III. Contribuciones especiales


Joyce Zurcher

La Realidad es antropocéntrica y antropomórfica

En este ensayo presentaré argumentos para demostrar que el universo no es independiente de nuestra conciencia. Soy yo, por un lado, el ente que conoce, que piensa, que siente, que valora; y por otro, lo conocido por mí, el universo, las personas, los objetos las entidades científicas, las cosas. Y ese universo que yo conozco es conocido mediante las facultades de mi conciencia, de mi yo trascendental, que no sólo tiene límites y aprehende rangos, sino que también aporta significativamente a la construcción de los objetos materiales y científicos, objetivos es decir al universo que conocemos.

No es posible conocer nada que no implique el uso de nuestra conciencia, aunque pretendamos otear la realidad sin contaminarla. Conocemos lo que hay, pero todo lo que podemos imaginar se enmarca en lo que es para nosotros cognoscible. Podemos imaginar centauros, y pensar en hipogrifos, en el infinito, en los mundos paralelos, en los huecos negros, en las ondas electromagnéticas, en el Bosson de Higgs; y todo esto por más extraño que parezca, está enmarcado y constituido (o construido) por las facultades de nuestra conciencia. Diré tomando prestada la frase de Witgenstein y sustituyendo «lenguaje» por «conciencia»: «Los límites de mi universo, son los límites de mi conciencia».

Quizás exista un mundo totalmente independiente de nosotros los seres humanos, pero sus dimensiones y características nos serán por siempre desconocidas, porque al ser enfrentado si existe, por nosotros, necesariamente lo aprehendemos con nuestras facultades, límites y formas. Si bien podemos crear aparatos (microscopios, telescopios, y otros) que amplían nuestras capacidades sensoriales científicas y lógicas (A.I.), siempre lo conocido y creado por nosotros estará constreñido por nuestras posibilidades cognitivas, y llevará y nuestra huella.

Quizás no exista el mundo independiente de nuestra conciencia, y todo lo que creemos que hay, sea producto de nuestro cerebro; eso no podemos averiguarlo desafortunadamente, aunque no parece ser una posición muy lógica desde nuestro punto de vista.

El tema del conocimiento nos presenta varios enigmas, porque se supone que conocemos la realidad objetiva que nos rodea, de manera cierta y verdadera, y por lo tanto nos fiamos totalmente de ese conocimiento. Pero esta realidad que percibimos y conocemos, no sólo depende de nuestras facultades cognitivas, sino que adicionalmente es histórica, y nueva información respecto a lo que creíamos verdadero, confirmado y por lo tanto real, puede ser posteriormente revisado cuando nueva información resulte incoherente con tal conocimiento. O dicho de otra forma, denominamos realidad a lo que conocemos empíricamente, hemos comprobado y contrastado afirmativamente como algo objetivo, aunque en el futuro podremos sustituir nuestros conceptos sobre la realidad, porque nueva evidencia los pone en duda y demandan revisión. Para ampliar el estudio de la lógica de las hipótesis y su comprobación, recomiendo al lector las obra de K. Popper «The logic of Scientific Discovery» 1934.

¿Podemos preguntar si es que lo que denominamos realidad es entonces sólo una hipótesis? Desafortunadamente, por un lado, esa realidad que conocemos no es independiente de nuestra conciencia; es una realidad fenoménica que nos aparece en primera instancia, como datos sensoriales y por otro, si bien vivimos en ella, no podemos nunca estar absolutamente seguros de que la hemos asido definitivamente, aun cuanto la conocemos. Nos movemos en un mundo de certezas. El mundo en que vivimos, es nuestro mundo real, objetivo y nuestras proposiciones verdaderas lo describen… hasta nuevo aviso.

Y entonces nos preguntamos: En qué consiste la certeza con que afirmamos que conocemos la realidad? La certeza nos la proporciona la evidencia, la contrastación repetida, y la coherencia con otras afirmaciones que han sido contrastadas como verdaderas. Pero la absoluta y definitiva verdad sobre el mundo fenoménico, no la logramos a menos de que restrinjamos nuestras afirmaciones a lo que nos es ostensivamente y sensorialmente contrastable. Y, aun así, podríamos presentar algunas dudas, al no poder garantizar con evidencia alguna, nuestra comunidad de conceptos. Sin embargo, si podemos afirmar que entre más cercanas nuestras afirmaciones sobre el conocimiento sensorial objetivo, más difícil será que nueva información las ponga en entredicho.

En última instancia, es nuestra personal percepción sensorial y nuestros datos sensibles privados, lo que nos permite hablar del universo común. Para hacerlos públicos y objetivos, recurrimos a la síntesis que lleva a cabo nuestra conciencia con sus facultades, y a la ostensión con que iniciamos el aprendizaje del lenguaje, siempre asumiendo que las otras personas perciben lo mismo que nosotros cuando decimos «aquí azul», o aquí Habibi (el nombre propio de mi gato).

Refiero al lector interesado en el tema de la historicidad del conocimiento, a la obra de T. Kuhn «La estructura de las Revoluciones Científicas» 1962.

Denomino «conocimiento» a las proposiciones cuya verdad podemos reiteradamente contrastar para adquirir certeza… hasta nuevo aviso. Por realidad entiendo los objetos cotidianos (fenómenos del griego: lo que aparece) y todos los objetos que la ciencia y la técnica que nos permiten conocerlos, tales como leyes, entidades teóricas etc. Si denomináramos «realidad» a una hipotética causa que supuestamente origina los datos empíricos en nuestros sentidos, nunca podríamos hablar de conocimiento ni de verdad, porque tal realidad no nos es aprehensible y estaríamos traicionando el significado cotidiano de nuestro lenguaje.

Muchas de las ideas que expongo en este ensayo han sido formuladas desde el siglo V antes de la era cristiana. Sin embargo, señalaré las fuentes que me permiten afirmar que fue René Descartes quien presentó por primera vez con absoluta claridad, el papel de la conciencia como un yo o ente metafísico, es decir, como un lente previo y necesario para el conocimiento, e inevitablemente, como instrumento que condiciona tal realidad a sus límites y facultades. Después de exponer la posición cartesiana, añadiré algunas observaciones propias a esta cosmovisión.

Me tomaré la libertad de poner «en negrita» algunas palabras o proposiciones cartesianas y algunas propias, para enfatizar las ideas que presento.

Vivió René Descartes en 1596- 1650 en el contexto de los descubrimientos de Galileo 1564-1642, Tycho Brahe 1546-1601, Issac Newton 1642-1727 y muchos otros científicos y filósofos, cuya concepción del universo y de la física entre otras ciencias, era novedosa y dejaba atrás las concepciones medievales que afirmaban que la Tierra era el centro del Universo. En la época de Descartes, el Universo se vio como un artefacto sometido a leyes inmutables, a causalidad y a mecanismos certeros de la naturaleza corpórea, posición que dejaba atrás las ideas clásicas sobre la Tierra y sus objetos. Es posible que los descubrimientos físicos del momento suscitaran en Descartes el interés sobre la naturaleza histórica de la verdad, tema que, como científico, debe de haberle intrigado mucho.

Por lo anterior, si la proposición «La Tierra ocupa el centro del Universo» hubiera estado en su tiempo apropiadamente contrastada y hubiera sido coherente con las verdades afirmativamente contrastadas, entonces «la Tierra ocupa el centro del Universo» habría sido una proposición verdadera y habría correspondido fehacientemente con la realidad. La historia nos permite afirmar que tal proposición no fue contrastada científicamente, sino al contrario, narra que se sostuvo como un dogma religioso durante un tiempo y careció de los requisitos hoy necesarios para que le asignemos el carácter de conocimiento. Fueron las observaciones empíricas apoyadas en teorías e instrumentos construidos para ampliar nuestras fronteras empíricas y lógicas, las que exigieron la aceptación de un nuevo paradigma. (T. Kuhn op.cit.). No obstante, aunque tengamos evidencia sobre la verdad de una proposición que no refiere directamente a nuestro conocimiento sensorial, siempre habrá lugar para que nuevas observaciones la pongan en entredicho. De manera que nuevos paradigmas y verdades surgirán en la medida en que podamos avanzar en la observación y en la búsqueda cada vez más comprensiva de coherencia entre nuestros conceptos.

Para presentar mis argumentos sobre la relación entre conciencia, conocimiento y realidad en la obra de Descartes, en cuyo contexto pretendo ubicar mi posición sobre el papel de la conciencia metafísica o yo trascendental en la construcción del Universo, citaré principalmente Las Meditaciones Metafísicas publicadas en 1628 en latín, en 1641 en francés en la edición de Ch. Adam et P. Tañer, vrin, 1957; la traducción al inglés de Elizabeth Haldane y G.R.T. Ross, Cambridge University Press 1969; y la traducción al español de Manuel García Morente, Espasa Libros, S.L. U. 2010. Citaré esta última una vez que haya confirmado en casos de duda, la versión original en francés.

Tomo las Meditaciones Metafísicas, como fuente fundamental de la obra cartesiana, porque es en esta obra donde considero que sus ideas son presentados de manera más «clara y distinta», tanto que llegué a convencerme de algunas de ellas cuando las leí repetidamente como recomienda su autor en Los Principios de la Filosofía, y nunca fueron corregidas en sus obras posteriores.

Son cinco los temas que trataré:

1. La duda metódica, el Cógito y la conciencia indubitable.

2. La naturaleza de los datos empíricos. Todo pensamiento -aún los datos sensoriales, son indubitables en cuanto pensamiento.

3. La síntesis cognitiva o juicio, en la construcción de los objetos materiales «fuera de mí» o conocimiento objetivo. Yo puedo conocer empíricamente el mundo cotidiano y científico común, que «existe fuera de mí», (palabras cartesianas) entendiendo esto para referirnos a objetos espacio temporales con sus propiedades, tanto cotidianos cuanto científicos, porque la conciencia tiene la facultad de sintetizar los distintos datos sensoriales en objetos espacio temporales, unitarios, objetivos con sus propiedades. Notemos que «fuera de mí» es utilizado por Descartes para denotar sillones, hombres que caminan en la calle, cera que se percibe sensorialmente, es decir fenómenos empíricos y científicos. Aunque tales objetos «fuera de mí» que constituyen la realidad objetiva, dependan de las facultades pasivas y activas de mi conciencia.

4. La deducción valida como facultad innata indubitable de la conciencia que no viene con ideas innatas, que necesita datos empíricos para emplear sus facultades de síntesis e imaginación.

5. La realidad conocida «fuera de mí» y su hipotética e incognoscible causa, independiente de todo conocimiento. El supuesto universo de «objetos materiales fuera de mí», (Descartes debió de haberse referido a ellos como «independientes de mi conciencia») que producen o causan los datos y objetos cotidianos en mi conciencia, es incognoscible. Nuestro mundo se esfuma sin nuestra conciencia, aunque podría permanecer un universo independiente de mi conciencia, como causa de los datos sensoriales. Este algo desconocido e incognoscible, será denominado por I. Kant como «noúmeno» en la Crítica de la Razón Pura 1781- 1787.

Es preciso señalar que Descartes induce a una intelección confusa de sus Meditaciones, al referirse a los fenómenos como objetos «fuera de mí» (aunque dependientes de mi conciencia), y adicionalmente con los mismos términos, a la supuesta causa (noúmeno kantiano op. cit.) que pretende explicar la aparición espontánea de los datos sensoriales en mis sentidos o conciencia.

  1. Se propone Descartes en las Meditaciones Metafísicas encontrar la base segura, firme, atemporal, inmutable que permita de una vez y por todas, construir sobre ella el edificio del conocimiento.

Arquímedes, para levantar la Tierra y transportarla a otro lugar, pedía solamente un punto de apoyo, firme e inmóvil; también tendré yo derecho a concebir grandes esperanzas si tengo la fortuna de hallar sólo una cosa que sea cierta e indudable. (129 G.M.)

En El Discurso del Método, 1637 nos dice Descartes que nos guiará claramente para que encontremos una verdad indubitable que fundamente «a modo geométrico» todo conocimiento.

Con el propósito de encontrar la base indubitable de todo conocimiento, utiliza Descartes la duda sobre todo lo que ha creído anteriormente verdadero. Dudará de todas las afirmaciones que hasta el momento ha hecho sobre la realidad del mundo cotidiano, sobre la existencia de otras personas, sobre la naturaleza física de los objetos, sobre su propio cuerpo. No intenta, afirma Descartes, demostrar la falsedad de tales conocimientos, sino simplemente desecharlos, porque pueden ser dudados.

Descartes considera que nuestra costumbre de llamar verdadero a lo que conocemos sensorialmente, obedece a un ciego y temerario impulso que nos inclina a creer que lo conocido existe sin que intervengamos en su constitución. Sin embargo, no podemos fiarnos de tal impulso, porque a veces lo que percibimos sensorialmente nos engaña, admitiendo Descartes implícitamente, que a veces lo que los sentidos nos presentan, no nos engaña...

Todo esto me da conocer que, hasta hora, no ha sido en virtud de un juicio cierto y premeditado, sino por un ciego y temerario impulso, por lo que he creído que había fuera de mí cosas diferentes de mí, las cuales, por medio de los órganos de mis sentidos, o por otro medio cualquiera me enviaban sus ideas o imágenes, imprimiendo en mí su semejanza. (142 G.M.)

Notemos que Descartes se refiere a «cosas fuera de mí», o cosas diferentes de mí para mencionar los objetos materiales que nos rodean cotidianamente, tales como las otras personas, el sillón de su cuarto, el fuego que lo calienta, el sol, cosas que son reales y existen para nosotros. (Posteriormente señalaré que «fuera de mí», «existente» y «real», son términos utilizados por Descartes ambiguamente, denominando también con ellos a una «realidad» totalmente independiente de nuestro conocimiento, que supuestamente es la causa de que se presenten a nuestros sentidos los estímulos causales necesarios.

Duda Descartes de la existencia de la realidad cotidiana, que está «fuera de mí» en el sentido de que los objetos materiales que existen cotidianamente están fuera de nosotros, como el sillón o la mesa, porque aunque no parezca que se pueda dudar racionalmente del mundo objetivo que nos rodea, podría ser el caso de que estemos soñándolo.

(...) no se puede razonablemente dudar de que estoy sentado junto al fuego, vestido con una bata, podría ser el caso de que yo esté simplemente soñando y todo no sea más que una creación de nuestro loco cerebro. (3) (122 G.M.)

Igualmente afirma Descartes, que aunque es difícil dudar de los objetos matemáticos que obtengo mediante el razonamiento válido, nada me garantiza que mi razonamiento sea correcto.

¿qué sé yo si Dios no ha querido que yo también me engañe cuando adiciono dos y tres, o enumero los lados de un cuadrado, o juzgo de cosas aún más fáciles que esas, si es que puede imaginarse algo que sea más fácil? Mas acaso Dios no ha querido que yo sea de esa suerte burlado. (122 G.M.).

No obstante, afirma Descartes, que por más que duerma y no exista el Universo que me rodea, que dude de la existencia de mi cuerpo, que dude de la validez de mi razonamiento porque es posible que me haya creado un genio maligno que me dotó de una razón incorrecta, no cabe duda alguna de que yo soy, puesto que me engaño.

(…) hay que concluir por último y tener por constante que la proposición siguiente: «yo soy, yo existo» es necesariamente verdadera, mientras la estoy pronunciando o concibiendo en mi espíritu. (3) (p.128 G. M.)

Descartes encuentra la proposición indubitable que buscaba, pero ésta no proporciona el fundamento del conocimiento «a modo geométrico o deductivo». Más adelante veremos cómo Descartes intenta deducir del Cógito la validez de la deducción.

Del Cógito, yo soy, no se deduce conocimiento alguno sobre la existencia del mundo. La auto-conciencia no es conocimiento sobre el mundo. ¿Qué es entonces la autoconsciencia, ya que ésta es cierta e indubitable?1

«Cogito ergo sum» nos dice Descartes. Pienso, luego existo. Soy algo que piensa. Soy una cosa que piensa y que mientras piense, es. ¿Y qué es una cosa que piensa?

Es una cosa que duda, entiende, concibe, afirma, niega, quiere, no quiere, y también imagina y siente… Pues es tan evidente de suyo que soy yo quien duda, entiende, y desea, que no hace falta añadir nada para explicarlo. Y también tengo ciertamente, el poder de imaginar, pues aun cuando puede suceder (como antes supuse) que las cosas que yo imagino no sean verdaderas, sin embargo, el poder de imaginar no deja de estar realmente en mí y formar parte de mi pensamiento. Por último soy el mismo que siente, es decir que percibe ciertas cosas por los órganos de los sentidos, puesto que en efecto, veo la luz, oigo el ruido, siento el calor. Pero se me dirá que esas apariencias son falsas y que estoy durmiendo. Bien sea así. Sin embargo, por lo menos, es cierto que me parece que veo luz, que oigo ruido y que siento calor, esto no puede ser falso y esto es propiamente lo que en mí se llama sentir y esto precisamente, es pensar. Por donde empiezo a conocer quién soy con alguna mayor claridad y distinción que antes. (5) (132 G.M.)

El párrafo anterior demuestra evidentemente que Descartes está hablando de la conciencia: Él es el ente que recuerda, imagina, tiene sentimientos, percibe sensaciones. Su ser o esencia (Kant la denominará «yo trascendental» que se apercibe como conocedor de los fenómenos que constituyen el universo. op.cit.) no es únicamente un ser auto-consciente, sino es consciente tanto de sus emociones, pensamientos, creencias, conocimientos, imaginaciones, sensaciones, deseos, sentimientos, valores, recuerdos... Yo siento… soy. Recuerdo… soy. Percibo…soy. Amo… soy. Deduzco… soy.

Si examinamos la cita anterior, podemos afirmar que para Descartes la conciencia tiene facultades distintas: siente, recuerda, imagina, deduce, desea, percibe, reflexiona, conoce, propone hipótesis, contrasta… Todo esto es «pensar».

Diversos autores afirman que el Cógito es un argumento circular porque Descartes utiliza la deducción en su formulación. «Cogito ergo sum»: «Pienso, luego o por lo tanto, existo», incurriendo en una petición de principio, porque la deducción ha sido dudada mediante el argumento del genio maligno quien nos puede haber construido con la facultad de deducir errónea.

Yo no lo creo así. El Cógito es la autoconciencia y de ella no se sigue más que soy consciente o soy conciencia y esto no puede negarse. No recurre Descartes a deducción alguna; precisamente la capacidad de deducir válidamente, es una de las facultades metafísicas de la conciencia en la epistemología cartesiana, afirmación que no surge de sus afirmaciones, sino de los ejemplos que proporciona al denominar como «clara y distinta», la deducción válida, no así lo deducido mediante tal facultad.

Descartes denomina al instrumento cognoscente con varios vocablos: «pensamiento», «razón», «mente», «espíritu», «alma». Para referirme a esta entidad, citaré a menudo los términos cartesianos pero igualmente me referiré a ellos con el término «conciencia» que ciertamente es mucho más amplio que el término «razón», empleado por la escuela de su tiempo, pero cuyos ejemplos en la obra cartesiana, justifican sobradamente la sustitución del término.

Podemos leer en algunos textos de científicos, que Descartes debería de haber comenzado por estudiar el cerebro, que en el contexto de la ciencia actual, es el que produce y posibilita la conciencia.

Desde luego, es sumamente útil e interesante conocer cómo funciona el cerebro, cómo se producen las sensaciones y las emociones. Pero precisamente para pensar y estudiar estos temas, para investigar las conexiones nerviosas, las entidades científicas, la electricidad, las ondas, o lo que se proponga como hipótesis científica contrastada o contrastable, se dependerá ineludiblemente de la conciencia. Con mi conciencia conozco y estudio el cerebro.

Yo soy, afirma Descartes. Es lo único absolutamente indubitable.

De suerte que habiéndolo pensado bien y habiendo examinado cuidadosamente todo, hay que concluir por último y tener por constante que la proposición siguiente: «yo soy yo existo» es necesariamente verdadera mientras la estoy pronunciando o concibiendo en mi espíritu. Durante todo el tiempo que dure mi pensar; pues acaso podría suceder que, si cesase de pensar, cesaría al propio tiempo de existir. (130 G.M.)

Descartes afirma en la cita anterior, que si dejara de tener conciencia, dejaría de existir, identificando la conciencia con su existencia. Y si pensar, sentir, imaginar, deducir, dependen de la conciencia, es decir, la conciencia es condición necesaria para que haya pensamientos, sentimientos, deseos… se puede concluir que si dejáramos de pensar, dejaríamos de existir; y que si dejáramos de existir, dejaríamos de tener sensaciones, sentimientos, imaginaciones, pensamientos, porque todo lo anterior depende de la conciencia. De manera que, si dejara de existir la conciencia, dejarían de existir nuestras percepciones, nuestras deducciones, nuestras imaginaciones. Y si pensar, es sentir, y sentimos datos empíricos, que son los «ladrillos o bloques con que construimos nuestro mundo», igualmente éste dejaría de existir.

Ciertamente si dejo de tener conciencia, mi mundo desaparece para mí. ¿Y si desaparecemos todos los seres humanos, qué clase de mundo quedaría? ¿El mundo de los gatitos o de las langostas, o el de los insectos, que lo conocerán con sus sistemas cognitivos? ¿Y ese será entonces el Universo… para ellos?

Las implicaciones de la anterior afirmación, son evidentes y además irrefutables: El mundo que afirmamos y demostramos que conocemos, es el mundo que nosotros podemos conocer con nuestra conciencia. Y precisamente el mundo que conocemos existe, porque lo conocemos. La conciencia es condición necesaria para su existencia. No hay datos empíricos sin conciencia. No hay sonido en el bosque cuando el árbol cae, si una conciencia no escucha.

2. Los datos empíricos

¿Descartes afirma que dormido o despierto, mientras tenga auto-conciencia, es, y se pregunta como siguiente paso, si es cierto como ha creído siempre durante su vida cotidiana, si es verdad que existen cosas «fuera de mí»? ¿Es decir, si algunos de los pensamientos sobre el mundo, son objetivos y verdaderos? Entendiendo por «verdaderos», proposiciones sobre cosas que existen «fuera de mi conciencia», en el espacio y el tiempo, comunes con otras personas.

Los términos «fuera de mí» causan dudas en la comprensión de los textos cartesianos, porque si bien los datos que aparecen como propiedades de los fenómenos parecen estar «fuera de mí», en las cosas que nos rodean, no son independientes de mi conciencia, como el sillón de su cuarto, el fuego que lo calienta, el color café de su silla, la gente que lo rodea. Cosas de las que podemos dar fé que existen porque las conocemos sensorial o empíricamente como fuera de nosotros, como objetivos, pero dependientes de nuestra conciencia.

Esto nos enfrenta a la importantísima pregunta: Viene la conciencia con ideas innatas o es una tabla rasa como afirma Locke? Este tema será tratado más adelante en el punto 4.

Los Veda, con su enorme tradición espiritualista, nos hablan de la meditación trascendental, mediante la cual se puede conocer la conciencia como ente metafísico, pero no nos responden esta pregunta. Sin embargo Descartes afirma que no puede haber datos empíricos sin conciencia e igualmente lo afirma la ciencia contemporánea.

Ahora bien: ha sido mi costumbre imaginar otras muchas cosas, además de la naturaleza corporal, que es el objeto de la geometría y son a saber: los colores, los sonidos, los sabores, el dolor y otras semejantes, si bien menos distintamente. Y por cuanto percibo mucho mejor esas cosas por los sentidos, los cuales, con la memoria, parecen haberlas traído hasta mi imaginación, creo que para considerarlas con más comodidad, convendrá que examine al mismo tiempo lo que es sentir, y vea si de esas ideas que recibo en mi espíritu por medio del modo de pensar que llamo sentir, no podré sacar alguna prueba cierta de la existencia de las cosas corporales. (176)

Es decir, Descartes va a acometer la tarea de revisar si algo de lo que hasta el momento ha sido conocido como real mediante los cinco sentidos, es algo «fuera de mí», es decir, existe como realidad objetiva y común.

Notemos en primer lugar, que la conciencia no es un ente que existe en el mundo en el sentido en que los objetos materiales cotidianos existen, entre ellos mi cuerpo, mi cerebro, la universidad, el Universo, el sillón café o la gente. La conciencia, siente, (sent) imagina, recuerda, deduce, percibe... cuenta con la facultad de sentir (sensaciones empíricas) y dichas sensaciones se presentan como provenientes de algo «fuera de mí», es decir, de las cosas corporales u objetos materiales o fenómenos que nos rodean, y los datos percibidos mediante los sentidos que dependen de nuestras facultades sensoriales, pueden ser utilizados por la memoria e imaginación (facultades adicionales de la conciencia), para pensar, soñar o imaginar objetos que podrían no existir en el espacio-tiempo porque la conciencia puede, a partir de los datos percibidos, imaginar objetos tales como sirenas y sátiros.

Sin embargo hay que confesar, por lo menos, que las cosas que nos representamos durante el sueño son como unos cuadros y pinturas que tienen que estar hechos a semejanza de algo real y verdadero: ojos, cabeza, manos, cuerpo no parecen ser imaginarias, sino reales y existentes, como el caso de los pintores, que a veces se esfuerzan con grandísimo artificio en representar sirenas y sátiros, por medio de fantásticas y extrañas figuras, pero lo que hacen es sólo una cierta mezcla de composición de las partes de diferentes animales; y aun suponiendo que la imaginación del artista sea lo bastante extravagante para inventar algo tan nuevo que nunca haya sido visto, y que así la obra represente una cosa puramente fingida y absolutamente falsa, sin embargo, por lo menos, los colores de que se componen, deben ser verdaderos. (G.M. 121)

Como vemos en la cita anterior, mediante los datos empíricos, se construyen los conceptos imaginados tales como los hipogrifos y sirenas, o recordar objetos, como el edificio de mi escuela primaria. Los datos sensoriales o empíricos son como «piezas de un rompecabezas» con los que se pueden armar o imaginar objetos que podrían ser o no, invenciones de la conciencia. La imaginación puede componer los datos empíricos como quiera para imaginar objetos que no existen en el espacio-tiempo «fuera de mi». Pero las piezas del rompecabezas con las que Descartes afirma se construyen las imaginaciones sobre objetos que pueden no existir, son las percepciones o datos sensoriales o empíricos qué «por lo menos deben ser verdaderos», entendiendo como verdadero, algo que existe «fuera de mi» como los colores de los objetos cotidianos objetivos. (No afirma Descartes en este momento que todo lo que la conciencia conoce debe de haber pasado alguna vez por los sentidos, pero puede inferirse de lo que he citado, porque los datos sensoriales son los ladrillos o bloques con los que se construyen las imaginaciones y los sueños y desde luego, los objetos materiales cotidianos ojetivos. Pero es preciso enfatizar que si bien los datos parecen no provenir de mí, sino de los fenómenos que están «fuera de mí», si dependen de mi facultad de sentirlos. Y por lo tanto, parecen estar «fuera de mí», pero dependen de mí, es decir de mi conciencia que soy yo.

Es necesario percatarnos de que Descartes afirma que dudará de la existencia de todo lo que ha creído que existe. Pero esta duda no es una duda absoluta o universal. Dice dudar de que los datos empíricos existan, porque puede estar dormido. Pero aún en el sueño, los datos son esas piezas de rompecabezas mediante las cuales se compone cualquier objeto que sueñe, observe, o imagine o conozca. Es decir, mi percepción de los datos es real, dormido o no.

Los datos subjetivos indubitables, si bien son verdad porque no puedo negarlos, no existen «fuera de mí» en el sentido de existir independientemente de mí conciencia, pero sí existen fuera de mí» como si estuvieran ubicados en cuerpos o fenómenos objetivos espacio-temporales, que nos parecen independientes de mí, aunque no lo sean.

Para dejar claro lo anterior, insisto: «fuera de mí» es usado por Descartes para referirse a los fenómenos unitarios, contables que están en el espacio y tiempo, pero tales fenómenos, dependen de mi conciencia, sin la cual no los conoceríamos.

3. Los objetos materiales que nos rodean

¿Cómo puede afirmar Descartes entonces, que a veces los datos nos engañan si anteriormente ha dicho que las percepciones empíricas son indubitables, siempre que no se atribuyan a objetos materiales ordinarios o fenómenos objetivos, porque en este caso sí podríamos cometer errores?

Para dilucidar el tema examinará Descartes en la cita siguiente, el caso concreto de la existencia de un objeto que, según su costumbre, ha sido fácil de conocer como un «objeto fuera de mi».

Consideremos, pues, ahora las cosas que vulgarmente se tienen por las más fáciles de conocer y pasan también por ser las más distintamente conocidas, a saber: los cuerpos que tocamos y vemos; no ciertamente los cuerpos en general, pues las nociones generales son por lo común, un poco más confusas, sino un cuerpo en particular. Tomemos, por ejemplo, este pedazo de cera, acaba de salir de la colmena; no ha perdido aun la dulzura de la miel que contenía, conserva algo del olor de las flores de que ha sido hecha. Su color, su figura, su tamaño son aparentes, es duro, frío, manejable y, si se le golpea producirá un sonido. En fin, en él se encuentra todo lo que puede dar a conocer distintamente un cuerpo. Mas he aquí que, mientras estoy hablando, lo acercan al fuego, lo que quedaba de sabor se exhala, el olor se evapora, el color, cambia, la figura se pierde, el tamaño aumenta, se hace líquido, se calienta, apenas sí puede ya manejarse y, si lo golpeo, ya no dará sonido alguno. Sigue siendo la misma cera después de tales cambios Qué es, pues, lo que en este trozo de cera se conocía con tanta distinción Ciertamente no puede ser nada de lo que he notado por medio de los sentidos puesto que todas las cosas percibidas por el gusto, el olfato, la vista, el tacto y el oído, han cambiado y sin embargo la misma cera permanece.

Esta cita es de la mayor relevancia, tanto en la epistemología cuanto en la ontología cartesianas. Cuando Descartes examina su duda sobre la existencia «fuera de mi» de los datos sensoriales, él mismo descubre que realmente su duda no se aplica a los datos subjetivos, (que son datos en mi conciencia) sino al juicio (síntesis como lo denomina I. Kant en la Crítica de la Razón Pura op. Cit.), que le permite averiguar si tales datos son atribuibles a objetos materiales o fenómenos objetivos, que parecen que están en el espacio y tiempo «fuera de mí», en el sentido apuntado arriba, como su sillón, el fuego que percibe, la cera que se huele, se toca, se siente. Este juicio (síntesis inconsciente e inevitable impulso), es dudable, porque de la percepción privada de los datos, no se sigue de inmediato -no se deduce ni le es inherente- la existencia del objeto. Muchas veces hemos percibido una manchita en el aire que creíamos era una mosca, pero cuando confirmamos, resultó ser un reflejo en mis lentes, o simplemente una ilusión sensorial.

Notemos que la existencia de los objetos no se conoce deductivamente a «modo geométrico» (es decir deductivamente) a partir del Cogito sino sólo se propone hipotéticamente mediante un ciego impulso y de manera espontánea a partir de datos, se contrasta con ulteriores sensaciones para construir o configurar el objeto material, como lo afirma Descartes en la cita anterior. Es por ello que Descartes llama «ciego y temerario impulso» a la acción o juicio (síntesis lo llamará Kant op.cit.) que lleva a cabo la conciencia, para confirmar que existe un objeto material cotidiano o fenómeno «fuera de él», (en el espacio tiempo) cuando percibe ciertos datos empíricos indubitables y contrastables, repetidos o parecidos en el espacio y el tiempo, y con categorías. Este será el tema fundamental en la Crítica de la Razón Pura de I. Kant, quien nunca atribuyó a Descartes el descubrimiento de la síntesis de la conciencia. Yo me apercibo con mi yo trascendental que no está en el mundo de los objetos materiales, de que unifico y sintetizo los datos sensoriales para constituir los objetos materiales a partir de datos que me proporcionan subjetivamente, los sentidos.

Cuando los datos percibidos privadamente o subjetivamente, se repiten, se confirman con datos ulteriores y datos de otros sentidos, cuando son repetibles en el tiempo y separados o contiguos en el espacio y el tiempo y ejemplifican categorías y dimensiones diversas, (juicio o Síntesis) se unifican como objetos materiales existentes en el espacio y el tiempo. Esto es precisamente lo que Descartes afirma en el ejemplo de la cera arriba citado. Este es el caso de los objetos materiales cotidianos, fenómenos, «fuera de mi», pero dependientes de mi conciencia.

Sin conciencia no hay datos empíricos. Sin conciencia no veo a mamá, ni veo azul en las cosas. Sin la percepción de datos empíricos, tampoco hay objetos materiales o fenómenos, porque es a partir de tales datos sensoriales, que, mediante síntesis, (o conciencia activa, como la denominará Descartes en la siguiente cita), que conocemos los «fenómenos» u objetos materiales que se perciben sensorial y cotidianamente. Las sensaciones que nos aportan los datos empíricos son privadas, pero a partir de éstas, formulamos el juicio (la síntesis) sobre la existencia de los objetos públicos u objetos materiales, que contrastamos como existentes en el espacio y el tiempo con sus correspondientes características y categorías. Por lo tanto, la conciencia tiene participación activa (síntesis o unificación en el espacio y el tiempo) en el tratamiento de los datos que comparecen ante ella. En ese sentido, los datos sí pueden engañarnos en tanto nos sugieren que llevemos a cabo la necesaria contrastación empírica que ese «impulso ciego» nos pide, porque la afirmación sobre el conocimiento de un objeto material a partir de la percepción de datos, requiere mucho más que dicha percepción; como lo señala Descartes. Requiere de una unificación o síntesis de datos en el espacio y el tiempo, tema seriamente estudiado especialmente hoy, por la filosofía, la neurociencia y la física.

Además, no puedo dudar que hay en mí una facultad pasiva de sentir, es decir, de recibir y reconocer las ideas de las cosas sensibles; pero sería inútil para mí esa facultad, y no podría yo hacer uso de ella si no hubiera también en mí, o en alguna otra cosa, otra facultad activa capaz de formar y producir tales ideas. (179 G-M.)

Descartes considera que por un impulso o facultad activa unificamos, sintetizamos datos sensoriales que percibimos como objetos materiales cotidianos objetivos.

La realidad está constituida por objetos materiales, como nosotros los seres humanos afirmamos, después de haber contrastado y sintetizado apropiadamente los datos empíricos; de ahí partimos para clasificarlos, descubrir sus leyes y postular causas y descubrirlas, proponer entidades científicas… hasta nuevo aviso, cuando novedosas evidencias empíricas o incoherencias lógicas nos exijan sustituir nuestras afirmaciones sobre la realidad, por otras, cuya contrastación constituye el nuevo reto.

¿Pero dónde queda la realidad para Descartes? Ha dicho que los datos que percibimos son datos subjetivos en nuestra conciencia y sin conciencia no hay datos. Ahora nos afirma que nuestra conciencia además cuenta con una facultad sintetizadora que construye objetos a partir de la experiencia empírica. ¿Y tales objetos son algo fuera de mí?

Asimismo, si juzgo que existe la cera porque la toco, se seguirá también igualmente que yo soy; ¡y si juzgo porque mi imaginación o alguna otra cosa me lo persuade, siempre sacaré la misma conclusión! Y lo que aquí he notado de la cera puede aplicarse a todas las demás cosas exteriores a mí y que están fuera de mí. Y, además, si la noción o percepción de la cera me ha parecido más clara y distinta después que no sólo la vista o el tacto, sino otras muchas causas me la han puesto de manifiesto, ¡Con cuanta mayor evidencia distinción y claridad habrá que confesar que me conozco ahora, puesto que las razones que me sirven para conocer y concebir la naturaleza de la cera o de cualquier otro cuerpo, prueba mucho mejor la naturaleza de mi propio espíritu! (136)

Descartes hace evidente que mediante el espíritu (el yo trascendental, dirá I. Kant, la conciencia diré yo) percibimos empíricamente datos y a partir de ellos, conocemos (sintetizamos), objetos materiales, pero atribuye precisamente a su yo, a la naturaleza de su conciencia, la facultad de dotar de existencia objetiva «fuera de mí» —mediante síntesis— a tales «objetos materiales», como por ejemplo esta cera, este libro, este fuego, ese sillón en que está sentado.

Tanto «duro» como «dulce» son sensaciones en mi conciencia. Y es precisamente mediante otras sensaciones semejantes y la síntesis que ejecuta la conciencia con los datos percibidos por distintos órganos sensoriales, que confirmo la existencia permanente de los objetos «o cosas exteriores fuera de mí» en el espacio y el tiempo con sus propiedades.

Esto hace evidente que no copiamos la realidad independiente de la conciencia al percibirla y conocerla. Necesitamos de la conciencia para que haya datos, e igualmente la necesitamos para que haya objetos y realidad objetiva.

En ese sentido, la conciencia es la base y fundamento de todo conocimiento, pero no fundamento o premisa para una deducción, «a modo geométrico» como lo enunció Descartes en el Discurso del Método, como sería el concepto de triángulo, del que se puede deducir la geometría analítica. La conciencia conoce datos empíricos que se nos presentan subjetivamente, que una vez sintetizados aparecen como fenómenos objetivos, a los cuales podemos referirnos. intersubjetivamente.

Descartes usa los términos: «cosas exteriores fuera de mí» que existen y que pueden denotarse; que conocemos y que tienen unidad, tamaño, figura… y están en el espacio y tiempo, tales como la silla de mi escritorio, o la cera, que he confirmado empíricamente que existen. Estos objetos materiales, están «fuera de mí» en el sentido de ser objetos espacio-temporales unitarios y contables, pero no están ahí, independientemente de mi conciencia. Es precisamente su ubicación espacio-temporal como objetos, lo que nos hace creer que son objetos independientes de la conciencia, pero no lo son. Simplemente existen, pero no quedan ahí cuando no estamos presentes y nos llevamos con nosotros nuestras facultades sensoriales y nuestras facultades sintetizadoras.

Descartes se refiere también con los mismos términos «objetos materiales» o a veces como «objetos corporales», a los supuestos objetos independientes de nuestra conciencia, que supuestamente causan nuestras percepciones, a los que no podemos atribuirles las propiedades que empíricamente conocemos precisamente, porque las propiedades que conocemos de los objetos cotidianos, dependen de nuestras facultades de percibir y de sintetizar. Este tema será analizado en el punto 5.- más adelante.

Yo amplío justificadamente el significado de los términos usados por Descartes, para denominar el acto de unificación o síntesis de la conciencia cuando afirma la existencia de un objeto material, y en vez de «juzgar», los sustituyo por unificar y sintetizar los datos sensoriales, mediante un juicio inconsciente.

(…) decimos que vemos la misma cera que tiene distintos colores, olores y figuras, y no decimos que juzgamos que es la misma. (135 G.M.)

En cuanto a la participación de la conciencia en la construcción de los objetos materiales a partir de los datos sensoriales, además del caso de la cera, Descartes nos ilustra el tema cuando desde su sillón escucha sonidos que «juzga» son producidos por hombres que pasan por la calle. Hipótesis (posiblemente inconsciente y eso lo estudian los neurocientíficos) que debe corroborar asomándose a la ventana, para utilizar mejor las facultades sensoriales de la conciencia y proceder a la síntesis.

Pero es preciso hacer una distinción que, si bien es mencionada por Descarte, no está suficientemente explicita. Cuando afirma que ha contrastado que el ruido que escucha es producido por hombres que pasan por la acera, Descartes está refiriéndose al concepto «hombres» y no hace la diferencia explícita que hizo anteriormente cuando habló del cuerpo particular que existe como esta cera y que se construye mediante la facultad de la conciencia (y que denotamos con el nombre propio del objeto diría Russell), y el concepto cera que es una abstracción que hace la conciencia sobre un cuerpo particular al compararlo con otro que ejemplifica propiedades o características semejantes, para conceptualizar un conjunto o clase de objetos. (Esto lo estudia detenidamente R. Carnap en «La Construcción Lógica del Mundo». 1928).

Pero cuando distingo la cera por un lado y sus formas exteriores por otro y, como si le hubiese quitado su ropaje, la considero desnuda, es cierto que, aunque pueda haber algún error en mi juicio, no puedo, sin embargo, concebirla de esa suerte sin un espíritu humano. (135 G.M.)

Es evidente que Descartes sirve en bandeja de plata la temática que más tarde desarrollará Kant, quien examinará acuciosamente la función sintetizadora de la conciencia cuando afirmamos la existencia de un objeto material, porque la conciencia es activa y proporciona unidad, espacio y tiempo y categorías o propiedades primarias-entre ellas la causalidad según Kant op. Cit.- a la percepción de datos semejantes, repetibles, distintos pero unificados y permanentes como fenómenos objetivos en el espacio y el tiempo.

Por lo cual, acaso haríamos bien en inferir de esto que la física, la astronomía, la medicina y cuantas ciencias dependen de la consideración de las cosas compuestas son muy dudosas e inciertas; (…) (122 G.M.)

No es mi propósito examinar los estudios de los neurocientíficos sobre la síntesis que aporta nuestra conciencia (nuestro yo trascendental). Mi propósito es demostrar que las ideas cartesianas definitivamente marcan el derrotero de la ciencia y de la filosofía, para fincar en la conciencia la base del conocimiento y de la realidad, siendo los datos sensoriales, el punto de partida y de llegada de todas nuestras teorías e hipótesis verdaderas y contrastables.

Reitero: El sonido no existe, el do de mi piano no existe aunque la cuerda haya vibrado, si no hay oído que lo escuche. Este es el significado normal y cotidiano de la palabra «sonar» según la Real Academia de la Lengua y nuestro lenguaje cotidiano. Los datos son privados para nuestra conciencia pero adicionalmente son indispensables para que podamos afirmar que sabemos y conocemos que este objeto concreto existe en el mundo que nos rodea, y podemos compartir nuestro conocimiento con otras personas, porque si los datos se presentan espontáneamente y son repetibles en el espacio tiempo en forma de objeto material que es posible denotar, es igualmente posible que usted perciba y sintetice los datos que usted percibe de semejante manera, hipotéticamente causados por el mismo objeto independiente de la conciencia, y pueda participar conmigo de su conocimiento. (La comunicación del conocimiento y el tema del lenguaje no serán tratados en este corto ensayo).2

El ser de la conciencia (el yo trascendental), es metafísico en el sentido de ser instrumento previo necesario, para que haya colores y objetos en el mundo que nos rodea. Precisamente esto es lo que pretendía señalar Descartes, cuyo lenguaje confundió a muchos filósofos que lo sucedieron, que no se percataron de la «revolución» que llevó a cabo y ha sido atribuida a Kant.

Me dirán que nuevamente como Ptolomeo, Descartes ubica al ser humano en el centro del Universo. Suscribo la afirmación, pero no es la Tierra el centro del Universo. Es la Conciencia el punto de partida y de llegada, del conocimiento de la realidad. De esa realidad ineludible e indubitablemente antropomórfica. Fuera de mí, a veces (—no siempre, como en el caso de mi dolor de estómago subjetivo—) en el espacio y tiempo, pero necesariamente con el concurso y forma de mi conciencia.

Sobre el conocimiento de tales objetos materiales, construimos los conceptos de clases, mediante abstracción y comparación, connotados por términos tales como «cera» o «gato». Podemos entonces tanto Descartes cuanto nosotros, distinguir cuándo «los sentidos nos engañan», porque cometemos el error de juzgar que algo existe cuando lo afirmamos sin suficiente y adecuada confirmación en la experiencia.

(…) y si juzgo porque mi imaginación o alguna otra cosa me persuade, siempre sacaré la misma conclusión… que los cuerpos materiales no son conocidos porque los vemos y tocamos, sino porque los entendemos con el pensamiento. (136 G.M.)

Las citas anteriores no sólo nos permiten observar que para el dato sensorial es un dato en la conciencia que lo percibe, sino que explícitamente Descartes afirma que la conciencia no sólo percibe datos sensoriales, sino que interviene activamente, en la constitución de los objetos materiales espacio, temporales.

Pero en fin, heme aquí insensiblemente en el punto a que quería llegar; puesto ya que esa cosa para mí manifiesta ahora, que los cuerpos no son propiamente conocidos por los sentidos o por la facultad de imaginar, sino por el entendimiento sólo, y que no son conocidos porque los vemos y los tocamos sino porque los entendemos o comprendemos por el pensamiento, veo claramente que nada hay que me sea más fácil de conocer que mi propio espíritu. (136 G.M.)

La contribución de Descartes a la Filosofía y a las ciencias, consiste en identificar detalladamente el punto de partida metafísico (ta metata physika); el instrumento previo, el lente, el observador, el sujeto necesario para todo conocimiento, sentimiento, o pensamiento.

Descartes no dice como Berkeley: «Ser, es ser percibido», sino más bien, «ser, es ser conocido» y yo lo suscribo decididamente, pero advirtiendo que yo me apercibo como sujeto o conciencia.

4. Ideas claras y distintas

Para seguir el orden que Descartes sigue en las Meditaciones, pasaré a examinar lo que él denomina «ideas claras y distintas».

Habiendo encontrado la afirmación indubitable: soy porque pienso. Pretende Descartes encontrar otras proposiciones igualmente indubitables, «claras y distintas».

pero ¿no se también cuáles son los requisitos precisos para estar seguro de algo? (…) por lo cual me parece que ya puedo establecer esta regla general: que todas las cosas que concebimos clara y distintamente son verdaderas…puedo distinguir cuando puedo dudar de cuando no puedo hacerlo. Y esto me permite afirmar que cualquier pensamiento claro y distinto, es verdadero. (G.M.138).

Llama la atención, sin embargo, que, aunque sólo la conciencia es indubitable para Descartes, (cuando piense en cualidades u objetos empíricos, o cuando piense o imagine objetos matemáticos de manera subjetiva), la existencia de los objetos materiales cotidianos no es una idea clara y distinta. «Yo veo verde» es indubitable, pero «existe ese perico verde», «el perico es verde», o «ese verde oscuro del árbol no es igual al del lago», son proposiciones que se refieren a objetos materiales en el espacio y tiempo, formuladas por la conciencia mediante sus facultades a priori. (término kantiano). «Yo pienso que la suma de los ángulos internos de un triángulo suman 180 grados» es indubitable, no sólo como pensamiento subjetivo, sino porque si el resultado del análisis del concepto, que no requiere de contrastación empírica porque no estamos hablando de nada que exista en la naturaleza, sino simplemente analizando el concepto como diría Leibniz. Si comprendo claramente lo implicado por el concepto «círculo», podre´ deducir válidamente la geometría de Euclides. De manera que las proposiciones de las matemáticas no se contrastan en la naturaleza, porque se deducen mediante una destreza adicional o facultad a-priori o previa de nuestra conciencia: la deducción válida a partir de un concepto que en última instancia se fundamente en la experiencia. La proposición matemática es válida -aunque no exista un triángulo en la naturaleza, porque es el resultado del análisis de la premisa.

«Por lo cual, acaso haríamos bien en inferir de esto que la física, la astronomía, la medicina y cuantas ciencias dependen de la consideración de las cosas compuestas que son muy dudosas e inciertas» pero que «la aritmética, la geometría y demás ciencias de esta naturaleza que no tratan sino de cosas simples y generales, sin preocuparse mucho de sí están o no en la naturaleza, contienen algo cierto e indudable, pues duerma yo o esté despierto, siempre dos y tres sumarán cinco y el cuadrado no tendrá más de cuatro lados, y no parece posible que unas verdades tan claras y tan aparentes puedan ser sospechosas de falsedad o de incertidumbre.» (122).

Ha Señalado Descartes, en la Primera Meditación, que los argumentos deductivos de la matemática, si bien podrían ser dudados y suponerse falsos si fuera el caso de que un genio maligno nos hubiera creado con una mente mal configurada que no razona correctamente, es decir, la facultad de razonar o deducir, podría ser errónea aunque sea una facultad innata de mi conciencia, loco o dormido, 2+2= 4 y la suma de los ángulos internos de un triángulo son 180 grados. Sin embargo, Descartes privilegia entre todas las facultades de la conciencia, como claro y distinto únicamente al proceso de deducción.

Y no tengo por qué objetarme, en este punto que acaso esa idea del triángulo haya entrado en mi espíritu por medio de mis sentidos, por haber visto alguna vez cuerpos de figura triangular; pues puedo formar en mi espíritu infinidad de figuras, de las que no cabe sospechar en lo más mínimo que hayan entrado en mí por sentidos, y, sin embargo, no deja de serme posible demostrar varias propiedades de su naturaleza, como hice de la del triángulo. Esas propiedades deben ciertamente ser todas verdaderas, ya que las concibo claramente; y por ende son algo y no una pura nada; pues es bien evidente que todo lo que es verdadero es algo, siendo la verdad y el ser una misma cosa; y he demostrado ampliamente más arriba que todo lo que conozco clara y distintamente es verdadero mientras lo estoy concibiendo clara y distintamente y recuerdo que cuando aún estaba adherido con fuerza a los objetos sensibles, había puesto en el número de las más constantes verdades, las que concebía clara y distintamente acerca de las figuras, los números y demás cosas que atañen a la aritmética y a la geometría. (166 G. M.).

Podemos imaginar conceptos que a lo mejor no denotan algo en el mundo, a partir de los cuales, pueden llevarse a cabo razonamientos válidos, para analizar y a veces hasta ampliar el concepto inicial (argumentos analíticos o sintéticos a-priori en terminología kantiana).

Ahora bien si pudiendo yo sacar de mi pensamiento la idea de una cosa, se sigue en consecuencia que todo cuanto reconozco clara y distintamente pertenecer a esa cosa, le pertenece en efecto. … que todo lo que puedo demostrar de un número o de una figura pertenece verdaderamente a la naturaleza de ese número o de esa figura. (167 G.M).

Es evidente que Descartes está hablando de la deducción, pero equivoca los términos: La existencia se predica de los objetos materiales, y la proposición es verdadera si tales objetos existen y podemos contrastarlo; pero la validez de una proposición no garantiza la existencia de lo referido por la proposición. Lo que está denominando Descartes como «claro y distinto» es la validez de la deducción en los juicios que sin duda no requiere contrastación ni confirmación empírica, precisamente porque no se refiere a la verdad ni a la existencia de los objetos, y esto lo admite explícitamente, al conceder que las matemáticas no requieren de objetos materiales existentes para ser «verdad», ni de datos empíricos ni síntesis subconsciente o inconsciente que permita afirmar y contrastar «la existencia» de lo denotado por el sujeto. Puede ocurrir que los entes matemáticos sean únicamente conceptos que se indujeron o imaginaron partir de la experiencia, pero la validez del juicio matemático o lógico, no necesita de la experiencia ni de la verdad para ser válido.

La confusión de Descartes entre validez y verdad, pareciera desprenderse de algunas posiciones escolásticas sobre las Ideas innatas, verdaderas y eternas como afirma Platón.

(...) como cuando imagino un triángulo, aun cuando quizás no haya en ninguna parte del mundo, fuera de mi pensamiento, una figura tal como esa, ni naturaleza o forma o esencia determinada de esa figura, la cual es inmutable eterna y yo no he inventado, y no depende en manera alguna de mi espíritu. (166 G.M-)

Y no sólo conozco esas cosas con distinción, cuando las considero así en general, sino que también por poca atención que ponga, llego a conocer una infinidad de particularidades acerca de los números, las figuras, los movimientos y otras cosas semejantes, cuya verdad se manifiesta con tanta evidencia y concuerda tan bien con mi naturaleza, que cuando comienzo a descubrirlas, no me parece que aprendo nada nuevo sino más bien que recuerdo lo que ya sabía antes, es decir, que me apercibo de cosas que ya estaban en mi espíritu, aun cuando no había dirigido todavía mi pensamiento hacia ellas. (166)

(…) como la esencia de un triángulo rectilíneo el que la magnitud de sus tres ángulos es igual a dos rectos, o bien de la idea de una montaña la idea de un valle. (168 G.M.)

Los ejemplos que Descartes proporciona como ideas claras y distintas, son diversos: triángulos, que no pueden tener más ni menos de tres lados, cuya suma de sus ángulos internos es de 180 grados; ideas de montañas que necesariamente requieren un valle.

Ahora bien: si pudiendo yo sacar de mi pensamiento la idea de una cosa, se sigue en consecuencia que todo cuanto reconozco clara y distintamente pertenecer a esa cosa, le pertenece en efecto. (167 G.M.)

No obstante, Descartes califica de «oscuros y confusos» los resultados del uso de otras facultades de la conciencia tales como la facultad de sintetizar objetos a partir de datos, o proponer hipótesis en el campo de la medicina o la astronomía o de inducir leyes a partir de ejemplos reiterados y otras ciencias, precisamente porque estas proposiciones no son deductivas y deben contrastarse empíricamente.

El tema de la naturaleza de las matemáticas no lo desarrolla Descartes en las Meditaciones Metafísicas, donde presenta sólo la deducción válida. Pero al ser el espacio y el tiempo, formas a-priori dotadas a los objetos materiales por las facultades de la conciencia, en Descartes, dan lugar a diversas posiciones sobre la realidad de tales formas. Tema del mayor interés, que rebasa la naturaleza de este ensayo.

Lo importante es notar que Descartes confía en su capacidad de deducir válidamente como clara y distinta, y con esa capacidad, acude a Dios, para que Él de fé de que nuestra conciencia está configurada correctamente, y no estemos engañados ni por el sueño ni por el genio maligno. A la deducción le atribuye la infalibilidad. A la hipótesis inconsciente sobre los datos sensoriales, (síntesis) la falibilidad. Pero tanto la deducción cuanto la síntesis de la apercepción conjuntamente con las facultades de percepción, abstracción, imaginación, memoria y otras facultades necesarias para conocer el mundo y para hacer ciencia, como puede ser también el principio de causalidad, son facultades de la conciencia.

Para demostrar que nuestra conciencia es la que debe ser, es decir, es la correcta, simplemente Descartes habría podido señalar que nuestra conciencia está así constituida y que «no hay otra». Claro que podemos suponer que, si fuéramos langostas, posiblemente nuestra conciencia (porque supongo que la langosta tiene algún tipo de conciencia) nos presentaría un mundo distinto, circunscrito a las facultades desarrolladas por las langostas para sobrevivir en el entorno en que viven las langostas, según los científicos evolucionistas, que atribuyen el desarrollo de la conciencia a la necesidad de sobrevivir. Pero los seres humanos tenemos la conciencia con las facultades necesarias para conocer un mundo en cuyo contexto vivimos. Esto lo va a reconocer Descartes en la Meditación Sexta, cuando nos afirma que Dios nos hizo de la mejor manera para que logremos el propósito de sobrevivir aunque esto implique que podemos equivocarnos a veces.

Pero es preciso señalar como lo hice antes, que las ideas matemáticas no son para Descartes ideas innatas. Ni son arquetipos que existen en otras dimensiones. La conciencia no viene con ideas innatas sino con facultades innatas, que según afirman algunos científicos, hasta pueden modificarse para mejorarse.

Yo considero que Descartes privilegia la deducción, y la denomina «clara y distinta» e indubitable para utilizarla en su demostración de la existencia de Dios: distingo cuando me equivoco de cuando no me equivoco, (distingo cuando no me equivoco, si encuentro el indubitable Cógito), de manera que es evidente que poseo una perfección: la capacidad de distinguir el error, distinto de la indubitabilidad. Y como es más perfecto conocer la indubitabilidad del Cógito, que equivocarse cuando veo un sillón o creo haberlo visto, y puedo distinguir la apodicticidad e indubitabilidad del Cogito y la validez de los juicios analíticos y sintéticos a-priori y diferenciarlos de los juicios empíricos a posteriori, poseo la perfección, es decir la capacidad de distinguir lo indubitable de lo posible. Y si poseo tal perfección, y yo me la hubiera dado, yo podría haberme hecho perfecto… pero soy imperfecto. Luego…yo no me hice, sino que soy un producto de Dios que me creó. Dios existe porque es mi creador.

Considero que Descartes no necesita garantizar la validez de la deducción, ni la facultad de síntesis de los objetos materiales, ni la capacidad de formular leyes o hipótesis inductivamente. La capacidad de diferenciar lo indubitable de lo dudable, no es una perfección; es sólo una facultad innata de la conciencia. Y tampoco es necesario que del análisis del concepto de perfección se pueda deducir que aunque somos imperfectos y a veces nos equivocamos tanto cuando deducimos como cuando afirmamos que algún objeto existe o hacemos ciencia, es mejor equivocarnos que no equivocarnos. De manera que aunque lograra Descartes su cometido de deducir a partir del Cógito la existencia de una perfección que no pude haberme dado yo y por lo tanto me la dio Dios, a todas luces el argumento es circular: Mi lógica puede ser falaz porque un creador maligno podría haberme hecho defectuoso, pero puedo utilizar mi «dudosa» razón para demostrar con ella la existencia de un Dios que no podría haberme engañado construyéndome con una lógica defectuosa, porque es infinitamente bueno aunque considere que es mejor que me equivoque a veces.

Igualmente, apela Descartes al argumento ontológico para demostrar la existencia de Dios que validará igualmente la corrección de mis razonamientos: mediante el análisis deductivo de la idea de Dios perfecto, y siendo la existencia una perfección que yo no tengo, pero que puedo concebir porque diferencio cuando conozco indubitablemente de cuando no lo hago, Dios que sí posee todas las perfecciones, y existir es una perfección, Dios existe.

Se discute en algunos ámbitos matemáticos y filosóficos, si las matemáticas son el estudio del espacio y del tiempo, si pueden reducirse a la lógica al ser precisamente la forma del juicio mediante el que razonamos, si puede tener otros valores y carecer del principio de no contradicción o del principio del tercer excluido. Yo pienso que podemos razonar equivocadamente e incurrir en contradicciones, pero la no contradicción y la ley del tercer excluido son necesarias para la validez de un argumento o de un modelo matemático. Bernhart Riemann, en su obra «Sobre las hipótesis que subyacen a la geometría», 1954, trató el tema de los postulados de la geometría euclídea e inició la investigación sobre las geometrías distintas, que han tenido gran impacto en la ciencia contemporánea, pero no cuestionó la validez en la argumentación. Igualmente Nicolai Lobachevski matemático ruso 1855 investigo los postulados de la geometría euclidiana para proponer otras geometrías, pero no cuestionó los principios de la deducción.

Como dirían Leibniz y Lewis (aunque no ciertamente en apoyo a Descartes), la razón es válida, en todos los mundos posibles. Otra forma de decir, que el ser humano no puede deducir correctamente si tal deducción no es válida. Tomando como validez los principios de la lógica mencionados arriba y algunos otros implícitos en ellos. Leibniz, Fregue, Gödel, Boole, Russell y muchos otros filósofos y matemáticos, han discutido el tema de la validez de la deducción, y el principio de no contradicción. Sobre el tema del espacio, el tiempo, la causalidad, como formas a-priori de la conciencia y su posible objetividad, encontrarán en S. Körner «The Philosophy of Mathematicas», un análisis muy interesante y exhaustivo.

5. La causa ignota de las sensaciones

Ahora bien: el error principal y más ordinario que puede encontrarse en ellos, es juzgar que las ideas que están en mí, son semejantes o conformes a cosas que están fuera de mí, porque es bien cierto que si considerase las ideas sólo como modos o manera de mi pensamiento, sin quererlas referir a algo exterior, apenas podrían darme ocasión de errar. (140 G. M)

En el párrafo anterior, habla Descartes de «las ideas que están en mí» y de las «cosas que están fuera de mí». Habíamos dicho que «las cosas que están fuera mí», tales como la cera o el sillón, no son independientes de la conciencia aunque se perciban como fenómenos objetivos en el espacio y el tiempo aunque también podrían estar dentro de mí como sería el caso de que habláramos de nuestro corazón. Se requiere de una conciencia para que haya datos, e igualmente para que haya objetos, imaginaciones, deducciones, recuerdos, sentimientos.

Por cierto que, considerando las ideas de todas estas cualidades que se presentaban a mi pensamiento y que son las únicas que yo sentía propia e inmediatamente, creía , no sin razón, que lo que sentía eran cosas enteramente diferentes de mi pensamiento sin que para ello fuese precisa mi previa autorización; de suerte que no podía sentir objeto alguno, por mucho que quisiera, si el tal objeto no se hallaba presente al órgano de uno de mis sentidos; y que en mi poder no estaba de ninguna manera, el no sentirlo si se hallaba presente (G.M.176)

Ya vimos que los datos se reciben de manera autónoma, y sin desearlos, y a partir de ellos, sintetizamos con nuestra conciencia los objetos materiales cotidianos que existen: la cera, el sillón, los hombres… Y no hay nada en nuestra conciencia que no haya pasado antes por nuestros sentidos porque la conciencia si bien tiene facultades innatas, no viene con ideas innatas. Los datos son el inicio de todo nuestro conocimiento de objetos materiales.

Sin embargo, en el contexto, de lo examinado anteriormente, las afirmaciones que constan en la última cita, tienden a confundir: Descartes utiliza los términos «objetos materiales» para referirse a las causas ignotas de los datos empíricos, pero ha utilizado los mismos términos para referirse a los fenómenos objetivos que existen y nos rodean cotidianamente.

Es evidente que Descartes no está hablando de las mismas cosas: Por un lado están los fenómenos que sí tienen las propiedades que se presentan a nuestros sentidos y suscitan una síntesis activa en la conciencia, que los convierte en objetos materiales, en el espacio-tiempo; y por otro lado, están los objetos corporales, que independientemente de la conciencia, son «posiblemente» (o quizás requeridos por nuestra conciencia por el principio de causalidad que Kant atribuye a una facultad a-priori que la conciencia impone), las causas que incitan o estimulan en nuestros órganos sensoriales la presencia de los datos empíricos.

Refiriéndose a las causas ignotas de la aparición de los datos en nuestros sentidos, nos dice Descartes, que tales objetos corporales independientes de nuestra conciencia y que causan nuestras sensaciones, no pueden tener las propiedades que sí tienen los objetos materiales que existen en nuestro mundo cotidiano y que percibimos.

El problema que enfatiza Descartes es simple: cuando afirmo que existe un sillón café en mi oficina, mi conciencia percibe su color, su olor, y otras sensaciones empíricas a partir de las cuales activamente, aporta el «juicio» o síntesis, que unifica los datos en objetos espacio-temporales y que, con mi tendencia natural, atribuyo los datos percibidos al fenómeno objetivo que existe. Algunos objetos de conocimiento están «fuera de mí», pero dependen de mi conciencia. Pero cuando afirmo que existe un «objeto corporal» que causa los datos sensoriales porque estimula mis sentidos, no estoy hablando de los mismos objetos; esa causa no tiene las propiedades que sí tienen los fenómenos ni es correcto atribuírselas. Esa causa no es azul, ni sabe dulce como la miel de la cera.

Kant nos afirma que ese «algo» ignoto, es postulado por mi conciencia, porque el principio de la causalidad, al igual que el espacio y el tiempo, son aportados a los objetos cotidianos mediante la síntesis a-priori de la conciencia. Científicos contemporáneos, que trabajan con la ley universal de la causalidad, admiten que tal ley es necesaria en todos los ámbitos científicos, aunque la física cuántica quizás la ponga en duda en estos momentos, cuando intentamos objetivarla o estudiarla como objeto.

Pero es preciso que se comprenda claramente, afirma Descartes, que a ese «algo» que no podemos conocer empíricamente, porque precisamente al hacerlo se nos presenta como dato, no podemos atribuirle los datos (o propiedades) que atribuimos y percibimos en los objetos cotidianos. Sin embargo, si no existiera un mundo totalmente independiente de nuestra conciencia que activamente causara los datos en mis sentidos, Dios nos estaría engañando al habernos constituido con la inclinación poderosa de creer en su existencia.

Mas esa facultad activa no puede estar en mí, considerado como algo que piensa, puesto que no presupone mi pensamiento, y puesto que esas ideas se han presentado muchas veces en mí sin que yo contribuya en nada a ello, y a veces contra mi deseo. Precisa pues necesariamente que se halle esa facultad en alguna sustancia diferente de mi…Pues no habiéndome dado Dios ninguna facultad, para conocer que ello es así, sino muy al contrario, una poderosa inclinación a creer que las ideas parten de las cosas corporales, no veo cómo podría disculparse el engaño, si en efecto esas ideas partieron de otro punto o fueran producto de otras causas y no de las cosas corporales. (179 G.M.)

Por un ciego impulso atribuimos a los objetos materiales cotidianos las propiedades o datos que percibimos, cuando nadie está presente para percibirlos. Pero ese ciego impulso es una tendencia natural que podemos aceptar o no. Los fenómenos u objetos que están «fuera de mí» y nos rodean, sí poseen las propiedades que percibimos. Y, además, el sillón, el libro, la persona, la cera, el universo, los quanta no existen sin la conciencia. No son independientes de mi conciencia. Pero las supuestas e independientes causas de los datos que sí percibimos, pertenecen al mundo independiente que no podemos conocer. A los objetos corporales independientes de toda conciencia, no podemos atribuirles ninguna propiedad más que la de ser causa.

Y ciertamente, clases de colores, olores, sabores, sonidos, calor, dureza etc. infiero que, en los cuerpos de donde proceden esas diferentes percepciones de los sentidos, hay algunas variedades correspondientes, aunque quizá esas variedades no sean efectivamente semejantes a las percepciones. (176 G.M.)

El «algo» que causa en mi cerebro la sensación de color, no tiene color. El «noúmeno»; no es de color café, como si lo es el sillón que está ahí cuando lo observamos (y que no está ahí cuando no lo observamos).

Termina Descartes sus Meditaciones confiando en que Dios no engaña cuando creemos estar despiertos, porque podemos confirmar ciertamente que no estamos dormidos y sería demasiado extraño que Dios nos diera tendencias tan objetables.

Y deberé rechazar las dudas de estos días por hiperbólicas y ridículas, y principalmente la tan general incertidumbre acerca del sueño que no podía distinguir de la vigilia; pues ahora encuentro una muy notable divergencia, y es que nuestra memoria no puede nunca enlazar y juntar los ensueños nos con otros y con el curso de la vida… Y no debo poner en duda la verdad de tales cosas, si, habiendo convocado, para examinarla, mis sentidos todos, mi memoria y mi entendimiento, nada me dice ninguna de estas facultades que no se compadezca con lo que me dicen las demás. Pues no siendo Dios. capaz de engañarme, se sigue necesariamente que en esto no estoy engañado. (189 G. M.)

Puedo resumir la posición cartesiana respecto al conocimiento con una alegoría: Somos como una linterna que ilumina al otro objeto (noúmeno), pero al iluminarlo selecciona con sus facultades de percepción, con la síntesis inconsciente y a-prior de la conciencia, con su lógica indubitable, con su imaginación, y sus propias limitaciones y prejuicios, lo que podemos aprehender.

La postulación de la hipotética existencia de un Universo autónomo que necesariamente debe ser causa de los datos empíricos, proviene de la clara observación de que los datos nos aparecen autónomamente y a veces hasta sin quererlos y que, en tanto datos, los recibimos pasivamente. Desde luego, parece lógico pensar que si con nuestras facultades de la conciencia percibimos tales datos, debe haber algo, que causa o estimula nuestros sentidos, -porque todo efecto tiene su causa- y que se nos presenta como unidades discretas, o cuerpos unitarios, contables, extensos, temporales… porque así se nos aparecen los fenómenos de nuestro mundo.

No obstante la relación causal que pretendemos ocurre entre objetos del mundo cognoscible o fenoménico y el universo independiente, no es contrastable. «Causa», es un término científico que establece relaciones entre objetos existentes empíricamente sintetizados y contrastados -es decir, entre fenómenos como asegura Hume-. No parece que sea correcto atribuir tal relación entre un mundo que supuestamente está ahí como motivo o explicación de las percepciones que «deben» estimular nuestros sentidos a producir datos sensoriales como afirma Locke, si la causa no es contrastable ni conocible. Según Kant, la causalidad, así como el tiempo y el espacio, y otras propiedades primarias, son categorías aportadas (a-priori) por la conciencia y no es válido ni verdadero atribuirlas a una realidad independiente de la conciencia. Yo por mi parte creo —tengo fe— en el «noúmeno» y me parece ilógico y absurdo pensar que nuestro mundo y universo no tenga una causa material, y sea creación de nuestra propia conciencia humana.

Es posible que las facultades de nuestra conciencia, se hayan ido desarrollando en el tiempo porque somos animales en evolución, seleccionados o «moldeados» por nuestras necesidades de supervivencia en el Planeta Tierra según las teorías científicas sobre la evolución de las especies, suficientemente comprobadas como verdaderas.

Es cierto que Dios pudo arreglar la naturaleza de tal manera que ese mismo movimiento del cerebro hiciera sentir al espíritu otras muy diferentes cosas; por ejemplo, que se hiciera sentir a sí mismo como estando en el cerebro o, por último, cualquier otra cosa de las que pueden ser, pero nada de eso habría contribuido tanto a la conservación del cuerpo como lo que sentimos realmente. Así también, cuando necesitamos beber, prodúcese en la garganta cierta aridez que mueve los nervios y por ellos las partes interiores del cerebro, y ese movimiento hace que el espíritu sienta el sentimiento de la sed, porque en tal ocasión nada hay que nos sea más útil que saber que necesitamos beber para conservar nuestra salud, y así sucesivamente. (188 G.M.)

Lo anterior me permite afirmar que podemos investigar, por un lado, el mundo que conocemos y toda su estructura, y a eso lo llamamos conocimiento verdadero y científico de la realidad, y por otro lado podemos investigar la naturaleza de nuestra conciencia siendo la psicología y la neurociencia, las disciplinas que se ocupan de estudiar su naturaleza. Ciertamente, cuando los físicos hablan de la existencia de una hipotética partícula u onda que excita mis órganos sensoriales para producir azul en mi conciencia, necesariamente están utilizando la conciencia como instrumento cognoscente y sus referentes «no están fuera de mí», es decir, dependen de nuestra conciencia.

Aunque es preciso anotar que en la investigación neurocientífica que intenta descubrir las propiedades o facultades intrínsecas de la conciencia, intervienen las facultades de nuestra conciencia como en toda investigación científica, como afirma Jacques Lacan en su colección Ecrits, 1966, y esto presenta el problema de que al enfocar la conciencia, la enfocaremos con sus propios instrumentos cognoscitivos, «objetivándola».

Igualmente surge de inmediato la pregunta ética: tiene algún sentido ocuparse de demostrar que todo conocimiento involucra la conciencia porque es ésta la que conoce? ¿Y por lo tanto la realidad conocida lleva el sello, el filtro, la forma o firma del conocedor? ¿Porque si supongo que conocemos la realidad filtrada, sintetizada, teñida por nuestras capacidades, qué importancia tiene para la humanidad saberlo?

Pienso que sí es importante no sólo saberlo sino que hasta podríamos mejorar el instrumento: la conciencia. Si la ciencia construye la realidad con los instrumentos que proporciona la conciencia y ésta puede ser ayudada para ser más amplia mediante descubrimientos científicos tales como telescopios, microscopios, inteligencia artificial, física clásica o quántica… podrá también discriminar éticamente su constitución para contribuir a dirigirla hacia el propio bienestar, para el bien común y para la supervivencia de la especie, que sospechamos que podría ser el propósito (¿Divino?) de la evolución.

Sobre Descartes, podemos afirmar que es racionalista, porque finca toda la existencia y conocimiento de nuestro mundo, en la conciencia, pero igualmente podemos decir que es empirista: La conciencia metafísica conoce directamente los datos causados por el mundo independiente, y sin éstos, no podrían sintetizarse los objetos fenoménicos, ni formularse conocimiento alguno. Nuestra realidad se enriquece mediante observaciones y experimentos que nos permiten ampliar nuestras capacidades de percibir, y bien puede ser que haya en el Universo una realidad que tenga magnitudes inconmensurables con nuestra conciencia. Pero igualmente es difícil darle toda nuestra confianza a algo que no podemos conocer, pero que cuenta con nuestra ingenua posición sobre la causalidad. Bien podría ser posible que nuestra conciencia misma construya con sus facultades activas y sin causa alguna, los datos que aparecen espontáneamente y a veces hasta se nos imponen sin quererlo. En ese caso, nuestra naturaleza, esa poderosa inclinación a creer que los datos provienen de causas independientes de nuestra conciencia, nos estaría engañando. Cómo disculpar tal engaño si lo atribuimos a Dios que nos hizo, dice Descartes.

Nos encontramos con la enorme incógnita del conocimiento del universo. El conocimiento de las causas de nuestras percepciones va evolucionando, pero… siempre en el contexto de los fenómenos. Una vibración de los cilios ciliados ubicados en el oído interno, en la cóclea, que transmiten la vibración al cerebro para que yo escuche los sonidos, no me permite conocer la causa que parte del mundo independiente. La vibración que proponemos como explicación, es una hipótesis que debe ser empíricamente contrastada para que le demos carácter de existencia. Y como tal, puede ser sustituida por otras entidades teóricas cuya existencia debe necesariamente ser contrastada empíricamente. Precisamente el conocimiento, la ciencia, busca explicaciones a los fenómenos, y en última instancia, toda entidad postulada, se confirma o contrasta en ellos. El Busson de Higgs existe, sólo porque se logra conseguir evidencia empírica observable en el acelerador de hadrones del Instituto Cern.

Descartes afirma que bien podría ser - -porque para Dios nada es imposible- que lo que produce en mí el color rojo tenga el color rojo porque está siendo percibido por Dios, (Berkeley) pero eso no podré saberlo, porque lo que puede existir independientemente de mi conciencia, no puede ser percibido por mi conciencia tal y como es, ni tampoco ser pensado sin que sea pensado ni razonado por mi conciencia. No podemos conocer cómo es el mundo independiente, sino únicamente sabemos y conocemos que los datos empíricos se presentan sin mi venia para que construyamos el universo. Quizás provengan de «algo» que será por siempre ignoto.

Volviendo a la alegoría de la linterna, el mundo que nos rodea, aparece cuando encendemos la linterna, y aunque intentamos ampliar el ámbito de lo iluminado inventando aparatos científicos para mejorar la luz que emite la linterna, siempre observaremos sólo lo iluminado.

Cuando apagamos nuestra linterna, el mundo nuestro desaparece. Con el conocimiento del mundo iluminado, tomamos decisiones que inciden en la realidad humana, antropocéntrica y antropomórfica. Y en busca de su estructura, de sus leyes, de sus causas, hacemos historia. El mundo «nuestro» es dependiente de las facultades de la conciencia y traicionaríamos el significado de «saber», si pretendiéramos afirmar que conocemos lo que es independiente de la conciencia, con una conciencia activa que conforma de alguna manera, todo lo conocido.

No niego la posibilidad de un Universo que escape a nuestro conocimiento. Tampoco digo que el Mundo que conocemos es la única posibilidad. Sólo digo que todo lo que conocemos, que es histórico, se va ampliando según se amplían nuestras facultades; y el conjunto de «verdades» que descubrimos, necesariamente lleva impresa la huella de nuestra conciencia y así lo ha dicho Descartes cuya argumentación suscribo. No lo cito como argumento ad-verecundiam sino como el genio que con las citas que aporto, me guió en mis conclusiones sobre el conocimiento. Nuestro mundo es antropocéntrico y antropomórfico necesariamente.

Notas

1. Tanto los psicólogos cuanto los neurocientíficos llevan a cabo estudios para conocer la conciencia, y sus facultades que aparentemente dependen del funcionamiento del cerebro, de las aptitudes innatas en la información provista por el ADN, de las experiencias durante el crecimiento y en el pasado.

J. Piaget en su obra «El Desarrollo de la Inteligencia en el Niño» 1936, estudia las aptitudes o facultades innatas que el niño desarrolla en su relación constructiva con el mundo.

Jacques Lacan en su colección Ecrits, 1966, nos afirma que es imposible que conozcamos nuestra conciencia, con la conciencia sin deformarla, porque el solo hecho de aplicarle nuestras facultades cognoscitivas que son activas (como lo dirán más adelante Descartes y Kant) la altera, aunque mediante el psicoanálisis podemos acercarnos a ella, a su desarrollo, a su inconsciente y subconsciente, que se van forjando desde la infancia.

Los neurocientíficos nos dicen que hay mucho más en nuestra conciencia de lo que estamos conscientes (inconsciente y subconsciente) y nos hablan del papel del desarrollo del cerebro. El estudio de la constitución de la conciencia no será objeto de análisis en este ensayo. Sólo intento señalar que para Descartes, (y para mí) es la conciencia con sus facultades, la que nos permite conocer el Universo, y por ello éste tiene los límites, y configuración que nuestra conciencia impone, siendo sin embargo, histórica en tanto que logremos no sólo ampliar los ámbitos empíricos mediante aparatos distintos que podamos construir para ayudarnos, sino también los medios psicológicos que nos permitan evolucionar correctamente. Y esta última palabra nos sugiere la ética. Tema que sobrepasa mi interés inmediato.

2. No hablaré de las propiedades o cualidades de los objetos materiales, (particulares y universales) sino únicamente afirmo que el lenguaje inicia su complejo empleo cuando aprendemos su significado mediante ostensión. Cuando afirmo que azules (propiedad) son los ojos de Habibi (nombre propio de mi gato), y considero que las personas acuerdan conmigo, confío en que ellas están otorgándole el significado «azul» o a Habibi, a eso que perciben, sintetizan y podemos señalar ostensivamente. A lo más que llegamos con nuestra privada experiencia, como lo dirían R. Carnap op cit, y Jean Piaget (La Construcción del Pensamiento en el Niño. 1923), es a ponernos de acuerdo mediante la ostensión, sobre el significado de los términos lingüísticos. Al niño le decimos: aquí, azul. Aquí también azul. Hasta que el niño madura su esquema conceptual y aprende el significado de algunas palabras que denotan lo que consideramos son nuestras percepciones de las propiedades de los objetos. Igualmente ocurre en el caso de «gato» cuando denotamos objetos semejantes. El significado de nuestras palabras tiene su primera fuente en la experiencia empírica. Y si las experiencias empíricas son privadas, privado será también el significado de nuestro lenguaje que para ser «público» porque lo es, requiere acuerdos previos que comienzan en la ostensión y denotación de los referentes siempre en última instancia, privados. Mis objetos y sus objetos serán «los mismos», en el tanto ambos podamos denotarlos mediante el lenguaje. ¿No obstante, nuestra conciencia y sus contenidos siempre será privada… hasta nuevo aviso? ¿Es decir, podrá la ciencia conectar nuestras conciencias?

Joyce Zurcher (jzurcher@me.com) es Profesora jubilada de la Escuela de Filosofía de la Universidad de Costa Rica.

Recibido: 25 de julio, 2024.

Aprobado: 1 de junio, 2024.