¿ES LA
FILOSOFÍA DEL DERECHO UN SABER INÚTIL?: A PROPÓSITO DEL OXÍMORON DE LA UTILIDAD
DE LO INÚTIL
Dra. Sofía Cordero Molina[1]
Fecha de recepción: 16 de octubre 2025
Fecha de aprobación: 24 de octubre de 2025
RESUMEN: El presente
artículo es una ponencia presentada como parte del I Ciclo de Conferencias de
actualización y capacitación de temáticas socio jurídicas, presentada en el mes
de febrero de 2024, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Tiene
como objetivo principal cuestionar si es la filosofía del derecho, como rama de
la filosofía, un saber inútil, y con ello buscar defender la supervivencia de
su pensamiento y reivindicar la importancia de las mal llamadas ramas
superfluas del conocimiento.
PALABRAS CLAVE: derecho, filosofía,
filosofía del derecho, enseñanza académica, utilidad, inutilidad.
ABSTRACT: This article is a presentation posted as part of the I
Cycle of Conferences on updating and training on socio-legal topics, given on
february of 2024, in the Law School of the University of Costa Rica. Its main
objetive is to question if law philosophy, as a branch of the philosophy, is a
useless knowledge , and with it defend the
survival of thought and vindicate the importance of the so – called superfluos
branches of knowledge.
KEYWORDS: law,
philosophy, philosophy of law, academic teaching, utility, inutility.
SUMARIO: 1. Introducción; 2. No hay nada útil
ni siquiera la inutilidad misma; a. No todo se puede comprar; b. el peligro de
las “cosas inútiles”; c. Lo más útil es lo inútil; d. ¿Es o no es inútil la
filosofía del derecho?; 3. Conclusión; 4. Bibliografía.
1.
INTRODUCCIÓN
Y es precisamente tarea de la filosofía revelar a los
hombres la utilidad de lo inútil, o si se quiere enseñarles a diferenciar entre
dos sentidos diferentes de la palabra inutilidad (Pierre Hadot)
Llamamos oxímoron a
la combinación, que, en una misma estructura sintáctica, posean dos palabras
con significados opuestos, que generen una nueva significación. Es el caso de
la utilidad de lo inútil, parte del título de la presente disertación.
¿No les parece curioso que, en un mundo
repleto de sufrimiento, caos y confusión, las pocas cosas que generan “placer”
sin beneficio material tiendan a ser vedadas o por lo menos consideradas
inútiles?[2]
Desde un punto de vista práctico los saberes intelectuales que no rinden
réditos materiales son considerados formas inútiles de actividad o por lo menos
de segunda categoría.
Mi pretensión en
esta ponencia es ocuparme de la siguiente pregunta: ¿Es la filosofía del
derecho un saber inútil? A propósito del oxímoron de la utilidad de lo inútil.
Intento con esto comprender del pseudoproblema[3]
de hasta qué punto la búsqueda de satisfacciones “inútiles” derivan en una
utilidad insospechada. Y en este contexto, considero útil (valga la
redundancia) todo aquello que nos ayude a mejorar como seres humanos.
En tiempos de
crisis económicas escuchamos la fastidiosa reiteración de justificar la
destrucción, destitución o recorte de cualquier actividad que no “beneficie el
lucro” sino que más bien sea considerado un gasto. La pastilla de la dura
austeridad, sobre todo en temas de academia, rara vez contribuye como medicina
a mejorar la salud del paciente, sino que debilita aún más su enfermedad[4]
¿Será que la nueva concepción de lo que es “útil” en un mundo tan consumidor y
consumista, se ha vuelto demasiado estrecha para adecuarse a los caprichos del
espíritu y el intelecto humano?
En un brutal
contexto donde la lógica del beneficio corre por encima de la educación, el
patrimonio artístico, literario, musical, científico … filosófico y, sobre todo,
más grave aún, el pensamiento crítico, estos saberes constituyen obstáculos
para las sociedades utilitaristas o, en palabras de Zygmunt Bauman, las
llamadas sociedades del consumo[5]
donde nadie puede transformarse en sujeto, sin haber sido producto primero.
Pues allí donde la vida se configura como una perpetua lucha por la obtención
de dinero el hombre y la mujer acaban de facto, transformado en un bien más del
sistema de la propiedad.
Lo anterior, me ha
llevado a redactar estas páginas gracias a que, por azares del destino, llegó a
mis manos un ensayo escrito en el año de 2012 por el profesor Nucio Ordine[6],
titulado “La utilidad de lo inútil”, quien a su vez se basa en otro
ensayo del año 1937 de Abraham Flexner[7]
titulado “La utilidad de los conocimientos inútiles”, y un poco como
quien recicla un pensamiento que no deja de tener la misma validez casi 100
años después.
2. NO HAY NADA
INÚTIL NI SIQUIERA LA INUTILIDAD MISMA [8]
a) No todo
puede comprarse
El viejo adagio de
que hay cosas que tienen precio y otras que tienen valor, se sostiene por sí
mismo. Por supuesto que, si partimos de la aseveración de que los valores no son,
sino que valen, estos no se pueden medir o pesar como podría hacerse con una
cualidad física. Bajo este supuesto, el conocimiento visto como un valor, es un
algo que no puede comprarse.[9]
Para Ordine (2012,
p.15)
El saber constituye por sí mismo un obstáculo contra el
delirio de omnipotencia del dinero y el utilitarismo. Todo puede comprarse es
cierto. Desde los parlamentarios hasta los juicios, desde el poder hasta el
éxito: todo tiene precio, pero no el conocimiento, el precio que debe pagarse
por conocer es de una naturaleza muy distinta. Ni siquiera un cheque en blanco
nos permite adquirir mecánicamente lo que solo puede ser fruto de un esfuerzo
individual y una inagotable pasión.
En ese mismo orden
de ideas, de que el valor no es, sino que vale, se puede decir que el
conocimiento no se compra, sino que se logra. Usted podría pagar por el
conocimiento de alguien, pero no podría pagar para sacárselo de la cabeza e
insertarlo en su cerebro. Es tan obvio como eso pueda sonar, no lo es así en la
práctica, pues basta llegar a las aulas universitarias y preguntar el primer
día de clases de un curso, ¿Cuál es el objetivo de los estudiantes de
matricularse en la universidad? Para que la respuesta lamentable y generalizada
sea “obtener un título universitario”. En mis casi 18 años de labor docente
universitaria, nunca he escuchado una respuesta como: “obtener conocimiento y
pensamiento crítico y tener la habilidad de razonar libremente”.
Es debido a esto,
que no hay fallo en esa lógica, viniendo de una sociedad como la nuestra donde
se enseña desde temprana edad que un título universitario (¡no importa de donde
sea!) es únicamente un salvoconducto para ingresar al mercado laboral. Por más
fanfarrón que parezca, habrá más de una “universidad” que se preste a este
mercantilismo corrupto y desfachatado de vender títulos de grado y posgrado. Parafraseando
a Ordine, ni el más prestigioso título adquirido con dinero, podrá dar
conocimiento y ni que pensar, una metamorfosis del espíritu.
Mercadear el
conocimiento no es solo la venta de títulos universitarios o grados académicos,
también es implementar cualquier tipo de política tendiente a la reducción de
presupuestos estatales e institucionales destinados en su origen a la educación[10].
También es, el facilismo – aprobismo de la mediocridad en la enseñanza de
cualquier rama del conocimiento –. Y así, innumerables manifestaciones del
fenómeno. A menudo a los docentes se nos olvida, que un buen profesor es ante
todo un infatigable estudiante.
Privilegiar de
manera exclusiva la formación técnica – profesional, dejando de lado la
dimensión cultural, humanista y
crítica del estudiantado –, constituye un error gravísimo pues reduce al ser
humano al oficio que ejerce, coartando con ello la posibilidad de cultivar el
espíritu del libre pensamiento, y la curiosidad.
En definitiva,
nadie puede realizar en nuestro lugar el inigualable viaje de adquirir
conocimiento, ya sea por la manera más democrática que sería la experiencia o
por la vía de la enseñanza formal. Por lo que una vez más el saber desafía las
leyes del mercado, pues es el único producto que se puede entregar sin
empobrecerse. Decía Montaigne que se trata de un proceso virtuoso, pues se
enriquece el que da y el que recibe.
b)
El peligro de las “cosas inútiles”
Decía
Borges que quien erige murallas puede fácilmente
arrojar los libros a las llamas de una hoguera, pues en ambos casos se termina
por quemar el pasado. Una de las paradojas de la historia, precisamente vincula
la barbarie con la destrucción de las “cosas inútiles”, basta con echar un
vistazo a ciertos acontecimientos del pasado lejano y no tan lejano, como para
acuñar algunos ejemplos de cómo al parecer hay una suerte de peligro inmerso en
las mal llamadas cosas inútiles.
La quema del 75% de la Biblioteca de Alejandría, las
incautaciones encubiertas del patrimonio artístico español por parte de
Napoleón Bonaparte[11]
durante la Guerra de Independencia; el arte expoliado por los nazis[12]
en la Segunda Guerra Mundial; la destrucción de códices mayas y aztecas por
parte de Frailes Españoles;[13]
el bombardeo de la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina
en Sarajevo[14]
y el más reciente incendio de la Biblioteca de la Academia de Ciencias de
Egipto[15].
Así muchísimos
ejemplos podríamos encontrar de como aquellas cosas catalogadas históricamente
como “inútiles”, inofensivas, inertes, silenciosas al parecer poseen una suerte
de peligro por el simple hecho de existir. El conocimiento de los libros, el
arte de los museos, los monumentos que cuentan historias de nuestros
antepasados, el lenguaje como forma de manifestación cultura, y todas las
facetas “subversivas” y heréticas de pensar y expresarse, si fueren tan
inútiles como nos hacen creer, no serían las primeras muestras de la furia
destructiva de la humanidad, como bien lo ha demostrado la historia.
Lo realmente
peligroso es “la
moderna obligación de actuar”: la extinción de los librepensadores, el imperio
de lo provisional, de lo cortoplacista y de lo inconstante, el consumismo
desmedido, la pérdida de la capacidad de esperar, la sustitución de la
experiencia por la vivencia, la conectividad sin límites que debilita la
vinculación del ser con-otro y que conduce finalmente a una soledad de difícil
retorno.
¿Cuál es el gran peligro? La ignorancia, incluso aún más
que la miseria. El
peligro no está en los libros, ni en el arte, ni en la cultura, no está en la
filosofía, el peligro está en la emancipación mental producto del despertar
propio de los “saberes inútiles y desinteresados”, que tienen como finalidad
propiciar la metamorfosis del espíritu y la mente humana.
c)
La más útil es lo “inútil”
Al
tema de lo útil o lo inútil en particular, se refirió Martin Heidegger (2023,
p.146) en su libro Ser y Tiempo
Lo más útil es
lo inútil. Pero experienciar lo inútil es lo más difícil para el ser humano
actual. En ello se entiende lo útil , como lo usable prácticamente para fines
técnicos, para lo que consigue algún efecto con lo cual pueda yo hacer negocios
y producir. Uno debe ver lo útil en el sentido de lo curativo (Heilsamen), esto
es, lo que lleva al ser humano a sí mismo.
El
hombre moderno no tiene tiempo para cosas “inútiles”, está condenado a
convertirse en una máquina, sin alma. Es un prisionero de la necesidad, es un
hombre que no comprende el arte, que no disfruta de la música, de la
literatura, de la naturaleza, de un atardecer o
un estudiante al que se le hace imposible llevar un curso más de su malla
curricular en filosofía. El ser humano está demasiado ensimismado como para
perder su tiempo productivo en cosas que no le generen un lucro. Este ser
atareado, corre, pero no sabe hacia adónde, y corre, con esa carrera, el riesgo
de dejarse arrastrar por cualquier llamado de algún loco fanatismo delirante o
rabia colectiva o histeria popular.
Esta
sociedad sin vida contemplativa, el filósofo (Byung Chul Han 2023), advierte
que se ha perdido la magia y la temporalidad de la inactividad, que tiene su
propio "fondo de esplendor de la existencia humana". Por ello, frente
a la vida plenamente activa de las relaciones de producción capitalistas
deberíamos propiciar rescatar el tiempo realmente libre, “que no
pertenece al orden del trabajo y la producción”. Han sostiene que,
“la verdadera
felicidad se debe a lo vano e inútil, a lo reconocidamente poco
práctico, a lo improductivo, a lo propio del rodeo, a lo desmedido, a lo
superfluo, a las formas y a los gestos bellos que no tienen utilidad y no
sirven para nada”.
Ahora
bien, vamos a poner un ejemplo algo fuera de contexto, con el único afán de
ilustrar el punto de a donde puede llegar el siniestro utilitarismo de las cosas.
Decía Gautier que las letrinas son el rincón más útil de una casa, y no por
ello el más visible. Las letrinas son sin duda, más útiles que el arte y la
literatura, pero no por ello estos últimos dejan de ser imprescindibles en la
vida de los seres humanos. Las coles son más útiles que las rosas, y no por
ello dejan de plantarse rosas.
Poniendo un ejemplo aún más grave que los anteriores:
si aplicáramos el argumento de la utilidad al conjunto de una sociedad en
relación con sus habitantes, llegaríamos a un absurdo. Un amplio sector de la
población —personas que, por razones de edad, enfermedad, discapacidad o
vulnerabilidad en general— sería considerado “no útil”. Sin embargo, ello no
nos lleva a dejar de reconocerlos como personas, ciudadanos con derechos, ni a
negarles el acceso a la seguridad social o a las pensiones que les corresponden.
¿A
dónde quiero llegar con esto? A veces, lo considerado superfluo e inútil, es lo
necesario, y no hablamos de vender el pan para comprar la mermelada, sino de
saber apreciar lo que trae el pan a la mesa y lo que aporta la mermelada al pan.
Pero, volviendo en un razonamiento circular cual Trilema de Munchausen, se
requiere precisamente este conocimiento humanístico y crítico como el que nos
da la filosofía, para percatarse que somos más que monedas de cambio. ¡Para eso
también sirven los saberes “inútiles”!
d) ¿Es o no es la filosofía del derecho un saber inútil?
Lo útil o lo inútil de una cosa, no reside en
la cosa. El ser humano, por defecto, es un ser de categorías. Tendemos a
agrupar las cosas para nuestra conveniencia. Si bien podemos considerar que le somos
indiferentes al mundo[16], el
mundo no nos es indiferente y por ello emitimos juicios valorativos, desde
nuestra carencia y experiencia. Como todo valor, le daremos jerarquía y
polaridad. Lo sino en mi realidad psíquica, y posteriormente en mi proyección
valorativa de su utilidad.
Si
la filosofía del derecho es o no es un saber útil, al final del día no
dependerá de lo que yo intente en pocas líneas abogar por ella. Los argumentos acá esbozados no tenían tampoco
la pretensión de convencer a nadie, pero sí de exponer y clarificar una que
otra cuestión al respecto.
Persiste, sin
embargo, en formas muy diversas y sofisticadas, una suerte de supremacía del tener
sobre el ser, una dictadura de la cosificación, una inversión del orden
valorativo en relación con lo que se considera prestigio. De ahí, que ciertos
saberes del pensamiento humano como la filosofía, y más específicamente para
este artículo, la filosofía del derecho, en oportunidades (no pocas) sean
considerados saberes inútiles.
Es debido que, ¿por
qué destinar tiempo y dinero en saberes que no generan beneficios económicos?
La respuesta, aunque obvia, no es sencilla. Porque la carencia de pensamiento
crítico propio de los saberes humanísticos constituye el caldo de cultivo
necesario para germinar cualquier idea.[17]
La filosofía del
derecho no es la excepción.
En una carrera plagada de derecho privado, público, social, procesal y
cuanta línea curricular se quiera, es imprescindible enseñar a cuestionar lo
enseñado. Es trabajo de la filosofía del derecho precisamente el “desenseñar”
los saberes dogmáticos, sembrar el pensamiento crítico, la intolerancia a las
verdades únicas, la higienización de las trampas discursivas y del lenguaje
jurídico, la detención de falacias argumentativas, la evitación de los
síndromes normativistas, la implementación de una ingeniería social
fragmentaria, entre otras tantas cuestiones propias del pensamiento “incomodo”.
La filosofía del
derecho no es un procedimiento por aprender, es una forma de ver el mundo con
unos anteojos críticos, que nos salvan de la miopía dogmática de la que está
plagada el derecho. Si esto es útil o no, basta con imaginar ir por la vida
profesional dando bastonazos de ciego mental.
3. CONCLUSIÓN
En conclusión, el
saber en sí, en definitiva, llámese filosofía del derecho o cualquier otro
saber del pensamiento humano, incluso aunque no se emplee para otra cosa ni
sirva a un fin directo, se agota en el solo hecho de desarrollar el espíritu y
el pensamiento de quien lo ha adquirido, y eso en cualquier caso y escenario ya
es ganancia. La belleza intelectual
se basta a sí misma, pero no se agota en ella, por eso se enseña. En esta
tesitura, el elogio de la útil inutilidad de la filosofía no debe inducir a
engaño.
Byung Chul, Han. Vida
Contemplativa: elogio de la inactividad Penguin Random House ,Grupo
Editorial España 2023.
Haba, Enrique
Pedro. “De la fantasía curricular y sobre algunas de sus precomprensiones
tecnocráticas”. Revista de Ciencias Jurídicas, 1986, Volumen 56,
p.11-p.48.
Heidegger, Martin. Ser
y Tiempo. Editorial Trotta, 2023. Madrid, España.
Nuncio, Ordine. La
inutilidad de lo inútil. Editorial Acantilado, 2012 .
Barcelona, España.
Zygmunt,
Bauman. Vida de Consumo. Fondo de Cultura Económica, 2007. DF, México.
[1] Doctora en Derecho, Universidad de Costa
Rica. Máster en Criminología, Universidad Estatal a Distancia. Licenciada en
Derecho, Universidad de Costa Rica. Profesora Cátedra de Filosofía en Derecho,
Universidad de Costa Rica.
Contacto: sofia.corderomolina@ucr.ac.cr / (+506) 8838-6532
[2] Hago
la aclaración, que la pregunta no tiende a caer en el hedonismo, pues les
aseguro que el pensar de manera crítica, se aleja muchísimo del placer en la
mayoría de las oportunidades.
[3] Hablo de un pseudoproblema en términos de la diferenciación de axiomas dicotómicos del mundo del es y del debe ser, donde en el mundo de los juicios prácticos, propiamente los juicios de valor, se experimentan problemas no de existencia sino de conveniencia. Pues es meritorio reconocer que en estos menesteres de las mal llamadas “ciencias” del pensamiento humano no estamos ante problemas de orden científico. Ergo soy plenamente consciente de no caer en la falacia naturalista de Moore.
[4] Enfermedad que en este
caso podríamos llamar del pensar, o lo que se conoce como parte de los
paradigmas críticos del Razonamiento, y lo que el profesor Pedro Haba en algún
momento denominó parte de los Síndromes Normativistas.
[5] Precisamente, una
“sociedad de consumidores” se caracteriza por un falta de nitidez entre el
objeto consumido y quien lo consume. En la sociedad de consumidores, nadie
puede (dice Bauman) transformarse en sujeto sin haberse hecho producto primero.
En otros términos, la esencia del sujeto es ser vendible, y convertirse en un
elemento más del “fetichismo de la subjetividad”.
[6] Se desempeñó como profesor de Literatura y Filosofía
Italiana en la Universidad de
Calabria en Rende (Italia) y presidente del
"Centro Internazionale di Studi Telesiani, Bruniani e Campanelliani"7 (Cosenza, Italia). Fellow del Harvard University
Center for Italian Renaissance Studies y del Alexander von
Humboldt Stiftung, ha sido invitado por diferentes Universidades norteamericanas
(Yale, New York University) y europeas (EHESS, École Normale Supérieure Paris,
Paris-IV Sorbonne, Paris-III Sorbonne-Nouvelle, CESR of Tours, Institut
Universitaire de France, Paris-VIII, Warburg Institute, Eichstätt University).
Quien fallece en recientemente en el año 2023.
[7] Educador
norteamericano y uno de los principales reformistas estadounidenses de la
educación superior en ese país.
[8] En Los Ensayos de
Michel Montaigne, obra cumbre del humanista Francés del renacimiento para el
siglo XVI, el autor declaraba que no hay nada inútil, ni siquiera la inutilidad
misma. En este mismo sentido, he de poner el ejemplo del Caballero de la Triste
Figura. El mítico don Quijote podría ser
considerado el héroe de la inutilidad, pues deja claro a lo largo de sus
improntas, el afrontar con valentía las empresas destinadas al “fracaso”. Un
fracaso que llevo a Cervantes a ser uno de los autores más leídos del mundo,
con un libro cuya vigencia sigue siendo obligatoria después de 400 años de su
nacimiento.
[9] De igual manera que no
se puede comprar el respeto, la admiración, la honestidad o cualquier valor de
alta jerarquía.
[10] Bien lo decía Víctor
Hugo de manera apasionado en un discurso pronunciado en la Asamblea
Constituyente de 1848: cuando la crisis atenaza a una nación es más necesario
que nunca, duplicar los fondos destinados a la educación. Claro que se quiere
el pan de la vida, pero no puede haberlo sin pan del pensamiento.
[11] Cuando se inició la Guerra de la Independencia
(1808-1814), en la que España se enfrentó a Napoleón, no solo existió el
conflicto bélico, paralelamente a este el ejército napoleónico se dedicó a
expoliar el patrimonio artístico español. Fue una incautación encubierta, bajo
la excusa de crear un Museo Nacional. Nada de todo esto ocurrió. Las obras
fueron a París y, o bien se incorporaron al Museo del Louvre, a otros museos, o
se vendieron a coleccionistas.
[12] Como arte expoliado por los nazis expolio nazi, en alemán Raubkunst, se denomina a
una serie de obras de arte robadas durante el período del nacionalsocialismo o «enajenadas debido a la persecución de los nazis». Las
víctimas del robo fueron principalmente judíos y
aquellos perseguidos como judíos, tanto dentro del Reich de 1933 a
1945, como en todas las áreas ocupadas por los alemanes durante la Segunda Guerra
Mundial. El robo se llevó a cabo sobre la base de una gran cantidad de
nuevas regulaciones legales y con la participación de varias autoridades e
instituciones establecidas específicamente para ese propósito. Fue clasificado
como un crimen de lesa humanidad en la Carta de Londres del Tribunal Militar Internacional (Estatuto
IMT) de 1945. La extensión se estima en 600 000 obras de arte que fueron
robadas por los alemanes en Europa entre 1933 y 1945: 200 000 en Alemania y
Austria, 100 000 en Europa occidental y 300 000 en Europa del este. El número
de obras de arte que no han sido devueltas a sus legítimos propietarios y que
aún pueden ser identificables, que se suponen diseminadas por todo el mundo en
colecciones públicas y privadas, se estima en hasta 10 000.Con la llamada Declaración de Washington en 1998, se establecieron regulaciones internacionales para
ubicar el arte saqueado y para su restitución a los propietarios o sus
herederos.
[13] En el año 1530, en Tetzcoco, Fray Juan de Zumárraga hizo
una hoguera con todos los escritos e ídolos de los aztecas.
[14] Un escritor bosnio, Ivan Lovrenovic ha contado que la
Vijecnica, el imponente, elevado y colorido edificio dedicado a albergar la
Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina, en Sarajevo, fue bombardeada desde
las diez y media de la noche del 25 de agosto de 1992 con fuego de artillería.
La biblioteca perdió casi dos millones de volúmenes.
[15] El 18 de diciembre de 2011 se incendió el edificio de la Academia de Ciencias, que albergaba 200.000
materiales desde el siglo XVIII y obras como Description de l’Égypte,
reproducido por todos los amantes de Egipto desde su aparición en 1809. Todos
los archivos que sustentaban las fuentes del siglo XIX se perdieron, miles de
informes de investigación que ni siquiera estaban copiados perecieron haciendo
retroceder los estudios egiptológicos durante décadas.
[16] A propósito del Mito
de la Indiferencia del Mundo de Lezlek Kolakowski.
[17] Acá quiero decir que
cualquier idea es cualquier idea, desde la elaboración de una norma, la
concepción tan vaga de justicia, la defensa de los derechos humanos o algo más
tangible, como el ir o no a la cárcel por la comisión de un delito.