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166-191_David_Tenorio_Rojas

Rev. Gestión de la Educación, Vol. 7, N° 2, [166-191], ISSN: 2215-2288, julio-diciembre, 2017

DOI:

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La calidad en la educación tomando en consideración las perspectivas históricas y actuales del humanitarismo en el ámbito educativo

Education quality considering historical and current perspectives of humanitarianism in the field of education

David Tenorio Rojas1

Facultad de Ciencias Económicas

Universidad de Costa Rica

Costa Rica

davidtenoriorojas@gmail.com

Recibido 17 agosto 2016 • Aceptado 12 junio 2017 • Corregido 30 de junio 2017

Resumen. La calidad en la educación es una noción que hace frente a diversos y complejos asuntos que abarcan no sólo lo meramente económico; es un enfoque que fue favorecido desde unas décadas atrás y que todavía lo es hoy, comprendiendo diferentes escuelas de pensamiento que incluyen dimensiones como la filosófica y epistemológica, la antropológica y la sociocultural, entre otras. La educación es un asunto nacional desde el momento en que fue institucionalizada y se convirtió en una responsabilidad constitucional para el Estado. En la calidad, es fundamental centrarse en el hecho de que los estudios sobre ella se han concentrado más en el campo semántico del término que en el análisis de acciones que permiten soluciones alternativas al problema de la misma. Por consiguiente, la definición y noción de calidad es difícil de articular, de manera que las diferentes partes de los diversos ámbitos puedan estar satisfechos. Individuos, grupos e instituciones desarrollan diferentes percepciones y valoraciones acerca de la calidad de un objeto basado en sus esquemas y juicios subjetivos; este fenómeno es transferido no solo a lo que es la educación, sino también a otras cuestiones sociales. Científicos y teóricos de diversos enfoques (positivistas, humanistas y otros) han investigado sobre la cuestión de calidad educativa, por lo que el tema ha sido descrito desde diferentes perspectivas, que van desde las epistemológicas hasta las ideologías, pasando por perspectivas antropológicas y socioculturales. Entre los diferentes enfoques analizados en este trabajo, el humanitarismo y el transhumanismo son estratégicos para comprender la expresión «calidad de la educación» en el Siglo XXI. El humanitarismo es un enfoque, teoría, escuela o sistema filosófico que ha acompañado a la educación desde tiempos remotos, desde la civilización griega hasta la actualidad. El transhumanismo, por otra parte, se ha convertido en una ideología de moda en la actualidad, que basa su filosofía en la idea de que la humanidad puede mejorar con la ayuda de tecnologías emergentes, incrementando sus capacidades físicas y cognitivas, así como la esperanza de vida de los seres humanos. Es un hecho que la preocupación por la calidad en el campo de la educación se ha dejado ver como fundamental en la construcción de un mundo más igualitario para las diferentes culturas y países del orbe.

Palabras clave. Humanismo; calidad de la educación; paradigma; modernidad; posmodernidad; holística; transhumanismo

Abstract. Quality in education is a notion that deals with diverse and complex concerns that range from the merely economic -an approach that was favored a few decades ago and still today-, to different schools of thought that comprise the philosophical, epistemological, anthropological and sociocultural dimensions. It is a national concern from the moment it was institutionalized and became a constitutional responsibility of the State. It is fundamental to focus on the fact that studies in “quality” have concentrated more on the semantic field of the term than in the analysis of actions that allow alternative solutions to the quality problem in the field of education. Consequently, the definition and notion of quality are somewhat troublesome to articulate in a way that the different parties in the different fields may be satisfied. Individuals, groups, and institutions develop different perceptions and assessments about the quality of an object based on their schemata and subjective judgment, and this phenomenon is transferred not only to what education is but also to other social issues. Scientists and theoreticians from diverse fields (including the positivistic and humanitarian approaches to education) have questioned and researched on the issue of quality in this context; as a result, the topic has been outlined from different perspectives from epistemology to ideology, including the anthropological and sociocultural perspectives on the subject. Among the different theoretical approaches analyzed in this research, humanitarianism and transhumanism are strategic to understand the quality of the term education in the XXI century. Humanitarianism is an approach, theory, school or philosophical system that has accompanied education from early times, from the ancient Greek civilization, to nowadays. Transhumanism has become a fashionable ideology today that bases its philosophy on the idea that humankind can improve with the assistance of emerging technologies, increasing their physical and cognitive capacities and their life span as human beings. It is a fact that the concern for quality in the field of education has revealed to be fundamental in the construction of a more egalitarian world for the different cultures and countries around the orb.

Keywords. Humanism; quality of education; paradigm; modernity; holistic; transhumanism

Aproximación al concepto de calidad de la educación

La calidad de la educación quizás haya sido una preocupación implícita, o en proceso o en acción de los países, desde que se formaliza el acto educativo y se convierte en una responsabilidad declarada y Constitucional de los Estados, especialmente de los de la modernidad. Lo anterior, no escatima que el ser humano, su valor, importancia y desarrollo, no haya sido tomado en cuenta desde los tiempos más remotos, cuando los grupos humanos y la sociedad empezaron a construirse, lo cual se hace presente desde los filósofos presocráticos, quienes con ópticas diferentes llegan también a significativas convergencias.

Sin embargo, es en las últimas décadas, a partir de la segunda mitad del siglo pasado y lo que va del presente, cuando aquella se ha convertido en una constante y acentuada intencionalidad y búsqueda, tal vez a veces hasta compulsión, o eso al menos es lo que se percibe en los diferentes programas y planes políticos y educativos que han venido presentando los gobernantes de los países de casi todo el orbe y a lo que instituciones como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), para no mencionar otras, han contribuido señeramente con sus orientaciones y lineamientos de desarrollo.

Pero, definir y hablar de la calidad de la educación no es tarea fácil; por una parte, por la naturaleza polisémica que parece tener o inducir tal expresión y, por la otra, por la complejidad de las variables que sustentan o dan fundamento y estructura a tal hecho o fenómeno educativo y, finalmente, porque en cada pequeño relativo o gran momento o etapa histórica de la sociedad y la cultura, se da también como sustento de la realidad un determinado tipo de educación concitada y construida.

Como señaló Guédez (1992), asunto que aún parece seguir vigente:

En relación con el concepto de calidad se han expandido amenos trabalenguas: Calidad de la educación, educación de calidad, educación con calidad y muchos otros, convertidos en moda; pero que han centrado su análisis más en el campo semántico que en el análisis de acciones que posibiliten alternativas de solución al problema de calidad. (p. 114)

Donoso (1999), por su parte, arguye que:

A pesar de las reiteradas referencias a la calidad, o precisamente porque se la utiliza como un amplio espectro de connotaciones, la gran dificultad que es necesario abordar y respecto de la cual poco se ha avanzado es, precisamente, la de su significado. El punto de conflicto es que con la categoría “calidad” se está haciendo referencia a un universo semántico casi inagotable. Se trata de una categoría polisémica, que al igual que aquellas palabras que posibilitan su utilización con todas las acepciones posibles, tales como “libertad”, “democracia”, “revolución”, y los más modernos comodines, como “mega”, “hiper”, etcétera, conforman un universo lingüístico que más que aclarar, oscurecen el pensamiento. (p. 110)

A su vez, Correa (2004) indica que:

El concepto de calidad es complejo, de allí el por qué los individuos, grupos e instituciones, desarrollan percepciones y concepciones diferenciadas en torno a la calidad de un objeto, programa o servicio y en ello juega un papel muy importante la escala axiológica personal, el contexto, las necesidades, los recursos, la preparación académica y la propia orientación y concepciones de las normatividades, entre otros factores. (p. 57)

Esta perspectiva de la complejidad que entraña definir el concepto de calidad de la educación, posibilita la entrada, entre otros aspectos, a diferentes teorías y propuestas sobre la misma; algunas con cierta pretendida validez científica y otras, por la fundamentación positivista economicista a que se acogen. Esto explica también por qué el concepto que antes era reserva de la discusión, principalmente entre filósofos, epistemólogos, psicólogos, sociólogos, pedagogos y otros profesionales de las ciencias humanas y sociales, se convierte en campo expedito de ingenieros, economistas, administradores, mercadólogos, etc.

De allí, la presencia de teóricos como Deming, Crosby, Ishikawa, Juran y otros, quienes apantallados por la normatividad ingenieril ISO definen la calidad, no estrictamente centrados y definidos en el ser humano y sus posibilidades trascendentes experienciales de aprendizaje y desarrollo, sino como definición estricta de un producto o servicio que es programable en todas sus dimensiones, en donde si bien lo cualitativo se asoma en alguna parte, finalmente lo prevalente entra a ser la estima de lo cuantitativo, lo que puede medirse numéricamente, que es lo que implica terminar viendo la educación como una empresa regulable por las leyes del mercado y el consumo, en donde la eficacia entra a ser una variable de primordial categoría.

Laval (2004), refiriéndose a este último importante aspecto señala que:

La concepción de la eficacia que se ha ido imponiendo progresivamente en la educación, como hemos visto en el caso norteamericano, considera que la eficacia siempre es medible, que puede atribuirse a dispositivos, métodos y técnicas enteramente definidos, estandarizados y reproducibles a gran escala, a condición empero de una “formación”, de una profesionalización”, de una “valuación” y de un control de los agentes de ejecución, en este caso los docentes. Igualmente, esta concepción implica la construcción de aparatos de medida, de test y de comparación de resultados de la actividad pedagógica. En otros términos, es inseparable de una burocratización de la pedagogía. (p. 270)

Sobre esta situación de la educación, su calidad y sus objetivos, así como los grandes sesgos que en su apreciación se vienen dando, ya se había pronunciado Sacristán, en 1982, en una de sus obras principales La pedagogía por objetivos; haciendo algo colateral o de continuación, autores como Donoso (1999) con su obra ya citada Mito y Educación; el ya también mencionado Laval (2004) con la suya, La Escuela NO ES una Empresa y otros varios, que han percibido que la educación y su calidad no ha escapado a la impronta de los tiempos mecanicistas e ingenieriles actuales, y de manera acrítica se busca su “calidad” sin que exista transparencia suficiente en el concepto.

Aunque esta problemática dicotómica -lo que piensan los especialistas de las Ciencias Sociales y Humanas, y lo que piensan los especialistas positivistas-, no se da por completamente superada, porque no es tarea fácil encontrar el único criterio o un criterio balanceado que determine el concepto de la calidad de la educación; el tema y la preocupación por dicha calidad se ha convertido en una constante en la mayoría de países, el cual se ha acentuado cada vez más, en cuanto ellos revelan profundas crisis y desafíos que desfavorecen la condición humana de sus pueblos y que, finalmente muestran por las investigaciones que se realizan, que sí las mismas no están jalonadas por la calidad de la educación que en ellos se ofrece, ya que ella sí tiene el potencial de contribuir a que los seres humanos adquieran y mantengan una mejor calidad y proyecto de vida, enmarcado o sustentado en principios integrales de dignidad, calidad, equidad, trascendencia, espiritualidad y justicia social, entre otros aspectos, los esfuerzos por esta calidad terminan siendo inútiles.

Como puede observarse, según lo brevemente descrito aquí, la calidad de la educación es un concepto que reviste diversas y complejas aristas que van de lo meramente económico -tendencia muy favorecida hoy y hace unas décadas-, a otras dimensiones necesarias y posibles como la filosófica y epistemológica, la antropológica, la sociocultural, etc. En otras palabras, se puede decir que conceptuar sobre la calidad de la educación es una invitación a analizar, reflexionar y actuar consecuentes sobre todos los conocimientos de las diversas ciencias, tecnologías, técnicas y axiológicas que, de una u otra manera, fundamentan y se orientan a servir de referente a lo que es y debe ser el ser humano en cuanto a sí mismo, en la naturaleza, la sociedad y el universo, sin distinción de nínguna índole.

Atendiendo a lo anterior y en alguna congruencia con ello, se encuentra que

Una de las primeras tomas de posición de la UNESCO sobre la educación de calidad apareció en Learning to Be: The World of Education Today and Tomorrow (Aprender a Ser: El mundo de la Educación del Hoy y el Mañana), conocido como el Informe de la Comisión Internacional sobre el Desarrollo de la Educación, presidido por el Ministro francés Edgar Faure. La Comisión identificó que la meta fundamental del cambio social es la erradicación de la inequidad y el establecimiento de una democracia igualitaria. Por consiguiente, se manifestó en el informe que “la meta y el contenido de la educación deben ser recreados para permitir nuevas características en la sociedad y nuevas características en la democracia”. (UNESCO, 2005, p. 1)

Asimismo, destacar conceptos como aprendizaje continuo y relevancia, relacionados con la calidad de la educación, lo que “requiere sistemas donde puedan aprender principios del desarrollo científico y de la modernización de manera que se respeten los contextos socioculturales de los estudiantes” (UNESCO, 2005, p. 1).

Posteriormente, aparece Learning The Treasure Within, Report to UNESCO of the Internacional Comisión on Education for the Twenty-first Century (Aprendizaje. El Tesoro Interior, Informe de la Unesco de la Comisión Internacional sobre Educación para el Siglo XXI), presidido en esta ocasión por Jacques Delors. Esta Comisión entiende que la educación a lo largo de toda la vida se basa en cuatro pilares, que actúan de manera integrada en función de su calidad y de los derechos humanos:

- Aprender a conocer, reconociendo al que aprende diariamente con su propio conocimiento, combinando elementos personales y “externos”.

- Aprender a hacer, que se enfoca en la aplicación práctica de lo aprendido.

- Aprender a vivir juntos, que se ocupa de las habilidades críticas para llevar adelante una vida libre de discriminació0n donde todos tengan iguales oportunidades de desarrollarse a sí mismos, a sus familias y comunidades.

- Aprender a ser, que hace hincapié en las destrezas que necesitan los individuos para desarrollar su pleno potencial. (UNESCO, 2005, p. 1)

Después de lo anterior, quizás el aporte más significativo y novedoso de la UNESCO para lo que corresponde a la calidad de la educación, fue lo consignado por Morin (1999) en su trabajo Los siete saberes necesarios para la Educación del Futuro, desde una visión del pensamiento complejo. Su principal contribución se basa en reorientar la educación hacia el desarrollo sostenible, a partir de principios clave: las cegueras del conocimiento, el error y la ilusión; los principios de un conocimiento pertinente; enseñar la condición humana; enseñar la identidad terrenal; enfrentar las incertidumbres; enseñar la comprensión y la ética del género humano.

Morín (1999) refiere a ellos indicando que: “Hay siete saberes fundamentales que la educación del futuro debería tratar en cualquier sociedad y en cualquier cultura sin excepción alguna ni rechazo, según los usos y las reglas propias de cada sociedad y de cada cultura” (p. 1).

La posición de Morin (1999) es profundamente humanista y ello lo expresa muy bien en el saber tercero, el cual señala que la educación del futuro debe estar basada en una enseñanza primera y universal, en la que puedan reconocer su humanidad común y su diversidad cultural, propias del ser humano y su desarrollo en sociedad.

Por otra parte, y algo que no se debe dejar de considerar por marcar una tendencia muy fuerte, en las últimas décadas, a raíz de la globalización y la llamada sociedad del conocimiento, lo que refiere el desarrollo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs). En ese sentido, se encuentra la línea de los economistas, ingenieros, mercadólogos y publicistas, principalmente, quienes perciben la calidad de la educación subordinada a tres finalidades específicas: la económica, la política y la científica y tecnológica, época del capital humano, el cual, según Laval (2004), citando a Guellec y Ralle (1995): “Los economistas llaman capital humano al “stock” de conocimientos evaluables económicamente e incorporados a los individuos” (p. 60).

En la calidad de la educación, por consiguiente, “…el agente humano se convierte cada vez más en capital en virtud de su capital humano personal, y busca apoyo político para la protección del valor de tal capital” (Schultz, 1985, p. 75).

Según esto, como lo señala el mismo Donoso (2007), el llamado capital humano permite la generación de nuevo valor económico, en función de sus habilidades, conocimientos y destrezas, que son incorporados para incrementar la productividad y competitividad, junto con el desarrollo de la tecnología, ya que ambas aumentan los flujos de valor –capital-, lo que permite el aspecto social de la acumulación de capital humano como capital de aprendizaje.

Hoy, y hacia el futuro probablemente, la necesidad de la calidad de la educación es más enfática e inevitable, porque como lo indica Frías (2001), en una posición un poco romántica y neutra -a veces hasta ingenua- y en alguna discordancia con lo anterior:

La calidad de la educación se ha revelado en los últimos tiempos como una necesidad y un hecho construido y dependiente de todas y cada una de las personas que tienen la responsabilidad en la formación de niños y jóvenes. Es una necesidad, en tanto la vida presente y futura de los países, en el plano de lo económico, social y cultural y del rescate de valores, está clamando por una reorganización de los procesos educativos que tienda hacia la excelencia. (p. 20)

Así se distancia de los ideales humanísticos: la competitividad y la productividad, según nuestra opinión.

Es inevitable, entonces, que al enfrentar como decisión y política de Estado, de educadores y de toda la población del país, la calidad de la educación parta de un concepto y una filosofía de la misma que, ante la imposibilidad de una unidad de criterio en los enfoques que la definan, recoja puntos centrales de algunas concepciones que en la práctica social e histórica de los países, han iluminado en parte el camino en la búsqueda de esta.

Cualquier concepto de calidad de la educación a que se aboque hoy un país, independientemente de su historia, su cultura, su desarrollo, etc., tiene que buscar que se enfoque al tipo de ser humano que requiere o ha prospectado, al tipo de sociedad a que aspira y al tipo de ciudadano y ciudadana que quiere albergar en su escenario poblacional.

Como esta verdad y que avala la misma, está también el hecho universal, por espacio geográfico (Geografía) y por tiempo (Historia), que el ser humano, sin negar su identidad de pertenencia a todas las especies vivas de la naturaleza, ha logrado escalar en ella una posición diferenciada que se la imprime ante todo su inteligencia, su conciencia, la palabra articulada y la racionalidad para actuar sobre ella, mediante su actividad o trabajo.

El humanismo. Sus orígenes

El ser humano como ninguna otra especie, ha seguido en la historia y prácticamente desde sus orígenes, un proceso de evolución que lo ha conducido no solo a ser consciente y controlador de su propia existencia, sino a ser autor y coautor también consciente de su propia historia, hechos o fenómenos suficientes; por lo que es necesaria la preocupación en los pueblos porque ese ser humano se desarrolle adecuadamente, siendo en ella la educación el más valioso encuentro o creación que lograron los mismos y que ha traspuesto los límites del espacio y el tiempo.

No en balde entonces, aunque de pronto sí, si se analizan algunos hechos negativos, disruptivos y críticos que acompañan el mundo de hoy, surge en remotos tiempos el pensamiento que da un sitial especial al ser humano en la naturaleza y ante todo, en el Estado, a partir de Sócrates, Platón y Aristóteles, entre otros, creando las bases de lo que hoy se denomina humanismo clásico y que permeó durante muchos siglos la sociedad y de paso, los ideales de la educación misma.

Como lo expresa Galino (1997):

Los griegos que crearon la democracia, también inventaron ese producto espléndido de la cultura que es la paideia “la educación como la única trayectoria mental que permite capacitar a los hombres para ser verdaderamente democráticos y creadores”. El ideal de una formación humanística se relaciona con el concepto de humanismo, esa palabra que merece ser redimida de su preterisión, por “equivocaciones u olvidos de lo que el humanismo tiene de creador, mirador del futuro, instalación en el mundo” (Emilio Lledó). (p. 147)

El humanismo es un enfoque, para otros teoría, escuela o sistema filosófico, que ha acompañado a la educación desde aquellos remotos tiempos de la civilización y cultura griega; aunque ha tenido sus variaciones ampliatorias, reduccionistas o quizás deformantes y, muchas veces contradictorias, en las diferentes épocas, estadios o etapas de la historia, congruentes con los adelantos científicos y tecnológicos que también han contribuido, necesariamente, a colocar su impronta, sello o marca en la educación.

De ahí, que humanismo y educación son como dos hermanos gemelos, dos elementos del pensamiento y la creatividad humana y de su desarrollo; que, en alguna forma, se han correspondido casi simbióticamente en la historia, hasta el punto de afirmar la concepción humanística de la sociedad y por ende, el tipo de educación y calidad que de ella se tiene.

El humanismo, parodiando a Botero (1997), puede considerarse:

…una teoría que sitúa la existencia del individuo directamente vinculada a la historia universal, desconoce la contingencia propia de un destino individual, sólo hace valer en el hombre aquello que lo sitúa más allá de sí mismo, aquello que lo une con la especie. El individuo pasa a ser exclusivamente un pregonero de la universalidad, una máscara impersonal de la totalidad que se repite en cada uno indefinidamente. (p. 81)

El reconocimiento del ser humano como persona, como opuesto al ser humano en general, conduce al corazón de lo que es el humanismo. Este énfasis, por lo demás, en la persona humana, en el individuo, en su totalidad, unicidad y trascendencia, es el aspecto central del humanismo.

Como lo expresa Serrano (1979):

El concepto de humanismo es de carácter histórico-cultural, por cuanto el hombre solo es tal, en el mundo social creado por el trabajo humano. El momento pleno del humanismo es el de la identidad del ser con el mundo… La enajenación es la pérdida de identidad del hombre con el trabajo, el mundo y los demás seres. La recuperación de esa identidad, es la conquista de su libertad. (p. 67)

Este concepto de alienación que introduce dicho autor, en el marco del humanismo, siguiendo desde luego a filósofos como Hegel, Feuerbach, Freud, Marx y otros que se han ocupado específicamente del tema, es de mucha significancia para la educación y su calidad; generalmente, si la sociedad aliena o es alienógena, también la educación, como una forma o modalidad que es de la cultura, termina alienando de igual manera. De allí que el mismo sea percibido por el autor como: “…la conducta individual o colectiva que resulta de un sistema social y modo de producción determinado, en el cual el hombre no se percibe por sí mismo, sino en virtud de la dependencia que establece con los objetos de su creación” (Serrano, 1979, p. 67).

Del humanismo antiguo o clásico al humanismo medieval

Hablando precisamente de variaciones ampliatorias, reduccionistas o quizás deformantes, o a veces hasta complementarias, que ha sufrido el humanismo en su devenir histórico, hemos de encontrar que lo que se ha denominado humanismo clásico, instaurado a instancias de la gran civilización y cultura griega y de sus prominentes filósofos, va a marcar también la educación y la calidad de la misma, aunque de manera implícita, se extiende por varios siglos y países hasta cuando se da inicio de la llamada Edad Media y que Gaarder (2004) describe así, en su estupenda novela “El Mundo de Sofía”:

Por Edad Media se entiende en realidad un periodo de tiempo entre otras dos épocas. La expresión surgió en el Renacimiento, en el que se considero la Edad Media como una “larga noche de mil años” que había “enterrado” a Europa entre la Antigüedad y el Renacimiento. La expresión “medieval” se usa incluso hoy en día en un sentido peyorativo para expresar todo aquello que es autoritario y rígido. Pero otros han considerado la Edad Media como un “tiempo de mil años de crecimiento”. Fue, por ejemplo, en la Edad Media cuando comenzó a configurarse el sistema escolar. Ya a principios de la época surgieron las primeras escuelas en los conventos. A partir del año 1.100 se contó con las escuelas de las catedrales y alrededor del año 1.200 se fundaron las primeras universidades. Incluso hoy en día las materias están divididas en diferentes grupos o “facultades”, como en la Edad Media”. (p. 180)

En esta “larga noche de la humanidad”, como algunos califican quizás con exageración peyorativa la Edad Media, la concepción humanística heredada de los griegos sufre una profunda transformación, ya que el ser humano en lugar de un sitial protágónico y centrado destacadamente en la naturaleza, la sociedad y el universo, es relegado y subrogado a un lugar secundario.

Con el Cristianismo instaurado y dominante en esta época con gran poder, incluso económico y político, advienen varios filósofos que, a la vez, son calificados como padres de la iglesia, destacándose entre ellos San Agustín y Santo Tomás, entre otros.

El humanismo que permea esta época es, en cierta forma, como diría Serrano (1979), una forma de alienación, porque lo logrado en la historia anterior por el ser humano es subrogado a un segundo o indefinible lugar para imponer el espíritu de un ente abstracto o divinidad superior que es el que ha creado y rige los destinos de todo lo existente en el universo, según sostiene el cristianismo y sobre lo cual se afianza el también llamado humanismo cristiano.

Si entendemos por alienación, lo explicado o definido por Serrano (1979), indudablemente lo que se dio para el ser humano en el medioevo fue un proceso de transformación individual y colectiva, en la que se evidencia la cienciolatría y la tecnolatría aludida anteriormente:

No cabe duda que la enajenación ha sido un elemento medular en la interpretación de la cultura, desde su primera expresión a través del concepto idolatría del Antiguo Testamento. La esencia de lo que los profetas llaman idolatría –señala Fromm- no es que el hombre adore muchos dioses en vez de uno sólo. Es que los ídolos son obra de la mano del hombre, son cosas y el hombre se postra y adora las cosas: adora lo que él mismo ha creado. (p. 70)

Vivir creando y desarrollando la cultura, cualquiera sea el contexto, es prácticamente vivir también de alienación, posibilidad que siempre está presente porque nada es lineal, en la naturaleza y la sociedad; nada está inexorablemente determinado. Se vive de resiliencia en resiliencia, por eso quizás, y porque no hay absolutos en el conocimiento y la verdad, sino Sísifo siempre trepando la pendiente, con su pesada carga al hombro, el humanismo y la calidad de la educación que bien se relacionan y se corresponden para definir y darle identidad de época a esta última, están en permanente estado de vulnerabilidad y riesgo de desidentificación y eso es lo que percibimos en la Edad Media, en donde el ser humano y su importancia pierde terreno de acuerdo con lo que le fue otorgado o reconocido desde la cultura griega.

El humanismo renacentista

Sin embargo, en el devenir dialéctico general de la naturaleza, la vida, la sociedad y el universo, se da como una expresión de fatiga y larvadamente por años se va engendrando un nuevo espacio en el pensamiento y en el quehacer económico, social, político y cultural, volviendo o retornando la mirada a la presencia del ser humano en ciudades como Florencia, Venecia, Milán, Roma y otras, que van mostrando el emerger de diversos personajes de la literatura, la ciencia, el arte y la política (Petrarca, Tomás Moro, Campanella, Leonardo Da Vinci, Rafael Sanzio, Pico de la Mirándola, Erasmo de Rotterdam, Luis Vives entre otros), quienes son señeros y premonitorios del surgimiento de un ser humano nuevo, el ser humano renacentista, que reivindicaba el ser humano sometido, alienado y oscurecido de la Edad Media.

…que con excepción de algunas pocas obras de todos los géneros que, con subterfugios y protestando el respeto a la ideología dominante lograron alcanzar la universalidad; la Edad Media con todas las salvedades que quiera hacerse, fue un período histórico en el que el doctrinarismo, la fe, el geocentrismo constriñeron la vida y todas las formas de pensamiento y creación. (Botero, 2004, p. 8)

Asimismo, el autor menciona que:

Los humanistas quisieron encontrar la senda perdida de la gran cultura profana y toda cultura de verdad lo es. Quisieron establecer los vasos comunicantes obstruidos entre su época y la antigüedad. Las grandes épocas innovadoras vuelven atrás. Esto puede parecer paradójico, pero no, si pensamos que la recuperación del pasado es una forma de enfrentar el futuro. Los humanistas no fueron doctrinarios en ningún sentido. Aparte de que no constituyeron un grupo homogéneo, adoptó cada cual distintas soluciones a la cuestión religiosa, pero no enfrentaron abiertamente la Iglesia, aun cuando si desafiaron muchos de ellos, aspectos sustanciales de la doctrina… (Botero, 2004, p. 9)

En la educación y su calidad que es lo que en estas páginas interesa, se perciben nuevos vientos y nuevos aires, metafóricamente, ya que la inteligencia y el pensamiento se atienden con más libertad y sin sujeción a dogmas o mandatos de una espiritualidad cautiva y forzadamente trascedentalizada, dado que en la misma, los humanistas marcarán la pauta y así es como la inquietud y el gozo intelectual, la búsqueda del buen decir y escribir; el arte de la poesía; la retórica; el trivium; la indagación de la belleza como ideal social; hacen su presencia y se empiezan a extender por el mundo conocido entonces, afectando a la sociedad toda en lo económico, lo ideológico, lo político y lo socio-cultural.

De esta manera y con las implicaciones que tuvo el Renacimiento, época de aproximadamente tres siglos (XIV, XV y XVI) ya aludidos, se tiende un extraordinario y al parecer sólido puente hacia un ciclo no menos sencillo e implicante que se ha conocido como modernismo, o simplemente modernidad. No obstante, algunos la ven como época de sombras, complejidades, desaciertos y contradicciones que, con mucha dificultad, han arrastrado al mundo y a la sociedad a algo que para otros no existe: la debatida posmodernidad.

El humanismo en la modernidad y en la posmodernidad

Para buscar el origen de la modernidad hay que incursionar en el pensamiento cartesiano y, así mismo, en J. Locke y en J. B. Vico, para acceder después a Kant, quien tuvo el privilegio de contribuir a su consolidación y abrir el paso a Hegel que:

Junto con aquél resaltan que la Filosofía se fue modernizando, dejando a un lado la visión teológica del mundo, para estudiar esos fenómenos desde las concepciones racionalistas y empiristas de las ciencias, cuyos paradigmas comenzaban a ser constituidos por el renacer científico, ya que en el Medioevo la razón era prisionera del dogma religioso y como ya manifestamos en un proceso histórico. (Scatolini, 2011, p. 339)

El mismo autor afirma que:

La cosmovisión del hombre moderno se afianza en la razón que lo guía a través de la historia, tal como Hegel lo concibió. La verdad, el progreso, el futuro, son considerados postulados que se asocian al conocimiento científico y filosófico. La razón le hace tomar conciencia al hombre de su superioridad con respecto a las demás especies. Necesita legitimarse discursivamente: 1) a nivel filosófico, la razón es la que legitima al sujeto con verdades científicas, postulados morales e idearios políticos; 2) a nivel político la legitimación la pone en práctica el Estado cuando cumple las funciones de educar y formar al pueblo hacia una idea de progreso emancipador. (Scatolini, 2011, p.339)

Finalmente, y para nuestros efectos, agrega:

Esta cultura se introdujo en lo cotidiano postulando creencias de autorrealización, “ser modernos es encontrarnos en un medio ambiente que nos permite aventura, poder, alegría, crecimiento, transformándonos a nosotros mismos y al mundo –y que al mismo tiempo amenaza con destruir todo lo que tenemos, lo que sabemos, lo que somos. (Berman, 1989, citado por Scatolini, 2011, p. 339)

Desde esta perspectiva, el hombre como ser social, se realiza en la colectividad, siendo que es el centro de esa unidad programática, inmersa en lo absoluto (sociedad y Estado), puesto que lo que busca es rebelarse contra la normatividad que se venía presentando hasta el momento. En este caso, en palabras de Scatolini (2011), “se cree que la democracia es la mejor forma de construir la sociedad. Adhiere a valores como justicia, libertad, igualdad, solidaridad, que independientemente del significado histórico que se le pueda asignar, son los anhelos que sostenían para construir el tejido social” (p. 342). De ahí, que se entienda la modernidad como la fundamentación histórica, política, en la que predomina la razón, la idea de autonomía de la libertad individual hacia el progreso de lo social.

En esta amplia perspectiva de la concepción sobre el ser humano en la modernidad y que bien ha descrito Scatolini (2011), surge un desafío enorme para la educación; primero, en el sentido de la concepción del currículo que permitiera formar ese personaje tan diverso, complejo, integral y ambicioso de su realización y proyecto de autodesarrollo y segundo, por afianzar una calidad que no condujera a esquematismos, cuantificaciones y otras propuestas mecanicistas y positivistas cargadas de mediciones y pocas cualificaciones, que permitieran dimensionar el ser humano integral que, de acuerdo con Kasuga, Gutiérrez y Muñoz (2001), además de un cerebro izquierdo que calcula, que resuelve problemas de matemática, que crea normas detalladas para fabricar o realizar algo, que controla, que organiza el lado derecho del cuerpo y que es además numérico, textual, verbal, ordenado, secuencial, literal, analítico, disciplinado, objetivo y lineal, entre otros aspectos, tiene también en función simultánea e integrada un cerebro derecho imaginativo, que maneja el lado izquierdo del cuerpo, que es apasionado, idealista ilimitado, novedoso, que asocia con metáforas, que comprende tonos, sonidos varios y musicales, que estructura sueños y emociones, que induce a la creatividad, que es visionario, holístico y orientado a colores y olores.

Construir y aplicar una educación o formación integral a partir de un currículo correspondiente con la misma característica, ha sido en los tiempos de la modernidad un ideal para ciertos sectores sociales, intelectuales y científicos que todavía sueñan un humanismo, de alguna manera radical o clásica, sin menospreciar claro está, los adelantos científicos, tecnológicos y otros generados en la actualidad, que con frecuencia entran en contraposición, contradicción o dicotomía con lo que es la esencia o trascendencia del ser humano sujeto y no objeto, como a veces se le considera y manipula.

Como escribe Mejía (1998):

Hay como una desnaturalización y reducción de lo humano. Se acepta todo, pero siempre está presente una manipulación que repite constantemente la ambición compulsiva, que desconoce la contemplación y la creación, la ciencia, el amor, la fraternidad, la paz del alma. La droga no es un accidente; es como la figura, demasiado real, de aquello que se convierte en la sustancia de la vida: el desconocimiento de la profundidad de la vida humana, el bloqueo del horizonte trascendente y el salto artificial y depresivo al mundo profundo del espíritu y del corazón humano. Es la satisfacción del gozo por la violencia y la adicción. Se dificulta el acceso a la plenitud por una hipertrofia consumista y competitiva del deseo, colocada como nuestro único valor fundamental con olvido de nuestro yo esencial y de nuestra madurez. (p. 14)

Quizás nunca más en la historia el ser humano se ha sentido más libre y más esclavo que en la modernidad; lo anterior, lo han afirmado muchos estudiosos, aunque parezca una paradoja. Por ello, muchos consideran también que el humanismo está en crisis en la modernidad y en la posmodernidad si se acepta esta categoría; de allí que reclamen y sustenten nuevas propuestas y fundamentaciones que algunos vienen reconociendo como un nuevo estadio del humanismo: el neohumanismo.

Largo y dispendioso ha sido el tránsito del hombre para construirse, definirse o identificarse a través del tiempo, en el cual cada época o edad histórica le ha traído su afán, sus altibajos, hasta catalizar concepciones diferentes sobre sí mismo y hasta llegar a la actual, la sociedad contemporánea, modernista y posmodernista que, como afirma Botero (1997) ha acuñado un tipo de hombre universal, sin impronta personal, con un ámbito cultural estrecho, especializado en un campo específico e influenciable por los medios de comunicación. Es un ser que puede manipularse y dominarse.

Luego, este mismo autor (Botero, 1997), agrega que hay dos formas clásicas de concebir al individuo. Por un lado, el de la lucha capitalista por la existencia y competencia económica (filosofía de Hobbes, Locke, Adam Smith y Bentham), la cual refiere al ser humano carente de universalidad –hombre mercancía- pero que actúa por la función del mercado, productivismo y consumismo capitalista. La segunda forma, es el ser humano con autonomía individual, moral e intelectual (época de la Ilustración, Leibniz y Kant), individuo universal y genérico (Marx), con fuerte personalidad erótica-estética (Marcuse) que además de producir, piensa, se expresa y crea.

Pero así, en ese discurrir del ser humano, la cultura y la historia, el humanismo se instaura en el repertorio de ideas y pensamiento para analizar, pensar y buscar la mejor condición y desarrollo, pero las contradicciones de las estructuras de los sistemas económicos y los medios de producción, las ideologías y otros hechos o variables a veces también extrañas, siempre se están atravesando, como el palo a las ruedas de las carretas, como se dice coloquialmente.

Humanismo sí, pero humanismo no. Si porque el ser humano se ha construido a través de la historia y en la medida en que se fue construyendo, y así mismo la cultura y la sociedad, se fue posicionando como un ser diferente que merecía toda la atención y no, por las inconsistencias, contradicciones, indefiniciones y muchos efectos más que terminan poniéndose en contra del hombre mismo, hasta tal punto de dar surgimiento a expresiones y realidades que se identifican como deshumanización o, en otra dimensión, como antihumanización.

Por ello, no es extraño ni llaman a sorpresa, filósofos como Nietzsche, Heidegger, Marx, Foucault, Arendt, Marcuse y muchos, muchos más, a quienes les quedó imposible no aludir en su pensamiento y en sus obras, a veces con gran contundencia a la situación del ser humano, al poder ejercido irracionalmente sobre él, a sus libertades sojuzgadas, a su dignidad comprometida, a su alienación y muchos aspectos más, generados por la sociedad en que les tocó vivir, muchas veces disfrazada de democracia.

Tampoco son desenfocados y más bien realistas y preocupantes, fenómenos y teorías de más reciente data, colocados en contravía de un verdadero humanismo como “el hombre light” de Enrique Rojas, la vida y la “sociedad líquida” de Zygmunt Bauman y la “sociedad del cansancio” de Byun-Chul Han, que bien valdría la pena explorar con alguna suficiencia.

Sin embargo, pese a los abundantes discursos y teorías construidas sobre el humanismo, hay una constante de pensamiento en muchos investigadores, autores y personas del común, motivados por los diversos hechos críticos de la conducta humana y de los pueblos, contradictoriamente bastante afianzados en la edad moderna y posmoderna y de la revolución tecnológica informatizada, de que algo falta; de que el humanismo entronizado por siglos no es suficiente y que hay que dar vuelta a las páginas de la historia para dar paso al llamado Nuevo Humanismo; un humanismo totalizador o mejor holístico del ser humano, integrado a la naturaleza total y al universo, en que el ser humano y la sociedad no sigan aherrojados en la herencia que ha dejado y se ha practicado por más de tres siglos: el paradigma galileano y newto-cartesiano.

Como dice Capra (2003), en la medida que se ponga atención a la dimensión cognitiva de la vida, se comprueba el nacimiento de una nueva visión unificada de la vida, la mente y la consciencia, la cual está ligada al mundo social de las relaciones interpersonales y de la cultura, lo que además permite comprender la dimensión espiritual de la vida. Con este enfoque, Capra invita a pensar, aunque no sea expreso en él, en una concepción del nuevo humanismo, en la que superando la visión dualista y mecanicista galileana y newto-cartesiana mencionada, no se perciba esquizoideamente al ser humano, separado o escindido (dualismo) en cuerpo y alma, en materia y espíritu y a la vez, actuando o siendo comprendido, o entendido, en la naturaleza y en la vida como un simple, o de pronto no tan simple, mecano.

La concepción sistémica u holística de la vida, que tiene toda la sustentación de la física cuántica, muestra que la mente y la consciencia no son “sustancias” como dejó entrever Descartes, sino procesos. Como menciona Capra (2003), este nuevo concepto de mente, es desarrollado por Gregory Bateson, quien empleó por primera vez la expresión “proceso mental”, e independientemente por Humberto Maturana, quien centró su atención en la cognición o proceso de conocer, en su Teoría de Santiago de la cognición. Lo anterior, ha permitido, desde esa perspectiva sistémica, trascender los marcos de la Biología, la Psicología y la Epistemología, desde un campo interdisciplinario conocido como ciencia cognitiva, con la física cuántica y la holística -agregadas por el suscrito- que conducen a que nazca un nuevo concepto de vida, materia, mente, pensamiento, consciencia, espíritu, entre otros, que deben configurar finalmente, una concepción de un hombre nuevo y asimismo, una concepción de humanismo: el nuevo humanismo.

Quizás, una concepción como esta es lo que ha faltado para una nueva noción del humanismo y, se considera además, que sólo si se opta por un pensamiento holístico en la comprensión del ser humano, de la sociedad, de la naturaleza y del universo y, así mismo, de la cultura y de los elementos que la constituyen -entre ellos las religiones, las ideologías, las costumbres, las etnias, etc.- se puede legitimar un verdadero concepto de nuevo humanismo. De lo contrario, se seguirán dibujando más nocivas fronteras sobre la cartografía de la vida, la naturaleza, el espíritu humano, la sociedad y el universo, como lo explica Wilber (1990), allanando o trillando, como se dice en Costa Rica, los mismos caminos, con lo que seguirá creciendo la exclusión, la discriminación, la marginación, el refugio y finalmente, la violencia -hasta las guerras-, que tan dura y desconcertantemente siguen golpeando nuestras sociedades en los últimos tiempos.

Ahora bien, incursionar en el posmodernismo, como en cualquiera de los temas anteriores, sería también extenso y de sumo cuidado, lo que rebasa las posibilidades de estas líneas y máxime que, como lo indica Rojas (2004):

La experiencia de los últimos años me ha mostrado que se simplifica demasiado fácilmente y que las críticas adolecen de diferenciaciones absolutamente necesarias. Tan diferentes son los pensadores considerados que Alain Touraine afirma que la única característica común a los posmodernos es la crítica de la modernidad; pero obviamente esto es muy general, puesto que críticas a la modernidad las ha habido desde su inicio, y de toda clase, especialmente de carácter conservador. Igualmente, hoy se cuestiona la Ilustración, pero críticas a ella las hubo desde el comienzo, de nuevo casi siempre de carácter conservador. (p. 11)

No obstante, en el marco de los riesgos que se corre dentro de los límites de un ensayo como este, es imprescindible aproximar alguna pista conceptual o sobre lo que se considera que es el posmodernismo, el concepto hombre o ser humano en él y, finalmente, como es el espíritu de aquél; considerar en primera y empírica percepción, el tipo y calidad de la educación que se concibe y se da en el mismo.

Teóricamente filósofos, epistemólogos, sociólogos, antropólogos, economistas, científicos y técnicos de la comunicación y sus tecnologías, son los que se han ocupado de analizar y descubrir el concepto hombre o ser humano que impera -o debe imperar- en una sociedad, y subrayar los actos y el devenir de esta; pero a la hora de la verdad, es lo que se da o lo que ocurre en este acontecer, en ese accionar o práctica social que es compleja, inesperada, “serendipesca” y poco capturable para ser de verdad orientado por aquellos; de allí se deriva el éxito que tienen algunos políticos e incluso algunos politiqueros o malos políticos (hablamos del sentido moral) que saben trabajar mejor sobre los inmediatismos, porque saben leer de otra manera las necesidades de la gente y tales aconteceres sociales.

Ahora bien, en este amplio campo filosófico e ideológico y de otra variada naturaleza, algunos sólo perciben lo epistemológico como justificable para los tiempos presentes y del futuro, que puede identificarse en el posmodernismo, algo muy relevante; de pronto lo más de todo, es el concepto hombre o ser humano que ha transitado y quizás aún transite por él, porque ello ayuda a dimensionar cómo y con qué calidad se conduce o debe conducirse la educación, porque como ya es sabido, en una buena o adecuada concepción curricular, lo que es definir, estructurar, implementar y ejecutar la educación, sobre todo buscando una mejor calidad de esta, dependerá ante todo y entre otras cosas, del concepto hombre o ser humano que se tenga en la respectiva sociedad.

Temas como el de los metarrelatos presente en Lyotard y otros; la crítica de la Ilustración y el racionalismo que le es consecuente; “la autonomía de las esferas de valor” de Weber; la fragmentación del lenguaje; la tesis del “fin de la historia” que utilizan los posmodernos hasta Fukuyama, que no lo es, y muchos otros, son los que contribuyen a definir -quizás más cercana aunque heterógeneamente- y caracterizar el posmodernismo, pero acercarse a ello se haría mucho más complejo y difícil de abordar nocionalmente y en los límites que imponen estas páginas. Por ello, solo puede decirse, abusando del máximo reduccionismo con el mencionado Scatolini (2011) que:

La era posmoderna se construye en las últimas cuatro décadas del siglo XX, ubicándola en Europa y los Estados Unidos, con la emergencia del capitalismo tardío, posindustrial o posfordista, en la década del 50. Es una manifestación cultural iniciada durante la guerra fría por la generación nacida después de la segunda guerra mundial, que convulsionó el ambiente cultural, social y político de esos años. Los 60 fue la década contestataria que se presenta como punto de inflexión entre la modernidad y la posmodernidad, tal vez puede denominarse “la generación utópica”, a los jóvenes sesentistas. Estamos en ciernes de “La crisis del proyecto político e ideológico alternativo al sistema capitalista. Crisis teórica, política, ideológica, pragmática, de los proyectos socialistas, comunistas, nacionalistas, que son los que impregnaron –utópicamente quizás- por última vez este siglo, los procesos de los años 60” (Casullo y otros, 1999:196), comenzando a ser estudiada por filósofos y sociólogos en la década del 60 y 70 como Francois Lyotard y Alain Touraine. (p. 342)

El mismo Scatolini (2011) indica que, citando a Lyotard (1987), la posmodernidad es”el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX. Aquí se situarán esas transformaciones con relación a la crisis de los relatos” (p. 343). O que es un estado de ánimo o pensamiento que “desconfía de las nociones clásicas de verdad, razón, identidad, objetividad, de la idea de progreso universal o de emancipación, de las estructuras aisladas, de los grandes relatos o de los sistemas definitivos de aplicación” (p. 344).

Así, la posmodernidad, considerada por Habermas como antimodernidad por apoyarse en el plano emocional, aclama el presente por medio de concepciones conservadoras que hacen sentir lejana a la imaginación y a la subjetividad desde la sensibilidad. De ahí, que los neoconservadores incentiven el desarrollo y mejoramiento del sistema capitalista por los avances de la tecnocracia, considerando que:

La política no puede ni debe justificarse por juicios morales. … En el plano artístico observan la esencia pura de la obra de arte, desvinculándola del ámbito público, privilegiando el ambiente privado del espectador. Para este autor, la modernidad aún sigue vigente ya que no se ha podido cumplimentar. (Scatolini, 2011, p. 345)

Por su parte, Rojas (2004) alude, refiriéndose a lo que es el posmodernismo, que el modernismo nace de una crítica hacia la modernidad, como intento de entender algunos hechos nuevos de la sociedad contemporánea, en relación con la informática y medios de comunicación. “Ahora bien, esta dominancia del mundo informático ha traído una serie de consecuencias, entre ellas la falta de una ideología global de justificación y legitimación del poder social” (p. 15)

Esto engarza muy bien con el concepto hombre o ser humano imperante en el posmodernismo, porque si algo está ambigüo, confuso e ilegitimado, consecuentemente también es porque no está bien en la valoración del ser humano individualmente considerado; máxime si se piensa que el ser humano como individuo, no tiene la fuerza para ser considerado así en la construcción de la civilización, el desarrollo y la historia, porque esta, antes que construída por individuos o héroes, es construida por grupos sociales, por los pueblos unidos en pos de sus ideales y en reclamo permanente de sus derechos y de su dignidad, que es lo que finalmente debe buscar también la calidad de la educación.

El concepto ser humano en una sociedad, generalmente es muy ambiguo y poco declarado; son las decisiones, los hechos, el trato real empírico que dicha sociedad da al ser humano visibilizado o invisibilizado, lo que muestra o vislumbra el concepto implícito que aquella tiene de este.

Puede decirse entonces, que el ser humano en el posmodernismo, resurge o se mantiene como individuo de razón, derechos y dignidad -y algunas veces lucha por ello-, lo que la sociedad en su ideario político, económico, decisional y otro ofrece, que no es congruente con aquello, lo que permite es la alienación del ser humano haciendo que este se sienta, a la hora de la verdad frustrado, desencantado y a veces hasta patologizado; es decir, enfermo por todo tipo de neurosis.

Al respecto, Hobbes menciona que el hombre es lobo para el hombre, merced al poder que da el dinero, las mercancías que se tiene y se producen, así como el mercado mismo, lo cual ha sido subrayado por la inevitable competitividad que permea a toda la sociedad y termina permeando también como dogma y mandato social el currículo, en forma explícita u oculta y la vida de la institución educativa.

De tránsito hacia una nueva etapa: el transhumanismo que finalmente no es humanismo

La última etapa social e histórica en que nos encontramos, es señalada por algunos como modernidad y por otros como posmodernidad; finalmente, como una tercera revolución producto de la robótica, la cibernética, la informática y la automatización, la cual, además de algunos indiscutibles beneficios en la producción de comodidades materiales, productividad y riqueza, desde luego para sectores muy reducidos de la población mundial y de la conectividad, para un aprendizaje más pleno con el apoyo de las tecnologías de la información y la comunicación, sitúa paradójicamente en escenarios de una auténtica incomunicación por la comunicación light invasiva con base en mecanismos, alienación por la adicción a dichos mecanos, deshumanización y otras afecciones de tipo humano y sanitario de la mente y el comportamiento, que están conduciendo a patologías que quizás antes no fueron previsibles.

Con este paso, que tiene que ser preocupante para la gente informada y sensata que aún queda, infortunadamente en exigua cantidad, del ocio que se previó antes pero que se acentúa en esta nueva etapa, se postula ya en las mentes de todos los visionarios humanos que puedan imaginar cómo será la vida en el futuro, en un mundo digitalizado, virtualizado y robotizado, en el que la comunicación humana, por la desestructuración y desnaturalización que ha ido teniendo, al ser mediada prevalentemente por mecanismos técnicos, no cumple el papel del crecimiento y desarrollo humano personal y afectivo directo que la misma ha tenido a través de la historia. Heidegger indica que, en ese sentido, la técnica como forma suprema de la conciencia racional y lo que es la ausencia de reflexión como incapacidad organizada, son una sola y misma cosa.

También, las palabras de Finkielkraut (1988) quizás ayuden en la expresión de la percepción que se visualiza hasta ahora con los desarrollos tecnológicos que están demarcando esta nueva época o revolución aludida:

Así pues, la barbarie ha acabado por apoderarse de la cultura. A la sombra de esa gran palabra, crece la intolerancia al mismo tiempo que el infantilismo. Cuando no es la identidad cultural la que encierra al individuo en su ámbito cultural y, bajo pena de alta traición, le rechaza el acceso a la duda, a la ironía, a la razón –a todo lo que podría sustraerle de la matriz colectiva-, es la industria del ocio, esta creación de la era técnica que reduce a pacotilla las obras del espíritu (o, como se dice en América, de entertaiment) y la vida guiada por el pensamiento cede suavemente su lugar al terrible ridículo cara a cara del fanático y del zombie. (p. 14)

Como un corolario de todo este panorama, reducidamente descrito, en estos tiempos más que en los anteriores se ha venido acentuando un fenómeno que, supuestamente, debiera haber mejorado de manera notable, con el gran desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación, de la informática y la telemática y que, igualmente, está inquietando y cuestionando a la sociedad misma, como es la exclusión, la marginación, la discriminación y la intolerancia de unas determinadas personas y pueblos por parte de otras y otros, por razones de raza, ideología, religión, creencias, hábitos y costumbres, entre otros factores.

Lo anterior, sin desconocer uno de los males más generalizados que marcan el mundo de hoy, como es la pobreza a la que ha sido sometida la mayor parte de la población, principalmente por los siete países más industrializados, conocidos como los 7G: Estados Unidos, Japón, Gran Bretaña, Francia, Canadá e Italia que, como dice Chomsky (2003), se reúnen para discutir sobre la política económica europea, por lo que la toma de decisiones responde básicamente a los intereses de esas grandes corporaciones, bancos internacionales, entre otros, barrera efectiva para la democracia.

No es pues, al parecer, por todo lo que se ha investigado, escrito y vivido en esta realidad contemporánea, supremamente halagüeña la herencia que el modernismo y el posmodernismo dejan al ser humano para su libertad, seguridad, equidad y dignidad, independiente de algunos logros que también se han percibido y hay que tener en cuenta, pero que no han logrado la mejor concreción humana y social; baste mencionar para ello, la exclusión por la pobreza, que en lugar de alivianarse crece más cada día, así como otros hechos de exclusión, los que ante un discurso de humanismo y de humanitariedad frecuente, no tienen como soportarse y más bien pueden llamar al sonrojo.

En el posmodernismo, que tanto ha preocupado a filósofos, investigadores sociales y otros intelectuales en las últimas décadas, el ser humano vive una crisis de realización como corresponde a la crisis social y cultural en que la sociedad actual está inmersa. Esta situación incide también para que el ser humano, además de no sentir simpatía decidida y entusiasta por la cultura, se margine a ella y no lo acompañen inquietudes sobre el particular, dándose la carencia de grandes y significativos debates ideológicos y límites notorios en las aspiraciones sociales. Es como si el ser humano hubiera perdido la esperanza y las expectativas por si mismo y por el entorno en que transcurre su vida, que lo lleva a acomodarse de manera pasiva a la simple supervivencia. La motivación para su autodesarrollo y el cambio, se encuentra en un nivel muy bajo, casi hasta tocar las fronteras de lo inexistente.

Así mismo, la rapidez y transformación constante de la vida, el consumismo, el confort a todo costo, la publicidad invasora de toda intimidad y hasta de la dignidad misma; la ponderación facilista que hacen los medios sugiriendo que todo se soluciona fácilmente, el derroche de modas y la imposición de marcas que pretendidamente vigorizan la personalidad y la hacen inexpugnable para el fracaso en una formulación de existismo seguro, el abuso de los conceptos de libertad y democracia que terminan siendo vacuos ante la realidad de los hechos y muchas cosas más, han ocasionado que el ser humano de tal época sea un convidado de piedra para la participación y la cogestión. De allí su apatía hacia los procesos y responsabilidades sociales que hoy son engolosinadas y parapetadas en redes y otros engendros distractores.

Poca reflexión existe en el hombre posmoderno, ya que es víctima o instrumento de la inmediatez, como lo señala Bautista (2006), citando a Rojas (1994):

…la prisa es uno de los signos más sobresalientes de nuestra época cuando estamos en la sociedad del vértigo, de un apresuramiento urgente y veloz, desenfrenado, encarando una especie de fascinación por lo superficial, que lleva a un vacío brillante, una enormidad inexistente que deslumbra sin iluminar. (p. 25)

Bautista (2006) ayuda también a esta comprensión del hombre posmodernista cuando menciona que la descarga que todo este fenómeno ha tenido sobre este, hace que ya no entienda grandes palabras como Razón, Progreso, Revolución, Universalismo, sino la era de la electrónica, la sociedad light, el relativismo valoral, la era posmetafísica y de unipersonalismo, lo que fragmenta su propio ser.

Este hombre, fragmentado en su subjetividad más personal, no dejará huella, vivirá con ideales asépticos, cada vez más desorientado por las grandes interrogantes de su existencia a las cuales trata de esquivar en un intento de romper los vínculos con su conciencia interior. Este hombre desfigurado, producto de la ruptura posmoderna. (Bautista, 2006, p. 33)

Nada fácil ha sido, por otra parte, para la educación y la calidad de la misma, el escenario que demarca y caracteriza el posmodernismo; por ello se percibe errático y dubitativo en su camino, como si se dieran palos de ciego. El currículo se percibe desmembrado, aislado y aislante, anacrónico, esquizoide, todo lo cual se ha mostrado como una constante.

Lo anterior no quiere decir que no se investigue en el área; que no se conozcan los problemas; que no se den aportes; sino que ellos, finalmente, no tienen audiencia y se acogen como unas teorías más que por ignorancia y falta de interés y voluntad política de los gobernantes, se marginan o ignoran y no trascienden para afectar positiva y favorablemente el currículo y su práctica.

Los Ministerios o Secretarías de Educación de los países, continúan siendo entes burocráticos elefantiásicos, en los que la palabra cambio no insinúa y promueve lo suficiente y así es como siguen repitiendo y repitiendo las viejas prácticas y una educación a destiempo, mientras los pasos de la historia y los nuevos tiempos que impone el posmodernismo siguen su ruta por otros horizontes.

Pero con todo lo anterior, en las últimas décadas del siglo pasado y las que están transcurriendo del presente, se vislumbra en la dialéctica social y etapas que construye la mencionada historia e inclasificada que puede considerarse innominada aún, cada vez más una acentuada y digitalizada época histórica, de virtualismo y redes que, como en las preliminares, trata de transitar también con un concepto hombre o ser humano que ha ido caracterizando.

En ella, el “hombre light” de la cultura líquida y de la del desperdicio, atrás citados, ha ido definiendo más su presencia e identidad; aunque a la hora de la verdad, lo que más se define es lo que podría llamarse “el hombre chip”; de allí la definición que ya se da de esta etapa o época histórica, tendiente a llamarse, en el contexto del humanismo, como “transhumanismo”, lo cual significa una ruptura muy profunda con todas las tendencias o enfoques anteriores del humanismo.

El transhumanismo o posthumanismo

Si se atiende a la raíz latina trans, que juega de prefijo en algunas palabras de nuestra lengua española, se encuentra que se define como al otro lado de o a través de. Con exactitud y consecuencia, el término significa que se está al otro lado del humanismo, es decir, que lo transpone, o lo que se da a través de él.

Sánchez (2015), introduce el concepto de Transhumanismo con el siguiente interesante texto: “Nuestros días están contados… ¿o no? Los transhumanistas discrepan. Morir no entra en sus planes. Que se muera la gente normal. Ellos serán otra cosa porque en unos años habrán trascendido a la condición humana y sus limitaciones. No es otra secta, aunque su discurso pueda parecer mesiánico. Sus apóstoles son filósofos, médicos, neurólogos, genetistas, ingenieros en robótica e inteligencia artificial, nanotecnólogos… (párr. 3)

Asimismo, agrega que: “El transhumanismo se ha convertido en la ideología de moda. “Pretende que la homo sapiens mejore, aumentando su capacidad física y cognitiva con tecnólogos emergentes. La integración con la máquina será habitual” (Sánchez, 2015, párr. 4).

Si bien a muchos personajes de la historia, de la futurología y las ciencias como Gastón Berger, Nietzsche, Max More y muchos más -difíciles de recuperar aquí, para no remontarnos a lo más distante de la antigüedad-, los ha rondado la idea de la inmortalidad o de la presencia o existencia de un ser humano que rebasa la inteligencia y sus potencialidades como antes quizás no se había visto. Es en este momento o etapa cuando la tendencia transhumanística o posthumanística cobra fuerza y cierta definición, con el aporte de la tecnología, traducida principalmente en la Electrónica propiamente dicha, la Bioelectrónica, la Informática, la Cibernética y las Ciencias de la Comunicación, entre otras disciplinas que les son adláteres o complementarias.

En Silicom Valley, personajes como Mark Zuckerberg (Facebook), Elon Musk (Pay Pal) y el actor Asthton Kutcher, según el mismo Sánchez (2015): “…invierten $50 millones de dólares en Vicarious, una compañía rodeada de misterio que busca replicar el neocórtex, la parte del cerebro que ve y oye, habla y razona” (p. 18).

La preocupación del transhumanismo es buscar, mediante la transformación tecnológica, mecánica y electrónica principalmente, la mayor longevidad del ser humano, su inmunidad ante las enfermedades y otros desafíos ambientales e incluso la soñada inmotalidad, actuando sobre el cuerpo material: anatómico, fisiológico, neurológico y metabólico del mismo, lo que ha llevado a algunos a decisiones que parecen de locura y extralimitación, como la mencionada de Sillicon Valley; no la única, desde luego, en dicho territorio, que vive o actúa como un parque tecnológico o una pequeña ciudad-laboratorio y de innovación, de 50X10 kilómetros, situada el norte de California, Estados Unidos y donde tienen sede múltiples empresas de Alta Tecnología como Apple Inc, eBay, Google, Yahoo, Intel, Cisco y muchas más, ubicadas allí, se dice, por tener cerca prestigiosas universidades como Stanford y Berkeley que las nutren con los nuevos cerebros que requiere la alta tecnología, aunque hoy los reclutan de todo el mundo.

Aunque el tema, que tiene décadas en vigencia, aunque relativamente débil en su presencia en cierto medios académicos de la educación y otros, se ha acentuado en las últimas con el asombroso desarrollo y perspectivas de la tecnología, en lo cual Silicom Valley es una adalid; la reacción y el debate se ha intensificado, por lo que algunos consideran extralimitado en sus propuestas e incluso sujeto de algunas excentricidades, dado que un tema de tal magnitud pone en el centro al ser humano, en que todas las ciencias y disciplinas se ven comprometidas a terciar en el asunto, puesto que es un tema que toca las fibras axiológicas más íntimas y otras del ser humano cuando es comprendida la situación. Además, porque se dan cita infinidad de preguntas que aún no han sido respondidas y otras que quien sabe si lo serán, por los problemas tan profundos y neurálgicos que se abordan.

Los pensadores del transhumanismo y del poshumanismo estudian los posibles beneficios y también los peligros o riesgos de las nuevas tecnologías, que podrían superar las limitaciones humanas fundamentales como la que se pretende llamar tecnoética, misma que en su definición y uso debe generarse.

Así es como se han visto surgir los que algunos llaman complacientes con el transhumanismo o poshumanismo y sus propósitos y, los que son opositores, cuestionantes o apocalípticos, porque la sensibilidad que caracteriza el tema genera posiciones de diversa índole, las cuales dependen de la concepción de ser humano, vida, naturaleza, sociedad, mundo y universo que tiene cada persona. A su vez, genera la respectiva cosmología, una fundamentada en la ciencia y la tecnología que terminan siendo los más radicales y ortodoxos, por lo que concede el pensar positivista y otra, en las ciencias humanas y sociales, supuestamente más versátiles y abiertas al diálogo bajo la consigna de la moral y la ética que reconocen la espiritualidad y trascendencia del ser humano; también una tercera, que se fundamenta en las ideologías políticas, religiosas y otras, sustentadas en métodos, magias, religiones y otros idearios que, a veces, terminan en radicalismos, dogmatismos y ortodoxias inexpugnables.

Lo que no se puede dejar de afirmar es que el debate está y seguirá encendido; primero, porque esta relativa nueva propuesta, quizás acentúa la crisis generada por el humanismo y el posmodernismo, hasta hacer desaparecer de pronto, su esencia tradicional y radical, porque el ser humano sólo interesa antológicamente como objeto experimental, manipulable y de control, entre otros factores; segundo, porque si bien las tecnologías son esenciales e inevitables para la vida, las personas, la sociedad y el desarrollo, cuando ya se vulnera o se intenta vulnerar la estructura, especialmente, la neurológica del ser humano, el asunto cobra dimensiones y perspectivas mayores. Cuando ya se esgrime el cómo debe ser o está siendo la educación y la calidad de la misma, el tema, desde luego, no pierde relievancia y trascendencia.

El tan debatido Fukuyama (2014) se refirió alguna vez al transhumanismo como la idea más peligrosa del mundo; otros como la ideología de la cultura de la muerte y alguien más, como la seudociencia de la evolución posthumana. Desde luego, hay también un gran grupo de positivistas (ingenieros, físicos, matemáticos, economistas, biólogos y otros) que ven el transhumanismo o poshumanismo como un paso necesario e indefectible en la cultura humana y social; de allí que la defiendan, llamándose liberales, los demás son conservadores, lo que el mismo promueve y propone.

Sin embargo, en el fondo, más que liberación, lo que se percibe en el transhumanismo o en el poshumanismo es otro nivel de alienación del ser humano. En primer lugar, porque es puesto al servicio de la tecnología, no lo contrario, por la cual puede terminar siendo manipulado, dominado o sometido; en segundo lugar, porque el ser humano es relegado a un plano secundario para darle protagonismo a la tecnología, lo cual implica o seduce una transformación de valores, como ha sido lo tradicional, cuando se cambia de escenarios tecnológícos y épocas históricas, generalmente consecuencia de aquellos.

Como dice Madruga (2014), en esto del transhumanismo, existe una inteligencia artificial alineada a los intereses humanos, si es que apoya la conversión hacia el superhumano, si no es que llega a tener sus propios intereses. Por ello, según el autor, se está ante la disyuntiva, hoy en día, de:

a) Construir una superinteligencia artificial amistosa para que después se ocupe de nuestros problemas. La pregunta es: ¿Seguiremos siendo humanos?

b) Construir una superinteligencia colectiva donde colaboren humanos y tecnologías. Se produzca una sinergia mutual entre entre humanos y tecnologías donde ambos se favorecen. (párr. 5-6)

Ante un hombre chip o mecano, que esencialmente deja de ser humano porque cada vez se le coarta más la subjetividad que es su principal condición, hasta cierto punto pierde su libertad y su capacidad de autocontrol, ya que es controlado desde fuera de sí mismo, ¿qué se puede esperar, qué puede ser su educación y la calidad de esta?

Evidentemente, con el transhumanismo y el posthumanismo, que parecen ser un momento delicado de transición entre el posmodernismo y la era tecnológica, todo indica que vamos dando palos de ciego en una sociedad individualista que ha desatado o generado graves problemas humanos, sociales y estructurales, cuyos poderes económicos terminan siendo políticos y de otro orden. Probablemente, quienes manejan el poder sí saben hacia dónde se quieren conducir, educando o mejor adiestrando y administrando el tan impropiamente denominado recurso o capital humano; expresiones que sí calzan en tal propuesta, pero no para un humanismo que llamaríamos esencial.

Los que manipulan los poderes del mundo si saben hacia donde quieren conducir la humanidad, pero ¿qué pensamos, qué esperamos, cómo queremos que sea la educación para las nuevas generaciones y qué aportes proporcionar para una autentica no politizada ni mecanizada educación integral y de calidad?

Para quienes somos educadores comprometidos con la causa humana profunda que encarna la simple presencia de un humano en el mundo y en el universo, centrado radical e históricamente en el mismo, es indispensable hacer un recorrido histórico a más profundidad para percibir como el llamado humanismo ha sufrido significativas transformaciones hasta colocarnos en una visible y constante situación de incertidumbre. Más que humanismo, lo que se presenta es una antítesis del mismo, como parece ser el ya aludido transhumanismo, del cual todavía no se habla hoy suficientemente, pese a que está latente en algunas connotadas investigaciones e intencionalidades que se adelantan, silenciosamente, en Silicon- Valley, por investigadores tecnofílicos que antes que en el ser humano y su futuro de dignidad y trascendencia, lo que les preocupa es la tecnología y las posibilidades que ella ofrece, sin importar los límites que impongan la racionalidad y los valores humanos y sociales.

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1 Docente y Consultor en Ciencias Económicas. Con Licenciaturas en Gestión del Talento Humano, Ciencias de la Religión y Docencia. Maestrías en Psicología Organizacional y Gerencia y Recursos Humanos. Estudiante del programa del doctorado en Investigación y Docencia en UNADE.





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