Ensayos

A propósito de los colaterales para la democracia en la era digital

On Collaterals for Democracy in the Digital Age

Sobre as garantias para a democracia na era digital

Juan Carlos Lozano Cuervo 1
Universidad Santiago de Cali, Colombia

A propósito de los colaterales para la democracia en la era digital

Revista Humanidades, vol. 14, núm. 1, e54618, 2024

Universidad de Costa Rica

Recepción: 25 Marzo 2023

Aprobación: 11 Diciembre 2023

Resumen: La democracia en la era digital trae consigo nuevas preocupaciones en medio de la atmósfera de desconfianza, la crisis de la representación y la fatiga democrática que contribuye a elevar los zumbidos y profundiza la confusión, especialmente en época electoral. En tal sentido, la aldea digital introduce nuevas prácticas que deben ser entendidas y debatidas al girar en torno a un individualismo hiperinformado manipulado que afecta la democracia liberal. El debate público en clave con la comunicación pública virtual y, al mismo momento, los colaterales para el proyecto democrático debe ser objeto de reflexión ante la abierta manipulación buscando la frontera entre el ejercicio de la libertad de expresión y la censura previa.

Palabras clave: habitante, individualidad, democracia, manipulación, comunicación.

Abstract: Democracy in the digital age brings with it new concerns amid the atmosphere of mistrust, the crisis of representation and democratic fatigue that contributes to heightened buzz and deepens confusion, especially in electoral times. In this sense, the digital village introduces new practices that must be understood and debated as they revolve around a manipulated hyper-informed individualism that affects liberal democracy. The public debate in key with virtual public communication and, at the same time, the collaterals for the democratic project must be the object of reflection before the open manipulation seeking the border between the exercise of freedom of expression and prior censorship.

Keywords: inhabitant, individuality, democracy, manipulation, communication.

Resumo: A democracia na era digital traz consigo novas preocupações no meio da atmosfera de desconfiança, da crise de representação e da fadiga democrática que contribui para aumentar o burburinho e aprofundar a confusão, especialmente em tempo de eleições. Neste sentido, a aldeia digital introduz novas práticas que devem ser compreendidas e debatidas, uma vez que gira em torno de um individualismo manipulado e hiper-informado que afecta a democracia liberal. O debate público em termos de comunicação pública virtual e, ao mesmo tempo, os danos colaterais ao projeto democrático devem ser objeto de reflexão face à manipulação aberta, procurando a fronteira entre o exercício da liberdade de expressão e a censura prévia.

Palavras-chave: habitante, individualidade, democracia, manipulação, comunicação.

1. Introducción



En definitiva, es la capacidad de distinguir lo esencial de lo no esencial. El diluvio de información al que hoy estamos expuestos disminuye, sin duda, la capacidad de reducir las cosas a lo esencial.

Han (2014, p. 89)

La democracia en la era digital trae consigo una serie de desafíos en clave con la irrupción de nuevas tecnologías que dinamizan drásticamente la forma en que se relacionan y comunican los ciudadanos. Este ensayo problematiza acerca de la interacción ciudadana en la era digital y los colaterales para el proyecto democrático, esto a manera de apuntes para una discusión que, mediante una aproximación a la obra del filósofo surcoreano Byung Chul Han (en adelante Han), aborda al ciudadano digital partiendo de algunas reflexiones contenidas especialmente en sus obras En el enjambre (2014) e Infocracia (2022).

La reflexión gira en torno a los colaterales para la democracia en clave con la ciudadanía en la era digital. De ahí que se haga énfasis en los riesgos de la profundización del individualismo y la manipulación del ciudadano hiperinformado. Ahora bien, no se trata de presentar la obra de Han; por el contrario, se presentan algunas ‘notas al pie de página’ en busca de generar las bases para una discusión. Por consiguiente, los vasos comunicantes entre la era digital y el proyecto democrático se traban en tiempos de incertidumbre y fatiga democrática.

La sociedad de la postpandemia dejó una profunda brecha no solo a nivel económico1, sino que también presentó en blanco y negro la gestión de los Estados en torno a la preservación de la vida de sus ciudadanos. Como se apuntó, son tiempos de incertidumbre donde la democracia parece estar bajo el yugo soterrado de autócratas cuyas prédicas viajan en banda ancha y se esparcen rápidamente gracias a las nuevas tecnologías de la hiperinformación. Dicha forma de comunicar y de entender el orden social imprime una profunda preocupación acerca del sistema de pesos y contrapesos construido por tanto tiempo por la democracia liberal. Tal parece que los límites trazados por el marco institucional resulta ser una camisa de fuerza a superar con el fin de “organizar la sociedad”.

El panorama es complejo para la democracia liberal y su marco institucional. La desigualdad se profundizó, la guerra entre Rusia y Ucrania tuvo un efecto nocivo para la economía y, al mismo tiempo, se viene construyendo cierto discurso “innovador” a propósito del poder que promete transformar la forma de gobernar y la redistribución de los recursos al interior de la sociedad. Aquellos se presentan como ajenos a la política y de paso, como severos críticos de las élites en el poder, no obstante, se muestran cercanos al pueblo de quien dicen ser su vocero natural2. En este orden de ideas, un colateral bien puede ser la crisis de la libertad afectada por la manipulación. En consecuencia, campean discursos fuertes y claros de aquellos que ven en la libertad un asunto por resolver. Lo anterior genera un cóctel donde se entremezclan el populismo, la polarización y la posverdad, en las que se encuentran las nuevas formas de comunicación que brindan al autócrata una autopista para diseminar sus ideas (Naím, 2022).

Estas complejidades para el modelo democrático liberal se pueden resumir como una dualidad entre lo económico y lo tecnológico, cuyas innovaciones generan colaterales que ordenan nuevas formas de organización (Augé, 2014). En países como Colombia, la crisis posterior a la pandemia3 agudizó distintas problemáticas sociales donde las redes sociales jugaron un papel importante en la excitación inmediata. En medio de dicha crisis, la inconformidad alcanzó niveles preocupantes que dieron al traste con el diálogo y los consensos. Más concretamente, se instaló un terreno fértil para aquellos críticos que dicen encarnar la voluntad popular y en su nombre ofrecen hacer justicia contra la élite corrupta. Con esto se logra la fragmentación del ‘ustedes’ contra el ‘nosotros’ que parte de la hipótesis de un pueblo puro en manos de una élite corrupta y codiciosa que atenta contra los menos favorecidos.

La fatiga en torno a la democracia liberal hace importante revisar el marco social en que se desarrolla la ciudadanía virtual y sus colaterales para el modelo, con el fin de conocer el alcance y límites del fenómeno político en clave con la revolución 4.0. Por su parte, en países como Colombia, el consumo de redes sociales es alto según indican algunos estudios4, mientras que los desarrollos en ciencia y tecnología han sido más bien tímidos. Al mismo tiempo, la violencia presente en diversas prácticas sociales persiste. De ahí surge la siguiente pregunta: ¿Cómo tramitamos las diferencias en espacios virtuales? Asimismo, persiste la preocupación por la profundidad y pertinencia del debate público.

A modo de digresión, la democracia a la colombiana se caracteriza por un debate público propio de una sociedad tribal, caracterizado por la hiperinformación, la falta de respeto, donde se ‘oye o se lee’ pensando en cómo ripostar; se debate principalmente para convencer al ‘otro’ partiendo del supuesto que este está equivocado. Poco importa entonces comprender las razones del ‘otro’ o acercar posiciones, lo importante es defender una postura política y los respectivos mesías y caudillos que afloran en nuestro país. Para decirlo breve y pronto: la profundidad del debate público es incipiente. De ahí que no sorprende reproducir fake news a manera de verdades absolutas.

Este ensayo gravita en los colaterales para la democracia liberal en la era digital, de su agotamiento, de la indignación virtual efímera, del debate público hiperinformado y su impacto sobre el proyecto democrático. Se reconocen las tensiones y retos para un proyecto colectivo como la democracia, donde prima lo instantáneo y, al mismo tiempo, el rendimiento. En consecuencia, se plantea que la interacción vista a manera de enjambre impacta negativamente el debate público, lo que dificulta la construcción de una ciudadanía activa y crítica que haga control político al gobernante evitando caer en cantos de sirena de líderes carismáticos con vocación autócrata que pululan por estos tiempos. Por tanto, se aborda la discusión de una esfera pública donde se toma el teclear como un vehículo para manifestar la indignación entendida como comunicación, y cuando no, como discusión pública.

2. Desarrollo

La discusión en torno a los retos para la democracia en la era digital nos trae a la memoria al sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman (1925-2017) cuando advertía que la crisis del mundo occidental no es transitoria, sino sintomática de un cambio profundo que alcanza al conjunto del sistema económico y social y que tendrá efectos duraderos (Bauman y Bordoni, 2016). Por otra parte, autores como Mounk, dirigen la reflexión hacia la elección de personas con determinadas características como Donald Trump, lo cual considera el autor que no es un incidente aislado. Asimismo, se puede mencionar lo ocurrido en Rusia y en Turquía, donde sendos “hombres fuertes”, elegidos por el pueblo, han conseguido convertir unas democracias incipientes en dictaduras electorales. Acto seguido, en Polonia y Hungría, los líderes populistas están aplicando ese mismo manual de actuación para destruir la libertad de los medios de comunicación, con el fin de minar la independencia de las instituciones y para amordazar a la oposición (Mounk, 2018).

Para Appadurai (2017), la pregunta central de nuestro tiempo es: ¿Estamos ante un rechazo mundial de la democracia liberal y su sustitución por algún tipo de autoritarismo populista? Una posible respuesta, sin duda, pasa por la fatiga democrática en clave con la era digital en medio de nuevas tensiones y retos que deben ser examinados de manera crítica, máxime con la irrupción de autócratas que, desde sus redes sociales, presentan una puesta en escena de cómo se debe gobernar pese a correr las líneas éticas en torno a los derechos, libertades y garantías establecidas por el Estado de derecho. Por ello, las nuevas tecnologías de la información juegan un papel importante en la comunicación política que establece fácilmente un terreno común entre los ciudadanos de manera anónima y sin mediación.

La democracia liberal apuesta por el consenso tan debilitado de propuestas populistas que, con base en propuestas simples y radicales, dividen la sociedad echando por tierra soluciones intermedias. Para Han, la nuestra es una sociedad del escándalo (Han, 2014), esto como consecuencia de la pérdida del respeto, donde se establece un “diálogo” de sordos donde todos zumban. En países como Colombia, tenemos una nación que no es propensa a escuchar al ‘otro’, que le cuesta llegar a acuerdos parciales, inclusive, prefiere invitar al que piensa distinto a marcharse del país en lugar de intentar construir un acuerdo de mínimos.

En efecto, la democracia en su faceta deliberativa sufre entonces un golpe de gracia ante la levedad del debate público actual. Nos referimos a la autocomprensión por parte de los ciudadanos en tanto participantes en una comunidad lingüística en permanente diálogo (Segovia, 2008). No obstante, la interacción virtual produce zombis del consumo y la comunicación en lugar de ciudadanos capacitados. La comunicación digital provoca una reestructuración del flujo de información, lo cual tiene un efecto destructivo en el proceso democrático (Han, 2022). En tal sentido, pasamos de una “comunicación” material (análoga) dotada de unas complejidades profundas, no solo por los dialectos, la geografía y demás, a una comunicación instantánea, abierta y sin filtro donde las emociones corrosivas (Morgado, 2017) navegan en banda ancha. El “análisis” quedó sometido a la radicalidad en clave con el fanatismo que dejan ver las claras del analfabetismo político promedio en la comunidad tribal de lo virtual.

En Colombia, por ejemplo, antes se “ajustaban cuentas con el otro” mutilando partes de su cuerpo (Uribe Alarcón, 2004). Hoy, la comunicación virtual asume la eliminación del ‘otro’ a partir del bloqueo. Dicho de otra manera, se recurre a la eliminación de aquel que piensa distinto, que no integra nuestro comité de aplausos; por tanto, la comunidad virtual construye un debate público tribal donde sus participantes se refuerzan a través de la comunicación instantánea, tanto el ego como sesgo.

Somos personas conectadas a una comunicación que utiliza los individuos aislados del rendimiento que, gracias a ello, tejen nuevas percepciones y sensibilidades, esto a manera de efecto a las consecuencias de lo transmitido. Somos emisores y receptores de la información. Este enjambre donde todos informamos y consumimos acaba con la comunicación como medio para transmitir ideas con determinados límites en el ejercicio de la libertad de información de la democracia liberal. La restricción entendida como la frontera del hasta dónde se debe opinar es cada vez más difusa, entre otras, gracias al anonimato que matonea, por ejemplo.

Por otro lado, los ordenamientos jurídicos que atraviesan su propia crisis de legitimidad y validez, ante el ejercicio sin restricción o frontera ética de la comunicación, le resultan cada vez más complicado garantizar derechos como el buen nombre, la honra, la presunción de inocencia, entre otros. Asimismo, se construye la imagen de candidatos y las campañas son nativas de internet, es decir, sin la interacción es impensable la política5, mientras se desarrolla la polarización que, impulsada por la interacción y los contenidos cercanos a la conspiranoia, alienta la lógica de aquello de quien no está conmigo, contra mí está.

Concomitante con esto, se traban interacciones instantáneas entre los sujetos, donde la intimidad se presenta a manera de mercancía. Nos hemos convertido en consumidores de nuestro ego, iconoclastas de la pantalla, ese espejo del celular en Black Mirror ese espejo en el que nos vemos a nosotros y nosotras mismas. La imagen es la realidad, la perfección que anhelamos. El filtro elimina los rasgos imperfectos de lo humano. Habrá que aceptar un tiempo donde lo privado haya desaparecido. Existe muy poco que esconder. De manera voluntaria, se ofrece todo tipo de información haciendo innecesario la vigilancia del gran hermano.

Con esta interacción, no solo se develan aquellos actos básicos del día a día, sino que, en el mismo acto de eliminar individuos en espacios virtuales, se desarrolla, en parte, el racismo (por citar un ejemplo) heredado e imperceptible. Esto llega incluso, a través de contenidos racistas, a “ilustrar” y construir discursos que manipulan el voto en favor de determinada opción política, consolidando los estereotipos prejuiciosos instalados en el plano de lo político para, desde allí, ubicar en altos cargos a las personas que estarán tomando decisiones al interior del marco institucional. Así pues, la interacción virtual en estos términos menoscaba el debate público abierto e informado al dar oportunidad a todo tipo de manifestaciones y manipulaciones que afectan la discusión, lo que ha sido llamado por autores como Han como “enjambre”.

La interacción en estos términos deja la discusión pública en democracia entre la espada y la pared. Cabe resaltar lo sostenido por Revel (1989): “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira” (p. 7). Lo anterior es notorio a través de la sobreinformación o hiperinformación. No toda democratización contribuye a la democracia. Hoy tenemos miles de personas “creando contenido” sin ningún tipo de filtro o pretensión de validez. Ya no importa mentir, ser racista, homofóbico, por citar un ejemplo, ni en medios o en discursos políticos. La búsqueda de la democratización de la información y su producción derivó en la hiperproducción de contenidos y la proliferación de páginas de opinión y demás espacios donde se “informa” dando como resultado un amplio margen para manipulación vía fake news, fenómeno nada reciente (Marqués, 2019) que deforma la posición del ciudadano al presentar contenidos falsos o parcialmente falsos.

De fondo, habría que discutir acerca de la preocupante actitud del ciudadano al momento de recibir la información y dar el salto a ser reproductor de contenido. Sin filtro y sin intermediario, se anula el respeto al ‘otro’ ante la falta de análisis y confrontación de fuentes. El no poder distinguir una noticia abiertamente falsa de una que no lo es está ligado a la manera en que las personas asumen los contenidos que circulan en la red, los cuales son tomados por muchos como pequeñas verdades reveladas y, al mismo momento, como mantras que permiten la liberación del “enemigo” que asecha. Del Campo (2020) llama la atención en estos términos:

Las fake news en el léxico popular agrupan un sinfín de situaciones y circunstancias que comparten una característica común: la información es falsa. La falsedad de la información, sin embargo, puede atribuirse a distintos factores: errores, interpretaciones, datos incompletos, manipulación, estafas, etc. A primera vista se advierte que no todos estos factores son igualmente reprochables y que el grado de reproche en algunos casos puede depender del sujeto que imparte o comparte la información. Por ejemplo, es socialmente (incluso legalmente en algunos casos) reprochable que un funcionario público transmita información falsa. El caso no es igual que el del individuo que tuitea una opinión o una noticia sin contemplar todos los aspectos o datos que respecto a esa información estarían disponibles. En la misma línea, no es lo mismo una estafa que un consejo erróneo. El caso del Pastor Giménez que recientemente adquirió repercusión en los medios locales argentinos porque habría publicitado la venta de alcohol en gel como cura milagrosa para pacientes de Covid-19 sería un ejemplo del primer supuesto. La recomendación de un clip en torno a cómo hacer una máscara casera que termina cayéndose de la cara sería un ejemplo del segundo. Sin perjuicio de las diferencias, el término fake news suele utilizarse para referir a todos estos supuestos, muchas veces sin calificación alguna. (pp. 8-9)

El ciudadano digital se impone desplazando el contacto con el ‘otro’6. No obstante, tal interacción lo vació de contenido, inclusive, lo atomizó a través de la radicalización del individualismo al borrar su corporalidad, asignándole una representación virtual, una especie de yo virtual con muchos “amigos”, pero lejos del sujeto gregario que buscaba y aspiraba en algún momento la construcción de lo común, para pasar a una relación caracterizada por la fragilidad que dependerá de un botón que permite su eliminación a través de un simple clic. Son tiempos donde la disección entre el mensaje y el mensajero crean una brecha tal que ya hablamos de posverdad, nombre con que rebautizamos a la vieja y conocida mentira, quien sigue siendo en esencia la misma solo que con traje nuevo.

La hiperinformación alimenta la espontaneidad de muchos participantes de la interacción virtual que creen saberlo todo. Dicha hiperinformación, en clave con la espontaneidad, hace recordar las palabras del maestro Umberto Eco cuando de manera tajante apuntó que “[l]as redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas” (Eco, 2015, párr. 1). Eco se refiere, con otras palabras, al enjambre de Han. No considero plausible apelar a la ofensa ni atribuir etiquetas al ‘otro’, sin embargo, muchos le asignan al espectro digital aquello que Habermas en su teoría de la acción comunicativa llamaría “la pretensión de validez”7. Dicha pretensión contrasta con las teorías conspiranoicas, cuando no, de la manipulación abierta y vulgar del votante8.

Las redes pivotean en el orden social jugando el rol de plataforma giratoria en diversos aspectos de la vida en la sociedad del rendimiento9. Se han convertido en órganos difusores del poder. De ahí que hasta presidentes despidan colaboradores mediante Twitter. Asimismo, se tramita la indignación de los ciudadanos, lo que autores como Han señalan como tormentas de indignación (Han, 2014). Tomando en cuenta la profundización de la individualidad, lo digital tiene en las tormentas de indignación una nueva expresión de la inconformidad. Lo preocupante con la indignación canalizada a través de las redes tiene que ver con las condiciones en que esta crece y muere súbitamente, siendo incontrolada, incalculable, inestable y amorfa.

Las tormentas a través de redes sociales generan un espacio de discusión donde la ofensa, la defensa del feudo ideológico y las “verdades a medias” reinan. Muchos se sienten ciudadanos con tan solo teclear su inconformidad y lanzar uno que otro insulto en el hashtag de turno. Se recurre al uso de un lenguaje sencillo y de fácil comprensión que da como resultado el que muchos excedan su rol de consumidor replicante. Las bajas defensas del corpus social contra las fake news tiene como efecto que cualquier ciudadano (con formación o sin ella), impulsado por los vientos de la tormenta temporal, comparta con sus amigos casi de manera inmediata la “información recibida”. Más información o acumulación no genera verdad, a pesar de esto, muchos creen lo contrario. Parafraseando a Han, podemos advertir que ambas hiper no eliminan la fundamental imprecisión de todo, por el contrario, la agrava haciendo que el enjambre retumbe (Han, 2013).

Una de las consecuencias de la profundización de la individualidad en clave con lo digital tiene que ver con la distancia y la erosión del respeto. Nótese el caso del ciberacoso (inclusive ya se habla de violencia digital), más concretamente, cuando no soy capaz de sostener lo que digo en redes sociales en presencia del ‘otro’ (Lopera Villegas et al., 2012). A esta altura, y tomando en cuenta la forma de comunicarse de los ciudadanos en la esfera digital, es urgente no perder de vista el impacto sobre el debate público respecto de su pertinencia y profundidad, máxime, cuando es uno de los pilares del proyecto democrático. De igual modo, uno de los síntomas del declive de la democracia liberal pasa por la calidad del debate público: la fatiga democrática es visible en las mediciones (barómetros) y los comentarios en redes de muchos que, ante la crisis económica, ambiental y la corrupción, se inclinan por los autócratas y, cuando no, hasta ven con buenos ojos la llegada de dictadores10.

La fatiga democrática corre a la par con la precariedad y la desigualdad que, en una sociedad atomizada e interconectada, se convierte en un caldo de cultivo para implosiones incontroladas a través de manifestaciones que intentan reversar las lógicas que, según los ciudadanos virtuales, son las causantes de la crisis. Para autores como Nachtwey (2017), la democracia se muestra como un compromiso o arreglo paradójico: los ciudadanos tienen en gran estima la democracia en el plano ideal, pero esperan cada vez menos de ella en el plano real y concreto, debido a que las medidas económicas no han tenido el fruto esperado. Como lo advierte Naím (2022), en ese mismo contexto, nos encontramos en el tiempo de las tres "p” (entiéndase populismo, polarización y posverdad) que rompen el diseño de pesos y contrapesos del proyecto democrático. A reglón seguido, teóricos como Runciman, hablando de la teoría de la conspiración contra los demócratas, llama la atención acerca del populismo de esta manera: esto es muy característico de un periodo en el que el populismo se está convirtiendo en la tendencia dominante en la política democrática. La idea básica que subyace al populismo, sea este de izquierdas o derechas, es que la élite ha robado la democracia de manos del pueblo. Para recuperarla, aseguran los populistas, es necesario hacer salir la élite de sus escondrijos, allí donde ocultan lo que verdaderamente traman mientras dicen honrar la democracia. La teoría de la conspiración es la lógica del populismo (Runciman, 2019).

Por esta razón, la comunicación digital es fundamental para entender el declive democrático. Pelayo de las Heras, en un artículo para la revista española Ethic, reflexiona acerca de los vasos comunicantes entre populismo y redes sociales. Según De las Heras (2020), “[d]e Twitter a Facebook, las redes sociales se han convertido en el nuevo medio de comunicación entre los políticos populistas y los ciudadanos. En ese espacio, las noticias falsas y la desinformación corren libremente” (párr. 1)11. La propaganda vista como información, y presentada en algunos casos como análisis, es tan solo desinformación que tiene en el ciudadano virtual tanto consumidor como replicador acrítico del mensaje. Este fenómeno permite la construcción del tribalismo que convierte las redes en comités de aplausos; por tanto, cuando se plantea una discusión en términos críticos, se procede en muchos casos a la eliminación del ‘otro’ o se bloquea al sujeto discordante.

La eliminación del diferente, de aquel que nada a contracorriente, reproduce una peligrosa patología para la democracia como es la expulsión del ‘otro’. Es urgente trazar los límites del respeto y continuar con la alfabetización democrática en clave liberal que explique lo urgente de la oposición, de aquel que piensa distinto, en resumen, de los matices. Por consiguiente, la aldea global digital necesita trazar la frontera del respeto en la interacción de los sujetos comunicantes y, al mismo momento, abogar por la producción de información contraria a la propaganda y a las teorías conspiranoicas. Como todo tema de frontera, trazar los límites puede originar más problemas de aquellos que pretende solucionar. Y por problemas entendemos las tensiones respecto del derecho a la libertad de expresión en una plataforma con pretensiones de ágora, donde productores, consumidores y replicadores forman una comunidad que “debate” con pretensión de objetividad y validez, no obstante, en la práctica no hace más que reproducir clichés, sesgos, prejuicios y mentiras.

La confrontación de sesgos y prejuicios sobre la base de la indignación son un caldo de cultivo para el consumo de contenidos que actúan en el afecto, la ira, la indignación, envidia, odio y vanidad. Este tipo de emociones son llamadas por el catedrático de psicobiología Ignacio Morgado, en su obra Emociones corrosivas (2017). Estas se consumen, producen y comparten en una espiral que desborda la esperanza de los ciudadanos virtuales. La forma en que se tramitan las diferencias por las redes debe ser motivo de análisis y debate, no es viable una sociedad donde no sea posible el diálogo y la discusión de ideas sin recurrir a la ofensa.

Como bien apunta Han (2014), la nueva interacción construye una sociedad de la indignación caracterizada por el escándalo. En tal sentido, la transición abordada aquí es una consecuencia de la revolución digital de la cual no podemos escapar. Estamos [condenados] a las nuevas formas de comunicación, más concretamente, a la hiperproducción de información en clave con teorías conspiranoicas y noticias falsas, así recurran a cierto lenguaje de naturaleza académica.

La atomización voluntaria del ciudadano virtual genera un aislamiento caracterizado por la ausencia de mediación, entendida como la posibilidad de filtrar o siquiera ejercer algún tipo de análisis acerca del contenido. En su lugar, tenemos una comunicación caracterizada por la velocidad del intercambio de información. Por ende, sin defensa para filtrar el tráfico de datos, el ‘me gusta’ se convierte en la forma y puerta a la fatiga informativa que afecta el debate público democrático liberal. Dicho debate quedó convertido en una ficción democrática donde la simulación es la protagonista, es decir, presenciamos debates que no son debates. Ya sin ideas nos quedamos atrapados en la opinión refrendada por el ‘me gusta’, la democracia del clic que expone la profunda crisis de la representación ahora en el espacio virtual.

Las ideas dieron paso al ejercicio de los expertos en política digital que buscan el ‘me gusta’ como paradigma de su actuar. Por esta razón, la proliferación de portales, “analistas” y demás, convierte a la comunicación digital en una vorágine que, en países con precarios niveles de lectura y con altos niveles de abstención, afecta profundamente la deliberación pública, generando de paso un terreno propicio para autócratas con ínfulas de caudillos y/o mesías. En consecuencia, autores como Levistsky y Ziblatt (2018) llaman la atención acerca de las instituciones:

[l]as instituciones por sí solas no bastan para poner freno a los autócratas electos. Hay que defender la Constitución, y esa defensa no sólo deben realizarla los partidos políticos y la ciudadanía organizada, sino que también debe hacerse mediante normas democráticas. Sin unas normas sólidas, los mecanismos de control y equilibrio no funcionan como los baluartes de la democracia que suponemos que son. (p. 16)

Tanto la actitud acrítica de muchos ciudadanos frente a los contenidos recibidos, y la falta de respeto como base de la discusión pública desde el anonimato, son aspectos que deberían invitarnos a la reflexión y al debate acerca de los alcances y límites de la comunicación en clave con la democracia en la era digital. Dicho de otra manera, la posición acrítica de muchos permite y auspicia la propagación de mitos catastróficos que, junto a la falta de respeto hacia el ‘otro’, marcan la comunicación actual.

La manipulación de contenidos que vende como hechos ciertos mitos que presentan catástrofes y salvadores (en un mismo paquete) transforman e instrumentalizan el debate público convirtiéndolo en parte de un guion diseñado para controlar lo emotivo (Ramírez Prado, 2016). Estamos ante una calle de dos vías donde el ciudadano es susceptible de caer presa del zumbido o hacer un alto para tomar distancia y reflexionar.

Finalmente, tenemos la capacidad de salirnos del libreto a través del pensamiento crítico y, al mismo momento, reconstruir el debate público mediante una discusión abierta e informada que tome distancia de contenidos que navegan libremente en la red. No se trata de regresar a la edad de piedra, tampoco de establecer una censura previa bajo el pretexto de los colaterales de la mentira en internet. Al contrario, se trata de la construcción de una ciudadanía para la democracia capaz de identificar contenidos que manipulen la opinión; no obstante, persiste la tendencia de compartir contenidos conspiranoicos cuando son falsos con fines de tergiversar la percepción, especialmente la del votante. Aquello es una constante que contribuye a elevar los zumbidos y profundiza la confusión en clave con la atmósfera de desconfianza, la crisis de la representación y la fatiga democrática.

3. Conclusiones

La comunicación vía redes sociales parece estar capturada por los hechos alternativos. Pocos creen o, mejor, ninguno dice creer. La apatía democrática se mueve en el terreno de los expertos que falsean lo fáctico a través de la manipulación de, entre otras, las emociones. Tal cosa entraña una complejidad mayor ante la exigencia de una regulación que proteja al electorado de todo tipo de estratagemas. Ahora bien, si consideramos que los derechos no son absolutos (entiéndase derecho a la libertad de expresión), el reto es aún mayor.

La forma de comunicación abordada aquí echa por tierra en alguna medida la apuesta de la filosofía en clave con la duda y la pregunta. Cuestionar es cada vez más complicado para nuestro ciudadano hiperinformado que, ante la manipulación abierta, tiende a confundir lo verdadero con lo falso. Por otra parte, ante la incertidumbre, la tergiversación afecta el proyecto democrático por medio de los discursos que expulsan al ‘otro’ gracias a un endeble debate público. De ahí que la apatía democrática se entremezcle con la agonía del debate y dé como resultado que nuestro ciudadano pierda la fe en la verdad.

La comunicación en la esfera virtual genera un espacio ideal para todo tipo de estratagemas que atentan contra el proyecto democrático. Temas como las fake news llevan a tener que trazar una frontera entre la libertad de expresión sin recurrir a ningún tipo de censura. Ahora bien, la complejidad es mayor tomando en cuenta el escenario del pesimismo antropológico. La percepción cada vez más negativa hace difícil la convivencia, aumentando una fatiga democrática en muchos que desconfían del proyecto democrático y de la posibilidad de lograr la anhelada convivencia pacífica.

Por otra parte, este ensayo cuestiona la coyuntura y, de paso, descarta la construcción y consolidación de Estados autoritarios so pretexto de una manipulación de información a gran escala. Al contrario, aboga por la reflexión en clave con los colaterales aquí abordados con el fin de establecer un debate público abierto e informado que reconozca los vasos comunicantes entre diversos sucesos políticos y las tecnologías de la información. En tal sentido, un debate público con ciudadanos hiperinformados que deforman su opinión gracias a la libre circulación de noticias falsas, sumado al clima de desconfianza y radicalidad proveniente del alud de determinados contenidos, resulta problemático y poco viable para el sostenimiento del proyecto democrático liberal.

La preservación del debate público democrático no pasa por la censura. Aunque resulta paradójico, acallar las voces no deriva necesariamente en un mejor debate. Al contrario, más allá del llamado cordón sanitario, debemos mejorar el argumento. Es una tarea difícil ante el enjambre inmediatista en que se convirtieron las redes sociales. Visto así, estamos ante una preocupación real que supera los debates, la torre de marfil de buena parte de la Academia. Si tomamos en cuenta que el debate público abierto e informado es fundamental para la democracia, entendida como el gobierno por discusión, resulta urgente establecerlo acerca de los discursos de odio.

La discusión democrática es fundamental, en especial porque permite acercar posiciones, al menos en teoría. Un país sin debate público no lograría establecer proyectos comunes. Asimismo, debe llegarse a un acuerdo de mínimos que permita una discusión que logre contener los fanatismos y radicalidades. En consecuencia, nos quedamos con un “debate público” alimentado de verdades a medias, videos editados, memes y fake news condenando la discusión a la liviandad y, de paso, a la democracia al tomar decisiones basadas en la manipulación pura y dura de los ciudadanos.

Asegurar lo anterior resulta fácil considerando la amplitud de las redes sociales y su alcance. La inmediatez condena a muerte la reflexión, la duda y la pregunta. Un país para ser viable requiere una discusión pública sin discursos que atenten contra la dignidad humana. Más aún, a pesar de lo impersonal que resulta la comunicación digital, la mediación entendida como la reflexión es vital. De ahí es que debemos enfrentar la complejidad vigente contenida en al menos dos flagelos: (1) la enorme dificultad para controlar los contenidos falsos y manipulados que malogran la comunicación; y (2) cualquier intento de regulación será etiquetado severamente y a la vez tachado de vulneración de la libertad de expresión cuando no de censura, inclusive, autoritarismo.

Finalmente, la comunicación en tiempos de la revolución planteada por la internet hace que el debate público abierto e informado sea todo un desafío para las instituciones democráticas. De dicho desafío hacen parte la proliferación de opinadores y contenidos maliciosos que, marcados por el anonimato, actúan deliberadamente zumbando de manera ensordecedora en una sociedad fragmentada, polarizada y que sufre de soledad. Es urgente la reflexión tendiente a defender la necesidad de hacer un alto. Se debe salir de la vorágine del ‘me gusta’, de lo instantáneo, reconociendo las dificultades de regulación en la llamada revolución digital. Resulta paradójico que apoyándose en la libertad de expresión se auspicie la circulación de fake news. Asimismo, la deliberada manipulación de políticos profesionales y su impacto sobre el ciudadano es algo que debemos lamentar, más aún cuando se irrigan construyendo un imaginario que profetiza catástrofes y salvadores en un mismo paquete.

La crisis de la conversación, junto con la imposibilidad de alcanzar consensos gracias a la polarización, son dos retos gigantes para la sostenibilidad del proyecto democrático, el cual pasa por la comunicación y la discusión. Habrá que recrear el debate público abierto e informado que plante cara a la manipulación ramplona en defensa de la convivencia democrática.

Referencias bibliográficas

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Appadurai, A. (2017). Fatiga democrática en el gran retroceso. Seix Barral.

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Notas

1. El periódico español El País publica recientemente esta nota en la sección de economía: los más ricos del planeta acumularon el 45.6 % de la riqueza en el 2021, más que antes de la pandemia. Para advertir que: “La riqueza mundial agregada crece un 9.8% en 2021 y alcanza los 463.6 billones de dólares (464.6 billones de euros, al cambio actual). Los países que más suman son Estados Unidos y China. El primero aporta algo más de la mitad del total del aumento de la fortuna, mientras que China aporta una cuarta parte. África, Europa, India y América Latina, por su parte, representaron en conjunto apenas el 11.1% del crecimiento de la riqueza mundial en 2021, según el informe publicado este martes por el banco Credit Suisse”. (Bárcena, 2022, párr. 1)
2. El fenómeno no es para nada reciente. Estamos en presencia de lo que Polibio, historiador griego, llamaba oclocracia o gobierno de la muchedumbre, algo así como el poder de la turba. Se entiende en el pensamiento del autor como una degeneración de la democracia. Se refieren al pueblo constantemente como un todo, como si fuera compacto. Sin embargo, la fragmentación en aquello que llaman pueblo es notoria. Una idea que se disfraza de democracia, pero que entraña un peligro para ella al recurrir a liderazgos autocráticos que, amparados en la voluntad del pueblo, se cargan las lógicas más elementales del proyecto democrático (Acevedo, 2018).
3. En Colombia se presentó un paro nacional antes de la pandemia, más concretamente, en el año 2019. El periódico El Espectador, en una nota titulada “Paro Nacional de 2019, la protesta social que sacudió a Colombia”, señaló: “El 21 de noviembre de 2019 marca el comienzo de una jornada histórica para la manifestación social en Colombia. El Paro Nacional, en principio convocado por las centrales obreras, pero después convertido en una muestra de inconformismo ante el gobierno de Iván Duque por parte de estudiantes, mujeres, afros, indígenas, comunidad LGBT y campesinos que se volcaron a las calles para manifestar su desacuerdo. El estudiante Dilan Cruz se convirtió en el símbolo de la protesta de esos días, tras su homicidio por parte de un agente del Esmad”. (Muñoz, 2020, párr. 1)
4. Como todos los años, We are Social, en conjunto con diversas empresas de investigación e inteligencia de mercado, publicaron el Digital 2022 Global Overview Report y, dentro de él, las estadísticas de la situación digital de Colombia durante el 2021-2022. En Colombia, la población total está conformada por 51.39 millones de personas, de las cuales el 82 % está residenciada en zonas urbanizadas. En el país hay 65.75 millones de teléfonos conectados. Si lo comparamos con la población, esto quiere decir que cada colombiano posee, en promedio, 1.2 celulares. Por otro lado, el número de usuarios conectados a internet es de 35.50 millones, es decir, el 69.1 % de la población total tiene acceso a este servicio. En cuanto al uso de las redes sociales, Colombia tiene 45.80 millones de usuarios activos, lo cual representa el 81 % de la población. En resumen, 35.5 millones de personas son usuarios activos de internet desde cualquier dispositivo tecnológico (smartphone, tablet, laptop, consola de video juego, TV, entre otros). Es decir, el 69 % de la población total de Colombia es usuaria activa de internet y el 94 % de este total accede usando dispositivos móviles. Desde enero del 2021 a enero del 2022, el número total de usuarios de internet ha crecido en un 2.2 %, en otras palabras, más de un millón de nuevas personas usan este servicio. El tiempo promedio que los usuarios de Internet pasan utilizando este servicio desde cualquier dispositivo tecnológico es de 10 horas y 3 minutos. Otro dato curioso es que, del 2012 al 2022, el número de usuarios de internet ha crecido un 92 %, siendo el 2013 el año con el mayor crecimiento de 22.5 % (Medina, 2022).
5. Renobell Santarén (2017) apunta que “Michael Cornfield experto político americano y director de investigación del Proyecto Democracia Online de la Universidad George Washington, dijo en el año 2008 que “Sin internet no habría Obama”. Y no exageró mucho Cornfield con esta afirmación. Los datos y el análisis de las influencias sociales demuestran que la frase es verídica. Obama supo motivar todas sus audiencias digitales y fue capaz de hacer que trabajasen para él millones de personas en redes sociales. Estamos hablando de una era pre-Twitter pre-Youtube y pre-Facebook. Una época dónde [sic] era difícil imaginar la influencia que podía tener una red social digital. El sorprendente desarrollo de Barack Obama estaba en gran parte asociado a la inusual habilidad del empleo de las comunicaciones online como herramientas para su campaña, habiendo así alcanzado y establecido nuevos patrones de actuación en las campañas online. La campaña y sobre todo el éxito de Barack Obama fue gracias a una campaña basada especialmente en acciones online que cambió la percepción que se tenía hasta entonces de internet. Porque esa época en Estados Unidos internet tenía un nivel de penetración del 73 por ciento. Mientras que en Europa la media era de menos del 50 por ciento”. (Renobell Santarén, 2017, p. 120)
6. En Japón existen los "hikikomori". Son jóvenes que viven sin salir de sus cuartos. Una encuesta gubernamental encontró que son unas 541 000 personas (el 1.57 % de la población) en ese país, pero muchos expertos creen que la cifra total es mucho más alta, pues a veces tardan años en pedir ayuda (Gent, 2019).
7. Durante la negociación y el posterior plebiscito con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en Colombia, la circulación de contenidos en la etapa de “discusión” construyó un marco de referencia adverso al proceso de paz, que tuvo un mayor efecto que la pedagogía desplegada para que los colombianos entendieran lo pactado entre el Estado y las FARC. Lo virtual de nuevo le gana la mano a la torre de marfil.
8. En el caso de Cambridge Analytica, se manipuló datos de 50 millones de usuarios de Facebook en favor de la campaña de Donald Trump (De Llano, 2018).
9. Para autores como Han (2017), la sociedad del rendimiento es en realidad la sociedad del dopaje, lo que hace posible un rendimiento sin rendimiento.
10. Según los datos del último barómetro de las Américas, un 25 % de los ciudadanos en América no está de acuerdo con que la democracia sea mejor que cualquier otra forma de Gobierno (Galindo, 2021).
11. Posteriormente advierte que “[l]as redes sociales han surgido como símbolos de una encrucijada constante y, tal como recalca la experta, «son un canal desde el que lanzar los mensajes populistas de forma masiva para evitar el filtro mediático». Algo, esto, que puede resultar peligroso: según el Pew Research Center, el 43% de adultos –de entre los cuales, 8 de cada 10 posee un smartphone– consume noticias principalmente a través de las redes sociales, siendo Facebook la más habitual para ello, con un 69%. De hecho, un 26% de adultos ni siquiera prestarían atención de cuál es la fuente de la noticia. Parte de algunos síntomas a la predisposición de esta clase de políticos se halla ya presente: mientras un 23% de personas creen que a los políticos elegidos electoralmente les importa poco lo que la gente realmente piense, dos tercios del país declaran «no estar satisfechas con la democracia». A ello se suma que, según informes de Freedom House, durante el último año «se usó propaganda y desinformación para distorsionar el entorno online durante los procesos electorales de hasta 24 países». Al mismo tiempo, esas fuentes apuntan que los líderes políticos han utilizado bots y cuentas falsas para manipular las redes sociales en al menos 38 países”. (De las Heras, 2020, párr. 11)

Notas de autor

1 Magister en Filosofía de la Universidad del Valle, Colombia
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