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Fuerzas constabularias y hegemonía norteamericana...
Revista humanidades, 2026 (Enero-Junio), Vol. 16, Núm. 1, E5625
por su contexto histórico y por sus condiciones especícas. En ese sentido, el imperialismo eu-
ropeo de nales del siglo XIX y principios del XX debe entenderse a partir de las características
propias de las sociedades durante ese período.
En términos generales, la explicación más utilizada para entender la expansión europea y
estadounidense, sobre buena parte del mundo durante el nal del siglo XIX y principios del siglo
XX, sostiene que los cambios introducidos por la Revolución Industrial fomentaron la búsqueda de
mercados y de materias primas. Como resultados, estas potencias comenzaron a asegurar su con-
trol sobre diversos territorios (Davis, 1982). Autores como Hobsbawn (2013), FieldHouse (1990)
y O’Rourke y colaboradores (2008) han demostrado de manera muy coherente cómo los cambios
económicos en Europa occidental y Estados Unidos condujeron a disputas territoriales y, even-
tualmente, al de amplias zonas geográcas controladas por parte de esas potencias.
El desarrollo industrial causó un notable crecimiento económico y tecnológico que favore-
ció a ciertos países. Ese proceso, conocido como la Gran Divergencia, resulta fundamental para
comprender el proceso de expansión imperial durante la última parte del siglo XIX y las primeras
décadas del siglo XX. Antes de la Revolución Industrial, habría sido casi impensable que las socie-
dades europeas occidentales tuvieran la capacidad de intervenir y someter a su control a amplios
territorios en África y Asia, y someterlas a su control (Pomeranz, 2000; Gupta y Ma, 2010; Daudin
et al., 2010). En este sentido, los avances tecnológicos eran un factor fundamental para entender
la capacidad de una sociedad para imponerse sobre otros grupos de población, ya que contribuyen
a explicar el éxito de la implantación de imperios (Headrick, 2010).
Por supuesto, la forma que adoptó esa expansión imperial respondió a las características
particulares de cada potencia, lo cual resulta evidente cuando se compara los casos del Imperio
británico y de Estados Unidos (Go, 2014). En este último caso, el crecimiento imperial ha sido in-
vestigado desde diversas perspectivas. Algunos estudios se centran en examinar los aspectos po-
líticos y económicos de los procesos de expansión imperial (Polychroniou, 1995 ; Duménil y Lévy,
2004; Pease, 2005), mientras que otros han analizado los agentes que se vieron involucrados en el
desarrollo (Conroy-Krutz, 2015) o las distintas intervenciones militares que lo acompañan (Kra-
mer y Bauer, 1972; Lindsay, 1989; Yoon, 1997; Schlesinger et al., 1999). Más recientemente, se ha
prestado atención a los aspectos culturales del imperialismo estadounidense (Chrisman, 2013),
así como a los discursos que han negado el carácter imperial de su política exterior (Ferguson,
2003; MacDonald, 2009; Murphy, 2009).
La exitosa expansión imperial de un puñado de entidades políticas marcó la segunda mi-
tad del siglo XIX, lo que a su vez determinó la formación de un sistema internacional com-
puesto supuestamente por Estados nacionales. Akami (2013) plantea que esta categoría debe
ser revisada para dar cuenta de una realidad que es muy difícil de discutir cuando se analiza el
sistema internacional de Estados de este período: la existencia de importantes asimetrías entre
los Estados nacionales.