Revista humanidades
ISSN: 2215-3934
humanidades@ucr.ac.cr
Universidad de Costa Rica
San José, Costa Rica
DOI 10.15517/h.v16i1.5625
Esta obra está bajo una licencia Creative Commons
Reconocimiento-No comercial-Sin Obra Derivada
Fuerzas constabularias y hegemonía norteamericana en América
Central desde la perspectiva global (1898-1930)
Constabulary Forces and American Hegemony in Central America
from a Global Perspective (1898-1930)
Forças constabularias e hegemonia norte-americana na América
Central em uma perspectiva global (1898-1930)
Esteban Corella Ovares
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Esteban Corella Ovares
Revista humanidades, 2026 (Enero-Junio), Vol. 16, Núm. 1, E5625
Fuerzas constabularias y hegemonía norteamericana en América
Central desde la perspectiva global (1898-1930)
Constabulary Forces and American Hegemony in Central America
from a Global Perspective (1898-1930)
Forças constabularias e hegemonia norte-americana na América Central
em uma perspectiva global (1898-1930)
Esteban Corella Ovares1
Escuela de Estudios Generales, Universidad de Costa Rica
San José, Costa Rica
esteban.corellaovares@ucr.ac.cr
https://orcid.org/0009-0008-1923-3097
Fecha de recepción: 11 de marzo de 2025
Fecha de aprobación: 3 de diciembre de 2025
Resumen
El artículo reexiona sobre el establecimiento de guardias nacionales en los países centroameri-
canos a principios del siglo XX, los cuales se vieron afectados por la consolidación de los Estados
Unidos como una potencia global, luego de su victoria en la guerra contra Espa. En este contex-
to, los diversos gobiernos norteamericanos se embarcaron en una serie de prácticas que preten-
dían imponer medios de control sobre los territorios centroamericanos. Si bien la mayor parte de
los estados de Centroamérica no fueron directamente ocupados por Estados Unidos, parte de las
políticas norteamericanas incluyeron la reforma de las fuerzas armadas de los estados centroa-
mericanos, mediante la construcción de constabularias también llamadas guardias nacionales.
Las historias nacionales de los pses centroamericanos tienden a estudiar estos procesos de ma-
nera independiente, dejando de lado el hecho de que se nutrieron de la experiencia y circulación de
ideas que caracterizaban el funcionamiento de entidades imperiales.
Palabras clave: imperialismo, colonialismo, fuerzas armadas, Centroamérica
Abstract
This paper reects on the establishment of national guards in Central American countries at
the beginning of the 20
th
century, which were aected by the consolidation of the United States
as a global power after its victory in the war against Spain. In this context, the US government
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Máster en Historia, Universidad de Costa Rica, Costa Rica. Profesor Asociado e investigador del Centro de
Investigaciones Históricas de América Central (CIHAC-UCR).
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embarked on a series of practices aimed at imposing means of control over Central American te-
rritories. Although most of the Central American states were not directly occupied by the United
States, part of the US policies included the reform of the armed forces of the Central American
States, through the construction of constabularias, also known as national guards. The national
histories of Central American countries tend to study these processes independently, neglecting
the fact that they were nourished by the experience and circulation of ideas that characterized the
functioning of imperial entities.
Keywords: imperialism, colonialism, armed forces, Central America
Resumo
O artigo reete sobre o estabelecimento de guardas nacionais nos países da América Central no
início do século XX, que foram afetados pela consolidação dos Estados Unidos como potência
global, após sua vitória na guerra contra a Espanha. Nesse contexto, os diversos governos nor-
te-americanos embarcaram em uma série de práticas que visavam impor meios de controle sobre
os territórios centro-americanos. Embora a maioria dos Estados da América Central não tenha
sido diretamente ocupada pelos Estados Unidos, parte das políticas norte-americanas incluiu a
reforma das forças armadas dos Estados centro-americanos, por meio da construção de forças
policiais também chamadas de guardas nacionais. As histórias nacionais dos países centro-ame-
ricanos tendem a estudar esses processos de forma independente, deixando de lado o fato de que
eles se alimentaram da experiência e da circulação de ideias que caracterizavam o funcionamento
das entidades imperiais.
Palavras-chave: imperialismo, colonialismo, forças armadas, América Central
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1. Introducción
La investigación sobre los procesos que permitieron la consolidación de las instituciones que
conforman los llamados Estados modernos es uno de los campos de estudio con mayor desarrollo
en la historiografía. Después de todo, la historia, como disciplina moderna, surgió casi de manera
paralela a la necesidad de justicar la construcción de dichas entidades. En el caso centroameri-
cano, esto es bastante claro y puede apreciarse cómo el tema de la formación estatal ha ocupado
un espacio importante en la investigación histórica. Cabe señalar que la mayoría de los trabajos
realizados por profesionales en Historia se ha centrado en explicar los procesos que condujeron a
la conformación de las instituciones estatales (Arriola y Piel, 1995; Vázquez y Miño, 2003).
En general, se puede concluir que, en este momento, existe una bibliografía robusta sobre
los procesos de construcción nacional para los Estados centroamericanos, a pesar de las eviden-
tes disparidades en el desarrollo de la disciplina histórica en cada uno de los casos. Sin embargo,
todavía existen interrogantes que no están del todo resueltas. Una de ellas es el papel que desem-
peñó la institución militar a lo largo de dicho proceso y cómo evolucionaron sus relaciones con las
autoridades civiles.
Temas como este pueden abordarse desde una perspectiva nacional, es decir, delimitando el
objeto de estudio a un Estado especíco y, a partir de fuentes nacionales, intentar explicar estos
procesos. No obstante, un enfoque de este tipo tiende a aislar cada caso y tratarlo como único,
ignorando que los procesos de conformación estatal en Centroamérica se inscriben en dinámicas
más amplias de carácter global, que marcaron decisivamente la consolidación los Estados nacio-
nales y sus respectivas instituciones militares. Durante la segunda mitad del siglo XIX y las pri-
meras décadas del siglo XX, se consolidó un sistema internacional basado en Estados nacionales
formalmente independientes. Empero, al mismo tiempo fue el periodo en que un reducido grupo
de potencias se repartió el mundo y estableció grandes imperios globales.
Para las sociedades centroamericanas, esto signicó que, mientras intentaban construir Es-
tados nacionales, debían enfrentarse al desafío de posicionarse dentro del sistema internacional
dominado por las disputas entre imperios, los cuales veían en la región un espacio estratégico
fundamental (Granados, 1985). Esto se tradujo en una creciente intervención externa en la política
y la economía regional por parte de las potencias en disputa, en particular los Estados Unidos, que,
para nales del siglo XIX, ya se había asegurado el control sobre la región como parte del proceso
mediante el cual consolidó su dominio como un imperio a principios del siglo XX.
Justamente, este período de consolidación fue escogido como objeto de estudio para este
trabajo. Durante el período comprendido entre 1899 y 1930, la política exterior norteamericana
hacia Centroamérica y el Caribe se caracterizó por la intervención directa, el establecimiento de
condiciones para el reconocimiento de los gobiernos de la región y la implementación de políti-
cas para fomentar un sistema de relaciones internacionales bajo la supervisión de Washington
(Leonard, 1991).
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Como señala Sexton (2024), las intervenciones de principios del siglo XX se enmarcan en un
largo proceso de evolución de la política exterior de Estados Unidos hacia sus vecinos, el cual se
inició a principios del siglo XIX como expresión de la necesidad de defensa continental y terminó
por convertirse en el vehículo para garantizar su superioridad continental en el hemisferio. En ese
sentido, el período escogido es importante para comprender cómo se establece el control de Esta-
dos Unidos como potencia imperial en la región.
Al imponerse como potencia imperial sobre los Estados centroamericanos y caribeños, el
gobierno de Estados Unidos presionó por la aplicación, en cada uno de esos territorios, de una
serie de medidas orientadas a la defensa de sus intereses. Dentro de esas, resulta especialmente
relevante destacar los intentos por reformar, asesorar o crear fuerzas militares locales capaces de
mantener el orden dentro de los territorios sobre los cuales pretendía ejercer su poder.
Por ello, el gobierno de Estados Unidos propuso la formación de fuerzas constabularias que,
bajo la forma de “Guardias Nacionales”, debían convertirse en fuerzas capaces de mantener el or-
den en los territorios que formaban parte de su inuencia imperial. En última instancia, esto im-
plicaba que dichas fuerzas actuaran en defensa de los intereses estadounidenses y de sus aliados
locales en cada uno de los Estados intervenidos. Se considera, en este sentido, que la formación de
estas fuerzas constituía un proyecto que circulaban dentro de un espacio transnacional mediante
el cual Estados Unidos buscaba consolidarse como imperio. Sin embargo, ello no signica que este
fuera aplicado como una receta en cada uno de los Estados.
Esto exige que la persona investigadora valore el rol que Estados Unidos, como nueva poten-
cia global, tuvo en el proceso de conformación estatal en la región. Como es ampliamente recono-
cido, los Estados centroamericanos debieron de hacer frente al ascenso de Estados Unidos como
imperio. Es justamente en este punto donde una perspectiva de historia global podría permitir
concentrarse en las formas en las cuales las presiones, intereses y proyectos norteamericanos
fueron adoptados por las sociedades centroamericanas. En el caso de las fuerzas militares, este
enfoque permite observar cómo su función, organización y relación con el resto de la sociedad se
vieron modicadas por la circulación del proyecto imperial estadounidense, proyecto que supera-
ba los límites de Centroamérica y que fue implementado en diversas regiones del mundo.
Para los nes de este artículo, en la primera parte se elabora un breve estado de la cuestión
sobre el desarrollo del imperialismo a nales del siglo XIX y principios del siglo XX. A continua-
ción, se aborda el caso del imperialismo estadounidense en ese mismo período y, nalmente, se
analiza el lugar que ocupó Centroamérica en ese proceso de construcción imperial. En una se-
gunda parte, se reexiona sobre el papel de las fuerzas constabularias dentro de la política im-
perial de Estados Unidos, para concluir con una propuesta sobre la posibilidad de estudio de las
fuerzas constabularias desde un enfoque global.
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Desde el punto de vista metodológico, el artículo no se basa en una revisión exhaustiva de
fuentes primarias, sino en un análisis crítico de la bibliografía disponible sobre la intervención
estadounidense en la región. A partir de esta base, se plantea la posibilidad de reinterpretar dicha
intervención y la creación de Guardias Nacionales desde una perspectiva que supere el naciona-
lismo metodológico. El objetivo es replantear las formas en las cuales se ha estudiado la historia de
esta relación, considerando que existieron muchos elementos comunes en la manera en la que se
establecieron las relaciones entre Estados Unidos y los Estados centroamericanos, elementos que
remiten a procesos que superaban el marco geográco de la región.
En este sentido, se adopta un enfoque de historia global que, como lo señalan Riojas y Rinke
(2022), requiere:
Estar atentos a la permeabilidad entre variados mundos o culturas, a la interacción o a la
interdependencia en diferentes escalas espaciales con la intención de explicar problemáticas
con un mayor grado de complejidad que eventualmente pueden escapar a los enfoques clási-
cos o las tradicionales formas de historiar. (p. 11)
Desde esta perspectiva, se busca comprender cómo las políticas imperiales aplicadas en
la región fueron el resultado de la circulación y adaptación de ideas compartidas en marcos de
espacio-tiempo particulares. En ese sentido, el artículo propone que las fuerzas constabularias
constituyeron un proyecto defendido por los representantes del imperio como un elemento mo-
dernizador para los Estados centroamericanos. Al mismo tiempo, se plantea que dichas fuerzas
representaron un espacio desde el cual sectores locales lograron incidir en la política de sus países.
2. De la formación de imperios a nales del siglo XIX y principios del siglo XX
Es necesario iniciar este apartado aclarando que, al menos hasta principios del siglo XX,
la forma de organización política predominante en el mundo eran los imperios, que es denida
por Burbank y Cooper (2010) como “grandes unidades políticas, expansionistas o con una me-
moria de poder extendido sobre el espacio” (p. 8). A diferencia de los Estados nacionales —en lo
que se presume la representación de un solo pueblo— los imperios se construyen “alcanzando
y atrayendo, usualmente por la fuerza, a pueblos cuya diferencia se hace explícita” y, por tan-
to, se “presume que los diferentes pueblos dentro del mismo [sic] serán gobernados de manera
diferenciada” (p. 8).
Aclarado este concepto, es necesario considerar que la formación de imperios es un fenóme-
no que se puede rastrear a lo largo de la historia de la humanidad. Como señalan Burbank y Cooper
(2010), en muchos casos responde a una lógica política basada en el enriquecimiento a través de
la expansión, mediante la cual unidades políticas de menor tamaño lograban acumular suciente
poder como para transformarse en imperios. No obstante, esto no signica que todos los imperios
hayan seguido este modelo: cada uno se expandió mediante mecanismos particulares, denidos
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por su contexto histórico y por sus condiciones especícas. En ese sentido, el imperialismo eu-
ropeo de nales del siglo XIX y principios del XX debe entenderse a partir de las características
propias de las sociedades durante ese período.
En términos generales, la explicación más utilizada para entender la expansión europea y
estadounidense, sobre buena parte del mundo durante el nal del siglo XIX y principios del siglo
XX, sostiene que los cambios introducidos por la Revolución Industrial fomentaron la búsqueda de
mercados y de materias primas. Como resultados, estas potencias comenzaron a asegurar su con-
trol sobre diversos territorios (Davis, 1982). Autores como Hobsbawn (2013), FieldHouse (1990)
y O’Rourke y colaboradores (2008) han demostrado de manera muy coherente cómo los cambios
económicos en Europa occidental y Estados Unidos condujeron a disputas territoriales y, even-
tualmente, al de amplias zonas geográcas controladas por parte de esas potencias.
El desarrollo industrial causó un notable crecimiento económico y tecnológico que favore-
ció a ciertos países. Ese proceso, conocido como la Gran Divergencia, resulta fundamental para
comprender el proceso de expansión imperial durante la última parte del siglo XIX y las primeras
décadas del siglo XX. Antes de la Revolución Industrial, habría sido casi impensable que las socie-
dades europeas occidentales tuvieran la capacidad de intervenir y someter a su control a amplios
territorios en África y Asia, y someterlas a su control (Pomeranz, 2000; Gupta y Ma, 2010; Daudin
et al., 2010). En este sentido, los avances tecnológicos eran un factor fundamental para entender
la capacidad de una sociedad para imponerse sobre otros grupos de población, ya que contribuyen
a explicar el éxito de la implantación de imperios (Headrick, 2010).
Por supuesto, la forma que adoptó esa expansión imperial respondió a las características
particulares de cada potencia, lo cual resulta evidente cuando se compara los casos del Imperio
británico y de Estados Unidos (Go, 2014). En este último caso, el crecimiento imperial ha sido in-
vestigado desde diversas perspectivas. Algunos estudios se centran en examinar los aspectos po-
líticos y económicos de los procesos de expansión imperial (Polychroniou, 1995 ; Duménil y Lévy,
2004; Pease, 2005), mientras que otros han analizado los agentes que se vieron involucrados en el
desarrollo (Conroy-Krutz, 2015) o las distintas intervenciones militares que lo acompañan (Kra-
mer y Bauer, 1972; Lindsay, 1989; Yoon, 1997; Schlesinger et al., 1999). Más recientemente, se ha
prestado atención a los aspectos culturales del imperialismo estadounidense (Chrisman, 2013),
así como a los discursos que han negado el carácter imperial de su política exterior (Ferguson,
2003; MacDonald, 2009; Murphy, 2009).
La exitosa expansión imperial de un puñado de entidades políticas marcó la segunda mi-
tad del siglo XIX, lo que a su vez determinó la formación de un sistema internacional com-
puesto supuestamente por Estados nacionales. Akami (2013) plantea que esta categoría debe
ser revisada para dar cuenta de una realidad que es muy difícil de discutir cuando se analiza el
sistema internacional de Estados de este período: la existencia de importantes asimetrías entre
los Estados nacionales.
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Akami (2013) responde a esto planteando la necesidad de trabajar este período a partir del
concepto de Estado-nación/imperio, el cual, para él, resulta mucho más atinado para referirse a
esos proyectos políticos que, a nales del siglo XIX y principios del siglo XX, le dieron forma al sis-
tema internacional. Akami (2013) considera que las unidades políticas que lograron consolidarse
como Estados nacionales modernos en efecto funcionaron como imperios, dado que impusieron
su soberanía sobre territorios por una combinación de fuerza y uso de una serie de instrumentos
legales internacionales para legitimar el dominio.
Esto resulta sugerente para estudiar el caso de Estados Unidos, pues, como entidad política,
experimenta un doble proceso de construcción durante el siglo XIX, uno como Estado nacional y
otro como poder imperial. Ambos procesos son simultáneos y, como se ven en el siguiente aparta-
do, han sido objeto de investigaciones desde diversos enfoques.
2.1. Estados Unidos en busca de su imperio
Formalmente, dentro del sistema internacional de Estados construido en los últimos 150
años, cada una de las entidades políticas es considerada como un igual. En la práctica, el siste-
ma internacional reconoce la existencia de importantes asimetrías entre los Estados, que llegan a
marcar la forma en la cual estas entidades políticas se relacionan entre sí. Es innegable que Esta-
dos Unidos logró constituirse en uno de los centros de poder de ese sistema internacional, gracias
a su hegemonía económica, industrial, política, cultural y militar. Sin embargo, para muchas per-
sonas académicas, es complicado denir si Estados Unidos es un imperio o no.
La discusión gravita en torno a las particularidades propias del desarrollo interno de Estados
Unidos a lo largo del siglo XIX, su política de expansión sobre el territorio que ocupa actualmen-
te y la forma en la cual estos elementos inuyeron en su política exterior, en particular para con
entidades políticas menos poderosas. En primera instancia, algunos autores señalan que Estados
Unidos no se puede reconocer a sí mismo como un imperio, en particular durante el siglo XIX, de-
bido a su propio pasado colonial.
De acuerdo con esta perspectiva, el proceso de consolidación de Estados Unidos como una
potencia no implica necesariamente que los miembros de esa sociedad se reconocieran a sí mis-
mos como parte de un imperio, lo que incluso, en el presente, limita las posibilidades de secto-
res dentro de ella de concebirse como tal o admitir siquiera que muchas de sus políticas exte-
riores eran típicamente imperialistas (Go, 2011). Al respecto, Burbank y Cooper (2010) señalan
que la propia expansión interna de Estados Unidos funcionó bajo las premisas de una expansión
imperial, dado que el país no surgió con su tamaño y características modernas; más bien estas
fueron el resultado de un proceso de construcción y de apropiación de amplias áreas geográcas
que estaban bajo la jurisdicción de otras entidades políticas, como Francia, Inglaterra, España,
México, grupos indígenas. En una línea similar, Go (2011) compara la expansión hacia el oeste
con un proyecto imperial interno al mostrar cómo las autoridades estadounidenses se basaron en
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la expansión de un “imperio de libertad” (p. 45) como justicación para despojar de sus tierras a
individuos o grupos considerados inferiores o incapaces de desarrollarse económicamente. Estas
tierras eran posteriormente entregadas a colonos estadounidenses que sí formaban parte del pro-
yecto de Estado nacional que se estaba construyendo junto al proyecto imperial.
Los autores concuerdan en que, para el inicio del siglo XX, Estados Unidos dio un paso deni-
tivo al selecto grupo de las potencias globales. Esa expansión imperial, como lo explican Burbank y
Cooper (2010), sobre los territorios del oeste se ve como parte del propio proceso de construcción
estatal, especialmente después de la guerra civil, cuando la economía norteamericana terminó por
consolidar una revolución industrial que demandaba materias primas y mercados donde colocar
la producción (pp. 251-286).
El proceso de industrialización que experimentó la sociedad norteamericana durante el siglo
XIX consolidó una clara política expansiva, que para el principio del siglo XX los convirtió en una
potencia global (Lebergott, 1980; Hudson, 2003; Love, 2004). La guerra contra España de 1898 se
constituyó en el punto de nacimiento del imperio, que, durante los siguientes cien años, se con-
solidaría como la principal potencia económica, cultural, militar y política del mundo (Togores
Sánchez, 1990; Uría, 2018).
Para conciliar esta realidad con su propia retórica de libertad y su pasado como colonia britá-
nica, los investigadores norteamericanos han explicado el imperio desarrollado por Estados Uni-
dos desde mediados del siglo XIX como uno fundamentalmente distinto a los imperios europeos
(Tyrell y Sexton, 2015). Los autores hacen énfasis en que, si bien controlaron territorios de manera
directa, este control se extendía por poco tiempo, el cual se basaba principalmente en la inuencia
y no el control directo sobre los territorios o sobre el desarrollo de un sistema de Estados clientes
que se involucran en redes comerciales controladas desde Estados Unidos (Steinmetz, 2005).
Por su parte, Go (2011) argumenta que el proceso de expansión estadounidense compartió
características con el británico en la forma en la cual ascendió a su posición imperial y en las ins-
tituciones creadas como medio para sostener ese poder. Este tipo de trabajos pretende analizar,
desde una perspectiva global, las formas en las cuales se desarrollaron los imperios (Go, 2008a)
y cómo ese desarrollo ha estado marcado por diversos factores que ayudan a explicar el ritmo que
llevó esa expansión imperial estadounidense (Go, 2007).
Por otra parte, trabajos como el de Marotta (1983) señalan que la formación de ese imperio
no se basó únicamente en cuestiones económicas y políticas al referirse cómo sectores académicos
dentro de Estados Unidos apoyaron el proceso, legitimando las acciones del gobierno mediante
sus trabajos y publicaciones en diferentes momentos. Esto concuerda con lo que plantea Akami
(2013) con respecto a los Estados-nación/imperios, pues el autor japonés explica cómo la cons-
trucción de un imperio implica también construir las justicaciones ideológicas para sostener el
proyecto imperial (pp. 185-195).
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Esta selección de trabajos permite alcanzar una conclusión: la política desarrollada por Esta-
dos Unidos desde principios del siglo XIX claramente la ubica dentro de la categoría de un imperio,
según la denición usada por Burbank y Cooper (2010). Aunque para algunos miembros de la so-
ciedad estadounidense eso resulte difícil de aceptar, la evidencia histórica se impone y es evidente
que, a lo largo de los últimos 200 años, Estados Unidos se han comportado como un imperio y han
trabajado activamente para asegurarse esa posición.
En el siguiente apartado, se ve cómo se ha explicado la relación entre este imperio esta-
dounidense con sus vecinos centroamericanos y caribeños, sociedades que, debido a su cercanía
geográca y sus condiciones geoestratégicas, experimentaron de manera temprana las políticas
imperiales norteamericanas.
2.2. Centroamérica y el Caribe dentro del espacio imperial norteamericano
Los territorios de Centroamérica y el Caribe se convirtieron en centro de disputas imperiales
desde mucho antes de que Estados Unidos existiera, a partir del propio momento de la llegada de
los primeros representantes de la Corona de Castilla a estas regiones, las cuales se convirtieron en
un punto de disputa entre las potencias europeas, que encontraban en las islas y el territorio con-
tinental centroamericano recursos y, más importante aún, un punto estratégico fundamental en
medio de los circuitos comerciales que eventualmente unirían norte con sur América y el Océano
Pacíco con el Mar Caribe (Delgado, 2006).
Esas disputas imperiales ayudaron a moldear la división administrativa centroamericana
(Dym, 2006) y de otros territorios del Caribe (Munford, 1991), la distribución de la población so-
bre los territorios y las políticas de defensa durante la época colonial (Arguedas, 2006). Así, la
presencia e inuencia de distintas potencias en la zona fue una constante en la historia de ambas
regiones, desde ataques piratas (Serrano, 1985; Zambrano, 2007) hasta el desarrollo de redes co-
merciales legales (Fernández, 2003) e ilegales (Potthast-Jutkeit, 1998): la historia de estas áreas
geográcas ha estado marcada por la presencia de imperios que se disputan el control sobre estos
territorios y que no terminaron con la llegada de las independencias a principios del siglo XIX.
Es dentro de esta dinámica de disputas imperiales que se incorpora Estados Unidos durante
la primera mitad del siglo XIX, inicialmente, mediante comerciantes que se acercaban a los puer-
tos de ambas regiones en busca de intercambios comerciales y, posteriormente, en búsqueda de
nuevas rutas comerciales. El interés geoestratégico por la región siempre ha sido evidente (Mar-
tínez Martínez, 2015), pero se hizo indiscutible hacia mediados del siglo XIX, cuando los estadou-
nidenses buscaban una ruta más corta entre la costa este de los Estados Unidos y los territorios del
oeste que deseaban incorporar a su dominio.
Esta necesidad económica se unió con la construcción ideológica de un destino mani-
esto para dar como resultado a los libusteros, personas que, bajo la iniciativa privada, se
organizaban para intentar tomar el control de territorios en las antiguas colonias españolas,
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argumentando que solo miembros de la “raza” blanca estaban en capacidad de aprovechar ade-
cuadamente los recursos de estos territorios. Una amplia bibliografía puede encontrarse al res-
pecto de estos grupos, en particular del más exitoso de ellos, liderado por William Walker, quien
durante un par de años logró controlar Nicaragua (Acuña, 2010).
Estos intentos promovidos por la iniciativa privada y la búsqueda de ganancias son conside-
rados los primeros encuentros con el imperialismo estadounidense (Gobat, 2010), a pesar de que
estos nunca lograron alcanzar sus metas de apropiarse de los territorios. Los proyectos libuste-
ros de ocupación directa fueron rechazados por el propio gobierno de Estados Unidos, que para la
segunda mitad del siglo XIX desarrollaba una serie de herramientas para asegurarse el control de
la región sin tener que recurrir al establecimiento de colonias.
La primera de estas herramientas era la negociación con otras potencias para armar la se-
guridad del territorio continental del propio Estados Unidos y también de sus intereses comer-
ciales en expansión. Murillo (1986) señala que la rma del tratado Clayton-Bulmer entre los re-
presentantes estadounidenses y británicos muestra el inicio de esa estrategia de negociación con
otros imperios para asegurar el reconocimiento del control estadounidense sobre Centroamérica.
La segunda de ellas fue establecer inversiones importantes en los territorios centroameri-
canos y caribeños. En un período en el cual los Estados nacionales en construcción estaban en
búsqueda de nanciamiento para el desarrollo de proyectos de infraestructura, nanciamiento de
la burocracia o el desarrollo de actividades productivas, la creciente presencia de inversiones es-
tadounidenses en estas regiones le dio al gobierno de Estados Unidos una herramienta importante
para ejercer inuencia y control sobre diversos territorios (Peters Solórzano, 1982).
De forma gradual, se convirtió en una de las principales fuentes de nanciamiento y, even-
tualmente, en el principal mercado para que los Estados centroamericanos y caribeños permitie-
ran a Estados Unidos scalizar la política interna de muchos de ellos e, incluso, fue utilizado como
excusa para intervenir militarmente en muchos de ellos y administrar las cuentas de diferentes
Estados durante varios años. De este modo, se puede concluir que, para la primera mitad del siglo
XX, Estados Unidos desarrolló un sistema de control imperial (Coatsworth, 1994) gracias, prin-
cipalmente, a su poderío económico, lo cual no excluía la posibilidad, si las condiciones lo reque-
rían, de ocupar militarmente cualquiera de los Estados centroamericanos o caribeños en caso de
que sus intereses se vieran afectados.
3. La política imperial norteamericana y las constabularias
Para nales del siglo XIX, Estados Unidos consolidó su posición como una potencia hege-
mónica en el continente americano, logró colocarse al nivel de otras potencias europeas al com-
petir con estas por el establecimiento de un imperio, a pesar de que, para el caso estadounidense,
ese imperio tenía características particulares. Entre ellas, destaca su reticencia a ocupar deni-
tivamente grandes extensiones de territorio fuera de sus fronteras nacionales. Al mismo tiempo,
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la mayor parte de los países latinoamericanos transitan por el complejo proceso de consolidación
como Estados modernos, lo cual implicaba la construcción de instituciones de gobierno, el desa-
rrollo de mecanismos de legitimación del poder político y de vínculos perdurables con el mercado
mundial, necesarios para sostener la economía de los nuevos países.
Esas eran las condiciones con las cuales se encontraban los representantes del gobierno nor-
teamericano en los territorios centroamericanos: sociedades que estaban inmersas en sus propios
procesos de consolidación como entidades políticas y de vinculación con el mercado mundial. En
ese contexto, fue que se construyó el poder imperial de Estados Unidos sobre la región. Para lo-
grarlo, esta potencia contaba, como otros imperios, con una serie de medios en los que se legiti-
maba y practicaba el poder imperial, que son identicados por Burbank y Cooper (2010) como los
repertorios de poder (pp. 1-23).
Estos medios permiten a entidades imperiales, como Estados Unidos, contar con una serie
de herramientas para gobernar, legitimar y practicar el control sobre distintos territorios y pobla-
ciones de manera diferenciada, otorgándole la capacidad de adaptar la forma en la cual ejerce su
poder sobre los distintos territorios de acuerdo con las características particulares de cada uno de
ellos. Este concepto es bastante útil para entender la relación entre Estados Unidos con los países
centroamericanos y caribeños, pues permite comprender las aparentes diferencias en las relacio-
nes con cada uno de los países en virtud de una sola lógica imperial.
De esta forma, la intervención militar directa, las inversiones económicas y los programas
de cooperación en el campo político, económico o técnico, pueden ser evaluados como elementos
constituyentes de esos repertorios de poder con los cuales contaba el gobierno de Estados Unidos
para asegurarse el control sobre los territorios que había logrado reclamar como parte de lo que se
puede llamar su área de inuencia, que en la práctica constituía su imperio. Dentro de la misma ló-
gica, es posible entonces entender cómo las fuerzas constabularias, entendidas como un proyec-
to de cooperación estadounidense para con los Estados centroamericanos y caribeños, formaban
parte de uno de esos repertorios de poder.
Como se ve en los siguientes apartados, la propia idea de fuerzas constabularias surgió como
parte de los proyectos para consolidar el control de los imperios sobre distintos territorios utili-
zando fuerzas constituidas por hombres locales, lo que en principio permitía reducir el costo de
la ocupación militar directa y construía un espacio para entrenar a esas personas locales en los
valores de la “civilización”.
3.1. Fuerza para mantener el orden
Las fuerzas constabularias fueron una creación británica para controlar Irlanda, uno de los
primeros territorios sobre los cuales ejerció poder como un imperio. La idea fundamental de este
cuerpo armado era construir una fuerza móvil capaz de desplazarse rápidamente para defender
los intereses de los propietarios de tierras de la amenaza de grupos de campesinos desposeídos
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(Sinclair, 2008; Emsley, 2014). Es claro que esta fuerza tiene particularidades, como su entrena-
miento y sus funciones que la sitúan en un punto intermedio entre una fuerza militar convencio-
nal y una fuerza de policía, dado que sus actividades tienen que ver con el control de la población y
el territorio desde una perspectiva, claramente, represiva de las actividades consideradas contra-
rias a los intereses de los grupos privilegiados y, por supuesto, del propio imperio.
Por tanto, la idea básica de una fuerza constabularia es contar con una cierta cantidad de
miembros entrenados, adoctrinados y preparados para defender la propiedad y los intereses im-
periales dentro de un territorio. Se buscaba que estas estuvieran constituidas mayoritariamente
por personas locales bajo el control, el entrenamiento y la supervisión de representantes de las
fuerzas imperiales. También se pretendía que, a diferencia de las fuerzas militares convencionales
constituidas en muchos de los territorios incorporados al imperio, fueran fuerzas apolíticas que
respondieran a sus superiores y actuaran solo como defensoras de los intereses del imperio.
Por supuesto, el carácter particular del imperio estadounidense explicado en las páginas pre-
cedentes implica que el proyecto de guardias nacionales fuera adaptado de acuerdo con esas par-
ticularidades. En primera instancia, las fuerzas debían tener la capacidad de operar por sí mismas,
con el n de asumir, luego de la retirada de las tropas estadounidenses, el control sobre el territo-
rio y las poblaciones. Esto respondía a la lógica estadounidense que indicaba que la intervención,
e incluso la ocupación de Estados soberanos, eran eventos temporales que solo pretendían echar
a andar los mecanismos para el establecimiento de regímenes políticos modernos y funcionales.
Por eso, las guardias nacionales eran promocionadas como una institución que permitiría la
modernización de la administración, al construir una fuerza entrenada según los métodos mo-
dernos basados en el respeto a la ley y la institucionalidad. Para garantizar estos elementos, se
pretendía que las guardias nacionales siguieran el modelo de organización y entrenamiento de las
fuerzas militares estadounidenses, presentadas como un ejemplo de cómo deberían funcionar las
instituciones castrenses en sociedades con regímenes republicanos funcionales.
De allí surge la necesidad de contratar a militares estadounidenses como instructores y o-
ciales. Se presuponía, desde nociones racializadas, que estas personas no solo eran superiores en
términos militares, sino también desde lo moral y lo cívico. En ese sentido, se pretendía que el
contacto entre estos instructores y los reclutas funcionara como un espacio para la “transmisión”
de esas características, las que, luego de ser asumidas por los elementos locales de las guardias,
serían transmitidas al resto de las sociedades.
En resumen, las guardias nacionales no pueden ser conceptualizadas solo como un pro-
yecto de organización militar implementado desde el centro de poder imperial. En su lugar, hay
que pensarlo como un espacio de negociación entre agentes imperiales y grupos locales. Allí
las agendas de grupos locales, en medio de procesos de negociación asimétrica, debían encon-
trar puntos de acuerdo con representantes del centro de poder, quienes trataban de desplegar,
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mediante herramientas que iban desde la negociación hasta el uso directo de la violencia, los di-
versos mecanismos que aseguraban el gobierno diferenciado de territorios y poblaciones propios
de un imperio del siglo XIX.
Justamente esas características son las que hicieron al proyecto de constabularias interesan-
te para Estados Unidos a principios del siglo XX cuando, a partir de su victoria en la guerra contra
España, se vio de pronto con la necesidad de administrar territorios en el Caribe y el Pacíco. La
rápida victoria militar puso al gobierno de Estados Unidos ante una situación complicada, pues
no contaba con la capacidad real de administrar o lidiar con las distintas realidades que se en-
contraron en islas tan distantes como Cuba y Filipinas (Love, 2004). De hecho, la oposición a la
ocupación de las nuevas colonias creció cuando se hizo evidente que, por lo menos, una parte de
quienes poblaban los nuevos territorios contaban con sus propias agendas que no contemplaban
incorporarse de manera subordinada al imperio estadounidense.
El ejemplo más claro de esto fue lo sucedido en Filipinas, en donde Estados Unidos se vio
involucrado en una guerra sangrienta contra diversos grupos independentistas lipinos. Para es-
tos últimos, sus años de lucha en contra de la Corona española no podían terminar simplemente
aceptando que Estados Unidos tomara posesión de las islas gracias a un tratado de paz en el cual
no tuvieron participación (Mojares, 2004; Kramer, 2006; Silbey, 2007).
Si bien en Cuba, Puerto Rico o Hawái no se presentaron conictos bélicos del nivel de Filipi-
nas, sí ocurrió un aumento en el fenómeno del bandidaje que en muchos casos responde, más bien,
a un fenómeno de ataque a las instituciones económicas que sostenían la ocupación militar y a la
presencia imperial dentro de los territorios recién controlados, en lugar de actos de criminalidad
común (Goodyear-Ka’opua, 2014). De hecho, en lugares como Cuba, algunos de los individuos
involucrados en las luchas contra el dominio español a nales del siglo XIX pasaron a ser consi-
derados, por la ocupación estadounidense, como bandidos que atacaban las plantaciones en las
zonas rurales de la isla (Pérez, 1986; Balboa, 2015).
La situación no podía ser controlada por las fuerzas militares estadounidenses, debido a que
su entrenamiento era para enfrentarse a ejércitos convencionales en operaciones militares for-
males; grupos pequeños con gran movilidad y que conocieran mejor los terrenos tropicales eran
una pesadilla para los soldados reclutados en Estados Unidos. Estas dos situaciones explican que
relativamente temprano los miembros del ejército estadounidense hayan adaptado el modelo de
constabularia para tratar de mantener el orden dentro de los territorios recién ocupados. Para
1898, el general Leonard Wood instauró la primera fuerza constabularia en la provincia de Santia-
go de Cuba, como una fuerza auxiliar para defender a las plantaciones de la zona de los ataques de
fuerzas irregulares (Millet, 1972).
El éxito de esta primera fuerza pronto provocó que el modelo fuera exportado al otro lado
del mundo, en donde el ejército estadounidense se enfrentaba a una cruenta guerra contra grupos
independentistas lipinos que, ante la superioridad militar estadounidense, utilizaban tácticas
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similares a las de las bandas de bandidos cubanos. En Filipinas, la implementación del modelo
constabulario fue más allá de lo simplemente militar, pues el proyecto de organización militar
también fue utilizado como estrategia propagandística estadounidense acerca de las bondades de
la ocupación militar en territorios poco “civilizados”, presentando cómo la inuencia estadou-
nidense podía ayudar a civilizar a los pueblos atrasados del mundo (Talusan, 2004; Go, 2008b;
Cullinane, 2009).
Diversas situaciones provocaron que estos no fueran los únicos lugares en donde Estados
Unidos intervendría militarmente en las primeras décadas del siglo XX. Inaugurada la era de las
cañoneras, los gobernantes estadounidenses se encontraron con la necesidad de controlar, aun-
que fuera temporalmente, territorios en el Caribe. Así, en 1915, marines desembarcaron en Puerto
Príncipe para proteger los intereses imperiales, nalizar los conictos civiles y funcionar como
fuerzas de paz. Durante los siguientes 18 años, Estados Unidos se vio con el problema de mantener
la paz y fomentar instituciones de gobierno modernas, entre las cuales destacó la Garde, consta-
bularia entrenada por el imperio estadounidense para asegurar el control de Haití (Renda, 2001).
Como explica Caballero (2025), la intervención en República Dominicana en 1916 se sostuvo,
básicamente, con los mismos argumentos: problemas económicos derivados del modelo econó-
mico adoptado por los dominicanos durante el siglo XIX llevaron a inestabilidad política que fue
aprovechada por Estados Unidos para primero hacerse con el control de espacios estratégicos de
la economía de la república insular. Posteriormente, argumentaron que era necesaria la presencia
militar para garantizar la seguridad de esos intereses económicos y, una vez establecida la pre-
sencia militar, proceder a la creación de una guardia nacional.
Se puede concluir que, en las primeras tres décadas del siglo XX, el gobierno de Estados Uni-
dos adoptó el modelo de constabularia como una de sus herramientas estándar para la interven-
ción en su creciente imperio en Centroamérica y el Caribe. La experiencia acumulada en el caso de
Filipinas y Cuba convenció a políticos, militares y administradores de la efectividad del modelo,
pues, en cada uno de los casos en los cuales Estados Unidos intervino militarmente en un país del
área, invariablemente propugnó por la instalación de una fuerza constabularia como institución
encargada de mantener el orden interno de los territorios.
Sin embargo, como se explica en el siguiente apartado, no se puede suponer que los proyectos
de Estados Unidos se aplicaron como una receta en cada uno de los territorios que llegó a controlar
a principios del siglo XX. Los proyectos de constabularia eran sin duda parte de los repertorios de
poder usados por el imperio estadounidense, pero hay que recordar que, en esa relación de poder,
por más asimétrica que fuera, interactuaban dos partes.
3.2. Fuerzas constabularias, espacio de negociación imperial
La instalación de fuerzas constabularias fue un proyecto promovido por Estados Unidos en
los Estados centroamericanos y caribeños que llegó a intervenir directamente a principios del
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siglo XX, pero la construcción de este tipo de fuerzas no dependió únicamente de la voluntad im-
perial estadounidense: su instalación pasó por procesos de negociación con grupos locales, de los
cuales Estados Unidos requería para materializar su poder. Esos grupos locales, a su vez, se cons-
tituían en una élite con proyectos propios que tenían que encontrar un espacio dentro de la lógica
imperial estadounidense.
Es en este punto donde los aportes de la historia global como perspectiva permiten entender
cómo los proyectos de fuerzas constabularias se aplicaron, partiendo de que estamos ante un fe-
nómeno de circulación de un proyecto dentro de un proceso de construcción imperial. Para expli-
car la historia global, nos brinda dos elementos básicos: el análisis de circulaciones, las relaciones
y un juego de escalas (Conrad, 2016, pp. 135-140). Los primeros dos implican que este estudio no
trata de explicar la formación de fuerzas constabularias en cada uno de los países como fenóme-
nos aislados. Se plantea que, más bien, las fuerzas constabularias fueron uno de esos elementos
que circularon en el espacio bajo la hegemonía de Estados Unidos durante la primera mitad del
siglo XX y que, como tal, es posible rastrear la circulación del proyecto.
De esta forma, los proyectos de conformación de constabularias fueron uno de los varios ele-
mentos con los que contaban quienes gobernaban Estados Unidos para materializar sus proyectos
de expansión sobre diversos territorios a principios del siglo XX. Este tipo de organización militar
era parte de los repertorios de poder con los que contaban el gobierno estadounidense para lidiar
con el problema de controlar vasta extensión de territorio con recursos militares limitados, por lo
cual su implementación era activamente promovida.
Eso provocó que el proyecto de constabularia circulara en medio de ese espacio construido
por el crecimiento hegemónico de Estados Unidos y, junto con el proyecto, circularon los indivi-
duos encargados de implantarlas en diversos territorios. Esto estimuló que el proyecto de consta-
bularias experimentara variaciones a lo largo del tiempo, respondiendo a la experiencia acumula-
da y a los cambios en las circunstancias en las cuales se intentaba aplicar este modelo.
Al mismo tiempo, los actores locales en cada uno de los países también fueron capaces de
beneciarse de ese intercambio y de la circulación dentro de ese espacio, principalmente para
desarrollar estrategias para negociar la implementación de este tipo de fuerzas dentro de sus te-
rritorios y tratar, en la medida de lo posible, de amoldar la imposición estadounidense a sus pro-
pios proyectos políticos y agendas. Así, se conguraron agendas bien diferenciadas, la primera de
carácter imperial, personicada en los miembros del gobierno estadounidense que circularon por
los territorios controlados por este país a principios del siglo XX. Estas personas eran portadoras
de la agenda imperial, pues como administradoras, consejeras militares, diplomáticas o parte de
las fuerzas de ocupación, eran las representantes del imperio y las defensoras de sus intereses
dentro del espacio sobre el cual ejercían un poder imperial.
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Frente a ellas estaban grupos locales, quienes contaban con sus propios proyectos, construi-
dos al calor de las presiones imperialistas de las potencias de la época y los rigores de un sistema
económico que adquiría los elementos propios de una economía mundial. Estos grupos construían
agendas locales que se enfrentaban a las presiones provenientes de Estados Unidos y sus proyec-
tos hegemónicos. El encuentro de estos grupos con sus agendas diferenciadas conguró espacios
de negociación, dentro de los cuales los proyectos de constabularias se modicaban, se adaptaban
a cada uno de los casos y, nalmente, se consolidaban en una fuerza militar.
En la Centroamérica de las primeras décadas del siglo XX, el proyecto se consolidó con la
rma de los convenios de Washington en 1907 y 1923, mediante los cuales Estados Unidos y los
Estados centroamericanos ensayaron la construcción de un sistema diplomático para la solución
de las problemáticas que aquejaban la región. El primero de los convenios del primer sistema de
Washington estableció reglas para solucionar las diferencias entre los Estados centroamericanos,
los límites al tamaño y la participación de los ejércitos en cuestiones políticas, y sugirió la cons-
titución de guardias nacionales. Pero lo más importante de este tratado fue el establecimiento de
una corte de justicia centroamericana, en la cual los Estados podrían encontrar un espacio para
dirimir sus diferencias por vías pacícas (Tratado General de Paz y Amistad, 1907).
La denuncia posterior de estos acuerdos y el resurgimiento de conictos entre los Estados
centroamericanos, a principios de la década de 1920, llevaron a que el gobierno de Estados Unidos
impusiera como condición para mediar en la situación la realización de una nueva conferencia en
Washington (Toledo-López, 1930). En ella se restablecieron muchas de las condiciones del primer
sistema al conseguir que los gobiernos de la región acordaran limitar el tamaño de sus ejércitos,
no reconocer a ningún gobierno que llegara por medios violentos al poder, evitar ayudar o que
sus territorios funcionaran como base para atacar a gobiernos centroamericanos y, nalmente,
la formación de fuerzas constabularias según la propuesta de Estados Unidos (Tratado General de
Paz y Amistad, 1923).
De estas dos conferencias, distanciadas en el tiempo por 15 años, surgieron dos constabu-
larias en Centroamérica: la guardia nacional de El Salvador y la guardia nacional de Nicaragua.
Separadas en el tiempo por casi dos décadas, el origen de ambas instituciones ha sido tradi-
cionalmente explicado desde el marco nacional. La guardia nacional salvadoreña fue la prime-
ra en ser organizada en 1912, resultado, por tanto, de los acuerdos de la primera conferencia de
Washington. Su historia es, sin embargo, un buen ejemplo de cómo los proyectos propuestos por
las fuerzas imperiales no siempre siguen el camino que se espera de ellos. Una de las primeras
particularidades de esta constabularia es que no surge como resultado de un proceso de ocupación
militar por parte de una potencia.
El Salvador no experimentó una ocupación militar por parte de Estados Unidos y nunca vio
cómo su administración interna cayó en manos de este país. Eso sí, como todos los Estados cen-
troamericanos de principios del siglo XX, tuvo que enfrentar el creciente poder estadounidense y
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aprender a desarrollar formas para sostener espacios de soberanía y autonomía ante las preten-
siones de Washington. En medio de ese proceso, el pueblo salvadoreño tomó el proyecto de cons-
tabularias y la adaptó a sus necesidades.
La guardia fue organizada como una tropa de apoyo a las fuerzas militares tradicionales y
diseñada para el control de poblaciones rurales y urbanas, cuyas demandas por cambios sociales
eran percibidas como una amenaza al orden (Pérez Pineda, 2018). Pero, en desafío a lo propuesto
por Estados Unidos, los salvadoreños escogieron como base para la organización a la guardia civil
española, llegando incluso a contratar a españoles como instructores y ociales para la formación
de las fuerzas, como explica Pérez Pineda (pp. 33-35). Esta no fue la única diferencia de la guardia
salvadoreña: Pérez Pineda (2018) señala que la fuerza se conceptualizó como una institución mo-
derna, ajena a los poderes locales, que funcionó como un complemento al ejército tradicional du-
rante las siguientes décadas, llegando incluso a tener un papel fundamental en la masacre de 1932.
Por su parte, la Guardia Nacional de Nicaragua fue el resultado de la ocupación estadou-
nidense y la lucha contra Sandino. Después de años de ocupaciones más o menos continuas, era
evidente para la administración estadounidense que la única forma de poder retirarse deniti-
vamente de Nicaragua era mediante la formación de una fuerza local que pudiera ocuparse de la
seguridad. Como explica Wünderich (1995), la rebelión de Sandino no solo representaba una lucha
por la salida de los marines de Nicaragua, sino que se había convertido en el ejemplo de la lucha
antiimperialista en la región y, por tanto, era necesario encontrar una forma de reducir la presen-
cia militar y, al mismo tiempo, garantizar la seguridad de los intereses de Estados Unidos.
Como explica Millet (1977), estas características eran perfectas para el establecimiento de
una nueva institución armada que se encargara de asegurar el control del territorio y que funcio-
nara, al mismo tiempo, como base para la modernización de las instituciones estatales. Sin em-
bargo, la guardia establecida en 1925 pronto fue utilizada por la familia Somoza para consolidar
un régimen autoritario que se sostendría por décadas.
Al igual que el proyecto salvadoreño, la Guardia Nacional de Nicaragua estableció desde su
inicio la organización de una fuerza profesional, entrenada en métodos modernos y concebida
como una fuerza apolítica. Pero, a diferencia del proyecto salvadoreño, esta guardia estableció
desde el inicio que ociales estadounidenses estarían a cargo de la institución, así como de la aca-
demia militar que se creó en el mismo decreto (Decreto A. N. n.º 28. 14 de mayo de 1925).
Esta breve explicación de los procesos de formación de esas dos guardias nacionales permiti-
rá ensayar las posibilidades de un análisis enmarcado en las propuestas teóricas de la historia glo-
bal, que posibilitan ir más allá de la mera comparación. En primera instancia, se podría argumen-
tar que la diferencia fundamental en la creación entre ambas instituciones tuvo que ver con que El
Salvador estableció su guardia sin tener un conicto armado abierto y sin la presencia de fuerzas
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estadounidenses en su territorio. Por supuesto, esto fue un factor, pero al considerarse otros ele-
mentos y escalas en los procesos, se tendría que concluir que más bien otros factores permiten
explicar por qué las guardias en esos países surgieron cuando lo hicieron y la forma que tomaron.
Por una parte, hay que considerar la manera diferenciada en la cual Nicaragua y El Salvador
encontraron espacios de negociación con agentes imperiales de Estados Unidos. El proyecto po-
lítico nicaragüense que había logrado estabilizar al país, durante la segunda mitad del siglo XIX,
se rompió durante tiempos de Zelaya. La guerra civil que siguió se resolvió cuando los estadou-
nidenses intervinieron y obligaron a los grupos en disputa a negociar y entregar el control de las
nanzas públicas (Gobat, 2010, pp. 221-239).
La intervención directa sobre el país le daba menos espacio de negociación a élites nicara-
güenses que tenían que enfrentar diariamente la presencia de ociales y personas administrado-
ras estadounidenses. No obstante, esa presencia también servía para convencer a algunas perso-
nas de las ventajas del modelo propuesto por los norteamericanos. Esto era particularmente cierto
en aspectos militares, en donde los marines se mostraban como fuerzas bastante competentes.
La población salvadoreña estaba en una posición distinta. No solo no habían experimen-
tado la ocupación, sino que, durante el período en estudio, se distinguió por ser centro de im-
portantes protestas antiimperialistas y, como lo explica Lindo Fuentes (2019), esa presión po-
pular forzó a quienes gobernaban El Salvador a tener una posición cercana al antiimperialismo.
La salida encontrada fue encauzar este movimiento hacia formas de nacionalismo que les per-
mitieran mantener las relaciones con Estados Unidos en niveles aceptables. De allí, el estableci-
miento de una guardia nacional entrenada por españoles permitía cumplir con los compromisos
adquiridos en Washington y, al mismo tiempo, mantener la apariencia para evitar la intervención
estadounidense directa.
Así, particularidades en las formas en las que se conguraron las relaciones entre los distin-
tos Estados permitieron diferentes adaptaciones de un mismo proyecto imperial. A principios del
siglo XX, las autoridades civiles y militares estadounidenses consideraban que los ejércitos nacio-
nales centroamericanos no eran capaces de cumplir con sus funciones, representaban un peligro
por su participación política y no valía la pena “modernizarlos”. Para sustituirlos, proponían una
organización que estaba implementada en otros territorios bajo su control. Esto les permitía cer-
ciorarse que las guardias nacionales fueran ideales para las necesidades de seguridad locales y, de
paso, que sirvieran sus intereses imperiales.
Para las élites centroamericanas que tuvieron que enfrentar al poder imperial en crecimien-
to, el proyecto presentaba también algunas ventajas, siempre y cuando pudiera ser adaptado a sus
necesidades. Un rápido repaso de los eventos políticos de la época ayuda a entender las razones
por las cuales los gobiernos de los cinco países centroamericanos rmantes del tratado aceptaron
el modelo de organización militar propuesto por los norteamericanos.
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Luego de un par de décadas de inestabilidad política en la región, los efectos de la revolu-
ción rusa y mexicana, junto con el fortalecimiento de los movimientos obreros en Centroamérica,
hacían muy atractiva la posibilidad de conformar fuerzas modernas que pudieran usarse para el
control de la población. En los años siguientes, esas fuerzas probaron su valor al ayudar a la re-
presión de movimientos sociales (Pérez Pineda, 2018), convirtiéndose en el sostén de regímenes
dictatoriales (Millet, 1977; Schroeder y Brooks, 2018).
La consolidación de este tipo de fuerzas en la región ejemplica cómo los intereses imperia-
les y las agendas de élites locales tenían la capacidad de llegar a acuerdos al compartir un lenguaje
común, en el cual la represión de una parte de la población se hacía necesaria para asegurar la de-
fensa ante amenazas internas. Esta construcción discursiva se iría consolidando durante el siglo
XX y se convertiría en parte del sostén de los regímenes autoritarios que caracterizaron a Centro-
américa durante la Guerra Fría.
4. Conclusión
Las formas en las que se ejerce el poder son más complejas de lo que parece a primera vista. A
principios del siglo XX, se estaba congurando un nuevo sistema internacional en el cual, ante el
creciente costo y destrucción de la guerra moderna, se conaba progresivamente en la diplomacia
para la solución de los conictos. Al mismo tiempo, se consolidaban los Estados-naciones como
forma de organización política ideal para garantizar la libertad y autodeterminación de los pue-
blos. No obstante, junto a estos nuevos ideales sobre la organización del sistema internacional, se
consolidaban y seguían funcionando otras formas de organización política y de resolución de dis-
putas. A principios del siglo XX, los imperios estaban en auge e imponían su dominio sobre vastas
zonas del planeta gracias a su poderío económico y militar.
Estados Unidos se unió tardíamente a ese grupo de Estados imperiales. Luego de derrotar a
España en 1898, asumió su lugar entre las potencias imperiales, posición que se consolidaría en
las siguientes décadas gracias a su capacidad de aprovechar el resultado favorable en dos con-
ictos mundiales. Como todos los imperios, para ocupar esa posición, no solo utilizó la violencia,
requirió del desarrollo e implementación de diversas herramientas para materializar su dominio
sobre diferentes espacios que superaban sus propias fronteras nacionales.
Para gobernar de manera diferenciada sobre pueblos y territorios, requirió, como todos los
imperios, del desarrollo de medios para imponerse sobre los espacios en los que pretendía ejercer
algún grado de poder. Dado sus características particulares, ese imperio estadounidense de prin-
cipios del siglo adaptó, de manera singular, algunas de esas herramientas con las que contaban
todos los imperios de la época. Las guardias nacionales implementadas en la región centroameri-
cana a principios del siglo XX son un ejemplo de estos procesos.
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Gracias a la manera en la cual se desarrollaron las relaciones entre Centroamérica y los Es-
tados Unidos a lo largo del siglo XIX, esta potencia tuvo la capacidad (y necesidad) de sugerirles a
los Estados centroamericanos cómo debían organizar sus propias fuerzas de seguridad, señalando
que lo mejor que podían hacer para desarrollar un proyecto político viable era construir fuerzas
que se concentraran en el control interno y relegaran la cuestión de la defensa exterior. Es ne-
cesario detenerse un momento en esto, pues, al relegar las capacidades de defensa exterior por
concentrarse en una guardia nacional, los Estados centroamericanos no solo renunciaban a la in-
tervención en los asuntos de sus vecinos, sino que también aceptaban implícitamente la vigilancia
del coloso del norte que, desde ese momento, asumía una posición de “protector” y árbitro de los
asuntos de la región.
Esa era una transacción compleja para las élites centroamericanas y sus pueblos. Renunciar,
por lo menos en parte, a uno de los elementos básicos de la soberanía presentaba complicaciones,
pero también ventajas. Los imperios dependen mucho más de la negociación para sostenerse de
lo que podría parecer a primera vista; por ello, no es de extrañar que en el caso centroamericano,
varios de los Estados hayan optado por aceptar la propuesta norteamericana, eso sí, adaptando el
proyecto de guardia nacional a sus realidades.
Las guardias nacionales que se establecieron en el período que abarca este artículo son prue-
ba de ello. Así, la guardia creada en El Salvador en 1912 se nutrió del discurso imperial acerca de
la necesidad de contar con fuerzas modernas, capaces de controlar a la población y acabar con
posibles amenazas internas, pero, debido a que El Salvador era para ese momento un espacio de
lucha contra el imperialismo norteamericano (Lindo Fuentes, 2019), su guardia fue entrenada y
moldeada por ociales españoles.
Por su parte, Nicaragua, en donde se estableció la guardia en 1925, experimentó una situa-
ción distinta. Ocupada militarmente por estadounidenses, quienes sostenían el gobierno local
frente a la amenaza de Sandino, no tuvieron mucho que objetar al proyecto imperial. Financiada,
entrenada y comandada por marines estadounidenses, la Guardia Nacional de Nicaragua funcionó
durante los primeros años de existencia como un ejemplo de la efectividad de este tipo de fuerzas,
hasta que grupos locales, liderados por Somoza, se hicieron con el control de esta y, gracias a su
capacidad de negociación con Estados Unidos, lograron convertir el proyecto de una fuerza apolí-
tica a la base del poder de una dictadura.
Aunque esto no era el objetivo de estas fuerzas, su implementación sí consiguió ser exitosa al
consolidar instituciones que garantizaran el control interno de las sociedades centroamericanas.y
Además, establecieron las bases de la colaboración militar con los Estados Unidos que, durante las
décadas posteriores, se materializaría en las políticas represivas que se enmarcaron en la llamada
lucha contra la subversión y comunismo que sostuvieron a los regímenes dictatoriales de la se-
gunda mitad del siglo XX.
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