Resumen

Este editorial es una versión mejorada de la conferencia homónima presentada en el marco de la Cátedra de Estudio sobre Religiones, Escuela de Filosofía, Universidad de Costa Rica. Se comenta sobre la importancia de la verdad y se presenta un mensaje sobre el punto de encuentro entre ciencia y religión, en la misma línea de manuscritos y editoriales previos en esta revista sobre filosofía de la ciencia. Además, se insiste en una responsabilidad moral de las personas que nos dedicamos a la ciencia, la investigación y la academia en el contexto universitario: la responsabilidad de contribuir al conocimiento.

La búsqueda de la verdad es un tema central en la filosofía de la ciencia; es, además, controversial en la posmodernidad. En este editorial intento poner en forma escrita la conferencia del mismo nombre (Aragón-Vargas, 2020), para promover la reflexión al respecto. Se hace referencia a algunos elementos filosóficos, pero el abordaje es predominantemente práctico, contextualizado en la vida cotidiana. He modificado el estilo original de la conferencia verbal además, he incluido las formalidades propias de un manuscrito de revista, particularmente las referencias.

1. ¿Por qué debe usted leer este editorial?

Estoy muy agradecido con la cátedra de estudio sobre religiones por la oportunidad de compartir algunos conceptos importantes, aunque soy consciente de que no hay mayor mérito en que a uno lo inviten a dar una conferencia en un determinado contexto: ¡el mérito está en que lo inviten a regresar! Ya veremos.

El mensaje que comunico a continuación no es simplemente interesante. No se limita a estar bien fundamentado. No es solamente controversial. El mensaje que presento a continuación es trascendental, porque impactará cómo aprovecha usted el recurso más valioso que tiene: el tiempo. En unas pocas páginas, voy a presentarle un mensaje que podría marcar la diferencia entre pasar el resto de sus días dedicados a un pasatiempo académico muy sofisticado y caro, y pasarlos haciendo contribuciones concretas al conocimiento. En el caso de mis colegas que trabajan en la academia o aspiran a dedicarse a ello, esto último (hacer contribuciones concretas al conocimiento) es una obligación moral.

Le ruego concentrarse en el mensaje que estoy transmitiendo, en vez de fijarse en lo que estoy dejando de decir. La razón para esta petición debería ser obvia: los temas a los cuales voy a referirme son demasiado amplios.

2. Unas pocas definiciones

Verdad. ¿Qué es la verdad? La pregunta ¿qué es la verdad? se la hizo Poncio Pilato hace más de dos mil años a Jesús de Nazareth, pero no se esperó a recibir la respuesta; no le interesaba. Estoy seguro de que la mayoría de las personas presentes han leído mucho más que yo sobre el tema de la verdad. Pero, para poder conversar sobre un fundamento común, voy a usar la siguiente definición: “Verdad es lo que corresponde a su referente. Verdad metafísica es la que corresponde con la realidad o refleja la realidad” (McDowell, 2004, p. 665). Dice Bertrand Russell, en su obra Logic and Knowledge de 1956, que “(…) el mundo contiene hechos que son lo que son sin relación con lo que escojamos pensar de ellos (…) también hay creencias que tienen referencia a los hechos, y que por su referencia a los hechos son verdaderas o falsas” (Russell, 1956, p. 182).

Ya René Descartes, se refería al tema en el Discurso del método, obra escrita en el siglo XVII, compuesta entre sus 30 y 32 años de edad. En esta obra (cuyo nombre completo es, por cierto, “Discurso del método para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias”), Descartes se refería a la razón como el poder que tenemos de juzgar bien y de distinguir lo verdadero de lo falso: “la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres” (Descartes, 2016, p. 4; la obra original, en francés, se publicó en 1637).

Para efectos de este manuscrito, parto del supuesto de que la verdad es lo que corresponde a su referente; también, parto del supuesto de que los seres humanos tenemos la capacidad potencial de conocer la verdad.

Ciencia. A diferencia de lo que cree mucha gente, no existe una definición única, unánime, de lo que es la ciencia, aunque sí existen ciertos elementos que aparecen regularmente cuando uno intenta describir el quehacer científico: hipótesis, experimento, datos, evidencia, hipótesis modificada, teoría, predicción, explicación. Existen tomos de tomos que profundizan en la filosofía y la historia de la ciencia. Para un tratamiento práctico y digerible, recomiendo mi editorial ¿Qué es la ciencia y hasta dónde puede llegar? (2017). Mientras tanto, me apoyo en la definición de Ernest Nagel en su obra de 1979 The Structure of Science, quien se apoya a su vez en el método científico (que tampoco está definido de manera unánime e inequívoca), según lo cita J. P. Moreland:

La práctica del método científico es la crítica persistente de argumentos, a la luz de cánones probados para juzgar la confiabilidad de los procedimientos mediante los cuales obtenemos datos que sirven como evidencia, y para valorar la fuerza probatoria de la evidencia en la cual se fundamentan las conclusiones (Moreland, 1989, pp. 57, 58).

Típicamente, se considera que la ciencia está fundamentada en la razón y la evidencia y por ello, para muchos, tiene la palabra final.

Religión. Es muy peligroso acudir como invitado a la Cátedra de Estudios sobre Religiones sin una sólida definición de religión. Al mismo tiempo, ¡si fuera posible dar una definición satisfactoria en cinco minutos, la Cátedra no podría justificar su existencia! Por ello, me voy a limitar a dar una definición general de ese autor famoso llamado Wikipedia: “Religión suele definirse como un sistema cultural de determinados comportamientos y prácticas, cosmovisiones, éticas, textos, lugares sagrados, profecías u organizaciones que relacionan la humanidad a elementos sobrenaturales, trascendentales o espirituales” (“Religión”, s. f.). Típicamente, se considera que la religión está fundamentada en la fe y la autoridad de una revelación. Más aún: se la asocia con la superstición. Por esto, algunos la consideran totalmente incompatible con la Ciencia.

A continuación, presentaré algunos argumentos a favor de que la ciencia y la religión sí son compatibles, pues tienen aspectos fundamentales en común, como la búsqueda de la verdad. He decidido enfocarme en el cristianismo para las ilustraciones y explicaciones de religión por tres razones: primero, porque es la religión más fuertemente criticada y analizada en Occidente en estos tiempos; segundo, porque está ampliamente documentada; y tercero, por ser aquella con la cual estoy más familiarizado.

3. Las consecuencias de que la verdad no exista (tres ejemplos prácticos)

Después de las definiciones generales, debo proceder a afirmar que la verdad sí existe: en muchas áreas de nuestra vida (incluidas la ciencia y la religión) actuamos regularmente en función de que la verdad existe y la podemos conocer.

La posición contraria, esto es, que la verdad no existe, es muy popular. Afirma, por ejemplo, el Dr. Daniel Camacho: “El conocimiento es siempre provisional, no hay verdades absolutas” (Camacho, 2019). Pero la posición tan generalizada de que no hay verdades absolutas es contradictoria. Esta frase se incluye en su campo de referencia, pero no se autosatisface y, por ende, se refuta a sí misma. David Berlinski, un agnóstico, plantea

La tesis de que no existen las verdades absolutas—¿es acaso una verdad absoluta? Si lo es, entonces algunas verdades sí son absolutas después de todo y, si algunas lo son, ¿por qué no otras? Si no lo es, ¿por qué razón deberíamos prestarle atención, si la atención que nos merece va a variar según las circunstancias? (Berlinski, 2009, p. 130).

Se presentan, a continuación, tres ejemplos prácticos de las consecuencias de que la verdad no exista:

Si la verdad no existe, no podemos funcionar. ¿Sirven las mascarillas para protegerse o proteger a otras personas del Covid-19? ¿Puedo curarme de esa enfermedad haciendo enjuagues bucales de cloro? Mi esposa y mi hija mayor regresaban en automóvil el miércoles 7 de octubre del 2020 de San Marcos de Tarrazú hacia Cartago, en Costa Rica, pero poco antes de llegar al lugar conocido como El Empalme, no pudieron continuar. Estuvieron detenidas 40 minutos… a las 5 de la tarde. ¿Había, acaso, un bloqueo en la carretera, organizado por algún grupo violento como los que se estuvieron suscitando por esos días? Era imprescindible saber si había o no un bloqueo, para tomar buenas decisiones. Pero ¿era posible conocer la verdad? ¿Quién se las podía dar? Ellas optaron por consultar al servicio WAZE en sus dispositivos celulares y, siguiendo sus consejos, se devolvieron e hicieron una ruta distinta por Frailes que les tomó más de tres horas. Si las engañaron, perdieron dos horas de sus vidas y se arriesgaron por una ruta desconocida, pero el asunto no pasó a más. Otras decisiones tienen consecuencias más graves. Pero es claro: si la verdad no existe, la humanidad no es más que un enjambre de moscas encerradas en un frasco de vidrio, que se golpean desesperadamente una y otra vez tratando fútilmente de salir... ¡y sin saber siquiera por qué quieren salir! Si la verdad no existe, no tiene sentido promover el cambio. La familia de Allison Bonilla (aparente víctima de homicidio) necesitaba saber si los restos encontrados el 28 de setiembre de 2020 eran o no los de Allison; los jueces y la sociedad necesitan saber si el sospechoso del crimen fue quien la mató o no. Los movimientos como la campaña contra el cáncer de mama en el mes de octubre, las campañas contra el fumado, la campaña contra la violencia doméstica, las políticas a favor de la energía renovable y los esfuerzos contra el cambio climático no tienen fundamento, son modas que pasan, que benefician a unos y perjudican a otros, si la verdad no existe. Y esto no solamente lo digo yo, un conservador anticuado y casi adulto mayor. También lo dicen jóvenes líderes en la sociedad occidental, como Tristan Harris, cofundador del Center for Humane

Technology, ex encargado de ética del diseño para Google:

Si no nos ponemos de acuerdo sobre qué es verdad, o sobre que sí existe algo que es la verdad, estamos fritos. Este es el problema subyacente en los problemas, porque si no nos podemos poner de acuerdo sobre qué es verdad, entonces no podemos navegar para salir de ninguno de nuestros problemas (Netflix, 2020).

Si la verdad no existe, no hay fake news. Richard Stengel, exagente de la CIA, escribió al respecto un artículo impresionante en la revista TIME. Refiriéndose a sus intentos por divulgar la verdad, dice:

Lo que yo sí podía hacer era, pues, tuitear al respecto. Después de todo, yo era el director de todas las comunicaciones estatales, y podía dirigir los mensajes del departamento contra Rusia y la invasión (de la península de Crimea, Ucrania) (…) Conforme comencé a tuitear, me percaté de algo extraño: desde los primeros minutos, y luego por meses, empecé a ser atacado, a menudo por handles con acento ruso. Un solo tuiteo recibía docenas, algunas veces hasta cientos, de comentarios (…) Lo cierto era que nos estaban masacrando. Calculamos que solamente la IRA (Internet Research Agency) producía varios miles de comunicados en medios sociales por día. Todos nosotros, juntos, producíamos unas cuantas docenas (Stengel, 2019, traducción libre).

Si la verdad no existe, estamos expuestos irremediablemente a la violencia tiránica del que grita más fuerte. Es posible que lo estemos aun si la verdad existe.

En este punto, quisiera ofrecer una proposición: si todas las “verdades” son igualmente válidas, mis afirmaciones son tan buenas como las suyas, pero yo sostengo que las afirmaciones suyas no pueden ser tan buenas como las mías. Ambas afirmaciones no pueden ser correctas al mismo tiempo.

¿Le parece a usted que la afirmación anterior tiene una nota de arrogancia? ¿Le parece chocante? Qué bien, porque eso me lleva al siguiente punto.

4. Por qué nos repele la verdad

Casi siempre, la verdad nos repele porque nos incomoda. La famosa película documental de Al Gore, Una verdad incómoda (Marquina, 2009), estaba bien titulada. Pero era otra verdad incómoda, una más de muchas. No nos gusta que nos incomoden. Dice en la epístola de Santiago, en la Biblia:

No se contenten solo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica. El que escucha la palabra, pero no la pone en práctica es como el que se mira el rostro en un espejo y, después de mirarse, se va y se olvida en seguida de cómo es (Santiago 1:22-24, NVI).

A menudo no nos gusta lo que vemos y le echamos la culpa al espejo. Como el gato Garfield con la báscula de la casa. Algunas personas no rechazan la evidencia acerca de Dios porque no sea buena, ¡la rechazan porque es incómoda!

En este mismo sentido en que nos resistimos a la verdad porque nos incomoda, nos dice Peter Van Inwagen (Metaphysics, 1993, citado por Josh McDowell):

Para algunas personas, estoy muy seguro, la explicación es algo así: son profundamente hostiles al pensamiento de cualquier cosa que en cualquier sentido los juzgue. La idea hacia la que son más hostiles es, por supuesto, la idea de que hay un Dios. Pero ellos son casi tan hostiles a la idea de que haya un universo objetivo al que no le importa lo que ellos piensen y que podría hacer que sus creencias más queridas pudieran resultar falsas, sin siquiera consultarles.” (McDowell, 2004, p. 677, [el subrayado es mío]).

La verdad nos repele porque nos provoca temor. ¿Qué tal esta frase: “Una verdad común nos da miedo, porque la identificamos con la imposición intransigente de los totalitarismos”? Cuán cierto… sean totalitarismos políticos, académicos, religiosos, deportivos…

A menudo la verdad queda hoy reducida a la autenticidad subjetiva del individuo, válida sólo para la vida de cada uno. Una verdad común nos da miedo, porque la identificamos con la imposición intransigente de los totalitarismos. Sin embargo, si es la verdad del amor, si es la verdad que se desvela en el encuentro personal con el Otro y con los otros, entonces se libera de su clausura en el ámbito privado para formar parte del bien común. La verdad de un amor no se impone con la violencia, no aplasta a la persona. Naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre. Se ve claro así que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos (Papa Francisco, 2013).

Otra razón para que nos incomode la verdad es por lo que yo he llamado el yomismo científico inconsciente.

El yomismo propone que en el quehacer científico —sea de las ciencias naturales o las ciencias sociales— la fuerza principal, el impulso constante, es demostrar que yo tengo razón, o que el otro está equivocado. Lo paradójico es que al mismo tiempo que estoy convencido de tener la razón, me niego a reconocer que “mi razón” sea la verdad final o absoluta (nuevamente, una incoherencia). Cuando me sugieren que es posible encontrar la verdad, esa verdad se convierte en una amenaza, la cual debo evitar a toda costa pues corro el riesgo de no poder seguir investigando: quisiera mantener siempre una puerta abierta que me permita ofrecer una explicación distinta, novedosa. La búsqueda es apasionante, tanto, que pierdo la perspectiva del objetivo (el conocimiento) y centro todo el esfuerzo en el proceso. Cuando opera sutilmente en el subconsciente de los científicos, el yomismo nos traiciona y nos confunde (Aragón-Vargas, 2019, p. 4).

Para muchísimas personas, si una explicación determinada no calza dentro de su visión limitada del mundo, la descartan, en vez de intentar ajustarla o encontrar qué podrían cambiar en su paradigma. La verdad se percibe como una amenaza, pero no tiene que serlo. El ateo, el científico naturalista, el religioso fanático y el filósofo dogmático tienen el mismo problema que tenía el pescador de la historia, aquél que botaba los peces grandes y solamente conservaba los peces pequeños. Cuando le preguntaron por qué, explicó que el sartén que tenía en la casa era pequeño, de ahí que optaba por botar lo que no le calzaba dentro del sartén.

La pregunta que, a final de cuentas, siempre tenemos que responder es si nuestro paradigma o cosmovisión, la manera en que explicamos el mundo, calza con la realidad. Nuestra perspectiva tiene que ser coherente, debe calzar, empatar con la realidad. ¿Tiene mi perspectiva la capacidad de explicar las preguntas inevitables de la vida?, ¿es coherente?, ¿es racionalmente vivible? La pregunta de fondo es: aunque todas las perspectivas, todas las cosmovisiones, tienen lagunas o partes no resueltas, la pregunta que cada quien debe hacerse es si su propia perspectiva calza con la realidad y si las brechas que tiene se resolverían de una forma consistente con el resto de la perspectiva o si harían que todo se desmoronara (Zacharias, 2019). Si uno hace los ajustes necesarios, tiene mucho que ganar y casi nada que perder.

5. La ciencia está estructurada para buscar la verdad

Se podría argumentar que es aceptable que la verdad existe, pero no que sea posible conocerla. Este es un asunto epistemológico en el cual no puedo profundizar en este contexto (sí lo profundizo en mi publicación ¿Qué es la ciencia y hasta dónde puede llegar?, Aragón-Vargas, 2017). Sin embargo, quisiera aportar algunos ejemplos de cómo funciona la ciencia y cuáles son sus herramientas; esto nos permite ver que la ciencia está estructurada para buscar la verdad, aunque los escépticos puedan alegar que la intención es, más bien, dar una apariencia de legitimidad que le ha permitido usurpar la posición de autoridad final que tuvo, en su momento, la religión.

Las personas que nos dedicamos al quehacer científico tenemos una serie de herramientas a nuestra disposición que nos ayudan a tener mayor o menor certeza de que nuestro conocimiento corresponde a la realidad, aunque no podamos tener una certeza apodíctica de haber alcanzado la verdad completa. Contamos con:

Procesos formales de revisión por pares que someten nuestros planteamientos a rigurosas evaluaciones. Laboratorios de distintos tipos donde podemos hacer nuestros experimentos, estudiando los fenómenos de interés bajo un grado mayor o menor de control. Métodos de estadística inferencial que nos permiten evaluar la certeza de nuestras conclusiones. Comunidades científicas que comparten y evalúan nuestro trabajo. Criterios teóricos que nos ayudan a distinguir la ciencia más sólida de la más débil, como la sencillez, la asociación y sucesión; el que una teoría esté libre de imposibilidades, la coherencia o consistencia, la falsabilidad y capacidad de predicción de una teoría; la posibilidad de verificar las reglas de correspondencia y la consistencia con el conocimiento extracientífico. Metodologías específicas que nos permiten obtener resultados más sólidos o aceptables, incluyendo el estudio de fenómenos observables y verificables, la coincidencia entre distintas fuentes de información, la reproducibilidad de los resultados y la conformidad con los criterios aceptados en el contexto de disciplinas específicas. La duda como impulso para el avance de la ciencia.

La ciencia está estructurada para buscar la verdad, pero los mismos científicos a menudo afirman que la verdad no existe o, si existe, no la podemos conocer. ¿Es capaz la razón humana de comprender la realidad? Yo digo: ¡si no lo es, no perdamos el tiempo en la universidad!

¿Es acaso la investigación nada más un juego muy sofisticado y caro o es una forma de entender el universo? ¡¡¡Si no podemos conocer la verdad, en la universidad nada más estamos practicando y enseñando un juego muy sofisticado y estamos botando los fondos públicos en el proceso!!!

Si la verdad no existe, o no la podemos conocer, la ciencia, las revistas científicas y las mismas universidades son una farsa. No hay criterios válidos para calificar a los estudiantes, para decidir quién se gradúa… ¡ni siquiera para decidir quién puede ser admitido a la universidad! Todo se debería publicar y todo debería recibir puntaje para ascender en Régimen Académico. Recomiendo ver el editorial al respecto en la revista Pensar en Movimiento (Aragón-Vargas, 2019).

6. La religión busca la verdad usando herramientas propias

Típicamente, se considera que la religión está fundamentada en la fe y en la autoridad de una revelación. Se la asocia con la superstición y con la sordera a la crítica. Así, la religión despierta desconfianza y rechazo, especialmente porque la persona racional piensa que esta la obliga a renunciar a la razón.

Sin embargo, la religión, así como la ciencia, busca explicar el mundo en que vivimos; ambas intentan que las cosas tengan sentido. Más aún, la religión busca explicaciones verdaderas. Según Ravi Zacharias (2019), todas las religiones se plantean cuatro preguntas básicas: Origen (de dónde venimos), Significado (para qué estamos aquí), Moralidad (cómo deberíamos vivir) y Destino (para dónde vamos). ¡Esto incluye al ateísmo y al agnosticismo, que se plantean las mismas preguntas! (Aunque las respuestas sean distintas). En la religión, al menos en el cristianismo, se persigue que las respuestas a esas cuatro preguntas cumplan con los criterios de CORRESPONDENCIA (verdad) y COHERENCIA (consistencia interna, o no contradicción), que nos ayudan a acercarnos a la verdad.

La religión tiene herramientas específicas y refinadas que aplica a su objeto de estudio, como la teología (la disciplina que trata de Dios y del conocimiento que el ser humano tiene de Dios) y la hermenéutica (técnica o método de interpretación de textos). También, utiliza herramientas de otros campos del conocimiento que le permiten, por ejemplo, cuestionar la revelación, analizar la confiabilidad de las tradiciones orales, evaluar su correspondencia y su coherencia:

El pensamiento crítico como método analítico (Acosta Muñoz, 2018) La filosofía y la lógica en particular La historia La arqueología La lingüística La psicología y la sociología

Los argumentos que nos plantean las distintas religiones deben representar la verdad (mostrar correspondencia entre la realidad y lo que se dice) y ser internamente consistentes (coherentes). Así que no es que las religiones no admitan crítica, sino que la crítica debe conformarse a las reglas de su área del conocimiento, igual que la crítica científica debe conformarse a las reglas de su área del conocimiento.

La religión también tiene a la duda como una herramienta importante. El estereotipo presenta a la persona religiosa como libre de dudas y a la duda como una debilidad, una falla, un pecado. ¡Le estamos exigiendo constantemente a la religión un nivel superior de evidencia, de certeza, al que estamos dispuestos a aceptar regularmente de la misma ciencia! Aquí hay una paradoja, pues en la religión exigimos que haya explicación absoluta y completa para todo, mientras que, en la ciencia, cuando hay lagunas, vacíos o brechas, eso más bien nos incentiva a conocer, explorar, investigar más. ¿Por qué no es posible dudar en la religión? Es necesario darle a Dios el beneficio de la duda. ¿Cómo es que nosotros criticamos en general que en la religión o en la fe no haya espacio para el cuestionamiento, para la duda, cuando en realidad es el beneficio de la duda el que necesitamos darle a la existencia de Dios? Cuando existen situaciones dolorosas, complicadas, que no logramos explicar plenamente, pues parecen contradictorias con un Dios amoroso y bueno, no le damos el beneficio de la duda a Dios; a menudo nos cerramos a nuevas explicaciones o entendimiento. Al mismo tiempo, ¡exaltamos la duda en la ciencia!

7. La ciencia y la religión comparten algunas limitaciones importantes

Tanto la ciencia como la religión tienen la necesidad de entender, de explicar, de encontrar el sentido de las cosas, de encontrar un modelo de la realidad. Dice Alessandro Cordelli que el éxito de la raza humana se ha derivado precisamente de la capacidad de someter el ambiente a sus propias necesidades, gracias a la capacidad de reconocer regularidades, de generalizar y de abstraer (Cordelli, 2017). “La ciencia y la religión son dos respuestas distintas a la misma necesidad de modelos generales, son sistemas del mundo a los cuales se puede dirigir cada aspecto de la experiencia” (Cordelli, 2017, p. 93).

Es interesante que tanto en la ciencia como en la religión recurrimos a la fe: para que valga la pena hacer cualquier experimento científico, es necesaria la expectativa e indispensable la incertidumbre. Repito: para que valga la pena hacer cualquier experimento científico, es necesaria la expectativa e indispensable la incertidumbre. En otras palabras: para hacer ciencia hay que tener fe[1]. Y para profundizar en la religión es imprescindible tener fe, como dice, por ejemplo, la Carta a los Hebreos en La Biblia: “En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan” (Epístola a los Hebreos 11:6, NVI).

A la vez, ciencia y religión comparten limitaciones que quizás sería mejor definir como características o restricciones, que les permiten ser fieles a su propio campo de conocimiento. Por ejemplo, se critica de la religión que siempre tiene que referirse a lo que ya se ha escrito antes, que no se pueden inventar conceptos nuevos. Pero, según Aristóteles en su obra Posterior Analytics, Book I, citado por McGrew, Alspector-Kelly y Allhoff, la realidad es que “Toda enseñanza y todo aprendizaje intelectual devienen del conocimiento que ya existe” (McGrew, et al., 2009, p. 44, traducción libre). Así, una buena científica hace una revisión exhaustiva de las publicaciones antes de atacar un tema en particular; y un buen teólogo parte de lo que ha sido estudiado (y revelado) anteriormente.

El experimento de bajar de peso parándose de cabeza (Acuña y Aragón, 2015) es un buen ejemplo de las limitaciones que compartimos ciencia y religión:

Justificación: los luchadores de grecorromana que compiten por categorías de peso sostienen que, si se paran de cabeza unos instantes antes de pesarse, logran registrar un menor peso en la báscula. Razonamiento: no tiene sentido, pues la persona sigue teniendo la misma masa, no se ha cortado un brazo o una pierna. ¿Pesa acaso una persona la mitad, si se para en una sola pierna? Actitud científica: ¿qué nos dice la evidencia? Recolectemos los datos, usando equipo de alta tecnología debidamente calibrado y un buen diseño experimental. Respuesta del editor jefe de Medicine and Science in Sports and Exercise: el manuscrito con el reporte de resultados se rechaza ad portas, pues es obvio que el peso no puede ser menor, no hay razón para aceptar el mito. Defecto: el editor de la revista descartó automáticamente el criterio de cientos de expertos (entrenadores y atletas) sin contar con evidencia empírica, fundamentado exclusivamente en la lógica del estado del conocimiento en ese momento. ¿No es acaso esa la actitud que tantos científicos le critican a la religión?

8. Conclusión: la búsqueda de la verdad es un punto de encuentro entre ciencia y religión

He presentado, después de una necesaria introducción, algunas consecuencias de que la verdad no exista. Luego, presenté algunas razones del porqué nos repele la verdad. A continuación, mostré alguna evidencia de que tanto la ciencia como la religión están estructuradas para buscar la verdad, enumerando algunas de sus herramientas. Finalmente, me referí someramente a algunas limitaciones importantes comunes a la ciencia y la religión.

Tanto la ciencia como la religión y la filosofía son campos del conocimiento valiosos y necesarios, pero ninguno de ellos tiene el monopolio de la verdad. Todos estos campos son complementarios y pueden colaborar en la búsqueda de la verdad. ¿Podemos conocer la verdad? Solamente si nos abrimos lo suficiente, si no nos resistimos a ella. Si más bien estamos polarizados, atrincherados en nuestras propias creencias, es imposible conocerla. De ahí la importancia del verdadero diálogo. De ahí la importancia de las universidades.

Es necesario insistir: si la verdad no existe, o no la podemos conocer, la ciencia, las revistas científicas y las mismas universidades son una farsa. No hay criterios válidos para calificar a los estudiantes, para decidir quién se gradúa… ¡ni siquiera para decidir quién puede ser admitido a la universidad! Todo se debería publicar y todo debería recibir puntaje para ascender en Régimen Académico. Todos los profesores deberíamos ser catedráticos.

Es posible que los planteamientos que he compartido aquí estén equivocados, pero… ¡únicamente si la verdad existe! Si no existe o si no la podemos conocer, ¿acaso no perdemos el tiempo discutiendo? Si es posible que exista, ¿acaso no vale la pena buscarla?