Rev. Filosofía Univ. Costa Rica, LXV (171) Enero-Abril 2026 / ISSN: 0034-8252 / EISSN: 2215-5589
IV. Contribuciones especiales
Enrique P. Haba
Por qué la neurociencia no puede detectar nuestros problemas prácticos corrientes: En torno a la falacia básica de los neurocientíficos radicales
Resumen: Una parte de los neurocientíficos, aquellos que denominaré radicales, postulan el determinismo neurológico absoluto para las conciencias humanas: según ellos, todo cuanto percibe cada quien está compuesto únicamente por epifenómenos de ciertos procesos neuronales suyos. Esos científicos se basan, como precomprensión axiomática, en no diferenciar entre condición necesaria y condición suficiente, falacia-eje de donde ellos infieren sus falsas generalizaciones en la materia.
Palabras clave: Neurociencia, Determinismo, Apriorismo, Conciencia, Falacias.
Abstract: Some neuroscientists ―those I would call the radical ones― postulate an absolute neurological determinism of human consciousness. According to them, human thinking and behaviour are composed solely of epiphenomena, which are determined by certain neurological processes. However, these scientists miss differentiating necessary conditions from sufficient conditions; they fully believe in the logic of this fallacious theoretical thinking. Based upon such axiomatic pre-understanding, these kinds of studies infer false generalizations about the matter of their research.
Keywords: Neuroscience, Determinism, Apriorism, Consciousness, Fallacies.
El ser un buen pensador es más difícil de lo que a primera vista parece, porque no solo hay que defenderse de las soluciones: hay que defenderse hasta de las cuestiones, de los mismos problemas que se plantean en los enunciados.
Vaz Ferreira (1963, 145)
[I]
El presente ensayo ofrece puntualizaciones críticas fundamentales sobre una dirección axiomático-reduccionista en el seno de las investigaciones neurocientíficas:1 se trata de aquella orientación especial cuya postulación básica es el determinismo biológico total, ¡absoluto!, con respecto a la conciencia de cada ser humano. Pienso que, para hacer palpable las falencias más cardinales de que adolece tal posición, alcanza con un artículo breve como el presente. [No entiendo venir a trazar ni aun el panorama más sucinto sobre las neurociencias en general; y cuanto expondré, es ajeno a todo intento de basarlo en alguna erudición bibliográfica. Por lo demás, estas observaciones mías son independientes de los términos en que la cuestión «¿libertad o determinismo?» aparece planteada por grandes pensadores que admiro: Peirce, Vaz Ferreira, Popper, etc.].
Esas investigaciones que objetaré concluyen que la conciencia de cada individuo no hace sino recoger señales que le vienen impuestas por cuanto programan tales o cuales neuronas de su cerebro, y que estas determinan inclusive lo que al respecto efectúan otras partes del cuerpo. Aquí haré ver que tal tipo de neurocientíficos discurren con base en unas elementales falacias de razonamiento (pero no todos, ni aun la mayoría de los neurocientíficos piensan exactamente así). La diferencia clave entre los neurocientíficos que llamaré radicales y otros estudiosos de las experiencias de conciencia, arraiga en que los primeros establecen dicho postulado a priori: su cándida fe doctrinaria sobre que, en el seno de los fenómenos de conciencia, lo único que ha de contar como explicaciones de última instancia es cuanto sea dable detectar en aparatos de medición neurológica. Ello constituye su pre-comprensión sin más, en modo de dogma absoluto.
Mas he aquí que, para proceder a semejante orden de selección sobre las fuentes de conocimiento, un escogimiento de alcance tan angostamente reduccionista, hasta dichos investigadores no pueden prescindir -¡quiéranlo o no!- de pescar aun esos datos mismos en el seno de cuanto se hace presente en unas conciencias humanas: en este caso son las de los propios investigadores que discurren bajo tales moldes. Si no fuere así, ¿dónde podrían ellos hallar semejantes datos de medición? No estoy enterado, ni alcanzo a imaginarme siquiera hipotéticamente, otro orden de circunstancias que no consista en que cada uno de dichos investigadores se base, para sostener eso, en opciones cognitivas que le ofrece su propia conciencia manifiesta; o bien, lo asume porque confía a pie juntillas en informaciones de ese mismo tipo provenientes de las conciencias de ciertos colegas suyos.
Ahora bien, según solemos ver las cosas, es habitual que cada persona tome sus decisiones propias sobre tales o cuales alternativas para su conducta personal. Esas decisiones pueden revestir importancia muy variada en la vida de quien las adopta: así, elegir entre tomar un vaso de vino o un jugo de frutas, resolverse a matar a un vecino molesto o resignarse a continuar soportándolo. El postulado de que esa conciencia de decidir no constituye sino una apariencia engañadora es sostenida por dicha parte de los expertos en neurociencias, pero también por unos tipos de estudios que no se fijan en ninguna de estas apariencias e imputan tal conciencia a una ilusión. Aquí examino únicamente lo de aquellos primeros, los sostenedores de esa tesis radical sobre las neurociencias.
* * *
Las discusiones científicas sobre cómo se producen mentalmente las decisiones no ponen en duda que estas requieren, como todos nuestros pensamientos y emociones, que pasen cosas en el cerebro de quien adopta esas decisiones. Por ejemplo, el filósofo G. Zanotti lo ha señalado así:
...si la inteligencia y el libre albedrío son reducibles, reductibles a la neuronal, ese es el punto; jamás la negación de la influencia de lo neuronal. (…) Tendríamos que hacer una especie de metadebate sobre nuestros mundos diversos en cuanto a la palabra ‘prueba’. (...) Yo estoy convencido, igual que Álvaro (Fisher), en cuanto a que estamos apoyados en un sustrato neuronal, simplemente el apoyo para mí no significa reductibilidad: ese es el debate planteado. [cursivas añadidas por el autor de este texto]. (Zanotti & Fisher 2016)2
La cuestión es: ¿corresponde inferir que, porque la presencia de dinamismos neurológicos sea una condición necesaria de nuestros fenómenos de conciencia, estos mismos dinamismos sean también la condición suficiente para que esos fenómenos tengan lugar exactamente así como son percibidos por sus respectivos actores? Si se responde que ahí lo neuronal es condición suficiente, se entiende que la conciencia de cada uno no es sino un conjunto de epifenómenos de procesos neuronales suyos. Entonces se sustenta que cuanto se nos aparece como libre albedrío personal para tomar toda decisión, constituye un autoengaño.
En efecto, dichos neurocientíficos postulan que, sean cuales sean esas decisiones individuales, en definitiva, ello de por sí viene ya por completo fijado neurológicamente. He ahí la falacia cardinal de tal posición: no tomar en cuenta la posibilidad de que al respecto pueda corresponder una distinción tan elemental como es la no equivalencia entre condición necesaria y condición suficiente. Así se pasa por encima de la zanja epistemológica que va del primer orden de requisitos empíricos (lo de condición necesaria) al segundo orden de ellos (lo de condición suficiente). Fundamentalmente en esta precipitación de sus razonamientos al respecto, su «salto» epistémico necesario=suficiente, es cómo se funda la tesis del neurorradicalismo.
Y ese axioma dogmático-doctrinario trae implícita ahí, por añadidura, otra falencia básica más: un paralogismo propio de falsa generalización. Este consiste, por parte de aquellos científicos, en presuponer que, porque acaso se haya conseguido mostrar la existencia de una condición neurológica suficiente para algunos tipos de casos, ello demuestre también que pase así mismo para todos (o la gran mayoría de) los demás fenómenos de conciencia. Tal es la convicción del neurocientífico Á. Fischer:
Hay experimentos que muestran que algunas de nuestras decisiones se generan en nuestro sistema nervioso central, con milésimas de segundo de anticipación a que estemos conscientes de que ellas ocurren; y por lo tanto, desde ese punto de vista parecería que la conciencia es como una especie de relato que nosotros mismos nos damos de aquello que estamos haciendo. (Zanotti & Fisher 2016)3
[II]
Es verdad que numerosas evidencias del sentido común son engañadoras. Desde luego, una persona puede estar confundida con respecto a por qué ella adopta determinada decisión. Ejemplo notorio: fenómenos de hipnosis ponen en evidencia que una vez que al hipnotizado lo despierta el hipnotizador, aquel decide, supuestamente por ocurrencia propia, hacer eso que en realidad proviene de cuanto le sugirió ese hipnotizador. Mas esto no demuestra que la gran mayoría de nuestras decisiones obedezcan simplemente, como lo del hipnotizador, a elementos de determinación ajenos a nuestro propio conocimiento, digamos a unas fijaciones neurológicas autónomas. ¿Cómo verificar si es o no es así? Para esto no existe otra manera que basarse en tales o cuales aspectos que se hagan presentes en la conciencia misma – ¡ni más ni menos! – de unos u otros seres humanos.
Sean cuales fueren los asuntos que nos propongamos examinar, científicamente o de cualquier otra manera, los tomamos según maneras cómo ellos se aparecen en «el torrente de la conciencia» (expresión de W. James) de quienes los abordan. Los conocimientos neurocientíficos no escapan a tal condición: esos investigadores se fijan singularmente en ciertas cosas de que se aperciben dentro de unas conciencias, por más que lo hagan sirviéndose de aparatos sofisticados de medición. ¿Dónde podrían ellos aprehender esos resultados si no es leyéndolos justamente ahí? Solo a partir de semejante captación consciente, vienen esos investigadores a inferir que dicha percepción y lo neurológicamente medido sean equivalentes. Mas la concomitancia entre dos fenómenos no demuestra que necesariamente uno de ambos tiene que ser causa eficiente de tal coincidencia en el tiempo; y menos que menos basta solo ello para acreditar así mismo que esa sea ahí causa única. Puede serlo o no, según cuales fueren los fenómenos considerados.
Para acreditar que es acertada la postulación básica del neurocientífico radical, hace falta lo siguiente: el experto que lee la medición tendría que quedar entonces en condiciones de poder traducir esta medición a describir plenamente, o en todo caso muy aproximadamente, cómo es el fenómeno de conciencia respectivo tal como lo experimenta el propio sujeto de esta. ¡Ningún neurocientífico ha conseguido, ni remotamente, algo parecido a eso! No han logrado ni al menos algo análogo, mutatis mutandis, al consabido traduttore, traditore de textos. Con únicamente conocer determinados datos neurológicos, nadie puede saber qué es lo que específicamente ve ahí el sujeto percipiente.
Dicho axioma falacioso de pre-comprensión no dista mucho de la siguiente actitud mental muy común en quienes manejan determinado oficio, sea este de la naturaleza que fuere. Los que lo desempeñan, consideran su propia labor no solo importantísima para la colectividad, indispensable para la marcha de la sociedad en donde ellos viven; por añadidura suelen, frente a unas situaciones de que tratan otras disciplinas, asumir que ciertas pautas de tal oficio suyo corresponde aplicarlas inclusive para esas otras materias.
Tanto para quienes desempeñan oficios corrientes como también para dichos neurocientíficos calza muy bien, cuando ellos caen en tales extrapolaciones: ¡zapatero a tus zapatos! Así, por cuanto hace a los neurocientíficos radicales, aun cuando estos no pretenden reemplazar las labores cognoscitivas específicas de los científicos sociales, los primeros vienen a querer advertirles ni más ni menos que lo siguiente a los segundos. Según esos neurocientíficos, los desempeños profesionales de los científicos sociales pasan por encima del fondo auténtico y autosuficiente de los comportamientos de sus protagonistas, dado que los estudiosos de lo social no se atienen al dogma de los primeros de que todo lo humano obedezca por completo a predeterminaciones neurológicas, unas u otras.
[Así y todo, yo no sustento la imposibilidad de que nuestros pensamientos y nuestras conductas vengan acaso pre-determinados de alguna manera; ¿no estaremos viviendo (sin darnos cuenta) el «eterno retorno» de experiencias pasadas, actuales y futuras, ya sean todas ellas o en parte? Algunos fenómenos parapsicológicos de premoniciones comprobadas apuntan tal vez a ello. (Bender 1976).4 No dejo de darme cuenta de que todo eso constituye un gran misterio, ¡no pretendo saber resolverlo yo! Mas la predeterminación, aun si al fin de cuentas existiere, no se ve por qué habría necesariamente de venir configurada solo neurológicamente; máxime habida cuenta de tan endebles elementos de prueba como esos que nos brindan los neurocientíficos radicales].
[III]
Lo cierto es que, mientras ni remotamente tengamos por lo habitual la posibilidad de resolver nuestros más acuciantes problemas prácticos –ni los específicamente personales de cada quien, ni los colectivos– atendiendo sobre todo a cuanto informen unos neurocientíficos, resulta que corrientemente no nos quedan otros caminos (sean buenos o malos) que proceder a resolver guiándonos por tipos de consideraciones como las que se usan efectivamente al respecto, unas u otras, ideologías inclusive. Salvo que pasásemos a dejarlo por entero al azar, sin siquiera intentar intervenir conscientemente para decidirlo.
Lo cierto es que, ante nuestros problemas prácticos cotidianos –cuestiones jurídicas, choques familiares cotidianos, relaciones amorosas, dificultades económicas, etc.–, las guías que acaso presenten unos neurocientíficos suelen resultar inaplicables de hecho. Por ejemplo: las directivas que se imponen en función de la Agenda 2030 de la ONU (Cultura de la Cancelación/Neoinquisición5 sumisión de múltiples gobiernos estatales a la plutocracia internacional, etc.) y sus penosas consecuencias sobre las vidas de multitudes de individuos, ¿hay quien piense en serio que eso lo puedan llevar a enmendar unos buenos consejos proporcionados por neurocientíficos?
Eso sí, nada de lo que he puntualizado se dirige a sugerir que no sea recomendable efectuar múltiples suertes de investigaciones de carácter neurocientífico, para especializaciones muy variadas. Alguna parte de ellas pueden tener inclusive aplicaciones prácticas beneficiosas, caso sobre todo de las de orden médico o análogas; otras, aunque actualmente no tengan aplicaciones prácticas, aun así pueden tener interés propio como mero conocimiento. Lo que en este artículo objeto, no es sino, específicamente, el reduccionismo epistemológico conformado por el falacioso axioma básico –condición necesaria = condición suficiente + falsa generalización– en que depositan su fe plena los neurocientíficos radicales.
* * *
En definitiva, todos los seres humanos, ¡quiérase o no!, creemos cuanto creemos (sea o no sea con acierto) de acuerdo con cómo ello se presente en la conciencia manifiesta del respectivo sujeto percipiente (y probablemente en concordancia con muchos otros); o sea, ese sujeto confía en algunos específicamente entre esos datos mismos, por juzgarlos los pertinentes al respecto. Puede ser, pues, que sobre ello haya discrepancias entre grupos de sujetos, porque algunos de estos grupos consideren pertinentes determinados datos de conciencia y otros grupos consideren que los datos de conciencia a seleccionar para tomar al respecto en cuenta son otros.
Los neurocientíficos radicales se diferencian esencialmente frente a todo otro sector de científicos (inclusive frente a la generalidad de los demás neurocientíficos), sean de la disciplina que fuere, sobre todo por lo siguiente. a) En la veracidad autoinmanente de cuáles datos de sus conciencias manifiestas confía como instancia última dicho grupo especial de neurocientíficos. b) Contrariamente a cómo piensa la generalidad (todos o poco menos) de los cultores de las ciencias empíricas, en cambio en el susodicho grupo reina la fe apriorística sobre que los hechos percibidos en cuanto a relaciones de causa-efecto corrientes no son tales, decisivos en sí mismos; de acuerdo con este apriorismo, tales relaciones son aparentes, apenas unos meros epifenómenos de dinámicas neuronales. c) En particular para los ámbitos de las ciencias sociales, las informaciones suministradas por neurocientíficos no se han revelado eficaces para poder guiar en la práctica a los protagonistas de las conductas que se desempeñan en esos terrenos; concentrarse en tales órdenes de informaciones conduce antes bien a apartar la atención de cómo funcionan esas conductas en las realidades cotidianas.
[IV]
Apéndice 1
Postulaciones básicas de la Neurociencia radical
Para ilustrar de primera mano sobre esa postura teorética, pienso que vale la pena recoger unas postulaciones como las siguientes, formuladas por un acreditado especialista en la materia (Zanotti & Fischer 2020):
Los organismos vivos, aquellos que tienen sistema nervioso central, lo tienen para producir conductas. O sea, aquellos organismos que se mueven, que requieren cambiar de posición en la que están ―que no son las plantas, por ejemplo― tienen un sistema nervioso central que les permite estar permanentemente auscultando el entorno y entendiendo o disponiéndolo a ciertas conductas que le permitan moverse sin que eso lo destruya. En nuestro cerebro, entonces, ocurre el procesamiento de información, que se da cuando recibimos información del entorno externo, pero también de nuestro propio cuerpo y de nuestro entorno interno, y generamos las conductas que hacemos todos los días. Entre ellas está el sistema emocional, el cognitivo, etcétera.
Los sistemas físicos que soportan este proceso de formación son sistemas mecánicos o químicos, determinísticos; y por lo tanto, en cierto sentido somos nosotros un poco una máquina, una máquina que produce conductas y comportamientos. Pero una máquina suficientemente compleja como para que esos comportamientos y aquellas cosas que estamos haciendo tengan un “look” de auto-referencia que es la capacidad para darnos cuenta de aquello que estamos haciendo, que llamamos: la conciencia.
El libre albedrío o la libertad que sentimos es una ilusión, porque somos una máquina determinística que está funcionando conforme a su organización y estructura. Sin embargo, nosotros nos describimos como seres libres porque sentimos que tenemos esas opciones, aun cuando estas opciones sean el resultado de un proceso determinístico al que estamos sometidos. Y en cierto sentido, también esa libertad que sentimos ha evolucionado: venimos de cuando recién éramos cazadores y recolectores, nuestras opciones que teníamos por delante eran muy pocas; hoy ya tenemos mucho más opciones por delante y tenemos que decidirlas. No tenemos ninguna conciencia de cómo se produce esa decisión. Y esa decisión es producto del proceso determinante que está ocurriendo en nuestro cerebro.
Apéndice 26
Comentario de Minor E. Salas
Lo señalado por usted [e.p.h.] en este breve artículo me parece correcto; tanto en lo relativo a la falacia atribuida a la tesis radical de algunos neurocientíficos como a la generalización indebida en que ellos incurren. Efectivamente, cualquier observación o valoración (del tipo que sea, aunque involucre unas mediciones o cuantificaciones neurológicas) que se haga desde la consciencia no puede sino ser parte de la consciencia misma del propio sujeto o de quienes lo observen (los neurocientíficos). Usted lo señala de manera precisa: esos investigadores se fijan singularmente en ciertas «cosas» de que se aperciben dentro de su propia conciencia, por más que lo hagan sirviéndose de aparatos sofisticados de medición…
Yo lo diría de otra manera, aunque la idea viene a ser más o menos similar: no hay forma (lógica- psicológica o neurológicamente hablando) de que podamos escapar a nuestro marco mental o cerebral, por llamarlo así. Un acto de renuncia, como la del determinismo absoluto, a esa condición, se revela como pragmáticamente estéril (poco «práctico», diría usted) e imposible lógicamente. Se trata tal condición (la de este «marco mental») de una suerte de «prisión» sin salida. A este respecto, Leszek Kolakowski dedicó, me parece, unas páginas iluminadoras, cuyos pasajes principales vale la pena transcribir:
Tales reducciones están inevitablemente incluidas en el ser-humano (Menschsein), pero son injustificadas en cuanto pretenden haber escapado de esta prisión. En realidad el hombre, por no poder trascenderse superando su ser humano, se encuentra ya a sí mismo como la única realidad no condicionada [esto en contra del determinismo de los neurocientíficos radicales que usted menciona]. Sabiendo que no es una realidad incondicionada, no puede, sin embargo, articular la propia relatividad sin concluir circularmente, pues la percepción precede siempre y dentro de ésta se dan conjuntamente ser y mundo en un acoplamiento inamortizable. Por eso no podemos explicar el sentido que prestamos a las cosas y situaciones, relacionándolos a necesidades preconscientes del cuerpo, de lo contrario repetiríamos la misma animalización injustificada del ser humano; prestar un sentido a las cosas mediante el proyecto precede a la determinación de aquello a lo que se presta el sentido. (Kolakowski 1999, 23)
Y continúa Kolakowski (1999, 24):
Si cambiar la piel propia es una esperanza vana para los hombres, si el mundo viene dado sólo como dotado de sentido, y el sentido es un producto del proyecto práctico humano, si el hombre no puede comprenderse a sí mismo colocándose en un mundo previo al sentido y pre-humano…porque ese mundo no puede serle conocido en su desvinculación del proyecto del hombre [y de su propia consciencia, como usted indica] –siendo esto así pierden de golpe su vigencia el problema metafísico y el problema del conocimiento.
Si se acepta que no se puede escapar, paradójicamente, de la propia condición humana-biológica (la trampa de la consciencia, le llamaría yo), o sea, del proyecto biológico-cultural homo sapiens sapiens; que no es más que nuestra condición zoológica particular, entonces tampoco podemos negar que la representación que yo me haga de la realidad circundante será necesariamente humana y condicionada en un sentido relativo (no absoluto). Así las cosas, un primer eslabón en la dilucidación del tradicional problema de la objetividad/subjetividad en el conocimiento, o del determinismo/indeterminismo de la mente, se reduce a la constatación de que «todo es subjetivo» y no podría ser de otra manera. A este fenómeno le he llamado, en otro contexto: la prisión antropológica de la subjetividad.7
Pero, ello no niega ni podría negarse consecuentemente, que haya un mundo allí afuera, es decir, que ese mundo, realidad, o como desee llamársele, no solo está en nuestra consciencia, sea este mundo como sea, y fuere como fuere. Pierce le llamó a este «mundo fuera de la consciencia» el Fanerón, que es lo único que nuestra mente puede percibir, por las razones indicadas por Kolakowski.
De allí que existen dos variantes del solipsismo (i.e., esa doctrina extrema que niega la realidad exterior o el mundo de afuera): La versión fuerte o radical (que sostiene que todo lo que esté fuera de mi mente es inexistente), o con otras palabras, que todo lo existente es producto de mi cerebro, o sea, del hecho de que yo mismo me lo imagine o represente en la consciencia; y la versión débil que sostiene que el mundo como tal puede, eventualmente, existir, pero en todo caso cómo sea este, es una cuestión de mi representación; o sea, el mundo es mi representación y, por ello mismo, nunca podremos captarlo en su esencia; es decir, como hecho bruto, objetivamente.
Desde mi perspectiva, lo único que podemos aprehender, que la consciencia puede aprehender, es el Fanerón. La doctrina del solipsismo radical es insostenible pragmáticamente («…y que yo sepa, nunca ha habido un auténtico solipsista que no acabara en una institución mental…» = Gardner); y por otro lado, aunque suene pedante decirlo, la doctrina del solipsismo débil es una trivialidad. Resulta imposible que un ser humano no se represente el mundo qua ser humano y de acuerdo con sus estructuras mentales y cerebrales propias. Sería como pedirle a un perro que no perciba el entorno a través del olfato, o a un murciélago que no se oriente por el sonido, etc.
Creo que hasta aquí nuestras conclusiones coinciden en buena parte, aunque partiendo de unas premisas y marco teórico algo distinto.
Notas
1. Definición: «Neurociencia: Ciencia ‘transversal’ que se ocupa del sistema nervioso o de cada uno de sus diversos aspectos y funciones especializadas» (RAE). «Disciplina que estudia el desarrollo, estructura, función, farmacología y patología del sistema nervioso» (Mora & Sanguinett 1994, 190).
2. G. Zanotti en: «DEBATE: Libre albedrío ¿realidad o ilusión? Gabriel Zanotti y Álvaro Fischer U.FPP 2016». Si bien Zanotti se fundamenta especialmente en la filosofía tomista, cuanto por mi parte transcribo de él no requiere racionalmente, a mi juicio, ser respaldado en ninguna fundamentación religiosa, puede sustentarse con entera independencia de que cualquiera de estas se asuma o no. – Agradezco de modo muy especial al Dr. Gustavo Adolfo Jiménez Madrigal (juez del Tribunal de Apelación de Sentencia Penal Juvenil en Costa Rica) por haberme suministrado la transcripción escrita de esa controversia. Corre exclusivamente de mi cuenta qué pasajes de ello selecciono e incluso algunas escasas modificaciones secundarias que me he tomado la libertad de introducir para su neta comprensión.
3. En el sitio indicado en la n. precedente; las cursivas son puestas por mí (e.p.h.).
4. Véase Kaiser 2020.
5. Esos tipos de fenómenos, muy notorios, fueron básicamente estudiados con metodología científica por H. Bender (1976) en La parapsicología y sus problemas. Es verdad que en torno a ellos abunda también mucho cuento chino (y buenos negocios), pero justamente no es tal cosa el examen de Bender. – Por lo demás, esta referencia lateral que arriba hago a los fenómenos parapsicológicos no desempeña ningún papel fundamental para sostener los razonamientos decisivos del presente estudio.
6. Excatedrático de la Facultad de Derecho (UCR). – Considero [e.p.h.] que bien vale la pena incorporar estas observaciones que el prof. Salas me hizo llegar en forma privada; las recojo aquí (literalmente, sin modificación alguna) con su autorización. No abro opinión sobre ninguna de ellas mismas.
7. Discusión detallada del problema en el artículo de Salas (2016). «Mundo objetivo y subjetivo: O sobre como unos animales arrogantes inventaron en un rincón perdido del universo algo llamado verdad y falsedad» pp. 59 y ss.
Referencias
Bender, Hans. 1976. La parapsicología y sus problemas. Barcelona: Herder
Fischer, Álvaro y Gabriel Zanotti. 2016. «DEBATE: Libre albedrío ¿realidad o ilusión? Gabriel Zanotti y Álvaro Fischer U.FPP 2016». YouTube. Disponible en: https://www.youtube.com.watch?v=JY3ncZ-wlh4abras
Kaiser, Axel. 2020. La neoinquisición. Persecución, censura y decadencia cultural en el siglo XXI. Zalla Bizkaia: Editorial Deusto.
Kolakowski, Leszek. 1999. La presencia del mito. Trad. de Gerardo Bolado. Madrid: Cátedra.
Mora, Francisco y Ana María Sanguinetti. (1994). Diccionario de neurociencias. Madrid: Alianza Editorial.
Salas, Minor E. (2016). «Mundo objetivo y subjetivo: O sobre como unos animales arrogantes inventaron en un rincón perdido del universo algo llamado verdad y falsedad». En Metodología de la Investigación Jurídica. Propuestas contemporáneas. Compilado por Guillermo Lariguet. Argentina: Editorial Brujas.
Vaz Ferreira, Carlos. 1963. Lógica viva. Montevideo: Homenaje de la Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay.
Enrique P. Haba (e.p.haba.m@gmail.com, enrique.haba@ucr.ac.cr). Catedrático emérito de la Universidad de Costa Rica. San José, Costa Rica.
Recibido: 29 de setiembre, 2025.
Aprobado: 4 de noviembre, 2025.
DOI: 10.15517/revfil.2026.2650