Educomunicación feminista: primeras puntadas para una genealogía
latinoamericana
Feminist Educommunication: First Stitches toward a Latin American
Genealogy
Sandra Ivette González Ruiz
Facultad de Estudios Superiores Acatlán,
Universidad Nacional Autónoma de México, Estado de México,
México
https://orcid.org/0000-0001-5607-8083
Fecha de recepción: 2 de octubre del
2025
Fecha de aceptación: 20
de enero del 2026
Cómo citar:
González
Ruiz, Sandra Ivette.
2027. «Educomunicación feminista: primeras
puntadas para una genealogía latinoamericana». Revista Reflexiones 106
(2). https://doi.org/10.15517/rr.v106i2.0005
Resumen
Introducción: Se propone una lectura
genealógica de la educomunicación feminista en América Latina para visibilizar
autorías y prácticas que articulan comunicación-educación-feminismo, disputan
sentidos hegemónicos y orientan transformaciones sociales situadas.
Objetivo: Trazar “primeras
puntadas” de una cartografía crítica del campo: mapear autorías, proyectos y
debates; delimitar categorías analíticas (narrativa, mediación, cuidado,
territorio); y precisar una definición operativa de educomunicación feminista
útil para docencia e investigación.
Método y técnica: Estudio cualitativo con
enfoque de investigación feminista. Dos ejes: genealogía (justicia epistémica;
condiciones de producción e invisibilización) y cartografía crítica
(organización de corpus por autorías, piezas, debates y
criterios
de inclusión: desde un enfoque de conocimiento situado, nos concentramos en
mujeres diversas a lo largo de América Latina cuyas propuestas articulan
comunicación–educación–feminismo, cuentan con rastro público y muestran algún
uso o recepción en aulas o comunidades. Técnicas: revisión documental y
hemerográfica, análisis multimodal de piezas (medios y redes), entrevistas
semiestructuradas (muestreo bola de nieve) y bitácoras docentes.
Resultados: (1) Numerosas mujeres
han configurado el campo de la comunicación y la educomunicación, pese a su
subrepresentación curricular. (2) Los proyectos mapeados se anclan en historias
y territorios latinoamericanos y se orientan a justicia e igualdad sustantiva;
despliegan mediaciones dialógicas y de cuidado, y muestran efectos en
formación, repertorios y políticas institucionales. (3) La matriz propuesta
permite comparar casos más allá del medio (cine, radio comunitaria, redes) y
transferir los hallazgos a planes de estudio.
Conclusiones: La educomunicación
feminista no es un apéndice metodológico: es una práctica crítica y afectiva
que redistribuye autoridad epistémica, actualiza el currículo y restituye
autorías. La cartografía abre agenda para ampliar corpus y métricas de
recepción, manteniendo el anclaje situado latinoamericano.
Palabras
clave: Justicia epistémica, Cartografías de saberes, Comunicación,
Redes sociodigitales, Pedagogías críticas.
Abstract
Introduction: This article advances a
genealogical reading of feminist educommunication in
Latin America to make visible women’s authorships and practices that articulate
communication–education–feminism, contest hegemonic narratives, and orient
situated social transformation.
Objective: To trace the “first
stitches” of a critical cartography of the field: map authorships, projects,
and debates; define an operational concept of feminist educommunication;
and propose an analytical matrix—narrative, mediation, care, and
territory—transferable to teaching and research.
Method
and Technique: Qualitative
study with a feminist research approach. Two axes: genealogy (epistemic
justice; conditions of production and invisibilization)
and critical cartography (organizing the corpus by authorships, artifacts, and
debates). Inclusion criteria: from a situated-knowledge perspective, we focus
on diverse women across Latin America whose initiatives articulate
communication–education–feminism, have a public trace, and show some use or
reception in classrooms or communities. Techniques: documentary and press
review, multimodal analysis of materials (media and digital platforms),
semi-structured interviews (snowball sampling), and teaching logbooks.
Results: (1) Numerous women have
decisively shaped the communication/educommunication
field despite curricular underrepresentation. (2) Mapped projects are
territorially anchored and oriented to justice and substantive equality; they
deploy dialogic, collaborative, and care-centered mediations, showing effects
on learning processes, repertoires of action, and institutional policies. (3)
The proposed matrix enables cross-case comparison beyond medium (film,
community radio, platforms) and supports curricular uptake (course design,
evaluation of reception).
Conclusions:
Feminist
educommunication is not a methodological add-on but a
critical and affective practice that redistributes epistemic authority, updates
curricula, and restores women’s authorships. The cartography consolidates a
Latin American, situated lens while opening an agenda to expand the corpus and
develop reception metrics—without altering the study’s deliberate focus on
women as its subjects of analysis.
Keywords:
Epistemic
Justice, Cartographies of Knowledge, Communication, Socio-digital Networks,
Critical Pedagogies.
Introducción
En la última década hemos sido parte de la
transformación de la vida social y, particularmente, de la academia, de la
producción científica y de la forma de producir, enseñar y aprender
conocimiento en las diferentes disciplinas. Esto se ha dado a partir de la incorporación
de las epistemologías, teorías y metodologías feministas y de la perspectiva de
género, las cuales han puesto sobre la palestra de discusión la importancia de
entender al género y su relación con otros vectores, como lo son la racialidad, la clase social, la orientación sexual, la
identidad de género, la etnia, entre otros. Estos enfoques son clave para
situar los saberes, desarticular el androcentrismo y comprender de forma más
compleja los problemas sociales.
Con lo anterior no se quiere decir que antes de
una década la producción feminista de conocimiento no existiera, al contrario,
los feminismos como líneas epistémicas, teóricas, metodologías y como campo de
investigación llevan décadas planteando nuevos retos, nuevas metodologías, renovando
los métodos clásicos, planteado perspectivas más complejas para entender los
problemas sociales y haciendo y trazando el camino que hoy vemos consolidado.
Pero es reciente su aceptación en la academia al punto en el que hoy se cuenta con
el primer Posgrado en Estudios de Género en la Universidad Nacional Autónoma de
México (UNAM) (aprobado el 8 de diciembre de 2020) y el Posgrado de Estudios
Feministas en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) (aprobado en junio de
2017), así como diferentes programas, materias, especializaciones y diplomados
con enfoque feminista que forman parte del currículo oficial de diferentes
Instituciones de Educación Superior (IES).
Rastrear los aportes de las mujeres al campo de
la investigación en comunicación feminista en México, en sus distintas
vertientes, se relaciona con el estudio de los feminismos en la academia. La
entrada del feminismo a la academia mexicana hace más de cinco décadas, tuvo
como punto de impulso el movimiento estudiantil del 68, los movimientos
feministas y los movimientos sindicales como el de las trabajadoras textiles.
En 1969, aún con la efervescencia y las reflexiones sobre el movimiento
estudiantil, se abrió por primera vez una clase con perspectiva feminista en la
UNAM, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, impulsada por Delia
Selene de Dios, años más tarde. En 1975, Alaíde Foppa
inauguró la primera cátedra de Sociología de las Minorías y el programa “Foro
de Mujer” en radio UNAM, dando inicio así a la reflexión universitaria sobre la
subordinación, exclusión y opresión de las mujeres en nuestra sociedad. Fue a
partir de aquel momento que estudiantes y académicas comenzaron “a reflexionar
sobre lo que implicaba la diferencia sexual, sus significados claramente
asimétricos y la generalización de prácticas” (Blazquez, Castañeda, Delgado,
Flores y Tena 2023).
Desde entonces, y hasta la creación de
asignaturas, planes y programas, posgrados, plazas académicas y de
investigación sobre género y feminismos ha sido un recorrido enorme, producto
del trabajo y la lucha de mujeres que han nutrido los distintos campos
disciplinares. Esto ocurre desde ópticas ético-políticas que apuestan por la
transformación de la vida de las mujeres y, en consecuencia, la transformación
de la vida social.
En ese sentido, el campo de la comunicación no se
ha quedado atrás, con la apertura, consolidación y enriquecimiento de líneas de
investigación sobre género y medios de comunicación; género y publicidad;
comunicación educativa y pedagogías feministas; comunicación y justicia social;
derechos humanos, feminismos y periodismo; entre muchas otras. Dichas líneas de
investigación han llevado a preguntarnos si puede existir una comunicación
feminista, la cual, por supuesto, no se reduce a una comunicación de y para las
mujeres, sino a una comunicación que responda a las demandas sociales
internacionales de justicia, de no reproducción de estereotipos, binarismos y
prejuicios por razones de género. Una comunicación que apunte al
desmantelamiento de las narrativas, representaciones y estructuras que
reproducen la desigualdad social, la discriminación y narrativas promotoras del
odio hacia las mujeres y hacia otros grupos históricamente vulnerabilizados; una
comunicación para democratizar la voz y la autoridad epistémica.
Leonarda García, de la Universidad de Murcia,
señala que para construir una comunicación feminista necesitamos pensar al
feminismo desde su dimensión comunicativa:
Pensar el
feminismo y la igualdad de género desde un enfoque dialógico es una aspiración
ambiciosa y apasionante: es lo que denomino feminismo comunicativo. Si la
comunicación es encuentro y diálogo, entonces el feminismo comunicativo es
construido correlacional, compasivo, empático, inclusivo, plural, comunitario (citado
en Postigo y Linares 2024, 12).
El presente artículo forma parte de un proyecto
de investigación en marcha titulado “Hacia una cartografía
de los aportes de mujeres latinoamericanas a la educomunicación feminista (siglos
XX-XXI). Disrupciones,
trayectorias y desafíos” (Proyecto PAIDI/006/2025). Su objetivo es desarrollar
una cartografía de los aportes de las mujeres latinoamericanas al campo de la
investigación en comunicación feminista, particularmente en el eje:
Educomunicación feminista: experiencias pedagógicas en América Latina.
Partiendo de la elaboración de una genealogía feminista, para problematizar los
contextos de producción de investigadoras, teóricas, activistas y colectivas
que han aportado al campo antes mencionado; visibilizar los aportes teóricos,
críticos, reflexivos, analíticos e incluso tecnológicos de las mujeres; así
como reconstruir sus situaciones particulares de acuerdo con sus posiciones en
la trama de poder. Este trabajo se inscribe en el ya amplio nicho de investigación sobre
las mujeres y las condiciones sociales, contextuales, políticas y culturales de
la opresión, pero también de la rebeldía de las mujeres a esa opresión y de sus
importantes prácticas y producciones.
En este texto se presentan algunas
propuestas para definir la educomunicación en clave feminista y recuperar los
aportes de algunas mujeres que han aportado en el campo de las estrategias
pedagógicas y comunicativas para transformar la realidad social.
Reflexiones
genealógicas en torno a la comunicación y feminismo
Hace ya varias décadas las epistemólogas
feministas hablaron de la importancia de visibilizar a las mujeres como sujetas
epistémicas, productoras de conocimiento, creadoras e investigadoras (Harding
1988). Importantes investigaciones como la de Norma Blazquez (2008), en su
libro El retorno de las brujas. Incorporaciones, aportaciones y críticas de
las mujeres a la ciencia hacen un reconocimiento de diversas mujeres como
productoras de conocimiento y reconstruyen la historia de los aportes de las
mujeres a la ciencias y disciplinas. También, Blazquez (2008) parte del estudio
de las llamadas brujas, mujeres precursoras en las ciencias, con saberes sobre
sexualidad humana, lectoras del universo, hierberas, campesinas, defensoras de
la tierra quienes fueron llevadas a las hogueras en lo que hoy conocemos como
el primer femingenocidio de mujeres. Desde entonces,
y hasta la actualidad, ha sido un largo y sinuoso recorrido para visibilizar,
reconocer, incorporar los saberes de las mujeres y sus críticas a los métodos y
a la ciencia androcéntrica.
En ese sentido, autoras como Alejandra Restrepo (2016)
y Raquel Gutiérrez (2015) han hablado ampliamente de la importancia de la
genealogía feminista como método de investigación encaminado hacia la justicia
epistémica y la justicia social, a partir de la problematización de los
contextos de producción, así como de la restitución de legados, saberes,
aportaciones y de la producción de conocimiento de mujeres diversas. En ese
sentido, la genealogía feminista busca analizar las estructuras, dinámicas y
condiciones en las que se produce la omisión, invisibilización
y usurpación de los saberes de las mujeres y de otros sujetos
históricamente invisibilizados como las personas de las disidencias y
diversidades sexo-genéricas, así como
las luchas feministas por recuperarlos. En el decir de Alejandra Restrepo «genealogizar exige situar la emergencia de
las concepciones e ideas en disputa, en su contexto histórico, social, político
y cultural y encontrar el sentido de esas construcciones en la relación de
poder en que están inmersos los actores concretos» (Restrepo 2016, 31). Es
decir, se reconoce a las mujeres como sujetas históricas-políticas y se ponen
en escena sus aportaciones para nuevas lecturas de los problemas sociales a
partir de la restitución de sus legados.
Es en esa clave en la que se presenta este
apartado, donde se rescatan algunos de los principales apuntes de la revisión
de la literatura sobre las aportaciones de mujeres feministas a la
comunicación, para pensar una comunicación feminista que apunte a la justicia
social. La reflexión sobre el papel de la comunicación en las agendas
internacionales para la erradicación de la violencia por razones de género ha
estado presente desde hace varias décadas, así lo plantean Teresa Vera e
Inmaculada Postigo en su evaluación sobre los avances de los medios de
comunicación en materia de igualdad de género en el ámbito iberoamericano (en
Postigo y Linares 2024).
Desde
1963, con La mística de la feminidad, Betty Friedan ya advertía la
responsabilidad de los medios en la producción y reproducción de estereotipos
de género. En esa misma línea, la Conferencia Mundial del Año Internacional de
la Mujer, realizada en Ciudad de México (19 de junio a 2 de julio de 1975),
colocó en la agenda internacional la discusión sobre los cambios sociales que
afectan a las mujeres y el papel de la comunicación en esos procesos. Años
después, estas preocupaciones se reforzaron en el Encuentro Mundial “La
comunicación como fuente de poder para las Mujeres” (Bangkok, 1994). Ahí, 400
comunicadoras de casi 80 países evaluaron críticamente las transformaciones del
campo comunicativo —nuevas tecnologías, transnacionalización de industrias y reconfiguraciones
económicas— y subrayaron el carácter estratégico de los medios para impulsar
los intereses de las mujeres y de poblaciones minorizadas, precarizadas y
subalternizadas (en Postigo y Linares, 2024). Desde entonces ya se planteaba ese cuestionamiento
profundo a las lógicas de los medios de comunicación que ha sido una de las
líneas más desarrolladas en el campo de la investigación en comunicación desde
el feminismo y la perspectiva de género.
En ese sentido, la investigación en torno a los
medios populares (Linares 2018), a la democratización de los medios, a pensar
las radios comunitarias ha sido fundamental. El análisis de los medios también
fue uno de los temas eje de la Conferencia Mundial de Beijing de 1995. La
reflexión sobre las diversas formas de desigualdad en el campo implicó analizar
la estructura de los medios, la participación de las mujeres en ellos, el
enfoque de los contenidos, la sensibilización de los públicos, etc. (en Postigo
y Linares 2024, 17).
Las investigadoras Teresa Vera e Inmaculada
Postigo, en su texto La igualdad de género como indicador de calidad
informativa. Incidencia y experiencias en los países del área hispana (en
Postigo y Linares, 2024), dan cuenta de los importantes avances en materia de
transformaciones, estrategias, cambios estructurales y políticas en pro de la
igualdad de género en los medios de comunicación. A partir de la Conferencia
Mundial de Beijing, se han creado mecanismos de evaluación de desigualdades,
brechas y violencias en los medios, entre ellos, el Proyecto Global de
Monitoreo de Medios (GMMP) en torno a las desigualdades de género, así como la
organización de grupos de personas voluntarias que a partir de 1995 y cada
cinco años realizan un seguimiento mundial de los medios tradicionales (radio,
televisión y prensa) y desde 2010 medios digitales, para evaluar las brechas y
avances en materia de género.
Todo lo anterior, dio lugar a la creación del
“índice de igualdad de género en los medios de comunicación” (GEM), el cual se
encarga de calcular la brecha de igualdad de género promedio a partir de cuatro
indicadores: 1) personas en las noticias (temas y fuentes), 2) participación
como personas reporteras, 3) en voces expertas y 4) como portavoces y presencia
en noticias económicas y políticas (en Postigo y Linares 2024).
Como apuntan las investigadoras, a pesar de los
muchos y muy importantes avances, siguen existiendo brechas amplias a la hora
de hablar igualdad sustantiva, un concepto que no se reduce a la paridad de
género, sino que implica pensar en cambios de raíz en la calidad de vida de las
mujeres y en garantizar los derechos fundamentales. Entre ellos, destaca el
derecho a vivir una vida libre de violencia.
Al mismo tiempo, en la última década se han
consolidado medios digitales y el periodismo feminista, como la Revista Pikara en España, Cosecha Roja en Argentina, Agencia
pública en Brasil (en Postigo y Linares 2024) y en el caso de México, hemos
visto crecer el periodismo feminista y asistimos a la creación de espacios
dedicados al análisis de género en las agencias de medios y periodismo más
importantes.
Otro de los mecanismos importantes que se han
fortalecido son las Redes como herramienta de vinculación y articulación, redes
de investigadoras, especialistas, activistas y personas preocupadas por las
problemáticas relacionadas con la desigualdad de género. Un ejemplo de ello es
la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género (RIPVG). Se fundó en
México en el 2005 con el objetivo de sumar periodistas de todo el mundo con
perspectiva de género, poniendo foco en las mujeres y en el uso de un lenguaje
no sexista y la producción de un periodismo feminista (en Postigo y Linares
2024). En esa dirección, también destaca, la Red de Iberoamericana de
Investigación en Comunicación y Feminismo para la Justicia Social, que reúne a
investigadores e investigadoras de distintas partes del mundo para pensar una
comunicación con enfoque de derechos humanos, derechos para las mujeres y las
poblaciones sexodiversas.
Como lo han dejado ver distintas autoras (Buquet, Cooper,
Mingo, Moreno 2013; Güereca 2017; Postigo y Linares,
2024) la educación universitaria en materia de comunicación tiene que estar a
la par de estas transformaciones sociales. Las investigadoras que trabajan
temas de violencia de género, feminismos, desigualdades (González y Linares
2022; González y Linares 2024) entienden que la educación juega un papel
fundamental para encaminar a la sociedad hacia la transformación de las
relaciones de género y la erradicación de las violencias y discriminaciones.
Comunicación
e investigación feminista
Sin duda, el estudio de la comunicación desde la
investigación feminista y la perspectiva de género es de larga data y con un
importante recorrido sobre todo en campos como el periodismo, el uso de redes
sociodigitales y el papel de los medios de comunicación. Desde los estudios
sobre redes digitales se ha impulsado una importante reflexión sobre la
violencia de género en la era digital, con relevantes avances, diagnósticos e
informes detallados sobre cómo se traslapa la violencia de género sistemática y
sistémica contra las mujeres a los entornos digitales, donde adquieren nuevas
modalidades y dinámicas que la amplifican a partir de las características de
estas redes. Un ejemplo particular se experimentó durante la pandemia por COVID
19, cuando la educación presencial pasó a la modalidad en línea. En ese
contexto, se evidenció la violencia contra las mujeres que se generaba en las
aulas virtuales (González y Linares, 2022) en distintas geografías
latinoamericanas.
Otro ejemplo está en el impulso de la llamada Ley
Olimpia, un conjunto de reformas legales en México que reconoce y sanciona la
violencia digital y la violencia mediática, especialmente aquella que afecta a
mujeres y personas de la diversidad sexual. Fue impulsada por la activista
Olimpia Coral Melo, luego de que un video íntimo suyo fuera difundido sin su
consentimiento. Y la reciente Ley Ingrid una reforma legal que tiene como
objetivo proteger la dignidad y privacidad de las víctimas de feminicidio y de sus
familias, evitando la filtración, difusión o publicación de imágenes, videos,
audios o documentos relacionados con hechos violentos. La ley Ingrid surge a
partir del caso de feminicidio de Ingrid Escamilla, ocurrido en el 2020, donde
no solo nos enfrentamos a la realidad de la violencia contra las mujeres en
México y de los altos índices de feminicidio, sino que, además, vimos como la violencia
de género se perpetúa después de la muerte de la víctima.
La definición e investigación sobre violencia
digital de género en el caso de la UNAM llevó a la creación del Glosario
Universitario sobre #Violencia_digital (Zámano,
2024), para ampliar la discusión sobre los derechos humanos en los entornos
digitales y el uso ético de redes sociales e internet. Aquí también se tiene el
trabajo colectivo de mujeres, defensoras de derechos humanos y mujeres que
integran medios de comunicación feminista.
Uno de los campos de mayor historia es el de las
representaciones, la crítica a las representaciones misóginas, androcéntricas,
racistas y heteronormadas en las narrativas sociales.
Un ejemplo claro es el aporte de la investigadora Teresa de Lauretis y su libro
Alicia ya no. Feminismo, semiótica y cine (1992) una de las obras
fundamentales para la enseñanza de la semiótica. En ese texto, la autora
cuestiona la representación androcéntrica de las mujeres en distintos
discursos, desmonta los discursos psicoanalistas, el discurso
levi-straussiano hasta el
discurso de Eco y Foucault. Es una de las precursoras de la teoría
cinematográfica feminista.
El lenguaje y la producción de
discursos ha estado en el centro de la discusión feminista, ha
sido uno de los elementos fundamentales para pensar la violencia simbólica y lo
que hoy conocemos machismos cotidianos, pero también para pensar formas
alternativas de representación. La reflexión sobre el lenguaje ha estado
inscrita en el campo de la comunicación desde hace muchos años, con influencias
antropológicas, lingüísticas, etc. Desde las visiones clásicas, pasando por el
estructuralismo, hasta las aportaciones más subversivas de teóricos como Roland
Barthes (2023) que ya hablaban de la carga ideológica del lenguaje y su
capacidad de construir realidades y borrar sujetidades;
una discusión ligada a la cultura, por supuesto. En ese sentido, las
aportaciones de mujeres y de los feminismos le dieron un vuelco, ejemplo de
ello son las psicoanalistas como Julia Kristeva y la escuela del feminismo de
la diferencia con Luce Irigaray (1992) como una de sus representantes. Ellas ya
hablaban de la falta de representación del cuerpo entendido como femenino y de
lo que hoy conocemos como lenguaje patriarcal. Ellas son las expulsadas de
los círculos psicoanalistas. En dicha obra, ya apuntaban la misoginia en la
forma de narrar, definir e interpretar los cuerpos denominados como cuerpos de
mujeres. Esta es una visión que ha tenido importantes repercusiones por ejemplo
en el campo médico. También cobran importancia las actuales discusiones sobre
el lenguaje incluyente, para visibilizar a poblaciones históricamente
silenciadas, pero también en el sentido lingüístico-político. Sobre esto
último, Yásnaya Aguilar (2020) en México y Brigitte
Vasallo (2021) en Barcelona, con su libro Lenguaje inclusivo y exclusión de
clase, problematizan el impacto del uso del lenguaje inclusivo que funciona
como vehículo de transformación, pero no como objetivo final de la lucha por la
igualdad sustantiva.
La naturaleza interdisciplinaria y
multidisciplinaria de la comunicación permite incluir a mujeres investigadoras
especializadas en otras disciplinas, pero que han contribuido a pensar la
comunicación. Ejemplo de ello es Chela Sandoval, teórica, investigadora y
activista feminista especialista en estudios chicanos, poscoloniales y el
llamado feminismo tercermundista. Quien en su libro Metodología de la
emancipación (2015), hace una revisión de los postulados de Roland Barthes
para analizar la retórica supremacista, y proponer una retórica encaminada a la
emancipación social, convirtiéndose, de esta manera, en una aportación
importante al campo de la semiótica y de la comunicación.
Otro ejemplo de ello es el de la antropóloga feminista
Rita Segato (2013), quien ha trabajado temas de violencia feminicida,
feminicidio y masculinidades. En su texto La escritura en el cuerpo de las
mujeres asesinadas en Ciudad Juárez Territorio, soberanía y crímenes de segundo
estado habla de la dimensión expresiva del feminicidio y la violencia y
propone una relectura del sistema de comunicación y de las teorías
estructuralistas de la comunicación para pensar en esa dimensión expresiva del
feminicidio, que toma como soporte o significante el cuerpo de las mujeres. En
lo que ella llama las nuevas formas de la guerra, el cuerpo de las mujeres ha
sido tomado como soporte para el envío de “mensajes sangrientos”, mensajes
hacia otros hombres para reafirmar su poderío y mensajes hacia otras mujeres
para infundir terrorismo sexual.
Mujeres
latinoamericanas en la comunicación
El recorrido por el estado de la cuestión sobre
el papel de las mujeres en la comunicación revela algo parecido a lo que ocurre
en otras áreas, a pesar de que los planes y programas de estudio no incluyan un
número considerable de mujeres y de mujeres latinoamericanas. En particular,
son muchas y diversas las aportaciones de investigadoras, teóricas y activistas
que han problematizado, complejizado y actualizado nuestro campo de acción.
Muestra de lo anterior es la
colección Mujeres de la comunicación un proyecto sostenido desde la
Fundación Friedrich Ebert, donde Daniela Bohorquez y Estefania Avella, en
respuesta a la ausencia de mujeres en las bibliografías de materias, cursos y
talleres de comunicación, decidieron investigar sobre los aportes de las
mujeres latinoamericanas y crear esta colección que recupera artículos
analíticos, conceptos eje, entrevistas y testimonios sobre las aportaciones de
mujeres (aportaciones feministas o no).
Si este
viaje comenzara en el sur, arrancaría en Chile con Michèle
Mattelart y sus críticas radicales feministas a la industria cultural y con Nelly
Richard y su poderosa, rigurosa y política propuesta de análisis cultural.
Sigue en la Argentina con Marita Mata y sus modos de escrachar a la política y
la academia desde lo popular; Beatriz Sarlo y su rigurosidad crítica de mirada
sobre la ciudad, las tecnologías, la cultura masiva, el arte y la política; Florencia
Saintout y su hacer de la comunicación una lucha
política por otras realidades desde una epistemología del barro y la esperanza;
Susana Kaiser, que, aunque habita la academia gringa, sigue escuchando y
escribiendo memorias sobre su Argentina dolorosa. (Rodríguez, Magallanes,
Marroquín y Rincón 2020, 7).
Así como inician su recorrido por reconocer la
trayectoria de mujeres que han apostado y aportado a la comunicación, varias de
ellas posicionadas desde los feminismos — aunque no todas necesariamente —, con
críticas culturales importantes. Del trabajo en Uruguay recuperan a Rosalía
Winocur quien, aunque mexicana, trabaja desde ese sur con etnografías tecnomediáticas. De Brasil escriben sobre Immacolata
Vasallo Lopes, quien propone epistemologías y
metodologías desde el sur para la investigación sobre las telenovelas y a Nilda
Jacks y el estudio sobre las audiencias. De Perú retoman a Rosa María Alfaro
quien se avoca a la política desde lo popular y a Teresa Quiroz con sus aportes
sobre la educación como acción comunicativa. De Colombia reconocen a Clemencia
Rodríguez quien habla desde lo popular de una comunicación ciudadana, feminista
y festiva. De El Salvador lo hacen con Amparo Marroquín Parducci y sus
investigaciones sobre los modos intensos y expandidos de la migración como
universo comunicativo. (Rodríguez, Magallanes, Marroquín y Rincón 2020).
Para el caso de México (Magallanes y
Ricaurte 2022) retoman el trabajo de 23 mujeres, que atraviesan de manera
importante todo el recorrido de la conformación del campo de la comunicación a
partir de la fundación de la primera licenciatura en comunicación en la
Universidad Iberoamericana en 1979, hasta la actualidad. Sobresalen varias
fundadoras de asociaciones sobre el estudio y la investigación de la
comunicación, como la Asociación Mexicana de la Investigación en Comunicación
(AMIC), el Consejo Nacional para la Enseñanza y la Investigación en la Ciencia
de la Comunicación (CONEICC) y la Federación Latinoamericana de Facultades de
Comunicación Social, entre muchas otras. Desde la pionera en el campo de la
investigación feminista en la FES Acatlán, Alma Rosa Alva de la Selva, quien
también es pionera en el análisis y comprensión de las telecomunicaciones en
México; Claudia Benassunu y sus estudios sobre la comunicación masiva; Aleida
Calleja y su trabajo sobre radios comunitarias; Yásnaya
Elena Aguilar Gil, lingüista ayuujk, quien trabaja
activamente por los derechos lingüísticos y la autogestión del internet. Las
mencionadas, entre otras muchas mujeres, ponen sobre la mesa algo que había
estado oculto: las mujeres no solo forman parte del campo de la comunicación,
sino que contribuyeron activamente a su creación.
Visibilizar los aportes de mujeres
latinoamericanas a la comunicación, no solo pasa por reconocer los sesgos
androcéntricos y patriarcales sobre la producción de las mujeres, sino por
reconocer las imbricaciones opresiones que limitan el desarrollo y visibilidad
de la producción de conocimiento de mujeres situadas en el Sur Global. Desde
América Latina se han desarrollado numerosos esfuerzos por construir una
crítica a la ciencia que sobrepase, sí, los obstáculos patriarcales y
androcéntricos, pero también las imposiciones y discursos de producción de
conocimiento eurocéntrico (Correa 2021). Como explica Noelia Correa «la
dificultad de la colonialidad del saber es otra de las barreras que se nos
imponen a las mujeres latinoamericanas» (Correa 2021).
Educomunicación
feminista y perspectiva de género
¿Quiénes son las educomunicadoras
latinoamericanas que han apoyado a la investigación en comunicación feminista y
a construir otras herramientas analíticas para pensar los vínculos entre
comunicación y educación? Esa es la pregunta que guía esta investigación. En
este breve recorrido sobre la historia de las aportaciones de las mujeres a lo
que hoy podemos denominar investigación en comunicación feminista se nota una
brecha importante entre los estudios enfocados en medios y redes
sociodigitales, en violencia de género digital, en lenguaje, representaciones y
narrativas sociales y aquellos que abordan el campo de la educomunicación.
La educomunicación tiene una
historia y desarrollo importante desde América Latina. Cuando hablamos de
educomunicación es común situar a quienes son considerados los antecesores
directos Paulo Freire, Mario Kaplún, Francisco Gutiérrez o Daniel Prieto Castillo
(Barbas Coslado 2012, 159), para proponer un análisis sobre el vínculo entre
comunicación y educación, especialmente centrada en el papel de los medios como
educadores, educación mediática y cómo aprovechar los medios de comunicación
para los procesos educativos. Autores como Valerio Fuenzalida (2011) renovaron
esta visión. En un novedoso estudio situado en un Chile posterior a la
dictadura, analiza cómo los medios educan no en el sentido clásico y lineal que
se había contemplado, sino centrando la atención en el papel de las audiencias
como constructoras de significados, y en la educación como un proceso más allá
de lo lineal, más allá del sentido de educación atribuido por la academia
tradicional.
La educomunicación entonces, se desarrolla en un contexto
convulso, atravesado por las características de la región, el factor de
dependencia económica producto del sistema colonial capitalista, además del
Plan Cóndor, las dictaduras, la conformación de nuevas formas de la guerra (Segato 2013); el extractivismo
colonial y la continuidad del patrón eurooccidental-estadounidense de
conocimiento (Quijano 2000; Mignolo 2003). En ese
sentido, no es al azar que el desarrollo de la educomunicación esté vinculado al
sector popular comunitario, a los movimientos sociales de defensa de la tierra
y el territorio — es importante recordar que uno de los antecedentes del
periodismo digital podemos ubicarlo en el movimiento zapatista —, a la
comunicación para el desarrollo social y la defensa de los derechos humanos.
Entre las experiencias destacadas de educomunicación tenemos las radios
comunitarias, el uso del cine y las redes sociodigitales como medios
educativos, etc.
Ana María Narváez y Ana Victoria Castellanos (2018),
definen los objetivos de la educomunicación como:
orientar un comportamiento moral y ético frente a toda la
información disponible en internet; guiar al estudiante hacia un pensamiento
crítico y propositivo frente a la injerencia de los medios y la tecnología;
fortalecer criterios adecuados para el uso de la tecnología, enriquecer los
procesos de enseñanza y aprendizaje con el uso de herramientas tecnológicas y,
sobre todo, valorar el potencial comunicativo del ser humano y la importancia
del diálogo como medio de construcción social del conocimiento y de relaciones
humanas más fructíferas (26).
La
educomunicación feminista comparte estos fines, pero los sitúa desde la
interseccionalidad y la justicia epistémica, ampliando los soportes, lenguajes
y mediaciones. Esto no solo lo hace desde la alfabetización mediática y
digital, sino también prácticas orales, artes vivas y tecnologías que habilitan
formas de pensar/sentir/saber encarnadas y colaborativas.
Entonces, hablar de educomunicación feminista va
más allá de simplemente agregar un apellido o mirar desde la óptica feminista
la educomunicación; implica una genealogía que, si bien va de la mano de los
antecedentes históricos del desarrollo de la educomunicación en la región,
traza vínculos con prácticas, saberes y sujetas que habían estado
invisibilizadas. E implica reconocer la complejidad del fenómeno educativo en América
Latina donde el género es un vector fundamental para el análisis. En este
contexto, el género se ha estudiado desde la definición más clásica de la
antropóloga Marta Lamas (2013), como la construcción sociocultural de la
diferencia sexual. Pasando, a su vez, por los complejos análisis sobre la valencia
de género (Héritier 1996) en culturas precapitalista, hasta los análisis de
Judith Butler (1990) del género como un acto performativo enmarcado en un
contrato donde se juegan formas de violencia y disciplinamiento contra quienes
se salen de las normas binarias dicotómicas impuestas socialmente.
La educomunicación feminista ha incorporado el
análisis del género como sistema de opresión, — como cárcel del cuerpo, en el
decir de las feministas comunitarias —, para comprender a los sistemas
educativos como espacios de exclusión para mujeres y otras sujetidades
vulnerabilizadas, así como espacios de conformación
de subjetividades que responden a los mecanismos de la feminidad y la
masculinidad hegemónicas; estos espacios se amplían las brechas. Por eso,
quienes hablan de la violencia de género en las Instituciones Educativas la
señalan como estructural, sistémica y sistemática.
En ese sentido, la educomunicación feminista se
basa en la pedagogía feminista, el análisis feminista de los cuidados, la
investigación en comunicación feminista decolonial, para comprender el vínculo
entre comunicación y educación como potencialmente transformador de la cultura.
Eso es parte de lo propuesto mapear en este proyecto de investigación en
marcha: los esfuerzos educomunicativos feministas de transformación social que
van incluso más allá del análisis del papel de los medios.
Como
advierte bell hooks[1], una
pedagogía feminista es necesariamente encarnada: el aprendizaje nunca se agota
en la transmisión de contenidos, pues compromete la experiencia vivida y las
memorias corporales (hooks 2021). En diálogo con la tradición latinoamericana
de la educomunicación, esta vertiente se enraíza también en genealogías
feministas (académicas y activistas) que han producido saberes, metodologías y
dispositivos de acción pedagógica más allá de los cánones disciplinares.
De
modo convergente, la educación popular feminista ha mostrado que los procesos
educomunicativos coordinados colectivamente, con matriz participativa y
dialógica, fomentan la transformación social al promover horizontalidad,
construcción colectiva de conocimiento, configuración de identidades no
hegemónicas, entre otras, así como competencias para deconstruir y reconstruir
sentidos (Cabrera y Romero 2018, 214).
Ubicar
los orígenes de la educomunicación feminista latinoamericana exige una mirada
genealógica: más que fechas fijas, reconocer procesos y escenas formativas. Un
hito temprano pueden ser los círculos de autoconciencia feministas de los años
setenta, que funcionaron como espacios educativos clave — de elaboración de la
experiencia, concientización y adquisición de un nuevo discurso — y que
alimentaron la articulación política y teórica del feminismo.
En
síntesis, entendemos por educomunicación feminista el conjunto de mediaciones
pedagógico-comunicativas — digitales, mediáticas, textuales — que, desde
genealogías feministas latinoamericanas, producen conocimiento situado,
disputan narrativas hegemónicas y habilitan agencia para transformar relaciones
de género y condiciones de vida. Operativamente, se identifica cuando un
proyecto articula: a) objetivos formativos con perspectiva de género; b)
formatos y soportes que promueven diálogo, cuidado y colaboración; y c) efectos
observables en recepción, prácticas o repertorios de acción.
La
educomunicación feminista articula cuerpo, lenguaje y mediaciones para
desmantelar sesgos androcéntricos y para producir conocimiento situado con
efectos pedagógicos, culturales y políticos. Se distancia de una visión
tecnocrática de los medios y de la educación. Propone prácticas dialógicas,
colaborativas y sensibles, y entiende la transformación educativa como
inseparable de la igualdad sustantiva, los derechos humanos y la justicia
epistémica.
En ese sentido, pensar la
educomunicación implica pensar en el proyecto político del feminismo como
movimiento social y, particularmente, como teoría política y social, el cual
configura un horizonte emancipador para las mujeres y otros sujetos
históricamente vulnerabilizados. Como apunta Castañeda (2019) respecto a la
investigación feminista:
Investigar para conocer y conocer para
transformar con base en el feminismo son etapas de un mismo proceso que busca
revertir siglos de acumulación de conocimientos sobre las mujeres que se han
utilizado para dar continuidad a las distintas formas de control y sujeción de
las que han sido objeto. La investigación feminista complementa los esfuerzos
sociales, políticos y filosóficos del feminismo en pos de una transformación
radical de la sociedad (33).
Parafraseando lo anterior, desde la perspectiva de la
academia feminista, producir conocimiento es un acto político. Busca habilitar
alternativas de transformación radical orientadas a erradicar toda forma de
violencia, injusticia y desigualdad, eso incluye el cuestionamiento incesante
del orden dominante y la búsqueda persistente de vías emancipatorias para las
mujeres y para las sociedades en su conjunto, pues «la emancipación es más que
la alternativa al poder establecido, es la construcción de sujetos, de
hegemonía y de relaciones sociales que no sean enajenantes» (Carosio 2017, 29, citado en Castañeda 2019, 33). Esta
noción radical de emancipación supone erigir nuevas condiciones de vida y
relaciones respetuosas con el ambiente y con los demás seres del mundo. Para
ello, la transformación de las relaciones sexo-genéricas debe caminar a la par
de la transformación del modelo económico, de las formas de hacer política y de
las coordenadas de la organización social (Castañeda 2019).
Pensar la educomunicación feminista en ese marco,
implica, reconocer aquellos proyectos que ponen al centro no solo pensar la
educación a través del uso de medios de comunicación y redes sociodigitales;
sino pensar en una educación transformadora. En ese marco, se contemplan
proyectos con piezas pioneras de
comunicación con potencia pedagógica. Por ejemplo, se puede mencionar el
cortometraje Juguetes de María Luisa Bemberg, se estrena en 1978, y problematizó
la asignación de roles de género a través de objetos y prácticas cotidianas.
Dicha
potenciación pedagógica, tiene vinculación incluso con dispositivos
contemporáneos en redes sociodigitales orientados a la educación feminista y
con perspectiva de género. Muestra de ello es la serie Miércoles para la
Igualdad de la Coordinación para la Igualdad de Género (UNAM 2025). Está
constituida en un conjunto de cápsulas breves donde especialistas hablan de
temas como diversidades sexo-genéricas, masculinidades, violencia de género,
problemas que afectan a las mujeres y distintas formas de discriminación con
objetivos formativos y educativos. A su vez, se puede mencionar el programa
Tutorías por Pares (FES Acatlán 2025), que actualmente genera contenidos
educomunicativos con perspectiva de género y enfoque de educación integral. Otros
proyectos como los impulsados por la colombiana Malely Linares Sánchez (2021)
reflexionan el uso de la fotografía y el autorretrato como dispositivos
educomunicativos para trazar genealogías personales, las cuales se encaminan a
transformar la relación — tanto individual como colectiva—con los cuerpos, las historias
y las representaciones.
Mapear estas propuestas, proyectos, aportaciones
e investigaciones es una apuesta que enriquece el campo de la educomunicación latinoamericana. Apostar por la justicia
epistémica y trazar otras rutas para pensar proyectos comunicativos que apunten
a la justicia social forman parte del reconocimiento de esa justicia, es conformar
narrativas dignas sobre las mujeres, sus historias y las acciones feministas.
Coordenadas
metodológicas hacia una cartografía genealógica feminista de los aportes de las
mujeres a la educomunicación feminista
En este apartado se exponen algunas de las
coordenadas metodológicas de esta investigación. Este trabajo se
inscribe en la investigación feminista como marco
epistémico, ético y político. Desde la investigación feminista, la generación
de conocimiento es una apuesta política centrada en las mujeres — sin excluir a
otras subjetividades históricamente subordinadas — y sostenida en
conceptualizaciones y metodologías feministas que rompen con los enfoques
hegemónicos. Su horizonte es desmontar el androcentrismo y las marcas de
sexismo, racismo, clasismo y etnicismo; colocar la intersubjetividad en el
centro del proceso de conocimiento; recuperar la ciencia como práctica social;
y sostener que la transformación social no es una utopía, sino una tarea
practicable en los espacios donde actúan las personas feministas (Castañeda
2008).
Las
epistemólogas feministas argumentan que las epistemologías tradicionales
excluyen sistemáticamente, con o sin intención, la posibilidad de que las
mujeres diversas sean sujetos o agentes de conocimiento, sostienen que la voz
de la ciencia es masculina y que la historia se ha escrito desde el punto de
vista de los hombres: de los que pertenecen a la clase o a la racialidad
dominantes. Las críticas feministas a la ciencia tradicional han señalado
históricamente que sus análisis están basados en las experiencias de los
hombres dominantes y, por lo tanto, las preguntas y los problemas de
investigación están también basados en las experiencias sociales
masculinizadas, lo cual ha generado una construcción y representación parcial
de la realidad social excluyente de otras experiencias. Es por eso por lo que
uno de los rasgos distintivos de la investigación feminista ha sido configurar
sus problemáticas desde la perspectiva de las experiencias, siempre diversas y
situadas, de las mujeres (Harding, 1987).
Norma
Blazquez explica: «el concepto central de la epistemología feminista es que la
persona que conoce está situada y por lo tanto el conocimiento es situado, es
decir, refleja las perspectivas particulares de la persona que genera
conocimiento» (Blazquez, Flores y Rios, 2012, 28). En ese sentido, este trabajo
se sitúa en el sur como parte del enfoque de justicia epistémica. Las apuestas feministas desde el campo de la comunicación
situada en los sures latinoamericanos han planteado disrupciones
importantes. Cuestionan la colonización de los imaginarios y representaciones
sociales y la colonialidad del poder y del saber. De acuerdo con Quijano (2000)
o Mignolo (2003), se piensan en los patrones de poder colonial impuestos a
partir del mal llamado descubrimiento de América, lo que implicó una
reorganización política del mundo. Todo esto, se relaciona con la invención y
clasificación racial, la exacerbación del orden binario de género y un
reordenamiento epistémico del mundo. Pero a su vez, acarreó el epistemicidio de
los saberes del sur global, erigió a occidente como productor de conocimiento y
al sur como sujetos de investigación, sujetos subdesarrollados; lo que
involucró subordinación de saberes, colonización de imaginarios, narrativas,
representaciones, imposiciones de patrones culturales de representación
eurocéntricos, entre otros.
Existe
una larga e importante trayectoria de aportaciones y producción de conocimiento
sobre comunicación desde América Latina. Esta es una producción situada y atravesada
por el contexto político, económico, cultural y social de la región. Muestra de
ello son las reflexiones sobre medios, comunicación y democracia y comunicación
política desarrollada durante y después de las dictaduras, para pensar los
silencios, los bloqueos, el papel de los medios en la colaboración con los
regímenes totalitarios y, por supuesto, la educación. Delimitar la cartografía
a mujeres de América Latina también abona a un proyecto educativo que busca
descolonizar los saberes y visibilizar los aportes desde la región.
Metodológicamente,
se articula un enfoque cualitativo con dos ejes complementarios: la genealogía
feminista como estrategia de justicia epistémica y una cartografía crítica del
campo. La genealogía, como explico líneas arriba, no se limita a “buscar
nombres”; interroga las condiciones de producción, omisión e invisibilización
de saberes de mujeres en la educomunicación, y sitúa sus aportes en relación
con contextos sociopolíticos y culturales. La cartografía, por su parte, organiza
autorías, proyectos, piezas y debates para trazar líneas de continuidad,
rupturas y desplazamientos (Figura 1).
En
cuanto a las sujetas de estudio y diálogo, el proyecto contempla mujeres
en plural y su diversidad: mujeres cis, trans, afrodescendientes, de pueblos
originarios y desde posicionamientos lesbofeministas. Reconocemos la presencia
de otras disidencias sexo-genéricas en el campo. Sin embargo, por delimitación
situada de esta investigación feminista, no forman parte del corpus central.
Esta decisión no es excluyente en términos políticos, sino operativa respecto
del alcance, los objetivos y la coherencia del diseño.

Figura 1. Coordenadas metodológicas.
Fuente: Elaboración
propia, 2025.
Hacia una cartografía feminista de los aportes de
las mujeres a la educomunicación feminista
El
carácter del proyecto y la naturaleza del campo disciplinar de la comunicación
requiere de un enfoque multimetódico, un enfoque que la autora de este artículo
desarrolló durante una estancia postdoctoral en el Centro de Investigaciones
Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM (CEIICH), en el
proyecto sobre el impacto de la pandemia en mujeres universitarias (Blazquez,
Castañeda y Chapa, 2022; González, 2023). La metodología multimetódica,
configurada desde la investigación feminista, implica una serie de técnicas y
recursos para mapear un fenómeno social desde enfoques cualitativos, creativos
y etnográficos.
Las
dos grandes apuestas metodológicas de este trabajo, entonces, son la
cartografía y la genealogía feministas. Las cartografías además de ser una
herramienta que permite construir relatos espacio temporales en torno a temas
particulares, en este caso en torno a los aportes de las mujeres al campo de la
educomunicación feminista, permite incorporar herramientas creativas para su
elaboración: talleres de distinta índole, escritura de experiencias cotidianas,
constelaciones, líneas del tiempo, etc. A diferencia de los mapas como creación
para delimitar, desde ópticas coloniales, un territorio, la cartografía
contempla problemas sociales, formas de autorrepresentación de los sujetos en
este relato y, además, pone a los sujetos, en el caso de este proyecto a las sujetas,
en un papel relevante, donde ellas con sus trayectorias y reflexiones, van
construyendo la cartografía. La cartografía además permite “jugar” con los
lenguajes e incorporar prácticas artísticas, creativas, herramientas otras para
retejer las historias ([Horacio] Cerutti y [Sandra] Escutia, 2024).
Como explican Esperanza González, Nadia Matamoros y Giulia
Marchese (2018), la cartografía es una herramienta que viene de la geografía
clásica y que busca reunir, representar y analizar los datos de ciertas
regiones de la tierra. La subversión de las cartografías clásicas que han hecho
grupos de geógrafas feministas desde 1980, grupos de trabajo antirracistas y
anticoloniales y mujeres de los feminismos comunitarios e indígenas, plantean
una disputa por la representación del mundo, del territorio y del cuerpo, para
develar las relaciones de poder y los sistemas de opresión plasmados en las
maneras de entender un territorio. «Esto nos lleva a la creación de una
cartografía trastocada que permita la inclusión de distintos saberes en los que
se fomente el diálogo y el reconocimiento del otro. Implica el saber colectivo
y comunitario como materia principal y propone abrir esta herramienta a todas
las personas que deseen representar su realidad» (41).
Entonces,
la cartografía, trastocada por las perspectivas feministas, es fuente de
producción de conocimiento, fuente de deconstrucción y de subversión de las
lógicas de poder. Permite representar en distintas escalas, tanto a nivel
global como a escala cuerpo-territorio, los caminos trazados por diversas
comunidades y poblaciones, su visión de mundo y sus propuestas. El campo de las
cartografías feministas para la emancipación es amplio, figuran el mapeo de
geografías oprimidas en Argentina (Lan y Rocha 2020), los mapas cuerpo-territorios
creados por los grupos de feministas defensoras de la tierra, indígenas y
comunitarias. Las cartografías textiles diseñadas en el marco del proyecto de
investigación sobre impactos de la pandemia en mujeres universitarias, para
pensar el impacto de la pandemia en nuestros cuerpos (González 2023), entre
muchos otros, muestran la importancia de esta herramienta.
La
cartografía de los aportes de las mujeres a la comunicación es, también, una
apuesta por ofrecer otras miradas sobre un campo de conocimiento en constante
transformación. Implica recuperar obras, discusiones, memorias; y ofrecer
nuevos caminos de entendimiento de las problemáticas sociales que nuestro campo
se encarga de atender.
A manera de conclusión
Este
artículo mostró que la educomunicación feminista en América Latina no emerge
como un añadido teórico-metodológico ni como una subárea de “buenas prácticas”,
sino como un campo propio forjado por autorías, procesos y disputas históricas
que enlazan narrativa, mediación, cuidado y territorio. La genealogía permite
nombrar contribuciones y problematizar las condiciones de su invisibilización. La
cartografía, por su parte, sitúa casos y trayectorias en escalas múltiples para
trazar continuidades y rupturas entre siglos XX y XXI.
Este recorrido histórico-genealógico sobre las
aportaciones de mujeres a la comunicación — y los primeros esbozos de una
genealogía feminista de la educomunicación en América Latina — permite advertir
dos hechos centrales. Primero, que contrario a lo que reflejan muchos planes y
programas de estudio (de licenciaturas, diplomados y posgrados en
comunicación), son numerosas las mujeres que han contribuido decisivamente a la
configuración de este campo. Segundo, que una porción significativa de los
proyectos entramados con la educomunicación apunta a la justicia y a la
transformación social, precisamente porque se sitúa en la historia de América
Latina, atravesada por procesos de colonización, genocidios, extractivismo, disputas por el territorio, el agua y los
bienes comunes, además de regímenes persistentes de explotación.
En consecuencia, recuperar, mapear y cartografiar
los aportes de las mujeres a la educomunicación feminista no solo delimita y
nombra el campo. También puede proveer materiales de estudio para docentes y
estudiantado, y ofrece insumos para actualizar planes y programas, restituyendo
los saberes de las mujeres en la intersección entre educación y comunicación. Lejos de cerrar, este mapa pretende abrir:
propone categorías, casos y rutas para seguir tejiendo — desde América Latina y
con perspectiva feminista — procesos de formación y comunicación capaces de
transformar las condiciones de vida.
En ese
horizonte, la educomunicación feminista apuesta también por la transformación de los medios y de las redes
sociodigitales: producir contenidos emancipatorios para niñas,
adolescentes, juventudes y mujeres; disputar algoritmos y lógicas de
extracción; y cuidar la experiencia
frente a discursos y prácticas que dañan. Esto es urgente a la luz de hechos
ocurridos en la UNAM en septiembre de 2025. El 22 de septiembre de 2025, dos
personas de la comunidad del CCH Sur fueron agredidas con un arma punzocortante
dentro de las instalaciones por un estudiante; lamentablemente, un estudiante
falleció y un trabajador resultó herido. En ese mismo periodo, se visibilizó
con mayor fuerza la discusión sobre salud mental en la comunidad universitaria,
a partir de la difusión pública de un caso de suicidio de un estudiante que
colocan la salud mental
de la comunidad estudiantil y en análisis de la persistencia de la violencia en
los entornos educativos, en el centro. Educomunicar
en clave feminista involucra diseñar mediaciones
digitales, mediáticas y multilingüísticas
que escuchen, acompañen y que apunten a cambiar radicalmente las relaciones de
género más allá del binarismo cisheteronormado.
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[1] La
autora afroamericana adoptó este seudónimo en honor a su bisabuela. Escribía
este nombre en minúsculas para resaltar la idea de que lo más importante era su
voz y sus ideas y no ella misma. Estaba contraponiéndose a la idea clásica del
ego autoral.