Resumen

Hemos sido testigos del nacimiento, y del desarrollo que en su infancia ha tenido el Derecho Ambiental (D.A.). La década de los años setentas permitió ver con gran expectación, como la criatura empezaba a tomar forma. Intuimos que esta nueva criatura del derecho tenía un papel importante que jugar, pues para unos, en su concepción original su objeto esencial u objetivos estaba destinado a equilibrar, por medio de la protección del ambiente, la naturaleza, los recursos naturales, la biosfera. Para otros, incluso, considerando solo algunos recursos naturales (R. Martin Mateo). Los procesos que nuestras sociedades hasta el momento habían aplicado como normales, es decir: la falta de planificación y de elaboración de políticas y/o estrategias, el consumismo, la explotación irracional de los recursos naturales, la contaminación hicieron sentir la necesidad de un tipo de legislación que detuviera estos procesos descontrolados. Por último, desafiando las principales leyes de nuestro sistema capitalista se empieza a hablar y a establecer que el desarrollo debe ser sustentable o sostenible. Hoy, unos treinta años después, entendemos que el D.A. está entrando en una etapa de madurez, pero donde existen interrogantes para las cuales tenemos que encontrar respuesta y una serie de aspectos que necesitamos redefinir o perfeccionar. Sin tener la intención de agotar el tema, he querido plantear tres aspectos importantes para el D.A. del siglo XXI: (I) su autonomía, (II) las agendas perdidas, y (III) los problemas de su aplicación o ejecución.