Resumen

Introducción


Diversas investigaciones han demostrado que, en las dos primeras décadas del siglo XXI, a pesar de los avances en la escolarización y en los programas de ingresos en el país, persistieron diferencias al interior de la generación de jóvenes, esto dio como resultado condiciones desiguales de vida según género, sector social y lugar de residencia. Así, las juventudes se enfrentan a una estructura de oportunidades ampliamente segmentada.


Objetivo


En este sentido, este trabajo pretendió caracterizar e indagar en las condiciones laborales y de hábitat de las personas jóvenes que viven en barrios marginalizados en un gran aglomerado urbano, el Gran Buenos Aires. Lo anterior da cuenta del marco acotado de oportunidades que se les presentan, y del papel de las organizaciones sociales de base territorial en la construcción de proyectos de vida alternativos.


Método


En tanto este estudio se enmarca en un proyecto de investigación–acción, se utilizó una metodología de investigación entre pares, la cual supuso la aplicación de una encuesta por parte de jóvenes miembros de una organización social a personas de entre 18 y 35 años, quienes asistían a diversos centros comunitarios de ese territorio. Asimismo, se realizaron grupos focales con quienes participaron como investigadoras e investigadores pares.


Resultados


Los resultados mostraron la existencia de trayectorias laborales marcadas por la precariedad, la informalidad y largos períodos de inactividad, así como la relevancia del desarrollo del mercado de drogas en sus barrios y las divergencias en estas dimensiones, según el género.


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Introducción

El aumento de las desigualdades en el contexto de la crisis económica y social, producto de la pandemia del COVID-19, (Assusa y Kessler, 2020; CEPAL, 2020; Narodowski y Campetella, 2020) otorga nueva relevancia al debate sobre la inserción laboral de las juventudes de sectores populares, al tiempo que ofrece una reflexión sobre el futuro cercano de nuestras sociedades. Los problemas laborales de las juventudes no son nuevos, ya que inclusive en el contexto de crecimiento económico y de protección social de las primeras décadas del siglo XXI, continuaron constantes sobre todo entre los grupos juveniles de menores recursos (Miranda y Alfredo 2018).

Sobre el final de la segunda década del siglo, el debate se renueva frente a la situación excepcional provocada por la pandemia y sus efectos sobre las economías y los mercados laborales, esto generó la profundización de las problemáticas estructurales en los grandes centros urbanos, con amplias consecuencias en las oportunidades de las personas jóvenes de sectores populares. La tercera década de nuestro siglo requerirá acciones positivas y sostenidas de reconstrucción de las trayectorias interrumpidas de la generación que está ingresando a la vida adulta, en un contexto que en nuestros días es aún incierto.

El campo de los estudios de juventudes tiene la capacidad de contribuir en la elaboración de programas y políticas públicas, a partir de diagnósticos y construcción de evidencia que permitan discernir las mejores acciones para actuar en tiempos de crisis. Este campo se encuentra consolidado tanto en el norte como en el sur global (Cuervo y Miranda 2019), y en América Latina la producción es amplia y plural. Se distinguen dos corrientes o paradigmas teóricos centrales: 1) el enfoque generacional que integra la perspectiva culturalista centrada en la productividad juvenil, y 2) la perspectiva biográfica que permite captar la interacción entre agencia y estructura y que, con algunas deficiencias, incluye la dimensión identitaria, la cual aborda las biografías desde una óptica multicausal (Pérez Sainz 2019). El presente estudio trabaja en la segunda perspectiva, al tiempo que trata de integrar dimensiones afectivas e identitarias y de forma particular la perspectiva de género, muchas veces soslayada en los estudios de juventud(es).

El artículo aborda fenómenos que se desarrollan en el Gran Buenos Aires, el aglomerado urbano de mayor envergadura de la Argentina, durante finales de la década de 2010. Parte de la idea de que, a pesar de los avances en la escolarización y los programas de ingresos en el país en los últimos años, persistieron amplias diferencias al interior de esta generación, con condiciones muy distintas ya sea por género, sector social y lugar en el que habitan las personas jóvenes, dichas condiciones están en nuestros días amplificadas por la crisis económica y social, debido a la pandemia por COVID-19.

Asimismo, este artículo brinda evidencia de que la estructura de oportunidades que las juventudes enfrentan es ampliamente segmentada, con base en una investigación sobre trayectorias sociales de grupos vulnerables que se presentará a continuación. Sostiene la hipótesis de que en los grandes aglomerados urbanos las desigualdades se manifiestan en términos habitacionales, de educación, trabajo, salud y de acceso a bienes necesarios para una vida saludable; y que, entre las personas jóvenes que habitan en barrios marginalizados, las condiciones laborales y ambientales definen un marco acotado de oportunidades que influye en los proyectos de vida posibles, que se construyen día a día de forma interseccional. Es además un contexto donde el mercado de drogas encuentra lugar para expandirse, lo cual trunca las trayectorias y genera cicatrices de difícil reversión entre las juventudes más vulnerables.

El texto presenta resultados de una investigación-acción realizada con jóvenes que habitan en barrios del Gran Buenos Aires, Argentina, desarrollada en el marco del proyecto COLECTIVA JOVEN[2], gracias al apoyo del Canada's International Development Research Centre (IDRC). El estudio se llevó a cabo a través de la aplicación de una encuesta con jóvenes de entre 18 y 35 años que participaban de las actividades llevadas a cabo por colectivos y organizaciones sociales en centros comunitarios de sus territorios. Principalmente, incluyó a quienes integraban actividades de los Centros Barriales que forman parte de la Federación Familia Grande Hogar de Cristo (FGHC)[3]. Los Centros Barriales son espacios comunitarios que nacen de la mano de parroquias de barrios populares, villas y asentamientos, y que tienen como fin principal la prevención y el acompañamiento de personas en situación de alta vulnerabilidad económica y social, que atravesaron o atraviesan situaciones de consumo problemático de sustancias psicoactivas.

La encuesta, aplicada durante el segundo semestre de 2019, exploró los distintos modos de obtención de ingresos de las personas jóvenes, lo cual incluyó iniciativas de trabajo realizadas en proyectos comunitarios, pero también las trayectorias laborales personales, por fuera de la organización, y en algunos casos, los modos de generación de ingresos vinculados con la ilegalidad y el uso de la violencia. Asimismo, se realizaron grupos focales con la población juvenil integrante de distintos Centros Barriales de la FGHC que participaron en el proyecto como investigadores/as.

Se destaca la potencialidad de las redes comunitarias en la creación de nuevas oportunidades y el afianzamiento de nuevas gramáticas juveniles[4], en tanto posibilidades en camino hacia un proyecto de vida solidario, que acompaña el trabajo de recuperación de las secuelas provocadas por los procesos de exclusión a la que las personas jóvenes estuvieron expuestas. Este trabajo propone un debate sobre el lugar de los grupos familiares, los cuidados y la división sexual del trabajo entre las juventudes populares. Por último, sostiene que el modelo de intervención comunitaria representa un elemento sustantivo en toda estrategia de intervención y en el diseño de políticas de juventudes.

Abordaje metodológico: la investigación entre pares

Basado en una estrategia metodológica de investigación-acción, el proyecto Colectiva Joven trabajó con base en la triangulación de distintas técnicas de las ciencias sociales, con el objetivo de apoyar a grupos de jóvenes que realizan acciones orientadas a producir de forma comunitaria. Como parte de ésta, el proyecto incluyó la participación de jóvenes en la planificación, ejecución y análisis de resultados, siguiendo la metodología de investigación entre pares (Santis et al. 2004). Esta propuesta supone la idea de que «las personas que se benefician de los proyectos (de investigación aplicada o investigación acción) son las más adecuadas para juzgar el valor y la validez del trabajo» (Lebel y McLean 2018, 24). Esta es una perspectiva enmarcada en discusiones hoy clásicas de la sociología, en torno a la relación entre conocimiento y práctica, sujeto y objeto, ciencia y activismo. Estos debates abordados en América Latina desde los años sesenta, han buscado ponderar la relación entre personas investigadoras e investigadas, al considerar el proceso de investigación-acción en términos de pedagogía liberadora en articulación con un recorrido de acción transformadora – reflexión – acción transformadora (Fogel 1999; Armando Herrera y López Guzmán 2014; entre otros).

La investigación entre pares se considera la más adecuada cuando se trabaja con «población oculta»; es decir, un grupo social que, por diversas razones, resulta de difícil acceso para la comunidad investigadora. El proyecto Colectiva Joven trabajó con grupos de jóvenes en situación de vulnerabilidad que habían atravesado períodos de consumo de sustancias psicoactivas ilegales, por lo que son personas que sufren a menudo una fuerte estigmatización (FGHC 2020). En este caso, se supuso que la metodología entre pares permitiría generar conocimiento válido para el apoyo de actividades comunitarias, por lo que se buscó establecer una red de recolección de información conformada por personas que eran reconocidas por el personal encuestado como pares (Rodríguez et al. 2005). Pero, además, esta metodología permitió dar voz a la población juvenil convocada no sólo como personas a entrevistar sino también como las personas investigadoras, protagonistas del estudio y parte activa en el proceso de investigación (Carcar et al. 2020).

Siete jóvenes integrantes de distintos Centros Barriales de la FGHC conformaron el equipo investigador par (5 varones y 2 mujeres), quienes durante el año 2019 y 2020 participaron de diversos encuentros con el equipo de FLACSO. Para conformar este equipo se seleccionaron jóvenes que ocupaban lugares de referencia en los Centros Barriales de la FGHC; es decir, llevaban adelante tareas específicas vinculadas con el acompañamiento de jóvenes. Además, la mayoría trabajaba dentro del Hogar como “acompañante par”[5]; y cuatro de ellos, en acompañamiento a personas privadas de su libertad. En los encuentros realizados se les capacitó en metodología de investigación social y se desarrolló luego el instrumento de recolección de información.

Con el grupo de personas investigadoras pares se aplicó una encuesta en once Centros Barriales de la FGHC, localizados en municipios de las zonas oeste, sur y norte del Gran Buenos Aires[6], dentro de los cuales funcionaban emprendimientos de diferentes rubros: elaboración de alimentos, artesanías, peluquería, herrería, huerta, sublimación y serigrafía. Se realizaron 87 encuestas entre septiembre y diciembre del año 2019. Las personas encuestadas debían asistir a los centros comunitarios, pero no necesariamente formar parte de la organización. Se segmentó la muestra por zona geográfica (norte, oeste y sur del Gran Buenos Aires) y sexo.

Por último, se realizaron dos grupos focales con las personas en rol de investigadores pares, quienes aportaron sus reflexiones sobre los distintos tópicos abordados con el fin de integrarlas en las conclusiones. En este trabajo se analizan los resultados de la encuesta aplicada, así como los resultados de los grupos focales.

Los estudios situados como punto de partida

Durante los últimos años, el trabajo en estudios de juventud a través de miradas plurales que integran aspectos estructurales, subjetivos y ambientales, ha generado interesantes avances en el conocimiento. Entre los debates más interesantes del campo, se encuentran las contraposiciones entre el enfoque de la juventud en tanto transiciones y la perspectiva generacional, que incluye el desarrollo conceptual sobre generaciones sociales (Wyn y Woodman 2006; Roberts 2020). Desde una mirada que propone el estudio de las temporalidades, se ha prestado especial atención a las condiciones estructurales que se le presentan a una determinada generación o cohorte en el transcurso de su juventud, la etapa más crítica de la vida para aprovechar las oportunidades a largo plazo. Su interés principal está centrado en las tensiones entre el cambio y la reproducción social, y de forma particular, en la reproducción intergeneracional de la pobreza (Woodman, Shildrichk y MacDonald 2020).

Los estudios realizados a partir de la noción de generaciones sociales han permitido incorporar mayor complejidad al análisis de las condiciones externas a las personas jóvenes (las oportunidades de educación y empleo, el tipo de Estado, el sistema de justicia penal, las condiciones de hábitat), las cuales generan una acumulación de desventajas, especialmente en algunos territorios de la ciudad (Woodman y Wyn 2015). De forma particular, las investigaciones situadas han permitido construir evidencia sobre nuevas desigualdades a través del análisis de la reproducción social en tiempo real (MacDonald, Shildrick y Furlong 2020).

En América Latina, investigaciones situadas en contextos de vulnerabilidad han demostrado que el análisis de la estructura de oportunidades para las juventudes debe incorporar una reflexión sobre el mercado de drogas (Nateras 2016; Valenzuela Arce 2015). Los mercados locales de drogas en espacios de vulnerabilidad y de pobreza persistente tienen fuertes influencias en las oportunidades y actividades disponibles para jóvenes de sectores populares. En entornos caracterizados por la ausencia del Estado, la escasez de fuentes de trabajo dignas, y la permanencia de condiciones habitacionales deprivadas, las consecuencias de la expansión del narcotráfico y el narcomenudeo dejan fuertes marcas en las vidas juveniles, muchas de ellas de muy difícil reversión (Pérez Sainz 2019).

En el caso particular de Argentina, aunque con una envergadura menor que en ciertas regiones de Centro América y el Caribe, en este trabajo se observaron transformaciones en el mercado de drogas ilegales, las cuales supusieron fuertes cambios en términos de prácticas culturales y de la oferta de actividad para jóvenes de barrios marginalizados. Mientras la respuesta estatal de atención a la temática fue inestable y poco persistente, las acciones de grupos comunitarios lograron una mayor estabilidad, generando nuevas alternativas para un proyecto de vida saludable a las poblaciones juveniles. Tanto la población entrevistada, como el grupo de investigadores pares participan de las actividades de la FGHC, y acompañan a jóvenes que enfrentan problemáticas asociadas al consumo de drogas esto permite generar redes de contención comunitaria.

Transiciones laborales precarias

La generación que transitó su juventud en las dos primeras décadas del siglo XXI en América Latina estuvo atravesada por fuertes contradicciones entre los avances de la escolarización y la protección social, así como de la persistencia de la precariedad laboral y la segmentación social. A su vez, la profundización de la fragmentación urbana impactó en las transiciones juveniles, esto generó trayectorias con una evolución ampliamente diferenciada, atravesada por tensiones entre juventudes territorializadas y globalizadas (Saraví 2015).

Lo anterior se relaciona con las características que tuvo el desarrollo urbano en el país, que dejó a barrios confinados y con escasa presencia estatal, lo cual contribuyó a reforzar el diferente acceso a redes y recursos entre jóvenes de diferente género y sector social. Como resultado se registró la construcción de identidades altamente diferenciadas; en un extremo una identidad ligada al espacio barrial, y, en el otro, una identidad ligada a la escala global.

El proceso de diferenciación generó temporalidades divergentes en las transiciones entre la educación y el empleo para jóvenes de distintos sectores sociales, géneros y grupos étnicos. Estas dan cuenta de la reproducción de la desigualdad en fenómenos relativos al abandono escolar, la inserción en la actividad laboral, y la asunción de tareas de cuidado a edades tempranas. Así, mientras en algunos grupos existe una oferta de actividades y valores propios a una «juventud modernizada», entre otros sectores los patrones tradicionales de género y la asunción temprana de las responsabilidades laborales y de cuidados están a la orden del día (Miranda y Arancibia 2020).

Esta investigación abordó una generación que ingresó al mercado laboral entre los años 2000 y 2019. Se trata de un período que en Argentina registró la salida de una importante crisis y luego la superación con crecimiento inclusivo, pero que no logró mejorar las oportunidades y condiciones laborales entre quienes se encontraban en el segmento no calificado. Resulta interesante en este punto recuperar los datos que ofrecen las estadísticas públicas nacionales acerca de estos procesos, y que permiten observar la evolución de los indicadores educativo-laborales de la juventud en las dos primeras décadas del siglo -se consideran los datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), III trimestre de 2006 y 2019-.

Los números muestran la persistencia de las grandes dificultades de las personas jóvenes de los sectores populares para insertarse y permanecer en el mercado de trabajo. En el grupo de jóvenes de 19 a 24 años quienes no se encontraban estudiando ni trabajando en el sector bajo[7] representaban el 40,8% en 2006 y el 37,6% en 2019 (si se mira la totalidad de las personas jóvenes sin subdividir por sector, aquellos que se encontraban en esta condición comprendían el 26,2% en 2006 y el 27,3% en 2019). En el grupo de 25 a 29 años (jóvenes mayores), los valores mostraron un aumento desde un 39% de jóvenes del sector bajo que no estudiaban ni trabajaban en 2006 a un 43,4% en 2019 (en el total de jóvenes, los valores pasaron de 23,7% a 29,7%).

Estas tendencias generales pueden servir para analizar los resultados de la encuesta aplicada. En los datos relevados se registra la persistencia del abandono escolar, ya que ocho de cada diez personas jóvenes entrevistadas no finalizaron la secundaria, y varias señalaron además que no contaban con el nivel primario completo (casi dos de cada diez). Estos resultados dejan ver que los grupos que participaron en la investigación quedaron afuera de los avances en la escolarización, inclusive en un contexto de aumento de las transferencias condicionadas de ingresos[8]. Además, el inicio temprano de las trayectorias laborales y de las tareas asociadas al cuidado fue de gran importancia; las personas jóvenes entrevistadas fueron madres y padres que se insertaron en el mercado de trabajo en su temprana juventud, algunos inclusive en su niñez (Figuras 1 y Figura 2).

Figura 1 Edad de inicio del primer trabajo Jóvenes entre 18 y 35 años de Centros Barriales de GBA Elaboración propia con base en la encuesta Colectiva Joven (2019).

Figura 2 Edad en la que tuvo el primer hijo Jóvenes entre 18 y 35 años de Centros Barriales de GBA Elaboración propia con base en la encuesta Colectiva Joven (2019).

Si se analiza la evolución de los indicadores sobre actividad de la EPH y se diferencia por género puede verse que las brechas se achicaron en el período analizado, aunque se mantiene la mayor proporción de mujeres que no estudian ni trabajan en el sector bajo. Las jóvenes menores en esta situación pasaron de representar el 50% en 2006 al 40,2% en 2019, mientras que las jóvenes mayores pasaron del 55,8% al 59,9%. Asimismo, la persistencia de la precariedad en las ocupaciones tanto del grupo de jóvenes de 19 a 24 años como el de 25 a 29 años (de 58% a 58,5% en el primer grupo y de 42,8% a 39% en el segundo grupo) fue notoria. Específicamente, en el sector bajo, donde la mayoría poseen empleos en condiciones precarias de contratación, los valores se mantuvieron para el grupo de 19 a 24 años (76,7% en 2006 y 74,2% en 2019) y mostraron una leve mejora entre las personas mayores (del 68,8% en 2006 al 59% en 2019).

Se pueden ver algunas de las tendencias sobre la actividad juvenil en los datos relevados por la encuesta. Si bien no se indagó sobre la asistencia a algún nivel educativo, las personas que se encontraban trabajando por fuera del centro comunitario fueron un 32% del total de personal entrevistado. Al mirar esta cuestión por género se observa que es mayor el porcentaje de mujeres empleadas (37%) que el de varones (30%). Asimismo, se puede destacar que, en concordancia con lo que indica la EPH sobre la precariedad de las ocupaciones de las personas jóvenes de sectores bajos, la mayor parte de la población encuestada con empleo tenía trabajos en condiciones precarias de contratación (el 82% respondió que sus ocupaciones no tenían aportes jubilatorios, cobertura por riesgos del trabajo y obra social).

El período de permanencia en cada empleo deja entrever trayectorias fragmentadas, en ocupaciones por períodos cortos. Sin embargo, aunque estas personas se iniciaron de manera prematura en el mercado laboral, las trayectorias fueron entrecortadas y presentaron amplios períodos de inactividad: una gran proporción estuvo desocupada o inactiva la mitad de su vida laboral (Figura 3), lo que da cuenta de las dificultades que enfrentaron para realizar una trayectoria laboral de acumulación de experiencias.

Figura 3 Porcentaje de la vida laboral en actividad Jóvenes entre 18 y 35 años de Centros Barriales de GBA Elaboración propia con base en la encuesta Colectiva Joven (2019).

Entre los varones, la mayoría de las experiencias laborales fueron en el rubro de gastronomía, en empleos que suelen caracterizarse como de baja calificación tales como lava copas, ayudantes de cocina o repartidores, pero también en el rubro de la construcción, en empleos como albañil (en su mayoría trabajando por cuenta propia), pintor y otros oficios ligados al sector. Es el caso de Andrés (E18), que al momento de la entrevista tenía 21 años y no había finalizado el nivel secundario; en su trayectoria laboral, la cual había comenzado a los 12 años, realizó trabajos en los diversos rubros planteados y también en servicios (jardinería), otro de los principales sectores referidos. Andrés tuvo empleos como peón de construcción, como jardinero, ayudante de chapista en un negocio, así como también desarrolló tareas de pintura en algunas construcciones y fue soldador en una herrería. En total, estuvo activo solo el 22% de su vida laboral y si se observa la duración de los empleos, Andrés trabajó durante solo unos meses en cada uno, la permanencia más larga en un empleo fue de un año. A sus 21 años el entrevistado tenía hijos que vivían con él y estaban a su cargo, por lo que dependían también de sus ingresos.

Por su parte, las trayectorias laborales de las mujeres jóvenes se concentraron en trabajos del rubro limpieza, principalmente como empleadas domésticas en casas particulares, pero también trabajando en el mismo rubro para empresas o establecimientos más grandes; además, y tenían a cargo tareas de niñera y de cuidado al adulto mayor tareas como niñeras o de cuidado de personas mayores. Por ejemplo, la trayectoria laboral de María (E59) había comenzado a los 15 años y a los 20 tuvo su primer hijo. En sus años activos trabajó de niñera en una vivienda particular, repositora en un supermercado y como empleada de limpieza en una oficina, empleos que duraron alrededor de un año cada uno, lo cual ocupa tan solo el 20% de su vida activa. María no finalizó la secundaria; no obstante, sí cursó manicura y peluquería. En los períodos que no tuvo trabajo la ayudaba alguien de su familia y al momento de la entrevista contaba con el ingreso de la Asignación Universal por Hijo.

Crecer en los márgenes

Las desigualdades y sus efectos en la vida de las juventudes han sido abordados en distintos estudios de la región (Mora Salas y Pérez Sainz 2018; Saravi 2004; entre otros). Los hallazgos de esta investigación dan cuenta de algunas características de las trayectorias de vida de quienes fueron jóvenes en las dos primeras décadas de este siglo en barrios marginalizados del Gran Buenos Aires. A partir de una perspectiva interseccional, se analiza cómo se manifiestan las desigualdades entre las trayectorias juveniles de mujeres y varones, y la relación con el consumo de drogas y el estigma. La mayor parte de los Centros Barriales en los que se llevó adelante el trabajo de campo se localizan en barrios marginalizados del Gran Buenos Aires, donde habitan las personas jóvenes encuestadas. En este territorio, y como resultado de los procesos de fragmentación social que se profundizaron en las últimas dos décadas (Segura 2017), conviven barrios con características muy diferentes, y transitar la juventud en ellos conlleva fuertes implicancias en las trayectorias de vida y en las posibilidades de autonomía y construcción de hogares propios.

Resulta necesario dar un marco espacio-temporal a los resultados obtenidos en el trabajo de campo realizado. La globalización, la financiarización de la renta urbana y su impacto en la segmentación social fueron generando grandes diferencias por motivos de clase, género y origen étnico, lo cual dio como resultado una gran heterogeneidad en las trayectorias juveniles. Dichos procesos contribuyeron a profundizar la desigualdad social y a restringir las oportunidades de aquellos que habitan en barrios marginalizados, por lo que se registraron experiencias generacionales muy distintas entre los grupos sociales (Miranda y Arancibia 2018).

El concepto de barrio marginalizado es utilizado como sinónimo del más tradicional asentamiento informal, que comprende una variedad de tipologías habitacionales populares. Más allá de sus diferencias en términos de topografías y trayectorias históricas, estas tipologías comparten la informalidad en la tenencia del suelo y las viviendas de sus habitantes, y presentan graves déficits en relación con el acceso a servicios básicos e infraestructura urbana (Cravino et. al 2012). Tienen como característica común la cobertura deficiente de las redes de agua potable y cloacas, el acceso deficitario al transporte, la existencia de un sistema de recolección y disposición de residuos sólidos urbanos que muchas veces no transita sus barrios, además de localizarse en espacios contaminados, y que presenta falencias en términos de acceso a la salud, a la educación y a la justicia, entre otros derechos básicos (Fainstein 2019). La deficiencia de las redes de internet es otro factor de exclusión que se hizo evidente a raíz de la situación de aislamiento por la pandemia del COVID-19.

En las últimas décadas creció la población en los barrios marginalizados[9] y algunas de las cifras del déficit habitacional se agudizaron tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en su periferia. A partir del año 2003, en un contexto de valorización especulativa de las propiedades y de reactivación del mercado inmobiliario argentino, empeoraron las posibilidades de las personas jóvenes de acceder a un hogar propio, en especial para los sectores de menores ingresos (Arancibia 2017). Por otra parte, si bien durante la década del 2000, el Estado asumió un papel más activo en la provisión de vivienda social que en décadas anteriores, careció de una política de regulación del suelo (Cravino et al. 2012), lo cual hizo cada vez más difícil el acceso a la vivienda de los sectores de menores ingresos.

El cambio de gobierno a nivel nacional en el año 2015 supuso un intento de re-implantación de un modelo económico con eje en el ajuste fiscal, la apertura de la economía y la revalorización financiera. En términos de políticas de vivienda y hábitat, este período presentó algunos hitos significativos pero pobres resultados, que se ligaron más a las disputas de las organizaciones sociales territoriales que a iniciativas estatales.

Por otro lado, algunas transformaciones en el mercado de drogas en dichos territorios modificaron la vida cotidiana de sus habitantes. En el período posterior al 2001 se observó la transformación y expansión del mercado-producción, tráfico y comercialización de drogas ilegales (en particular cocaína y marihuana), y la expansión, diversificación y masificación de su consumo local (Equipo Intercambios et al. 2006). Como efecto no deseado de nuevas regulaciones estatales en este mercado, la última fase de la producción de cocaína comenzó a realizarse en el país, en muchos casos, en laboratorios clandestinos localizados dentro de asentamientos informales en los grandes aglomerados urbanos del país (principalmente en el Área Metropolitana de Buenos Aires y en la ciudad de Rosario y su periferia).

Las transformaciones en el mercado de drogas produjeron la generación de «una mayor y más compleja distribución del trabajo en relación a tramos de las actividades vinculadas a la producción, tráfico y venta (…) con la configuración de variados puestos y roles, (…) (generando) nuevas alternativas disponibles para los jóvenes» (Cozzi 2018, 6). Finalmente, implicó el aumento, la expansión y diversificación del consumo de drogas en un contexto de recuperación económica y aumento del consumo de bienes y servicios en general (Cozzi 2018). Es en este marco que se expandió en estos barrios el consumo de la Pasta Base de Cocaína (PBC) o «paco», que llegaba en ese formato al país para ser procesado, muchas veces, en esos mismos territorios, con fuertes efectos en las trayectorias juveniles.

Vulnerabilidad, consumos y géneros

Como se describió previamente, tanto las personas encuestadas como las investigadoras pares asisten a los centros barriales de la FGHC, espacios creados para dar una respuesta integral a personas que atraviesan situaciones de vulnerabilidad social y/o consumo problemático de sustancias psicoactivas. El análisis de las fuentes secundarias y de los resultados de la encuesta permitieron visualizar ciertas diferencias entre varones y mujeres, tanto en la vinculación con el consumo como en el acercamiento a espacios (estatales o no) que abordan esta problemática en los barrios marginalizados. Se evidencia cómo la división sexual del trabajo y el espacio adjudicado a cada uno (el doméstico para las mujeres, y el público para los hombres) inciden también en cómo se manifiesta el consumo en la vida de jóvenes que habitan estos territorios.

Distintos estudios señalan que el acceso a espacios relacionados con el acompañamiento a usuarios de drogas es más extendido entre los varones. Los datos de la FGHC muestran que dos tercios de las personas que concurren a los centros comunitarios son varones, y el resto mujeres (Carcar et al. 2020). Por su parte, informes estatales indican que estas proporciones se replican en los dispositivos públicos de abordaje territorial de estas problemáticas; más aún, señalan que en muchas ocasiones las mujeres se acercan a ellos buscando asesoramiento para acompañar a familiares (mayormente, su pareja o sus hijos) (SEDRONAR 2007). Esto no permite dar cuenta de si existe un mayor consumo problemático por parte de varones que de mujeres, pero sí de la invisibilización de estas últimas cuando se trabaja la temática. En este sentido, una de las investigadoras pares sostenía que el consumo problemático existía en menor medida en las mujeres por su rol como madres:

En este fragmento Tomasa vincula el abandono del consumo en las mujeres con la responsabilidad extra que tienen como cuidadoras en sus familias, presentándolo a su vez como explicación del hecho de que son los varones en mayor medida los que se acercan a los Centros Barriales de la FGHC. Así, el ser madre se constituye como una variable central en los relatos de las personas investigadoras pares para explicar tanto el vínculo de las mujeres con sus familiares, como en relación al abandono de sus propias prácticas de consumo. Estas situaciones implican una alta vulnerabilidad para las mujeres cuando tienen que enfrentar solas la crianza en condiciones de pobreza, responsabilidad que los varones no suelen asumir de la misma forma.

Gastón, otro de los investigadores pares, miembro del equipo que aplicó la encuesta, marcaba la diferencia entre maternidad y paternidad para explicar el motivo por el cual las mujeres estaban a cargo de sus hijos/as en mayor medida que los varones. En sus palabras:

En su discurso, Gastón marca la diferencia entre los roles femeninos y masculinos. Los varones se basan en esta diferenciación para ir construyendo su identidad masculina (Quapper 2006). Los procesos de construcción de identidades juveniles masculinas son desplegados en distintos espacios (familia, calle, escuela), y en especial en jóvenes de sectores populares, quienes continúan anclados en visiones tradicionales, y siendo menos permeables a los graduales cambios de las relaciones de género que se muestran en la actualidad.

Varios estudios en la región analizan las características que asume la producción de identidades de género entre las juventudes de sectores empobrecidos. Saraví (2004), en sus estudios sobre jóvenes habitantes de barrios urbanos segregados, puso en evidencia cómo la maternidad muchas veces permite a las mujeres jóvenes adquirir un nuevo status o rol socialmente legitimado en su comunidad.

Lo anterior posibilita adjudicar cierta interpretación de la relación casi directa trazada por investigadores/as pares entre maternidad y abandono del consumo. A esta identidad social ofrecida a las jóvenes mujeres, relacionada directamente con el espacio doméstico, se le contrapondría aquella a disposición de los jóvenes varones, localizada en el espacio público barrial. La cultura de la calle constituye una de las culturas juveniles presentes en el barrio, y está ligada a una serie de prácticas entre las que se encuentra el consumo de drogas, lo cual se convierte en una fuente de prestigio, autoestima e identidad para los jóvenes varones, o tal vez simplemente como una «ventana de escape a una realidad de exclusión. (Saraví 2004, 41). Este conjunto de normas y valores juveniles sustenta prácticas de género performativas de la masculinidad hegemónica (Cruz Sierra 2019), en donde la calle aparece como un escenario masculino en el cual los jóvenes varones, a través de la violencia, las actividades ilegales y/o el consumo (entre otras prácticas) reafirman su identidad social, en especial frente a su grupo de pares. En palabras de Ferrán, uno de los investigadores pares que formó parte del proyecto:

En la pérdida de contacto de los varones con sus hijos e hijas también influyen los períodos de encierro en cárceles. El hecho de estar detenidos afecta las relaciones familiares, lo que provoca un impacto emocional que también influye sobre las posibilidades de recomponer esos vínculos al momento de recuperar la libertad. El investigador par Juan relataba lo que había observado y lo relacionaba con una vivencia personal: «A lo mejor terminan detenidos, presos, y terminan haciendo cuatro, cinco años como me pasó a mí, y cuando sale el pibe [hijo] ya ni lo reconoce» (Juan, comunicación personal, 2020). Otro de los investigadores pares puntualizaba el círculo de frustraciones en la paternidad de algunos jóvenes:

En este sentido, Albano et al. (2014), en un estudio acerca del consumo de pasta base de cocaína en Uruguay, remarca que las mujeres suelen mantener relaciones y visitar a sus familias de origen (en general, mediado por el hecho de que sus hijos se encuentran a su cuidado), mientras que los varones se desligan y hasta llegan a vivir en situación de calle. Los autores vinculan esto con la tensión sufrida por los usuarios por incumplir con el rol de proveedores, socialmente asignado, y de esta forma dan cuenta de los efectos negativos de la cultura patriarcal hegemónica entre los varones.

Las diferencias en relación al consumo y la persistencia de una marcada división sexual del trabajo entre personas jóvenes afectan particularmente a las mujeres jóvenes de barrios marginalizados. El inicio temprano de las tareas de cuidado influye en las decisiones que estas toman durante la transición juvenil (Miranda y Arancibia 2018), y las mayores responsabilidades que recaen sobre ellas limitan sus posibilidades de asumir otro tipo de actividades educativas o laborales, incluso de disponer de tiempo de ocio.

El modelo tradicional de división sexual del trabajo impone a los varones la cultura de la provisión y la responsabilidad de la inserción laboral desde edades tempranas (Cruz Sierra 2014; Fraiman y Rossal 2009). Pero entre los jóvenes que habitan en barrios marginalizados, a las dificultades de inserción laboral relacionadas con las restricciones socioterritoriales que establecen barreras para la movilidad se suman los procesos de estigmatización que no hacen más que reforzarlas.

En el caso de los varones jóvenes, el lugar de residencia se destaca como uno de los mayores obstáculos para su acceso al empleo o a las actividades económicas, y a la vez se convierte en fuente de estigmatización (Mora Salas y Pérez Sáinz 2018). Por ejemplo, un joven varón entrevistado comentaba: «en mi trabajo decían `cuidado con este (refiriéndose a él), que es del Bajo Flores[11]`». Además, el estigma y la criminalización se convierten en un factor de exclusión y de exposición a la violencia policial (Kessler 2012). En algunos casos, se suma la discriminación étnica. En estos contextos, la inseguridad para los jóvenes varones asume formas específicas como la violencia entre pares o el involucramiento en actividades delictivas.

Diversos estudios en el país debatieron sobre las cargas estigmatizantes que caen sobre los jóvenes de sectores populares al desglosar el valor moral otorgado al trabajo. En debate con la idea de que las juventudes de clases populares no «tienen» cultura de trabajo, Assussa (2017) caracterizó los valores, actitudes y signos que las personas jóvenes articulan en sus estrategias de inserción, permanencia y promoción en el ámbito laboral y que les funcionan como «caja de herramientas». El autor buscó poner énfasis en cómo se produce y cómo se usa esa “cultura del trabajo” y en su carácter relacional. Benassi (2017), por su parte, indagó sobre las cargas morales que se le asignan al trabajo entre los jóvenes de sectores populares y los efectos que esto tiene en sus vidas; según la autora, el trabajo se constituye en una forma de validación social en el entrecruzamiento con diversas formas de identificación y referencia.

Los procesos de estigmatización derivados de la pertenencia socio-territorial delinean las trayectorias educativas, sociales y laborales de estos jóvenes. Los barrios marginalizados en los que habitan las personas encuestadas están atravesados por un estigma (Guber 2004) que le adjudica a estos espacios y a sus habitantes ciertas características negativas ligadas con la inmoralidad y la ilegalidad. Como muestran los resultados de la encuesta, estas personas destacaron el «aspecto físico» como un factor por el que se sintieron discriminados en sus empleos, así como su forma de vestir, el lenguaje utilizado y su apariencia en general. Uno de ellos relató la discriminación sufrida en una entrevista laboral cuando fue confundido con un ladrón; Los antecedentes penales también fueron nombrados como motivo de discriminación en el acceso al empleo.

La estigmatización social que pesa sobre estos jóvenes, sumada a las condiciones de extrema vulnerabilidad en las que viven y a los circuitos de violencia de todo tipo que los atraviesan, consolida un proceso de exclusión que restringe fuertemente sus oportunidades laborales. En este sentido, en un estudio con jóvenes de sectores populares, Roberti (2016) destaca la «centralidad relativa» que tiene el trabajo en las biografías juveniles, y que muestra las nuevas prácticas y sentidos que deben analizarse en articulación con las otras esferas de sus vidas (entre ellas el grupo de pares y el barrio).

Redes construidas por organizaciones de base territorial

Frente a las dificultades que presenta la inserción en el mercado laboral, el acercamiento a experiencias de distintos tipos de trabajo comunitario surge como una posibilidad de generación de recursos tanto para los varones como para las mujeres que habitan barrios marginalizados. Una variedad de autores y autoras pusieron en evidencia cómo surgieron en los barrios marginalizados movimientos sociales de fuerte anclaje territorial que ganaron lugar en tanto soporte material y subjetivo de grandes grupos poblacionales frente a la pérdida de la centralidad del trabajo en tanto articulador de las relaciones sociales (Merklen 2010; Svampa y Pereyra 2003, entre otros).

Los movimientos sociales fueron protagonistas de un nuevo ciclo de acción colectiva a nivel regional, lo cual logró abrir la agenda pública y colocar las nuevas problemáticas, así́ como también legitimar otras formas de pensar la política y las relaciones sociales (Svampa y Pereyra 2003). Sobre todo, en la región andina y en los países del cono sur, la importancia y actividad de los movimientos sociales se articuló con un proceso de institucionalización y desarrollo. Al expandirse un paradigma de desarrollo inclusivo se generó la articulación del accionar del Estado con las organizaciones sociales al ensamblar los recursos estatales con fuentes del mercado y la solidaridad comunitaria.

Los Centros Barriales de la FGHC en los que se llevó adelante la encuesta son espacios abiertos a la comunidad, sin restricciones de ingreso de ningún tipo, en los que se aborda la temática del consumo, pero también se trabaja para resolver otros problemas más urgentes –legales, vinculares, económicos, de vivienda, etc. – (Carcar et al 2020), para luego comenzar a generar otros planes de vida para las personas jóvenes. Este modo de acompañar se basa en la construcción de vínculos y de un clima familiar que contiene y sostiene a partir del afecto.

Con relación a la inserción laboral y la puesta en marcha de estrategias de obtención de ingresos, los Centros Barriales ofrecen a quienes ya han realizado un recorrido en este espacio la posibilidad de cuidar a quienes recién se incorporan a los centros o a quienes aún tienen menor autonomía con la posibilidad de constituirse en referentes pares y formar parte de los equipos que conducen los Centros (percibiendo un ingreso).

Frente a la discriminación sufrida en el mercado laboral, estos espacios aparecen libres del tipo de violencia sufrida cotidianamente por las personas jóvenes en espacios fuera del barrio. En efecto, los espacios de trabajo comunitario como aquellos ubicados en los Centros Barriales de la FGHC fueron valorados por la población entrevistada por ser espacios en los que «están todos en la misma, son conocidos, se llevan bien». Además, la libertad de horarios y el ser «bancados» (es decir, sostenidos y acompañados) si recaen en el consumo aparecieron también como ventajas fundamentales. El trabajo comunitario permite matizar, entonces, algunas de las barreras que se les presentan a estos jóvenes al intentar conseguir un empleo. En palabras del investigador par Lisandro:

En el caso de las mujeres, cobró especial relevancia la cercanía del emprendimiento comunitario a su vivienda y la posibilidad de llevar a sus hijos/as al trabajo. Estas características se vinculan con la mayor carga de trabajos de cuidado sobre las mujeres, que se reproduce también en estos ámbitos. Sin embargo, y por el mismo motivo, las mujeres presentaron menor constancia en la participación de los emprendimientos. Esta situación la reflejaba la investigadora par Natalia en su relato:

En efecto, algunos estudios pusieron en evidencia que en la década del 2000 no se modificó la situación para las mujeres del sector no calificado de la clase popular, quienes a través de programas de ingresos condicionados relacionados con la maternidad (entre ellos el Programa Ellas Hacen) siguieron a cargo de las tareas de cuidado (Rodríguez Enríquez 2011).

Entre las personas entrevistadas se observó cómo, ante las dificultades de inserción en el mercado laboral, la solución se encontraba en la combinación de distintas fuentes de ingreso (Figura 4): en primer lugar, la participación en distintas tareas en el Centro Barrial y/o en proyectos productivos comunitarios; en segundo lugar, programas sociales y pensiones; y luego, «changas», ayudas de familiares. Es de destacar que pocas personas refirieron ingresos de actividades ilegales, lo que pone en evidencia la escasa relevancia de esa actividad entre este grupo. También, algunos respondieron no contar con ningún ingreso.

Figura 4 Origen de los ingresos Jóvenes entre 18 y 35 años de Centros Barriales de GBA[13] Elaboración propia con base en la encuesta Colectiva Joven (2019).

Como se ha planteado, la vinculación entre las personas jóvenes de barrios marginalizados y las organizaciones con presencia territorial que llevan adelante emprendimientos comunitarios pueden tener una fuerte incidencia en sus trayectorias de vida. Por una parte, en tanto ofrecen espacios de trabajo en los que esta población no se siente discriminada y que toma en consideración muchas de las dificultades que enfrentan vinculadas con el consumo o las tareas de cuidado y, por la otra, como acompañantes esenciales para la gestión de otras fuentes de ingreso, generalmente estatales. Como sostienen algunas personas autoras, las mediaciones que estructuran la vida de las juventudes como la familia, la escuela, el territorio y los pares, inciden en las trayectorias laborales de las personas que viven en contextos de exclusión social y violencia, configurando distintos tipos de agencias (Pérez Sainz 2018, 12). En este caso, las organizaciones sociales brindaron opciones de generación de ingresos para jóvenes que habitaban en estos barrios, y así influir en sus trayectorias.

Debate

Nos hablan de una segunda oportunidad, y nosotros no tuvimos ni la primera

(Martin, comunicación personal, 2019)

Estudios recientes de juventudes han incorporado las dimensiones de tiempo y espacio como ejes centrales en el análisis de las transiciones juveniles. Como parte de esta tradición, el concepto de gramáticas de la juventud (Miranda y Arancibia 2018) propuso abordar la variedad, interrelación y complejidad de las juventudes contemporáneas al ofrecer un marco para el análisis de la relación entre las estructuras de actividades y las expectativas que las sociedades contemporáneas establecen para los distintos grupos sociales. Se trata de una conceptualización que intenta ponderar el carácter performativo de la estructura de oportunidades y valores sociales vigentes durante el período que se corresponde con la juventud, en tanto etapa de gran importancia en el proyecto de vida de las personas. Al tiempo que propone el estudio de la agencia y los procesos creativos de las juventudes frente a las externalidades que enfrentan (Bendit y Miranda 2017).

En el marco de un estudio situado y participativo, la investigación compartió el supuesto de que «ningún pibe nace chorro», una frase muy popular en la Argentina, entre movimientos sociales que trabajan por mejores condiciones de vida entre las juventudes en situación de vulnerabilidad. A partir de una investigación entre pares se exploró los distintos modos de obtención de ingresos y mostró la influencia del entrecruzamiento de las condiciones del ámbito laboral, las dinámicas urbanas y del mercado de drogas en las trayectorias de mujeres y varones jóvenes en situaciones vulnerables. De esta forma, se trabajó en la interrelación de un conjunto de elementos heterogéneos de los mundos físicos, biológicos, económicos y semióticos que, entre otros, brindaron indicios sobre las formas de realización del proceso social (Latour 2005).

Los hallazgos mostraron que, frente a la persistencia del desempleo y la precariedad laboral, el crecimiento de los barrios marginalizados y la expansión del mercado de drogas se entrecruzaron y delinearon las trayectorias rotas en grupos juveniles expuestos a situaciones de segregación persistente. De esta manera, como fue planteado por McDonald et al. (2019), fueron la persistencia de estas condiciones, y la expansión del mercado del «paco», los procesos que interceptaron las vidas de estas generaciones, lo cual provocó una estructura de opciones estrecha y cicatrices profundas.

Los testimonios mostraron, además, cómo las apelaciones diferenciales entre hombres y mujeres producidas por la división sexual del trabajo, significan una acentuación de la problemática de adicción entre los varones, al tiempo que un afianzamiento de las responsabilidades de cuidado entre las mujeres. Los relatos hicieron evidentes las tensiones entre grupos familiares, autonomía femenina, protección de la vida y organización comunitaria en las prácticas cotidianas de las mujeres jóvenes de sectores vulnerables, en donde la maternidad encuentra nuevas significaciones (Franco Patiño y Llobet 2019).

Nos hablan de una segunda oportunidad, y nosotros no tuvimos ni la primera

(Martin, comunicación personal, 2019)

Conclusiones

La investigación realizada en el Proyecto Colectiva Joven generó evidencia sobre las redes comunitarias construidas por las distintas organizaciones barriales, las cuales han demostrado ser una opción de suma relevancia en las trayectorias rotas de las personas jóvenes que habitaban en barrios marginalizados del GBA. Estas redes se convirtieron en sostenes indiscutibles en sus vidas, así como también en mediadoras entre las juventudes de los barrios y los funcionarios públicos (al gestionar políticas alimentarias, de seguridad social, de salud y habitacionales). Al tiempo que generaron nuevas gramáticas, con apelaciones sobre la vida solidaria y la construcción de grupos familiares diversos, a través de estrategias comunitarias.

Los resultados de la investigación brindan insumos para el desarrollo de acciones de mejora de las oportunidades de las personas jóvenes en el marco de la pandemia mundial del COVID-19. Las acciones pueden lograr mayor efectividad si se trabaja de forma conjunta con las redes que han constituido organizaciones sociales, en términos de proporcionar estrategias comunitarias de acceso a un ingreso económico y contención afectiva.

Asimismo, se ofrece evidencia sobre la importancia de la incorporación de la perspectiva de género desde una óptica interseccional, que atienda la pluralidad de expectativas y grupos familiares juveniles; y de esta forma, que dialogue con gramáticas juveniles diferenciadas del modelo normativo hegemónico. La salida de la crisis demandará acciones creativas, solidarias y plurales, que integren la participación juvenil como un elemento clave de la programación, orientada a la reconstrucción de las trayectorias juveniles que se desarrollan en un contexto aún incierto que demanda nuevos acuerdos intergeneracionales, y un compromiso sostenido con la justicia social plural.