iV. CRónica
Jorge Jiménez Hernández
Giovanna Giglioli, In memoriam
Hace cerca de 50 años un amigo me contó que había unos cursos muy interesantes en la Escuela de Filosofía de la Universidad de Costa Rica —casi la única universidad que existía para esa época—. En aquellos tiempos se podía deambular de curso en curso —es decir, había un tiempo amplio y razonable para elegir una carrera luego de experimentar con varias otras—. Igual, se permitía la asistencia libre y se podía entrar a un aula sin ser interrogado por la presencia ni mucho menos ser echado por no estar en la lista de matrícula, como sucedería tiempo después —era el modelo de la asistencia libre que imperaba en algunas universidades del mundo y que poco a poco se fue deteriorando.
De ese modo, llegué a escuchar durante 1976 —aunque ya había sacado mi primer título universitario de Dibujante de Arquitectura en 1973 en la Escuela de Bellas Artes —, algunas clases y disertaciones de varios profesores que confirmaban la recomendación que había recibido.
Al año siguiente ya me había matriculado en una carrera que no había estado en mi radar inmediato y que me costó llegarle tras varios años de exploración académica —entre mis primeras opciones, finalmente desechadas, estuvo arquitectura y artes plásticas, aunque más adelante seguí, erráticamente, alguno que otro curso en alguna de esas carreras—. Por dicha, la Escuela de Filosofía ofrecía sus cursos en la tarde y en la noche, lo que nos permitió a quienes teníamos que trabajar todo el día, poder llevar adelante nuestros estudios. La sensación fue la de arribar a un mundo fascinante, el mundo de la filosofía universitaria y sus maestros locales, atravesado por múltiples conflictos políticos e ideológicos, culturales también, pero dominado por la auténtica sensación de un verdadero hallazgo intelectual y emocional.
Ingresé oficialmente en 1977 a la Escuela de Filosofía para no salir ya nunca más. Lo hice, salir de ahí, quiero decir, únicamente por la necesidad anímica y etaria de pensionarme y de disfrutar los años que me quedan oyendo la música de las esferas.
Me empecé a compenetrar con el nuevo universo intelectual que se me abría y creo recordar que, hacia 1978, matriculé un curso titulado Historia y conciencia de clase, basado en una obra homónima del filósofo marxista húngaro György Lukács.
La profesora del seminario, Giovanna Giglioli, nos invitó a una indagación filosófica que profundizaba en las corrientes de la izquierda revolucionaria que se habían difundido con ocasión del mayo 68 y las grandes transformaciones culturales que se produjeron en el mundo de la época —aunque la obra fue publicada hacia los años 20. Yo no conocía al filósofo húngaro y mi interés por el marxismo en los últimos años de adolescencia se vio enriquecido, además, por los profesores que estudiaban y enseñaban a profundidad el desarrollo de la filosofía marxista en la Escuela, entre los que hay que mencionar también a Helio Gallardo, a Fernando Leal (me refiero al primer Fernando Leal) y a Arnoldo Mora (hago referencia al Arnoldo Mora eterno, quien explicaba, con lucidez dramática, la filosofía clásica alemana, entiéndase a Hegel, Fichte y Schelling, especialmente). En estos cursos se perseguía renovar el estudio del marxismo a partir no solo de la crítica del capitalismo de la guerra fría, sino también de los modelos socialistas de la época que imperaban en la URSS y los países del este europeo, así como en China y en algunos de los países del Tercer Mundo, o sea, América Latina, África y Asia.
En ese sentido, la corriente de izquierda de la Escuela, además, profundizó el estudio de ámbitos del pensamiento marxiano que no se habían desarrollado hasta el momento. De tal modo que las indagaciones se enfocaron en el joven Marx, el de los Manuscritos económicos y filosóficos y las Tesis sobre Feuerbach, pero, a la vez, en un Marx maduro, el de El Capital, pero reinterpretado a la luz de una perspectiva dialéctica y revolucionaria que se apartaba del tratamiento doctrinario y dogmático, puramente economicista, propio de la versión oficial estalinista. Todo lo cual comprendía el estudio de una pléyade de pensadores, entre los cuales se podían encontrar, además de Lukács, Karl Korsch, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Louis Althusser, Karel Kosík…
Todo ese proceso sucedía en una Escuela de Filosofía, la de mediados de los años 70, caracterizada por un fuerte enfoque en temas grecolatinos y medievales, así como los relativos a la llamada filosofía moderna, es decir, la que se desarrolló en el siglo XVII y XVIII europeos, y algunas incursiones en la filosofía contemporánea además de las ya mencionadas corrientes marxistas.
En la Escuela había un cierto ambiente conventual toda vez que varios profesores habían sido curas o lo habían intentado para finalmente dedicarse a la enseñanza filosófica, como había sido común en el gremio. Pero ese ambiente se empezó a transformar por la presencia que tomaron corrientes de pensamiento ligadas a la filosofía y la historia de la ciencia, el pensamiento liberal y secular, y las que emprendieron una relectura del marxismo, como ya lo he indicado. Y, por supuesto, por la irrupción de nuevas generaciones de estudiantes animados por el amor y la rabia, por el rock y el incienso, marcados por las cicatrices de la revolución social inconclusa y siempre aplazada. Me refiero a la revolución del mayo 68. A esa revolución, a la que quisimos tanto y que en Costa Rica se cristalizó en las jornadas de la lucha contra la Alcoa en 1970, y que se proyectó a lo largo de la década con el triunfo de la izquierda universitaria en el gobierno del movimiento estudiantil y la lucha sindical.
El seminario sobre Lukács fue muy importante en la vida académica y afectiva para quienes lo cursamos. Como era habitual a ese tipo de cursos llegaban escasos estudiantes, de tal modo que se generaba una atmósfera de diálogo, discusión y confrontación filosófica que, a quienes recién nos iniciábamos nos resultaba intelectualmente muy estimulante y formativo, y, en particular, nos permitía profundizar en la filosofía marxista que, a la sazón, se reducía a compendios de fórmulas ideológicas esquematizadas por el denominado diamat, a saber, el materialismo dialéctico que la escuela soviética había difundido en textos doctrinarios con tintes fundamentalistas y dogmatizantes.
Giovanna era una joven profesora, cautivante en su decir y con profundidad discursiva —siempre matizada y elusiva—, sin tomarse nunca demasiado en serio las formalidades, pero , por ese mismo motivo, lograba, con su oportuno sentido del humor, calar en una generación como la nuestra, más o menos 15 años menor, y sugerir inteligentemente la capacidad de la filosofía para cambiar el mundo. Su filosofar nos permitió releer una versión del marxismo que rompía con las formulaciones mecanicistas mencionadas, alejada de los catecismos políticos que dominaban en la época a muchas de las corrientes de la izquierda local e internacional.
«Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, de lo que se trata es de transformarlo», decía Marx en una de sus tesis sobre Feuerbach. Era, en efecto, no solo uno de los apotegmas filosóficos más célebres, sino, además, una de las iluminaciones benjaminianas que recibimos como aprendices del filosofar.
En verdad creímos, parecido a como hoy lo creo, que quienes sean filósofos o no, tienen relativamente la capacidad de transformar el mundo. Pero ahora le agrego que, con solo «interpretar el mundo», los filósofos, por más inútiles que parezcan, ya han empujado algo en torno a una transformación, una transformación que lejos de una de tipo geológica, es una que involucra al sujeto colectivo, a la imaginación social, a la mente interpretativa, a la voluntad humana, al deseo, el placer y el goce —todo lo cual está muy lejos de un fenómeno natural y se ubica plenamente en el ámbito de la esfera subjetiva y volitiva—.
Simultáneamente, la carrera de filosofía ofrecía cursos muy variados, y que podían antojar a personalidades con inspiraciones diversas y hasta perversas. Se enseñaban cursos sobre filosofía griega, romana y medieval europea por profesores como Plutarco Bonilla, Eugenio Segura y Oscar Mas. Igual, la filosofía moderna y contemporánea la enseñaban profesores de la talla de Constantino Láscaris, Roberto Murillo y Arnoldo Mora. Nos hizo falta, visto a posteriori, cursos sobre filosofía náhuatl, bribri o inca, sobre el pensamiento ruso, chino, musulmán o indonesio. Pero, bueno, nada es perfecto ni completo, mucho menos tratándose de un país menor como el nuestro.
Cuando cursé el doctorado en Filosofía, Giovanna ofreció un par de seminarios sobre Sigmund Freud. Me atrevería a afirmar que se trató de los pocos cursos que se impartieron sobre el pensador vienés en la Escuela de Filosofía, como en efecto lo fue. Al igual que en mis primeros años de estudio, esos cursos me permitieron profundizar en un pensador que había sido demonizado por el estalinismo soviético —y, al mismo tiempo, banalizado por el capitalismo occidental como una suerte de psicoanálisis de autoayuda— y valorarlo en una perspectiva mucho más rica y comprensiva.
A Freud podíamos legitimarlo como un pensador que al igual que Darwin y Marx, había revolucionado el pensamiento de transición entre los siglos XIX y XX y había permitido configurar una concepción de mundo (lo que los germanos llaman Weltanschauung, y que, de paso, no le aclara nada a nadie de habla hispana), una que había posibilitado la enorme transformación cultural del siglo XX, transformación que se produjo no únicamente en el ámbito intelectual sino, en especial, con el gran cambio que experimentaron las sociedades de su tiempo. Quiero decir, sin Darwin, Marx o Freud, los Beatles, Stravinsky, Jim Morrison, Mahler, Picasso, Debussy, Warhol, Silvestre Revueltas, Dalí, Duchamp, Max Jiménez o Francisco Amighetti nunca hubieran podido ser comprendidos e interpretados. De igual manera, la revolución de Octubre, las guerras mundiales, la bomba atómica, el descubrimiento del ADN, las revoluciones anticoloniales en China o Cuba, al igual que el alunizaje, el surgimiento de la computación y de la era digital, sencillamente no se hubieran entendido —proceso cultural complejo que tiene una resonancia inversa igualmente válida: sin esos intrincados procesos sociales los aportes filosóficos de los pensadores mencionados tampoco hubieran sido reconocidos—.
Giovanna tenía la facultad de inspirar la interpretación de los asuntos medulares tratados por los filósofos que estudiábamos, con los temas políticos y culturales más relevantes de la época. De tal modo que su abordaje conducía a pensar las sociedades en las que vivíamos desde una postura filosófica que privilegiaba el desempeño del sujeto interpretativo y sugería la posibilidad y la necesidad de transformar esas sociedades.
De igual modo, en otros cursos difundió el pensamiento de Antonio Gramsci, célebre filósofo marxista italiano, fundador del Partido Comunista, que fue prisionero en las cárceles de Mussolini y que murió poco después de su excarcelación, producto de la brutalidad de las prisiones fascistas, a los 46 años de edad. Para nosotros fue otro aporte de importancia: frente a la reducción del marxismo a un nivel meramente económico, es decir, a una simplificación de las profundas contradicciones productivas y políticas, Gramsci tuvo la lucidez filosófica de entender que la intención marxista, en su origen, fue la de potenciar la sensibilidad política, la tesitura emocional y afectiva de izquierda y su base sociopolítica, a saber, lo que denominó con agudeza hegemonía, es decir, no sólo la capacidad para dominar el aparato económico productivo sino, además, toda la superestructura comunicativa, afectiva y subjetiva que aglutinan y movilizan a las sociedades humanas.
Con Gramsci entendimos que lo que denominábamos marxismo vulgar, es decir, el marxismo de la escuela soviética, de carácter economicista y mecánico, era una corriente que no lograba explicar una verdad profunda en la transformación de los sistemas sociales: su filosofía de la praxis planteaba que la hegemonía de los actores políticos eran los que producían, finalmente, transformaciones sustanciales y sostenibles en el tiempo social; eran, de ese modo, los verdaderos radicales, porque no se trataba de poner dinamita para volar un poco de gente y, con eso, pretender cambiar el mundo, sino algo mucho más complejo, y que requería de una enorme preparación, de una gran paciencia y confianza en la especie humana, a saber, la capacidad de configurar una imagen sociocultural y política alternativa que pudiera darle la credibilidad para liderar transformaciones verdaderas y de hondo calado.
En su madurez filosófica, Giovanna abordó, de manera fértil y sugerente, un estudio crítico del pensamiento filosófico costarricense, de los conceptos de idiosincrasia y de nacionalidad, durante la segunda parte del siglo XX. Ese estudio filosófico buscó la desmitificación de varios tópicos relacionados con lo que usualmente se pensaba sobre la cultura nacional y tuvo repercusiones importantes en la siguiente generación de investigadores locales. Colegas y amigos entrañables como Mario Salas y Alexander Jiménez acompañamos a Giovanna en una de esas investigaciones durante los años 90.
Una de sus virtudes académicas fue la de inspirar a sus estudiantes de manera que ella siempre mostraba las costuras de su trabajo filosófico. Quiero decir, al igual que en algunas películas de la época —pienso en Godard, Bergman, Pasolini o Buñuel—, Giovanna tenía la particular capacidad para indagar temas humanos y filosóficos complejos, atravesados por una búsqueda provisional de saber filosófico, la duda y la sana especulación, sin establecer verdades últimas y definitivas, rehuyendo a la aparente seguridad que brindan los corpus sistemáticos y definitivos. Ese dudar que buscaba nuevas ideas, muchas veces precarias pero iluminadoras, la caracterizó a lo largo de su prolija carrera académica.
Giovanna estudió filosofía en nuestro país, aunque, naturalmente, las bases de su vasta cultura las recibió en su Florencia natal. Estudió con aquella vieja guardia, que, para bien y para mal, regía los destinos académicos del filosofar. Se formó ahí, pero logró elaborar un pensamiento auténtico y con una perspectiva que pudo apasionar a un nuevo conjunto de pensadores. Así, posiblemente de manera inconsciente, estableció un puente genuino, una conexión válida y sugerente, para entender el desarrollo del pensamiento marxista europeo; es decir, posibilitó dar a entender un proceso complejo de pensar el mundo y sus capacidades para transformarlo, estableciendo una vinculación entre la localidad latinoamericana y lo que se desarrollaba en Europa, en el marco geopolítico de la guerra fría. Algo similar había sucedido con la generación anterior: Láscaris fue otro filósofo destacado que logró articular una visión de Costa Rica en el imaginario latinoamericano, unida a la tradición europea.
Sin embargo, siempre sentí que su corazón académico y su inteligencia emocional latían en torno a la Ciudad Universitaria, en los alrededores de La Villa o de Omar Khayyam, viejos y queridos lugares de encuentro, de discusión, de concentración afectiva y despliegue humorístico, verdaderas cátedras de amistad y pensamiento. Ahí pasamos muchas horas después de nuestros cursos: fue una manera de construir la vida universitaria, enriqueciéndola como oposición al trabajo disciplinado que impone el capitalismo, que cercena el afecto y el humor, que achica la convivencia y reglamenta la festividad. De ese modo, lo que más apreciamos quienes crecimos con ella fueron sus características emocionales. Tenía, como ya he mencionado una particular capacidad para el humor. No solo reía generosamente y hacía reír con su belleza y su ingenio, sino que tenía la capacidad de enfocar eventos dramáticos y darles giros semánticos que permitían aliviar y salir adelante con muchos pesares de la vida y del mundo. Pero, igual, tenía una capacidad crítica mordaz y que podía acabar con argumentos simplistas y antojadizos a la primera, claro, siempre y cuando el interlocutor tuviera capacidad para entender sus argumentos, lo cual no siempre era usual. Y esto que menciono es importante porque, en nuestro diálogo más cercano, muchas veces tuvimos discrepancias.
Con ella, el terreno nunca fue fácil para discutir. Nuestro diálogo permanente, a lo largo de muchos años, estuvo animado por las diferencias en la interpretación, por los matices o, bien, por las diferencias abiertas, todo lo cual enriqueció la amistad y la conversación —muy lejos de la autocomplacencia del chat gepeto y similares—. Sus amigos más cercanos apreciamos esas cualidades y, en especial, su don afectivo, la sinceridad de su decir y la claridad de su mirada.
Giovanna murió durante los últimos días de enero de este año. Mi buen amigo Mauricio Molina y yo tuvimos la dicha de compartir unos días con ella en Florencia, hace justo dos años, en compañía de su querida familia. Su vida transcurrió entre guerras: nació en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial en la Italia fascista, y nos dejó en un mundo que, lejos de acabar con las guerras, las recrudece y las alimenta de la codicia y la brutalidad. Para ella, un largo pensamiento, un amor interminable, un reconocer que se anida en la memoria y en la palabra de quienes la quisimos tanto.
Jorge Jiménez Hernández (amarillo225@gmail.com). Doctor en Filosofía. Universidad de Costa Rica, San José, Costa Rica. Áreas de interés: estética, filosofía del arte y filosofía política. Dirigió la revista Kasandra durante los años 90 y obtuvo el Premio Nacional de Novela en 2012 por su obra Soy el Enano de la mano larga-larga (novela alter-ego-maníaca). Profesor pensionado.
Recibido: 13 de abril, 2026.
Aceptado: 14 de abril, 2026.
DOI: 10.15517/revfil.2026.6871