Resumen

Hay una clara eficacia política y ética en el hecho de designar la violencia y referirla a alguien a quien culpar. Pero, cuando se impone el significante ‘violencia’, tiene lugar un acto de violencia simbólica, y el círculo de la violencia continúa. Lo mismo ocurre, cuando el orden simbólico trata de regular la violencia, y requiere de una violencia sacrificial o de la fuerza de la ley para detener la violencia mimética. De hecho, actualmente se está extendiendo una forma mediada de violencia mimética extrema, a través de la sociedad del espectáculo, y la justicia formal no consigue evitarlo por medio de más sanciones jurídicas. En este artículo, se propone otro discurso sobre la violencia; uno que no se basa en designar al violento, sino que atiende a la voz de la víctima, para ampliar la responsabilidad cívica hacia el daño y el agravio ajenos.