.edu). Profesor de Humanidades en la Texas Tech University e investigador honorario en la University of Queensland, Australia. Ha editado y publicado varios libros, entre ellos: Dying for Ideas. The Dangerous Lives of the Philosophers (Bloomsbury, 2015), In Praise of Failure (forthcoming, Harvard UP). También ha escrito para medios como The New York Times, The New Statesman, Times Literary Supplement, Dissent Magazine, The Boston Review, The Daily Beast, Christian Science Monitor, The Globe & Mail, entre otros. Bradatan es el editor en la sección de religión/estudios comparativos de Los Angeles Review of Books.

Traducido por Melissa Rivera Fallas (mriveraf29@outlook.com), estudiante de Filosofía de la Universidad de Costa Rica.


Rev. Filosofía Univ. Costa Rica, LIX (155), 203-209, Setiembre-Diciembre 2020 / ISSN: 0034-8252 / EISSN: 2215-5589