Rev. Filosofía Univ. Costa Rica, LXIV (170) Setiembre-Diciembre 2025 / ISSN: 0034-8252 / EISSN: 2215-5589
Oriol Batalla
Inmersión:
Una introducción a las humanidades azules
Resumen: Este artículo propone una comprensión introductoria al campo interdisciplinar de las humanidades azules. Trata de establecer un puente entre el materialismo histórico y los nuevos materialismos para abordar la emergencia ecológica, a través de un pensamiento basado en medios acuáticos. A su vez trata de desentrañar el concepto de materialidades corrosivas, como metáfora y práctica para desmantelar el pensamiento antropocéntrico y generar conocimientos situados en materialidades concretas en contextos ecológicos y culturales. Más que una teoría cerrada, el artículo ofrece un marco flexible para teorías situadas, culminando con una reflexión sobre el hidro-realismo para comprender los cambios planetarios más allá del paradigma climático per se.
Palabras Clave: Humanidades Ambientales, Antropoceno, Humanidades Azules, Hidro-Realismo, Ecocriticismo.
Abstract: This article provides an introductory exploration of the interdisciplinary field of Blue Humanities. It seeks to bridge historical materialism and new materialisms to address the ecological crisis through a conceptual framework grounded in aquatic mediums. The study further unpacks the notion of corrosive materialities as both metaphor and practice, aimed at dismantling anthropocentric thought and fostering situated knowledge rooted in specific material and ecological contexts. Rather than proposing a fixed theory, the article offers a flexible framework for situated theorizing, culminating in a reflection on hydro-realism as a lens to understand planetary transformations beyond the confines of the climate paradigm.
Keywords: Environmental Humanities, Anthropocene, Blue Humanities, Hydro-Realism, Ecocriticism.
Introducción: Imaginar mundo a través del agua
Buceando en las cálidas y cristalinas aguas del Parque Nacional Cahuita, en Costa Rica el pasado mayo del 2024, sentí el calor del Caribe envolviéndome, pero también el peso de un silencio extraño. A los guías locales cada vez les costaba más encontrar arrecifes vibrantes de vida y color. Esos arrecifes que no hacía mucho tiempo vibraban repletos de vida, ahora eran simples esqueletos descoloridos, sus corales quebradizos y pálidos como si el océano hubiese olvidado su propio pulso, donde ni los peces carroñeros nadaban. Consciente de que esa claridad escondía una transformación química devastadora, uno no podía parar de pensar en cómo se podía haber llegado hasta ese punto, la poca culpa que tenían las comunidades humanas locales y cómo, de forma crítica, los ecosistemas habían desaparecido. La acidez del agua, consecuencia de un océano cada vez más saturado de dióxido de carbono, no solo deshacía los esqueletos calcáreos de los corales; también disolvía las historias de simbiosis que sostenían la vida marina. En Cahuita, donde los ecosistemas de arrecife no solo protegen la costa, sino que alimentan comunidades humanas y más-que-humanas enteras, entendí que pensar con y a través de estas aguas ácidas no se limita a un análisis científico. Es un llamado a reimaginar, desde los estudios culturales, nuestra relación con el océano, a escuchar su transformación silenciosa y a responder desde un punto de vista interdisciplinar y desde un campo novedoso: las humanidades azules.
El agua posee modos propios de ser y devenir, ritmos y flujos distintos a través de los cuales organiza y reconfigura cuerpos: una coreografía de intercambio y transformación de la que también nosotros podemos extraer comprensión (Neimanis 2017, 53). Estas dinámicas entrelazadas, las cuales Astrida Neimanis (2017) denomina hidrológicas, nos invitan a considerar el conocimiento a través del agua misma. El agua no articula su sabiduría mediante palabras, sino a través de patrones: sutiles movimientos de conexión y flujo, en constante interacción con otros cuerpos, moldeando y remodelando perpetuamente los contornos de la vida y la materia.
En esta línea, Bronwyn Bailey-Charteris (2024) señala que el océano no debe ser entendido como mares fragmentados, sino como un único cuerpo de agua unificado: una figura planetaria que abarca la totalidad del ciclo hidrológico (100). Este océano, vasto y relacional, integra todas las formas de agua: charcos y cascadas, nubes y acuíferos, incluso las lágrimas humanas y la humedad en los cuerpos de las termitas (Bailey-Charteris 2024, 101). Cada una de estas manifestaciones forma parte de un sistema único e interconectado, revelando la profunda unidad del océano. Concebir el ciclo hidrológico en esta escala planetaria implica reconocer el entrelazamiento de todos los seres y fuerzas en el contexto de la crisis hídrica global (Bailey-Charteris 2024, 101). Esta perspectiva amplía el alcance de la responsabilidad y la imaginación, exhortando a repensar colectivamente cómo la justicia climática puede emerger de esta crisis.
Sin embargo, aunque humanos y ecosistemas oceánicos comparten entornos y entrelazamientos acuáticos, sus conexiones suelen permanecer fragmentadas y desalineadas. Esta disonancia revela un fracaso más amplio para sintonizar con las narrativas de entidades más-que-humanas, como la flora y fauna en declive o los actores ecológicos invisibles que sostienen el cuerpo singular y relacional del océano. Este descuido refleja los límites de una visión antropocéntrica que impide reconocer al océano no solo como recurso, sino como una fuerza vibrante e interconectada dentro del ciclo hidrológico.
Reformular estas relaciones desde conocimientos localizados y situados abre una vía hacia mayor atención y cuidado. Abrazar la unidad expansiva del océano —a través de interacciones basadas en el agua y un pensamiento que no gira en torno al agua, sino que piensa con ella— permite imaginar mundos más allá de perspectivas humanas limitadas. Este giro exige reconocer la crisis hídrica planetaria como una realidad colectiva y encarnada, donde las soluciones no emergen del excepcionalismo humano, sino de una existencia compartida y fluida, sostenida por el abrazo del océano.
En When Species Meet, Donna Haraway (2008) describe las figuras no como simples representaciones o ilustraciones instructivas, sino como nudos material-semióticos donde cuerpos diversos y significados se configuran mutuamente (4). Según Haraway, las narrativas que construimos sobre nuestro entorno forman estos nudos, que nos vinculan con comprensiones culturales específicas del mundo. Enlazan perspectivas biológicas y artísticas con experiencias vividas, actuando como puentes entre realidades materiales y modos simbólicos de habitar el mundo.
Desde esta perspectiva, las historias sobre la degradación ecológica y los entrelazamientos entre humanos y entidades más-que-humanas no son reflejos pasivos, sino agentes activos que modelan comprensiones culturales. Cargadas de emoción y temporalidades encarnadas, transforman crisis ambientales abstractas en realidades íntimas y tangibles. Estas narrativas reconfiguran el pasado y abren caminos especulativos hacia futuros compartidos, donde las fronteras entre lo humano y lo más-que-humano se disuelven en una existencia co-constitutiva. Al situarlas en el cuerpo singular del océano, comprendemos que la interconectividad planetaria exige recalibrar cómo el Anthropos imagina y habita la Tierra en un contexto de emergencia ecológica que fragmenta tanto el ciclo del agua como los nudos de existencia que dependen de él.
La actual emergencia ecosocial no es únicamente una crisis ecológica, sino también una crisis cultural y de imaginación colectiva. Las narrativas predominantes, ancladas en marcos profundamente antropocéntricos, fracasan a la hora de enfrentarse a las imposibilidades salvajes del paradigma planetario actual. Este desajuste contribuye a la desorientación característica de una crisis multifocal. A medida que los sistemas ecológicos y los entornos oceánicos se transforman, desafían las formas tradicionales de conocimiento centradas en lo humano y abren nuevas posibilidades para epistemologías, éticas, políticas y estéticas más-que-humanas (Alaimo 2016, 12). Estos cambios invitan a superar las suposiciones antropocéntricas, reconociendo agencias no humanas y promoviendo una reevaluación crítica de los conceptos de sostenibilidad y ecología. En este contexto, las perspectivas del nuevo materialismo adquieren relevancia al perturbar paradigmas establecidos y fomentar una comprensión más inclusiva de la interconexión ecológica. Aquí, el análisis cultural, los modos de mediación y las artes despliegan un potencial transformador: iluminan lo general desde la especificidad y transmutan lo racional en lo emotivo.
En cierto sentido, no resulta exagerado afirmar que la ficción especulativa constituye una de las raíces de la teoría cultural, las humanidades ambientales y el ecocriticismo. Las ciencias factuales, de hecho, se han valido de este tipo de especulación como herramienta fértil para formular hipótesis. Hoy en día, algunos aspectos del presente evocan escenarios propios de la ciencia ficción: distopías políticas, futuros hiperconectados, colapsos ecológicos y narrativas inter-especies, como los imaginarios populares de 1984, Her, Mad Max, Buscando a Nemo o Harry Potter, coexistiendo simultáneamente. Pensar con el océano no implica generar verdades correctas o incorrectas. Su valor hermenéutico radica en la libertad de no estar sujeto al imperativo racionalista de la verdad. Esta forma de pensamiento permite fluir, descender, incluso acidificar nuestras maneras de entender el mundo, y así distanciarnos del inescapable antropocentrismo que informa todas nuestras ideas sobre lo que nos rodea.
La presente contribución no parte de una hipótesis demostrable en el sentido clásico de los marcos académicos positivistas o neopositivistas. Esta decisión responde a una elección metodológica deliberada: el texto se enmarca en una línea de pensamiento crítica y especulativa que encuentra en las humanidades azules y los enfoques posthumanistas un terreno fértil para explorar nuevas formas de producción teórica y cultural. En este contexto, el propósito no es probar una afirmación cerrada ni verificar empíricamente una tesis, sino abrir caminos interpretativos, tensionar categorías heredadas y activar nuevas sensibilidades para pensar lo ecológico desde coordenadas no antropocéntricas.
En lugar de establecer un demonstrandum de corte tradicional, el texto propone una reflexión expandida que opera a través de desplazamientos conceptuales y asociaciones transdisciplinarias. Este tipo de aproximación resulta coherente con los debates actuales dentro de los estudios culturales del medio ambiente, especialmente aquellos que buscan responder a la emergencia ecológica desde modelos de pensamiento más fluidos, relacionales y sensibles a las materialidades afectivas y más-que-humanas. Como han señalado autores clave dentro de este campo, como Stacy Alaimo (2016), Astrida Neimanis (2024) o Melody Jue (2020), el pensamiento acuático y los marcos hidro-materiales exigen no solo nuevos contenidos, sino también nuevas formas de pensar, escribir y argumentar.
Así, el texto asume una función performativa: no solo reflexiona sobre el agua como medio, sino que intenta escribir con y desde sus lógicas, proponiendo un estilo argumentativo más poroso, fragmentario e inmersivo. Esta forma responde a una tradición que se aleja del modelo monológico de la demostración para dar paso a un modo más dialógico y afectivo de producción de conocimiento, donde lo académico se entrelaza con lo literario y lo teórico con lo experiencial.
Reconociendo que esta opción puede resultar menos familiar para quienes esperan una estructura de ensayo más convencional, se opta por explicitar esta orientación para enmarcar adecuadamente la propuesta. Lejos de eludir el rigor académico, esta estrategia responde a la necesidad urgente de imaginar nuevas formas de comprensión, escritura y acción ante una crisis ecológica que desborda los marcos interpretativos heredados.
Este texto, por consiguiente, no propone un análisis cerrado ni una hipótesis demostrable en sentido tradicional, sino que busca abrir vertientes que conforman un campo especulativo y situado desde el cual repensar el entorno pensando a través del agua. Su propósito es introducir y desarrollar el concepto de hidro-realismo como una extensión crítica del realismo climático, que permite comprender la agencia del agua como medio material, simbólico y político dentro de la crisis planetaria. En ese marco, este artículo propone un cruce entre el materialismo histórico y los nuevos materialismos, con el objetivo de establecer una base teórica híbrida para abordar la emergencia ecológica desde los estudios culturales. Lejos de una simple síntesis, esta unión intenta explorar cómo las raíces históricas de la acumulación y la extracción capitalista no pueden ser revertidas solo mediante enfoques racionalistas o economicistas. Necesitamos otras formas de conocer y de existir, más sensibles a lo material, lo relacional y lo especulativo. A partir de aquí, el texto introduce brevemente el campo de las humanidades azules y el concepto de materialidades corrosivas a través de la acidificación oceánica, con el fin de abrir una vía para pensar el conocimiento ácido como práctica cultural y ecológica. No se trata, sin embargo, de fijar una teoría sólida, sino de trazar un campo de pensamiento maleable que permita la emergencia de epistemologías situadas. Pensar desde el agua nos enfrenta a una multiplicidad de entidades, tiempos y relaciones que nos invitan a especular formas de existencia y pensamiento más allá del antropocentrismo. Finalmente, el artículo cierra con una conclusión experimental sobre el hidro-realismo como lente conceptual para percibir los cambios planetarios en clave acuática.
¿Teoría crítica o nuevos materialismos? Una aproximación teórica
La idea de naturaleza y la dialéctica entre naturaleza y cultura se han convertido en un problema para la teoría crítica. Un ejemplo paradigmático fue el Darwinismo Social, que emergió del liberalismo económico en el siglo XIX. Esta ideología sirvió como justificación para la segregación de poblaciones: la colonización de las Américas, la marginación de los aborígenes en Australia, el genocidio nazi, el apartheid en Sudáfrica y, hoy en día, el genocidio del pueblo palestino bajo el régimen de Netanyahu. La teoría crítica ha intentado siempre desarticular estos discursos, desnaturalizando lo dado y revelando las raíces racistas, sexistas o autoritarias del poder. Como proponen Jason Moore y Raj Patel (2017), lo natural ha sido históricamente definido como aquello que se encuentra fuera de lo humano, y por tanto como algo explotable o desechable. La emancipación, entonces, exige subvertir esa noción: sacar lo natural del prisma teológico y, con ello, del dominio exclusivo de la teoría social o cultural. Esta corriente, común en el siglo XX, aspiraba a un reino de la libertad, aunque pocas veces incorporó a «lo natural» en sus horizontes emancipatorios.
Sin embargo, como bien apunta Kohei Saito (2017), Marx y Engels se interesaron por la química, el metabolismo y los cambios medioambientales al desarrollar su materialismo dialéctico, inspirado en Kant. Igualmente, autores como Theodor Adorno o György Lukács consideraron la noción de naturaleza como un elemento crucial en sus reflexiones sobre emancipación. Muchos conflictos socioculturales se han basado en la creencia en una fuerza natural superior que otorga un sentido esencial a los seres. Esta fuerza, representada por deidades o leyes naturales, funcionaba como marco normativo para legitimar sistemas de poder y valores culturales. Así, la naturaleza operaba no solo como recurso material, sino como símbolo de las tensiones sociales: el equilibrio natural se proyectaba como ideal social, mientras que los desastres naturales eran interpretados como consecuencias de acciones humanas. Esta conceptualización, sin embargo, ha ido cambiando con el tiempo.
Como dice Donna Haraway (1991), debemos problematizar la naturaleza como una construcción discursiva. Es decir, nos ayuda a identificar la naturaleza como esta entidad fuera de lo que es lo humano que ya no se concibe como ese terreno fuera de lo humano, intocable y puro. La naturaleza no es un producto de creación humana, pero esta sí que tiene fuerzas y poderes causales que son condiciones esenciales para las prácticas humanas. No obstante, y a raíz de un impacto globalizado por parte de los seres humanos a la naturaleza, estas perspectivas han cambiado vía las ideas del materialismo nuevo.
Aquí es cuando podemos ver, como bien detallan Hartmut Rosa, Cristoph Henning y Arthur Bueno (2021), cuatro grandes preguntas o puntos en los que resumimos el materialismo nuevo desde la Teoría Crítica en clave de materialismo histórico:1
1. Cuando las distinciones entre discursos intelectuales y procesos ecológicos se disuelven —como en los casos mencionados— ambos comienzan a pertenecer a un mismo entramado. En términos más simples: todo lo humano es también, en parte, ecológico. Esta integración plantea dos cuestiones relevantes. Por un lado, nos reconecta con entidades más-que-humanas, paisajes, microbios y elementos ambiguos, ni vivos ni muertos, como el plástico. Por otro, sugiere la posibilidad de reconstruir las narrativas desde una perspectiva holística e integradora.
2. Un materialismo que ignore las dimensiones políticas de la materia —centrado únicamente en su agencia intrínseca— corre el riesgo de convertirse en algo filosóficamente empobrecido, fluido y maleable. Desde la teoría crítica marxista, esta limitación resulta particularmente problemática. Por ello, no sorprende que las artes hayan acogido con entusiasmo las ideas del nuevo materialismo, combinándolas con una crítica sistémica arraigada en tradiciones marxistas. Este enfoque ha dado lugar a obras centradas en temáticas ecológicas dentro del marco de la Ficción Climática (Cli-Fi), donde se crean imaginarios ficticios capaces de resonar emocionalmente con el público. Este fenómeno no solo amplía los márgenes del materialismo tradicional, sino que también responde a la crisis de representación en torno a la percepción de la naturaleza y sus transformaciones en nuestra era.
Pensad en las películas de Avatar, el documental Chasing Coral, la tendencia a crear esculturas con material reciclado o incluso en las corrientes arquitectónicas que intentan conciliar el espacio natural con el urbano. Estos imaginarios se proponen como un paradigma simbólico interesante de explorar en esta transición entre razón (teoría) y emoción (la epifanía que puede causar una obra artística en el sujeto, conectándolo con ella), permitiendo que lo sensible complemente lo emocional. Nos ayudan, en cierto modo, a percibir lo invisible al ojo humano, movilizando los regímenes de una verdad antropocéntrica previamente aceptada. Al cuestionar esta centralidad antropocéntrica, estas obras desplazan la narrativa de lo puramente racional hacia lo afectivo, cultivando una relación más íntima con los cambios ecológicos. De este modo, el nuevo materialismo en las artes no solo enriquece el análisis teórico, sino que también desafía los límites impuestos por las narrativas tradicionales del materialismo histórico, abriendo un espacio para una comprensión más amplia de la interconexión entre materia, agencia y transformación ecológica.
Skyscraper de StudioKSA en Utrecht, Países Bajos. Fotografía: J.M. Muller, en 2019.
3. El nuevo materialismo busca romper con dualidades históricas para abrir puertas a nuevas formas de percepción. Esto no significa que las distinciones entre elementos no existan. De hecho, incluso dentro del materialismo histórico, los dualismos estrictos rara vez han sido sostenidos de manera universal. Ser crítico implica estar atento a estas diferencias —o indiferencias— sin generar unidades insulsas. El nuevo materialismo propone ir un paso más allá en las abstracciones e interconexiones entre elementos, pero si pretende ser realmente crítico, debe también reconocer y comprender las diferencias entre ellos. Por mucho plástico que haya en el océano, el océano no es plástico ni el plástico es océano. Son entidades distintas que coexisten en un mismo entorno, y cuya relación puede revelarnos interconexiones y lazos interpretativos si pensamos a través de ellos. Es decir —y como veremos más adelante—, existen interconexiones entre agencias, pero no todas las agencias son una.
4. Finalmente, debemos entender que existen diferentes grados, estratificaciones y capas dentro de esta forma de pensar. Si las grandes divisiones entre naturaleza y cultura, o entre sujeto y objeto, no existen como tales, entonces no puede existir una única manera de mediar entre los elementos. Hay mucho más pluralismo que rigidez teórica entre ellos. Un lenguado y un tiburón toro son ambos peces; fenomenológicamente los podemos interpretar como tales, pero ello no cancela las diferencias que existen entre ellos. El nuevo materialismo nos ayuda a poner de manifiesto que los niveles ontológicos pueden utilizarse, en cierto modo, para construir relaciones jerárquicas que resultan ética y políticamente problemáticas. Sin embargo, también es complejo cuando ciertas diferencias desaparecen del reino ontológico, generando una justicia nula hacia las entidades que quedan equiparadas artificialmente, como si todas tuvieran las mismas necesidades. Como hemos dicho, los peligros que enfrenta un tiburón toro no son los mismos que los de una secuoya. Por tanto, aunque existe una interconexión entre estos elementos dentro de este marco holístico del nuevo materialismo, la teoría crítica nos permite discernir las diferencias y atender cuidadosamente a las narrativas que emergen, sin oscurecer la responsabilidad que tenemos los seres humanos en el ecocidio, resultado de nuestras acciones encapsuladas en sistemas.
En resumen, la teoría crítica nos permite percibir el mundo como un entramado de fuerzas materiales que determinan la vida social, política y cultural. Esto es, sin duda, útil para analizar el pensamiento, la realidad, la ideología y sus dimensiones, así como algunos de los problemas prácticos que emergen de esta realidad material. A su vez, el nuevo materialismo pone en evidencia las carencias de una teoría crítica de corte marxista, especialmente su conexión intrínseca con el racionalismo europeo heredado de la Ilustración, problematizada hoy por la creciente emergencia de los problemas ecológicos y biológicos derivados de los límites planetarios en la actualidad, sea cual sea el nombre con el que designemos esta época. Por ello, una cooperación activa que busque los puntos de encuentro —y no las diferencias— entre ambas corrientes resulta fundamental para comprender la crisis actual. Cruzando la barrera del antropocentrismo, se pueden visualizar nuevas formas de comprender esta crisis y, en consecuencia, explorar soluciones a escalas tanto micro como macro, ya sea en los ámbitos filosófico, educativo, político, cultural o económico.
En otras palabras, la divergencia entre el materialismo nuevo y la teoría crítica Marxista no tiene que significar un rechazo directo entre ellas. Estas dos disciplinas nos llaman a cooperar en sus roles diferenciados. Como subraya Jeff Diamanti (2021), esta divergencia entre el materialismo histórico y los materialismos nuevos, lejos de generar un conflicto, invita a un examen más profundo sobre cómo la materia adquiere significado y relevancia (3). El materialismo histórico, según autores como Andreas Malm (2017), actúa como la forma de valor que organiza y transforma los componentes físicos del planeta en entidades mercantilizadas. Por otro lado, la perspectiva planteada por Diamanti (2021) concibe la autonomía de la materia frente a su forma como resultado de su agencia inherente y capacidades animadas (3). Este enfoque dual ofrece un terreno fértil para explorar la interacción entre las actividades humanas y el entorno, abriendo nuevas vías para una comprensión más rica de los procesos ecológicos.
¿Significa esto que el marxismo tradicional no ha tenido en cuenta el medioambiente? Claro que no. Como ya se ha mencionado, existen importantes pensadores marxistas —incluso el propio Marx y Engels— que abordaron cuestiones relativas a la naturaleza, su sostenibilidad y su finitud. De hecho, la gran mayoría de críticas profundas a la insostenibilidad requieren, necesariamente, una crítica a las prácticas de consumo y extracción propias de las sociedades modernas. También, bajo mi punto de vista, es necesario ser cautos al hablar de estos temas. Obviamente, debemos criticar al capitalismo como esta entidad global que domina casi todos los aspectos de la vida en las sociedades del norte global; sin embargo, otros sistemas que han existido también han sido profundamente extractivistas, consumidores masivos de recursos y estructuralmente desiguales para la gran mayoría de la población.
No obstante, es esencial reconocer las posibles limitaciones que el materialismo histórico podría autoimponerse a la hora de abordar cuestiones ecológicas. Es decir, el dogmatismo inherente a una perspectiva exclusivamente materialista-histórica podría, de manera inadvertida, excluir aportes valiosos a su metodología crítica. Como señala Tobias Skiveren (2023), este dogmatismo metodológico profundamente arraigado corre el riesgo de desestimar enfoques alternativos como absurdos, incluso cuando comparten fundamentos similares con los marcos críticos ya establecidos (191).
Las humanidades azules
El océano, con su inmensidad y dinamismo, representa escalas espaciales y temporales que desafían la comprensión humana. Sus ritmos, regidos por corrientes, mareas y ciclos de vida y muerte, se desarrollan en milenios, siglos o incluso en breves momentos, poniendo en cuestión el foco antropocéntrico de una escala espaciotemporal lineal. El océano es un repositorio de tiempos y espacios profundos que conserva archivos de procesos geológicos, climáticos y biológicos que han configurado la historia de la Tierra. Revela conexiones entre pasado y presente, y detalla procesos de evolución, muerte y adaptación. Esta desincronización entre los eventos masivos o minúsculos del océano y las perspectivas humanas de espacio-tiempo y ritmos vitales nos revela una urgencia vital que necesita mediaciones, intervenciones e interpretaciones que se escapen de lo puramente antropocéntrico, en el marco de una crisis que resonará en los siglos venideros respecto a la resiliencia y la salud de nuestras aguas (Doney et al. 2009).
Conceptos como el de violencia lenta de Rob Nixon (2011), útiles para pensar en transformaciones graduales casi imperceptibles, siguen siendo un buen punto de partida para comprender los tiempos oceánicos. Sin embargo, es necesario ir más allá: pensar a través del agua y junto a las entidades que habitan estos espacios líquidos. Las temporalidades de una lata de refresco arrojada al mar, el ciclo vital del pez payaso en la Gran Barrera de Coral, la persistencia de partículas ácidas en el agua, la presión que aumenta al descender en profundidad, el ciclo del hielo o la longevidad del celacanto no operan al mismo ritmo. Así, las temporalidades oceánicas nos invitan a reconsiderar espacio y tiempo, adoptando una perspectiva fluida y material que desborda el antropocentrismo y abre nuevas formas de entender la historia profunda del planeta.
A partir de esta premisa, han surgido diversos enfoques interdisciplinares que buscan analizar los conflictos y crisis derivados de situar el Antropoceno —o como prefiramos denominarlo— y la emergencia ecológica y social en el centro del debate. En esta línea, durante la última década ha emergido, casi de forma subterránea, el campo de las humanidades azules, en relación con las humanidades ambientales y el ecocriticismo literario, aunque con identidad propia.2
Las humanidades azules comprenden el trabajo académico, periodístico y artístico que trata las relaciones humanas con el agua en todas sus formas. Aunque en algunos momentos puede parecer que algunos trabajos en el pasado han puesto el foco en los océanos solamente, las humanidades azules, como propone Steve Mentz (2024), también exploran aguas frescas, ríos, glaciares, vapor o elementos entrelazados en el agua (17). Autoras y autores como Elizabeth DeLoughrey (2017), Stefan Helmreich (2009), Melody Jue (2020) o Stacy Alaimo (2016) han puesto las aguas de nuestro planeta en el centro de su forma de analizar la teoría y las artes. Por ejemplo, Alaimo (2016) introduce el concepto de transcorporealidad, que resalta cómo los cuerpos humanos y no humanos están inextricablemente conectados a través de flujos materiales y químicos, incluidos los que ocurren en los ecosistemas acuáticos. Estas conexiones subrayan que la separación percibida entre la cultura humana y el mundo físico es, en gran medida, una ilusión. De hecho, como propone Alaimo, la cultura humana nunca ha estado desligada del entorno material, y reconocer esta interdependencia es fundamental para abordar los desafíos del Antropoceno.
El marco de las humanidades azules ofrece una oportunidad para repensar las fronteras disciplinarias, conectando los estudios culturales, las humanidades ambientales y las ciencias naturales. Stefan Helmreich (2009), por ejemplo, analiza cómo el estudio de los océanos puede desestabilizar categorías tradicionales de tiempo, espacio y escala al revelar procesos biológicos y geológicos que exceden la comprensión humana inmediata (132). Desde esta perspectiva, el agua no solo es un objeto de estudio, sino también un agente activo que configura prácticas culturales y modos de existencia. Este enfoque invita a los investigadores a considerar cómo las entidades más-que-humanas, como las corrientes oceánicas, los ciclos del agua o los microorganismos marinos, influyen en las narrativas humanas y no humanas.
Melody Jue (2020), por su parte, utiliza el concepto de pensamiento inmersivo para proponer un cambio de paradigma en la forma en que entendemos el agua. Jue argumenta que, para comprender las dinámicas acuáticas, debemos adoptar perspectivas que consideren la experiencia sensorial y material del agua, sumergiéndonos literalmente en sus entornos para explorar sus características desde dentro. Este enfoque, aunque desafiante, permite una comprensión más rica y matizada de los ecosistemas acuáticos y su relación con las prácticas culturales.
La abstracción, por sí sola, no basta para captar la complejidad del mundo acuático. La materialidad del agua exige ser atendida. Como señala Steve Mentz (2024), la presión de una experiencia inmersiva y el diálogo constante entre cuerpos y entorno enseñan a través de la sensación, muchas veces antes que el análisis intelectual (140). Esta tensión entre conocimiento y experiencia, entre forma y sensación, define el marco emergente de las humanidades azules dentro de los estudios culturales y ambientales. Desde esta perspectiva, se ofrece una visión específica del medio acuático para comprender la emergencia ecológica, subrayando los matices de los sistemas hidrológicos y sus vínculos con otros límites planetarios, más allá de lo estrictamente terrestre (Jue 2020).
Esta orientación permite repensar las barreras disciplinares. Supera marcos antropocéntricos al reconocer la influencia de entidades más-que-humanas en nuestra comprensión del entorno. Es clave recordar algo con frecuencia olvidado: la cultura humana nunca ha estado separada del mundo físico, por más que la tecnología haya querido convencer de lo contrario. Reivindicar estas interconexiones en el Antropoceno exige nuevas formas de ver y pensar —teóricas y mediadoras— capaces de capturar una época de flujos y fuerzas incesantes (Alaimo 2016, 16).
Como indica Anna Tsing (2024), tanto humanos como más-que-humanos participan en la construcción de mundos. Estas prácticas, analizadas como marcos ontológicos en diálogo, resultan fundamentales para las humanidades azules. Las narrativas acuáticas ofrecen un terreno fértil para explorar cómo tiempo, espacio y materia interactúan más allá de nuestra percepción directa. Glaciares y ríos no son solo recursos: son actores dinámicos que configuran modos de vida, humanos y no humanos.
Desde esta perspectiva, las aguas del planeta se convierten en archivos vivientes de historias multiespecies. Como destaca Helmreich (2009), los océanos son zonas de contacto donde se cruzan temporalidades humanas y no humanas, generando encuentros que desafían nuestras nociones de agencia y escala (135). Estas interacciones invitan a los investigadores a repensar la narrativa histórica, incorporando voces más-que-humanas y reconociendo la agencia de los elementos que coexisten en medios acuáticos.
Para desenterrar las historias del agua, es imprescindible adoptar un enfoque que contemple sus propiedades únicas como medio y sujeto de estudio. Pensar con el agua implica atender no solo a sus dimensiones físicas y químicas, sino también a cómo estas configuran relaciones culturales, políticas y económicas. Las humanidades azules nos invitan a superar las métricas racionales dominantes en las discusiones sobre el cambio climático, y a adoptar una mirada que valore las conexiones afectivas y materiales entre humanos y aguas.
Como apunta DeLoughrey (2017), estas interconexiones transforman nuestra comprensión del medio acuático y abren nuevas vías para imaginar futuros sostenibles y equitativos (34). Pensar con el agua no es solo un ejercicio teórico; es también un acto de compromiso ético con el planeta y sus múltiples formas de vida.
Materialidades corrosivas: acidificación oceánica
Desde la revolución industrial, y con un punto de inflexión en la Gran Aceleración a mediados del siglo XX, el pH de los océanos y sus niveles de saturación de aragonito han caído de un 8.2 a un 8.1. Visto desde una naturaleza algorítmica, esta bajada en el pH de las aguas marinas supone un promedio de un crecimiento del 30% en la acidificación de los últimos dos siglos, lo que nos hace ir 55 millones de años atrás para poder ver un cambio así en cuanto a la acidificación oceánica se refiere (Steffen et al. 2015).
Fuente. Figura extraida de Steffen et al. (2015).
La acidificación de los océanos (AO) se manifiesta cuando el dióxido de carbono (CO2) es absorbido por las aguas marinas a un ritmo voraz. Este encuentro entre gases y mares desata una alquimia inquietante: el CO2 se funde con las moléculas de agua (H2O) para engendrar ácido carbónico (H2CO3), que a su vez se descompone en un ion hidrógeno (H+) y bicarbonato (HCO3-). La proliferación de estos iones hidrógeno erosiona el pH del agua, sumergiendo al océano en una creciente acidez (NOAA, s.f.). Estas transformaciones químicas no solo descienden el pH, sino que también agotan la concentración de iones carbonato y alteran los estados de saturación de minerales esenciales, como el carbonato de calcio, cimiento de conchas y esqueletos de innumerables criaturas marinas (NOAA, s.f.). Allí donde antes reinaba la abundancia, ahora se extiende la escasez, amenazando la arquitectura biológica de ecosistemas enteros.
Y, sin embargo, los océanos ácidos permanecen en la penumbra de nuestra percepción, revelándose únicamente a través de mediaciones. Los cuerpos, para sentir esta química oculta, deben entregarse al abrazo del agua durante un tiempo prolongado. A diferencia del fulgor agónico del blanqueamiento de corales o la materialidad tangible de los desechos humanos flotando a la deriva, la AO carece de espectacularidad visible y desafía nuestra capacidad de conceptualizarla como un acontecimiento singular (Hayes 2021, 3). La acidez del mar actúa como una fuerza espectral: lenta, callada, menos visible que amenazas como el calentamiento del agua, la minería del lecho oceánico o el arrastre masivo. En esta acidez silenciosa, los cuerpos se disuelven, se debilitan y se transforman en paisajes inquietantes y ajenos. Percibir este fenómeno requeriría años sumergidos en agua marina, ya que ni la vista ni el gusto humano captan el aumento de partículas ácidas de forma inmediata.
Comprender fenómenos como la acidificación oceánica exige una mediación que los traduzca a una escala perceptible para los sentidos humanos. Este compromiso con la transformación requiere superar los límites del conocimiento antropocéntrico y promover vínculos más-que-humanos. Solo así es posible reconocer cómo el agua marina se entrelaza con diversas formas de vida.
Aquí, enfoques como el nuevo materialismo ofrecen herramientas útiles. Las esculturas submarinas (DeLoughrey 2017) o las interacciones entre medios visuales y aguas ácidas (Batalla 2023) actúan como mediaciones clave. No obstante, en el capitalismo contemporáneo, los fenómenos se analizan desde parámetros objetivos y cuantificables, lo que limita la comprensión a aquello que encaja dentro de la razón instrumental. Este marco margina lo que escapa a la lógica de la calculabilidad.
Aunque la acidificación oceánica puede medirse científicamente, resulta difícil generar discursos que aborden su impacto más-que-humano desde esta racionalidad dominante (Batalla 2023). Aceptar la magnitud de estas transformaciones exige un cambio hacia discursos multiobjetivo y multiespecie, que reconozcan agencias no humanas y relaciones más allá de las métricas convencionales del control.
En este marco, los océanos dejan de ser simples telones de fondo. Se revelan como agentes activos, marcados por la contaminación humana, el aumento de acidez y las complejas ontologías que surgen entre cuerpos humanos y más-que-humanos. Estas condiciones reconfiguran nuestras imaginaciones oceánicas, obligándonos a repensar la existencia y a desafiar certezas heredadas.
Pensar ecológicamente en este contexto implica que el cuerpo pensante dialogue con las materialidades que lo rodean. De ese encuentro surgen relaciones excepcionales entre cuerpo y entorno, especialmente en esta era de transformaciones profundas.
Siguiendo a Santiago Zabala (2017), entender una emergencia requiere formar parte de ella. Las emergencias deben tener forma, símbolos y agencia. Así, cuando hablamos de acidificación oceánica, también hablamos de materialidades corrosivas. Estas funcionan como herramientas conceptuales que exploran dimensiones físicas y simbólicas de procesos como la acidez marina. No solo disuelven materiales, sino que revelan relaciones ocultas entre agentes humanos y no humanos.
Desde esta óptica, las materialidades corrosivas permiten analizar cómo la disolución y transformación reconfiguran las relaciones entre materia, energía y significado. No se limitan a denunciar la crisis ecológica: la piensan desde dentro. La acidificación de los océanos no solo daña los ecosistemas marinos, sino que altera también sistemas simbólicos y económicos. De este modo, se desafían las narrativas antropocéntricas y se reconoce la agencia de entidades más-que-humanas. En este marco, cabe preguntarse —como lo hace Serpil Oppermann (2019)— qué ocurriría si existieran senderos narrativos a través de los cuales los organismos marinos pudieran expresarse en patrones contingentes de creatividad. Tal especulación encuentra fundamento en las materialidades corrosivas, cuya agencia no solo erosiona estructuras físicas, sino que inscribe trazos narrativos que reconfiguran el modo en que entendemos la producción de sentido ecológico. Así, el ecocriticismo material, tal como lo proponen Iovino y Oppermann (2014), abre un campo donde la creatividad no es exclusivamente humana, sino una fuerza distribuida entre cuerpos, procesos y paisajes en transformación.
El análisis de las materialidades corrosivas exige una lente que sea simultáneamente cultural, política, ontológica y estética. Culturalmente, estos procesos nos invitan a reflexionar sobre cómo las prácticas humanas han contribuido a la degradación de los ecosistemas, pero también cómo estas prácticas están siendo transformadas por los mismos procesos corrosivos. Políticamente, las materialidades corrosivas exponen las desigualdades estructurales que perpetúan la explotación de recursos naturales y amplifican los efectos del cambio climático en comunidades vulnerables. Por ejemplo, las economías extractivistas que dependen de la explotación intensiva de recursos son particularmente sensibles a los efectos corrosivos de la acidificación, que amenaza tanto su sostenibilidad como su legitimidad. Del mismo modo, uno puede ver los gráficos del declive de saturación de aragonito en el mundo y crear cartografías históricas y extractivistas que nos dan información sobre las dinámicas nocivas y necróticas que han formado parte desde el colonialismo, la revolución industrial y, sobre todo, a partir de la Gran Aceleración.
Desde una perspectiva ontológica, estas materialidades plantean preguntas fundamentales sobre los medios acuáticos y sobre la existencia e interacción entre agentes humanos y más-que-humanos. Como señala Jane Bennett (2010), reconocer la agencia de la materia nos obliga a repensar la relación entre sujeto y objeto. La materia no es pasiva, sino activa y transformadora (23). En este sentido, las materialidades corrosivas actúan como un prisma desde el cual podemos observar las interacciones dinámicas entre diversas formas de vida y su entorno material.
Desde esta perspectiva, como menciona Bruno Latour (2017), el Antropoceno disuelve los límites entre cultura y naturaleza. El sublime deja de ser una experiencia de asombro reverencial ante una naturaleza externa y superior —como planteaba Kant—, y se convierte en una vivencia marcada por la alienación y la pérdida. La naturaleza ya no es un otro distante, sino un agente afectado y afectante dentro de un sistema ecológico compartido. Este giro nos invita a pensar en una estética de la corrosión que reconoce la degradación y el desequilibrio como experiencias existenciales compartidas. El sublime deja de estar ligado exclusivamente a lo majestuoso e inalcanzable para incluir lo desgarrador y lo disruptivo. En este marco, todos los seres estamos conectados por las aguas del planeta y nos convertimos en cuerpos inherentemente acidificados: reflejo directo de la interdependencia ecológica y de las consecuencias tangibles de nuestras acciones colectivas.
La degradación física que genera la acidificación no solo afecta a las estructuras materiales, sino que también revela relaciones ontológicas entre entidades vivas y no vivas. Este fenómeno plantea preguntas fundamentales sobre cómo entendemos la agencia en un mundo donde los procesos químicos como la corrosión actúan de manera autónoma y significativa. Así, la corrosión no solo destruye; también genera nuevos paisajes, nuevas formas de vida y nuevas maneras de imaginar las relaciones interconectadas en el Antropoceno. Es precisamente aquí donde podemos reconfigurar las historias y narrativas que emergen de esta crisis ecológica.
La corrosión, pues, se convierte en una lente metafórica y literal a la vez. En otras palabras, del mismo modo que las partículas de ácido degradan elementos físicos como moluscos o arrecifes de coral, también corroen los marcos epistemológicos que separan a los agentes humanos y los más-que-humanos. En el ámbito cultural, la corrosión también funciona como una metáfora poderosa para cuestionar las narrativas dominantes sobre el progreso y el control humano sobre la naturaleza.
La Acidificación Oceánica, en este sentido, puede entenderse como un fenómeno de lo sublime que nos conecta y nos desciende al océano. Las estructuras carbónicas se degradan, evocando ese sublime kantiano cuando estas son mediadas vía elementos que nos ayudan a entenderlas (time-lapse, cámara rápida, fotografía, escultura, etc), volviéndose experiencias viscerales que transmutan la razón y lo invisible en emoción y tangible. Estas mediaciones nos ayudan a romper con el hecho de que la emergencia ecológica actual es también una crisis de la imaginación y de la cultura, como mencionamos anteriormente. Como propone Amitav Ghosh (2016), eventos como el cambio climático, la extinción masiva de especies o sequías recurrentes son considerados impensables por la cultura, pues no encajan con los marcos narrativos lineales y realistas que la misma cultura sostiene. Esto, por consiguiente, refleja una incapacidad cultural para imaginar fenómenos como, en este caso, la acidificación oceánica, desafían las normas de la experiencia cotidiana. Es por esto que las dichas mediaciones, con sus límites, nos pueden ayudar a crear materiales que nos acerquen a poder reconfigurar estas narrativas e historias desde un punto de vista que a) se adhiera a la búsqueda del sublime kantiano capaz de movilizar nuestro interior; b) hacer que la ciencia factual sea comprensible para todo el mundo; c) romper con los dogmas culturales establecidos en la búsqueda perpetua del mantra de la modernidad inalcanzable con un concepto de progreso maleable y cambiante que nos ha llevado a este cataclismo ecológico con pocas luces al final del túnel.
Al igual que el ácido transforma los materiales físicos, la corrosión simbólica desafía las estructuras narrativas que perpetúan una visión extractivista del mundo. Este proceso invita a imaginar nuevas historias que integren la vulnerabilidad y la interdependencia como elementos centrales de nuestra relación con el planeta. Como señala Melody Jue (2020), pensar con el agua y sus transformaciones químicas nos permite desarrollar un enfoque más fluido y adaptativo para abordar los desafíos ecológicos contemporáneos (88). Pensar con el ácido implica adoptar una perspectiva que contemple tanto los procesos materiales como sus resonancias simbólicas. Este enfoque nos invita a reimaginar nuestra relación con el mundo natural desde las propiedades del ácido y los procesos que activa en medios acuosos. Incluso más allá de una comprensión estrictamente empírica, la degradación y la transformación se revelan también como oportunidades para el cambio y la regeneración. La acidificación oceánica y la corrosión muestran que la interconexión entre humanos y más-que-humanos no es solo un hecho biológico, sino también un desafío ético, estético y político que exige atención inmediata.
Hidro-realismo: Un marco para la crisis ecocultural de los océanos
Lynn Badia, Marija Cetinic y Jeff Diamanti (2020) proponen el concepto de realismo climático como un marco interpretativo que, desde los estudios culturales, permite ir más allá de la dicotomía entre negacionismo climático y catastrofismo alarmante. Esta perspectiva busca conectar con las realidades materiales y discursivas de la crisis climática desde un ángulo más productivo. El realismo climático nos ayuda a comprender los vínculos entre agentes humanos y más-que-humanos, entre lo cultural y lo ecológico, al tiempo que plantea una crítica a los límites de las narrativas antropocéntricas en torno a dicha crisis.
La propuesta de Badia, Cetinic y Diamanti reconoce las transformaciones físicas y materiales derivadas del cambio climático —como la subida del nivel del mar o la escasez de recursos básicos— como realidades fundacionales que moldean vidas y muertes de humanos y más-que-humanos por igual. Este reconocimiento exige repensar las formas culturales de narrar, ya que los modos tradicionales a menudo no logran capturar las temporalidades complejas ni la escala de los problemas. Por eso, el realismo climático tiende a integrar agencias más-que-humanas, favoreciendo enfoques interdisciplinares. En suma, ofrece un marco sólido y especulativo para aproximarnos a la crisis climática y reconfigurar las historias emergentes de este entramado humano y no humano de forma dinámica.
Por otra parte, el hidro-realismo aparece, no como una crítica al uso, sino como una extensión del realismo climático. Aunque el concepto de realismo climático resulta muy valioso a la hora de analizar el cambio climático desde los estudios culturales, puede quedarse corto al reducir todas las emergencias actuales exclusivamente al cambio climático. Este marco tiende a centrarse en fenómenos climáticos evidentes, como el calentamiento global, mientras deja de lado la interconexión más amplia con otros límites planetarios fundamentales que sostienen la estabilidad de la Tierra. De los nueve límites planetarios identificados que sostienen la estabilidad de la Tierra, seis ya han sido superados, acercándonos a puntos de no retorno (Richardson et al. 2023).3 Si bien es cierto que todas las crisis humanitarias pasan por el clima en el momento en el que la humanidad y sus acciones han afectado la atmósfera global, rompiendo la barrera entre naturaleza y cultura –si es que existió alguna vez- como propuesta de la Ilustración y el racionalismo europeo, uno puede ser más analítico y situar estos conocimientos de forma más profunda. Esto subraya la necesidad de integrar en el análisis no solo el cambio climático, sino también los efectos combinados de múltiples factores antropogénicos en la crisis planetaria.
En este sentido, la perspectiva del realismo climático corre el riesgo de simplificar las complejidades de las crisis planetarias al enfocarse únicamente en el cambio climático, sin explorar cómo otros procesos, como la acidificación oceánica, la pérdida de biodiversidad o la disrupción de los ciclos de nitrógeno y fósforo, se relacionan entre sí como límites interdependientes. Estos límites, como lo señalan Rockström et al. (2009), funcionan como sistemas interconectados: un cambio en uno puede desestabilizar a los demás. Por ejemplo, la acidificación oceánica no solo está relacionada con el calentamiento global, sino también con prácticas antropocéntricas específicas como la sobrepesca o la contaminación por plásticos, que alteran los ecosistemas marinos de forma directa. Al reconocer estas conexiones, el hidro-realismo propone un marco más inclusivo, que abarca tanto las dimensiones climáticas como las no climáticas de las emergencias actuales.
Este comentario busca enfatizar la urgencia de ampliar los marcos discursivos más allá de un enfoque exclusivamente centrado en el clima como categoría aislada. La crisis ecológica que enfrentamos no puede desvincularse de los múltiples límites planetarios interconectados, donde la desestabilización de los océanos representa un caso paradigmático. Esta no responde únicamente al aumento de las temperaturas superficiales, sino que incluye procesos sinérgicos como la acidificación, la desoxigenación, la sobrepesca y la contaminación, todos ellos actuando como fuerzas coalescentes que erosionan de manera sistemática la resiliencia de los ecosistemas acuáticos. Como determina Aina Vidal-Pérez (2024), es crucial ir más allá de la división entre humano y naturaleza para poder entender como estos espacios que se escapan de la mira terrestre del ser humano también se convierten en espacios en los que se efectúan actividades fuera de la jurisdicción o totalmente ecocidas que serían impensables en la tierra (187).
Estas dinámicas no son contingencias abstractas, sino el resultado directo de formas históricas y desiguales de organización social, económica y política. Como señala Wagner (2024), la trayectoria de la modernidad, intensificada por la Gran Aceleración y los desplazamientos materiales globales, ha permitido a ciertas regiones privilegiadas mantener la ilusión de una Tierra infinita y explotable, sostenida por regímenes de extracción y explotación capitalista que consolidan las desigualdades ecológicas.
El hidro-realismo, consecuentemente, propone una reconfiguración de estas ideas: percibir la emergencia ecológica a través de la lente elemental del agua, poniendo énfasis en la materialidad y la relacionalidad central que existe en los lazos entre agentes humanos y más-que-humanos en el planeta. El agua es el tejido que conecta los sistemas de la Tierra a través de los océanos, ríos, lagos y la atmósfera, sosteniendo los lazos de vida y muerte. De hecho, no es descabellado pensar que, en el momento que los seres humanos somos 70% agua, por ejemplo, formamos parte del ciclo del agua que surge de la atmósfera y los océanos, generando un pensamiento holístico en cuanto a las aguas planetarias se refiere. Cuando adoptamos una lente acuática, el hidro-realismo no solo nos demuestra la importancia del agua en la estabilidad ecológica, sino que también nos señala la agencia de los sistemas acuáticos, las grandes corrientes oceánicas y los ecosistemas que se entrelazan como participantes activos a la hora de pensar, especular, formar y construir futuros planetarios desde un punto de vista que se escape de los intereses antropocéntricos y que ponga en el centro formas de entender espacio, tiempo, relacionalidad y coexistencia desde esta lente acuática.
En este contexto, el hidro-realismo emerge como una propuesta crítica dentro de los estudios culturales que busca recentrar el análisis ecológico en el agua como una entidad activa, relacional y políticamente significativa. No se trata solo de reconocer la agencia vital de la materia —como han planteado autoras como Alaimo (2016), Barad (2007), Bennett (2010), Haraway (2008) y Helmreich (2009)— sino también de incorporar las condiciones históricas y estructurales que han permitido la configuración de un sistema tóxico y necrótico. Desde esta perspectiva, el agua no es únicamente una sustancia biogeoquímica: es también un vector de injusticia ambiental. Las comunidades que menos han contribuido a esta situación son, sin embargo, las primeras en sufrir sus consecuencias, revelando un mapa de vulnerabilidad profundamente marcado por el legado colonial, racial y de clase. El hidro-realismo, al entrecruzar los nuevos materialismos con una sensibilidad hacia el materialismo histórico, ofrece un marco para pensar cómo las propiedades químicas, físicas y ecológicas del agua median las condiciones de vida y muerte de los agentes humanos y más-que-humanos en un planeta atravesado por el colapso ambiental.
En un mundo en el que ciertos eventos nos pueden dejar sin saber muy bien cómo actuar, en una sensación de desorientación constante, la conciencia ecológica nos ayuda a observar el mundo desde un prisma en el que todo es relevante para todos los seres, generando interconexiones entre los seres vivos y no-vivos, al igual que analizando la emergencia actual desde un prisma materialista crítico.
El hidro-realismo insiste, en esta línea, en que cualquier análisis significativo de la crisis ecológica debe considerar las particularidades materiales y dinámicas de los elementos que la constituyen. En lugar de subsumir todas las problemáticas bajo una lógica climática totalizante, propone atender a las especificidades del agua y sus relaciones con otros actores y procesos. Esta atención situada permite reconfigurar el discurso ecológico, desplazando el foco hacia una mirada interdisciplinar que atraviesa las ciencias, las humanidades y las artes, y que apuesta por una sensibilidad crítica no antropocéntrica. Desde este enfoque, la imaginación azul se plantea como una herramienta especulativa y creativa para visualizar otras formas de habitar, narrar y sentir el mundo acuático. Esta imaginación no solo revela nuevas formas de conexión entre humanos y más-que-humanos, sino que también ilumina las dimensiones culturales, estéticas y afectivas de los medios oceánicos. En lugar de concebir el océano únicamente como recurso o víctima, el hidro-realismo nos invita a reconocerlo como un agente narrativo, un interlocutor que modela nuestras historias y prácticas simbólicas, y que nos impulsa para articular una ecología cultural que entrelace ciencia y especulación crítica.
Conclusión: Descompresión
Cuando volví a la superficie en Cahuita, la imagen de ese cementerio bajo el agua, con pequeños oasis de vida cada vez más degradados e invisibles para la mirada terrestre, permaneció conmigo como algo más que una postal: como un recordatorio visceral de nuestras conexiones rotas. El arrecife no es solo un ecosistema: es archivo, mediación, conversación entre flujos, especies y tiempos en constante entrelazamiento. Pensar con el agua, o a través del agua, emerge así no como un simple gesto poético, sino como una necesidad cultural, política y epistemológica.
Meses después, al intentar traducir esta experiencia en palabras, comprendí que quizás no todo puede ni debe ser traducido de forma lineal. Tal vez necesitamos otras formas de saber y contar. El agua, con su materialidad corrosiva y su potencia simbólica, nos empuja a imaginar nuevos lenguajes, nuevos marcos de sentido y nuevas alianzas. Este texto, por tanto, ha propuesto pensar con el agua no solo como medio natural, sino como método de conocimiento y como vehículo para una crítica cultural radical ante la crisis ecológica.
La materialidad del mar suele verse eclipsada por sus construcciones discursivas, influenciadas por interpretaciones políticas y metáforas que dificultan el desarrollo de nuevos marcos de conocimiento marino. Equilibrar la atención entre la existencia material del océano y sus representaciones simbólicas representa un desafío crucial para comprender y conceptualizar los entornos acuáticos. En este contexto, como propone Serpil Oppermann (2019), emerge una ética caracterizada por la negación de reglas fijas y por la importancia de responder de manera adecuada a los enredos éticos con agentes no humanos, que van desde microorganismos hasta fuerzas geológicas. Las humanidades azules promueven un vínculo más profundo con los mares narrados y sus agencias, impulsando un desplazamiento desde perspectivas antropocéntricas hacia una inmersión ética más inclusiva y sensible, que reconoce la compleja interdependencia entre humanos y más-que-humanos en los ecosistemas acuáticos. Esto nos puede incluso acercar a lo que Oppermann (2024) denomina una poética científica del agua, una propuesta metodológica que combina investigación científica con un compromiso creativo hacia las ontologías oceánicas, donde lenguajes no humanos, expresiones creativas y narrativas propias moldean de manera significativa los mundos de vida acuáticos, similares a las que encontramos en este artículo. Esta poética nos permite leer a entidades y agencias acuáticas, incluso entidades narrativas activas, participantes de la creatividad semiótica colectiva de la vida.
Desde esta perspectiva, el concepto de hidro-realismo se plantea no como una simple metáfora líquida, sino como una herramienta crítica para repensar nuestras relaciones epistémicas, políticas y afectivas con el entorno. El hidro-realismo apunta a una sensibilidad metodológica que pone en el centro las materialidades inestables, los tiempos dislocados, las memorias sumergidas y las agencias más-que-humanas. Pensar en clave hidro-realista implica asumir que el conocimiento no siempre fluye de forma ordenada o progresiva, y que las narrativas lineales, propias de cierta racionalidad occidental, resultan insuficientes para comprender la complejidad ecológica actual.
Este enfoque problematiza la centralidad del Anthropos como sujeto epistémico y propone modos de percepción y análisis que surgen desde la inmersión, la porosidad, la disolución de límites entre sujeto y medio. En ese sentido, el hidro-realismo no solo describe realidades acuáticas, sino que participa activamente en su producción simbólica y política: imagina, interpela y co-crea otros marcos posibles de relación con el mundo más-que-humano. Su fuerza radica en que no aspira a dominar el entorno, sino a disolverse en él, abrirse a su multiplicidad, y trabajar desde la incertidumbre y la interdependencia.
En este marco, las humanidades —y particularmente las humanidades azules— juegan un papel decisivo. No se limitan a documentar o interpretar pasivamente los procesos ecológicos, sino que se convierten en espacios de producción de sentido, de memoria y de imaginación crítica. Las humanidades azules nos enseñan que los mares, los ríos y los arrecifes no son solo objetos de estudio, sino también sujetos de relación, agentes narrativos y espacios vivos de interconexión. Su enfoque permite articular historias sumergidas, voces silenciadas, imaginarios alternativos y posibilidades de futuro que las ciencias factuales, por sus propias limitaciones metodológicas, suelen excluir o subestimar.
En tiempos de emergencia ecológica y crisis cultural, urge una praxis interdisciplinar que no jerarquice los saberes, sino que los entrelace. El hidro-realismo se propone, así como un punto de partida para esa praxis: una invitación a disolver las fronteras rígidas entre lo científico y lo poético, entre lo empírico y lo afectivo, entre lo humano y lo más-que-humano. Solo desde esa disolución puede surgir una ética del cuidado situada, capaz de imaginar formas de coexistencia que no reproduzcan los marcos extractivistas y coloniales que nos han traído hasta aquí.
En última instancia, esta propuesta nos invita a reconfigurar nuestras narrativas y nuestras formas de existencia a partir de una fragilidad compartida. Pensar en clave acuática nos devuelve a una pregunta urgente: ¿qué formas de vida, de conocimiento y de cuidado pueden emerger cuando dejamos de situarnos en el centro del relato? En ese gesto, las humanidades no son un complemento de las ciencias, sino un espacio activo de intervención y creación de futuros posibles.
Notas
1. El materialismo histórico, proveniente de Karl Marx y Friedrich Engels, es una metodología que analiza la historia humana y las estructuras sociales a través de las relaciones económicas y materiales, con el objetivo de entender la realidad social para superar la explotación capitalista. Se centra en cómo los modos de producción determinan las relaciones sociales y culturales. Para el materialismo histórico, la base económica condiciona las ideas, la política y la cultura. Por otro lado, la teoría crítica, iniciada por la Escuela de Frankfurt, busca ampliar el análisis marxista al incluir dimensiones culturales, ideológicas y subjetivas en la comprensión de la sociedad moderna. Si bien comparte con el materialismo histórico una perspectiva emancipadora y el análisis dialéctico del capitalismo como estructura social y en la relación entre materia y economía, la teoría crítica pone énfasis en el papel de la cultura y la industria cultural en la perpetuación de las relaciones de poder. La teoría crítica subraya cómo las ideas y los sistemas simbólicos también contribuyen a la dominación. Entonces, mientras el materialismo histórico prioriza las estructuras económicas como eje explicativo, la teoría crítica amplía este marco para abordar cómo las dinámicas culturales y psicológicas refuerzan o cuestionan las relaciones de poder en las sociedades contemporáneas. Es por esto que en este texto se alude a ambas, pues se entrelazan entre sí ya que, en cierto modo, el materialismo histórico es la base de la teoría crítica marxista.
2. Las humanidades ambientales son un campo multidisciplinar que aborda cuestiones de corte ecológico y ambiental desde perspectivas culturales, políticas, éticas y filosóficas. Por otra parte, el ecocriticismo literario es u enfoque dentro de la literatura comparada y los estudios literarios que busca analizar cómo textos representan la naturaleza de forma directa o indirecta. Esta última disciplina, aunque más antigua, forma parte del gran abanico de las humanidades ambientales.
3. Los límites planetarios son el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, los ciclos del nitrógeno y el fósforo, cambios en el uso del suelo, la acidificación oceánica, la degradación de la capa de ozono, el uso de agua dulce, la contaminación química y causada por nuevas sustancias, y la carga de aerosoles en la atmosfera. (Rockström et al. 2009)
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Oriol Batalla (oriolbatalla.95@gmail.com) es doctorando en Teoría Social y Cultural en el Centro de Estudio sobre Política, Cultura y Sociedad (CECUPS) de la Universidad de Barcelona, bajo la supervisión del Dr. Peter Wagner. Se formó en Análisis Cultural y Humanidades Ambientales en la Universidad Autónoma de Barcelona, la Universidad Estatal de San Diego y la Universidad de Ámsterdam. Su investigación se centra en el concepto de Necroceno como era de la extinción impulsada por las dinámicas capitalistas, explorando estas tras la Gran Aceleración y el cruce entre materialismo histórico y nuevos materialismos frente a la emergencia ecológica, con especial atención a las formas de existencia más-que-humanas y las narrativas que generan. Ha ejercido como docente en secundaria y como profesor en los departamentos de Inglés (Universidad Rovira y Virgili) y Comunicación (Universidad Pompeu Fabra). Sus trabajos han sido publicados en editoriales como Columbia University Press, y en revistas como Matter, Ecozon@, CES e-cadernos o Indialogs. Coordina el ciclo de seminarios «Approaches to the Ecological Emergency» junto con Peter Wagner y Anna Clot-Garrell, y coedita junto con Clot-Garrell una edición especial Social Science Information bajo el mismo nombre. En 2024 fue investigador visitante en la Universidad de Costa Rica. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-7555-1734.
Recibido: 26 de marzo, 2025. Aprobado: 21 de mayo, 2025.