La globalización inicial de la Herencia Cultural de las Américas: el comerciante Hermann Strebel y su estudio de la Colección Lahmann de Costa Rica
Myrna Rojas Garro1* y Martin Künne2
1 Arqueóloga e historiadora independiente, San José, Costa Rica; https://orcid.org/0009-0008-0066-0195
2 Rhenish Friedrich Wilhelm University of Bonn, Bonn, Alemania
*Autora para contacto: mrojasgarro@yahoo.com
Enero-Junio 2026, 36(1)
DOI: https://doi.org/10.15517/rgacnj69
Recibido: 25-06-2025 / Aceptado: 25-09-2025
Revista del Laboratorio de Etnología María Eugenia Bozzoli Vargas
Centro de Investigaciones Antropológicas (CIAN), Universidad de Costa Rica (UCR)
ISSN 2215-356X

Resumen: La presente contribución se dedica a un texto arqueológico escrito en lengua alemana que hasta ahora se tradujo al castellano a pesar del paso de 142 años de haber sido publicado originalmente. Su autor fue protagonista tanto de los inicios de la arqueología sistemática en Europa como en Centroamérica y México. Por el estudio de la Colección Lahmann el texto desarrollado se dedica a la primera gran colección de objetos arqueológicos que salió de Costa Rica iniciando una larga tradición de pérdida del patrimonio cultural en un momento histórico donde no existía legislación, ni conciencia de su importancia, esa colección representa una muestra destacada de la necesidad y urgencia de recuperar las memorias perdidas. Además, la calidad y cantidad de artefactos analizados debe motivar a los arqueólogos contemporáneos a rescatar al menos la documentación textual y grafica asociada, para que de alguna forma sus datos sean integrados en las investigaciones estratigráficas y contextuales del presente.
Palabras clave: patrimonio arqueológico; colecciones arqueológicas; cerámica precolombina; metates; Übersee-Museum Bremen; MARKK Museum Hamburg.
The early globalization of the cultural heritage of the Americas: merchant Hermann Strebel and his study of the Lahmann Collection from Costa Rica
Abstract: The present contribution is dedicated to an archaeological text written in German language that until now has been translated into Spanish despite the passage of 142 years after its original publication. Its author represents not only one of the protagonists of the beginnings of systematic archaeology in Europe, but also in Central America and Mexico. Through the study of the Lahmann Collection, the text is dedicated to the first great collection of archeological objects that left Costa Rica. Initiating a long tradition of looting Cultural Heritage at a historical moment when there was no legislation, nor awareness of its importance, this collection represents an outstanding example of the need and urgency to recover lost memories. In addition, the quality and quantity of the artifacts analyzed should motivate contemporary archaeologist to rescue at least the associated textual and graphic documentation, so that in some way their data can be integrated into the stratigraphic and contextual investigations of the present.
Keywords: archaeological heritage; archaeological collections; pre-Columbian ceramics; metates; Übersee-Museum Bremen; MARKK Museum Hamburg.
El Übersee-Museum Bremen y el MARKK Museum am Rothenbaum (Hamburg), ambos ubicados en el norte de Alemania, albergan una amplia variedad de colecciones etnográficas e histórico naturales procedentes de África, Oceanía, América y otras partes del mundo. En siglos pasados, estas colecciones fueron adquiridas por las ciudades hanseáticas gracias a sus extensos contactos mercantiles y grandes puertos.
En este marco el comerciante Hermann Strebel (Figura 1) se destacó en dos campos: la malacología y la etnología, las cuales marcan dos etapas de su vida de coleccionista e investigador. Nacido en Hamburgo, Alemania, en 1847, a los trece años de edad partió para México bajo la vigilancia de su hermano mayor. Ahí permanecería por 20 años e incluso se casaría con una mujer de origen alemán como él, pero nacida en México.
En sus primeros años trabajó como aprendiz y luego como comerciante en una empresa manufacturera. En Veracruz conoció al destacado Hermann Berendt1, quien lo introdujo en el mundo de la ciencia y especialmente la arqueología (ver Committee of the Conchological Society, 1904).
En estos primeros años también se interesó por los estudios malacológicos, llegando a publicar entre 1873 y 1882 reconocidos artículos acerca de moluscos de agua dulce en México.
En 1869 a la edad de 35 años regresó a su patria con su familia, y entre 1867 y 1899 cofundó una empresa de comercio internacional de madera; pero invierte parte de su tiempo en la publicación de su colección malacológica y en la participación en asociaciones académicas hasta el final de su vida.
De acuerdo con Pfeffer (1914), el verdadero impulso en el desarrollo de Strebel como científico lo recibió de Otto Semper (Altona), Heinrich Dohrn (Stettin2) y Eduard von Marxens (Berlín), quienes le colaboraron con la edición e impresión entre 1873 y 1882 de los 5 volúmenes de la obra, “Contribución al conocimiento de la fauna terrestre y de agua dulce mexicana”, edición de 437 páginas y 76 láminas. Esta publicación fue y sigue siendo altamente reconocida por la calidad de la información y las ilustraciones donde muestra su dedicación para hacer con maestría los dibujos a lápiz y, posteriormente de igual forma, el uso de fotografías; razón por la que se le reconoce su metodología del trabajo científico y su dedicación en la reproducción pictórica (Pfeffer, 1914, p. 11).
En 1899, a la edad de 65 años, retorna su atención a la arqueología mexicana, y como era usual en esa época, sus prácticas incluyeron la excavación no controlada de yacimientos arqueológicos, pero los cuales le permitieron adquirir experiencia en investigaciones y análisis posteriores. En otros casos, buscó la colaboración de terceros para obtener las colecciones como se expone a continuación:
He asked a befriended family in Mexico to perform archaeological excavations at various locations The results became his scientific collection in Hamburg. To finance further excavation activities, he sold some excavation finds to the Museum of Ethnology in Berlin, the Hamburg Senate and to the city of Leipzig [Al mismo tiempo, encargó a un amigo de la familia en México que realizara excavaciones arqueológicas en varios lugares y creó una colección en Hamburgo, que él mismo analizó científicamente. Para financiar excavaciones posteriores, vendió los hallazgos al Museo de Etnología en Berlín, y al Museo de Etnología en Leipzig] (Wikipedia, 2025, párrafo, 3).
Además, ingresa como colaborador del Departamento de Moluscos del Instituto de Historia Natural del Museo de Hamburgo. Es claro que, haciendo uso de sus conocimientos de clasificación taxonómica, se interesa también en el análisis de las colecciones arqueológicas que habían ingresado al museo. Es en esta etapa durante la cual analiza y publica el artículo sobre la “Colección Lahmann”.
Por su contribución a la ciencia recibió en vida las siguientes distinciones:
- 1886-87 Presidencia de la Asociación Científica Natural de Hamburgo.
- 1904 Orden del Águila Roja, de 4ª clase.
- 1904 Doctorado honorario en filosofía de la Universidad de Giessen.
- 1906 Premio Loubat, Real Academia Prusiana de Ciencias, Berlín.
- 1914 título de Profesor dado por el Senado de Hamburgo.
Algunos de los títulos publicados referentes a temas antropológicos son:
(1884). Die Ruinen von Cempollan im Staate Veracruz (Mexico), Mittelilungen über die Totonaken der Jetztzeit, Ruinen aus der Misantla-Gegend [Las ruinas de Cempollan en el estado de Veracruz (México), información sobre los totonacas del tiempo presente, ruinas de la zona de Misantla], Abhandlungen des Naturwissenschaftlichen Vereins in Hamburg, Bd. VIII, Teil I.
(1885-1889). Alt-Mexico, Archäologische Beiträge zur Kulturgeschichte seiner Bewohner [México Antiguo. Aportaciones arqueológicas a la historia cultural de sus habitantes], I. und II. Teil, Hamburg und Leipzig 1885–1889
(1890) Studien über die Steinjoche aus Mexico und Mittel Amerika [Estudios sobre los yugos de piedra de México y América Central]. Internationales Archiv für Ethnografie, Band 3, 16-28, 49-61.
La importancia de esta traducción debe ser vista en el amplio espectro de las investigaciones antropológicas que se realizaron en los siglos XIX y XX en nuestro país y las que, por razones de idioma, no han sido conocidas en nuestro medio, debilitando el impulso a la investigación científica. Siendo el conocimiento un proceso acumulativo, el desconocimiento de este tipo de literatura científica podría haber afectado el desarrollo científico en formas inimaginables, como en la investigación pura o la valoración y protección ese patrimonio.
Como una contribución a mitigar ese efecto, y a ampliar el panorama de las investigaciones realizadas es que los traductores se han abocado a recuperar esta memoria oculta.
La traducción realizada tampoco está exenta de desafíos para su máximo aprovechamiento como, por ejemplo, el respetar al máximo la redacción original, haciendo solo pequeños cambios para hacer la fluida la lectura y adaptar un poco la estructura gramatical al castellano. Ese mismo cuidado se tuvo en la actualización de algunos términos técnicos, para los cuales también se hicieron los ajustes necesarios, como, por ejemplo: patas y pies, por soportes de vasijas; o la indicación actual de la decoración de “pastillaje” en lugar de “esferas perforadas”.
Además, se introdujo una serie de notas para brindar información necesaria y útil al lector del contexto social e histórico que es parte del artículo original.
En lo que se refiere al análisis de la Colección Lahmann que poseía más de 1000 artefactos, Strebel examina 70 piezas, las cuales divide en tres categorías por materia prima: piedra, cerámica, metal, y 6 subcategorías, a saber:
Piedra: Armas (puntas de flecha, mazas)
Herramientas
Utensilios (metates)
Esculturas (figuras humanas, búho)
Cerámica: Vasijas
Cuentas
Metal: Joyas (oro)
En cuanto a la procedencia de las piezas (Figura 2), éstas fueron adquiridas en: Cartago (Agua Caliente, Tierra Blanca, Turrialba, Tres Ríos y Tejar), Alajuela (Palmares, San Ramón), Heredia (Heredia), San José (Santa Ana, Montes de Oca, San Ramón y Puriscal) y Guanacaste (Liberia y Nicoya). Esto revela una concentración en el área central, posiblemente relacionada con la aparición de cementerios en terrenos afectados por la expansión cafetalera, la construcción de calles hacia nuevos poblados y, sobre todo, la vía férrea al Caribe.
En lo que se refiere a la formación de la Colección Lahmann, originalmente formada por el Cónsul Johann Friedrich Lahmann, no tenemos muchos datos. No existe evidencia de que él mismo se dedicara a extraer los objetos. Más bien parece que los artefactos presentados por Strebel, fueron comprados por Lahmann a varias personas, posiblemente peones o dueños de fincas, así como trabajadores de la construcción de la vía férrea al Caribe. Este proyecto inició en 1871 con la firma del contrato Tomás Guardia-Henry Meiggs, iniciando la obra ese mismo año, y finalizando en 1882 luego de un largo proceso de cambios administrativos, renegociaciones de deuda externa, cambios en rutas, etc. El trazo de la línea férrea ya desde Cartago, pasando por Turrialba y especialmente la Línea Vieja en Guápiles, desenterró gran cantidad de cementerios y asentamientos arqueológicos, que fueron saqueados, y las piezas de cerámica, piedra y oro se vendieron sin ningún control.
Como se anotó líneas arriba, la procedencia de las piezas es amplia y variada, y posiblemente la colección original también incluía piezas de otras regiones, pues en esta selección que hizo Strebel no hay representación de las zonas fronterizas de Costa Rica como Térraba, Sixaola o la región de los Votos.
En 1879 J.F. Lahmann vendió, por la suma de 10.000 marcos la colección original a un grupo de ciudadanos de la ciudad de Bremen, quienes las donaron a la ciudad, siendo integradas a las “Colecciones Municipales de Historia Natural y Etnografía”. A falta de un museo como tal, en 1890 se da la resolución de crear un museo bajo el nombre, Museo Municipal de Historia, Etnología y Comercio, donde se reunieron todas las colecciones que estaban dispersas. Con una nueva reforma y enfoque, se crea en 1896 el Museo de Ultramar [Übersee-Museum Bremen]3 quien actualmente administra las colecciones.
Este museo nos facilitó una copia digital de la entrada de la colección, la cual está registrada en el Geschene an des Museum 1879 [Regalos al Museo] (Figura 3).
La documentación del anterior museo, el Museo Municipal de Historia, Etnología y Comercio (MMHEC), es administrada actualmente por el Archivo Estatal de Bremen, (Staatsarchiv Bremen) quienes nos facilitaron copia del Informe anual de 1879 donde se registró el ingreso de la colección vendida por Lahmann (Figura 4).
La figura 4 muestra imagen de la anotación de registro de entrada de la Colección Lahmann al MMHEC; la misma está marcada en rojo en dicha imagen, y a continuación se presenta la traducción:
Índice de los regalos entregados a las colecciones municipales para historia natural y etnografía a lo largo del año 1879
Alle. Lahmann, Friedr., Hijo: Colección, animales de piedra artificial de Costa Rica
En el Informe Anual de 1879 del MMHEC la donación la hemos marcado en rojo en la Figura 5, siendo su traducción como sigue:
“Anuncio del Senado del 23 de enero de 1880
Regalado por compatriotas, como es bien sabido, la interesante colección
de antigüedades de Costa Rica [establecida] por Lahmann va a ser un adorno para el departamento; los gastos de la exposición han sido aprobados por el Senado de los fondos accesibles a su disposición. Sin embargo, el sobrellenado de la sala va a conseguir un nivel muy alto por la inclusión de esa colección” Museo Municipal de Historia, Etnología y Comercio.
“Aumento de las recaudaciones
Mediante compra e intercambio, tras la asignación de aproximadamente 800 marcos disponibles en aquel momento y los numerosos ejemplares aún disponibles, se realizaron relativamente pocas adquisiciones, aunque deseables. Se realizaron numerosas, en parte de gran valor, cuya lista ya se ha publicado. El regalo más magnífico es el de las antigüedades costarricenses recogidas por el Cónsul Lahmann, que fueron donadas por un total de 10.000 marcos por unos 150 caritativos residentes de Bremen, y que fueron compradas y donadas a un comité reunido para esta ocasión” (Museo Municipal de Historia, Etnología y Comercio, 1879, p. 17-18).
Por circunstancias extraordinarias4 de esa fecha a la actualidad, no se tiene registro actual de la ubicación de esa colección, aun cuando algunos objetos, están exhibidos como se puede apreciar en la figura 6, facilitada por la administración del museo.
Para finalizar solo resta decir que a pesar de los casi 150 años de la salida de esta colección su importancia no ha disminuido, sino todo lo contrario. Aunque carecemos de datos de contexto, aún es posible realizar un análisis completo que aporte información relevante sobre las sociedades prehispánicas, como relaciones de intercambio, vida cotidiana y otras prácticas culturales. Aunque los contextos faltantes no pueden ser recuperados, la aplicación de nuevas tecnologías de análisis de pastas, resinas, pigmentos, etc. abre nuevos caminos de investigación de los objetos conservados. Además, la información obtenida puede ser contrastada o reforzada con lo que actualmente se conoce de estos pueblos cuyos descendientes forman parte de nuestra sociedad actual.
Informe sobre la colección de antigüedades de Costa Rica en el Museo de Bremen5
De Hermann Strebel en Hamburgo.
Véanse para tal fin las láminas I-IV
Desde hace mucho tiempo tenía el deseo de darle un vistazo a esta colección, creada in situ hace años por el cónsul Joh. Friedr. Lahmann6 y adquirida gracias al patriotismo demostrado tantas veces ya por los ciudadanos de Bremen para el museo de su ciudad. Así que acogí con alegría una oportunidad que se presentó y que pude aprovechar gracias a la amable cortesía del director Dr. J. W. Spengel7 y, con el poco tiempo de que disponía, pude obtener una visión general y registrar algunos detalles interesantes.
Sin embargo, mi objetivo principal era obtener puntos de comparación con mi colección de antigüedades mexicanas; y la idea de publicar las impresiones obtenidas estaba lejos de mi mente, pero como es probable que pase mucho tiempo antes de que la colección sea sometida a un procesamiento exhaustivo, decidí elaborar un informe que daría a conocer de antemano las cosas más peculiares de esta colección a aquellos interesados en ella y, al hacerlo, de este modo, despertar el deseo por su procesamiento detallado. Para ello, la Asociación de Ciencias Naturales de Bremen ha puesto a mi disposición sus tratados y la producción de algunas láminas, que creo que debería aprovechar aún más, ya que el séptimo volumen de estos tratados ya contiene una pequeña parte de esta colección descrita de manera detallada y estimulante por el Profesor Dr. H. Fischer8 en Freiburg i./B., y aclarada mediante ilustraciones. Es esa parte que consta de herramientas, adornos, etc., fabricados de jadeíta y otros minerales o rocas duras, los cuales tenían un valor más o menos elevado entre los indígenas. A estos objetos ya descritos, tendré que dedicar algunos comentarios más cuando analice el resto de la colección en sus objetos más destacados. En primer lugar, me gustaría discutir algunos puntos importantes que están incluidos en el trabajo de Fischer y que requieren corrección o, en la medida en que surjan preguntas, hacer una discusión detallada.
La primera y más importante pregunta es: ¿A cuál tribu debemos atribuir los objetos de esta colección? Fischer dice (l.c., pág. 160) que un pueblo de nombre chorotega vive en Costa Rica, refiriéndose a la obra de Fr. Müller, Allgemeine Ethnographie, 2ª ed., Viena 1879, pág. 269. Esta cita debe ser un error, pues bajo el título: “Tribus aisladas de Centroamérica y Antillas”, Müller9 enumera a los chorotegas como aborígenes de Nicaragua, representadas por los cholutecas, nagrandanos, dirianos y orotiñas, que se asientan desde la bahía de Fonseca hasta el golfo de Nicoya inclusive, y luego continúa diciendo que de los pueblos de Costa Rica, Panamá y Darién solo se conocen referencias secundarias y denominaciones aisladas. Así, alrededor de la bahía de Chiriquí se mencionan: el pueblo de los changuenes, al suroeste de la misma el pueblo de los térrabas, en el sureste el pueblo de las borucas, etc.
Desafortunadamente, no me es posible investigar toda la literatura en este momento para proporcionar datos confiables sobre las tribus que habitaron Costa Rica. Por lo poco que puedo decir al respecto, me parece que esta pregunta, en todo caso, solo se puede responder de manera muy inadecuada.
De los autores más antiguos, quiero destacar el pasaje frecuentemente utilizado de Torquemada10, Monarquía Indiana, vol. III, cap. 40, que, hasta cierto punto, resulta algo confuso, pero del cual, omitiendo los detalles que no pertenecen al tema discutido, se puede resumir de la siguiente manera:
El pueblo de Nicaragua y el de Nicoya, también llamado magues (supuestamente llamados mangues) originalmente habitaba el desierto de Xoconochco (hoy Soconusco en Chiapas). Los de Nicoya que vivían en el interior, hacia las montañas, descendían de los chololtecas, que originalmente habitaron Cholula bajo Quetzalcóatl, de donde probablemente fueron expulsados por Huemac, vide vol. III.
Torquemada dice expresamente que chololtecas y chorotegas son lo mismo. Los de Nicaragua son de Anáhuac, o mexicanos, y habitaron la zona costera del Soconusco. Ambos pueblos eran numerosos y, según la sugerencia de Torquemada, fueron atacados aproximadamente en el siglo IX d.C. por sus antiguos enemigos, los olmecas, quienes, según el vol. III, cap. 8, formaron una de las siete tribus toltecas y habitaron Tlascala, a los que derrotaron y sojuzgaron. Para escapar de la opresiva esclavitud, deciden emigrar según la ley y según las instrucciones de los sacerdotes. Después de veinte días de caminata, llegan a la zona de Guatemala, donde muere uno de sus líderes sacerdotales. Después de haber vagado cien leguas más, hasta la provincia que los españoles llamaban Choluteca o Chorotega (hoy Orotina), muere el segundo jefe sacerdotal, que antes les había hecho varias profecías.
Parece que los dos pueblos se separaron en esta migración. Los de Nicaragua establecieron asentamientos en Guatemala, p.e. Elzales, Mictlán, Izcuintlán, donde se les conoce con el nombre de pipiles; también se dice que algunos de ellos penetraron hasta el mar del Norte (mar Caribe) y allí fundaron asentamientos hasta Desaguadero y Nombre de Dios, luego regresaron, encontrando a los de Nicoya ya asentados. Los sacerdotes les aconsejaron que subieran tres o cuatro leguas más, donde encontrarían una laguna de agua dulce, y así lo hicieron, deteniéndose en lo que hoy es León en Nicaragua. Pero como el difunto sumo sacerdote había profetizado que se establecerían en otro lugar, finalmente se dirigieron 27 leguas más hasta Nicaragua propiamente dicha, donde mataron a algunos de los habitantes locales mediante un truco, mientras que la otra parte se fue donde los de Nicoya. Después siguen asentados en Nicaragua. Torquemada también señala que la provincia de Nicoya tiene cuatro pueblos principales, a saber: Nicoya, donde los residentes llevan piedras en los labios11 igual como los de Pánuco en México, Cantren, Orotina y Chorote
En este informe se puede ver que el dato sobre los habitantes de Costa Rica es solo de los que viven alrededor del golfo de Nicoya. Sigue siendo cuestionable si los chorotegas no se encontraron a residentes más antiguos, o si los desplazaron, como se menciona particularmente para los pueblos de Anáhuac en Nicaragua. En cualquier caso, nos enteramos de que los aborígenes nicaragüenses se refugiaron con los chorotegas de Nicoya12.
Brasseur de Bourbourg13, quien tanto en su Popul-Vuh, pág. CC, y con más detalle aún en su Histoire des Nations civilisées, vol. II, libro V, cap. III, que se basa en el informe de Torquemada, aunque algo embellecido, en el mapa adjunto a la obra señala que toda Costa Rica estaba habitada por los chorotegas; que es quizás lo que Fischer tenía en mente cuando lo afirmó; pero no hay más evidencia de esto en el texto, aunque también se señala en el Popul-Vuh, pág. CCXIII que se pueden rastrear trazas de las chorotegas hasta Nueva Granada.
Bancroft14 en su Native Races of the Pacific States, vol. I, cap. II, indica que los cholutecas y los chorotegas -que por lo demás son vistos como sinónimos de una tribu- viven separados en la bahía de Fonseca en Nicaragua y Honduras, mientras que, para Costa Rica menciona a los orotiñas, guetares, blancos al oeste y a los guatusus, talamancas, valientes y ramas al este. En lo que respecta a las chorotegas, Bancroft se refiere esencialmente a las obras de Brasseur que acabamos de mencionar.
Wm. M. Gabb en su conferencia sobre “Las Tribus Indias y Lenguas de Costarica” en la American Philosophical Society, Philadelphia 187515, da la siguiente información sobre la población del presente: Todos los indios de Costa Rica pertenecen a una sola familia, a excepción de los guatusos que habitan en el noroeste, en la llanura norte y este de la gran cordillera, y en el sur del Lago Nicaragua (según Bancroft, Squier16 creía que eran naboas), de quienes poco se sabe. Los habitantes del sur y sureste son más conocidos. Los térrabas viven en el lado del Pacífico, emparentados con los tiribis. Según la tradición, se dice que los últimos emigraron desde el lado Atlántico. Junto a ellos, en un solo pueblo viven los borucas, o como ellos mismos se llaman, los bruncas, quienes parecen ser los inmigrantes más antiguos. Ambas tribus viven bajo el completo control del gobierno y bajo la influencia de los misioneros cristianos, mientras que los del lado atlántico, apoyadas por la naturaleza del país, se han mantenido mucho más independientes. Aquí se encuentran tres tribus estrechamente relacionadas: Los cabécares desde las fronteras de la civilización hasta el lado occidental del Coen, afluente del río Tiliri o Sicsola [sic]. Junto a ellos los bri-bris en el lado oriental del Coen en la región del Lari, Uren y Zhorquin y en el valle que se extiende alrededor de las desembocaduras de estos ríos. Los tiribis, reducidos a unas pocas almas, en dos pueblos del río Tilorio o Changina. Se dice que en el nacimiento de este río todavía viven algunos changinas, que deben ser muy salvajes, mientras que en la parte baja del mismo vivían los Shelabas, que ahora están completamente extintos.
Una tribu relacionada, los valientes, todavía viven a lo largo de la costa, más allá de las fronteras de Costa Rica. Se dice que otros autores mencionaron aún otras “tribus”, como por ejemplo los biceitas, de los cuales no se sabe nada en el país, pero que quizás habiten en el distrito al oeste de los bri-bris. Los bri-bris son los líderes de las tres tribus mencionadas y en realidad reciben el nombre de Blancos que les dieron los españoles, aunque a menudo se les da el mismo nombre a las otras dos tribus.
Gabb, quien realizó sus propios estudios en el país, critica las declaraciones de Bancroft y destaca los siguientes errores: En la región de Salamanca17 existen cabécares, bri-bris y tiribis, que, como se dijo anteriormente, fueron nombrados por los españoles como blancos, mientras que Bancroft aquí menciona a los valientes, que viven al sur y sureste de la Bahía de Chiriquí. Bancroft trasladó a los rama, que viven en Nicaragua, a la costa de los Mosquitos. La mayor parte de Costa Rica, en la Meseta Central, con las ciudades de Atenas, San Ramón, Alajuela, Heredia, San José, Cartago, etc., que contiene la población hispanoamericana, es asignada a los blancos por Bancroft, y en las costas de la bahía de Nicoya, Bancroft señalaba a los orotinas y güetares, donde ya no viven indios. Por el contrario, no se menciona ningún indio en el suroeste, donde viven los térrabas y los bruncas. Por supuesto, Bancroft menciona que las térrabas y chánguenas, tribus salvajes, se encuentran en el oeste, pero en realidad éstas se limitan a uno o dos pueblos y están bajo el control de misioneros cristianos. Las changuinas o changinas están, como se mencionó anteriormente, casi completamente extintas.
Gabb constata que el número de indios se ha reducido considerablemente, de modo que, por ejemplo, en la provincia de Talamanca, donde hace dos siglos vivían miles de personas, ahora sólo quedan 1.200 almas. Se afirma además que los dialectos del sur de Costa Rica se pueden dividir en tres grupos: 1. Bri-bri y Cabécar, 2. Tiribi y Térraba, 3. Brunca o Boruca. Se dice que estos dialectos tienen muchas raíces en común y se diferencian entre sí, como las lenguas latinas. Sin embargo, no se hacen más comparaciones con las lenguas tribales más antiguas de México y Centroamérica, lo que podría indicar la filiación de las principales tribus mencionadas por Gabb.
Llama la atención que Gabb afirme expresamente que ya no hay indios alrededor de la bahía de Nicoya, mientras que, por ejemplo, Berendt en sus Remarks on the Centers of ancient Civilization in Central-America, y Frantzius en su traducción del informe de viaje de Palacios18, citan a los chorotegas que, según Torquemada y otros, debían haber vivido allí. Esta misma parte de Costa Rica parece ser la única de la que se dan datos definitivos sobre la antigua población. Por otra parte, las comunicaciones de Gabb corresponden a la actualidad, y sólo pueden proporcionar información de forma limitada sobre la población en la antigüedad.
Los datos históricos que nos hablan de las migraciones de los pueblos americanos no son de ningún modo suficientes para dibujar una imagen clara, aunque solo sea a grandes rasgos, porque, incluso si se nos da alguna información en un contexto razonable sobre el período de poder de tribus individuales de México y América Central, esto solo se remonta a unos pocos siglos antes de la conquista española y toda la historia anterior está envuelta en la oscuridad de mitos escasos, todavía poco iluminados. Además, las tribus tan poderosas dejaron poca o ninguna información sobre los grupos subyugados o expulsados por ellas, y que en algunos casos pudieron haber tenido un pasado aún más ilustre, que fue más o menos decisivo o al menos influyente para los vencedores, lo que p.ej. podría probarse para los aztecas. Aun cuando México y Centroamérica, este último en particular, han sido escenario de feroces batallas entre diferentes pueblos por la propiedad y el poder, carecemos de una idea clara de la duración y los límites de tales posiciones de poder; en todas las zonas existen ruinas imponentes que indican la antigua sede de una cultura relativamente compleja y altamente desarrollada, pero solo en muy pocos casos se las pueden identificar con certeza con los portadores de esta cultura. Hasta ahora los estudios lingüísticos han arrojado la mayor luz sobre muchos aspectos de la oscuridad de aquellos tiempos pasados. El Dr. Berendt (l.c.), basándose principalmente en estos estudios, ha comprobado tres grupos culturales para Centroamérica: el de los mayas, cuya tribu principal ocupa Yucatán, el de los chorotegas, que viven en tres facciones, separadas una de otra por los nohoas, desde la bahía de Fonseca hasta los alrededores de la bahía de Nicoya, y finalmente, más lejos, el de los coibas o cuevas, un pueblo que, muy fragmentado en la época de la conquista pero unido por una misma lengua, habitaba el propio istmo, desde el golfo de Urabá hasta las costas del Pacífico y a lo largo de la costa Atlántica hasta el golfo de Chiriquí.
Más allá de los vacíos que en Centroamérica queda para rellenar después de esta demarcación, hay que tener en cuenta que cada uno de estos tres grupos tenían muchas diferencias internas en sus usos y costumbres, como se desprende ya de las diferencias de idioma dentro de la misma familia lingüística. Además, los nahoas se habían instalados, en parte, en lugares ubicados entre estos grupos, extendiendo de esta manera sus invasiones hasta Centroamérica. Con tales hechos, debe parecer arriesgado en este momento nombrar a ciertas tribus como las creadoras originarias de los hallazgos arqueológicos, incluso si se conoce el lugar donde fueron encontrados, ya que incluso una misma localidad puede haber albergado diferentes grupos de habitantes.
Sin embargo, los estudios lingüísticos tampoco son suficientes para resolver tales cuestiones, sino que, como ha subrayado Berendt (l.c.), una amplia colección arqueológica científicamente obtenida, debe poder ayudar a conseguir resultados satisfactorios, teniendo en cuenta en la medida de lo posible los datos históricos. Hasta el momento todavía son raros los resultados, como los logrados, por ejemplo, por Bransford, quien dedujo de los hallazgos hechos en la isla de Ometepec en el lago de Nicaragua, publicados en Contributions to Knowledge, no. 383 Smithsonian Institution 188119, que varias capas de objetos, ubicados en diferentes profundidades, pertenecieron a épocas separadas y en este caso también a pueblos distintos. Esto no quiere decir que todo el material arqueológico que no haya sido recolectado de la misma manera sea inútil. Este material será bienvenido por el investigador solo si está relacionado con informaciones confiables y precisas sobre su ubicación original, como es el caso de la colección de Bremen; pero desafortunadamente esta información confiable se carece a menudo para muchos de los materiales de México y Centroamérica almacenados en otros museos y colecciones privadas.
Por supuesto, la utilidad de estas colecciones, que se encuentran dispersas por Europa y América, sólo se hace evidente cuando se las hace accesibles a un estudio completo a través de textos e imágenes. Entonces, podremos clasificar por comparación, grupos más amplios de objetos, provenientes de diferentes pueblos y épocas, a partir de las cuales se podrán desarrollar más fácilmente, evidencias más específicas que puedan darnos, con el apoyo de investigaciones históricas y lingüísticas, una imagen más satisfactoria sobre la diversidad de orígenes y las fases de desarrollo de los habitantes de América. Me parece que tal uso del material [las colecciones arqueológicas] es, sin perjuicio de los estudios especiales, una tarea mucho más gratificante y, de antemano, más importante que la -a veces- propuesta de centralizar al máximo el material, que, aunque pudiera llevarse a cabo, requeriría que las autoridades estatales pertinentes también emplearan al menos diez veces más especialistas, con la aprobación de fondos importantes para permitir un procesamiento que fuera beneficioso para la ciencia.
Me gustaría discutir aquí una segunda interrogante. Fischer (l.c.) señaló en tratados anteriores que la jadeíta, la cloromelanita, la nefrita, etc. aún no se habían encontrado en estado natural en México ni en Centro o Sudamérica, pero que las mismas variedades [líticas], usadas para productos de arte en México y Centroamérica, también ocurren en materia prima proveniente de Asia.
Después llega (l.c., pág. 155) a la suposición aparentemente obvia, de que los pueblos civilizados de América podrían haber llegado a conocer este material en Asia y haberlo traído a la propia América, o haberlo obtenido a través de rutas comerciales.
Siendo la opinión frecuentemente defendida que, en algún momento, aunque fuera lejano, los pueblos americanos experimentaron un desarrollo común con los pueblos asiáticos o fueron influenciados significativamente por ellos en su desarrollo cultural, uno podría buscar y encontrar confirmación en lo que dijo Fischer. Pero, en primer lugar, me gustaría señalar que la conclusión de Fischer se basa en la suposición de que, como estos minerales aún no se han encontrado en América, tampoco se pueden encontrar allí. Si la suposición de que no ocurre nada parece más justificado para Europa, que ha sido ampliamente investigada geognósticamente con bastante precisión en todas las direcciones, la situación para América, es decir, especialmente México, América Central y del Sur, es probablemente diferente, ya que estos países sólo han sido investigados geognósticamente en menor escala, por lo que no se puede excluir la posibilidad de que estos minerales ocurren de forma natural.
Incluso si, después de una extensa investigación literaria, Fischer llega a la conclusión ciertamente justificada de que no existe ninguna prueba positiva y científicamente fundamentada de la existencia de estos minerales en América (se puede encontrar más información al respecto en las dos obras “Nefrita y jadeíta” y “Mineralogía como ciencia auxiliar de la arqueología, etc.”), surge la pregunta de ¿si se puede encontrar evidencia indirecta? Esto sólo podría resolverse si se pudiera demostrar que Chalchihuitl, la piedra verde tan valorada en México y Centroamérica en la antigüedad, era idéntica a la nefrita o la jadeíta o era una expresión colectiva de ciertas variedades de estos minerales.
En las dos obras mencionadas, Fischer también ha publicado una gran cantidad de material sobre el Chalchihuitl y los intentos de identificarlo, pero ha dejado la cuestión en sí sin resolver. Si vuelvo sobre esto es para resaltar, desde mi punto de vista, algunos datos tal vez puedan utilizarse en el sentido indicado anteriormente. Fischer muestra cómo, incluso en los tiempos modernos, la nefrita y la jadeíta se confunden entre sí o con el jaspe, etc., porque faltaban investigaciones científicas precisas, y la evaluación macroscópica fácilmente induce a error.
Por lo tanto, es doblemente natural que podamos esperar por parte de los antiguos autores españoles como Sahagún, Torquemada, Herrera, Bernal Díaz del Castillo, que no eran mineralogistas, solo descripciones superficiales de aquel Chalchihuitl, asociables según los conocimientos científicos actuales con varias cosas. Por ejemplo, Sahagún que es el más detallado, enumera en realidad una serie de minerales con sus nombres mexicanos y los describe superficialmente, incluidos los tipos Chalchihuitl, esmeralda, turquesa y jaspe, que eran diferentes para los antiguos mexicanos. Si los autores españoles mencionados en sus informes sobre tales piedras solo usan el nombre mexicano para Chalchihuitl y el nombre español para las demás piedras, esto prueba que Chalchihuitl les era desconocido y que no tenían ninguna expresión adecuada para ello.
Se cuenta, por supuesto, que al principio los soldados españoles consideraban al Chalchihuitl como una esmeralda inferior, pero esto pronto debió dejar de serlo; y Molina, en su Diccionario de la lengua mexicana, tradujo Chalchihuitl como “esmeralda inferior” (esmeralda baja), así que probablemente esto se deba sólo a una similitud superficial, porque él no pudo dar una definición científica.
Sahagún separa expresamente el Chalchihuitl de las esmeraldas de diversos grados y también de las turquesas, y su descripción superficial de las mismas se adapta muy bien a algunas variedades de nefrita o jadeíta. Si en los tiempos modernos Blake, como señala Fischer, plantea la opinión, por lo demás bien motivada, de que Chalchihuitl debe referirse a las variedades de turquesa que encontró en Nuevo México, me gustaría seguir la teoría de Fischer (l.c.) y adherirme a la refutación dada por él, el hecho de que en el manuscrito Mendoza (vide Kingsborough20, vol. I y texto del vol. V) se menciona en las listas de tributos, además de sartas de cuentas de Chalchihuitl, también las turquesas y se las muestran con su colorido verde, respectivamente en su correspondiente color azul claro. Sin embargo, llama la atención que en estas listas de tributos no se menciona ninguna otra piedra preciosa o semipreciosa, a pesar de que los pueblos enumerados en este contexto se encuentran repartidos por todo el extenso Imperio Azteca. Si se valoraba las esmeraldas más que la turquesa, como parece probable, se podría asumir nuevamente, basándose en las circunstancias recién mencionadas, que el Chalchihuitl es sinónimo de esmeralda. Sin embargo, la clasificación de Sahagún y los diferentes nombres mexicanos ya mencionados hablan en contra de esto. Si Chalchihuitl no puede ser ni esmeralda ni turquesa, entonces la opción más probable parece ser la identificación con algunas variedades de nefrita o jadeíta de color verde particularmente intenso, que, según las listas de tributos, aparentemente estaban disponibles en esas áreas. En este caso presumo, las localidades de los pueblos especificados podrían dar una indicación de los yacimientos naturales de esta clase de piedras.
Debo mencionar una circunstancia más. Cabe señalar que, en los textos de aquellos antiguos autores, así como en el citado manuscrito mexicano, el término Chalchihuitl siempre parece referirse únicamente a productos en forma de perlas, aceitunas o cilindros, y nunca a otros que sean productos más extensos y más valiosos en si como amuletos, figuras humanas y animales, etc. ¿No debería esto explicarse por el hecho de que el término Chalchihuitl solo se usaba para denominar piedras que eran particularmente verdes o que se distinguían por alguna otra propiedad especial, y que éstas solo se encuentran en pequeñas piezas en la naturaleza, las que solo se pueden usar para la producción de los objetos mencionados de tamaño reducido? Hasta qué punto esta suposición está justificada, dada la identificación del Chalchihuitl con alguna variedad de nefrita o jadeíta, debo dejar al juicio de un mineralogista.
Para quienes no tienen acceso a la obra de Kingsboroug, puede ser de interés conocer los nombres de los pueblos obligados a abastecer a Chalchihuitl. Estos pueblos son los siguientes, que se dice están en parte en la zona cálida y en parte en la zona templada: Coayatlahuacan, Texopan, Tamacolapan, Yanantitlan, Tepuzculula, Nochiztlan, Xaltepec, Tamazolan, Mictlan21, Coaxomulco, Cuicatlan, Tochtepec, Xayaco , Otlatitlan, Cocamaloapa , Michapan , Ayotzintepee, Michatlan, Teotitlan, Xicaltepec, Oxitlan, Tzinacoztoc, Mixtlan, Tototepec, Chinantlan, Ayozintepec, Cuezcomatitla, Puetlan, Teteutlan, Tlacotlal, Toztlan, Yauotlan, Yxmatlatlan, Tepecuacuilco, Chilapan, Ohuapa, Huitzoco, Tlachmalacac, Yoalan, Cocolan, Atenanco, (‘hilacachapa, Teloloapan, Oztoma, Ychcateopa, Alahuiztla, Cuezalan, Xoconochco, Ayotlan, Coyoacan, Mapachtepec, Mazatlan, Huiztlan, Acapetlatlan, Hnehuetlan, Ochpaniztli, Cuetlaxtlan, Mictlanquauhtla, Tlalpanicytlan, Oxichan, Acozpa, Teocioacan, Tuchpa, Tlatizapa, Zihnanteopa, Papantla, Ozelotepec, Miahuaapa. La ubicación de los pueblos escritos en letras negritas se puede determinar inmediatamente con facilidad e incluye tanto el altiplano, como la costa oriental (Papantla), así como los estados de Oaxaca (Mictlan) y Chiapas (Soconusco).
Hasta donde yo sé, la supuesta importación de materias primas de Asia suscita serias preocupaciones desde otro punto de vista, que también me gustaría tratar aquí, ya que, después de todo, la cuestión es muy interesante. Todos estos productos elaborados con jadeíta, cloromelanita, nefrita, etc., están estrechamente relacionados, tanto por su tratamiento técnico como por su uso y significado, con muchos otros productos elaborados con otros materiales que se han encontrado junto con ellos y no se pueden ni se deben considerarlos, de manera aislada visto de una perspectiva etnográfica. El material total de los hallazgos muestra, a pesar de que se trata de varios grandes grupos procedentes de diferentes pueblos civilizados de América, un carácter específicamente americano, y [de esa manera] se pueden distinguirlos fácilmente de los productos de otros pueblos, especialmente de los asiáticos, salvo raras excepciones, como, por ejemplo, los objetos simples en forma de hacha o cincel, también conocidos con una forma idéntica o similar en otros países.
A partir de este material, en casos individuales, se puede proponer que provienen de diferentes fases del desarrollo del correspondiente grupo cultural americano en cuestión, aunque no es posible determinar el momento de su creación. Sin embargo, todo el asunto muestra un carácter que encaja muy bien en el marco de la imagen que tenemos de los pueblos civilizados americanos a partir de los datos históricos, tanto americanos como españoles, provenientes principalmente de los siglos XVI y XVII, y de las últimas declaraciones como poderes independientes. Existe, por tanto, una conexión y una cierta continuidad que se extiende hasta los tiempos históricos. De esto se concluiría que, si bien sólo una parte de estos productos, corresponde al período histórico, la materia prima para su fabricación también debió estar disponible en la misma época, y que, si fueron importados de regiones tan lejanas como Asia, también deberíamos tener evidencia histórica de esto, si no de América, al menos de Asia, cuyo tiempo histórico se remonta mucho más atrás que el de América.
Sin embargo, hay que objetar en contra de esta conclusión que la materia prima, y particularmente aquellos minerales, de los que se supone su importación de Asia, podrían haber sido introducidos en un tiempo muy lejano que elude cualquier transmisión a través de la tradición o los datos históricos, de modo que la memoria de su importación no se podía prolongar hasta los anales históricos de los pueblos americanos, los que en un contexto razonable se remontan al menos al siglo XIII o XIV.
Sin embargo, tal suposición sólo permite las dos posibilidades siguientes. O la materia prima se almacenó en algún lugar de ese pasado y estuvo disponible hasta tiempos históricos para la producción de diversos productos, lo cual es impensable; o los productos elaborados a partir de esos minerales provienen todos de ese pasado y han pasado de mano en mano durante siglos, heredados hasta la época histórica, lo cual no es probable porque entonces tendrían que diferir significativamente de algún modo de los productos que se encuentran entre ellos, ya que pertenecen a una fase diferente de desarrollo. En contra de tal herencia de mano en mano a través de muchos siglos y bajo aquellas circunstancias también hablaría el hecho de que, por ejemplo, en la colección de Costa Rica en Bremen, como se dirá más en adelante, hay once cabezas planas de jadeíta, que fueron encontradas en una tumba, y apenas tienen pocas diferencias entre sí, al menos debían proceder del mismo centro productivo, si no de la mano del mismo artista.
Solo se podría refutar estas objeciones suponiendo que los numerosos productos fabricados con otros materiales, que se encontraron junto con los de jadeíta, etc., también se fabricaban en aquellos tiempos prehistóricos. Pero esto no es permisible, porque se puede demostrar que muchos de estos productos fueron elaborados tanto con esos minerales como con otros materiales, y por eso, deben pertenecer a las últimas fases de desarrollo de la cultura americana antes de la conquista por los españoles. Además, tampoco es bien concebible que con los más diversos hallazgos en México y América Central sólo se hayan descubierto los sitios culturales más antiguos de los pueblos americanos, y no también los más recientes, que, al no estar influidos por la influencia española, debieron remontarse al menos hasta el siglo XVI.
Incluso me inclino a opinar que la mayoría de los hallazgos, en la medida en que han sido extraídos de la tierra, pertenecen a los últimos siglos de esta época. Ahora también se podría considerar la posibilidad de que las piezas procesadas fueran reelaboradas en épocas posteriores por ser su material valioso y, por supuesto, también llevaran el sello de una cultura posterior. Aunque esto parezca improbable en general, lo que hablaría particularmente en contra es que, según las investigaciones de Fischer, muchas piezas, incluso las de excelente escultura, aún presentan las características que las hacen reconocibles como elaborados de pedazos de escombro, características que, especialmente en ciertas formas, se habría perdido obviamente en muchos casos, si se hubiera reelaborado estas piezas.
Por las razones expuestas, me parece poco probable que la materia prima se importe en cualquier momento y por cualquier medio. Por otro lado, también se puede decir con bastante seguridad que no se puede pensar en una importación de las piezas procesadas desde Asia, porque representan una cultura peculiar, específicamente americana y, en todo caso, sólo ofrecen similitudes aisladas y superficiales con los productos de otros países, especialmente los de Asia. Creo que Fischer estaría totalmente de acuerdo conmigo.
Ahora pasaré a la descripción de la colección en sí. Las hermosas figuras de amuletos plano-convexos, elaborados en forma de hachas (compárese vol. VII, l.c., placa IX, fig. 258 y placa XXI, figs. 22-25) que no muestran variaciones notables entre sí, están particularmente caracterizados en la parte descrita por Fischer22 , como el mismo autor enfatiza. La figura 20 de la placa IX23 es más diferente, con los brazos separados y las piernas diferenciadas, como ya ha observado Fischer. Pero también puedo añadir que esta figura es similar a varias más grandes hechas de material más tosco y que probablemente difiere de aquellas figuras de amuletos en términos de significado y uso. Fischer destaca que, además de los antebrazos que se encuentran horizontalmente sobre el cuerpo y se tocan con las manos, en la fig. 23, l.c., los mismos se colocan uno encima del otro. Al menos todavía están horizontales, lo que me parece especialmente característico en comparación con las figuras mexicanas, ya que esas están orientadas en ángulo hacia arriba y se cruzan entre sí, lo que significa que la postura respetuosa, común en el Oriente [de Asia], se caracteriza mejor. Las cabezas planas de los amuletos son peculiares (l.c., placa IX, figs. 37, 40). Hay once piezas de estas cabezas, que no presentan diferencias entre sí, por lo que podemos creer fueron realizadas por el mismo artista. Esta coincidencia de un número relativamente elevado de objetos valiosos parece indicar un centro manufacturero de importancia considerable. Entre los artículos de joyería, Fischer enumera en la fig. 2724 un tubo de 23cm de largo, dudosamente hecho de esquisto de mica. Hay tres de ellos en la colección, que llaman mucho la atención por las dificultades de producción, el tamaño inusual y el carácter cuestionable de su uso.
Los siguientes son los objetos que me parecieron particularmente característicos cuando examiné la colección y que me gustaría dividir en categorías siguiendo el ejemplo de Fischer.
Armas de piedra, herramientas, mesas de moler, etc.
Además de los objetos en forma de hacha o cincel, ya descritos por Fischer, y otros objetos similares producidos de materiales más toscos, solo existe una llamada punta de lanza, según el catálogo, manufacturada en sílice25.
Faltan por completo cuchillos de obsidiana, puntas de flecha, etc.
En la Lámina I se muestran las siguientes armas de piedra de formas peculiares:
Figura 1. (No. orig. 119). De Aguacaliente26, Provincia de Cartago. Arma que hay que imaginar con un mango integral: me parece de pizarra.
Figura 2. (No. orig. 107). Procedente de Turrialba, Provincia de Cartago. Arma que debe usarse de manera similar a la anterior. Me parece de piedra caliza.
Figura 3. (Número original probable 106). Del área de Cartago. Maza de piedra con un agujero para clavar en el mango, que recuerda a las mazas peruanas.
Figura 4. (No. orig. 122). De Unión Tres Ríos, Prov. de Cartago.
Figura 5 (No. orig. 121). De Palmares, Prov. de Alajuela. Dos mazas de piedra muy toscamente elaboradas con un agujero perforado para insertar el mango. No. 4 presenta en dos lados opuestos una cabeza que sobresale y que probablemente pretende representar una cabeza humana. No. 5 sólo tiene una cabeza de animal que sobresale en un lado, lo que no puede interpretarse de forma más específica.
Más conocidas son las mesas de moler (metatl, metate en español), de las que también se dice que hay muy similares en Nicaragua. Están ricamente representadas en la colección de Bremen y se interpretan como animales estilizados, con una cabeza de animal en un lado del plato cóncavo. Sobresale de la placa, que tiene los lados decorados, al igual que la cola en el lado opuesto. El Museo de Hamburgo también posee piezas y dibujos de este tipo. Todo el concepto y el hecho de que la placa se apoya sobre cuatro pies27 en lugar de tres la distinguen de las mesas de molienda mexicanas. También me gustaría mencionar que nuestro museo de Hamburgo recibió recientemente de Costa Rica una mesa de moler de este tipo, supuestamente de época moderna, que tiene tres soportes y una cabeza de animal saliente, y cuya forma, salvo esta última característica, se parece mucho más al estilo tipo mexicano.
Esculturas en piedra de diversos tipos
Lámina 1, fig. 10. (No. orig. 1). De Agua Caliente, Prov. de Cartago. Una laja de piedra muy afilada y limpiamente tallada, de 1,18 metros de altura, con un pájaro posado en la parte superior. Probablemente el pájaro pretenda representar un búho, pero también puede interpretarse como un loro. Esta laja solo se puede imaginar de pie en posición vertical, ya que el acabado es igual de limpio por delante y por detrás. No me queda claro para qué pudo haber servido, aunque la idea de una lápida surge fácilmente, lo que no es muy probable según los hallazgos de Charnay28 en Teotihuacán (ver Globus, vol. XLI, no. 15), que él interpreta como lápidas toltecas. Sin embargo, la forma difiere de las toltecas. Pero esto sería irrelevante si realmente se pudiera demostrar que en las tumbas se colocaron piedras conmemorativas o lápidas, aunque no sean lápidas en el sentido que entendemos. La creencia que todavía existe hoy en México de que el tecolote (¿búho de trigo?) es un ave que presagia desgracia o muerte podría adaptarse a la representación que aquí se ofrece.
Hay varias figuras humanas hechas de roca, entre ellas [se encuentran] las siguientes, que considero típicas.
Lámina I, Fig. 6. (No. orig. 21). De Tejar, Prov. de Cartago. Figura agachada, toscamente elaborada, con ojos semiesféricos protuberantes. De catorce figuras de este tipo, once tienen la barbilla apoyada en la mano, posición que no ocurre en ninguna de mis numerosas figuras mexicanas, de las cuales todas tienen los brazos apoyados uno encima del otro o cruzados sobre las rodillas sin tocar la barbilla. De las tres excepciones mencionadas, una se muestra en la figura siguiente, que por cierto muestra la particularidad de tener a lo largo de la espalda unas gibas salientes en forma de nudos, que aparentemente pretenden marcar las vértebras dorsales, ya que no puede tratarse de un tocado colgante o similar. La misma peculiaridad se puede encontrar en seis de las figuras mencionadas aquí y también ocurre en las mexicanas de mi colección, tal como recuerdo haberlas visto en figuras individuales de México en el Museo de Berlín.
Lámina I, Fig. 7. (No. orig. 18). De Cartago, ciudad. Me refiero a lo dicho anteriormente y sólo agrego que en esta figura los párpados aparecen abultados y cerrados.
Lámina I, Fig. 9. (No. orig. 48). De San Ramón, Prov. de Alajuela. Hay varias figuras de este tipo, erguidas y de proporciones idílicas. Este tipo de representación, como ya se mencionó anteriormente en las piezas descritas por Fischer, no aparece en mi colección de figuras de piedra mexicanas; solo en una pieza de serpentina. La figura aquí representada llama especialmente la atención por la cabeza o máscara29 (?) que sostiene entre sus manos.
Lámina I, Fig. 8. (No. orig. 58). De Turrialba, Prov. de Cartago. La mitad inferior de la figura está rota. La pieza está razonablemente elaborada, los ojos están tratados como en la fig. 9 y la nariz larga, ancha y recta, que aquí está bien conservada, es característica del tipo de persona representada en la colección en general. El cabello está estilizado en mechones uniformes, similar a los estilos egipcio y asirio, y cuelga, largo hacia atrás. Algo parecido aparece entre mis objetos mexicanos. La peculiar sujeción de los pezones entre los dedos abiertos recuerda a la ilustración de la diosa persa (¿) Anahita en la Historia de la antigua Persia de Juste y podría hacer creer que se supone que la figura pertenezca al género femenino; sin embargo, los pechos están muy poco elevados. De acuerdo con el habitus mexicano también el peinado hablaría en contra del género femenino.
También es peculiar una corona formada por varias figuras, que aparentemente sirvió de base para una vasija. Las figuras representan monos (¿), que están alineados alternativamente de pie y boca abajo con los brazos extendidos para formar una corona30.
Cerámicas
Los productos pertenecientes a esta categoría ofrecen, a través de sus formas y la decoración, en parte plástica y en parte a través de la pintura, una gran variedad y una expresión relativamente más libre de lo pretendido, que puede ser el caso entre los objetos de piedra. Por lo tanto, suelen ofrecer una imagen más completa del modo de ver las cosas y del sentido artístico de sus creadores. El consumo sorprendente de estos objetos, explicado por circunstancias diversas, ha impulsado necesariamente la representación artesanal y esto, junto con la falta de ayudas técnicas, puede haber contribuido a que la idea artística se viera perjudicada en muchos casos por una ejecución superficial e inexacta. En las representaciones realistas de personas y animales, pero especialmente en el uso inadecuado de tales modelos, especialmente en sus vasijas, los peruanos probablemente alcanzaron los mayores logros entre los pueblos americanos civilizados. Un uso más limitado y a menudo más artístico de estos motivos se puede encontrar en el México antiguo y en parte en América Central. Este no es el lugar, ni esta colección proporciona el material apropiado, para desarrollar esta afirmación. Sin embargo, también en esta colección se pueden encontrar pruebas de ello. Las figuras 28 y 29 de la Lámina IV revelan, por ejemplo, un mejor uso de modelos realistas que las figs. 19, 20, Lámina II, que recuerdan a las vasijas peruanas. La estilización, tal como la vemos realizada principalmente en tejidos peruanos, evocada por el material y la técnica, está aquí representada, aunque de forma más o menos primitiva; p.ej. por la fig. 25 en la Lámina III.
En general, esta colección costarricense muestra menos excelencia en cerámica que la que tengo en mi colección mexicana. El material rara vez es tan fino, los colores utilizados para pintar son más limitados y consisten en rojo, marrón rojizo, marrón, marrón negro y blanco. El pulimento obtenido al frotar a menudo resulta defectuoso. Algunos vasos tienen temblores, es decir al agitarlas, las bolas introducidas en los pies huecos y hendidura suenan, como también es característico de las vasijas mexicanas, a diferencia de las vasijas peruanas con flauta. Es difícil decidir si las vasijas se hicieron en un torno, ya que, si se hubiera usado, habría sido primitivo y las huellas desaparecerían fácilmente al pulirse. Gabb señala l.c. que las vasijas de la zona de Talamanca están hechas a mano alzada, similares a las de Santo Domingo. Las decoraciones aplicadas casi siempre tienen el mismo carácter, y obviamente se las produjeron mediante astillas y a través de muescas, agujeros, etc.; algunos de ellos también imitan toscamente collares de perlas.
En las formas y especialmente en las decoraciones, se encuentran algunos ecos de las características de las tribus vecinas, como mencionaré en casos individuales. De acuerdo con un comentario de Frantzius31 que se enumera a continuación, Bransford l.c. también dice que los fragmentos pintados de Nicoya son muy similares a las vasijas de barro que encontró en Ometepec, a las que llama Luna-Ware en honor al dueño del terreno. Estas vasijas están en parte pintadas, en parte muestran decoraciones aplicadas además de la pintura y tienen un carácter completamente peculiar que, como muestra Bransford, debe pertenecer a una época más antigua y, al menos, en mi opinión, se refiere a un nivel artístico inferior, que los objetos de Santa Elena y Pueblo Viejo, los cuales tienen un carácter decididamente tolteca o náhuatleco. Las vasijas de Nicoya en la colección de Bremen ciertamente no coinciden con el estilo de las decoraciones de las vasijas Luna, de hecho, son mucho más acordes con algunas de mis vasijas mexicanas, lo que quiero enfatizar, aunque sólo se trata de algunas piezas que aún no son de las mejores.
Lámina II
Fig. 11. (No. orig. 943). De la ciudad de Cartago. Olla con cara, que recuerda a las urnas faciales de Pomerania, con cuatro muescas espaciadas uniformemente en el vientre. Hecha de arcilla roja con una capa negruzca.
Fig. 12. (No. orig. 942.) De Santa Ana. Prov. de San José. Olla no pintada, con adornos aplicados que representan un rostro. Los párpados y el labio superior aparecen como hileras de esferas perforadas. Los párpados están abultados y cerrados.
Fig. 13. (No. orig. 772). De Agua Caliente, Prov. de Cartago. Olla de barro rojo con capa marrón muy frotada. Pertenece al estilo de la fig. 11, aunque difieren la forma y la decoración más rica. El borde del cuello, así como las bandas superior e inferior del vientre, están cubiertos con las mismas decoraciones que se usaron para crear la cara de la fig. 12.
Fig. 14. (No. orig. 587.) De Heredia. Prov. de Heredia. Vasija doble sin pintar, con crestas aplicadas y decoradas con agujeros. Recuerda las formas peruanas.
Fig. 15. (No. orig. 1037). De Tierras Blancas, Prov. de Cartago. Vasija de barro rojo con capa negruzco, lisa con restos de decoraciones aplicadas en el cuello y borde superior del vientre. Pertenece al estilo de las figuras 11 y 13.
Fig. 16. (No. orig. 527). De la ciudad de Cartago. Vasija muy bonita de tres soportes con un patrón inciso en el cuello y los pies, que tiene el carácter Nahuatleco, aunque la forma de la vasija es extrañamente diferente. Según Squier, Bancroft muestra una vasija muy similar de Costa Rica.
Fig. 17. (No. orig. 606). De Mojón32, Prov. de San José. Vasija trípode sin pintar, con decoración incisa y aplicada; este último, muestra nuevamente las esferas perforadas, pero aisladas. Los soportes están rotos.
Fig. 18. (No. orig. 868). De Liberia, ciudad. Vasija con decoración sencilla pero bonita, realizada en color marrón rojizo, que corresponde al carácter náhuatleco.
Fig. 19. (No. orig. 677). De Nicoya, Prov. de Liberia33. Vasija extraña con forma de animal. El color de fondo es blanco y el peculiar arabesco (¿) en el vientre tiene un contorno negro, en el centro rojo con un borde en color claro de la arcilla.
Fig. 20. (No. orig. 720). De Nicoya, Prov. de Liberia. Vasija con forma de humano jorobado y en cuclillas, pintada de rojo, la cara, el lado interior de los brazos y las piernas amarillentas. Los labios y párpados están abultados y cerrados.
Lámina III
Fig. 21. (No. orig. 1031). De Cartago, ciudad. Hermosa vasija de tres soportes, de color arcilla clara con decoraciones incisas que corresponden al carácter náhuatleco. Los soportes están rotos.
Fig. 22. (No. orig. 1061). De Cartago, ciudad. Vasija de tres soportes, sencilla, pintada de marrón, bellamente pulida, con soportes calados de formas extrañas que no contienen cascabeles. El original se conserva íntegro.
Fig. 24. (No. orig. 649). De Heredia, ciudad. Vasija trípode en color arcilla clara, decorada con sencillas líneas marrones. Los soportes de la vasija, que parecen cabezas, tienen protuberancias encima de los ojos, decoradas con agujeros y cascabeles. El uso de cabezas de animales y humanos como bases de vasijas se encuentra a menudo en las vasijas mexicanas. El original se conserva íntegro.
Fig. 25. (No. orig. 504). De Puriscal, Prov. de San José. Vasija con el lado interior muy rica y extrañamente decorado. El patrón está hecho en color marrón y presenta una cara estilizada en el medio. En términos de estilo, es muy similar a la vajilla Luna, al menos más que los otros patrones representados, pero es muy extraño y recuerda más a los modelos norteamericanos.
Lámina IV
Fig. 27. (No. orig. 511). De Tierra Blanca34, Prov. de Cartago. Según su tamaño y forma, probablemente se pueda clasificar este objeto como un incensario, aunque en México esos todavía tienen paredes laterales elevadas y caladas. El objeto está ahuecado superficialmente, en forma de cuchara, con un tallo cuyo extremo bifurcado se curva ligeramente hacia arriba y que está decorado con crestas aplicadas y un animal erguido de cuatro soportes, de difícil interpretación.
Fig. 28. (No. orig. 536). De Turrialba, Prov. de Cartago. Esta hermosa vasija, aunque desafortunadamente incompleta en los soportes, está pintada de color marrón y sin brillo desde el cuello hacia abajo, en el cuello es de color rojo brillante. La banda aplicada en el margen inferior del cuello tiene la forma de un hilo de perlas y está bordeada por líneas blancas en su parte superior e inferior. Los soportes en forma de lagartija también fueron pintados de blanco; son huecos y tienen un hueco, por lo que probablemente también contengan cascabeles que actualmente pueden estar pegados en la tierra en su interior. La bella forma, adecuadamente realzada por la pintura, y el uso bonito de las lagartijas en los soportes, hacen de esta vasija, junto con la siguiente, la mejor y más singular de la colección.
Aún quedan otros fragmentos, especialmente de soportes, que parecen corresponder a vasijas similares, incluido un soporte de 25 a 30 cm de altura.
Fig. 29. (No. orig. 1078). De Tierra Blanca, Prov. de Cartago. Pieza similar a la anterior y en mejor estado. Está pintada en rojo, pero sólo el cuello está pulido. La banda de perlas aplicada, los ojos de los pájaros utilizados como soportes, los bordes del hueco en el lomo de los pájaros, así como una línea en sus colas, son blancos.
Fig. 30. (No. orig. 1062). De Tierra Blanca, Prov. de Cartago. Figura arrodillada con un niño en los brazos, utilizada a modo de flauta35, cuya boquilla está unida a la parte superior del casco. La figura está bien alisada, con un fondo de color arcilla clara, a base de ello está el dibujo en colores blanco, rojo y marrón. Nuestro museo de Hamburgo tiene figuras con una flauta hechas con una técnica muy similar y supuestamente procedentes del Chiriquí.
También me gustaría mencionar que hay una vasija en la colección de Bremen que es casi idéntica a la ilustración de Bancroft36, l.c., vol. IV, pág. 22, fig. 3, que también proviene de Costa Rica. Además, un recipiente de tres soportes con paredes bajas y sin pintar tiene un tamaño considerable de aproximadamente 45 cm en diámetro.
Joyas
Lámina IV, Fig. 2037. Amuleto de oro, que representa una figura humana, la cual tiene una cabeza de animal con la boca abierta, encontrado junto con otros objetos en Puriscal, Prov. de San José y listado sin número en el catálogo. Las piezas situadas encima de la cabeza y debajo de los pies, así como el cuerpo de la figura, están fundidas. Los cordones del cinturón y de las rodillas están hechos de alambre de oro y la cabeza también está hecha enteramente de alambre y, por lo tanto, está calada. Quizás también estén adheridos los pezones, o al menos los genitales masculinos, fuertemente marcados.
Frantzius, l.c., pág. 66, menciona que encontró una sorprendente similitud entre las antigüedades de Chiriquí, incluida la orfebrería, y las de Nicoya. Berendt, l.c., pág. 11, afirma que los objetos de oro encontrados en tumbas de Chiriquí, en parte martillados y fundidos, en parte hechos de láminas de oro con adornos de alambre aplicados, corresponden a la cultura Coiba. El Museo Etnográfico de Hamburgo también conserva objetos de oro procedentes de estos hallazgos funerarios: dos piezas originales y numerosas imágenes que el director del museo adquirió hace años en Panamá38. Aunque la técnica citada por Berendt también puede adaptarse a la pieza aquí comentada, las dos piezas originales de Chiriquí mencionadas no son correctas en cuanto a que son mucho más masivas y de trabajo más tosco. Están ahuecadas, bastante gruesas, una representa una rana, la otra una figura parecida a la que aquí se muestra. Sin embargo, les faltan las placas base y las decoraciones aplicadas. Por otro lado, en las ilustraciones se incluyen estas placas de sujeción, así como diversas figuras que parecen tener una técnica más cercana a la aquí descrita y que además aparentemente presentan decoraciones en alambre aplicado. Gabb menciona, l.c., pág. 519, que los jefes de las tres tribus que habitan la región de Talamanca usan adornos de oro en ocasiones ceremoniales, similares a los encontrados en Chiriquí. Se dice que sólo quedan cuatro o cinco de estas piezas, que miden entre 3 y 4 pulgadas de alto y representan pájaros, incluido uno con dos cabezas. No se pudo determinar si estas piezas provienen de aquellos hallazgos funerarios en Chiriquí o si fueron transmitidas de mano en mano en la antigüedad.
Además de esta pieza, también hay un cascabel de oro en forma de pera, la misma que también tengo de México.
Lámina III, fig. 23. (Original sin número, pero similares listados bajo los nos. 163, 194 del catálogo) de Tierra Blanca, Prov. de Cartago. El catálogo dice: Cuentas de vidrio venecianas encontradas en tumbas, probablemente obtenidas como medio de intercambio inmediatamente después del descubrimiento del país. Las cuentas, en total seis, son azules en la línea central, bordeadas por ambos lados con una línea en zigzag blanca y rojas en la parte superior e inferior. Ya se han encontrado ejemplares casi idénticos en tumbas prehistóricas de América del Norte y, si no me equivoco, también en Europa y son, sin duda, de origen europeo.
También hay 35 fragmentos de cuentas cuadradas perforadas que miden aproximadamente ½ cm de diámetro. Su pieza más grande es 62 mm de largo. Están hechos de vidrio superpuesto, de color verde oscuro por dentro y recubiertos con una capa más fina, de color azul claro o cobalto por fuera. Algunas de estas piezas están ligeramente torcidas en su eje y todas tienen bordes salientes algo bulbosos. Tengo unos idénticos de túmulos funerarios que se encuentran cerca de la antigua ciudad totonaca de Cempoallan39, sólo que muestran una hermosa capa opalescente que parece ser producto de la erosión. También estas cuentas de vidrio con aproximadamente de 2 cm de largo, serán de origen europeo, aunque de momento no he encontrado nada más concreto sobre ellas40.
Finalmente, me gustaría presentar un desglose de los objetos según su ubicación.
Provincia de Cartago
De Cartago y alrededores: Lámina I, Figs. 3, 7; Placa II, Figs. 11, 16; Lámina III, Figs. 21, 22
De Agua Caliente: Lámina I, Figs. 1, 10; Placa II, Fig. 13
De Turrialba: Lámina I, Figs. 2, 8; Placa IV, Fig. 28
De Unión de Tres Ríos: Lámina I, Fig. 4
De Tierras Blancas: Lámina II, Fig. 15; Placa III, Fig. 23; Lámina IV, Figs. 27, 29, 30
De Tejar: Lámina I, Fig. 6
Provincia de San José
De Puriscal: Lámina III, Fig. 25; Placa IV, Fig. 26.
De Santa Ana: Lámina II
De Mojón: Lámina II, Fig. 17
Provincia de Alajuela
De Los Palmares: Lámina I, Fig. 5.
De San Ramón: Lámina I, Fig. 9.
Provincia de Heredia
De la ciudad de Heredia: Lámina II, Fig. 14; Placa III, Fig. 24
Provincia de Liberia
De la ciudad de Liberia: Lámina II, Fig. I8
De Nicoya: Lámina II, Fig. 19, 20.
Cuando, como en este caso, se trata sólo de una selección de la colección que cuenta con más de mil números, no es permisible sacar una conclusión sobre si se pueden formar grupos basándose en el carácter de los objetos, lo que indicaría diferencias características entre los creadores. Esto sólo podría ser posible después de un procesamiento adecuado y después de la organización recomendada de la colección por ubicación. Sin embargo, quizás haya lugar para algunas sugerencias aquí. Entre las esculturas hechas de varios tipos de roca, sólo la fig. 10 de la placa I muestra un mayor nivel de arte y en este sentido se acerca a las buenas esculturas de las tribus de descendencia nahoa o maya. Según mi opinión las vasijas de las figs. 11-15 y la de la fig. 17 de la placa II ocupan el nivel más bajo entre las cerámicas, que a pesar de sus localidades diferentes todas proceden de la sierra, en cuanto la técnica y el sentido artístico se expresan en la decoración. También los objetos de las figs. 27-29 de la placa IV pertenecen a esa técnica subordinada, que, sin embargo, ya muestra avances en algunas direcciones (forma y color). De acuerdo con sus localidades pertenecen al área antes mencionado. Las vasijas de las figs. 16, 21 que también aparecen allí quedan fuera del marco, en la medida en que la localidad lo amerita, y pertenecen a un desarrollo artístico superior y probablemente también a otra tribu que forma parte del grupo de la cultura nahuatleca. Los objetos de la provincia de Liberia, figs. 18-20 y también fig. 30, aunque se registra un lugar de descubrimiento diferente aquí, pueden fácilmente separarse como peculiares y me parece que también pertenecen al gran grupo de la cultura nahuatleca, aunque deberían ocupar una posición especial dentro de ella.
Referencias bibliográficas
Adams, H. (1891). The abbé Brasseur de Bourbourg. The Proceedings of the American Antiquarian Society, 7(Part 2), 274-290. https://www.americanantiquarian.org/proceedings/45439581.pdf
Anónimo. (1882). Desiré Charnay’s Ausgrabungen in Mexico und Central-America [Las excavaciones de Desiré Charnay en México y América Central]. Globus, XLI, 15. https://dlibra.bibliotekaelblaska.pl/dlibra/publication/34919/edition/33026/content
Bancroft, H. H. (1875). Native Races of the Pacific States of North America. Vol. 1 Wild Tribes. D. Appleton and Co. https://archive.org/details/nativeraces01bancrich/page/n8/mode/1up
Bancroft, H. H. (1886). The Native Races. Vol IV Antiquities [Cap. IV Antiquities of the Isthmus, Costa Rica, Mosquito Coast, and Nicaragua]. The History Company, Publisher. https://archive.org/details/cihm_14155/page/n46/mode/1up
Berendt, C.H. (1876). Remarks on the Centers of ancient Civilization in Central America and their geographical distribution. Douglas Taylor Printer. https://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=inu.30000006615508&seq=5
Bransford, J. F. (1881). Archaeological researches in Nicaragua. Smithsonian Contribution to Knowledge 383. Smithsonian Institution. [republicado en 1885, Smithsonian Institution Contributions to Knowledge 25]. https://archive.org/details/archologicalre00branrich/archologicalre00branrich/
Bransford, J. F. (1884). Report on explorations in Central America. Visit to Costa Rica. Annual Report of Regents of the Smithsonian Institution for the year 1882, 813-825. https://ia801607.us.archive.org/10/items/annualreportofbo1882smit/annualreportofbo1882smit.pdf
Brasseur de Bourbourg, A. C.-E. (1861). Popol Vuh. Le livre sacré et les mythes de l’antiquité américaine avec les livres héroïques et historiques des Quichés. Arthus Bertrand. https://archive.org/details/CollectionDeDocumentsDansLesLangues/page/n13/mode/2up
Brasseur de Bourbourg, A. C.-E. (1858). Histoire des Nations civilisées du Mexique et de L´Amerique-Centralem durant les siècles antérieurs a Christiphe Colomb, écrite sur des documents originaux et entièrement inédits, puisés aux anciennes archives des indigénes. Arthus Bertrand. https://catalog.hathitrust.org/Record/001445369
Brinton, D.G. (1884). Memoir of Dr. C. H. Berendt. American Antiquarian Society, 205-210. April.
https://www.americanantiquarian.org/proceedings/48057595.pdf
Committee of the Conchological Society. (1904). The seventieth birthday of Hermann Strebel. Journal of Conchology, 11(2), 58-60. https://doi.org/10.5962/p.405764
Fischer, H. (1881). Bericht über eine Anzahl Steinskulpturen aus Costarica. Abhandlungen herausgegeben von naturwissenschaftlichen Verein zu Bremen, 7, 153-185. https://www.biodiversitylibrary.org/item/105780#page/161/mode/1up
Fischer, H. (2007). Informe sobre un número de esculturas de piedra de Costa Rica (Trad. de O.H. Lücke, O.H. y G.E. Alvarado). Revista Geológica de América Central, 37, 45-64. https://archivo.revistas.ucr.ac.cr//index.php/geologica/article/view/4206/4030
Gabb, W. (1892). Informe sobre la exploración de Talamanca verificada durante los años 1873-1874. Anales del Instituto Físico Geográfico Nacional, Tomo V, 67-92. https://www.sinabi.go.cr/biblioteca%20digital/revistas/anales%20del%20instituto%20fisico%20geografico/anales%20del%20instituto%20fiiico%20geografico%20nacional%201892/Anales%20del%20Instituto%20Fisico-Geografico%20Nacional%20T5%20p58-120.pdf
Gabb, W. (1875). On the Indian tribes and languages of Costa Rica. Proceedings of the American Philosophical Society, v. 14. McCalla & Slavery Printers. https://catalog.hathitrust.org/Record/009601329
Herrera, A. (2001). Tecnología alfarera de grupos ribereños de la cuenca del Golfo de Nicoya durante los Periodos Bagaces (300-800 d.C.) y Sapoá (800-1350 d.C.). (Tesis de licenciatura). Universidad de Costa Rica. https://repositorio.sibdi.ucr.ac.cr/items/da04b432-f77f-4d65-8a0f-6fa18d89abbe
Kingsborough, E. K. (1831). Antiquities of Mexico: ancient Mexican paintings and Hieroglyphics. Robert Havell & Colnaghi, Son and Co. https://library.si.edu/digital-library/book/antiquitiesmexi1king
Künne, M., y Rojas Garro, M. (2026). Los inicios de la arqueología científica y los objetos de metal de la Gran Chiriquí. Cuadernos de Antropología, 36(1). https://doi.org/10.15517/fz3ah226
Mason, J. A. (1945). Costa Rican stonework. The Minor C. Keith Collection. Anthropological Papers of The American Museum of Natural History, 39, Part 3. https://digitallibrary.amnh.org/items/ec34d8a4-ebc0-4231-9648-a6038d2498e2
Müller, F. (1873). Allgemeine ethnographie. Wien A. Hölder. https://archive.org/details/allgemeineethnog00ml/page/n3/mode/2up
Museo Municipal de Historia, Etnología y Comercio. (1879). Informe anual. Bremen.
Lüders, C. W. (1888). Der grosse Goldfund in Chiriquí im Jahre 1859. Jahrbuch der Hamburgischen Wissenschaftlichen Anstalten, 6, 19-25. https://www.zobodat.at/pdf/Jb-Hamburg-Wissenschaft-Anstalten_6_0019-0025.pdf
Pfeffer, G. (1914). Zum tode Hermann Strebel [Sobre la Muerte de Hermann Strebel]. Verhandlungen der Naturwissenschaftlichen Vereins in Hamburg, 8-16. https://www.zobodat.at/pdf/Verh-Naturwiss-Ver-Hamburg_22_0008-0016.pdf
Quirós, E. (1941). Un siglo de vida diplomática y consular en Costa Rica (1841-1941). Revista Archivos Nacionales, 5(9-10), 528-540.
Quirós, L. H. (2021). Biografía Alexander von Frantzius, notable pionero de nuestras ciencias naturales. Revista de Ciencias Ambientales, 55(2), 340-350. https://doi.org/10.15359/rca.55-2.17
Torquemada, J. de, Irala, M. de, y Rodríguez, F. N. (1723). Monarquía Indiana. https://archive.org/details/monarquia-indiana.-vol-i_202109/Monarquia%20Indiana.%20Vol%20III/page/n5/mode/1up
Secretaria de Relaciones Exteriores. (1896). Colección de tratados. (Alemania. Tratado de amistad, comercio y navegación con el Imperio Alemán, pp. 1-16). Tipografía Nacional. https://www.sinabi.go.cr/Biblioteca%20Digital/LIBROS%20COMPLETOS/Coleccion%20de%20Tratados/Coleccion%20de%20Tratados.pdf
Strebel, H. (1883). Bericht über die Sammlung Alterthümer aus Costarica im Bremer Museum. Naturwissenschaftlicher Verein zu Bremen, VIII, 233-253. https://archive.org/details/abhandlungenhera08natu/page/n5/mode/2up
Strebel, H. (1884). Die Ruinen von Cempollan im Staate Veracruz (Mexico), Mittelilungen über die Totonaken der Jetztzeit, Ruinen aus der Misantla-Gegend [Las ruinas de Cempollan en el estado de Veracruz (México), información sobre los totonacas del tiempo presente, ruinas de la zona de Misantla]. Abhandlungen des Naturwissenschaftlichen Vereins in Hamburg, VIII, Teil I. https://www.zobodat.at/pdf/Abh-Gebiete-Naturwiss-Hamburg_8_0001-0040.pdf
The Editors of Encyclopaedia Britannica. (1 de mayo de 2025). Hubert Howe Bancroft. Encyclopedia Britannica. https://www.britannica.com/biography/Hubert-Howe-Bancroft
Übersee-Museum Bremen. (2020). Chronik des Übersee-Museums: 120 Jahre im Wandel (1899-2019). https://www.uebersee-museum.de/wp-content/uploads/2020/12/Chronik-des-Uebersee-Museums-1.pdf
Übersee-Museum Bremen. (s.f.). History. https://www.uebersee-museum.de/en/about-us/the-museum/history/
Vargas Amador, J. R. (2011). Arqueología del mestizaje: Los sitios Paso Real (P-192PR y Santa Rosa 1 (C-205SR-1). (Tesis de licenciatura). Universidad de Costa Rica. https://antropologia.fcs.ucr.ac.cr/images/sampledata/documentos/investigacion/tesis.pdf
Wikipedia. (4 de agosto de 2024). Hermann Strebel. https://en.wikipedia.org/w/index.php?title=Hermann_Strebel&oldid=1238564780
Wikipedia. (24 de septiembre de 2025). Johann Wilhelm Spengel. https://de.wikipedia.org/w/index.php?title=Johann_Wilhelm_Spengel&oldid=255604685
Zachary, N., Scheetz, B., Mata Amado, G., y Prado, A. (2009). Composite mirrors of the ancient maya: ostentatious production and precolumbian fraud. The PARI Journal, IX(4), 1-7. https://www.mesoweb.com/pari/publications/journal/904/PARI0904.pdf
Contribución de personas autoras (CRediT)
M. Rojas Garro: conceptualización, curación de datos, análisis formal, investigación, metodología, administración del proyecto, recursos, supervisión, visualización, redacción- borrador inicial, redacción- revisión y edición.
M. Künne: conceptualización, curación de datos, análisis formal, investigación, metodología, supervisión, redacción- borrador inicial, redacción- revisión y edición.
Anexo 1. Láminas de Fischer (1881)
1 Carl Hermann Berendt (Danzig 12 noviembre 1817- Guatemala 12 abril 1878) estudió medicina pero trabajó más prolíficamente en la etnología y lengua de los pueblos indígenas de América Central. Su participación en el Parlamento Preliminar y los siguientes eventos de la revolución liberal de 1848 le obligaron a emigrar a América en 1851. Entre 1853 y 1855 Berendt visitó varias regiones de Nicaragua y Veracruz (sur de México), a partir de la cual inició su interés por la lengua y la arqueología mexicana, a la que se dedicó por completo después de 1862 (Brinton, 1884)
2 Stettin es el nombre histórico de la ciudad Szczecin ubicada en Polonia en el presente.
3 Übersee-Museum Bremen (2020).
4 Durante la II Guerra Mundial, el 20 de diciembre de 1943 una bomba cayó sobre el edificio del museo, destruyéndolo completamente. Con gran esfuerzo el museo se reabrió en 1949. Es posible que mucha de la documentación y piezas de la Colección Lahmann se haya perdido en este evento. Ver: Übersee-Museum Bremen (s.f.).
5 Nota de los Traductores (NT): Publicado originalmente como: H. Strebel (1883). Las cuatro láminas con 29 dibujos que acompañan el texto incluyen la escala de cada dibujo. Sin embargo, la colección analizada por Strebel se componía de más artefactos, los cuales algunos se mencionan, pero de los cuales no hay dibujo.
6 NT: Johan Friedrich Lahmann (*1830-†1898). Cónsul de Prusia en Costa Rica, por al menos el lapso entre 1868 y 1896. Ver: Quirós (1941) y Secretaría de Relaciones Exteriores (1896)
7 NT: Johann Wilhem Spengel (*1852-†1921). Zoólogo de formación, asumió la dirección del Museo de Bremen en 1881 (Wikipedia, 2025)
8 NT: Heinrich (1881), publicado en español por Lücke y Alvarado (2007).
Heinrich Fischer (*1817-†1886). Estudio medicina y la practicó por un tiempo; luego desarrolla su interés por la zoología, la mineralogía y la geología. Posteriormente se interesa por el estudio de pueblos prehistóricos. Es en este último campo donde aporta sus valiosos análisis de la colección arqueológica procedente de Costa Rica. En 1881 se integra a la American Antiquarian Society (Wikipedia, 2025).
9 NT: Müller (1873)
10 NT: Torquemada et al. (1723).
11 NT: Estas piedras son las llamadas “bezotes”, piedras preciosas que se insertaban en la perforación realizada en el labio inferior. Este adorno era utilizado principalmente por la nobleza y los guerreros en la antigua Mesoamérica.
12 NT: Acerca de estudios del proceso de rechazo o asimilación de ambos grupos puede consultarse: Herrera (2001).
13 NT: Brasseur de Bourbourg (1858, 1861). Adams (1891). Charles Etienne Brasseur cc Braseseur de Bourbourg (*1814-†1874). Sacerdote francés, reconocido por su interés y dedicación al estudio de la arqueología, la etnología y la historia precolombina de Mesoamérica. Su labor misional por México y Centro América entre 1848-1863 le posibilitó ser pionero en dichos estudios. Para mayores datos biográficos.
14 NT: Bancroft (1875). Bancroft (*1832-†1918). El grado honorario de Master of Arts otorgado por Yale University es un reconocimiento por sus trabajos como etnólogo, su obra Native Races of the Pacific States, y la biblioteca especializada que logró formar con textos históricos y etnológicos sobre el Oeste de Estados Unidos, Texas, California, Alaska, México, Centro América y Columbia Británica (The Editors of Encyclopaedia Britannica, 2025).
15 NT: Gabb (1875). William Gabb (*1839-†1878). Gabb fue contratado por el gobierno de Tomás Guardia en 1873 para la elaboración del mapa del sur de Costa Rica. Además de este mapa, logró obtener importantes notas etnológicas de los pueblos indígenas que habitaban la región. Además, formó una importante colección de objetos etnográficos y de historia natural, los cuales envió al Smithsonian Institution, Washington, EEUU. Además, ver: Gabb (1875, 1892).
16 NT: No se halló la publicación de Squier.
17 NT: El nombre correcto es Talamanca. Las siguientes veces que aparece en el texto se corrige error.
18 NT: Alexander von Frantzius (*1821–†1877). Médico alemán que llegó al país con el fin de aliviar una dolencia pulmonar. Permaneció y trabajo en Costa Rica de 1853 a 1868. De regreso a Alemania se mantuvo muy activo en la Secretaría General de la Sociedad Alemana de Antropología entre 1868 a 1875. Publicó varios artículos y folletos sobre el país y sobre temas antropológicos. Ver: Quirós (2021). Se desconoce la referencia completa sobre el Informe de Palacios.
19 NT: Bransford (1881) John F. Bransford (*1846-†1911). Estadounidense, médico de profesión, le fueron asignadas algunas misiones como diplomático y arqueólogo por lo que realizó investigaciones arqueológicas en Centro América por asignación del Smithsonian en Nicaragua (1876), Nicaragua y Costa Rica (1877), Guatemala, Honduras y Costa Rica (1882). Además, mucha de su labor está relacionada con el interés de su gobierno en la construcción de un canal interoceánico entre Nicaragua-Costa Rica, el que se terminó construyendo en Panamá y se inauguró en 1914. Adicionalmente, ver: Bransford (1881, 1882).
20 NT: Kingsborough (1831). Edward King, Lord Kingsborough (*1795–†1837). Anticuario irlandés al que se le reconoce como uno de los primeros en poner a disposición copias de los reportes de los primeros exploradores de las ruinas prehispánicas. Por datos adicionales acerca de vida y obra de Kingsborough, ver: Zachary et al. (2009).
21 NT: Los nombres de estos pueblos están subrayados en el artículo en alemán, sin indicar la razón.
22 NT: Fischer. (1881). Ver láminas en el Anexo 1.
23 NT: Error, el número correcto de Lámina es II [dos].
24 NT: Ver Lámina VII.
25 NT: El termino técnico escrito en alemán es Kieselsinter = sílice sinterizado.
26 NT: Este es el nombre de la localidad, en referencia a las aguas termales del rio que discurre al sur de la misma. Este rio, en algunos mapas geográficos actuales aparece como una sola palabra o separada. En siguientes referencias en el texto, el error se corrige sin anotación alguna.
27 NT: El termino técnico en nuestro medio es “soporte”. En el resto del texto donde aparece pie o pata será cambiado a soporte.
28 NT: Anónimo (1882). Karl Andrée es el fundador de la revista alemana Illustrirte Zeitschrift für Länder- und Völkerkunde. No es autor de los artículos publicados en esa revista a pesar de que varios de sus textos aparecieron de forma anónima. El artículo en cuestión fue publicado en 1882. Sin embargo, Karl Andrée falleció en 1875. Entonces, es mejor dejar [Anónimo] como no aparece ningún autor sobre el texto mismo y no se puede verificar si el texto publicado fue escrito por Richard Andrée (quien es el sucesor e hijo de Karl Andrée) o por otra persona encargada.
29 NT: Este tipo de escultura en piedra sería años más tarde reconocida como con una representación de cabeza trofeo, característica de la región central en el lapso temporal 800 a 1350 años d.C.
30 NT: No hay dibujo de este tipo de pieza; pero por la descripción brindada, se trata de una salvilla. En colecciones formadas recientemente, se ha hallado este tipo de piezas también en cerámica. Un ejemplo similar se presenta en Mason (1945, Fig. 7).
31 NT: Strebel no da ninguna referencia del texto citado de von Frantzius. Además, tampoco se halló ninguna referencia de Bransford (1881) acerca de von Frantzius. Así mismo, las cerámicas policromas similares a las de Nicoya son obviamente objetos del vecino sitio Santa Elena (Bransford 1881, p. 55 ss.), pero no las del grupo Luna.
32 NT: La localidad de el Mojón es actualmente como se conoce al distrito de San Pedro del cantón de Montes de Oca.
33 NT: La denominación actual es Provincia de Guanacaste.
34 NT: En el original se escribió “Tierras Blancas”, siendo lo correcto el nombre en singular. Esta zona se encuentra en la ladera oriental del macizo del volcán Irazú. En siguientes apariciones de esta localidad, el nombre ha sido corregido.
35 NT: Por la descripción dada de la pieza, esta sería más bien lo que se denomina como ocarina.
36 NT: Bancroft (1886, p. 22, Fig. 4).
37 NT: En el original se indicaba el número 26, lo cual es un error.
38 NT: Strebel hace aquí referencia al extraordinario hallazgo de Bugabita del cual escribiría Carl W. Lüders posteriormente. Ver Lüders (1888), Künne y Rojas (2026).
39 NT: Strebel (1884).
40 NT: Por la descripción dada, estas cuentas de vidrio efectivamente son de origen europeo, llamadas cuentas millefiore [Mil flores]. Se han encontrado principalmente en contextos funerarios de las sociedades indígenas que existían al momento e inmediatamente posterior al contacto con los europeos. La pieza incluida en la Lámina III es del tipo conocido como “Chevron”, y la otra mencionada de color azul cobalto es del tipo conocido como “Nueva Cádiz Twisted”. Para mayores datos de bienes similares hallados en Costa Rica ver: Vargas (2011).