
Leonardo Astorga Sánchez • Guerra y Propaganda. La gura de Sandino en carteles propagandísticos... 1313
sus cómplices; al hacerlo así, las proclamas adquirían un fuerte sentido moralizante
(Rojas, 2021). El martirio, además, calzaba muy bien con otra estrategia llevada a
cabo por los sandinistas: concebir a los marines como monstruos. Si bien los estadou-
nidenses caracterizaron a los sandinistas como bandidos, fueron estos últimos quienes
construyeron una imagen monstruosa de sus oponentes, catalogándoles de bestias y
bárbaros. Los seguidores de Sandino se encargaron de construir una imagen nefasta
sobre quienes se opusieran a este. Así, fortalecieron la idea de los verdaderos criminales:
los guardias nacionales saquean y, generalmente esos saqueos van acompañados de verda-
deros asesinatos, incendios, violaciones y torturas inenarrables. Todos los nicaragüenses
somos testigos de esos horrores y podemos citar innidad de casos, con nombres de
personas, fechas, lugares y crímenes.
El caso del ocial yanki Pedington, el corta cabezas, es nada comparado con millares de
salvajadas que otros facinerosos de la misma calaña han cometido y continúan cometiendo
(…) Gladen, que en, Somotillo se divertía colgando a cualquier infeliz nicaragüense y
quemándole la piel, desde la cabeza hasta los pies, con el cigarro que fumaba (…) Mcdo-
nald, que, primero, en Jinotega, dió la manía de identicar a los ciudadanos que conside-
raba sospechosos, cortándoles las orejas, acabando por matarlos fríamente a puñaladas; y
después llamado a la capital, ha sembrado el terror en las principales ciudades del interior”.
(Grupo de Obreros y Estudiantes, 1932, párr. 12-13)
Lo interesante es que, en momentos de fuerte conictividad, como el vivido
en Nicaragua entre 1927 y 1933, recurrir a la idea de monstruo para referirse a los
enemigos era una forma de normalizar y legitimar acciones que, en otro contexto,
serían vistas como cuestionables o reprobables (Díaz, 2015). Al monstricar a los
marines y a los guardias nacionales, se establecía una distancia que, como señala
Glover (2011), les privaba de su humanidad, anulando los principios morales que
evitaban acciones violentas en su contra. En este sentido, hay una completa pérdida
de simpatía (o empatía) que reduce el sentimiento de responsabilidad emocional, es
decir, se promovía una psicología de guerra.
Igualmente, la monstricación hacía eco del contraste entre dos tipos de
cultura o civilización: la nicaragüense (latina) contra la estadounidense (anglosa-
jona) (Rojas, 2021). Además, se establecía una referencia con el arielismo, corriente
encargada de recalcar las diferencias y los peligros que representaban para América
Latina (Ariel) los deseos de hegemonía de Estados Unidos (Calibán).
La representación del monstruo se valía de todos aquellos conceptos que
lograban recalcar los antivalores de la civilización estadounidense, su ambición, sus
rasgos criminales y, ante todo, la búsqueda de acabar con la libertad de los demás:
Somos nosotros los que debemos conquistar nuestro caro suelo villanamente ofendido y
pisoteado por la férrea y taconante bota de las horas conquistadoras de la piratería yanqui,
en nefasta hora importados por los esclavistas e indignos partidos, CONSERVADORES y
LIBERALES, quienes son los responsables del suplicio de nuestros hermanos ejecutados
por las manos conquistadoras, en todas la ciudades, pueblos y aldeas del país. (“Al pueblo
todo de Nicaragua”, 1932, párr. 6)