Resumen

El objetivo de este artículo es sistematizar y analizar algunas experiencias internacionales de convivencia intergeneracional y sus incipientes reportes de impacto, reconociendo la escasa literatura científica disponible, la necesidad de mayor investigación con rigurosidad metodológica y visión longitudinal, así como la ausencia de una indagación del impacto desde la experiencia subjetiva. Se revisaron programas de cohabitación intergeneracional de España, Francia, Estados Unidos e Israel, aclarando en el estado de la cuestión, la escasez de reportes en otras regiones. Los resultados del análisis identifican, como variables constitutivas de estas experiencias, su estructura, frecuencia de contacto, normas de interacción, comunicación o convivencia, cercanía emocional, intercambio recíproco de apoyos, confianza, expectativa de que el apoyo estará disponible cuando se requiere y apertura emocional. Como conclusión, se propone la necesidad de trascender la visión de la convivencia intergeneracional como meta en el corto plazo, para fomentar la solidaridad intergeneracional como soporte social a largo plazo, así como desarrollar líneas de investigación en el tema.

Introducción

El bienestar subjetivo a lo largo del ciclo vital, ha sido relacionado con el cumplimiento de las necesidades básicas y la mayor presencia de apoyo social; reconociendo que, aunque hay diferencias culturales, este bienestar subjetivo suele predecir una mejor percepción de salud y longevidad (Diener 2012). Los modelos psicoterapéuticos en América Latina, así como los de atención centrados en la persona y las reflexiones sobre la necesidad de una ética del cuidado (Baars, Dohmen, Grenier y Phillipson, 2013; Fernández-Álvarez 2017; Villar & Serrat 2017), han posicionado la necesidad de cuestionar la perspectiva individualista de desarrollo humano. La visión de persona como responsable única de su bienestar o su posible autorrealización, se trasciende para recontextualizar la historia sociopolítica, la trayectoria de vida, la convivencia multigeneracional, la interacción en esferas de desarrollo múltiples (familia, comunidad, sociedad, ecosistemas) (Kaplan, Sánchez y Hoffman 2017); y la interdependencia con las otras personas, como ejes esenciales para la co-construcción de un bienestar subjetivo y psicosocial que incorpore todas las edades (Syed y McLean 2018).

Por otro lado, estudios en psicología transcultural han desarrollado constructos y modelos de comprensión social que visibilizan cómo ciertos patrones sociales, más tendientes al individualismo o al colectivismo, se podrían asociar a la dinámica de interacción de las familias en diversas latitudes (Markus y Kitayama 1991; Triandis 1995; Kagitcibasi 2005; Hofstede 2001). Modelos que privilegian el individualismo como característica psicosocial, suelen mantener una visión del ser humano como autónomo y autosuficiente; mientras que modelos colectivistas promueven una visión del sí mismo interconectado y cercano a otros, donde pensamientos, sentimientos y comportamientos compartidos, forman el tejido social de una cultura (Markus y Kitayama 1991; Triandis 1995; Varnum, Grossmann, Kitayama y Nisbett 2010). Frecuentemente, los hallazgos muestran modelos más individualistas en países de Norte América o Europa, y modelos primordialmente colectivistas en países orientales y de América Latina; con la búsqueda de la independencia en los primeros, y la promoción de la interdependencia en las relaciones familiares en los segundos (Grossmann y Na 2014).

En ese sentido, en este trabajo interesa iniciar una reflexión sobre la importancia del tejido vincular y afectivo, propio del bienestar o satisfacción vital en el desarrollo humano. Pues resulta un reto fundamental en una sociedad tendiente a modelos económicos y sociopolíticos que desarticulan la convivencia primaria en familia o comunidad y parecen impulsar la fragmentación y el individualismo.

Contrario al principio del desarrollo humano de selectividad socioemocional, como búsqueda y selección de contactos y redes de apoyo; no por su cantidad, sino por su cualidad para la optimización de la experiencia emocional (Lockenhoff y Carstensen 2004), la soledad percibida parece instaurarse en la cotidianidad. No existe consenso sobre el posible rol adaptativo o evolutivo de la soledad en el ser humano como especie fundamentalmente gregaria (Cacioppo, Cacioppo y Boomsma 2014). La soledad ha sido, más bien, definida, desde las ciencias biomédicas, en términos de su representación como factor de riesgo para la salud física y mental, pues se ha documentado que la tendencia al aislamiento emocional es un predictor significativo de mayor morbilidad y mortalidad (Weiss 1973; Coyle y Dugan 2012; Gajardo 2015; Holt-Lunstad, Smith, Baker, Harris y Stephenson 2015).

Diversos estudios han procurado la medición de este constructo de soledad, reconociendo sus dimensiones objetivas (en la poca frecuencia y disponibilidad de contactos o redes), como subjetivas (en la autopercepción del grado de intimidad con otros y la auto percepción del nivel de apoyo recibido, ya sea económico, instrumental o afectivo), por personas emocionalmente significativas; así como el grado percibido de satisfacción con esos contactos sociales (Russell, Peplau y Ferguson 1978; Russell 1996; Cardona, Villamil, Henao y Quintero 2010; Shevlin, Murphy y Murphy 2014; Velarde-Mayol, Fragua-Gil y García-de-Cecilia 2016; IMSERSO 2011).

El programa holandés Humanitas (2018) reporta como problemática de salud pública las cifras sobre soledad percibida en personas adultas mayores, señalando que, de aproximadamente cuatro millones de personas adultas mayores, un millón de ellas refieren sentirse solas y 200.000 personas indican sentirse extremadamente solas. En el caso de España, el Programa Convive (2018) de la organización Solidarios, afirma que un 73% de las personas adultas mayores que viven solas en ese país son mujeres, y explican que sus condiciones de mayor exclusión social se asocian con roles de vida como amas de casa o trabajos intermitentes, que derivaron en pensiones más bajas, vulnerabilidad económica y dependencia en la vejez.

En Costa Rica, como en el mundo, la soledad es reconocida como factor de riesgo, mientras el apoyo social es identificado como factor de protección cuando se aborda el tema de la salud mental, tanto en los medios de comunicación como en los informes técnicos (Organización Panamericana de la Salud [OPS] 2004; Fernández y Robles 2008), pero con insuficiente evidencia empírica.

Algunos resultados de investigaciones han sugerido un alto reporte de afecto positivo percibido en personas adultas mayores costarricenses, derivado de la interacción con redes de apoyo informales; y han planteado su posible papel como factor protector en contraste con muestras estadounidenses (Salazar-Villanea, Liebmann, Garnier-Villarreal, Montenegro-Montenegro y Johnson 2015). Este papel central del vínculo primario en la red familiar se ha estudiado también con el concepto de familismo, entendido como valor cultural en la convivencia multigeneracional (Valdivieso-Mora, Garnier-Villarreal, Salazar-Villanea y Johnson 2016).

Al respecto, interesa destacar para esta reflexión, que el vínculo afectivo no se vislumbra restringido por la tradicional versión de familia en sus funciones de conyugalidad y sexualidad, en su finalidad para la reproducción biológica o la subsistencia social. Por vínculo afectivo y red de apoyo informal en familia, se entenderán en este trabajo las interacciones intergeneracionales como espacio de vida en común (Rentería Pérez, Lledias Tielbe y Giraldo 2008; Beltrán y Rivas 2013), y como referente emocional e identitario en una multiplicidad de convivencias (Moratto, Zapata y Messager 2015). Dichas convivencias, sin embargo, deben enmarcarse y comprenderse en el contexto de creciente envejecimiento demográfico, con menor tasa de natalidad y mayor esperanza de vida. Esta es una de las transformaciones sociales más significativas del siglo XXI (Naciones Unidas 2017), y obliga a repensar los espacios de vinculación intergeneracional, así como sus formas, sus características, sus posibles beneficios y sus limitaciones.

Así, en el encuentro y la reconfiguración del desarrollo personal y social, se propone en este trabajo que, quienes cohabitan y se brindan cuidados y apoyo informales, comparten objetivos vitales y afectivos en un espacio de socialización que podría potenciar sus trayectorias individuales de desarrollo. Ello, aún en ausencia de consanguinidad o parentesco, como es el caso de los programas de convivencia intergeneracional que han empezado a proliferar internacionalmente y que, paradójicamente, buscan acercarse al modelo de convivencia que ha sido predominante en culturas heterónomas latinoamericanas; pero que tienden a debilitarse y desaparecer en la aspiración de una auto suficiencia y auto-realización. Al respecto, los análisis de la cultura sociopolítica, económica y educativa de países latinoamericanos, muestran una predominancia de estrategias individualistas que erosionan el tejido social y las instancias colectivas en modelos de competencia personal (Comini y Frenkel 2017; Rodríguez y Contreras 2017). Como lo mencionaba hace más de una década Pizarro (2007), al advertir sobre el proceso de vaciamiento de lo colectivo al individualismo, con un débil imaginario del «nosotros» en la nueva ciudadanía de América Latina.

A continuación, se sistematizan y analizan algunas experiencias internacionales de convivencia intergeneracional y los incipientes reportes de su impacto. En su mayoría, son reportes cualitativos y narrativos, con poca investigación de base o seguimiento; que coinciden al promover como beneficioso un espacio de interacción, en función de la responsabilidad asumida por sus miembros para brindar «cuido» o «cuidados» hacia otras personas, con quienes se comprometen a relacionarse con cierta frecuencia o cohabitar brindando apoyos informales.

Se reconoce, sin embargo, que la calidad de las fuentes disponibles es limitada, esto por ser medios de comunicación en prensa y web, los mecanismos de divulgación primordiales de los programas de convivencia intergeneracional revisados. Las noticias publicadas en prensa poseen deficiencias en la información, en contraste con las fuentes académicas y científicas. Algunos antecedentes sobre este tipo de fuente señalan, por ejemplo: imprecisiones, poca criticidad, sesgos o exceso de optimismo (intencionado o involuntario) en la presentación de la información. Las personas autoras señalan que existe una necesidad de mayor detalle en algunos aspectos de las noticias que permita una cobertura con exhaustividad, así como la diferenciación entre opiniones y hechos (Solans-Domènech, Millareta, Radó-Trilla, Caro-Mendivelso, Carrion, Permanyer-Miralda y Ponsaf, s.f). Aunque estas son deficiencias identificadas en la comunicación de noticias sobre innovación en campos de la salud, donde no se reportan con claridad los riesgos, beneficios y alternativas existentes; es claro que las mismas limitaciones se pueden identificar en este trabajo.

Resulta también un hallazgo importante en el estado de la cuestión el evidenciar la carencia de investigación o informes científicos rigurosos. Los antecedentes en la literatura científica son muy limitados y los reportes suelen ser narrativos, sin evidencia ni seguimiento transversal o longitudinal. No parece existir tampoco un recuento de la indagación sistemática desde la experiencia subjetiva de los actores involucrados en la convivencia intergeneracional.

Una mirada a las «nuevas» iniciativas de convivencia intergeneracional

Dado que la literatura científica en el tema es limitada y no se encuentra adecuadamente sistematizada (Buffel, De Backer, Phillipson, Kindekens, De Donder y Lombaerts 2015; Galbraith, Larkin, Moorhouse y Oomen 2015), en este apartado no se plantea la pretensión de exhaustividad.

Sino que, con un interés descriptivo, a manera de ejemplo se presentan algunas de las iniciativas de convivencia intergeneracional que se impulsan internacionalmente, con datos preliminares de resultados reportados primordialmente en medios de comunicación de prensa y web. Como ha sido explicitado, es evidente la limitación de estudios científicos rigurosos, ya sea de corte transversal o longitudinal frente a la problemática.

En general, todas las iniciativas que se ilustran, se caracterizan por el compromiso entre distintos grupos etarios por compartir apoyos afectivos (emocionales), funcionales (relativos a la ayuda en actividades básicas y funcionales de la vida diaria como higiene, alimentación y traslados en el hogar), instrumentales (relativos a la ayuda recibida en actividades instrumentales de la vida diaria como manejo del dinero, uso de medios de transporte o alcance de metas y objetivos específicos) o materiales (relativos a la ayuda recibida u otorgada en dinero y bienes tales como comida, ropa y servicios domésticos).

En una primera dimensión de ejemplos, destacan los programas intergeneracionales donde poblaciones de edades diversas, en un mismo espacio de interacción, se enfocan en sostener colaborativamente una meta común no centrada en el vínculo. Son, por tanto, interacciones que sostienen objetivos instrumentales como, por ejemplo: desarrollo de habilidades musicales (New Jersey Intergenerational Orchestra (NJIO) 2018), arte, narración o actividades lúdicas, recreativas y educativas primordialmente con población infantil preescolar y personas adultas mayores que comparten sincrónicamente tiempo y espacio (Shaw 2015; Jansen 2016; Hedd 2017; Gaunt 2017, Sheppard 2017). Es interesante que dichos programas predominan en los Estados Unidos e Inglaterra, y se divulgan por medios de comunicación en lugar de literatura científica. La evidencia empírica de sus impactos, derivada de investigación rigurosa o seguimiento longitudinal, es muy escasa.

Algunos de los resultados que se han obtenido de esos programas, como un tipo de actividad social compartida según Teater (2016), incluyen: la promoción de un envejecimiento activo con beneficios percibidos en la confianza, autopercepción y habilidades sociales, contribuyendo a la salud emocional y el bienestar de las personas participantes de diversas edades. Señala la autora que estas actividades posibilitan oportunidades para aprender sobre los demás y brinda sentido de conexión con su comunidad.

Una segunda dimensión agrupa programas que se enfocan en la cohabitación y el desarrollo de vínculos de apoyo informal entre estudiantes universitarios y personas adultas mayores. Dada la escasez de reportes en otras regiones, se revisaron programas de convivencia intergeneracional de España (Solidarios 2018; Ayuntamiento de Madrid 2018 ), de los Países Bajos (Reed 2015; Global Ageing Network 2015; Jansen 2015; Humanitas 2018), de Francia (Université Catholique de Lyon 2013), de Estados Unidos (Hansman 2015; Ortiz 2015; Jackson 2016; Housing Opportunities & Maintenance for the Elderly H.O.M.E. 2016; Judson Services 2018; Treehouse Foundation 2018) y de Israel (Kashti 2017). Las características globales de estos programas se describen a continuación en la Tabla 1, pero es importante mencionar que el contexto sociocultural en el cual se establecen los programas analizados, implica un sistema relacional específico, tal y como se describió al establecer previamente las diferencias transculturales en la dinámica de interacción de las familias en diversas latitudes, con evidencia de modelos más individualistas en países de Norte América y Europa (Markus y Kitayama 1991; Triandis 1995; Kagitcibasi 2005; Hofstede 2001; Grossmann y Na 2014).

Tabla 1: Resumen descriptivo de las características globales de los programas de convivencia intergeneracional revisados España Programa Convive (Solidarios 2018; Ayuntamiento de Madrid 2018). Descripción: Solidarios, en convenio con el Ayuntamiento de Madrid, brinda servicios sociales a través del Programa Convive, para personas adultas mayores y estudiantes universitarios de la Universidad Complutense, Universidad Autónoma, Universidad Politécnica, Universidad Carlos III, Universidad Rey Juan Carlos, Universidad Pontificia Comillas y Universidad de Alcalá. El programa permite que estudiantes universitarios vivan en el hogar de una persona adulta mayor que voluntariamente ha accedido a recibirles durante el curso académico, con la posibilidad prórrogas anuales hasta la finalización de los estudios. Las personas adultas mayores deben valerse por sí mismas en la funcionalidad de la vida cotidiana y desear el apoyo y compañía en su casa. Las personas jóvenes universitarias deben compartir las tareas y gastos en el domicilio de la persona adulta mayor. Se afirma que el programa atiende las necesidades concretas de soledad de la persona adulta mayor y alojamiento accesible del estudiante, buscando convivencia intergeneracional. Se refiere, como antecedente, que el Ayuntamiento de Barcelona, ​​la Obra Social de Caixa Catalunya y las Universidades de Barcelona, ​​Pompeu Fabra y Ramon Llull iniciaron la puesta a prueba de alojar a sus estudiantes en los hogares de personas mayores desde 1997, consolidando en España este tipo de programas que se han expandido en diversas comunidades autónomas. Holanda (Países Bajos) Alojamientos para estudiantes universitarios en residencias de personas mayores (Reed 2015; Global Ageing Network 2015; Jansen 2015; Humanitas 2018) Descripción: programa intergeneracional Humanitas que ofrece a los estudiantes universitarios alojamiento sin costo en residencias de cuido de personas adultas mayores de 55 años que requieren diversos niveles de apoyo. Las personas universitarias contribuyen con 30 horas mensuales de voluntariado en actividades diversas compartidas, como: preparar comidas, celebrar cumpleaños, ofrecer compañía a personas mayores enfermas, ocio, apoyo y enseñanza para el uso de tecnología o compartir tiempo sin estructura. Se refiere que la iniciativa busca disminuir el impacto de la soledad y el aislamiento, respetando la autonomía en la capacidad de decisión y elección de quienes participan, promoviendo participación activa con independencia según habilidades preservadas, incentivando el «nosotros» y la actitud positiva para apoyar a otras personas. Francia Programa ESDES inter-générations (Université Catholique de Lyon 2013). Descripción: el programa brinda un sistema de vinculación entre personas adultas mayores y personas jóvenes universitarias. Una asociación universitaria evalúa el hogar de la persona adulta mayor que desea ofrecer alojamiento, sus capacidades, grado de autonomía, las rutinas diarias y el estado de la vivienda. La asociación selecciona a las personas estudiantes para la entrevista y se organiza una visita al hogar de acogida. Se establece el emparejamiento y las partes firman un acuerdo o contrato que define además una tercera persona monitora de pares a lo largo de la duración del contrato de vivienda, mientras la persona sea estudiante activa. Estados Unidos Programa «Artista en residencia» (Hansman 2015; Judson Services 2018) Descripción: estudiantes de los Institutos de Arte y Música de Cleveland con necesidad socioeconómica reciben hospedaje gratuito en una residencia de personas adultas mayores. El Programa «Artista en residencia» Judson Manor implica que las personas estudiantes deben brindar recitales en solitario, conciertos de fin de semana, conciertos improvisados, clases de arte, terapia artística, apoyo a terapeutas o actividades no estructuradas de ocio. Programa de la Universidad de Nueva York -NYU (Jackson, 2016) Descripción: programa en el que los estudiantes universitarios viven con personas adultas mayores, ambas poblaciones se inscriben pues manifiestan interés en disminuir los costos de vivienda y compartir actividades. Programa H.O.M.E. (Ortiz 2015; Housing Opportunities & Maintenance for the Elderly H.O.M.E. 2016) Descripción: una organización sin fines de lucro proporciona vivienda económicamente asequible a estudiantes universitarios o familias con hijos o hijas en edad escolar, en tres edificios donde las personas adultas mayores viven en apartamentos privados o en una residencia de cuido en Chicago. Se menciona un proceso de selección riguroso y entre las actividades que estas personas comparten con los residentes se incluyen limpieza, compras, clases de arte, excursiones o salidas periódicas a museos y lugares de ocio. Sostienen también un programa especial con estudiantes de la Escuela de Arte del Instituto de Chicago. Treehouse Foundation (2018) Descripción: se plantea que la comunidad Treehouse en Easthampton, Massachusetts, es una comunidad diseñada para ayudar a las familias que están criando niños o niñas del sistema de acogida pública, en un formato de convivencia intergeneracional que incluye estudiantes universitarios y personas adultas mayores en la red de soporte. Israel Programa Cohousing Israel (Kashti, 2017) Descripción: se menciona que es la primera comunidad de vida cooperativa de Israel para personas mayores que sostiene un proyecto piloto con personas universitarias. Fuente: elaboración de las autoras.

Nuevamente, la literatura científica es escasa y los medios de comunicación en prensa y web son los espacios de divulgación y cobertura; con las limitaciones metodológicas ya expuestas, y con predominancia de reportes cualitativos y narrativos sobre sus beneficios percibidos.

Según uno de los pocos estudios disponibles con mayor rigurosidad metodológica (Galbraith, Larkin, Moorhouse y Oomen 2015), los resultados de este tipo de programas de cohabitación incluyen cambios en la percepción del envejecimiento y la demencia, cambios en actitudes y comportamientos, estados de ánimo, compromiso y sentido del sí mismo. Además, se ha señalado que el diseño del programa parece no influir de manera determinante en los resultados, siempre que las actividades sean significativas para los y las participantes, y les permita vincularse emocionalmente con otras personas.

Si bien ambas dimensiones se pueden comprender y clasificar según el abordaje social que implican, como tradicionalmente se han categorizado, para Bernard (2006) los programas intergeneracionales se clasifican en: i) iniciativas de prácticas de aprendizaje intergeneracional, ii) iniciativas de cuido y apoyo y iii) programas intergeneracionales comunales. Para este trabajo interesa destacar el potencial vínculo afectivo que se construye en las iniciativas de cuido y apoyo, en tanto potencial factor protector ante la soledad.

Al respecto, los ejemplos revisados permiten identificar algunas variables constitutivas en común:

Estructura y alta frecuencia del contacto

La mayoría de los programas que promueven la vinculación emocional, establecen inicialmente criterios de inclusión y exclusión dentro de la estructura formal de compromiso y acuerdo, con un sistema de reglas preestablecidas. Describen, por ejemplo, la soledad y la autonomía funcional como prerrequisitos de quienes participan, usualmente personas adultas mayores que acogen en su casa de habitación y jóvenes estudiantes que cursan estudios de grado o postgrado en la universidad. La expresa declaración de una sensibilidad y motivación personal para convivir y compartir experiencias juntos se añade a los requerimientos. En los programas revisados se indica, por ejemplo, un mínimo de horas diarias en las cuales la persona universitaria tiene que interactuar con la persona adulta mayor, así como horas de llegada, días libres designados y, en algunos programas, se establece una cantidad determinada de días festivos libres.

Normas de convivencia e interacción

Los programas de convivencia intergeneracional mantienen un sistema de normas o reglas que se explicitan abiertamente y se sostienen por acuerdo entre ambas generaciones. Por ejemplo, en el programa Convive (2018) de España de la organización Solidarios, la persona adulta mayor:

Ha de estar en disposición de adaptar sus hábitos y estilo de vida a la convivencia con una persona joven.

Debe entregar la llave del domicilio al estudiante y respetar sus horarios, vacaciones y fines de semana, en los términos acordados.

Se compromete a no perturbar sus momentos de estudio y su intimidad.

Debe cumplir los acuerdos que se establezcan libremente entre los convivientes.

Por otro lado, a la persona joven se le pide:

Disponibilidad de unas horas al día predefinidas para hacer compañía a la persona mayor y dormir en el domicilio.

Estar dispuesto a adaptar los hábitos y el estilo de vida a la convivencia con una persona mayor.

Hacerse cargo de su comida, limpieza de sus dependencias y de mantener el orden.

Cumplir los acuerdos que se establezcan libremente entre los convivientes.

Cercanía emocional

Uno de los requisitos de entrada de las personas participantes, que suele establecerse mediante procesos de entrevista y selección no estructurados, es mostrar solidaridad y contar con la sensibilidad y motivación para convivir entre ellos. En el programa de Humanitas (2018) de los Países Bajos, por ejemplo, se señala específicamente que este factor se asocia a la disminución de los sentimientos de desconexión con el mundo que experimentan algunas personas adultas mayores y las personas universitarias reportan incluso en ocasiones, que se hace difícil afrontar la muerte de las personas adultas mayores que se han convertido en sus compañeros de casa o residencias.

Intercambio de apoyos

Los programas buscan que las personas participantes intercambien apoyos informales de diversa naturaleza, ofreciendo ayudas o contraprestaciones instrumentales de común acuerdo, como acompañamiento al médico, compras de alimentos, ocio en común, entre otros. Además, promueven el apoyo informal afectivo con escucha, acompañamiento y cuido.

Una vez más, se identifica que una clara limitación yace en la escasa investigación sobre el impacto de estos programas en las poblaciones participantes y su poco seguimiento longitudinal, siendo los autoreportes vivenciales y cualitativos los que establecen algunos efectos positivos de los programas intergeneracionales, como la promoción de una comprensión mutua entre generaciones que beneficia ámbitos de vida como la salud, la confianza, amistad, disminución del aislamientos y desarrollo de habilidades (Springate, Atkinson, y Martin 2008). Los cambios sugeridos como beneficios de estas prácticas intergeneracionales plantean la promoción de un mejor soporte para el envejecimiento, pero sin un respaldo empírico riguroso (IMSERSO 2011).

Conclusiones

La interdependencia, la convivencia multigeneracional y el cuido han sido descritos como posibles factores de protección y bienestar en Latinoamérica y el Caribe, promoviéndose culturalmente la vivienda compartida por grupos de personas de varias generaciones en familia, al asociarse con un entorno relacional propicio y favorable para el desarrollo (Comisión Económica Para América Latina [CEPAL] 2008; Calderón 2013). En contraste, modelos culturales más individualistas han sido documentados en países de Norte América y Europa, donde han empezado a surgir programas intergeneracionales de interacción y cohabitación, formalizados para disminuir la soledad, que se presenta como factor de riesgo para la salud mental y física de poblaciones de diversas edades. Las experiencias descritas, sin embargo, poseen la clara limitación de haber sido divulgadas en medios de comunicación en lugar de literatura científica, por lo que la evidencia empírica de sus impactos no está derivada de investigación rigurosa o seguimiento longitudinal.

El apoyo informal de familias, comunidades y redes afectivas del llamado familismo latinoamericano, se asemejan en sus dinámicas de interacción con los ejemplos encontrados de «nuevos» programas de convivencia intergeneracional que se promueven en Europa y en los Estados Unidos; pues mantienen estructura, frecuencia de contacto, normas de interacción, comunicación o convivencia. Así como cercanía emocional, intercambio recíproco de apoyos, confianza, expectativa de que el apoyo estará disponible cuando se requiere y apertura emocional como variables constitutivas.

Al respecto, una primera dimensión de cuestionamiento implica la necesidad de repensar y trascender discursos y modelos que promueven un desarrollo social individualista, para revalidar la convivencia con cercanía emocional, la interdependencia relacional y el cuido como ejes de la solidaridad intergeneracional en tanto potencial factor de protección a lo largo del ciclo vital (Bengtson, Giarrusso, Mabry y Silverstein 2002; Lüscher, Hoff, Lamura, Renzi, Sánchez, Viry y Widmer 2013).

Resulta esencial, en una segunda dimensión de cuestionamiento, reconocer que mayor investigación, rigurosidad metodológica, seguimiento y estudio longitudinal, así como la indagación de la experiencia subjetiva de los actores sociales involucrados en los programas, son indispensables para avanzar con firmeza y evidencia empírica en la toma de decisiones y la promoción de este tejido solidario multigeneracional. En esa línea, sería también necesaria la incorporación de la mirada de género, pues brindaría un espectro amplio de posibilidades de análisis sobre las percepciones de roles, soledad y cuido, para una mejor comprensión de este fenómeno.

Por tanto, ante la ausencia de estudios científicos rigurosos, no es posible tener evidencia de una resignificación de la mirada intergeneracional. Pero resulta indispensable vislumbrar este trabajo descriptivo como una primera estrategia de sistematización de este tipo de experiencias, para diseñar las herramientas teórico-metodológicas disponibles en la construcción de una línea de investigación sobre la resignificación del cuido.

Finalmente, en una tercera dimensión crítica, habría que reflexionar sobre el alcance de estos programas intergeneracionales revisados; pues parecen limitados al enfoque de participación desde su contribución activa funcional o material, y excluyen a quienes posean condiciones diversas de discapacidad, deterioro cognitivo o afectación de su salud física o mental. Según IMSERSO (2011) para la OMS, el término «activo» hace referencia a una participación continua en las cuestiones sociales, culturales y cívicas; no solo en la capacidad para estar físicamente activo o participar laboralmente. La clave recae, entonces, en la participación y contribución, dejando por fuera personas que presentan algún tipo de enfermedad y que, en su mayoría, podría pensarse que serían las personas que más se beneficiarían de dichos programas de convivencia intergeneracional para compensar sus déficits y necesidades en un tejido social solidario. Parece necesario trascender la perspectiva del envejecimiento activo por un envejecer con bienestar, con entornos de desarrollo humano y desarrollo de la identidad aún en condiciones de enfermedad o discapacidad.

Así, la interdependencia y la solidaridad intergeneracional, entendidas como el conjunto de acciones de dar y recibir de manera recíproca entre personas, como también entre generaciones de jóvenes y personas adultas mayores (OMS 2002), podría resignificarse sin asistencialismo y con equidad (Walker 2006); para brindar la oportunidad de realizar actividades donde el cuido solidario multidireccional y multigeneracional sea el eje de convivencia. Bajo este marco, las relaciones intergeneracionales solidarias que no se enfoquen en la mera cohabitación, ofrecerían la posibilidad de reconstrucción del vínculo social (Sáez 2009), quizás como una forma de sumar lo diacrónico a la sincronía que propicia la ampliación de la temporalidad y conecta el pasado con el presente y un posible futuro (IMSERSO 2011).

En la agenda pública de discusiones sobre el tema, se debe superar la meta de cohabitación intergeneracional en el corto plazo, para fomentar la solidaridad intergeneracional como soporte social a largo plazo y desarrollar líneas de investigación en el tema. Para la salud mental, se requiere de mejor comprensión de las formas de construcción de la identidad psicosocial y de los factores de protección en ese entramado solidario de edades diversas que se saben apoyar y cuidar. Este parece ser un reto pendiente e impostergable para las ciencias sociales en general y la psicología en particular.