
Daniel Ugalde Barrantes • La revolución como aporía democrática: el lenguaje político sandinista y la constitución... 1313
Con esto estamos tratando de fortalecer nuestro proceso, no vamos a seguir discutiendo
reglas del juego, las reglas del juego las pone el pueblo y el que quiere, que las juegue y el
que no, que se vaya, o el pueblo lo aplasta. (Ortega , 1981, p. 13)
La cita anterior evidencia que el fundamento de pluralismo político no se
sostiene. Nuevamente, se parte de una interpretación del pueblo como unidad, pero
en esta ocasión Ortega crea una división retórica entre quienes forman parte del
pueblo y quienes no. Con esto cierra cualquier posibilidad de disenso en torno al
concepto de revolución, el pueblo se considera una unidad sólida que no admite
voluntades plurales. Como lo ha planteado el historiador francés Pierre Rosanvallon
(2012) la idea del “pueblo uno” es una cción que ha sido utilizada en muchas revo-
luciones para justicar el poder concentrado en un partido político. En ese sentido,
cuando el FSLN se entendió como único representante legítimo del pueblo, pero a
la vez aceptaba las formas institucionales de una democracia plural, se hizo evidente
otra aporía: el intento de representar al pueblo como unidad en un marco que institu-
cionaliza su diversidad (el de las democracias liberales).
Ciertamente, los grupos guerrilleros que privilegiaron el uso de la vía armada
en Centroamérica2 y se constituyeron como fuerzas de izquierda3 se encontraban,
o bien políticamente aislados —como es el caso de Costa Rica y Honduras— o
negociando su ingreso al escenario de la participación política legal como ocurrió
en El Salvador, en Guatemala y en Nicaragua (Torres-Rivas, 1991). Si bien la crisis
política, económica y militar que vivía la región centroamericana en la década de
1980 causó preocupación, algunos de los cambios que experimentaron las institu-
ciones políticas del istmo dieron paso a un sentimiento de conanza y esperanza
con respecto a la posible consolidación de instituciones democráticas en el istmo
(Rovira, 1996; Kruijt, 2008; Díaz, 2025).
En Honduras, la junta militar que gobernaba en 1982 entregó el poder a una
Asamblea Constitucional y se llamó a elecciones presidenciales. Por su parte, en El
Salvador hubo elecciones en 1982 y en 1984, al igual que en Nicaragua, donde se
convocaron elecciones presidenciales en 1984 (Díaz, 2025). Esto signicó un cambio
importante del posicionamiento de los ciudadanos nicaragüenses con respecto a la
vía armada (Bataillon, 2014). En ese contexto político y social, se desenvolvió el
concepto de la nueva democracia evocado por los líderes sandinistas. Con motivo del
cierre del tercer período legislativo del Consejo de Gobierno en 1982, Daniel Ortega
planteó que la revolución fue “el más grande triunfo democrático de la historia”,
dividiendo nuevamente la historia de Nicaragua en un antes y un después del 19 de
julio de 1979. También Ortega (1982) sostuvo que con la “democracia revolucio-
naria, estamos armando la democracia popular” (pp. 8-9).
La contraposición histórica entre dos Nicaraguas, nutrida por la narrativa
histórica de Sandino, del sandinismo y de la revolución, sustentaron la mitología de
la nueva democracia. En ella se manifestó la aporía de la democracia como expe-
riencia social frente a la democracia como forma. En el texto Nicaragua. La primera
frontera (1983), Sergio Ramírez evocó el concepto de soberanía y de revolución