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Fabiana Rivas Monje
Revista humanidades, 2026 (Enero-Junio), Vol. 16, Núm. 1, E6845
Retomando la noción de “hecho social” de Durkheim (1895), el textil puede pensarse como
un intersticio
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complejo, actuando entre dimensiones opuestas. No solo funciona como práctica
individual, sino como parte de códigos culturales compartidos, con formas y funciones social-
mente aprendidas y replicadas, que exceden la acepción de “objeto suave”. Los textiles contienen
en sí normas sociales de domesticación femenina, pero, al mismo tiempo, albergan posibilidades
de resistencia y subversión a esa expectativa social (Parker, 1984), activando en los límites: en-
tre artes y ocios, entre lo privado y lo público, entre lo industrial y lo autogestivo. Lo intersti-
cial, entonces, es tanto potencia como un espacio fronterizo, en el sentido de Anzaldúa (1987):
el textil desborda los binarismos y se arma en el umbral como un “tercer” camino, ni uno ni lo
otro, sino frontera, grieta, sura, hendija, pliegue, doblez, un espacio “entre”, que no puede ser
contenido del todo. Desde esta mirada, los textiles no son solo artes menores, prácticas feminiza-
das o meros objetos cotidianos, sino que reejan, contienen, son resultado y son productores de la
estructura social compleja, actuando como puntos de tensión entre distintos mundos.
Para tensionar las perspectivas esencializadas de las prácticas textiles y su historización sin
conceptualización crítica, el argumento puede sostener que estas, en tanto hacer común y coti-
diano, pueden ser interpretadas como prácticas sutiles, al tiempo que su potencialidad política
encarna una sutileza que aparece y desaparece. Los movimientos corporales que hacen posible
la práctica textil pueden encarnar actos de rompimiento de la trama capitalista, desde pequeños
espacios que demandan —insistentemente— atención y escucha (Correa, 2019). “Gestos textiles”
(Pérez-Bustos, 2023), como “gestos menores” (Manning, 2025), funcionan como actos menos
visibles que se realizan en pequeños marcos por fuera de los grandes escenarios públicos y socia-
les: en los lugares invisibilizados de lo cotidiano, opacados por la magnitud de lo público. Un gesto
textil, como gesto menor, encarna un proceso que emerge en los intersticios, pero que puede acti-
var y articular resonancias inconscientes para devenir en nuevos u otros modos de existencia: un
gesto menor esconde futuros posibles (Manning, 2025) que invitan a ponderar el poder subversivo
de lo aparentemente insignicante, menor o intrascendente, y a poner en cuestión esa calicación
(Ruiz, 2018).
Entre la feminización/despolitización y su uso activista o político, entre las artes y ocios/
artesanías, entre la industrialización y la prevalencia de prácticas autogestivas de confección, en-
tre la tradición y la innovación tecnológica, entre la funcionalidad y la estética, entre lo íntimo y
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Como punto de partida, en su acepción lingüística básica, la Real Academia Española (s. f.) dene intersticio
(del latín interstitium) como: “hendidura o espacio, por lo común pequeño, que media entre dos cuerpos o
entre dos partes de un mismo cuerpo”. Desde allí se despliega una propuesta de intersticio textil, que tensa
y expande la noción al situarla en un cruce interdisciplinario nutrido de teorizaciones feministas, afectivas,
materiales y relacionales. Entendido así, lo intersticial se abre como un espacio de fuga, un pliegue que habi-
lita pasajes entre dimensiones y mundos. El textil, en tanto intersticio, se congura como un espacio mate-
rial-relacional —una trama de prácticas, cuerpos, saberes y materias— que opera en los márgenes y fronte-
ras de las categorías hegemónicas, tensionándolas, desaándolas y activando potencialidades de desarme.