Los humanos que encontraron un modo de vida en una
embarcación
The humans who found a way of life on a ship
Iván
Alfaro Gálvez
Museo
Nacional de Costa Rica, San José, Costa Rica
ialfaro@museocostarica.go.cr, i.alfagalvez@alum.uca.es
https://orcid.org/0009-0005-2411-8892
Cómo citar:
Alfaro Gálvez, Iván. 2025. «Los
humanos que encontraron un modo de vida en una embarcación». Revista Reflexiones. Dossier Especial.
104. DOI 10.15517/rr.v104i1.63471
Resumen
Introducción:
Se presenta una reflexión sobre el papel de la arqueología del patrimonio
cultural subacuático de Costa Rica y su impacto para acercarse a investigar las
personas que vivieron en ocho embarcaciones históricas naufragadas en aguas
costarricenses
Objetivo: Reconstruir la
historia superficial de los seres humanos que convivieron en embarcaciones
históricas de Costa Rica a partir del análisis de arquitectura naval de las
mismas
Método: Mediante la
investigación de pecios en el apartado de análisis de arquitectura naval,
ubicación espacial y cronología, fue posible plantear algunas reflexiones de
seres humanos que hicieron de las embarcaciones su modo de vida.
Resultados:
El análisis de arquitectura naval de ocho embarcaciones con más de cien años de
antigüedad permitió conocer su naturaleza, así como las posibles incidencias
que desencadenaron su estado actual, en el que sólo quedan remanentes de lo que
una vez fueron barcos construidos para surcar el océano.
Conclusiones:
En un ejercicio de lo general a lo particular, se presentan algunas reflexiones
finales sobre las hipótesis que han surgido a partir de conocer la arquitectura
naval de las ocho embarcaciones naufragadas en aguas costarricenses
relacionadas con los seres humanos que decidieron configurar su modo de vida
basado en la convivencia social cerrada de un barco.
Palabras clave: Pecios,
Arqueología subacuática, Patrimonio cultural subacuático de Costa Rica, Barcos
hundidos, Mares patrimoniales costarricenses.
Abstract
Introduction: A reflection is presented on the role of archaeology of
the underwater cultural heritage of Costa Rica and its impact to approach the
investigation of the people who lived on eight historic ships wrecked in Costa
Rican waters
Objective: To reconstruct the superficial history of the human
beings who lived on historic ships in Costa Rica based on the analysis of their
naval architecture.
Method: Through the investigation of shipwrecks in the section
of analysis of naval architecture, spatial location and chronology, it was
possible to raise some reflections of human beings who made ships their way of
life.
Results: The analysis of the naval architecture of eight ships
that are more than one hundred years old allowed us to know their nature as
well as the possible incidents that triggered their current state, in which
only remnants of what were once ships built to sail the ocean remain.
Conclusions: In an exercise from the general to the
particular, some final reflections are presented on the hypotheses that
have arisen from learning about the naval architecture of the eight ships that
sank in Costa Rican waters related to the human beings who decided to configure
their way of life based on the closed social coexistence of a ship.
Key words: Shipwrecks,
Underwater archaeology, Underwater cultural heritage of Costa Rica, Sunken
ships, Costa Rican heritage seas.
Introducción
La arqueología subacuática dulce y salada
El agua se puede encontrar en la
mayor parte del planeta y es un recurso que se puede diferenciar básicamente en
dulce y salada. Ambas son recursos que el ser humano ha intentado apropiar como
fuente vital para las necesidades básicas, pero con la diferencia fundamental
de que el agua dulce se agotará en un futuro, mientras que el agua salada
posiblemente continuará después de la extinción de la humanidad. Esta
diferenciación, actualmente discutida, fue entendida desde el principio por los
primeros pobladores de lo que hoy es el territorio costarricense. El agua dulce
les permitía suplir el componente vital del cuerpo humano, mientras que el agua
salada era un desafío para conquistar, debido a que el ser humano
principalmente ha encontrado mayores dificultades desenvolviéndose en dos
ámbitos: la oscuridad y el agua. Entendiéndose también los ríos y lagos, de
agua dulce, como masas de agua similares al océano, de agua salada, constituían
un reto para la conquista de otros espacios de tierra y la obtención de
recursos marinos alimenticios, base fundamental de la dieta de algunos grupos
humanos prehispánicos que dominaron las costas y las tierras intermedias (Herrera y Solís 2011).
La arqueología especializada en los
grupos humanos que habitaron espacios terrestres en Costa Rica se encuentra en capacidad
de reconstruir la historia de las personas que vivieron en los monumentos
arqueológicos que dominaban el uso de agua dulce en sus quehaceres, en el
ámbito doméstico y funerario. Múltiples indicadores arqueológicos refieren al
uso del agua en cerámica y, probablemente, a sus representaciones en lítica, en
petroglifos y estatuaria. Hasta aquí, la arqueología subacuática en Costa Rica
ha tenido pocos progresos. Sin embargo, para habitar un espacio de agua salada
es necesario otro tipo de vivienda: una embarcación. Es cierto que
principalmente esta vivienda se trata de una travesía, es decir, un espacio
habitacional temporal mientras se consigue arribar a un objetivo, pero mientras
sucede el viaje, se origina un modo de vida distinto al que se puede evidenciar
en los espacios arqueológicos terrestres. Los pecios, vestigios de lo que una
vez fueron embarcaciones, son la prueba de esta dinámica humana.
La arqueología subacuática en Costa
Rica, por lo tanto, se ha especializado en el estudio de los pecios, los cuales
se encuentran en agua salada en su totalidad. Se trata de otra categoría de
monumento arqueológico, un espacio que se encuentra detenido en el tiempo. Un
contexto arqueológico como un pecio, tiene la misma cronología en su
integridad, y se mantiene sin alteraciones ya que el agua, la arena y los
corales protegen el patrimonio cultural subacuático mucho mejor de lo que los
humanos pueden lograr. Este gran valor agregado de la arqueología subacuática
permite investigar acerca del pasado de los seres humanos que convirtieron las
embarcaciones en su espacio habitacional. Esta tradición perduró por siglos,
hasta la actualidad. En medio de esta corta existencia humana en la Tierra,
muchos son los ejemplos de pecios en el mundo. En Costa Rica, es posible
exponer la historia de 8 de ellos mediante el análisis de arquitectura naval,
lo cual constituye un primer acercamiento a las historias de las personas que
los habitaron, las cuales, como sucede con los pecios en sí, son particulares.
Ocho embarcaciones naufragadas en aguas costarricenses
Costa Rica posee dos costas bañadas
por los océanos más grandes y profundos del mundo, y la perspectiva de poder
dominar las aguas del Pacífico y Atlántico es tan antigua como la humanidad en
sí. En esta pequeña parte del mundo, el caribe costarricense constituye toda la región geográfica de la
provincia de Limón que se encuentra directamente bañada por el océano
Atlántico. Esta zona ha tenido una intensa dinámica naval a lo largo de los
siglos, se presume que desde tiempos prehispánicos pero comprobada desde la
llegada de los europeos a América en 1492, cuando inclusive Cristóbal Colón
arribó a la isla Uvita, para entonces conocida como isla Quiribrí,
en 1502. A partir del conocimiento de la existencia de América por parte de
Europa, el continente se convirtió en ese “nuevo mundo” en donde los hombres de
una Europa afrontando difíciles condiciones económicas podían volverse ricos.
Por lo tanto, prácticamente toda nave capaz de flotar y ser dirigida fue botada al mar para el intento de la complicada ruta de
cruzar el Atlántico. Esta dinámica permaneció por cientos de años.
El atlántico norte es un océano
impetuoso. A diferencia del Pacífico o el Mediterráneo, con aguas normalmente
tranquilas y perfectas para la navegación de cabotaje, el Atlántico se
encuentra normalmente azotado por temporadas de huracanes, provocando tormentas
torrenciales, trombas y tifones. La sola idea de cruzar este océano con una
embarcación impulsada por el viento en velas plantea una travesía más
complicada que la mayoría a nivel de navegación. La única manera de lograrlo
era escapando de las noches huracanadas o los días de temporal, encontrando
tierra lo más rápido posible, lugares donde las islas o el mismo continente
formara abrigos rocosos que encerraran las aguas del Atlántico y las
convirtieran en masas de aguas más tranquilas en entornos semicerrados, como es
el caso del mar Caribe. Lograr arribar al mar Caribe aseguraba una navegación
de cabotaje y de isla a isla hasta poder fondear (acto de una nave que
permanece anclada antes de poder atracar en un puerto) cerca del continente.
El caribe costarricense, por lo
tanto, nunca estuvo exento de esta dinámica naval. Conforme los europeos se
fueron asentando cada vez más en el territorio, la población mestiza empezó a
ascender y los pequeños asentamientos de entornos costeros se convirtieron en
pueblos que normalmente lograban encontrar una subsistencia económica basada en
la pesca. El aprovechamiento de los recursos marinos ya existía en lo que hoy
es Costa Rica desde la época prehispánica, lo que provocaba que las primeras
poblaciones sedentarias convivieran cerca del mar y lograran asentarse por
mucho tiempo (Baldi
2001) Los recursos marinos
entre el 1500 a.C. y el 1500 d.C. prácticamente eran ilimitados; estos
asentamientos costeros no dependían totalmente de la agricultura, pero al
combinarla con la pesca, generaban excedentes que permitía un crecimiento
exponencial de población sostenible a lo largo del tiempo. Pero esto era ya otra época.
La intensa dinámica naval del caribe costarricense
trajo consigo la expansión de los pueblos costeros a las tierras intermedias,
el establecimiento de una capital en el centro del país como San José y el
origen de las naciones centroamericanas generalmente en torno al 1800 avanzaba
al lado de las embarcaciones que bordeaban el continente. Todo el mar Caribe se
convirtió en un auténtico foco de comercio y extraordinario intercambio
cultural que implicaba el cruce de tres facciones determinantes: grandes coronas
europeas, crecientes empresas del mar americanas y piratas. Para transportar a
estas personas, todo tipo de naves merodeaban por el caribe costarricense hacia
el 1800; desde goletas y cañoneras, pasando por bergantines y galeones, hasta
las fragatas y navíos de línea.
Y, por ende, parte natural de la
navegación es el naufragio. Un naufragio
es una tragedia, un acontecimiento que implica una pérdida económica
irrecuperable y en algunos casos, de vidas humanas. Antes de que el ser humano
fuera capaz de hacer del aire y el espacio un medio para movilizarse, un barco
constituía la tecnología más avanzada posible de la época. Perder una nave era
el equivalente a lo que se conoce hoy en día como perder un transbordador
espacial. En su momento, las mentes ingenieriles más brillantes de las
potencias mundiales se dedicaban a diseñar naves más duraderas y apropiadas
tanto para el cargamento como para el combate.
Pero el mar es impredecible y más
poderoso que el ser humano, por lo que, a pesar de todos los esfuerzos, las
embarcaciones hoy en día continúan hundiéndose. Los remanentes de los naufragios
ya sean fortuitos o intencionales, se conocen como pecios, los cuales son
fragmentos de barcos o barcos completos que encallan en zonas intermareales o
en el manto oceánico. En el caribe costarricense, se pueden encontrar tres
pecios en playa Grande de Manzanillo, en Limón.
Los pecios de zona intermareal de Playa Grande de
Manzanillo, Limón
Los monumentos arqueológicos
conocidos como Pecio Manzanillo-1, Pecio Manzanillo-2 y Pecio Manzanillo-3 se
encuentran en playa Grande de Manzanillo en la zona intermareal, separados por
aproximadamente 400 metros uno de otro. Son fragmentos de embarcaciones con
características presentes en naves del siglo XVIII descubiertas en el umbral de
tiempo entre 2018 y 2021. Cada uno de los pecios cuenta con una historia del
contexto particular a pesar de que se encuentran a tan poca distancia entre
ellos.
Pecio Manzanillo-1
Este pecio representa el hallazgo mejor
investigado en la historia de la arqueología subacuática costarricense. Fue
avistado por un residente local, Randall Villalta, el 10 de febrero de 2018,
aunque ya había sido previamente identificado por otros habitantes de la zona
mucho antes (Rojas et al. 2018).
El pecio estaba continuamente azotado por el oleaje del mar Caribe en el
momento de su descubrimiento formal (Figura 1). Para evitar que el naufragio
fuera arrastrado nuevamente hacia el mar, las autoridades policiales
costarricenses habían decidido sujetarlo a palmeras cercanas mediante sogas. No
obstante, parte de los restos de la embarcación ya había sido objeto de saqueo
por personas que frecuentaban la playa (Rojas et al. 2018).
Figura
1. Perspectivas transversal y axial de Pecio
Manzanillo-1.
Fuente:
Fotografías: Colección MNCR.
Una inspección preliminar fue
suficiente para determinar que se trataba de un fragmento de una embarcación de
gran envergadura, hecha de madera. El pecio medía 13,60 metros de largo por 5,59
metros de ancho, con un casco de 67 centímetros de grosor. Las hipótesis
iniciales sugirieron que pertenecía a la popa de un navío, cuya eslora original
se estimó en 40 metros, con una manga de 10 metros y un puntal de 4 metros (Sánchez 2019).
Debido a las características observadas en los materiales empleados en la construcción,
inmediatamente se lo consideró como un barco de valor histórico.
La inspección realizada por
arqueólogos del Museo Nacional de Costa Rica ocurrió ante la mirada de una
multitud de turistas y locales, mientras la noticia del hallazgo captaba la
atención mediática como nunca en la arqueología subacuática del país. Este
evento, además, propició la oportunidad de fortalecer lazos interdisciplinarios
entre empresas e instituciones, marcando el inicio de un importante camino para
el estudio del pecio.
En este sitio arqueológico se
lograron identificar partes significativas de la estructura sumergida del
navío, entre ellas al menos ocho varengas claramente visibles y dos genoles,
aunque sin el espacio característico que indicaría el choque entre estas piezas
(varengas y genoles son partes de las “costillas” de la nave). Debido a que el
fragmento permanecía encallado, no fue posible identificar la parte más baja de
la nave, por lo que elementos como la quilla o las tracas quedaron fuera de
alcance. No obstante, sobre las varengas se asentaba lo que parece ser la
tablazón del forro de una bodega, sobre la cual se distinguieron bulárcamas y
mamparos dispuestos de manera transversal al eje de la embarcación (bulárcamas
y mamparos son piezas de soporte de un piso en una nave). Es probable que esta
área corresponda a la cubierta del sollado, dado que las bulárcamas diagonales
y curvas de peralto, observadas en el lugar, suelen emplearse para soportar los
baos (baos son piezas de
soporte, mientras que sollado, un piso náutico). Además, se identificaron al
menos cuatro ligazones juntas, lo que sugiere que podría tratarse de una zona
donde el sistema varenga-genol experimenta una inversión, característica de la
sección central del barco (son ligazones las piezas que unen las partes de las
“costillas” de un barco).
El análisis de las bulárcamas y
mamparos resultó ser clave para obtener una comprensión más profunda sobre la
naturaleza del yacimiento arqueológico. A pesar de la presencia de líquenes,
flora submarina y daños por roturas, estos componentes se encontraban en un
estado de conservación relativamente bueno, salvo por aquellos que fueron
sustraídos durante el expolio ocurrido poco después de que el pecio fuera
desenterrado por el oleaje. Por ello, aunque las bulárcamas y mamparos se
encontraban en parte fragmentados, permanecían bastante adheridos a la tablazón
del navío, donde se podían observar claramente las cabezas de clavos de hierro,
dispuestos generalmente en pares paralelos. Algunos de estos clavos, visibles
en la parte exterior de la estructura, se hallaban doblados. Además, en uno de
los maderos sueltos se encontraron rastros de lo que parecían ser dos posibles
cabillas; sin embargo, dado que estas piezas estaban separadas del resto de la
estructura principal del pecio, no se consideraron indicadores arqueológicos
suficientemente fiables para caracterizar la arquitectura naval del Pecio
Manzanillo-1.
El siguiente paso en la investigación
del pecio fue la identificación de la madera del fragmento de la embarcación.
Para ello, se contó con la colaboración de expertos de la Escuela de Ingeniería
Forestal del Instituto Tecnológico de Costa Rica. A través de la técnica de
secciones delgadas, cortando la madera en fragmentos de entre 12 y 15
micrómetros de grosor, y utilizando tinción con safranina, se determinó que la
especie en cuestión era lárix decidua,
una conífera que crece de forma natural en regiones como los Alpes. Dado que
esta especie no se encuentra en los bosques tropicales de Costa Rica, se
concluyó, tal como se esperaba, que el fragmento pertenecía a un navío que, en
su momento, había sido construido en Europa (Sánchez 2019).
En el contexto de las investigaciones
del yacimiento, también se extrajo un pequeño fragmento de la madera para ser
datado mediante análisis de radiocarbono. Estos análisis fueron realizados en
el laboratorio Beta Analytic Inc., en Florida,
Estados Unidos. Aunque las pruebas no arrojaron resultados definitivos,
indicaron un rango cronológico confiable que situaba la madera entre los años
1721 y 1818 d.C. Con una mejor comprensión de la naturaleza del pecio, se
propuso que la embarcación era de poco calado, con características que
apuntaban a una construcción "a la inglesa", ejemplificada por el uso
de cabillas de madera y que coincidía con la fecha radiocarbónica obtenida al
momento en el que este sistema se introdujo en astilleros en España, por
ejemplo, entre 1752 y 1795 (O’Donnell 2008).
El desenlace de la historia de Pecio
Manzanillo-1 estuvo marcado por las decisiones tomadas para su conservación.
Ante la falta de presupuesto y las condiciones necesarias para transportar
toneladas de madera y hierro a un lugar seguro, y no disponer de un
emplazamiento adecuado en el entorno costero, se optó por sepultar el pecio en
la misma playa donde fue descubierto, como medida de protección contra el
saqueo. En aquel momento, esta decisión se consideró la más adecuada, pues
ofrecía una solución rápida y eficaz al problema, aunque sacrificara sus
posibilidades de investigación en un futuro. Aunque el pecio ha sido
monitoreado constantemente por el Museo Nacional de Costa Rica mediante el uso
de georradar de penetración terrestre, la ubicación en la zona intermareal,
sumada al hecho de que se encuentra totalmente sepultado, impide continuar con
su estudio de manera efectiva. Sin embargo, al menos se tiene la certeza de que
Pecio Manzanillo-1 permanece bajo la arena de Playa Manzanillo, en el Caribe costarricense,
lejos del saqueo indiscriminado que una vez lo amenazó.
Pecio Manzanillo-2
A solo 655 metros en línea recta al
sureste de Pecio Manzanillo-1 se encuentran los restos del sitio arqueológico conocido
como Pecio Manzanillo-2. Este pecio fue descubierto gracias a una denuncia
anónima un año después de los eventos relacionados con Pecio Manzanillo-1, en
la misma playa. A excepción de su registro en la base de datos del Museo
Nacional de Costa Rica y algunas
imágenes capturadas con un vehículo aéreo no tripulado, no existen detalles ni
investigaciones exhaustivas sobre este naufragio. De hecho, en una de las
últimas visitas realizadas en 2021, fue difícil localizar con precisión sus
restos, dado que los principales indicadores arqueológicos de la arquitectura
naval del pecio emergen y desaparecen con el oleaje, en diferentes épocas del
año (Badilla
2019) (Figura 2).
Figura 2. Fotografía tomada
con vehículo aéreo no tripulado de Pecio Manzanillo-2.
Fuente:
Fotografía: Colección MNCR.
El yacimiento de Pecio Manzanillo-2
se compone principalmente de maderos dispersos, de los cuales solo dos piezas
se conservan como muestras del eje longitudinal del barco. La presencia de
imbornales en estas estructuras sugiere que formaban parte de una banda de la
embarcación por encima de la línea de flotación, lo que indica que
probablemente corresponden a una sección elevada del casco (los imbornales son
los agujeros por donde se drena el agua que inevitablemente entra en la nave).
También se ha identificado un sistema de cuadernas dobles (“costillas” de la
nave). Sin embargo, dado que el análisis se ha realizado principalmente a
partir de fotografías, no se ha podido confirmar si existe una articulación
entre las cuadernas dobles, siendo necesario remover la arena para comprobar
esta conexión. En general, los indicadores arqueológicos de Pecio Manzanillo-2
apuntan a que podría tratarse de un costado de la obra muerta de la nave, la
que se encuentra por encima de la línea de flotación. Durante las visitas de
2021, se observó que la vegetación en la zona intermareal había crecido debido
a un alejamiento de la línea de pleamar, lo que dificulta aún más la
investigación, además de que la exposición del pecio lo hace vulnerable al
saqueo.
Pecio Manzanillo-3
Otro importante fragmento de
embarcación se encuentra varado en la misma playa que los pecios previamente
descritos, a una distancia de apenas 300 metros en dirección sureste de Pecio
Manzanillo-2. Denominado Pecio Manzanillo-3, este fragmento fue avistado en
2021, el mismo año en que el Museo Nacional de Costa Rica lo registró
oficialmente como yacimiento arqueológico. Pecio Manzanillo-3 corresponde a un
segmento del forro (parte del casco) de una embarcación de gran tamaño,
compuesto por varios maderos dispuestos en tablazón curveada, con unas
dimensiones de 17 metros de largo y 5 metros de ancho.
Los primeros indicadores
arqueológicos de arquitectura naval observables en el sitio incluyen los restos
de 9 varengas o genoles, ubicados entre un forro interno y otro externo
compuesto por tracas acomodadas en paralelo. Estas piezas están unidas mediante
clavos de hierro que sujetan el forro interno y cabillas de madera que fijan el
forro externo, en lo que se interpreta como un sistema de sujeción
transicional, documentado en España hacia 1700 (García-Torralba Pérez 2010).
En un análisis hipotético del plano transversal de la nave a la que alguna vez
perteneció, la estructura de Pecio Manzanillo-3 se encontraría justo encima de
la curva del pantoque. Además, se observa una diferenciación notable entre el
grosor de las tablas, siendo las del forro interno más gruesas (más de 5
centímetros) que las del forro externo (Figura 3).
Figura 3. Panorámica de
Pecio Manzanillo-3.
Fuente:
Fotografía: Colección MNCR.
La identificación de la especie de
madera empleada en las tablas y la datación precisa del pecio son tareas aún
pendientes. No se puede confirmar ni descartar que este fragmento pertenezca a
la misma embarcación que los otros dos pecios hallados en la misma playa a
diferentes distancias. Sin embargo, el sistema constructivo sugiere similitudes
significativas. La diferencia en el estado de conservación se atribuye a la
mayor exposición que ha sufrido Pecio Manzanillo-3, el cual se encuentra en una
zona intermareal más alejada de la línea de pleamar. A pesar de mostrar señales
de saqueo, ha permanecido relativamente inadvertido por turistas y residentes
locales debido a su ubicación.
Punta Cahuita
A 300 metros de la costa, Punta
Cahuita es un yacimiento arqueológico de gran extensión, con al menos 12
cañones registrados, 10 en estado íntegro y 2 fragmentados. En la misma área se
han identificado ladrillos y materiales que sugieren ser parte del lastre de
antiguos navíos. A 40 metros al suroeste, se localizan dos anclas de 3 metros
de largo y 2 metros de ancho. Estos elementos arqueológicos se encuentran a una
profundidad que varía entre 3 y 12 metros, siendo una zona de aguas someras. La
prospección realizada en 2021 no generó información adicional, pero Punta
Cahuita se destaca como uno de los sitios arqueológicos más investigados por
profesionales extranjeros en Costa Rica (Gluckman
1998) (Harris
y Richards 2018).
En el sitio se identificaron
ladrillos dispersos en ambos sectores del monumento arqueológico, interpretados
como parte del lastre de al menos un navío de grandes dimensiones. Basado en
las características observadas, se propone que la embarcación a la que
pertenecían estos materiales tendría una eslora aproximada de 30 metros y una
manga de 10 metros. Sin embargo, el lastre no constituye un indicador
arqueológico de arquitectura naval, ya que no forma parte de la estructura de
la nave, sino que cumple la función esencial de proporcionar estabilidad al
buque. La presencia de una cantidad significativa de ladrillos sugiere que,
además de ser parte del lastre, pudieron haber sido transportados como
mercancía con fines comerciales.
Una expedición de buceo previa, no
registrada formalmente (Alfaro
y Rojas 2023),
confirmó la existencia de al menos 12 piezas de artillería, localizadas a menos
de 30 metros en línea recta hacia el noreste de las anclas mencionadas en esta
visita. Estas anclas, avistadas y documentadas en imágenes, representan los
únicos indicadores arqueológicos de arquitectura naval en el primer sector del
yacimiento identificados hasta la fecha.
La primera ancla se encuentra a 265
metros de la costa, en dirección noroeste. Se trata de un ejemplar en excelente
estado de conservación, con todas sus partes intactas: arganeo, cuña y cruz con
ambos brazos, aunque estos últimos están cubiertos casi en su totalidad por
concreciones coralinas. Esta ancla, orientada en sentido arganeo-cruz
sureste-noroeste con la cruz apuntando hacia el mar abierto, mide 3, 33 metros
de largo y corresponde a lo que se denomina el "ancla de esperanza"
de un navío a vela de grandes dimensiones. Sus características, incluidas las
partes ferrosas expuestas bajo las concreciones coralinas, son consistentes con
las anclas utilizadas en Europa durante el siglo XVIII (Ciarlo
2019), en una época, como se
ha mencionado, de intensa actividad naval en el Caribe.
El arganeo de esta ancla, en forma de
aro de hierro similar a un grillete grueso, parece haber sido diseñado para
soportar una cadena de hierro en lugar de cables de cáñamo. El uso de cadenas
de hierro para operar anclas en buques armados fue una innovación gradual
introducida a finales del siglo XVIII y principios del XIX, liderada por la
marina británica. A principios del siglo XIX, las cadenas de hierro ya habían
reemplazado por completo a los cables de cáñamo en Europa (Curryer
1999). Aunque estos
indicadores cronológicos no permiten establecer una fecha exacta para el navío
al que perteneció esta ancla, sí ofrecen un marco temporal aproximado para
contextualizar la presencia de naves armadas en el Caribe costarricense durante
el siglo XVIII (Figura 4).
Figura 4.
Comparación de ancla del pecio con el modelo estandarizado de uso en el siglo
XVIII. Montaje.
Fuente:
Colección MNCR.
A 5 metros al noreste del ancla
íntegra se localiza el arganeo y la caña de otra ancla de dimensiones
similares. Esta segunda ancla se encuentra incompleta, ya que no presenta la
cruz ni los brazos al final de la caña. No obstante, el ojo del arganeo está
bien conservado, inmerso en formaciones coralinas.
Investigaciones previas realizadas
por Stephen Gluckman, Lynn Harris y Nathan Richards
documentaron la incompletitud de esta ancla y la compararon con la íntegra en
planimetrías detalladas. Según estos estudios, la cruz y los brazos del ancla
faltante ya estaban ausentes antes de 1978 (Gluckman
1998) (Harris
y Richards 2018).
Con base en las características del ancla íntegra, se descarta la posibilidad
de que la desaparición de la cruz y los brazos haya sido consecuencia de
expolio o intervención humana. Se plantea que el daño pudo haberse producido al
momento de soltarla o durante su manipulación a bordo.
En caso de que se confirme la
hipótesis de que el ancla incompleta corresponda a la segunda ancla de
esperanza de un navío armado, como sugieren sus características, su ubicación
espacial en el lecho oceánico, a una profundidad de entre 1 y 1,8 metros,
resulta inconsistente desde el punto de vista náutico. Las anclas de esperanza
se instalaban a ambos lados de la proa de una nave y funcionaban como un
"freno de mano", ya que eran el último recurso en situaciones de
emergencia para detener por completo una embarcación sin control o a la deriva (Ciarlo
2019).
Por ello, no parece lógico que ambas
anclas de esperanza se encuentren a tan poca distancia una de la otra,
considerando que 5 metros no serían suficientes para abarcar la manga de una
nave lo suficientemente grande como para albergar dichas anclas en su proa.
Además, tampoco es razonable suponer que una nave de gran eslora y manga, con
el calado necesario para transportar a bordo anclas de este tamaño, hubiera
navegado en aguas tan someras. Esta no es una zona de fondeo, y un barco a vela
de gran calado (como un bergantín, galeón, nao, fragata o navío de línea) no
habría podido acercarse, ni mucho menos fondear, en aguas tan poco profundas
utilizando sus anclas de esperanza.
Por lo tanto, la disposición de las
anclas y la proximidad de piezas de artillería sugieren la posibilidad de una
purga intencional del lastre del navío, no desde la propia embarcación, sino
mediante métodos de descarga utilizando botes. También cabe la hipótesis de un
naufragio caótico de un navío de gran calado mar adentro, lejos de la costa,
donde la embarcación pudo haber rozado fondos rocosos, sufrido aperturas
irreparables y se vio obligada a liberar el lastre para equilibrar la entrada
de agua. En este contexto, la disposición de los indicadores arqueológicos
sería coherente con la acción de procesos naturales que los habrían
redistribuido tras el evento. De validarse esta hipótesis, es posible que el
navío que albergaba estos elementos de arquitectura naval continúe cerca,
oculto bajo el manto oceánico.
La campaña de excavación de 2023
dirigida por el arqueólogo David Gregory en este sector, reveló la presencia de
indicadores arqueológicos de arquitectura naval sumergida, localizados a 65
centímetros bajo el lecho oceánico. En concreto, se identificaron dos salientes
de babor de lo que parecen ser varengas (parte de las costillas de un navío
construido según la tradición de “esqueleto primero”). Estos elementos se
encontraban cubiertos por una gran cantidad de ladrillos apilados, que
aparentemente colapsaron sobre la estructura superior (Alfaro
y Rojas 2023).
Los salientes de babor de las
varengas, compuestos probablemente de madera de roble, presentan un grosor de
26 centímetros. Estas dimensiones sugieren una nave de considerable tamaño y
calado, como podrían ser un bergantín, galeón, nao o fragata, aunque no
corresponderían a embarcaciones mayores como los navíos de línea. Los
investigadores a cargo de la excavación están tratando de validar la hipótesis
de que esta estructura naval pertenece a uno de los buques daneses Fredericus Qvartus o Christianus Quintus, ambas
fragatas que transportaban esclavos y que, por error, arribaron a las costas
del caribe costarricense, donde fueron intencionalmente hundidos alrededor del
año 1710 (Harris
y Richards 2018).
Algunos de los hallazgos coinciden
con las características conocidas de estas naves, aunque hasta el momento no se
ha encontrado evidencia suficiente para confirmar dicha hipótesis. A lo largo
de los últimos 45 años, desde las primeras exploraciones subacuáticas de
Stephen Gluckman, la falta de datos ha sido el
principal obstáculo para un análisis concluyente de la arquitectura naval. No
obstante, el hallazgo de estos elementos de madera, posiblemente de roble, y
con las características mencionadas, representa el único indicador arqueológico
de arquitectura naval en esta área.
La investigación dirigida por David
Gregory en 2023 marcó un hito al ser la primera excavación subacuática
estratigráfica controlada en la historia del país. Gracias a este trabajo, fue
posible confirmar la existencia de restos de arquitectura naval, hasta entonces
solo hipotetizada a partir de la abundante dispersión de ladrillos en el
sector. El descubrimiento de madera en buen estado de conservación sugiere la
posible presencia de la obra viva de un gran navío enterrado bajo el manto
oceánico en el Parque Nacional Cahuita.
Los pecios de las aguas del pacífico costarricense
Pecio San Lucas-1
Pecio San Lucas-1 se localiza
semihundido en las aguas del Golfo de Nicoya. Incluso en condiciones de marea
baja, el pecio permanece sumergido en gran parte, lo que hace que solo sea
accesible mediante embarcación o a nado, ya que se encuentra muy cerca de la
playa conocida como playa El Inglés, en la isla San Lucas. Desde la superficie,
es posible observar algunos restos de la cabina y de la proa de lo que parece
ser una embarcación de vapor. Las dimensiones aproximadas de la nave son de 70
metros de eslora y 10 metros de manga, aunque el pecio parece estar seccionado
en dos partes, por lo que estas medidas deben confirmarse mediante buceo.
La evaluación inicial sugiere que se
trata de un navío de la era moderna. Los indicadores arqueológicos visibles
incluyen los restos de una bancada de máquina y de la proa, ambos compuestos
principalmente de materiales ferrosos. Sin embargo, la larga exposición al agua
salada ha generado concreciones marinas típicas, lo que solo permite distinguir
algunos remanentes de la textura original de la estructura de la nave. Otros
componentes de la embarcación también sobresalen en la superficie durante la
marea baja, aunque no brindan suficiente información adicional sobre la
naturaleza exacta del navío.
Dado que se trata de una
embarcación de época moderna, se ha planteado la hipótesis de que esta operaba
dentro del umbral temporal de los años 1900 y que su propulsión dependía de
mecanismos de vapor. Esta hipótesis fue corroborada a través de la búsqueda en
archivos, donde se recuperó una fotografía tomada en 2005 que muestra la
embarcación. Aunque no se especifican las condiciones de marea al momento en
que se tomó la imagen, queda claro que el nivel del agua en el golfo ha
permanecido constante durante al menos 16 años, lo que se suma al deterioro que
ha sufrido el pecio debido al expolio. En 2005, el pecio aún conservaba, aunque
en condiciones críticas, dos calderas de vapor de la nave (Sánchez, De la O, y Alfaro 2020)
(Figura 5).
Figura 5. Distintas
perspectivas de Pecio San Lucas-1.
Fuente:
Fotografías: Colección MNCR.
La imagen recuperada sugiere que las
calderas estaban alineadas en la línea de crujía del barco, con hornos
enfrentados. Se pueden observar remanentes de tubos reforzados que alternaban
con los tubos de humo para dar soporte al cilindro, y se presume que los hornos
podrían hallarse sumergidos detrás de la bancada de la máquina. Además, sobre
ambas calderas se distinguen domos que probablemente alojaban la válvula
principal de sobrepresión para mantener el nivel de agua en condiciones de
seguridad. Sin embargo, ya en 2005, las cajas de humo, que originalmente se
encontraban sobre los hornos para ventilar los gases hacia la chimenea, habían
desaparecido.
Pecio San Lucas-2
A tan solo 190 metros al noroeste del
muelle principal de isla San Lucas se localizó el yacimiento denominado Pecio
San Lucas-2. Al igual que el Pecio San Lucas-1, se trata de una embarcación
casi completamente sumergida, de la cual solo sobresale una pequeña parte de la misma. El único indicador arqueológico visible en este
yacimiento es el remanente metálico de la borda de popa, lo que subraya la
necesidad de una prospección subacuática para obtener más información sobre la
naturaleza del pecio. A pesar de las limitaciones, se logró recuperar una
fotografía documental de 2005 que muestra este pecio (Figura 6).
Figura 6.
Fotografía recuperada del año 2005, cuando Pecio San Lucas-2 aún conservaba varios
indicadores arqueológicos de arquitectura naval por encima de la superficie.
Fuente:
Fotografía: Colección MNCR.
La imagen confirma que se trata de
una embarcación con características similares al Pecio San Lucas-1. Sin
embargo, a diferencia del primero, el Pecio San Lucas-2 ya no conservaba ni las
chimeneas ni la cabina para el año 2005. Tanto el biodeterioro como el expolio
parecen haber sido los factores determinantes en la desaparición de la mayor
parte de los componentes visibles de esta embarcación.
El análisis de la fotografía de 2005
revela que la sección mejor conservada del navío es el espejo de popa, junto
con parte de una cubierta inferior y lo que parece ser una escotilla. Aunque el
registro de la cubierta sugiere la existencia de piezas que podrían haber
soportado dos chimeneas, estas ya no estaban presentes en el momento en que se
tomó la fotografía. Por lo tanto, no se consideran indicadores arqueológicos
fiables, aunque sugiere que la nave funcionaba con un mecanismo de vapor (Alfaro
2023).
Pecio San Lucas-3
Al encontrarse en una zona
intermareal donde, en condiciones de marea baja, el yacimiento arqueológico se
expone completamente, este pecio es el más accesible de la arqueología
costarricense. Registrado en el año 2020 como Pecio San Lucas-3, este yacimiento
consiste en los remanentes de un navío de vapor encallado que ha perdido casi
todos los elementos de la obra muerta de la nave, mientras que una parte de la
obra viva parece estar sepultada bajo una capa de arena fangosa, la cual es
recubierta diariamente por la marea alta del golfo de Nicoya. Es posible
acceder al yacimiento a pie, caminando por el borde de la isla durante la marea
baja, preferiblemente entre las 9:00 y las 11:00 a. m. En condiciones de marea
alta, típicamente durante las tardes y noches, el pecio queda completamente
sumergido, sin visibilidad desde la superficie (Sánchez, De la O, y Alfaro 2020)
(Figura 7).
Figura
7. Distintas perspectivas de Pecio San Lucas-3.
Fuente:
Fotografía: Colección MNCR.
A pesar de su estado de conservación,
el Pecio San Lucas-3 posee la mayor cantidad de indicadores arqueológicos
identificables entre los pecios de las costas continentales del océano pacífico
costarricense descubiertos hasta la fecha. Al igual que sus predecesores, se
compone de remanentes de un navío de vapor, en este caso de aproximadamente 45
metros de eslora y 11 metros de manga. En primer plano, se observan el codaste
del navío y una circunferencia apreciable que parece corresponder al volante de
inercia, desde donde partía el eje de transmisión (que probablemente esté
enterrado), terminando en la hélice. Más adelante, se encuentran los pantoques
y, en medio de ellos, la bancada donde descansaba la máquina con su volante de
inercia (dos ruedas dentadas) y parte del cigüeñal. Sobre el cigüeñal debían
estar ubicados los pistones y cilindros, con sus tapas y válvulas de
sobrepresión, junto con toda la estructura que sostenía la máquina.
Algunas de las partes del pecio
muestran signos evidentes de estar hechas de hierro, como lo indica el
característico color rojizo de los componentes ferrosos. También se pueden
identificar los restos de la borda de la embarcación y parte de la popa, que se
encuentran parcialmente cubiertos por la vegetación de la arboleda en el
extremo occidental del pecio. En la zona de la popa, son visibles secciones del
forro de la embarcación, el cual parece haber sido compuesto por varias piezas
colocadas sobre salientes cilíndricos que se conservan arqueológicamente y se
extienden a lo largo del plano transversal de la nave. Dado el estado del
forro, es posible que muchos de los componentes metálicos restantes de la popa,
incluidas las chimeneas, hayan sido saqueados, ya que los agentes erosivos
naturales no parecen haber causado tal nivel de destrucción en el pecio.
La proximidad de la isla respecto al
muelle de Puntarenas (apenas 6 kilómetros en línea recta), uno de los más
importantes del país, y la naturaleza arqueológica similar de las
embarcaciones, sugiere que estos navíos podrían haber sido encallados en la isla
San Lucas a propósito, a modo de cementerio por desuso o reemplazo. Esta
práctica, conocida a nivel mundial, ha sido utilizada en diversas épocas de la
navegación humana. Aunque no se han encontrado registros escritos sobre la
existencia de estos buques en aguas costarricenses, la hipótesis de su abandono
intencionado en la isla se basa en la observación del contexto arqueológico.
SV Viduco
El pecio resultante del naufragio del
SV Viduco, una bricbarca
(navío velero de tres mástiles) de origen alemán, se localiza en la bahía Wafer de la Isla del Coco. El SV Viduco
fue construido en 1875, de hierro, con 67,1 metros de eslora, 10,6 metros de
manga y 6,3 metros de puntal, y era propiedad de la firma Mentz,
Decker & Co. con sede en Hamburgo. Su capitán, Edwinn
Stolz, comandaba la nave en rutas comerciales que
fondeaban en San Juan del Sur, Nicaragua, y Puntarenas, Costa Rica, hacia
finales de diciembre de 1907.
El accidente que llevó al naufragio
del SV Viduco ocurrió la noche del 27 de diciembre de
ese mismo año, cuando la nave, debido a lo que se atribuye a descuidos por
parte del capitán, rozó su popa con un fondo rocoso. Este impacto provocó la
apertura de vías de agua insalvables, a pesar de los intentos realizados para
salvar el barco. Finalmente, el SV Viduco se hundió
en la bahía, convirtiéndose en uno de los pecios históricos más emblemáticos de
la región.
El pecio fue descubierto en mayo de
2014 durante una campaña arqueológica liderada por los investigadores Omar
Fernández y Claudio Lozano. En esta campaña también se investigaron petroglifos
con inscripciones de barcos balleneros, cuya cronología se remonta a finales
del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Durante las prospecciones, se
detectó el pecio del SV Viduco en aparente buen
estado de conservación, a pesar de haber permanecido más de un siglo bajo el
agua. Entre los indicadores arqueológicos más relevantes que se pudieron
identificar, destacan los componentes de la arquitectura naval, como la quilla,
varias varengas, las escobenes, las vagras, así como parte de la proa que aún
conserva el bauprés(Fernández y Lozano 2020).
El buen estado de preservación de
estos componentes estructurales se debe en parte a las condiciones naturales de
la Bahía Wafer, que han protegido al pecio de una
rápida degradación. Sin embargo, la investigación sobre el SV Viduco aún continúa, dado que gran parte del casco y otros
elementos críticos permanecen sepultados o parcialmente cubiertos por
sedimentos, lo que complica su total identificación y análisis.
De la arquitectura naval a la historia humana
Luego de este recuento de
embarcaciones naufragadas en ambas costas de Costa Rica y el análisis de
arquitectura naval de estas, es preciso avanzar algunas reflexiones. Detrás de
la ingeniería que llevó consigo el diseño, la construcción y finalmente la
navegación de un barco histórico, ponderó siempre la figura del ser humano, la
cual estuvo estrechamente relacionada con la complejidad de la sociedad en la
que se vio inmerso. No es posible conocer la identidad de las personas que
vivieron en los barcos de Playa Grande Manzanillo y el Parque Nacional Cahuita,
ni en los barcos que se encuentran encallados tanto en el Golfo de Nicoya como
en la bahía Wafer de la Isla del Coco. Sin embargo, a
partir del análisis del contexto arqueológico, sí es posible encontrar un
factor común entre todos ellos: la decisión de embarcarse aguardando un
misterioso final. Al igual que las ruinas en los contextos arqueológicos
terrestres, los pecios son esa pequeña parte de la historia que representa lo
que una vez fue una embarcación habitada por personas; cada indicador
arqueológico de arquitectura naval, fragmento roto o pieza faltante constituye
un remanente inequívoco de manipulación humana. Estas personas lograron o no
los objetivos planteados en la navegación, pero es evidente, conociendo el
desenlace de los barcos naufragados en aguas costarricenses, que el final de
una nave no debe ser el de los pecios del caribe y pacífico de Costa Rica. Una
embarcación fue construida para navegar y su conversión en un pecio actual es,
a todos los efectos, un final trágico.
Por ello, es preciso reconocer que
estas personas decidieron habitar barcos en una vida siempre en movimiento, con
la incertidumbre de saber que el final de estos navíos se encontraba en la
arena y en el fondo del mar. Definitivamente, no escaparon de la intensa
dinámica naval del Caribe en el siglo XVIII, con aguas peligrosas infestadas de
intereses bélicos, traiciones y esferas políticas. Y tampoco se encontraban
ausentes en la transformación de la sociedad costarricense desde el año 1900,
más tratándose de las aguas que rodean la Isla San Lucas, el lugar que guarda
una importancia tanto histórica como social por lo que sucedió allí y, que
actualmente puede considerarse un cementerio de naves dada la presencia de
estos tres pecios. El misterio de la embarcación en el Parque Nacional Cahuita alude
a una complejidad social aun mayor y el SV Viduco,
una embarcación que se desviaba 700 kilómetros de su ruta comercial normal para
terminar naufragada en la Isla del Coco, añade aún más
la incertidumbre sobre el comportamiento de estas personas. Las pequeñas
investigaciones de estos sitios arqueológicos que se han planteado aquí han
originado, como es usual, más preguntas que respuestas.
Estos seres humanos no fueron tan
distintos a los actuales. Pertenecen a estas épocas pretéritas que han
desencadenado inevitablemente algunos sucesos en la sociedad actual de Costa
Rica; es necesario realizar los esfuerzos posibles para rescatar su historia y
de esta manera, comprender mejor las dinámicas que se desarrollan en la
actualidad. Conforman una parte importante de la historia de este país y
decidieron, a fin de cuentas, su paso por ella. Fueron seres humanos que
encontraron un modo de vida en una embarcación, la reconstrucción de sus
memorias yace entre la arena y el fondo del mar.
Agradecimientos
A Dr. Jeffrey Peytrequín Gómez, el cual fue mi
profesor durante mis años de estudiante y que ahora tengo el privilegio de
considerarlo un colega. Jeffrey me mostró una visión distinta sobre la
arqueología y cimentó las bases de mi interés en la arqueología subacuática, la
cual pude profesionalizar años después en mi carrera. Sus aportes a lo largo de
mi trayectoria han sido muy valiosos y muchas de sus enseñanzas se ven
reflejadas en algunas interpretaciones que ofrezco en este artículo. Siempre le
agradeceré que haya visto en mí, probablemente antes que nadie, un potencial
que tal vez yo mismo desconocía.
A José Joaquín Brenes Ballestero, María José Solano
Soto y Carol Barrantes Jiménez, mi amigo y amigas del Departamento de
Antropología e Historia del Museo Nacional de Costa Rica. Les comenté que tenía
la oportunidad de escribir este artículo y me lanzaron hacia su redacción sin
dudarlo. Han sido grandes impulsor e impulsoras de mi carrera más reciente y
han cambiado mis momentos de duda y fatiga por seguridad, iniciativa y risas.
Admiro profundamente a estas personas porque se desenvuelven con el mismo éxito
tanto en el ámbito profesional como en el personal. Gracias José, María, Carol,
por hacer fácil lo difícil.
Apoyo
financiero: Todos los resultados de investigaciones y formación profesional
resumidos en este artículo han sido apoyados financieramente por el Museo
Nacional de Costa Rica, del cual el autor de este artículo es funcionario
activo desde el año 2018.
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