Resumen

Introducción


Este artículo presenta el resultado de una investigación realizada en el conglomerado de asentamientos empobrecidos de la cuenca del Río Reconquista, del municipio bonaerense de San Martín, Argentina. Trabajamos con un grupo de mujeres migrantes, provenientes de zonas rurales, algunas de ellas migrantes internacionales y otras llegadas de las provincias del interior de Argentina, que se encuentran expuestas a condiciones ambientales vulnerables dado su cercanía con el río y el basural a cielo abierto más extenso de la región.


Objetivos


Identificar y analizar las dimensiones que, para las mujeres migrantes emplazadas en el Área Reconquista, representan la variable ambiental.


Método


Para este propósito se utilizó el método cualitativo con enfoque etnográfico, con base en lo cual se emplearon las técnicas de observación participante y entrevistas en profundidad, desde la perspectiva de la investigación-acción-participativa.


Resultados


En esta búsqueda aparecieron como principales las tareas de cuidado. Donde, si bien estas recaen en su multiplicidad sobre las mujeres sobrecargándolas, les permiten ampliar sus márgenes de participación política del barrio, sin, por ello, romper con los marcos patriarcales a los cuales los roles de cuidado las someten socialmente.


Conclusiones


La categoría “cuidado ambiental” nos permite pensar formas no disruptivas en que las actoras pueden correr de forma sutil sus márgenes de acción.        

Introducción

Esta publicación forma parte de las reflexiones de un proyecto de investigación-acción interdisciplinario en curso, emprendido a principios del año 2019. El cual, de manera general, indaga sobre la realidad que enfrentan miles de mujeres trabajadoras migrantes, residentes en la cuenca baja del río Reconquista (CCR), Argentina.

En la cuenca confluyen aspectos socioeconómicos, ambientales y culturales, que son cambiantes y, por tanto, resultan determinantes a la hora de comprender su evolución histórica. El río es el eje organizador de esa realidad, ya que su valor como recurso, infraestructura y corredor de biodiversidad permite entenderlo como eje estructurante en el proceso de larga duración de su transformación (Potocko 2018). Allí habitan más de 4.200.000 de personas, y es una de las zonas más contaminadas del país, en especial cuando llega al noroeste del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), en una zona denominada Área Reconquista (AR) del Partido de General San Martín.

El desplazamiento migratorio desde Paraguay y Bolivia, así como desde las provincias del norte argentino, a los casi 15 asentamientos de esta zona, está relacionado a la creciente merma de recursos naturales, como resultado de frecuentes inundaciones y sequías, al avance de la frontera agropecuaria y el monocultivo de soja transgénica, y se encuentra en el destino con otros problemas socioambientales, que generan inundaciones y problemas de salud a la población que la habita.

Es importante destacar que en esta zona se emplaza el relleno sanitario más grande del país, el Complejo Ambiental Norte III de la Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado (CEAMSE)[1]. Por esta razón, San Martín es el Municipio con mayor concentración de recicladores del país, la cercanía al relleno constituye una de las mayores fuentes de trabajo, sobre todo para el sector desempleado y de trabajo informal.

A su vez, es importante entender que las problemáticas ambientales y de vinculación al cambio climático afectan de forma diferente a hombres y mujeres, siendo estas últimas las más perjudicadas. Si bien las mujeres contribuyen menos que los hombres al cambio climático, sus efectos tienen alcance a la totalidad de la población: las mujeres y niñas son quienes los padecen en mayor medida (UN Women Watch 2009).

Asimismo, investigaciones regionales han detectado que, ante situaciones de desastres naturales, las mujeres ocupan un rol fundamental en la tarea de recuperación y autogestión (Vargas Easton, Pérez Tello y Aldunce Ide 2018), al adoptar posicionamientos de transformación más prolongada y profunda como «administradoras domésticas de la crisis ambiental» (Rico 1998). A su vez, estudios recientes en la temática marcan que las investigaciones realizadas presentan un faltante de análisis de los entrecruces entre mujeres y el medio ambiente en las poblaciones urbanas, y que se trabajan poco los enfoques sobre las interpretaciones ambientales, o la interacción rural-urbano (Vazquez García et. al. 2016).

Al seguir la distinción que realiza Durand (2008) entre percepción e interpretación ambiental, optamos por utilizar el segundo término, dado que encara el entendimiento que los actores conforman sobre el entorno como el producto de una interacción con el ambiente, y no solo como una inscripción de «la cultura» a la materialidad con la que conviven a diario. Esto nos permitirá indagar en la complejidad de sus representaciones en torno a la dimensión ambiental, al alejarnos de una explicación tautológica, y enfocarnos en la propia experiencia de la comunidad en estudio (Roncoli 2009).

El proyecto de investigación en marcha busca enriquecer esos interrogantes, al trabajar con las migrantes de forma situada y contextual en el territorio periurbano. Por lo tanto, nuestro recorrido comenzó preguntándonos por las interpretaciones en torno a la dimensión ambiental, y cómo era comprendida y abordada por las mujeres. En la indagación de este último punto, la categoría de «cuidado» emergió de forma reiterada a lo largo del trabajo de campo. Es decir, que las acciones referidas al cuidado –cuidar el barrio, a la familia y a la comunidad vecinal­– eran habilitadoras para hablar con las interlocutoras sobre las problemáticas medioambientales y las intervenciones que realizan sobre el entorno.

En el presente artículo nos proponemos dar cuenta, en primer lugar, sobre qué interpretaciones tienen las mujeres del AR sobre la dimensión medioambiental y cómo se relacionan con el mismo. Luego, pasaremos a analizar las maneras en las que se organizan para transformar sus realidades cotidianas, adentrándonos entonces a las tareas de cuidado, las cuales, si bien recaen en su mayoría sobre ellas y provocan una sobrecarga de trabajo, de igual forma les permite ampliar sus márgenes de participación política barrial. Esto no quiere decir que estas mujeres rompan con los marcos patriarcales, a los cuales los roles de cuidado las someten socialmente, sino que se abre un interrogante sobre cómo la categoría «cuidado ambiental» nos permite pensar formas no disruptivas de correr de manera sutil sus márgenes de acción, y plantea desafíos que interpelan a las ciencias sociales contemporáneas.

Como parte de la metodología, partimos de la propuesta de Fals Borda (2013) de investigación-acción-participativa (IAP), que combina el proceso de conocer y actuar, donde se implica en ambos casos a la población cuya realidad se aborda, y que incluye la observación participante en diversos espacios comunitarios y la realización de entrevistas en profundidad. Es desde esta perspectiva que emprendimos una investigación con enfoque etnográfico, con un doble rol y, por ende, un doble ejercicio de reflexividad que, siguiendo a Da Matta (1999), implicó «familiarizar lo exótico», para aquellas que nunca residimos en el área, ni compartimos la cotidianeidad de las mujeres migrantes, y, a su vez, «exotizar lo familiar», al entender que compartimos la misma cultura nacional y local (en especial para una de nosotras que nació y creció en uno de los barrios donde se lleva a cabo la investigación). Asimismo, este trabajo persigue el objetivo de la etnografía colaborativa (Rappaport 2018), donde no se busca la mera redacción de la misma, sino generar un aporte activista comprometido, en este caso, feminista.

En ese sentido, mucho del material de investigación recabado fue reutilizado para fortalecer las redes migrantes, al ajustar las acciones del proyecto a las relevancias que se iban detectando en el campo. Cabe aclarar que, con base en James Clifford (1988), consideramos que la autoría colectiva tiene que ver más con una utopía, que con una realidad concreta antropológica, por lo que reconocemos nuestra autoridad etnográfica e intentamos no abusar de ella.

La expansión de los márgenes de acción en el cuidado comunitario

Según el informe anual de la Secretaría General sobre el Plan Estratégico 2011-2017, de ONU Mujeres, el año con mayor migración de mujeres a nivel global fue el 2016, con el objetivo de mejorar sus condiciones laborales y sociales. Puesto que, para ellas, el proceso migratorio aporta expectativas y posibilidades para mejorar su calidad de vida. Además, para otras, el hecho de migrar también incluye el afrontar riesgos, al enfrentar situaciones asociadas a la precariedad laboral y la extrema necesidad de sustentación. Este desamparo conlleva, en algunos casos, a la explotación en determinados trabajos, la vulnerabilidad ante la violencia o, incluso, una posible captación para conformar redes de prostitución (Martínez Pizarro 2003).

En particular, en Argentina la realidad arroja algunas cifras a tener en cuenta: de acuerdo con los últimos datos publicados por la ONU, hay 2.164.524 de inmigrantes, lo que supone un 5% de la población. Entre los cuales, la inmigración femenina representa un porcentaje superior a la masculina, con 1.168.208 mujeres, lo que supone el 54 % del total de migrantes, frente a los 996.316 de varones, que equivale al 46 %. Si se observa en comparación el ranking de migración, vemos que nuestro país ocupa el 86º puesto del mundo en porcentaje de inmigración. En efecto, los principales países de procedencia de la migración en Argentina son Paraguay con el 34%, le sigue Bolivia en un 21% y Chile con 11%.

Aunque estos datos son significativos las cifras no explican las innumerables historias que hay detrás de los mismos y cómo esta población se desenvuelve en las zonas de destino. Si bien las motivaciones de las mujeres migrantes del AR no serán exploradas en el presente artículo, es importante señalar dos aspectos que destacaron en los análisis del material recabado. Uno de estos es el hecho de que la mayoría de las migrantes proviene de sectores rurales, donde el modelo neoextractivista avanza de manera incesante, con lo que provoca una combinación de adversidades socioeconómicas y ambientales fuertemente vinculadas entre sí (Svampa 2018). Esto nos abre un interrogante sobre el vínculo que las mujeres establecen con el entorno ambiental y las posibles continuidades con sus lugares de origen, respecto a la organización social por las mejoras de este.

El segundo aspecto que nos interesa acotar es que muchas de las mujeres participantes asociaban las motivaciones de migración al cuidado en distintos sentidos. Así, por ejemplo, señalan haber migrado por buscar una mejora para las condiciones de vida de sus hijos o hijas, ya sea para solventar a su grupo familiar en el país de origen o cortar con relaciones de violencia de género con sus parejas que afectaba también a sus hijos e hijas.

Si bien el rol de la mujer migrante es fundamental para pensar las estrategias de organización a nivel territorial, este ha sido un fenómeno invisibilizado hasta bien entrado el siglo XX, cuando los aportes de las investigaciones desde los enfoques de género y el fenómeno denominado «feminización de las migraciones» cuestionaron aquella invisibilidad. En la actualidad, el aumento real de la intervención femenina en los movimientos de población y la apertura conceptual a la figura de la mujer migrante, en el ámbito de las ciencias sociales, permitieron recuperar a este sujeto del anonimato y redefinirlo como un actor central de los movimientos migratorios (Guizardi, Gonzálvez Torralbo y Stefoni 2018, Herrera 2012).

En este marco, los estudios recientes sobre género y migración subrayan que los procesos migratorios son, en sí, fenómenos determinados por las relaciones de género y que el género es un principio estructurante de la migración (Magliano 2015). Mallimacci (2012) explica que, según la tradición, los estudios que vincularon el género y la migración en los contextos pos migratorios configuraron las relaciones de género como dependientes de las migraciones, y analizaron las posibles transformaciones que el movimiento migratorio pudo haber generado en las mujeres.

Así, según Mallimacci (2012), se fue cristalizando el supuesto de que, analizar las migraciones desde esta perspectiva, implicaba evaluar la mayor o menor opresión sufrida por las migrantes. La evidencia empírica mostró una heterogeneidad al respecto, con lo que se desterró esta conjetura: algunos trabajos daban cuenta de que la autonomía anterior de las mujeres no era revalidada en sus residencias actuales, en otros, la migración les brindaba una mayor autonomía y valorización de lo femenino. En nuestra investigación, si bien el cuidado aparece como una variable ineludible de analizar a la hora de estudiar las motivaciones que tuvieron estas mujeres al migrar, también resulta importante apuntar las rupturas y/o continuidades que este presenta en su vida actual, sin presuponer que la migración las limita o habilita por igual.

El concepto de cuidado, o care, es bastante reciente para las Ciencias Sociales y aún es objeto de múltiples discusiones. Según la revisión y análisis que realiza Letablier (2007), se trata de una noción polisémica, con un carácter multidimensional, pero que ha sido útil para destacar que, el cuidado, alude a una necesidad de todas las personas en todos los momentos del ciclo vital, aunque en distintos grados, dimensiones y formas: «Por cuidados podemos entender la gestión y el mantenimiento cotidiano de la vida y de la salud, la necesidad más básica y diaria que permite la sostenibilidad de la vida. Presenta una doble dimensión «material», corporal –realizar tareas concretas con resultados tangibles, atender al cuerpo y sus necesidades fisiológicas– e «inmaterial», afectivo relacional –relativa al bienestar emocional–» (Precarias a la deriva 2005; Pérez Orozco 2006, 10).

Con base en el análisis histórico de Pateman (1995), El Contrato Sexual, donde se implicó, en términos generales, que la tarea de los cuidados fuera asignada al rol social femenino. En América Latina, aunque en las últimas décadas se registra un considerable aumento del modelo de doble provisión en los hogares heterosexuales –tanto jefes como jefas aportan con su trabajo a los ingresos del hogar– (Wainerman 2003), la conciliación entre tareas de cuidado familiar y labor de trabajo sigue presentando una brecha de género importante en detrimento de las mujeres, en particular con los sectores socioeconómicos más desfavorecidos (Faur 2005).

Por tanto, nuestro trabajo analítico consiste en descentrarnos de la mirada liberal de ciertos feminismos, que desatienden las relaciones de poder implicadas de forma interseccional (Mohanty 2003; Lugones 2005). En ese sentido, es preciso analizar las prácticas de cuidado de forma situada, en el contexto social en el cual las mujeres se encuentran y sus formas concretas de transformar (o no) sus percepciones en torno a los roles de género. Para ello debemos comprender las relaciones de género, en conjunción con la particularidad de su trayectoria migratoria rural-urbana, como también las variables de clase y de condiciones ambientales que influyen en su cotidiano.

Por consiguiente, nos resulta pertinente retomar las reflexiones de Marilyn Strathern (1984), quien llama a desentender las categorías occidentales que dividen lo público y lo privado a la hora de pensar «lo doméstico» y su vinculación con el rol femenino. De acuerdo con la autora, el desprestigio occidental sobre este ámbito, ligado a lo individual en contraposición a lo social, no es extenso a todas las sociedades, contextos y culturas. Es decir, asociar lo doméstico a un ámbito donde las mujeres son relegadas al aislamiento social, implica supuestos que pueden darse o no en distintos ámbitos. Aunado a este movimiento analítico, proponemos abrir la pregunta, por las formas en las que las mujeres migrantes del AR (responsabilizándose sobre la esfera doméstica) se ocupan de tareas asociadas al cuidado, ampliando sus redes sociales y no reduciéndolas.

Al continuar las reflexiones de Gilligan (2013) sobre la «ética del cuidado», y cómo las mujeres definen y afrontan los problemas morales de manera distinta a los hombres, surgieron otros análisis que promueven una «ética de los cuidados» contradictoria con la idea de la autonomía liberal.

En esa misma línea, las reflexiones de Tronto (1994) permiten pensar la esfera del cuidado más allá de la atención directa a niños, adolescentes, adultos mayores, entre otras corporalidades que precisan de un otro para el sostenimiento de la vida. Así, las intervenciones sobre el entorno, al mejorar las condiciones de vida, son parte de esta dimensión del cuidado y no un cuidado con una ética particular y diferenciada (Laugier 2015). Asimismo, el rol del cuidado comunitario ha sido analizado en diversos casos argentinos, con lo cual se muestra cómo la esfera del cuidado no se puede acotar a sujetos individuales o el hogar (Fournier 2017, Rodríguez Enriquez y Marzonetto 2015, Esquivel 2013, Pereyra y Esquivel 2017, Pautassi y Zibecchi 2010).

Por su parte, Zibecchi (2019), argumenta que el cuidado se materializa en el trabajo comunitario, penetrando en espacios como las instituciones estatales, privadas y en distintos espacios de organización social, con una carga afectiva que, al asociarse a lo femenino, termina desvalorizando dichas tareas. Al realizar este estudio del cuidado comunitario se da pie a indagar sobre la interacción que los sectores marginados entablan con la dimensión ambiental para buscar el cuidado de su comunidad, frente a una carencia estatal para acceder a servicios o para mejorar las condiciones de vida que el entorno les provee.

A su vez, estudios, como los de Rosas (2018), remarcan la manera en la cual esa acción comunitaria presenta jerarquizaciones articuladas en cuanto al género, así como a la raza, clase y el origen migratorio, aspectos que serán atendidos en el presente análisis. Por lo tanto, debemos considerar que una ampliación en sus márgenes de acción no implica un aumento en la escala jerárquica de poder en términos de género, clase y nacionalidad. Como bien sostiene Saba Mahmood (2008), la agencia social de las mujeres no se encuentra únicamente en los mecanismos de resistencia al orden patriarcal, asociación que suele sujetarse sobre un supuesto liberal en gran parte de la teoría feminista.

Aunado a esto, Kunin (2018) señala que el cuidar ofrece, paralelamente, limitaciones y posibilidades de agencia a las mujeres. Es por eso que resulta interesante analizar la tarea de mejora sobre el entorno de las migrantes del AR en sus distintas aristas, dado que centrarnos en una mirada que apunta solo a denunciar la sobrecarga de tareas, que arrastra el imaginario social de géneros, puede limitar el análisis sobre las tácticas que emplean para adquirir cierta agencia.

Sin embargo, esto no implica hablar de una mejora de las mujeres del AR en sus relaciones de poder, a partir de las tareas de cuidado. Su cotidianeidad no deja de darse en lugares marginales, y sus voces aún no encuentran una repercusión traducida en su totalidad en las políticas públicas, ni marcos sociales barriales. No obstante, sí permite indagar en cómo estas aprovechan los intersticios de poder en sus prácticas de cuidado cotidianas, transformando de manera sutil sus márgenes de acción, sus redes y, a la par de ellas, el entorno en el cual viven.

El cuidado ambiental situado y colectivo

El Área Reconquista está conformado por un entramado de 15 barrios, los mismos fueron construidos por los vecinos migrantes, quienes de manera emergente levantaron las paredes de sus hogares, sin una previa planificación, por ejemplo, del trazado de veredas y calles. Por consiguiente, hay que destacar que estas tierras, no contaban con el acceso a cloacas, agua potable y demás servicios básicos esenciales. En específico, en la localidad de José León Suarez se encuentra la Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado (CEAMSE), que recibe los residuos de la Ciudad de Buenos Aires, 35 municipios y de la planta recicladora Bella Flor, donde se emplea a una variedad de trabajadoras recicladoras vecinas del AR, que reciclan 15 toneladas de basura diaria.

En los siguientes apartados se escucharán las voces de siete mujeres entrevistadas, que residen y participan en distintos espacios comunitarios con el propósito de recuperar las lógicas y sentidos que construyen en torno a los cuidados comunitarios, y cómo las tareas de cuidado y trabajo se entrelazan con la intervención en el medio ambiente. Asimismo, la intención de la exposición de las experiencias de las mujeres ha sido demostrar que estos trabajos de cuidados ambientales que realizan refuerzan los lazos entre barrios, comunitarios y de cuidado, hacia sus redes afectivas, cercanas y/o familiares. Cabe destacar que estas interlocutoras construyen su referencia de barrio entrecruzada con las organizaciones sociales y políticas.

Así pues, les presentaremos a Paula, 40 años, hija de una familia chaqueña y primeros pobladores del barrio Congregación, en José León Suarez. Paula es la presidenta de la Cooperativa 17 de octubre, de obra y construcción. Asimismo, es quien coordina a diario, junto a Susana (barrio Costa Rica, 55 años) el trabajo de limpieza y saneamiento de los brazos afluentes de agua del Río Reconquista en José León Suarez, en el marco Programa Provincial Arroyo[2], el cual recluye a diario a 25 trabajadores, entre los que se encuentran 15 son mujeres, quienes se encargan de limpiar a mano las aguas contaminadas del Arroyo Cárcova, Partido de General San Martín.

Para ingresar a este programa se debe ser residente del AR y estar inscritos en algunos de los programas sociales nacionales «de acceso al trabajo», entre ellos los denominados Argentina Trabaja, Hacemos Futuro y Salario Social Complementario. Cabe destacar que, frente a las variadas necesidades de acceso a los recursos para la sostenibilidad de la vida, estas mujeres participan o lideran espacios esenciales para el cuidado de los otros, como lo son los merenderos y comedores en los distintos barrios del AR.

Otra de las entrevistadas es Susana (paraguaya, 55 años), quien, además de ser coordinadora de la cuadrilla de limpieza y saneamiento en el Arroyo, es referente barrial, y como tal se «pone al hombro lo que haya que hacer». Entre esas acciones que expresa Susana, conoceremos cómo organizan el cuidado a partir de compartir alimentos en el comedor, realizar apoyo escolar y estar atenta a la necesidad socioeconómicas en el barrio, que van desde una inundación, hasta un caso de violencia de género.

En esta línea de ampliar los márgenes de cuidado y atención, las hijas de Susana se organizan en el Barrio Costa Rica para acompañar a otras mujeres, en su mayoría paraguayas, al sostener distintas actividades socioculturales y servicios para la comunidad en general y las mujeres migrantes en particular, tales como apoyo a consumos problemáticos, consejería en salud sexual integral, asesoramiento para documentación migrante, entre otros.

Por su parte, en el Barrio Las palmeras, las mujeres se organizan para acceder a la culminación educativa en un Plan de Finalización de Estudios (FINES), en el cual asisten en su mayoría mujeres migrantes de Paraguay. Estas, junto con la familia de Paula, sostienen dos espacios merenderos, uno en el Barrio Congregación y otro en el Barrio Cochabamba, liderado por Rita (53 años, chaqueña), hermana de Paula. Las mujeres hasta aquí mencionadas, motorizan la misma impronta y apuestan en la obtención de acceso a derechos «Para los chicos del barrio, alimentos y educación [...] para nuestros jóvenes, trabajo» (Paula, comunicación personal).

Una vez establecido esto, es importante considerar que, en las primeras etapas de la investigación, la búsqueda de la «dimensión ambiental» se transformó en un ejercicio de «reflexividad», ya que, aunque estas mujeres viven en un contexto de deterioro ambiental extremo, la categoría como tal no aparecía en los relatos. A lo largo del trabajo de campo, la idea primigenia de pensar la categoría de cambio climático se iba diluyendo para tomar otras formas. Para ello, tuvimos que establecer dimensiones que nos permitieran pensar la idea de un medioambiente situado. Este proceso se dio a través de dos ejes que aparecen sin esfuerzo en casi todos los relatos: la salud y la mejora de las condiciones habitacionales. Esta última pensada desde dos puntos de vista, uno puertas adentro del hogar, con la mejora de la propia vivienda, y otro punto de vista a partir de «tirar cemento» y mejorar el entorno.

Dicho lo anterior, en este apartado nos proponemos desarrollar esas dimensiones, para luego dar cuenta sobre cómo las mismas se vuelven motor para la participación y organización de las mujeres, a partir de la categoría de cuidado ambiental. En esta línea, detectamos que la interpretación con respecto a la dimensión ambiental se encuentra bastante vinculada con las necesidades básicas a resolver y el acceso de recursos socioeconómicos y habitacionales. Por tanto, nos interesa indagar acerca de las distintas maneras en las que las interlocutoras interpretan y se vinculan con el medioambiente.

En este sentido, entretejimos los recuerdos de las mujeres que residían hace más tiempo en la zona, quienes recuperan un antes semirural y una continuidad de hábitos rurales para la subsistencia, como resultado de la urbanización no planificada y sobrepoblada en algunas de las barriadas en el AR. Es decir, la no planificación de los barrios empobrecidos reconfiguró las lógicas de subsistencia de las mujeres, lo que planteó una salida de los hogares hacia los espacios públicos aledaños en búsqueda de formas de subsistencia, como lo son el reciclado de basura, el «rebusque», el relleno de territorios de cuenca y la limpieza de los brazos de agua del Río Reconquista.

Aunado a esto, es interesante dar cuenta de las estrategias que despliegan las mujeres residentes de esta zona, al revisar qué dimensiones de lo ambiental resultan relevantes para ellas, cómo se relacionan ese ambiente a simple vista contaminado, qué significaciones dan a esas interacciones y qué tácticas organizan para el cuidado. Además de cómo circula la noción de cuidado en esa interacción con el medioambiente que profesan ellas en su diario vivir.

La salud como emergente del daño ambiental

La salud es la variable principal a partir de la cual lo ambiental es percibido como problemático por las mujeres. Es decir que, frente al interrogante que moviliza este trabajo y por donde indagamos en torno a cómo las mujeres migrantes perciben el medioambiente, el concepto es materializado por las interlocutoras como aquellas afecciones que ellas detectan en las infancias que cuidan en los comedores comunitarios, incluidos sus familiares. No obstante, para las mujeres que trabajan en los residuos de la planta de reciclaje o limpian el Arroyo suelen percibirlo en la piel, ya sea por el olor que les deja «meterse hasta dentro de la caca» (Rita, comunicación personal) o por los sarpullidos que figuran en distintas partes del cuerpo, en particular aquellas que quedan al descubierto de las protecciones que les otorga el uso de botas de agua, gafas protectoras, cascos y guantes. Estas afecciones varían entre enfermedades como el dengue, los problemas dermatológicos y respiratorias –asma, neumonía­ y diversas dolencias pulmonares crónicas que limitan el flujo de aire en los pulmones, denominadas como EPOC–. Algunas de ellas están asociadas a los desarmaderos de auto, donde se junta una gran cantidad de «cacharos»[3] que acumulan agua estancada, así como también a los basurales, su contaminación a las aguas subterráneas y la quema de basura.

Establecido lo anterior presentamos a Carolina (46 años), migrante de la provincia de Misiones, Argentina, donde oficiaba como trabajadora pasera, refiere a las personas que trasladan mercadería en los cruces de los ríos. En la actualidad es cocinera de un centro cultural del barrio San Lorenzo, donde prepara los almuerzos para los niños del jardín que allí se ubica. Al preguntarle por las problemáticas medioambientales de la zona, remite a un espacio basural de lindero, donde a diario se quema basura. Ella suele ser quien cierra ventanas y puertas del jardín cada vez que siente olor a basura quemada, además, asegura que esta práctica es el motivo por el cual las infancias del barrio presentan problemas de pulmón.

Aunado a ello, algo similar señaló Élida (45 años), una migrante de Paraguay que vive en el barrio Costa Rica. Al preguntarle por las problemáticas ambientales, lo suscribió de manera directa a la salud de sus hijos e hijas, habló sobre el asma de estos y lo vinculó a la contaminación que detecta en los «olores muy feos [que aparecen por las noches], no hay, en mi familia, antecedente de asma. Y mis dos hijos tienen asma, y nos dijeron que, por lo menos los médicos, que es por eso, por el lugar» (Élida, comunicación personal). A su vez, puede inferirse que el cuidado ambiental, categoría que ampliaremos más adelante, aparece para Élida en la educación que buscó para sus hijos, a quienes asegura haber insistido en que realicen sus estudios secundarios en una escuela técnica para ser maestro mayor de obras, dado que, a diferencia del bachillerato, «salen de ahí sabiendo levantar paredes» (Élida, comunicación personal), que, como evidenciamos en este apartado, está vinculado con la mejora del entorno de la población del AR.

Asimismo, la salud aparece ligada a la cuestión estructural en otras conversaciones, como sucede en el caso de Paula, una referente barrial cooperativista del barrio Congregación, quien establece que «acá el primer problema de salud es el hambre y las condiciones poco dignas de las viviendas» (Paula, comunicación personal.. A su vez, para ella, las problemáticas medioambientales también están vinculadas a las condiciones de trabajo, de las familias, dado que, según señala Paula, al liderar distintos programas de salud y saneamiento ambiental observa en ellos condiciones de precariedad laboral en las que trabajan este grupo de personas. Al realizar la entrevista tanto ella como el grupo de mujeres de su familia que son vecinas del barrio, les preguntamos acerca de cómo percibían algunas afecciones en las niñeces que concurren al comedor, sus hijos e hijas incluidos. Como respuesta, las tres señalaron que el primer problema que presentan la población más joven es el hambre y la falta de un espacio de contención. En el caso de la de menor edad, esta suele enfermarse de la piel en el verano, con granos, forúnculos y sarpullidos, y en invierno son más proclives las enfermedades relacionadas con el sistema respiratorio. Paula expresa que esto se da debido a que «están todo el día en la calle, la cultura de la calle…juegan en la basura […] se van más al fondo y se meten al agua», aunado a que «sus casas no tienen condiciones dignas» (comunicación personal).

Por otro lado, la problemática ambiental aparece vinculada con los insumos que consiguen para alimentarse. En este caso la hermana de Paula, Rita (53 años), vive en Cochabamba, un barrio vecino. Están separadas por el trazado de las vías de tren de la línea nacional Mitre, una montaña de basura y un brazo del arroyo en el cual trabajan junto a otras mujeres cooperativistas. Rita nos comentó que, con su salario como trabajadora de saneamiento del Arroyo, junto con el ingreso del salario de su marido y otros «rebusques», les alcanzaba para mantener a su familia. Al volver a indagar sobre dichos rebusques, Rita los describió como «salir a buscar comida», en referencia a las estrategias para conseguir insumos para preparar alimentos, «salgo junto a mis hijas en dirección a la montaña de basura ubicada en la quema» (comunicación personal).

Allí, cuenta Rita, cosechan verduras que crecen en el camino –acelga, calabaza y tomate–. Sobre esto, nos aclara que jamás sufrieron repercusiones por comerlas y se encuentran saludables, aunque no desconoce que estas crecen en un terreno impregnado de químicos tóxicos que los trabajadores de una planta recicladora cercana vierten para acelerar la descomposición de la basura. Sin embargo, ante la urgencia de «llenar la olla», al igual que otras mujeres de la zona, manipula el habitar en la contaminación, puesto que, además de percibir los olores que despiden el arroyo y el basural, su trabajo radica en la limpieza del arroyo como tal.

Lo anterior se complementa con que, cuando le preguntamos acerca de su percepción de las aguas del arroyo, nos expresó que estas se ven sucias y contaminadas por los desechos que tiran las familias más precarias que viven en la parte nueva del barrio, la cual se ubica cruzando el agua. Además, en el momento en el que realizamos un recorrido por el lugar, observamos que estas familias viven en casas de cartón, lona y otros materiales emergentes. Las mismas tiran sus desechos humanos y las aguas grises (con residuos de los detergentes que utilizan para asearse y lavar la ropa) en las aguas del Arroyo. Rita también mencionó que ha visto animales muertos en el arroyo y desechos de las fábricas del distrito.

Con base en lo anterior, Rita reconoció esta zona como un lugar de peligrosidad para la salud, tanto propia como de las personas que trabajan junto con ella, hace referencia al mal olor de las aguas, aclarando que este queda impregnado en las ropas de trabajo y en la piel, donde también aparecen erupciones y sarpullidos sobre su brazo, hombro y espalda.

De manera que la afección medioambiental en sí no es comprendida como una problemática per se, sino que se percibe en los cuerpos ajenos cuyo cuidado está bajo su responsabilidad y en los cuerpos propios cuando estos son situados en el ámbito laboral. Estos aspectos entran en relación con las reflexiones de Nari (2004) referidas al maternalismo político y cómo las mujeres históricamente se comenzaron a vincular con el Estado a través de las tareas de cuidado maternal. En el caso estudiado, la salud es una variable «a cuidar» que emerge en nuestras conversaciones sobre las problemáticas ambientales que tenemos con nuestras interlocutoras del campo. Al revisar cómo el cuidado operó en la investigación de Nari (2004) como llave para luchar por otros derechos por fuera de la maternidad, se despierta el interrogante sobre la posibilidad de que el cuidado sea reconfigurado por las mujeres migrantes del AR, lo que les permite abrir puertas para su introducción en escenas donde no suele concedérseles lugar.

El hábitat como expresión del daño ambiental

Ahora bien, al analizar los problemas ambientales por fuera de la corporalidad humana, las reflexiones suelen vincularse con la vivienda propia, el entramado barrial y el acceso a servicios básicos como la luz, el gas, el agua, las cloacas, la recolección de basura, entre otros.

Con respecto a la tarea de construcción como mejora de las condiciones de vida ambientales, es ineludible asociarlo, por un lado, a la idea de progreso laboral marcado antes por Paula, y también por Élida en relación con la educación que recibían sus hijos, y por otro al interés comunitario barrial de la mejora de su entorno. En este segundo punto es importante señalar que las construcciones que realiza la cuadrilla de obra que preside Paula son respetadas en el barrio, puesto que son direccionadas hacia la mejora de las viviendas y veredas de los vecinos del territorio.

En conjunción con lo anterior, se presenta a Elsa (66 años), una vecina chaqueña del barrio Congregación, la cual nos expresa en sus relatos los recuerdos de un Área Reconquista semirrural, donde era ella quien se quedaba a cargo «de mi rancho» y de sus hijos (comunicación personal). Elsa conmemora que podía alimentar a sus hijos con lo que cosechaba, cazaba o pescaba. No obstante, esas tierras cultivables y disponibles fueron ocupadas por una creciente urbanización de casas no planificadas, la montaña de desechos de los basurales ilegales a cielo abierto y el arroyo con aguas contaminadas.

En adelante, se observa cómo las experiencias de las mujeres, desde los límites de la urbanidad, encuentran en los recursos propiciados por las organizaciones sociales y políticas ampliar en cierto sentido sus márgenes de acción para la mejora de su entorno.

Así pues, está el caso de Mirta (41 años), una migrante paraguaya que lidera un merendero –junto a una connacional– y una cooperativa textil en el barrio de Costa Rica, quien nos contó sobre reuniones que se realizan en la capilla del barrio junto con distintos vecinos y organizaciones sociales locales. El objetivo de aquellas reuniones, según Mirta, era pensar soluciones para problemáticas ambientales del barrio, como aquella tratada en ese evento que giraba en torno a «problemas que hay en el barrio» (comunicación personal). Cuando se le preguntó en específico a qué se refería con las problemáticas, indicó que se trataba de postes de luz y cableados instalados de forma precaria y peligrosa para las personas residentes.

Por consiguiente, a partir de los relatos, pensamos el concepto de cuidado ambiental como categoría central en nuestro trabajo, no solo como aquella actividad que recae con peso sobre las mujeres, sino debido a que se vuelve una herramienta fundamental de agencia y ampliación de sus márgenes de acción. En este contexto, la organización es un elemento central para pensar la transformación tanto de los espacios barriales, como para dar sentido a los proyectos de vida. La participación en distintas cooperativas vinculadas a cuidados ambientales y de hábitat permiten dar cuenta de este proceso en forma cristalizada. Si bien, las mujeres realizan sus tareas de cuidados tanto de forma individual como colectiva, es esta última la que nos ayuda a pensar cómo correr los márgenes de autonomía.

Ejemplo de ello es el caso de Paula, ella propuso abordar lo medioambiental desde su cooperativa de obra y construcción para el mejoramiento de una plaza en un barrio ubicado en el centro del AR, asimismo nos comentó en una de las entrevistas que ella había presentado un proyecto de mejora ambiental al intendente, pero que eso no había prosperado. Este se trataba de la construcción de unas rampas de cemento al lado de la costanera del arroyo de Cochabamba, para que las personas arrimaran la basura allí y los desechos no llegaran a las aguas del Arroyo. En lo que respecta a la nueva propuesta (mejora de la plaza), la referente asoció este proyecto a la mejora ambiental y como la producción de espacios recreativos para niños y niñas, dado que este lugar se encontraba en desuso.

Por otro lado, entendemos que la participación de mujeres, de clase baja, e inmigrantes encuentra también su especificidad en las sociedades de origen y destino. La cultura política donde los agentes se desenvuelven tiene figuras hegemónicas en relación con la clase, la etnia y el género que reconfigura los modos de participación (Nejamkis 2014). En nuestro caso, se ha observado una participación y una preocupación constante de las mujeres con respecto a los problemas de su barrio. La organización comunitaria asociada a las mejoras barriales está bien instalada en el Área Reconquista. Sin embargo, el cooperativismo no es solo una forma de organización, sino también una salida laboral para la población del área.

Pongamos por caso a Rita (53), quien trabaja en el Programa Provincial Arroyo, encargado de la limpieza y el saneamiento de los brazos de agua del Río Reconquista, en el Partido de General San Martín; en su entrevista observamos algunas distinciones con respecto a su identidad como trabajadora. Si bien el tipo de trabajo que realiza actualmente es percibido por ella como que «hacemos una tarea insalubre» (comunicación personal), Rita se identifica como trabajadora desde que participa del Programa de limpieza y saneamiento de aguas y espacios verdes en el Área Reconquista. Respecto a su trayectoria laboral, agrega que antes nunca había trabajado, expresión que llamo la atención a la investigación, ya que, al profundizar la entrevista, nos comenta que en su cotidianeidad de años anteriores al ingreso al Programa, salía todas las tardes con el carro a cirujear[4] por Capital Federal y volvía a las tres de la mañana. Por lo que interpretamos que, a esa actividad, no la consideraba como laboral, sino una tarea que reforzaba la economía familiar, sostenida por el ingreso de su pareja (comunicación personal).

Luego, se presenta el caso de La Cooperativa 17 de octubre, esta es disruptiva en el territorio por varias razones. En principio, porque está liderada por una mujer, lesbiana y madre: Paula, y luego porque la composición de la cuadrilla es mixta. En su mayoría, aloja mujeres que trabajan en labores tradicionalmente ejercidas por varones. Con respecto a esto, Paula expresó «acá no hay trabajo de hombre o de mujer, acá hay trabajo que hacer para mejorar el barrio, la casa de una vecina, pintar una escuela o levantar las paredes de un merendero, a donde nos llaman y hay trabajo nosotras vamos» (comunicación personal).

Cuando le preguntamos a las trabajadoras acerca de qué cambios percibieron en su tarea de mejora del ambiente, con la irrupción en los espacios políticos a partir del trabajo cooperativo, Susana nos señaló que ahora les pagaban por esa actividad que ellas venían llevando a cabo de forma gratuita. Ella agrega, con una conciencia ambiental, que antes del dinero, como así también ahora, realizan ese trabajo para mejorar las condiciones de vida alrededor de su vivienda.

En suma, las prácticas centrales, de lo que denominamos en este artículo como cuidado ambiental, se han observado con mayor fuerza en las diferentes participaciones que las mujeres tienen en las cooperativas o en el trabajo comunitario. En este sentido el cuidado se vuelve una práctica política cotidiana, muchas veces invisibilizada tanto por las mujeres, el Estado, así como por las organizaciones políticas del territorio.

En base a lo anterior, consideramos que es fundamental para nuestra investigación avanzar en tres líneas de análisis. Por un lado, cómo es vivenciado la dimensión ambiental en los sectores populares (Carman 2017; Auyero y Swistun 2008) con relación a los discursos dominantes del cambio climático impartidos por las clases medias y altas. Por otro lado, desentrañar acciones de respuesta, en torno a lo ambiental, más allá de los movimientos ambientalistas y de la organización concreta. Y, por último, conocer cuáles son las especificidades de este proceso en mujeres migrantes, las cuales presentan diversas experiencias en relación con el habitar entre sus lugares de origen y destino.

Reflexiones finales

El trabajo de campo nos permitió comprender cuál es el lugar que estas mujeres otorgan a las problemáticas del entorno, a la vez que evidenciar las estrategias que desarrollan en la búsqueda de mejoras en esta área. Asimismo, nos llevó a reflexionar sobre cómo la dimensión del cuidado se entrelaza constantemente con lo ambiental, lo cual torna imprescindible para nuestro análisis la categoría de cuidado ambiental. Esta nos habilita unir varios conceptos sobre los cuales indagamos a lo largo de nuestra investigación, a la vez que evidencia el accionar colectivo de las mujeres migrantes desde una perspectiva del cuidado, la misma se aleja de la idea liberal que lo asocia a esferas individuales y del hogar.

Entonces, el proceso analítico de este artículo nos condujo a diversos cruces e interrogantes. Por un lado, detectamos que las problemáticas medioambientales no son entendidas por las mujeres migrantes que las padecen como una problemática per se. Estas las localizan, primero, en los cuerpos ajenos a cargo de su cuidado y, luego, en las corporalidades propias cuando éstas circulan en el ámbito laboral. Este último grupo de mujeres sabe que exponen el cuerpo en lo profundo de la contaminación, reconocen el peligro, pero el sentido que encuentran, lo expresan en cuanto a la salud en términos de «trabajo», «salario» y «alimentos», al igual que lo asocian a la mejora de condiciones de vida de su familia, sobre todo, en relación a la infraestructura barrial y de vivienda.

En ese sentido, la manera en la cual las migrantes de AR configuran el cuidado, incluida la dimensión ambiental, les provee la posibilidad de adentrarse en las prácticas de organización barrial, cooperativista y de participación política del área. Siendo que, como bien evidenciamos, el cuidado aparece como sostenedor de gran parte del andamiaje territorial pensamos el cuidado ambiental. No tanto como una actividad más para sumar a la sobrecarga de tareas de las mujeres (que también lo es), sino como una herramienta fundamental de agencia y ampliación de sus márgenes de acción. Son las mujeres las que, por un lado, entretejen saberes que conviven entre conocimientos rurales y saberes socio comunitarios territoriales. Son, por otro lado, hábiles interlocutoras que amplían sus márgenes hacia el acceso de recursos socioeconómicos. Con esta lógica de agenciamiento motorizaron las acciones para conseguir dinero a través del cuidado comunitario y el trabajo territorial.

En síntesis, entendemos que la categoría de cuidado ambiental nos permite unir varios conceptos sobre los cuales se indagó a lo largo de nuestra investigación, lo cual nos ayuda a ampliar el conocimiento acerca de cómo la dimensión global del cambio climático, puede ser observado en lo local. Siendo que, desde la percepción local, el concepto de CC resulta lejano a las problemáticas territoriales concretas se observó, como las mujeres se ven expuestas en lo cotidiano y actúan sobre ello. Por lo tanto, la mitigación de las problemáticas medioambientales en el territorio nos da pautas para comprender cómo se mueven los márgenes de acción de las mujeres con respecto a sus lugares de origen y, al mismo tiempo, nos permite recuperar los saberes rurales en la urbanidad.

Consideramos que esta polifonía nos invita a reflexionar en varios sentidos, sin embargo, no quisiéramos dejar de expresar lo importante que es desligarse del velo clasista para profundizar el nivel análisis a efectuar: una mirada sociológica objetiva nos permite visualizar cómo estas mujeres refuerzan los lazos inter barriales, comunitarios y de cuidado, hacia sus redes afectivas, cercanas y/o familiares. Por otra parte, es cierto que la contaminación en el territorio ha crecido y es lógico que la peligrosidad de esta para la salud sea ineludible. No obstante, el AR es «su casa y su barrio» (Comunicación personal) para estas mujeres, pues es en ese territorio desde donde amplían sus márgenes de acción para «salir adelante» (Comunicación personal) o lo que ellas ponderan para la obtención de recursos.

Es decir, a partir de un propio trabajo de reflexividad, como mujeres, universitarias y de clase media nos preguntamos ¿quiénes somos nosotras para señalar cómo deben conseguir sus recursos las mujeres que conviven con ambientes vulnerados?, ¿qué valorizaciones se esconden detrás de apuntalarles trabajos «menos opresivos» a los cuales deberían acceder? Con estas preguntas no queremos contraponer las experiencias entre investigadoras y mujeres nativas, ni descentrar las responsabilidades de un Estado capitalista y patriarcal que ha funcionado de forma efectiva por siglos. Por el contrario, nos proponemos habilitar canales de reflexividad en torno al trabajo de campo, que nos permitan ampliar nuestros horizontes de sentido al incorporar los saberes de las interlocutoras a las discusiones académicas. Compartimos nuestros propios cuestionamientos y dejamos estas indagaciones abiertas con la intención de profundizarlas en el futuro.